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4. VIDA COTIDIANA
Va la vida en el desfile
Se habla de la alimentación como elemento cotidiano. Sus
orígenes étnicos, la producción agrícola, las huertas y cocinas. Las fiestas populares
vibran en medio de una cultura puritana y basada en la ética del trabajo y la
productividad. Se presentan los temperamentos del paisa; y la familia que junto a la
Iglesia católica, han sido estructurantes históricos de la vida antioqueña.
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Fotografía Francisco Mejía, Centro de Memoria Visual
FAES
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Julián Estrada:
Antropólogo, María Teresa Arcila: Historiadora. INER, Universidad de
Antioquia. Hernán Henao Delgado: Antropólogo. INER, Universidad de
Antioquia.
UNA
HERENCIA CULINARIA
La
comarca de Antioquia La Grande es una sola región cultural culinaria. Un paisa, sea él
manizalita o pereirano, aguadeño o jericoano, hace de sus asuntos y de su recetario de
crianza, el símbolo más apreciado de su identidad regional.
CULTIVOS Y ANIMALES
La huerta indígena era un claro de monte alejado de la vivienda en el que
varias familias sembraban sus principales productos de sustento (maíz, fríjol, mafafa,
arracacha), los cuales guardadas las proporciones exigían amplias áreas de
cultivo.
Por el contrario, los árboles frutales se daban
espontáneamente, y por ello no se localizaban
siempre en la misma sementera. Aguacate, guayaba, mamey, algarrobo, hilo, guanábana,
anón, zapote, ciruelo, piña, cacao y chirimoya, entre otros, estaban ubicados monte adentro-camino a la huerta y el indígena los
vigilaba y mantenía con esmero.
Casi siempre cercanos al rancho de cocina estaban otros
cultivos, cuya rápida permanente reproducción los convertía en alimento cotidiano. Eran
el tomate, cidra, la vitoria, la ahuyama, el ají y el achiote.
Algunos cacicazgos producían
sal, miel, coca y tabaco que intercambiaban por cultivos y frutales mencionados cuando en
estos se lograban excedentes. Entretanto, la papa sólo se entronizó en el consumo
antioqueño hasta los albores del siglo XIX.
Un variado grupo de animales
(insectos, reptiles, mamíferos, aves y peces) complementaba la alimentación del
indígena de ésta región. De él obtuvo, en términos de una dieta moderna, su proteína animal.
La mayoría de los animales
se conseguían a través de la caza (perdices, torcaza chuchas, zarigüeya, armadillos,
oso hormiguero, dantas, tapir, tatabras, puerco de monte, sainos, venados, liebres,
curíes y la bien apreciada guagua guadatinaja); otros, los animales cebados (saínos y
tatabras), se capturaban fácilmente con la ceba. Los había también de compañía (loros, gallinetas, guacamaya micos
perezosos y culebras), que en algún momento hacían también parte de la olla. A la
proliferación de riachuelos, ríos y quebradas existentes en la comarca, debe que el
aborigen supliera su cocina con cangrejos de agua dulce, caracoles, tortugas, babillas,
bocachico y bagre.
MENAJE
CULINARIO
La cocina es rancho aparte, es una expresión
popular que proviene de la costumbre indígena de construir al lado del tambo de
habitación, aquel rancho exclusivo para la preparación de alimentos. Fue hecho con
indudable sencillez e ingenio, a partir del entorno vegetal, los animales, los minerales y
la habilidad en la cerámica.
Pilones y morteros salieron
de maderas duras (nogal); de otras de más fácil talla (higuerones) las bateas, caguingas
y mecedores; vasos o cañutos se hicieron con tarros de guadua y de yarumo, y con la misma
guadua, canoas para chicha; rallos y raspadores, con tablillas y cuarzos insertados;
cestería de múltiples formas y usos con hojas de palma trenzadas; fabricaron venteadores
(chinas y envoltorios) de estas mismas hojas, destacándose la utilización de las hojas
de bihaos o bijaos (calathea y heliconia) y de iraca.
Tanto
verdes como secas, las hojas pequeñas del maíz sirvieron para envueltos de choclo u
otras preparaciones, y de la tuza del mismo, hicieron combustible para fogones. Del uso de
frutos vaciados, de amplia diversidad en tamaño y forma, surgieron calabazos y
tarralíes, que permitían indistintamente proporcionar, servir, conservar y transportar
alimentos. Fibras y bejucos tenían por función el amarre y ser materia prima para
yesqueros, coladores o tamices.
Entre los utensilios de origen animal se destacan las
bolsas de cuero, obtenidas a partir de estómagos y tripería de los mamíferos mayores
(puerco de monte y venado). Picos de tucán (diostedé) y de otras aves, sirvieron como
herramienta para perforar materiales rígidos o sacar comida. Palancas y cucharas se
derivaron de los huesos, y de las conchas de tortuga y armadillo, los recipientes para la
preparación de alimentos.
El tercer reino de la naturaleza proveyó al aborigen con
piedras de tamaño, forma y consistencia especial. El construyó fogones de rendimiento
absoluto, labró sus piedras de moler (metates) e implementó aquel sencillo, versátil y
utilitario instrumento de cocina: la mano de
piedra. Aún están presentes en las cocinas del campo los cuchillos de sílex y
obsidiana, hachuelas, morteros y pilones. De este reino se sacó todo el provecho que se
pudo.
ARTISTAS
MANUALES
Muchos de los aborígenes que habitaron esta
territorio, fueron ceramistas excelsos y con ello su menaje culinario se vió enriquecido
por hermosas y sencillas piezas: cayanas, cuencos, ollas, vasijas, múcuras y jarras; en
ellas la mano de la indígena sazonó el sustento diario.
Finalmente está el oro, mineral abundante en
esta comarca como casi en ninguna otra parte de América. Fueron brillantes las
habilidades de nuestros antepasados en especial los quimbaya en la tecnología de la
metalurgia. Sin embargo, dicho material y sus múltiples piezas eran patrimonio exclusivo
de los grandes jefes, quienes además sólo usaban de ellas para fines ceremoniales. En
otras abras...saquemos el oro de la cocina.
BANQUETES
O AYUNO
Pasemos ahora a la cocina
indígena propiamente dicha.
Al igual que en el resto de pueblos de América, en la comarca se realizaban banquetes
colectivos y comidas ceremoniales en los cuales se abusaba de la ingestión alimentos y
bebidas fermentadas. Carnes de monte difíciles para conseguir y con largos procesos de
preparación y chichas de fermentación garantizada hacían presencia en bateas, cayanas y
tinajas; estaban acompañadas de las Suntuarias y ceremoniales hojas de coca y tabaco.
Eran las fiestas de cosecha, nacimiento, matrimonio y rituales funerarios.
En otras circunstancias, en
cambio, se practicaba el ayuno. Se creía necesario para propiciar el buen tiempo durante
las cosechas y preparar el suelo para las siembras, en la iniciación sexual de la mujer
joven y las jornadas de cacería o pesca,) en caso de expediciones guerreras o
cuandoquiera que la familia o el cacicazgo se sentían amenazados por fuerzas hostiles.
Interdicciones alimenticias eran producto del
culto al tótem o de la concepción del tabú. En el primer caso, el animal protector del
grupo debía ser respetado y no consumirse; en el segundo, su contacto generaría un
maleficio.
ABANICO
DE GUSTOS
Un amplio y rudimentario taller de preparación
definía la cocina indígena. Moler, picar, cernir y pelar todos los productos eran
oficios que la mujer hacía en él; casi siempre ella se encargaba de cocinar.
Ají, sal, achiote y ceniza eran los sazonadores
básicos mientras que con tierra y lejía se implementaba la limpieza. Mucho de lo
perecedero se conservaba ahumándolo y salándolo y las técnicas de cocción se reducían
a hervirsancochary a asar.
Sin embargo, los sistemas de preparación
garantizaban cambios gustativos, una veces pilando y envolviendo en hoja, otras
entreverando ceniza, fermentando y añadiendo ajíes al amasijo. Con la yuca cocinada o
asada, se hacía una especie de harina que se mezclaba en muchas recetas y el sabor en la
olla de cocido se enriqueció con la arracacha y la mafafa. De cidra, vitoria y ahuyama se
dio el punto calar a los frijoles, tratados únicamente con el agua a grandes
hervores.
Bebidas de todo tipo se elaboraban en la cocina
utilizando las frutas y se conseguía menguar la acritud de muchas de ellas con la miel de
las abejas.
De las iguanas y tortugas consumían sus carnes
y huevos. Pero también sus grasa para revestir con unturas el cuerpo, amén de
utilizarlas como base de alumbrado y medicina para curación de heridas. Las carnes de
tanto animal de monte, despresadas en porciones, sólo tenían dos destinos: hacer parte
del tamal o hacer parte del sancocho. Si por el contrario la pieza llegaba entera a la
cocina, un rudimentario espetón en palo de guayabo la
convertía en suculento asado.
Finalmente,
se logró con el maíz el rendimiento culinario máximo, aprovechándolo en todos sus
estados, desde la raíz hasta el penacho. Verde, niño, maduro, asado, cocido, fermentado,
entero o amasado, el maíz fue la base de numerosas recetas aborígenes, de las cuales hoy
se ufana el recetario antioqueño con estas tres sobrevivientes: mazamorra, tamal y arepa.
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