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(continuación capítulo
Economía)
DESARROLLO Y
DESINTEGRACIÓN ANCESTRAL
En la
instauración de la naciente economía colonial santandereana jugaron un papel decisivo
las primeras ciudades hispánicas fundadas en su territorio. Vélez (1539) y Pamplona
(1549), constituyeron los primeros polos de desarrollo de la nueva estructura económica y
social impuesta por los conquistadores.
Tomando como
epicentros las dos ciudades asentadas en los territorios étnicos tradicionales de guanes
y chitareros, los españoles comenzaron a organizar la producción y el trabajo indígenas
según sus intereses, hábitos y mentalidad económica.Repartidos en encomiendas, los
indios fueron obligados a mantener a sus nuevos amos con tributos y a servirles con
trabajo en sus nacientes empresas productivas y en sus necesidades domésticas. Las más
adelantadas economías prehispánicas pasaron a convertirse en simples generadoras de
abastecimientos, riqueza y servicios para los españoles, reservándose para sí una
precaria subsistencia: su acelerado proceso de desintegración económica, social y
demográfica.
Las nuevas
instituciones y usos económicos, los inusuales ritmos de trabajo, los desplazamientos
forzosos a las minas y haciendas, hirieron de muerte los pueblos y las economías que los
invasores habían encontrado en el momento de su llegada. A cambio de ello florecieron
nuevas formas de explotación económica y de acumulación de riqueza que fueron
gradualmente sustituyendo a la agricultura, la artesanía y los trueques ancestrales: la
minería intensiva, las haciendas, las estancias y el comercio de larga distancia.
Con todo, al
menos parte de la tradición económica prehispánica pudo mantenerse. El cultivo de
tabaco, algodón, fique y achiote y la producción de mantas, mochilas, sogas y cotizas,
perduraron a lo largo de la Colonia y buena parte de la república.
Sin embargo, las nuevas formas, unidades y tipos de producción introducidos
por los españoles se fueron imponiendo aceleradamente. Así, en medio de las sementeras
de maíz, fríjol, tabaco, algodón o papa, comenzaron a surgir las haciendas dedicadas a
la ganadería y al cultivo del trigo o la caña de azúcar. Y se alteraron los ciclos de
cosechas, el paisaje, las formas y ritmos de trabajo y nuevos productos empezaron a surgir
de la tierra y de las manos aún inexpertas de los indios.
Ya desde el siglo XVI
emergieron como de la nada las haciendas, los cañaduzales y trapiches en Vélez y los
cerros de Pamplona comenzaron a adornarse con los dorados trigales y los enhiestos molinos
de tan raizal ancestro castellano. Los mercados regionales vieron llegar hasta ellos a
lomo de indio, o en las mulas y caballos criados en sus flamantes estancias, los más
insólitos productos: carnes de vaca, cerdo y carnero; quesos y leche; harina y pan;
azúcar y dulces en conserva; aparte de los tradicionales abastos lugareños.
Y como
complemento a esta pujante dinámica económica, a finales de ese siglo se fundaron la
ciudad y el puerto de Ocaña (1570), gracias a los cuales lograrían comunicarse los
mercados de Pamplona y las recién fundadas ciudades de los Andes venezolanos con el río
Magdalena, constituyéndose de este modo un nuevo y muy activo circuito comercial.
LAS GRANDES EMPRESAS DE
LOS ENCOMENDEROS
Además de la agricultura, la
minería fue una actividad que cobró gran importancia en la temprana economía colonial
santandereana. Bien pronto los conquistadores recién asentados en las novísimas ciudades
de Vélez y Pamplona tuvieron noticia de las ricas arenas del que denominaron Río del
Oro, así como de la vetas que existían en las proximidades de Pamplona. Los encomenderos
más poderosos y visionarios de ambas ciudades trasladaron a estos dos enclaves mineros
cuadrillas de indios dedicadas a extraer el codiciado metal.
Para albergar estas
cuadrillas se levantaron rancherías y para mantenerlas se conformaron estancias y grandes
haciendas, también labradas por la mano de obra de los indios de encomienda. Cuando los
indios escasearon se trajeron esclavos negros, y unos y otros integraron, junto con las
ciudades en rápido ascenso, un mercado creciente para los productos de las haciendas y
para los géneros de los mercaderes que comenzaban a llegar cargados de ropas, abalorios,
aguardiente y vino para los ávidos mineros y encomenderos recién enriquecidos.
Gracias al efectivo dominio
que ejercían sobre los recursos naturales y la mano de obra, algunos encomenderos
llegaron a controlar tanto la economía de los enclaves mineros como la de las ciudades en
construcción, constituyéndose en auténticos multiempresarios que manejaban a su antojo
la agricultura, la minería y buena parte del comercio y la producción artesanal,
obteniendo de ello pingües beneficios.
Pero el ciclo del oro no fue
muy largo. Los indios escaseaban, los negros resultaban muy costosos, las vetas se
agotaban pronto... y así, las que parecían ser las más rentables y promisorias empresas
de los encomenderos comenzaron a desmoronarse. Para mediados del siglo XVII la abundancia
de indios y de oro y el esplendor de Vélez y Pamplona no eran más que un recuerdo.
La del oro fue, pues, la
primera efímera bonanza de las muchas que habrían de sacudir febrilmente la economía
santandereana de ahí en adelante.
Pero al menos dos cosas
importantes y duraderas quedaban de ella: el surgimiento de nuevos centros urbanos como
las ciudades de Ocaña, Girón y Málaga, la Villa de San Gil y la parroquia del Socorro,
nacidas de la pujanza de una creciente y laboriosa población blanca y mestiza; y la
configuración de nuevos circuitos comerciales que, contra viento y marca, seguirían
adelante con la empresa de construir la economía colonial sobre los restos de las formas
de producción prehispánicas.
ESPLENDOR
DE LA TIERRA Y LAS
MANOS
Concluida la fiebre del oro y
acelerada la despoblación indígena, las únicas alternativas económicas viables eran la
agricultura campesina y la artesanía doméstica.
A
diferencia del
recesivo siglo XVII, el XVIII se caracterizó por su notoria dinámica
económica, originada en diversos factores entre los cuales vale la pena destacar la
apreciable recuperación de la población neogranadina, integrada ahora mayoritariamente
por mestizos libres y blancos pobres, necesitados de tierras, ocupación y reconocimiento
social; y el ascenso al trono español de la dinastía
borbónica, con cuya égida se intentó modernizar la administración y la economía
tanto en la Península como en Hispanoamérica.
LAS REFORMAS BORBÓNICAS
Naturalmente, esta región no
fue la excepción y en este período florecieron en su economía nuevas actividades,
nuevos actores y nuevos polos de desarrollo. Su economía se orientó con éxito hacia la
producción campesina y artesanal, dado que, en general, en la región no fueron
frecuentes las grandes haciendas y tanto la minería intensiva como la encomienda tuvieron
una vigencia relativamente corta.
En consecuencia,
la apicultura estuvo principalmente en manos de pequeños y medianos campesinos que en sus
parcelas y estancias producían lo necesario para su propia subsistencia y para el abasto
de una creciente población.
La producción artesanal por su parte no sólo sobrevivió
sino que se desarrolló a lo largo de la Colonia a la par con la agricultura y
frecuentemente agenciada por los mismos actores económicos: el pequeño campesino y su
familia que mantenía en su propia casa un pequeño taller.
Sobre esos dos
pilares agricultura campesina y artesanía domiciliaria, se sustentó el
vertiginoso desarrollo de la provincia del Socorro en el siglo XVIII, que la llevó a
convenirse en corto tiempo en la mis dinámica, poblada y rica de la región y en una de
las más prósperas de todo el virreinato neogranadino.
El auge del comercio que se
vivió al calor del crecimiento económico generalizado que caracterizó a la época y la
llamada liberación comercial auspiciada por las
Reformas Borbónicas hicieron más fluido y rentable el intercambio mercantil entre las
distintas colonias y entre estas y la metrópoli.
A esta
liberación comercial restringida respondió la economía santandereana con el desarrollo
de una incipiente agricultura comercial que tuvo su epicentro en el hasta entonces
despoblado valle de Cúcuta y su producto estrella en el cacao.
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