|
|
|
LOS PINTORES
QUITEÑOS
El trabajo en la Flora crecía a medida que se avanzaba en la
investigación. Era ya insuficiente el trabajo de Rizo y Matís, por
lo que el Sabio Mutis decidió recurrir a los pintores quiteños.
Los artistas de Quito gozaban de merecida fama desde el comienzo
de la Colonia. Gracias a su gran habilidad manual, los obradores y
talladores comenzaron tempranamente a producir imágenes que pronto
sustituyeron a las que venían de Sevilla.
Los pintores igualmente ejecutaban obras de notables cualidades
y los talleres de pintura se multiplicaron rápidamente, pues las
demandas dejaron de ser solo regionales para pasar a serlo del
resto de las Colonias. Resulta entonces muy explicable que Mutis
haya buscado en Quito la colaboración de jóvenes pintores para
vincularlos a su Flora. En carta del 10 de Julio de 1786, dirigida
al presidente de la Audiencia, don José Villaluenga los solicitó
con las siguientes palabras: "
Reflexionando pues que
en esa ciudad hay muchos pintores, según me informaron y yo infiero
el número de sus pinturas que circulan por todas estas provincias,
me ha parecido más conveniente en el día hacerlos venir de allá que
transferirme yo a esa ciudad, como lo he deseado por sus respectos
y poseer el límite meridional de mi expedición"; más
adelante agrega: "
Me ha sido más fácil y siempre lo
será manejar gente más dócil, aunque menos hábil, porque yo suplo
por la instrucción que les doy, la habilidad que les falta en los
principios".
(1)
Como resultado de estas gestiones, vinieron inicialmente cinco
pintores de Quito, los cuales se vincularon a la Expedición el 29
de Julio de 1787. Entre ellos figuraban los dos hijos mayores del
afamado pintor quiteño don José Cortés de Alcocer: Antonio y
Nicolás Cortés. Completaban la nómina: Vicente Sánchez, Antonio
Barrionuevo y Antonio Silva, alumnos todos ellos del pintor
Bernardo Rodríguez, quien previamente había enviado a Mutis
"
informaciones y pruebas de su
habilidad".
El viaje de Quito a Santafé se retrasó por unas semanas debido a
una epidemia que se desató cuando los pintores llegaron a Popayán.
Recluídos en obligada cuarentena, los Cortés ejecutaron allí una
serie de miniaturas sobre los Misterios del Rosario. La fuente de
esta obra, según el profesor Santiago Sebastián, es la serie de
grabados publicados en 1750 por Gottfried Bernhard Goetz de la
Escuela de Augsburgo.
(2)
La diferencia con la versión de los
Cortés es tan sólo de 36 años, lo que demuestra en los quiteños una
mayor actualización en lo que se refiere a los modelos europeos,
con relación a la de nuestros pintores neogranadinos. Los Cortés
iluminaron la serie con un finísimo trabajo al óleo, demostrando
con ello su habilidad técnica y su especial sentido del color.
Estos cuadros han permanecido por espacio de dos siglos en
Popayán, a excepción de tres de ellos que fueron traídos a Bogotá
hace pocos años y por un corto tiempo al Museo de Arte Religioso
del Banco de la República.
Los iconos de los tres pintores Cortés: Antonio, Nicolás y
Francisco Javier quien llegó a Santafé en 1790, se destacan junto
con los del pintor Francisco Escobar y Villarroel, y los de Manuel
Martínez, porque son los que logran alcanzar dentro de la máxima
fidelidad a la naturaleza, la mayor gracia en la composición.
El pintor Barrionuevo colaboró probablemente con otros artistas
de la Flora, en la elaboración de las láminas de zoología con las
que Jorge Tadeo Lozano ilustraría la "Fauna
Cundinamarquesa", láminas lamentablemente perdidas hasta
el presente. Gracias a la generosidad de los investigadores José
Antonio Amaya y Eduardo Rueda hemos tenido acceso a una copia del
documento con el cual Jorge Tadeo Lozano Maldonado de Mendoza
presentó al Rey de España Fernando VII la "Fauna
Cundinamarquesa" el 26 de Diciembre de 1806.
Lozano explica que se trata de la presentación "
en
láminas exactas de las producciones animales de la antigua
Cundinarnarca". Más adelante menciona el apoyo que
recibió para tal empresa por parte del Director de la Botánica con
estos términos.
|
|
Plerothalis decurrens
|
"
No contento con haber facilitado de antemano las
empresas de esta naturaleza, formando excelentes pintores, en la
escuela gratuita de dibujo, que para el efecto sostiene a sus
expensas y de la cual han salido los que han ejecutado las láminas
de esta obra, apenas supo que ya lo había proyectado, cuando con la
mayor generosidad se ofreció a ayudarme con sus sabios consejos, me
franqueó su biblioteca copiosa y me comunicó objetos que podrían
incluírse en ella".
(3)
Desafortunadamente se desconoce el destino de estas láminas como
el del resto del trabajo de Lozano.
Es posible que investigaciones futuras permitan el hallazgo de
esta obra, que puede ser un documento muy valioso tanto para la
Historia Natural y para la Antropología, pues también se estudiaba
en ellos al hombre, como para la historia de la Pintura, por ser en
ese caso de las primeras obras que registraron directamente al
hombre y a los animales de estas regiones en su medio natural.
Hacia el año de 1788, más por iniciativa del Virrey que por la
propia voluntad del sabio Mutis, se hicieron presentes en la Nueva
Granada dos pintores procedentes de España. El primero de ellos,
Sebastián Méndez resultó ser, según el mismo Director de la Flora,
un colaborador mediocre e indisciplinado, cuyos trabajos no podían
ni serían publicados con los del resto de sus pintores. El segundo,
José Calzada, limeño, formado en España, se presentó una sola vez
ante su Director en Mariquita y decidió luego residenciarse en
Honda sin interesarse en absoluto en el trabajo para el que estaba
contratado, atribuyéndolo a su mala salud. Finalmente murió en esa
ciudad.
(4)
El fracaso con estos pintores, y las consideraciones que Mutis
se hizo sobre el alto costo que significaba traerlos de España a
América, sumado a los excelentes resultados de los pintores
nativos, lo llevaron a confirmar su preferencia por pintores
jóvenes que tan sólo demostraron "genio y
aplicación", pues en cuanto a las técnicas, él mismo
tendría que enseñarles "la pintura al temple sobre
papel". El santafereño Lino José de Azero, para citar un
caso, entró a la Expedición desde 1798 como alumno de la Escuela de
Dibujo y pintura, pero sólo se vinculó como pintor hasta 1808,
permaneciendo allí hasta 1816.Trasladada la Expedición a Santafé en
1790, se amplía el número de sus colaboradores.
Entre los pintores quiteños venidos hacia 1790 figura Manuel
Roales. Con él se vió precisado Mutis a no pocos enfrentamientos
como lo demuestra su propia defensa ante el Virrey Don Pedro
Mendinueta con fecha 3 de marzo de 1801. A pesar de todo, Roales
permaneció trabajando en la Flora por espacio de diez años y se
sabe que el propio Mutis, que debido a su inaplicación e
indisciplina, fue destinado
al dibujo a tinta de las
plantas, considerado como el más sencillo de las delineaciones en
negro, en que no intervienen los colores, ni son estas láminas
llamadas de pintura .
(5)
Resultaría interesante conocer el trabajo tanto de Roales como
del resto de artistas que por estar sometidos a este tipo de oficio
su obra permanece sin publicar, ya que tal conocimiento ilustraría
sobre el proceso anterior a la iluminación y acerca de la calidad
de los dibujos.
Tanto el pintor Mariano de Hinojosa, quiteño, de quien se han
identificado 83 láminas como el neogranadino, probablemente
boyacense, Francisco Mancera, de quien se conocen 36, y Félix
Sánchez, alumno de Rizo en la Botánica, ejercieron la Miniatura,
una vez cancelados los trabajos de la Expedición. Así lo demuestran
las numerosas obras de exquisita factura que se conservan en las
colecciones del Museo Nacional, del Fondo Cultural Cafetero y de
algunos particulares. El desarrollo de la Miniatura es bastante
tardío en nuestro país, y tiene lugar, justamente durante los
primeros 50 años del siglo XIX.
Es muy posible que avanzando la investigación en este período se
logre identificar un gran número de miniaturas producidas durante
esta época que por muchos aspectos estarían relacionadas con los
trabajos de los pintores botánicos.
Tal como se ha afirmado anteriormente, Mutis contó con gentes
jóvenes a quienes fue formando como pintores. A excepción de los
dos primeros, García del Campo y Caballero, en general los demás
apenas estaban iniciados en esta actividad cuando se vincularon a
la Botánica. Los pintores que no trabajaron con Mutis, en general
continuaron pintando una vez pasadas las guerras de la
Independencia, utilizando las mismas fórmulas coloniales, aunque
cambiando naturalmente los personajes. Por el contrario, los
herederos de la Expedición Botánica como José María Espinosa, Ramón
Torres Méndez, Ruperto Ferreira, Manuel Dositeo Carvajal, y los
pintores de la Comisión Corográfica, fijaron su atención en el
mundo que los rodeaba: las gentes, sus actitudes, cualidades,
defectos, costumbres y su comportamiento.
El enorme y valioso trabajo de la Flora de Bogotá, compuesto por
más de 6.000 láminas y numerosos dibujos es el producto de la
concepción tan clara que sobre él tuvo Don José Celestino Mutis. La
voluntad expresa sobre cómo debía ser publicada la obra que se
proponía llevar a cabo, quedó consignada en carta al Arzobispo
Virrey don Antonio Caballero y Góngora en junio 3 de 1783. Programó
desde un comienzo el dibujo de láminas en fino Papel Aigie en
"forma atlántica", reproduciendo directamente del
natural la planta en todos sus detalles y con el tamaño exacto al
original, lo cual resultó un maravilloso aporte, pues al recibirlas
los sabios europeos tendrían en sus manos un equivalente exacto de
la misma, no sólo en cuanto al color y la forma, sino también en el
tamaño. En el caso de las Orquídeas y de muchas otras plantas que
sobrepasan el tamaño común del pliego utilizado, indicó darles una
solución estética sumamente acertada: en perfecto equilibrio
dispuso que los largos tallos fueran cortados y repartidos en el
plano, quedando parte del mismo al lado izquierdo, en medio las
hojas y a la derecha la flor, completando y enriqueciendo el
conjunto.
El cuidado que prodigó a todas y cada una de las láminas puede
apreciarse a través de toda la obra. El orgullo que esto le
producía quedó expresado en las siguientes palabras a don Eloy
Valenzuela su inmediato colaborador:
Le incluyo otra
laminita... en que ha echado el resto nuestro Antonio y creo que
hará desmayar a nuestros dibujantes de España, si son puramente
dibujantes y no pintores. Al sabio Bergius, hijo de
Linneo le responde cuando éste muestra admiración por la obra:
Pues ha de saber que mis láminas van saliendo cada día más
bellas si no me engaña mi propio parecer. Amaestré en estos
trabajos a varios jóvenes que ya conocían por lo menos los
rudimentos del dibujo; estoy presente, dirijo, me dedico con
paciencia que no es fácil ponderar y de ello ha resultado que donde
no existía ni idea de esta clase de pintura, donde no había modelos
que imitar, nos hemos abierto caminos con intrépida osadía y con
éxito felicísimo. Mi colección causa maravilla aún a algunos
europeos del mejor criterio, pero lo que más me halaga es el
valioso juicio de usted y de los suyos.
"La forma y método de la obra que llamo mi Grande
Flora, serán muy diversos. Esta es la colección de todas las
especies que forman la Flora Americana, todo en castellano, con su
especial descripción y erudición correspondiente acompañada de una
suntuosa lámina en el gusto de nuestro siglo. Las especies no bien
determinadas anteriormente por los viajeros de América, en defecto
de los principios más ciertos que hoy tenemos, o aquellas que
carecen de un buen dibujo, serán igualmente llamadas a un nuevo
examen e ilustradas con su correspondiente
lámina".
(6)
Uno de los aportes más notables en la obra de los pintores
botánicos fue la forma como iluminaron los dibujos. Unieron el
dibujo correctísimo a una enorme gama de colores en un hecho sin
precedentes. Ni las láminas europeas, ni las que se produjeron como
resultado de las expediciones científicas del Perú y Chile o de la
Nueva España, estuvieron hechas con tan prolijos cuidados. Por esta
razón Mutis recibió fervientes significativos elogios de los sabios
europeos que le fueron contemporáneos: El Barón de Humboldt,
Bonpland, Linneo, Bergius el hijo de Linneo y muchos otros
entendidos de Madrid, de Upsala y de Estocolmo. Aunque la Flora
nunca se publicó en vida de Mutis, se sabe por su correspondencia
con estos científicos que en repetidas ocasiones recibieron
ejemplares de las láminas producidas en su taller de
Botánica.
(7)
La índole científica del trabajo de la Expedición Botánica
demandaba de los artistas un grado notable de desarrollo de la
observación. Con el mismo rigor del naturalista, los pintores
debían registrar con fidelidad y exactitud todos los detalles por
nimios que parecieran de los que la naturaleza colocara ante sus
ojos.
Requería además de un ojo diestro en la observación y una mano
ágil para representar, con la inmediatez de una flor que se
marchita, las particularidades que la descripción científica
demanda. Captar y representar texturas, matices sutiles, cambios de
forma y color según el estado de desarrollo de las plantas,
necesitaban un manejo sabio del color.
La representación al tamaño exacto del natural planteó a los
artistas incesantes problemas de composición que supieron resolver
con un gusto exquisito y una gracia incomparables. El
entrelazamiento de las Passifloras, la descomposición de los
gráciles tallos de las orquídeas, el armónico ordenamiento de los
estudios de flores y frutos, la equilibrada distribución de plantas
grandes y pequeñas en el reducido espacio de una lámina de 1/4, son
ejemplos admirables de un refinado sentimiento plástico que hacen
de la Flora de Mutis una obra única en el mundo, aún hoy insuperada
al decir de científicos y artistas.
Las plantas más humildes y anodinas bajo el pincel de los
artistas botánicos, se transforman en soberbios ejemplares llenos
de gracia y magnificencia, conservando rigurosamente sus
características originales. No se encuentra en la iconografía de
las diferentes expediciones botánicas una obra similar por su
número, variedad, originalidad y calidad artística.
Cuesta hoy imaginar una empresa en la que durante doce horas de
trabajo contínuo, treinta artistas estuvieran aplicados febrilmente
a registrar bellamente la prodigiosa flora neogranadina. La Casa de
la Botánica, como se la conocía en Santafé en el siglo XVIII, es un
ejemplo insólito de creación colectiva; una gran fábrica de arte y
ciencia; escuela de naturalistas y pintores. De sus talleres
surgieron más de 6.000 obras de arte originales cuya unidad no fue
óbice para la creación personal, distintiva y diversa de la que la
presente y reducidísima muestra es un ejemplo revelador de su
variada riqueza.
Marta Fajardo de Rueda
Profesora U. Nacional
Departamento de Historia
|
(1)
|
Archivo Epistolar
|
Op. Cit
., Carta al Presidente de la Audiencia de
Quito, don José de ViIlaluenga y Marfil. Mariquita, Julio 10 de
1786, No. 159.
|
|
(2)
|
Sebastián, Santiago
|
Contrarreforma y Barroco
. Lecturas iconográficas
e iconológicas. Alianza Forma. Madrid, 1981, p. 215.
|
|
(3)
|
Lozano Maldonado de Mendoza y Jorge Tadeo
|
Fauna Cundinamarquesa
. Documento manuscrito.
Trascripción y notas de J.A. Amaya. Ciudad Universitaria.
Septiembre de 1982.
|
|
(4)
|
Archivo Epistolar
|
Op. Cit
. Carta al Virrey Francisco Gil y Lemos.
Mariquita, Marzo 18 de 1789. No. 275.
|
|
(5)
|
Archivo Epistolar
|
Op. Cit.
Carta al Virrey Pedro
Mendinueta. Marzo 3 de 1801, No. 365.
|
|
(6)
|
Archivo Epistolar
|
Op. Cit
. Carta a don Casimiro Gómez Ortega.
Santafé, Marzo 31 de 1784, Nó. 73.
|
|
(7)
|
Botting, Douglas
|
Humboldt y el Cosmos
- Vida, obra y viajes de un
hombre universal 1769-1859. Ediciones del Serbal, Barcelona,
1982.
|
|