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CAPITULO II
PASTO EN EL ORDENAMIENTO
URBANO REGIONAL NACIONAL(2)
La
conformación espacial interna de Nariño ha sido escasamente influenciada por factores
externos, dada la limitada relación con las políticas nacionales de inversión. Es más
evidente al observador la herencia precolombina y la dependencia colonial de España,
cuyos procesos imprimen en el territorio formas y estructuras espaciales tradicionales.
En tiempos
precolombinos Nariño es un territorio matizado de diferentes comunidades indígenas, cada
una con estructura económica y social específica, asentada en espacios delimitados pero
entrelazados por razones de convivencia. Aunque estos grupos en tiempos remotos llegan de
otras partes trayendo consigo la base del progreso sociocultural, su desarrollo es
espontaneo y por tanto, conforman ejemplos de ordenamiento territorial autóctono; es
decir, formas de apropiación del espacio, que se expresan en una regionalización
endógena libre de influencia externa (Ibiza 1981:32).
De lo anterior se
deduce que la primera organización regional nace del ordenamiento indígena, que implica
dominio de un territorio, técnicas de producción y expresiones culturales en estrecha
relación con el entorno. El alcance de esta organización del espacio es ampliamente
reconocido por los primeros cronistas españoles del S. XVI y explicada por investigadores
contemporáneos que han interpretado la territorialidad de los indígenas Pastos y
Quillacingas y las diferentes prácticas ecológicas y sociales que la construyen.
El ordenamiento
territorial y la organización del espacio geográfico por parte de los indígenas
responde a la lógica de su propio proyecto de vida, para garantizar su reproducción
biológica y social. Este ordenamiento espacial se expresa en el manejo de la
"verticalidad andina" tendiente al aprovechamiento agrícola y de recursos de
todos los ecosistemas andinos, desde el páramo hasta los valles cálidos interandinos y
selvas bajas. Así, un cacicazgo dispone de lo que diversos autores denominan al mundo de
arriba" (frío) y el "mundo de abajo" (caliente). El primero especializado
en cacería y especialmente tubérculos como papas, ocas, ollocos, maíz y quinua. El
segundo en productos exóticos como el algodón, coca y sal. Algunos valles interandinos
profundos como el Chota y el Patía, por poseer fuentes saladas se convierten en centros
nodales para el comercio; por tanto su ocupación y uso obedece a tratados de convivencia,
desde donde se establece un dinámico intercambio con las partes frías de los Andes.
La llegada de los
españoles modifica el esquema referido y es sustituido por otra lógica de organización
espacial, que obviamente expresa los nuevos intereses económicos, políticos y
culturales. Entre ellos, la expansión de la frontera agrícola, introducción de nuevos
cultivos y de ganadería además de otras formas como edificios e iglesias que expresan la
adopción de nuevos códigos culturales en el paisaje.
Los efectos son
diferentes de una región a otra; en los altos Andes donde se concentra la urbanización y
estancias de los españoles, es mayor el mestizaje, utilización de fuerza de trabajo
indígena, transferencia de tecnología agrícola e institucionalización de la cultura
externa.
Por el contrario en las
vertientes externas de los Andes y selvas bajas la apropiación del espacio y su
valorización está ligada a la extracción de oro.
La zona minera aparece
como expresión de la centralidad espacial y única opción a partir de la cual se inicia
la organización del territorio. En estas áreas es común el desarrollo de un proceso
sangriento de incorporación debido a que el poblamiento indígena es disperso y escaso,
lo cual conspira contra la necesidad de concentrar fuerza de trabajo. A esto se suma el
difícil acceso, resistencia de los indios, clima malsano y ciclos de recesión en la
producción de oro.
Figura 6
Las dificultades
referidas hacen difícil el montaje de otras actividades alternas a la minería que
permitan un desenvolvimiento espacial sostenido. Como consecuencia la ocupación
territorial no es uniforme y muchos enclaves periódicamente quedan abandonados, excepto
los ubicados estratégicamente que se mantienen con fines militares, más que con el
propósito de desarrollar una colonización permanente.
Es diferente el papel
de centros mineros como Barbacoas, pues su importancia en la economía colonial lo
convierte en centro funcional, revestido de autoridad civil y eclesiástica permanente,
que se encarga degenerar mecanismos de dominio espacial y de recursos. En esa medida, se
crean ventajas relacionadas con la apertura de vías que estimulan el comercio y la
colonización de tierras en áreas aledañas y más tarde dan origen a otros asentamientos
que en forma lineal pueblan los caminos de acceso.
La minería también
permite el enlace espacial de las tierras bajas con los Andes en la medida que la
capacidad de compra que posee el oro encadena áreas vecinas con funciones
complementarias. Es así como la demanda generada en Barbacoas permite a Túquerres
desarrollar sistemas de producción agropecuaria más tecnificados y con perspectivas
comerciales, que colocan a este centro urbano regional a la cabeza del desarrollo
mercantil del sur de Colombia.
Después del juicio,
castigo y aniquilamiento de los Sindaguas en 1635, Barbacoas se consolida como centro
minero y el proceso de colonización agrícola, administrativa y religiosa es más
estable. Paralelamente aparecen en la vía a Túquerres fundaciones de caseríos y centros
religiosos a partir de los cuales se asocia la colonización territorial al ejercicio del
poder político y cultural, al tiempo que se establecen canales para drenar los recursos
que requiere el mercado regional y la metrópoli.
Para finales del Siglo
XVIII aparecen movimientos de colonización espontánea, protagonizados principalmente por
mestizos que pueblan la "tierra caliente"; es decir las vertientes interandinas
que hoy constituyen el cinturón cafetero. La precariedad del control español sobre estas
zonas marginadas se verifica por la constante huida de los indígenas de los altiplanos.
El informe de Moreno y Escandón de febrero de 1772 evidencia la continua deserción de
indios de sus pueblos y resguardos, que obliga a la Corona y la Iglesia a reiterar su
represiva política de concentración y traslado de mano de obra y feligreses que
garanticen el funcionamiento de haciendas y minas.
Figura 7
Mientras tanto las
tierras que en los altiplanos quedan "disponibles", pasan a los
"vecinos" blancos y mestizos quienes empiezan a predominar en la composición
demográfica de los Andes, evidenciándose un cambio poblacional notorio paralelo al
proceso de redistribución de la propiedad territorial, que imprime en la fisonomía del
paisaje colonial la presencia del latifundio y minifundio.
Las modificaciones del
ordenamiento territorial en Nariño conllevan elementos que merecen reflexionarse, pues se
incorporan tierras tradicionalmente menos pobladas al circuito socioeconómico colonial y
se delimitan regionalmente estas arcas como de cultura diferente a la del altiplano. Dicha
situación es evidente y molesta a la Iglesia, no sólo porque dificulta el ejercicio del
poder clerical y disminuyen sus recaudos, sino por la irreverencia y desobediencia de los
mestizos frente al cura, actitud que contrasta con la disciplina de los indígenas del
altiplano "reducidos a poblados y a son de campana" (Gutiérrez 1963:340-343).
Con este criterio
sostienen que las mejores parroquias son las de tierra fría pertenecientes a población
española e indígenas, mientras que las peores corresponden a los núcleos mestizos,
catalogados como agregaciones de vecinos pobres de todas las razas y sitios diferentes que
provienen a poblar la tierra caliente. Se describen las Iglesias con techo pajizo, poco
ornato donde hay pocos bautizos y menos matrimonios. Como resultado de estas actitudes,
resultan infructuosas las políticas de controlar y organizar a estos pobladores, llamados
"vagabundos", que atraídos "por la misma delicia de la tierra... causan
inquietud y otros perjuicios; además de la ruina lamentable de sus almas" (González
1990:8).
Dentro de este
contexto, resulta explicable la dificultad para erradicar los llamados
"trapichitos" que hacen competencia a la producción legal de aguardiente de los
grandes hacendados. Aunque son abundantes las quejas al respecto, dada la cantidad de
población que vive de estas actividades, las autoridades prefieren "ignorar" el
problema, demostrándose una vez más la independencia de estas regiones y el precario
control de las actividades civiles.
_______
2 Un
trabajo análogo fue publicado en el MANUAL DE HISTORIA DE PASTO, editado por la Alcaldía
Municipal en Junio
de 1996.
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