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(continuación capítulo
Vida Cotidiana)
APARECIERON
LOS ESPAÑOLES
El encuentro de las cocinas española e
indígena obedece a un proceso de dos o más siglos de fusión y asimilación recíproco.
Durante ellos la conquista y la colonia incidieron en la cultura culinaria.
Uno de los mayores dolores de
cabeza para las huestes conquistadoras fue su alimentación. Más de una vez sufrieron en
este continente física hambre. Los bastimentos traídos desde España rápidamente se
agotaban y los remilgos de crianza hicieron
estragos.
En efecto. Finiquitado el mercado ibérico, los conquistadores se ven obligados a recibir y
consumir todo cuanto el medio natural les ofrece. Cazan y pescan donde se puede con
resultados casi siempre infructuosos, y deben compartir con los indígenas las totumas de
masato, tubérculos y chicha, para no morir de hambre. Se inicia así un proceso de
reconocimiento culinario-cultural. En un principio son los españoles quienes observan,
prueban, aceptan y rechazan. Aromas, colores, formas y sabores generan analogías y
añoranzas y el paladar del hombre español termina de hacer degustaciones.
Así las cosas, los años de
la conquista corresponden a un período de acomodamiento en los asuntos de la cultura
culinaria. El español conquistador vino fundamentalmente motivado por la búsqueda del
oro y su meta era, una vez enriquecido, regresar. Pero se radica aquí definitivamente.
Significa eso abandonar su país ya los suyos para siempre, por lo cual traerá consigo
aquello que lo haga sentir como en casa: su cocina, su cultura culinaria.
Con la llegada del
colonizador, la cocina aborigen sufre una transformación contundente. Se enriquece, no
sólo con una variada despensa sino también con sistemas de cocción, nuevos cortes,
pesos, medidas, porciones, mañas y recetas. Diferente a lo acontecido en otros campos de
la cultura aborigen la mayoría extinguidos en el caso de la cocina, el encuentro de las dos culturas fue infinitamente
provechoso.
GANANCIAS EN LA SAZÓN
Durante la Colonia se
implementó como política la sustitución de la mano de obra indígena en las
explotaciones mineras, por mano de obra negra, contribuyendo con esta medida al
mejoramiento del fogón paisa. Provenientes del Congo, Angola y Guinea, los esclavos
africanos de igual forma que su dominador español, trajeron consigo en su exiguo
equipaje el sabor de su cultura.
¿Podríamos acaso imaginar
la actual cocina antioqueña sin tajadas maduras, sin
plátano asado, sin guineo en el
sancocho? ¿O una cocina paisa sin aguapanela o de dulce
de macho para la mazamorra? Con el negro llegaron a la cocina de esta comarca plátano
y caña de azúcar, pero ante todo aparece ese toque africano, cálido, sensual,
aromático y fuerte que garantiza su presencia ante el fogón.
Sin lugar a dudas el aporte
de la etnia negra no se limitó a servir de fuerza de trabajo sino que se extendió, entre
otros ámbitos al de la cultura culinaria. El colono español transformó nuestra cocina,
no sólo con su sentido práctico, su conocida habilidad culinaria, sino también con el
aprovechamiento nutricional sus animales domésticos. Vinieron con él caballos, asnos,
perros, gatos, gallinas, vacas y cerdos; los tres últimos revolucionaron totalmente la
cocina de la comarca.
Se amplió entonces el
espectro de posibilidades de alimentación. El paisa de hoy resiste a creer que en su
momento, no hacían parte de su cocina productos que actualmente se consumen: leche,
mantequilla, queso; quesito, manteca y huevos, que conformaron un grupo de materias primas
básicas para la elaboración del recetario antioqueño. Al mezclarse las féculas
aborígenes de maíz y yuca con queso, quesito, leche y mantequilla, se originaron los
más connotados representantes de parva
antioqueña (pandequeso, pandeyuca, buñuelo).
Una especie de fábrica viva
y completa de productos culinarios, acerca de la cual sobran comentarios, es el marrano.
Pocos productos de la despensa paisa se salvan hoy de pasar por la manteca. El frito, como
sistema de preparación, conquista nuestra cocina. El marrano y en esto bien
involucrada está la etnia negra aprovecha en nuestra cocina de trompa a cola.
Gracias al colono español la cocina paisa goza de chicharrón, chorizo y morcilla.
En la despensa agrícola hubo
también aportes: cebolla, zanahoria, remolacha repollo, habichuela, ajo, col, arveja,
lenteja, manzano, durazno, mango, limón banano, ajonjolí, pimienta, nuez moscada, anís
y canela, entre muchos otros alimentos, entraron de manera diferida durante dos siglos y
se arraigaron en cocina paisa.
MAS LEGADOS
Fue, pues, muy influyente la
culinaria española en nuestra cocina. Recetas como el tamal hoy con presa de
gallina, tocino, costilla, zanahoria, arveja y habichuela son otro resultado más de
nuestra fusión culinaria. Igualmente, el tradicional mondongo, cuya base de productos vernáculos
(yuca, papa y arracacha), no sería lo que es sin el intestino que proporciona al encanto
de su sabor, el de la v
aca
española.
El glosario de comparaciones
es extenso. Están finalmente aquellos elementos propios de la cultura culinaria, que sin
ser alimento, juegan papel fundamental en el comer y cocinar de la región y de los cuales
el legado español d abundante. Muchos se encuentran hoy utilizados cotidianamente en
todos los sectores sociales, y su diferenciación se limita a la cantidad y a la calidad
material que los constituye. Son las bandejas, pocillos, copas, cubiertos, jarras saleros,
servilletas y manteles; y también los horarios de comida, las reglas aseo, los ayunos de
cuaresma, las preparaciones navideñas y las reglas de etiqueta.
Ese conjunto de
manifestaciones complementan nuestro recorrido sobre el comer y el cocinar en Antioquia y
el Viejo Caldas.
DIVERSIÓN PUEBLERINA
F
iestas patrias o
cívicas, religiosas y profanas fueron las celebraciones colectivas de los pueblos de la
región desde la segunda mitad del siglo XIX. Cada uno de ellos iba siendo escenario de
acuerdo con el momento de su fundación.
ENTRE NOVENAS Y PROMESAS
Fiestas patronales, las Navidades, Semana Santa y Corpus
Cristi son celebraciones del más hondo arraigo y significación en la cultura. La Iglesia
católica con sus curas párrocos, estrictos guardianes de la moral e impulsores del
progreso, ha ejercido un papel muy importante como moldeadora de comportamientos sociales.
En la región de colonización antioqueña y cultura
paisa, las fiestas patronales se inician con posterioridad a la fundación de las
respectivas parroquias. Esto o ocurre por lo general durante el siglo XIX y comienzos del
XX.
Los patronos
religiosos eran elegidos por los primeros párrocos de acuerdo sus propias
predilecciones o su pertenencia a una determinada comunidad. En algunos casos, las
devociones se asocian con descubrimientos de cuadros o leyendas milagrosas alrededor de
los cuales se iba cimentando el culto,
Los pueblos de la región
poseen un arraigado culto mariano asociado a las imágenes de la Inmaculada Concepción,
la Virgen del Carmen y la Virgen de las Mercedes. Sus fiestas se celebran el 8 de
diciembre, el 16 de julio y el 24 de septiembre En menor medida los pueblos se consagran
al Corazón de Jesús, al Santo Cristo o a otros santos.
La parroquia organiza las
fiestas patronales y es la novena al santo el aspecto principal de los preparativos. Por
lo general, cada día de la novena es patrocinado por un sector u organización:
cantineros, comerciantes, campesinos empleados del municipio, Hijas de María o Madres
Católicas, acciones comunales. Y eso les imprime un carácter colectivo. En algunos
lugares (Sopetrán La Ceja), un alférez o cabecilla asume los gastos de la fiesta como
pago de una promesa al patrono.
La novena culmina el mismo
día de la fiesta con misa solemne, trisagio, salves, cuarenta horas y procesión por las
calles del pueblo con la imagen del santo, y la participación de escuelas y colegios
acompañados por la banda local o bandas marciales. Al anochecer, la misma banda
interpreta música popular en el parque principal mientras hay exhibición de juegos
pirotécnicos. A éstos se reducen los actos paganos dentro de las fiestas patronales,
donde todo gira alrededor de los rituales del culto.
Ocurre en algunos pueblos que
las imágenes del santo se consideran milagrosas.
En Carolina del Príncipe, Nechí,
Zaragoza, San Pedro de los Milagros, Girardota, Sopetrán, los devotos realizan promesas o
mandas representadas en ofrendas materiales como cirios, flores, exvotos o en sacrificios.
El sentido de la celebración
ha sido establecer un contacto espiritual más estrecho entre los feligreses y el santo
para agradecerle y retribuirle los beneficios recibidos de él. Está presente también un
sentido terapéutico. Los sacrificios, la expiación de culpas y la purificación que
proveen los rituales, reportan a los creyentes bienestar físico y espiritual, y pueden
regresar renovados al trabajo cotidiano.
UNA PERSIGNACIÓN Y UN BAILE
En la cultura paisa las
fiestas patronales disocian lo religioso de lo festivo. Algo diferente se presenta en
zonas de la región donde ha existido presencia de negros e indígenas a lo largo de
varios siglos. Aquí los elementos festivos y profanos se asocian íntimamente con las
celebraciones religiosas.
El
Cristo
Milagroso se festeja el 14 de
septiembre en Zaragoza, población minera de origen colonial, situada al nordeste del
departamento de Antioquia, orillas del río Nechí.
Durante los ocho días
anteriores de la novena, sale por las calles la Gigantona
, una enorme muñeca que baila al son de
la banda. La siguen jóvenes y adultos que se tiran huevos y harina. El día 14, poco
después de la procesión con el Cristo, comienza el fandango, un baile público al son de
porros interpretados por una banda de vientos. Hay consumo de licor y comidas
tradicionales y algunos se divierten con juegos de azar en los establecimientos del
puerto.
Nechí, otra población del
nordeste, situada sobre el mismo río, tiene a la Inmaculada Concepción por patrona. La
fiesta del ocho de diciembre se realiza con novena, procesiones y pago de promesas, pero
también con bailes, danzas, sainetes y tunas. Con instrumentos de percusión se
acompañan estos bailes, y un solista, por lo general una mujer, entona versos que son
respondidos por un coro.
En honor a María Magdalena,
protectora de los perseguidos, celebra Cáceres su fiesta patronal, esa antigua población
del bajo Cauca minero. El 22 de julio los cacereños festejan con sainetes, pantomimas
callejeras y la cumbamba, danza donde grupos disfrazados imitan a una extraña ave de la
región. Días antes, el 16 de el mismo mes, alumbramientos y bailes públicos anuncian
que en Turbo, población del golfo de Urabá, se celebra alrededor de la Virgen del
Carmen. La procesión y la misa de la mano de juegos pirotécnicos, expresan la tradición
negra del Chocó.
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