(continuación capítulo Vida Cotidiana)

MODO DE VIDA

Las tierras de la provincia de Antioquia de que se hablaba en el siglo XVIII, eran más pobres e inhóspitas de la Colonia. Cuentan los juglares y los cronistas se fueron poblando con gentes laboriosas y sacrificadas que a golpes de hacha y azadón las convirtieron en jardines multicolores, cultivos agradecidos, emporios de abundancia y hasta tacitas de plata.

Un poblador rural no acepta por eso la idea de que se acabaron las tierras o se agotaron las minas. No. Todavía hay oportunidades en las tierras de promisión y se encuentran por todos los puntos cardinales.

Aquí no ha culminado la colonización: es un modo de vida. Primero las minas incluso las guacas y el maíz, segundo el tabaco, después el café y el plátano, cuarto la caña, luego la ganadería, el carbón y el petróleo, enseguida el banano, más adelante las flores, los frutales y el gusano de seda. Es un proceso continuo, en el cual domina la producción para el mercado sobre la dedicada al autoconsumo.

De esa manera puede hablarse de subregiones con algunos rasgos culturales propios. La ribereña, de vida agrominera (ríos Cauca, Magdalena y Atrato), la de ente y bajo altiplano, propiamente montañera, donde se ubican básicamente explotaciones cafeteras y en general agrícolas —desde donde se estructura el paisa— y la de nueva colonización que abre fronteras hacia el norte, el occidente y el oriente de todo el territorio, configurando nuevos asentamientos forestales, agropecuarios y mineros.

CAMBIO Y TRADICIÓN

Tanto las tierras nuevas como los centros urbanos, son escenarios de configuración de nuevas formas culturales. En la montaña y la ribera se hizo imagen el paisa fundacional. De la vida en el campo para la definición de la identidad paisa, se pasó a la vida que giraba alrededor de los pueblos. La pauta espacial con que se construyó Antioquia atendió la secuencia fonda-parroquia-pueblo.

La historia muestra un desplazamiento de las localidades preeminentes siglo tras siglo: de Remedios, Zaragoza y Santa Fe de Antioquia a Rionegro, Medellín Sonsón; de Salamina, Marmato y Aguadas a Manizales, Chinchiná y Dorada; de Santa Rosa de Cabal y Cartago la Vieja a Pereira y Dosquebradas; de Salento a Calarcá y Armenia. Hoy en día se habla además de las áreas metropolitanas. De los viejos asentamientos, que no mueren porque tienen historias, se irradian las energías que le darán fuerza a los pueblos nuevos, las ciudades y las metrópolis.

Tradición y cambio se funden para producir imágenes intemporales. Los valores perpetuos de la región están por encima de los antagonismos ideológicos y políticos, y se resuelven en la malla urbano-rural, tanto en la arquitectura y sus hitos como en las figuras aglutinantes y las instituciones que le sirven de soporte social.

El patrón de ordenamiento territorial de los municipios de la región se funda con: lo religioso —iglesias y capillas— y lo doméstico-familiar —la casa de la familia de orientación. Continúa con los intercambios —tiendas y mercados—, el civismo y la cultura institucional, sociedades de mejoras, escuelas, hospitales, hospicios. Se consolida con las instancias de poder, autoridad secular, justicia y represión alcaldes, concejos, jueces, policías.

La región cultural que conforman los cuatro departamentos tiene como referentes espaciales la montaña y la vertiente a la cual debió enfrentarse como titán el labrador con sus hierros, tumbando bosques y levantando pueblos. Aunque la geografía sabanera y ribereña es tan importante como la de vertiente, la identidad paisa se mide con ésta última, con la de los pueblos históricos que anudaron la región.

RECOVECOS DE LA IDENTIDAD

La determinación del temperamento no llega aún a la ciudad. Aquí se diluyen las relaciones domésticas y vecinales, se pierde el arraigo al territorio propio, los inquilinos y los arrendatarios invaden espacios en los cuales no puede haber sentido de pertenencia. En la urbe parecen acabarse la religiosidad y la familia, pues no se logra traducir la ética sagrada al reto secular del nuevo ambiente. En tanto, las redes sociales se constituyen sobre la base del contrapunteo de intereses y concepciones materiales y espirituales.

La identidad paisa ha sido históricamente dual. Reconoce a Dios y a Satanás, a la madre-virgen y a la prostituta, a la madre prolífica y a la solterona, al cuerpo de Cristo hecho hostia y al aguardiente convertido en energía creadora, al Don y al esclavo, al individuo respetuoso de la ley y el orden y al trasgresor de normas, al fundador de linajes y al joven no-futuro, al azul y al rojo.

Mujer privada, HOMBRE PÚBLICO

La familia antioqueña se estableció desde la Colonia a partir del vínculo del matrimonio católico. Se estableció como dispositivo social y económico con la colonización e inició su dispersión al calor del nacimiento de los pueblos y el desarrollo desigual.

Dos linajes reconocidos aceptaban mediante el matrimonio fundir sus bienes y sus apellidos para honra de Dios y perpetuación de la sangre. La observancia de los derechos y deberes de esposo y esposa estaba regulada por la ley divina hecha naturaleza, quedando clara la desigualdad de los sexos. La mujer sujeta al varón, sin libertades individuales y con el rol de abnegada esposa y madre. Ejercía ella su reinado en el hogar y tenía por obligación fundamental la procreación y socialización de la prole.

El varón proveía el hogar de todas las necesidades materiales. Debía garantizar que la dote recibida de su esposa y sus propios bienes crecieran constantemente. El amor y el placer estaban mediados por dos factores: la religiosidad que disponía que el sexo debía dedicarse fundamentalmente a la procreación, y el pragmatismo de las filiaciones con finalidad económica. La patrilinealidad y la herencia paterna eran garantes del mayorazgo varonil para perpetuar la hegemonía del apellido y la preservación del patrimonio familiar

El honor de los títulos de Don y Doña empezó a diferenciar al habitante de estas tierras con el de otros lares, en donde la Merced y la Señoría hablaban de unas clases y unas familias ennoblecidas. En este territorio se conjugaron los criollos con las castas, y fue en éstas últimas en las que se hicieron públicas las transgresiones a las reglas dispuestas por la corona: el adulterio femenino, el maltrato de algún miembro de familia, el abandono, el incumplimiento de los contratos matrimoniales, y la violencia intra familiar.

FIGURAS FAMILIARES

Las minas y las haciendas del siglo XVIII y comienzos del XIX, fueron los primeros escenarios en donde se perfilaron las familias antioqueñas, en especial las extensas. Estas agregaban al núcleo afín y consanguíneo una serie de servidores y colaterales a quienes bien se reconocía algún parentesco de sangre o espiritual  el compadrazgo, que aún vive entre algunos núcleos o un oficio necesario para la vida doméstica.

La familia como dispositivo social y económico del cambio en la vida antioqueña, aparece con la colonización. Este proceso de expansión en el occidente colombiano, que va de fines del siglo XVIII hasta principios del siglo XX sin que se haya detenido del todo, aunque los patrones actuales son diferentes, se hace con familias; y fundamentalmente con aquellas que se ven presionadas a emigrar de sus asentamientos originales para levantar casa y parcela.

Esas familias que formaron los pueblos de lo que terminó convirtiéndose en la provincia antioqueña eran legítimas e ilegítimas; más de una vez se practicó la endogamia entre primos, el incesto, el concubinato y el madresolterismo.

La figura materna deriva hacia una mujer recia, que se ve enfrentada a las inclemencias del tiempo y la geografía junto con su esposo y sus hijos. Su papel central está en el hogar, criando y alimentando bocas que son la reserva energética de la apertura de fronteras. Ahora pesa más la fortaleza que la fragilidad en la imagen femenina, acompañada de la santidad por el sacrificio. El varón se hace a plenitud con las imágenes culturales que han recorrido la literatura oral y escrita. Son emblemas el aserrador, el arriero, el guaquero, el finquero, el minero, el culebrero, el agiotista. En fin, el negociante.

La cultura de la colonización modeló básicamente figuras adultas de mujer hombre. Niños y jóvenes eran proyectos de mujeres madres y hombres-colono Los viejos empezaron a aparecer como patriarcas, como guerreros en reposo después de haber abierto. caminos al andar y fundado pueblos por doquier.

Existe una tercera figura definitiva en la constitución familiar pueblerina: el cura. Las ausencias del padre por la función extrahogareña que le correspondía, ligó la madre con la Iglesia y en especial con el sacerdote, quien, entró al seno familiar a través del púlpito, el confesionario y la casa parroquial, cuando no asistía como curador de almas al lecho del doliente espiritual.

El cura socializó en familia junto a la madre y en reemplazo del padre biológico. Tradujo los textos bíblicos sobre el padre al lenguaje de la moral religiosa. Su Dios castigador permeó a la madre para que ella asumiera el imaginario religioso como razón práctica. El ámbito pueblerino en donde tuvo un gran peso la parroquia hizo posible que la madre Iglesia se confundiera con la madre biológica en la dura tarea de forjar voluntades y signar el futuro.

DE LA SAGRADA FAMILIA AL VACIO PARENTAL

Con el nacimiento de los pueblos y su desarrollo desigual, se produjo la diáspora familiar, conformando una estrella multiangular de tipos familiares por todo el territorio. Es la realidad de hoy. En un ángulo pueden hallarse las familias barequera o palenquera o la organización totémica indígena de zenúes, emberás y tules; en otro se ubican los grupos agromineros, de pescadores, aserradores, jornaleros y vaqueros; en el siguiente encontramos familias ligadas con los cultivos estables como el café, la caña, la papa y similares.

La estrella se completa en los perímetros urbanos y vuelve a irradiar sobre la ruralidad con una gama de tipos familiares más compleja. Hay formas definidas por lo económico de acuerdo con el desempleo, el subempleo, el trabajo obrero o si en el hogar hay empleados, profesionales, ejecutivos. Otras se determinan por la legalidad ante la ley y las iglesias de diversas creencias. Existen también familia nucleares y extensas y las resultantes de las uniones libres de pareja, o aquella superpuestas como producto de matrimonios y/o uniones de hecho que han dejado hijos de distintos padres en un hogar

Abundan el padrastrismo y el madrastrismo, las madresolteras y hasta los padresolteros. De las formas triádicas (padre, madre e hijos) en la estructura núcleo se está ingresando a las díadas (padre o madre e hijos) en que una figura parental asume todos los roles: provisión, abrigo y socialización de los hijos. Existen además las formas institucionalizadas de familia, donde se proveen hogares para niños abandonados.

El drama de la familia urbana presenta aristas nuevas. El varón no está siempre en capacidad de cumplir los roles de providente que la cultura campesina y pueblerina le asignaron. Desvalorizado su papel paterno, e incluso viril, abandona con facilidad la familia, o es excluido por su mujer y sus hijos cuando se toma castigador y ultrajante sin respaldo económico ni espiritual. Muchas veces el hijo mayor que así se asume, toma el lugar del padre y por la vía delincuencial suple las demandas o los deseos maternos, aun a costa de su propia vida.

La mujer se ha visto obligada a luchar solitaria por su sobrevivencia y la de sus hijos. Es frecuente el abandono del hogar por dicha causa. Ella vive tensiones de tal envergadura que es frecuente su voz contra las imágenes de padre y de esposo.

SOCIALIZACIÓN EN OTRAS MANOS

Cuando no son posibles las guarderías, los jardines ni las madres comunitarias los hijos quedan al garete de la casa y la calle. Allí aparece una instancia de socialización intrageneracional en barras, pandillas y bandas que ha tenido eficacia para cobrar el sentido de pertenencia a algo, con alguien, no importa que estén ligados con el mundo de la violencia. La socialización primaria queda al arbitrio la mediación más próxima, unas veces es la calle, la placa polideportiva, el bar la taberna; otras es el videocasete o la parabólica.

La ciudad es también el territorio propicio para que afloren los problemas de género, especialmente los que se han encargado de poner sobre la mesa la mujer y, en menor medida, los grupos homosexuales. No sólo se han roto las duras familiares y los viejos modelos, sino que se avanza en la búsqueda de realizaciones personales que le han quitado fuerza a los proyectos con espíritu de grupo, en especial los que están regidos por lazos parentales. Otros sentimientos, otros intereses pesan más que los derivados de los roles paterno, materno o filial.

La familia es un eje de la identidad paisa que está sufriendo todos los efectos de la crisis social regional. Pero, como sucede con el temperamento, también aquí parerecen resurgir los elementos básicos para que se recomponga y siga viviendo; entre ellos, el amor a la cucha, que no es más que la certeza de que todavía hay lugar para la palabra, el pasado y el juego por la vida.

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