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10. CULTURA
Reynosos
y cachacos
Se mantiene la
pregunta acerca de la identidad regional. Se presentan las expresiones de las artes
pláticas, la música y la literatura en Cundiboyacá. El análisis, que supera la mera
descripción, ubica los aportes que ofrecen tanto los barones ilustres como los anónimos
pobladores de la región.
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Fotografía Pablo Mora
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Pablo Mora: Antropólogo.
DESTINO DE LAS HUELLAS
La mirada del arte a través de un contexto
en el que los rasgos propios se entremezclan y se esconden a la llegada de los españoles.
Pero surgen si es atenta la indagación.
Nuestro arte precolombino ha
sido odiosamente comparado en Meso-américa y los Andes Centrales, todo empezó hace cinco
siglos cuando Jiménez de Quesada, después de una penosa travesía desde Santa Marta,
exclamó: Otro Méjico y Perú hemos hallado!, al contemplar las verdes
praderas del altiplano y los alcázares de Bacatá, construidos por laboriosos muiscas.
Todos sabemos, sin embargo, que después de una blanda conquista tras años de rutinarios
gajes de sometimiento, el licenciado granadino intentaría una expedición, esta vez a
Venezuela, para encontrar El Dorado: las riquezas soñadas.
Apenas si fueron un
fantasmagórico pasar de mano en mano lagartijas, sapos y tunjos de oro que los nativos
arrojaban a la laguna sagrada en los días de grandes ceremonias. Y el gran botín del
Zaque: un modesto balance de 136 mil 500 pesos de oro fino, 14 mil pesos de oro bajo y 280
esmeraldas. Moriría pobre, viejo y enfermo con la convicción de que, después de
Tenochtitlán y Cuzco, todos fueron reinecillos de quimera.
En la actualidad, de las
expresiones artísticas muiscas sólo quedan rastros menguados que los historiadores del
arte consideran pobres, simples y sencillos. Pocas manifestaciones de cerámica, cestería
y tejido se conservan en algunas localidades y la orfebrería cabe en un pequeño
custodiado del Museo del Oro de Santafé de Bogotá. en cambio, la vivienda familiar ha
persistido hasta hoy como muestra de la miseria del campesinado cundiboyacense, obviamente
sin las características que alguna vez la distinguieron.
FORMALISMOS
PRECOLOMBINOS
Líneas, rombos, espirales,
cruces e imágenes que asemejan figuras de serpientes, micos y ranas constituyen la base
estética de la alfarería y el tejido muisca. En copas, cuencos, vasijas, torteros, ollas
y mantas se encuentran estos esquemas institucionalizados, repetidos de generación en
generación. Fue el producto de una sociedad agrícola y sedentaria, trabajado con
criterio utilitario. Por eso no hubo nada de excesiva fantasía o de primor en su factura
y, si a veces se agregaron figuraciones plásticas y cromáticas, se hizo sin perjuicio de
las funciones domésticas del vecindario agrícola. En las rugosas vasijas para almacenar
agua, en los gazofilacios para ofrendas divinas, en las gachas para la evaporación de la
sal, en los volantes de piedra y arcilla para hilar algodón y, en general, en toda su
alfarería, se descubren manos, seguramente femeninas, acostumbradas al oficio pero no
dedicadas a él con exclusividad.
Entre todo el acervo regional
de esta cerámica, se destaca la múcura, el cántaro muisca por excelencia. Objeto
doméstico, se ha repetido a lo largo del tiempo, convirtiéndose en marca de identidad
del campesinado mestizo del altiplano. Durante la Colonia, mereció la calificación de
vasija nacional del reino y algún indigenista de este siglo la ha comparado a los vasos
griegos. El desarrollo cultural muisca se expresa con fuerza en su orfebrería,
particularmente, en los tunjos, elementales figurillas humanas de carácter votivo que se
sustraen del trasfondo campesino y evidencia una transición hacia formas mis complejas de
organización social. Piezas como la conocida Balsa de Guatavita, la silla del cacique o
los mercados circulares, demuestran que grupos especializados tenían un hondo
conocimiento de la metalurgia. Mediante un sistema de fundición de cera perdida,
soldadura, alambrado, perforado, martillado, repujado y falsa filigrana, estos maestros
proveyeron las demandas mercantiles y los encargos elitistas de zipas y zaques.
La artesanía textil fue uno
de sus más aventajados oficios. Además los telares domésticos regados por todo el
altiplano, hay rastros de otros que estaban a cargo de artesanos oficiales y almacenes de
los zaques donde se guardaba buena provisión de mantas. Estas mantas cumplieron un papel
de primera línea en la vida familiar, religiosa, económica y diplomática de los
muiscas: servían para pagar tributos, obsequiar a guerreros distinguidos, intercambiar
servicios, decorar bohíos; y también como prenda y símbolo de jerarquías sociales,
ofrenda funeraria y adorno personal en ritos procesiones.
TERCERONES DE
FORTUNA
En poco tiempo, tunjos,
gachas, torteros, pebeteros, copas y guacas dieron paso a retablos, imágenes de bulto,
tallas ornamentales, pinturas de cabellete y nuevos objetos de orfebrería, platería y
bordado. Se enseñoreó, entonces, un nuevo sentido jurídico, político y religioso,
catapultado conscientemente por el llamado arte colonial.
El puesto de este arte en
América es relativo. En realidad, difiere poco del que se producía en los talleres de
Granada, Sevilla, Cádiz y Andalucía, de donde provinieron la mayor parte de las obras
importadas y familias españolas que vieron nacer en su nueva patria a los criollitos
neogranadinos.
Aunque en esta altiplanicie
lejana de los puertos, los españoles encontraron la base material y demográfica más
importante para fijar su principal centro de dominación colonial, aquí no llegaron ni
los santos de Salamanca o los banqueros de la Corte, ni duques, marqueses o condes bien
nacidos, sino segundones sin fortuna, hijosdalgos, tropel de aventureros sin más
patrimonio que su oficio, y muchos
frailes, embarcados en Sevilla como humildes misioneros -y no como artistas diletantes o
críticos- que cargaban cuadros en su equipaje por una necesidad de culto y la
evangelización.
¿Por qué las formas
barrocas brillan por su ausencia en Chile, Argentina y Venezuela y son soberbias en el
antiguo virreinato de Lima y en algunas regiones colombianas, como Boyacá? Se percibe una
estrecha relación entre la numerosa población indígena sin catequizar y el desarrollo
artístico: en la costa atlántica, Antioquia, los Santanderes y el Gran Tolima no hay
muestras rutilantes de imaginería y ornamentación barrocas como en las dos grandes
capitales de la meseta cundiboyacense, donde las necesidades evangelizadoras y de
conservación de la fe fueron comparativamente más grandes.
LOS TESOROS
ESCONDIDOS DE TUNJA
Dentro del desnudo y escueto
templo dominicano de Tunja se esconde un fabuloso tesoro, reconocido como una de las obras
cumbres del barroco neogranadino: la Capilla del Rosario. Este y otros conventos e
iglesias -San Francisco, Santa Clara, Santa Bárbara, Las Nieves, San Lázaro, San
Laureano, San Ignacio y El Topo- demuestran que Tunja nació rica y próspera,
convirtiéndose en un centro de relativa importancia en el panorama general del arte
hispanoamericano.
Siendo paso obligado a
Santafé -por el camino de Vélez y el Carare que conectaba con el río Magdalena- muchos
pintores, escultores, tallistas y orfebres llegaron a Tunja atraídos por un mercado del
arte, estimulado por el propio Cabildo y las comunidades religiosas. Por eso, mientras la
catedral santafereña era una iglesia pajiza, el maestro Bartolomé Carrión esculpía en
piedra noble y perdurable la magnífica fachada renacentista de la catedral tunjana; por
eso, también, las fachadas, los blasones y los escudos que caracterizan su arrogante
arquitectura civil.
Aunque el anonimato fue una
de las características del arte colonial, de Tunja proviene el primer pintor de nombre
conocido en Colombia: don Alonso de Narváez, autor de la milagrosa Virgen de
Chiquinquirá (1555), natural de Alcalá de Guadaira y avecindado en la muy noble y leal
ciudad desde la primera mitad del siglo XVII, donde figuraba como pintor y platero.
También llegaron pintores de inquietudes renacentistas como los italianos Francisco del
Pozo y Angelino Medoro que revolcaron los cánones estéticos de los maestros peninsulares
que iniciaban entre nosotros la pintura.
EL MESTIZAJE
ARTISTICO
Receptores de un arte oficial
que imitó incondicionalmente los modelos europeos, nuestros arquitectos, escultores,
pintores y decoradores difícilmente pudieron imponer un lenguaje propio, producto del
mestizaje y de la lejanía obvia de las fuentes. Sin embargo, en los tres siglos de
colonia española se descubren acentos particulares dignos de atención. En nuestra
región, esta lánguida hibridación cultural y estética fue hispanoindia más que
indoespañola, pues la fuerza de la plática indígena quedó reducida a formas accesorias
y no a una mixtura de contenidos más hondos.
En toda la Nueva Granada este
mestizaje artístico no salta a la vista, al estilo de la escuela cuzqueña del Perú. Hay
ejemplos dispersos, especialmente boyacenses, perdidos en el cuerpo superior del frontis
de la iglesia de Monguí, en los candelabros del presbiterio de la iglesia de Santo
Domingo, en el ambiguo sol del artesonado de Santa Clara en Tunja o en la ornamentación
barroca de los rebatos en Chivatá y Tópaga.
Un cambio radical vivió la
estética predominante de la nación a finales del siglo XVIII. El despotismo ilustrado
del virrey Antonio Caballero y Góngora auspició La Expedición Botánica, bajo la
dirección científica del sabio Mutis. De esta escuela-laboratorio, saldrían numerosos
dibujantes provenientes de Cartagena, Popayán, Quito y Santafé cuya primera experiencia
es el estudio y la comprensión de la naturaleza neogranadina los haría célebres
después como pintores al óleo y miniaturistas. Para algunos críticos de arte,
Passiflora pernifolia, Passiflora parritae y tantas más de la Flora de Bogotá, no son
sólo obras documentales, copias de la naturaleza, sino productos sutiles, de
extraordinario acabado y de excelente gusto. Sus efectos llegarían muy lejos, a la
Comisión Corográfica y a los primeros costumbristas de la República.
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