ESPACIALIZANDO RESISTENCIA: PERSPECTIVAS DE 'ESPACIO' Y 'LUGAR'
EN LAS INVESTIGACIONES DE MOVIMIENTOS SOCIALES
Ulrich Oslender

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Espacializar el debate local-global

La naturaleza conflictiva del espacio ha sido explicada aquí, y me he referido a varios conceptos sociológicos. De esta manera es posible insertar una sensibilidad espacial a la ‘Teoría de la Estructuración’ de Giddens (1979, 1984). Reconociendo las estructuras que producen representaciones dominantes del espacio y que están reproducidas por ellos, señalamos el potencial de los actores sociales de subvertir estas mismas estructuras. El ‘espacio diferencial’ es un ‘espacio de resistencia’ (Harvey 1989:213), como resultado del carácter dialéctico de las relaciones entre estructuras y agencia. Esto tiene implicaciones importantes sobre nuestros planteamientos metodológicos en todas las ciencias sociales:

El método de acercarse a problemas espaciales sólo puede ser (...) un método dialéctico que analiza las contradicciones en el uso del espacio por la sociedad y por los costumbres sociales de la gente. (...) Eso supone que hay conflictos y contradicciones en el uso del espacio. (Lefebvre 1976:32)

Este argumento se puede aplicar al investigar interacciones entre lo local y lo global. Hoy es aceptado que lo local no es un concepto puro que se puede aplicar a culturas tradicionales supuestamente no tocadas por los efectos de la modernidad y la lógica del capitalismo. Más que todo, lo local es una versión híbrida que combina aspectos de procesos locales y globales en diferentes grados (Bhabha 1994, Gilroy 1993, Gregory 1994, Hall 1996). También se ha argumentado que lo que importa en la antropología contemporánea es una ‘etnografía de la modernidad’ (Escobar & Pedrosa 1996), que toma en serio estas interacciones entre lo local y lo global, investigando por ejemplo, los procesos complejos de la construcción de identidades y sus articulaciones. Un terreno actualmente muy conflictivo que expone estas relaciones dialécticas entre lo local y lo global, a veces de forma muy dramática, se encuentra en la política de la naturaleza en lo que concierne a regiones de bosque tropical, como por ejemplo la región del Pacífico colombiano. Allí, lo global que toma forma en proyectos estatales de biodiversidad y ‘desarrollo sostenible’ se enfrenta en tensión con las construcciones de la naturaleza y los conocimientos medio-ambientales locales. En esta relación dialéctica, la mirada científica del proyecto globalizador busca acceso a conocimientos locales, que nutren lo global y así contribuyen a la producción de específicas construcciones científicas de la naturaleza. Estos entonces se aplican en forma de proyectos de ‘desarrollo sostenible’ en una región con específicas intervenciones discursivas y materiales desde el exterior.

Este proceso se ve reflejado en Colombia en el Proyecto Biopacífico que el gobierno colombiano ha inaugurado en la costa del Pacífico. Este proyecto está organizado por cuatro ejes principales: 1. saber, 2. valorar, 3. movilizar, y 4. formular e implementar (Ecológica 1993). Un análisis discursivo revela cómo el Proyecto Biopacífico representa la lógica posmoderna de un capitalismo en vía de re-estructurarse y que considera los recursos de la naturaleza como ‘capital posmoderno’ (Escobar 1996), que se debe conservar para garantizar su explotación en el futuro. Para asegurar este nuevo camino en la política de la naturaleza, se hacen necesarias nuevas relaciones entre lo local y lo global, donde lo local se ve más integrado con los objetivos del proyecto global de conservación de biodiversidad y promoción de un ‘desarrollo sostenible’:

Primero, la mirada científica sobre la región del Pacífico colombiano trata de producir un conocimiento detallado sobre la naturaleza y los habitantes de la zona. Eso se logra con la ayuda de las mismas comunidades locales que se pretende integrar al proyecto y cuyas tradiciones orales revelan conocimientos locales sobre la naturaleza, las plantas y la fauna, así como su uso en la vida cotidiana.

Segundo, los economistas valoran los ‘recursos’ naturales y genéticos de la región en términos económicos. Este proyecto está entonces marcado por una construcción científica y económica de la naturaleza.

Tercero, se moviliza a las comunidades locales, reconociendo su valor como participantes activos en el proyecto global, y animándoles a adoptar estrategias de conservación de la naturaleza. Este aspecto ha sido fortalecido también a través de la Ley 70 del 1993 (Diario Oficial 1993), que otorga derechos colectivos a las tierras para las comunidades negras que han tradicionalmente ocupado las orillas de los ríos en el Pacífico colombiano y aplicado un uso ‘sostenible’ de los bosques. Es importante reconocer que este último punto muestra la ambigüedad de la nueva legislación. Por un lado, se ha logrado por parte de las organizaciones de las comunidades negras el reconocimiento oficial de su etnicidad y cultura como alternativas a la forma dominante andina prevaleciente en Colombia. Por otra parte, el énfasis en el uso sostenible de los bosques muestra cómo el capital global busca integrar las comunidades locales como ‘guardias’ del medio ambiente y cómo se apropia de sus conocimientos en esta nueva política posmoderna de la naturaleza (O’Connor 1993, Escobar 1996).

Por último, las nuevas prácticas discursivas que han transformado la ‘naturaleza’ en ‘medio ambiente’, formulan e implementan esta nueva política de la naturaleza en formas de legislaciones y proyectos de ‘desarrollo sostenible’.

Evidentemente, este proceso no es lineal, sino fluido y de múltiples dinámicas. Lo local no es pasivamente integrado en estos procesos globales y cambiado y modelado en cuanto a los requisitos de un capitalismo global decorporealizado. Por el contrario, continúan proyectos de resistencia que se oponen a la apropiación de sus espacios por parte del gobierno nacional, y que articulan luchas, por ejemplo, por los derechos al subsuelo y a los derechos genéticos. Es difícil medir cuánto y hasta qué punto lo local ha sido cambiado o influenciado por estos procesos globales. Eso depende de una mezcla de varios aspectos como cuestiones de identidad, cohesión cultural y racionalidades productivas tradicionales. Además, estos cambios son siempre histórica y geográficamente específicos. Lo que importa entonces es reconocer el carácter híbrido de lo local contemporáneo (Bhabha 1994, Gregory 1994, Hall 1996). Un análisis histórico-espacial logra descubrir estos momentos de hibridización y revelar las relaciones de poder y saber dentro de las cuales se han formado. Al mismo tiempo, una mirada progresiva de estas hibridizaciones reconoce el carácter construido de lo local contemporáneo en el cual podemos conceptualizar resistencias populares.

Como he mostrado, lo global no se impone simplemente sobre lo local, sino que encuentra varias formas de resistencia. Frecuentemente estas resistencias están articuladas por movimientos sociales (otras se ven reflejadas, por ejemplo, en las ONGs). El papel de estos movimientos sociales en la nueva política de la naturaleza es ahora una doble tarea: buscar estrategias productivas alternativas, y al mismo tiempo resistir cultural y políticamente las nuevas formas de la intervención capitalista. Este nuevo punto de acción para los movimientos sociales y su ‘política de cultura’ (Alvarez et al 1998) trataría por ejemplo de interrumpir el flujo directo y libre de conocimientos locales hacia los intereses globales. Este objetivo se ve reflejado por ejemplo en la lucha por una legislación sobre derechos a la tierra para las comunidades negras e indígenas y por derechos intelectuales sobre los recursos genéticos de la naturaleza. Eso no quiere decir que se puede excluir lo global de lo local, sino que lo local está en condiciones de administrar sus propios conocimientos y decidir sobre su uso en términos globales.[i] Un ejemplo de esto es el debate sobre el tema de los derechos intelectuales sobre recursos genéticos, como en el caso de los bosques tropicales de la costa del Pacífico colombiano. Movimientos sociales se han formado y defienden sus derechos a la tierra, y en particular los derechos sobre el subsuelo y los recursos genéticos. Este proceso frecuentemente (aun no exclusivamente) es de negociación con el gobierno nacional, con el objetivo de lograr una participación política dentro de las estructuras estatales. Se ha argumentado que estas formas de negociación con el estado, más que enfrentamientos armados como en las luchas guerrilleras, son características de los movimientos sociales contemporáneos en América Latina (Davis 1989).[ii]

Los movimientos sociales latinoamericanos son frecuentemente organizados con el objetivo de obtener control o acceso participativo a estas estructuras (políticas). (Existen) relaciones ambiguas entre los movimientos sociales y las estructuras políticas ‘representativas’ (y es frecuentemente) la voluntad del estado periférico y su capacidad de responder (que) determina si estos movimientos dirigen sus energías hacia una política formal o no. De hecho, cuando el estado responde con reformas políticas o abre caminos formales para la participación, los movimientos guerrilleros generalmente pierden su apoyo popular y quedan en el margen de los intelectuales  (Davis 1989: 231, 230).

La creciente opción por negociaciones se puede también observar en Colombia, donde por un lado varios grupos guerrilleros todavía están activos, mientras que reformas políticas han abierto nuevos caminos formales de participación política, como los introducidos en la reforma constitucional de 1991. Como un resultado importante, estas reformas han creado nuevos espacios políticos para nuevos sujetos políticos. En el caso de las comunidades negras de la costa del Pacífico, sus derechos al ejercicio de su etnicidad están inscritos en la nueva constitución colombiana del 1991, que define la nación colombiana como multiétnica y pluricultural. La Ley 70 del 1993 (Diario Oficial 1993) otorga derechos colectivos a las tierras para las comunidades negras. Esto ha resultado en un debate intenso sobre la distribución y administración de dichas tierras y sobre la organización de concejos comunitarios para administrar este proceso (Grueso et al 1998). Una creciente conciencia de identidad política está emergiendo en la región, organizada y coordinada por movimientos sociales que han creado y extendido estos nuevos espacios políticos en negociaciones con el gobierno desde los años 70. Ellos articulan sus ‘espacios de representación’, ricos en simbolismos, significados, y conocimientos locales (‘connaissances’). En múltiples formas contestan dominantes ‘representaciones de espacio’, que han producido el Pacífico como un ‘espacio leible’ homogéneo como representado en la ‘lógica de visualización’ hegemónica, y expresada materialmente y discursivamente en la implementación de una variedad de proyectos de desarrollo por la región.[iii] Los movimientos sociales así resisten la homogenización del Pacífico como un ‘espacio abstracto’ de mercaderías. Al mismo tiempo están creando a través de sus articulaciones un ‘espacio diferencial’, que defienden cultural y políticamente. El estado es considerado como sitio de negociaciones, que puede actuar como obstáculo, por ejemplo, al restringir derechos sobre la tierra y excluir derechos del subsuelo y derechos intelectuales genéticos, pero también brinda un nuevo espacio dentro de las mismas estructuras estatales para adelantar una política cultural progresiva. Un camino parecido se ha tomado ya con las comunidades indígenas en Colombia. El establecimiento de resguardos para las comunidades indígenas con un considerable grado de autonomía presenta resultados impresionantes al nivel latinoamericano (Findji 1992).

Estas relaciones entre estado y movimientos sociales podemos conceptualizar como una dialéctica entre dominación y resistencia. Aunque el poder está difundido y funciona a varios niveles como ‘microfísica de poder’ (Foucault 1980), sigue existiendo sin embargo una dialéctica central entre fuerzas opuestas del estado y de los movimientos sociales (Said 1983). La resistencia no existe autónoma de las relaciones de dominación y/o sujeción, y siempre habrá resistencias, considerando el carácter esencialmente antagónico de las sociedades, como Mouffe (1995) ha observado. Ella hace una distinción entre ‘lo político’ como

La dimensión del antagonismo que es inherente a todas las sociedades humanas (y) ‘la política’ (que) se refiere al conjunto de prácticas, discursos, e instituciones que buscan establecer un cierto orden y organizar la coexistencia humana en condiciones que siempre son potencialmente conflictivas, porque están afectadas por la dimensión de ‘lo político’  (Mouffe 1995 :262-263).

Siguiendo este planteamiento, el papel de ‘la política’ “ consiste en domesticar la hostilidad y en tratar de difundir los antagonismos potenciales que existen en las relaciones humanas ” (Mouffe 1995:263). Ella considera este proceso esencial cuando imaginamos un proyecto de una ‘democracia radical’ expresada por una ‘política articulatoria’. Debemos señalar aquí que tal proyecto y la ética universal que proclama es problemática, y se deja criticar por su eurocentricismo y su visión normativa que no parece tener espacio por ’otras’ formas de hacer política y concebir relaciones sociales. Sin embargo, lo importante aquí es la naturaleza cambiante de los conflictos sociales y las formas cambiantes cómo están actuados en el terreno de la política. Mouffe (1995) además distingue entre el estado como interlocutor o ‘adversario’ con quien luchar por los derechos, y el estado como ‘enemigo’ a quien se necesita vencer.[iv] Así se muestra la relación dialéctica entre estado y movimientos sociales en negociaciones que articulan las contradicciones y conflictos en el espacio.

Las reflexiones de Lefebvre ayudan a entender el factor espacial en estos conflictos. Lo local y lo global están inscritos en una relación mutuamente constitutiva (Massey 1994) que está actuada en el espacio. Es precisamente esta perspectiva espacial la que falta en muchos debates sobre globalización y la implicación de ésta por culturas y comunidades locales. Un mejor entendimiento del espacio, y en particular de la producción del espacio, como propuesto por Lefebvre (1991), no sólo analiza estos procesos globalizadores en una ‘tetra-dimensionalidad de espacio/ tiempo’ (Massey 1993), sino que pone énfasis sobre el carácter político del espacio y el potencial de resistencia dentro de los mismos procesos. Las múltiples formas en que estas resistencias están articuladas también dependen del lugar en que se forman y están informados por las experiencias cotidianas de vivir en un lugar específico. Por esta razón me interesa ahora examinar el concepto de lugar y sostengo que una perspectiva de lugar ayuda a entender y explicar la emergencia, la consolidación y la articulación de movimientos sociales.



[i] Hace falta señalar aquí que no se trata de construir una simple división binaria entre lo local ‘bueno’ y lo global ‘malo’. De hecho, como ya he mostrado arriba, existen resistencias que son reaccionarias y que reinscriben formas de dominación y sujeción. Harvey (1989), por ejemplo, tiene sus sospechas frente a la fragmentación de identidades localizadas que él considera frecuentemente como reaccionarias porque les falta la unidad en la lucha por la justicia social. Sin embargo, un énfasis sobre una perspectiva de lugar y las voces de actores sociales toma lo local en serio y analiza su potencial en cambiar e influenciar procesos de globalización. Eso no quiere decir que el investigador se subscribe ciegamente a las exigencias de movimientos organizativos locales, sino que analiza estas exigencias en términos de un proyecto para una justicia social. Como ya lo he elaborado en otra parte (Oslender 1997), lo que importa entonces es adoptar de parte del investigador una ‘política de posición’ en que uno se posiciona claramente frente a los sujetos de la investigación y sus objetivos, prácticas y estrategias.

[ii] Es interesante analizar la rebelión Zapatista en Chiapas, México, en estos términos. Aunque comenzó con una lucha armada el 1 de enero 1994, eso fue simplemente el último recurso para llevar a negociaciones con el gobierno mexicano, como lo expresaron los zapatistas en sus comunicados ‘hoy decimos basta’ (EZLN 1996). Inmediatamente después del lanzamiento armado, y apoyado por la opinión mundial, comenzaron las negociaciones con el gobierno mexicano. Esto siempre ha sido el objetivo de los Zapatistas que en ningún momento reflexionaron sobre la opción de una confrontación armada prolongada contra el estado mexicano. La rebelión armada se debe ver en este contexto como último recurso para ‘convencer’ al estado mexicano de sentarse a la mesa de negociaciones.

[iii] Ver, por ejemplo, DNP 1983, 1992; GEF PNUD 1993; ver también Escobar (1997) por un análisis de los varios programas de desarrollo en la región del Pacífico colombiano.

[iv] Críticas marxistas del estado y del capitalismo global se oponen a estos planteamientos y opinan que el estado capitalista sigue siendo el enemigo número uno a quien se necesita vencer en una lucha de clase en el camino hacia una sociedad socialista (Miliband 1985; Harvey 1989, 1996). Ellos explican que la fragmentación posmoderna de la política de identidad y los ‘acientíficos pos Marxismos’ de Laclau y Mouffe (1985) tienen un efecto negativo sobre la lucha por un cambio social radical. Otros estarían de acuerdo con el argumento de Mouffe (1995) presentado aquí que una política verdaderamente democrática debería ser mas incluyente, y que se puede acomodarla dentro del capitalismo contemporáneo. Corbridge (1998), por ejemplo, critica la incapacidad de Harvey (1996) de deletrear una alternativa al capitalismo contemporáneo, y argumenta por considerar qué particular forma de capitalismo tendríamos que considerar para lograr una sociedad más justa en vez de nutrir esperanzas por un socialismo utópico. Al otro lado, los Zapatistas nos invitan a soñar con utopías, y Lefebvre (1976:35) ya observó que "hoy más que nunca no hay ideas sin utopía."

 

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