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III.
REGIÓN SANTANDEREANA
1. POBLAMIENTO
Por los breñales de Santander
El proceso de su poblamiento y colonización estuvo
concentrado en los primeros años hispánicos sólo en un pequeño corredor central y muy
ligado a las corrientes de los ríos Suárez y Chicamocha del lado norte. La resistencia a
poblar sus zonas occidental y oriental cede cuando la migración convierte en atracción
económica el medio Magdalena santandereano y las rutas a los llanos.
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Fotografía
archivo de El Espectador
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Armando Martínez Garnica: Historiador y
profesor Depto. de Historia Universidad Industrial de Santader (UIS). Jefe del Centro de
Documentación e Investigación regional UIS.
LA BELLA AGRESTE QUE TIEMBLA
Por siglos los
santandereanos evitaron asentarse justo allí donde están hoy las promesas económicas de
la región y donde con mayor vigor fluyen las corrientes migratorias.
L
a superficie terrestre de los
actuales dos Santanderes es de 52 mil 195 kilómetros cuadrados, lo que representa un poco
menos del cinco por ciento del territorio nacional. Y, sin embargo, hacia el fin de los
tiempos coloniales este pequeño espacio pudo albergar a casi la quinta parte de la
población de toda la jurisdicción de la Real Audiencia de Santa Fe.
La identificación de ese
milagro demográfico, propiciado por cierto modelo productivo, parece contrariar las
reglas de la razón geográfica pues durante las
tres
centurias coloniales los
hombres de los actuales Santanderes se apiñaron sólo en el pequeño corredor central
formado por las cuencas de los dos Suárez, Chicamocha, Pamplonita y Cucutilla.
El espacio
histórico del poblamiento santandereano se localizó entonces sólo en las cuencas
hidráulicas de la vertiente occidental de la Cordillera Oriental.
El resto del territorio
estaba baldío en su dimensión inhóspita: al occidente, los bosques y las ciénagas del
valle medio del río Magdalena, asolados por las fiebres y los indios flecheros; al
oriente, los fríos y húmedos páramos que se interponían como una pared en la ruta
hacia los llanos orientales y hacia las
selvas de la cuenca del río Zulia, asoladas también por indios flecheros.
EL ABRAZO MARINO
La historia
natural de las cuencas de la Cordillera Oriental nos cuenta que por unos sesenta millones
de años se produjo en ellas una invasión de las aguas marinas que dejó su huella
estructural y selló su destino posterior. El ambiente de fondo marino que desde entonces
adquirió la cordillera sepultó casi por completo los macizos antiguos bajo los
depósitos cretácicos desprendidos de la gran cuenca oceánica.
Una vez retirado
el brazo marino, se produjo una intensa modelación hasta el punto de mostrar un
archipiélago de fragmentos del macizo de Santander sobre un mar de sedimentos fácilmente
erosionables, causa de la fragilidad de los suelos de la región. En las afloraciones del macizo se
encuentran depósitos de oro, cobre y plomo, no muy lejos de las rocas sedimentarias que
presentan alguna riqueza en acumulaciones de fósforo, yeso, calizas y carbón, como
ocurre en el gran yacimiento del Páramo del Almorzadero y en el estrecho cañón del río
Pamplonita.
Por el
movimiento de las placas terrestres se formó la falla de Bucaramanga, la cual atraviesa
todo el territorio de Santander de sur a norte. Se define la especial sensibilidad
sísmica de las dos capitales departamentales y un nido sísmico en la Mesa de los Santos.
En el siglo pasado Cúcuta fue destruida por un terremoto, si bien sus vecinos se dieron
mañas para reconstruirla con notable rapidez.
LOS ESPACIOS DEL
POBLAMIENTO
El espacio
santandereano tradicional ha sido el de su parte montañosa, en donde se produce una
especial dialéctica de belleza y brusquedad, como puede apreciarse en el cañón del río
Chicamocha, en las estrechas cuencas de San Joaquín y Onzaga, en el páramo de Guantiva o
en las paredes que dominan el río Sogamoso en la jurisdicción de Betulia. Fue en esta
zona donde se trazaron los dos caminos básicos en dirección nortesur que concentraron la
circulación de los hombres y las mercancías por siglos. El primero entraba a la región
por Capitanejo y paralelo al río Servitá se dirigía hacia Pamplona, desde donde
conectaba con Cúcuta para proseguir hacia Caracas o Maracaibo. El segundo ingresaba por
Vélez y corriendo paralelamente al río Suárez pasaba por las villas del Socorro y San
Gil, cruzando el río Chicamocha por Sube para ascender a la Mesa de los Santos y de allí
bajar a Girón o a Bucaramanga, desde donde podía proyectarse hacia la costa por los
ríos Sogamoso o Lebrija.
Al occidente de Santander los
ríos Carare, Opón, Sogamoso y Lebrija entran en contacto con la cuenca media del río
Magdalena; zona con mayores niveles de fertilidad y abundancia de bosques. La penetración
extensa y su poblamiento sólo se produjo en este siglo después de la instalación del
enclave de la explotación petrolera en Barrancabermeja. Desde hace dos décadas se
cultiva intensivamente cacao, arroz y palma africana, al tiempo que se derriban los
bosques para dar paso a las ganaderías vacunas. Su ocupación ha provocado una severa
disminución de los recursos ictiológicos de la cuenca, que por otra parte tiene un gran
potencial por la calidad que dan a sus suelos los sedimentos transportados por las aguas.
Hacia esta zona
se han dirigido las colonizaciones de los santandereanos y de los departamentos vecinos en
este siglo. Anunciando la dinámica que hoy muestra el traslado hacia el occidente, los
cinco municipios santandereanos del valle del Magdalena (Barranca, Puerto Parra,
Cimitarra, Sabana de Torres y Puerto Wilches ya agrupan el quince por ciento del total de
la población del departamento. Barrancabermeja es el tercer municipio más poblado y
cabecera de la provincia de Mares.
Cúcuta ha
mostrado desde el siglo pasado un crecimiento ininterrumpido que la afianza en su
posición de capital departamental, mientras que por otra parte la colonización de Tibú
que fue estimulada por la explotación petrolera parece haberse redirigido recientemente
hacia la zona de El Tarra.
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