(continuación capítulo Cultura)

 

PLÁSTICA ENTRE SIGLOS

La comisión corográfica buscó ansiosamente la identidad geográfica, económica, histórica y social del país.

E n sentido estricto, no hubo arte republicano y cincuenta años después de la emancipación todavía predominaba la estética virreinal, suplantada sólo por nuevos personajes, indumentarias y decorados. Con sobrada razón, los críticos de arte se lamentan de que nuestros artistas no convirtieran en temas pictóricos esta época de contiendas fulgurantes, avalanchas políticas y odios y amores revueltos. Las ocho batallas que por encargo del gobierno nacional pintara en 1872 José María Espinosa y una más sobre la acción de Boyacá no sólo son episodios al margen de las escaramuzas, sino un recuerdo anecdótico, revivido cincuenta años después.

Algo cambiaba el país cuando Ramón Torres Méndez se escapó de fiel clientela bogotana, ávida de cuadros religiosos y feas alegorías, para recorrer el país y estampar sus costumbres en acuarelas y dibujos a lápiz: la República se consolidaba y una ola romántica de ciega creencia en el progreso pugnaba, a contravía de terratenientes y caudillos regionales, por destruir la vieja economía colonial.

Los corazones creadores marcaron por fin rupturas con viejas estéticas. Unos más tímidos que otros en su inserción dentro de cada época.

La Comisión Corográfica al mando de Agustín Codazzi, buscó ansiosamente la identidad geográfica, económica, histórica y social del país. Durante nueve años, miniaturistas, pintores y paisajistas recorrieron nuestras Provincias de Tunja, Tundama y Bogotá -y todas las demás- e intentaron armar utópicamente el rompecabezas patrio en los innumerables pequeños cuadros donde se reflejó el vestuario, los accidentes geográficos, los oficios, las fiestas y las miserias del campesino y del aldeano de las provincias colombianas.

ASOMO RENOVADOR

Si los comerciantes políticos y hacendistas como Camacho Roldán viajaban a Estados Unidos, su nueva estrella polar, nuestros artistas cachacos seguían las rutas europeas. Aunque la nómina de fin de siglo es extensa, la historia del arte ha destacado, además del antioqueño Francisco A. Cano, a los bogotanos Epifanio Garay y Ricardo Acevedo Bernal. Con ellos la pintura nacional entraba a lo que los analistas benévolos llaman modernismo y los críticos academicismo ortodoxo de espalda al país -como el cuadro de Salvador Moreno.

No fue un movimiento de reacción iconoclasta a formas anteriores- no las había -sino una depuración del gusto de una sociedad que se asomaba provincianamente el arte sin época- que técnicamente se conoce como neoclasicismo y romanticismo. El ejemplo extremo es el tunjano José Rodríguez Acevedo: anacoreta orgulloso, discípulo de Chicharro en España, se encerró en su castillo de ideas naturalistas y románticas y, alejado del mundo, dedicó su vida a pintar desnudos, retratos y objetos.

Quizás la obra de estos artistas finiseculares no parezca hoy anticuada y empecinada en la fidelidad de modelos culturales ajenos. Empero, con ellos el quehacer pictórico se volvió más seguro, virtuoso y disciplinado. Pero les cabe el juicio de no haber llegado, en sus viajes a Europa, a la orilla donde fluía un caudal de nuevas formas como el cubismo y el impresionismo.

En este abanico, es difícil considerar a Andrés de Santamaría como un pintor bogotano más. Fue un verdadero extranjero por su educación, por su soledad en medio de tanta medianía de campanario y porque, sobre todo, siendo un buen aficionado europeo, pintó desafiando a sus congéneres como nadie lo había hecho ni lo concebiría durante los primeros cincuenta años de este siglo. Reivindicando como nuestro primer impresionista y más recientemente como expresionista, su deserción del país significó también la ausencia de influencias en un arte que naufragaba en pseudo-academias y asomaba tímidamente a nuevas corrientes.

NACIONALISMO SABANERO

Arrabales de Bogotá y Apuntes de la Sabana del bogotano Alfonso González Camargo, La mañana del boyacense Jesús Maria Zamora, Montaña y neblina de Rafael Sáenz, La mantilla bogotana de Coroliano Leudo, En el parque de Eugenio Zerda, Paisaje de Eugenio Peña, son obras y autores que, tomados al azar, resumen un apacible río por donde navegaron nuestros artistas de principios de siglo. Tal fue el caudal del paisajismo que el profesor Luis López de Mesa en su Escrutino sociológico llegó a plantear como la única escuela plástica nacional. Y aunque el paisaje nacional fue, en realidad, el de la Sabana de Bogotá, los talleres capitalinos contaminaron con su estética documental, nostálgica y anecdótica a Boyacá, los Santanderes, el Cauca y Cartagena.

Esos artistas visitaron el campo en días festivos y sus ojos se posaron en graciosos riachuelos, pozos de aguas quietas, espigas doradas, rústicas tapias y sauces llorones, y nunca sus botas campestres se untaron de barro, desperdiciando la oportunidad de construir un arte regional que descubriera e interpretara a los hombres que habitaban ya no el ranchito típico sino la miserable vivienda de tiempos coloniales. A esa estética bucólica pero de mirada japonesa desde la ventanilla del avión pertenece el más talentoso de los paisajistas, el maestro Gonzalo Ariza. Con él la neblina bogotana encontrará su mejor y más caro intérprete.

Años después surge una generación, la de los treinta. Se la recuerda como los bachués, término derivado del nombre de la escultura que el chiquinquireño Rómulo Rozo realizara para decorar el pabellón colombiano en la Exposición Iberoamericana de Sevilla en 1929. Con ellos, el arte rompe sus ataduras del acadecismo y se lanza a exaltar los valores de nuestra nacionalidad.

La obra Retablo de los dioses tutelares de los chibchas del maestro Acuña, abrió el camino y numerosos simpatizantes inundaron el medio de pinturas y esculturas, pobladas de campesinos, trabajadores urbanos, madres labriegas y paisajes tropicales. Todos ellos intentaron interpretar un nuevo país, convulsionado por un capitalismo industrial incipiente que tuvo como colorario las primeras manifestaciones obreras y sangrientos levantamientos de indios despojados de tierras.

La escultura también cambió de rumbo a partir de Rozo. Había llegado al país en el siglo pasado de la mano de los italianos César Sighinolfi y Luigi Ranielli, catedráticos de la Escuela de Bellas Artes, dejando obras como Monumento a Isabel la Católica y a Cristóbal Colón, La Virgen del Cerro de Guadalupe del bogotano Gustavo Arcila Uribe y el inconfundible símbolo de la fisonomía capitana, La Rebeca, del quindiano Roberto Henao Buriticá. Nuevas generaciones de bogotanos y boyacenses como Julio Abril y Carlos Reyes pudieron ornamentar plazas, parques y edificios con la nueva estética nacionalista e indigenista.

Extraterritorialidad

Inspirado en la naturaleza tropical, los vuelos especiales, el mundo precolombino y las visiones cósmicas, el bogotano Marco Ospina inició el arte abstracto en Colombia a partir de 1940. Sin embargo, sus nacionalistas Campesinas en una plaza o el alegórico Tríptico de la Guerra y la Paz hacen imposible encasillarlo en un único sistema pictórico.

A partir de los cincuentas, el arte colombiano dejó de encajonar su regional o generacionalmente, y el estilo individual más que la tendencia homogénea se convirtió en la paradigma para definir una obra o un autor.

El pluralismo que aproximará el arte colombiano a todas las corrientes internacionales, hizo de ésta una época excitante, renovadora y formalista. Pero también sujeta a las presiones del mercado y a mala inestabilidad de las vanguardias. Marta Traba ha llamado estética del deterioro a estas nuevas presiones que obligaron a los artistas a caminar marchas forzadas en permanente cambio porque el verbo de moda ya no fue crear sino inventar y fabricar.

Pierde entonces el arte todo concepto geográfico y la extraterritorialidad de los artistas echa por tierra el sentimentalismo nacional, las composiciones con figura muerta, los bustos, el retrato y el paisaje local. La plástica deja de ser refinada y de buen gusto para convertirse en aventura intelectual -en el mejor sentido de la palabra-. El movimiento Nacional de Artes Plásticas promocionado por Obregón, reunió en 1955 en Bogotá a todos los jóvenes trabajadores de la plástica y ya no importó si eran bogotanos o caleños sino si decían figurativos o abstractos. Si antes el centralismo era evidente en los pasillos culturales de Bogotá, ahora, con mayor razón, fue difícil que los artistas se sustrajeran al cosmopolitismo capitalino -con sus salones nacionales, galerías y museos-, a la radicación forzada de los pintores de provincia en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional y el aterrizaje forzoso de los que tuvieron el privilegio del exilio voluntario en Francia, Estados Unidos, Italia, Alemania y Unión Soviética.

CINCO CENTURIAS DE INVENTOS

De fotutos, órganos y vihuelas. Las músicas tradicionales, menos acomplejados, fueron decididamente nacionalistas.

Primero fueron los fotutos de ardua, madera, cuero de venado o calabazo; los muy rescatados caracoles marinos venidos de gente en gente desde la costa; las ocarinas en efigies de ranas o media luna; los atabales de piel -prisioneros hechos membrana? no lo sabemos-; los secos pero sonoros sartales de semilla o las vibrantes placas sonajeras de oro; las flautas de hueso o caña con boquillas de pluma; y los canutillos de piedra blanda, de arcilla o de canas.

Música festiva en cualquier trance, multiplicada por el viento susurrada monótonamente en la oscuridad del cercado para agudizar la memoria sagrada de los antiguos. De sonares tristes o alegres según la ocasión: acompañando las algarabías de los que van a la guerra y confundir así los oídos del agresor; o marcando el ritmo de las danzas colectivas con que festejar la victoria. Para obtener la voluntad de los dioses o arullar a los niños. Para sembrar, cazar y amontonar piedras. Durante los rituales de pubertad o en las competencias de los caciques. Por la magnífica cosecha o el matrimonio de un pariente. Y también como señal de hospitalidad, para un lejano viaje o en la muerte de grandes jefes o humildes tributarios.

Del otro mundo, atravesado promiscuamente por cristianos, flamencos, mozárabes y peninsulares, por clérigos, soldados y prófugos; por negros, piratas y pícaros, viajaron las tonadas pelicrespas, la vihuela brava y la pandereta gitana. Y, entonces, se hicieron dulces las veladas en el mar, desaburridas con blasfemias, barajas y dados.

Bajaron pisando firme la tierra, resonando fanfarrias guerreras de pífanos, clarines, tambores, chirimías y sacabuches que lograron su cometido. Y en el descanso escucharon nostálgicamente estribillos, pastorelas y canciones de alba, al son de vihuelas de arco y de mano, guitarras de cuatro cuerdas, laúdes y dulcémenes.


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