Introducción
La geógrafa inglesa Doreen Massey (1993:141) constata que
espacio está muy de moda en estos días, [i] refiriéndose a un
gran número de científicos sociales que articulan sus análisis en términos espaciales.[ii] Sin embargo, para
Massey esto no es suficiente para alegrarse por el reconocimiento de algunos conceptos
geográficos en las ciencias sociales, nueve años después de su afirmación original que
« Geography matters! » (« la geografía es importante! » - Massey
& Allen 1984). Lo que Massey y otros deploran, es la carencia de un entendimiento
analítico del concepto de espacio: las metáforas geográficas de las políticas
contemporáneas deben contemplar concepciones de espacio que reconocen lugar, posición,
ubicación etc. como creados, como producidos (Bondi 1993:99). Sin embargo, es más.
No se trata simplemente de reconocer la forma construida de dichos conceptos de espacio,
lugar, región y ubicación. Lo que importa, es mostrar cómo han sido construidos y bajo
qué estructuras políticas y relaciones de poder y saber.
El significado de espacio es frecuentemente considerado claro y
definido y no cuenta con una investigación crítica sobre su característica dinámica y
fluida. Lo que es más preocupante aún, son las representaciones del espacio como un
concepto estático y apolítico que esencialmente carece de temporalidad (como, por
ejemplo, en Laclau 1990, Jameson 1991). Así se evidencia el dualismo - que se ha venido
construido como una oposición esencial - entre tiempo y espacio, entre historia y
geografía. En estas conceptualizaciones, es común encontrar al espacio
asociado con lo privado, lo femenino y lo irracional por un lado, y el tiempo
con lo político, lo masculino y lo racional por el otro (Radcliffe 1993). Algunas
críticas feministas han empezado a deconstruir esta división binaria, que reproduce
discursos patriarcales que dan prioridad al tiempo sobre el espacio y al masculino sobre
el femenino. Massey (1993:147) explica que esta forma de pensar en
dicotomías, junto con una variedad de otros dualismos ... está vinculada con la
construcción de una distinción radical entre los géneros en nuestra
sociedad . Sin embargo, estos dualismos no son naturales ni necesarios, sino
construidos en una compleja red de relaciones de poder y saber que reproducen las
estructuras existentes del patriarcado. Una crítica radical de estos dualismos empieza
entonces a mostrar cómo se han formado y cómo funcionan las relaciones de poder y saber,
deconstruyendo estas dicotomías normalizadas. Al mismo tiempo se trata de construir
relaciones alternativas que llevan un potencial libertador. En este sentido tenemos que
entender el planteamiento de Massey por una tetra-dimensionalidad de espacio y
tiempo:
.....
espacio y tiempo están necesariamente entretejidos. No es que no podamos hacer ninguna
distinción entre ellos, sino que la distinción que hacemos, necesita mantener a los dos
en un equilibrio, y hacerlo dentro de un concepto fuerte de tetra-dimensionalidad. (Massey
1993: 152)
En cierta forma, Massey parece evocar aquí las representaciones geométricas de
la geografía del tiempo de Hägerstrand (1973).[iii] Sin embargo, aquí no se limitan las
interrelaciones de espacio-tiempo a un rígido fisicalismo gráfico de interacciones
rutinizadas de actores sociales dentro de un marco conocido de lugares y caminos posibles
de espacio-tiempo. Lo que importa aquí, es la condición fluida y dinámica de esta
relación y las múltiples formas en que el espacio y el tiempo están inscritos en la
conducta de la vida social. Este aspecto ha sido explicado por Giddens (1979, 1984) en la
Teoría de Estructuración y las interacciones complejas y dialécticas entre
estructura y agencia. Resumiendo muy brevemente, y sobre lo que importa para nuestro
argumento, Giddens entiende los sistemas sociales como sistemas de interacciones entre
estructuras y las actividades localizadas de sujetos humanos, capaces y conocedores. Es
importante entonces reconocer que dichas estructuras han sido creadas por los mismos
sujetos humanos, y aunque pueden presentar obstáculos para los actores sociales, también
pueden capacitar a la agencia humana, ser ajustadas, cambiadas o inclusive derrotadas por
los mismos actores sociales. Las prácticas sociales pueden entonces reproducir y/o
resistir estas estructuras. En este sentido podemos concebir los movimientos sociales así
como los momentos y los procesos de resistencia desde una perspectiva estructuralista.
Dicha relación dialéctica se manifiesta siempre en formas múltiples y ambiguas: No hay
una sola lógica de prácticas sociales y acción colectiva. De hecho, algunas
resistencias refuerzan estructuras existentes de dominación y sujeción. Esto ha sido
argumentado, por ejemplo, en el caso de las Madres de la Plaza de Mayo en
Argentina (Radcliffe 1993), que organizaron una protesta visible y sostenida en espacios
públicos contra la dictadura militar, exigiendo informaciones sobre los paraderos de sus
familiares que habían sido desaparecidos por la dictadura militar de
Argentina. Radcliffe argumenta que mientras que las madres desafiaron a la dictadura en
múltiples formas, lo hicieron en el papel tradicional de madres y esposas. Al concentrar
las acciones colectivas en los objetivos inmediatos, no desafiaron la legitimidad del
poder dominante del estado. Por el contrario, las estructuras patriarcales de la sociedad
argentina pasaron inadvertidas, y sin oposición se mantuvieron vigentes. La lucha de las
Madres no fue una lucha feminista, como lo expresaron claramente ellas mismas.
Es frecuente hallar críticas en este sentido.[iv] Sin embargo, me parecen injustificadas y peligrosamente
miopes. Primero, para las Madres en Argentina, la desaparición de sus
familiares ha sido una experiencia traumática que ellas querían resolver exigiendo
informaciones específicas sobre los paraderos de los desaparecidos. Estas estrategias
fueron de la mayor importancia, y mucho más inmediatas que un desafío a las estructuras
patriarcales de la sociedad argentina. Segundo, es necesario anotar, que la misma
experiencia de la acción colectiva por parte de las Madres puede nutrir en el
futuro una movilización contra dichas estructuras. Es justamente en la experiencia
concreta de la acción colectiva que se forma la identidad de actores sociales en
términos de resistencia. Routledge & Simons (1995) han argumentado que son éstos los
momentos de resistencia, o los espíritus de resistencia, que se niegan a ser
explicados racionalmente. Analizando el éxito o fracaso de un movimiento social o un
momento de resistencia, debemos tener en cuenta siempre el impacto que tiene la
experiencia de las acciones colectivas sobre la construcción de identidades de los
actores sociales.
Podemos pensar en ejemplos menos
ambiguos, en los cuales las resistencias han reforzado las estructuras de dominación.
Este es por ejemplo el caso de las campañas de anti-aborto en los EEUU que efectivamente
tratan de restringir el derecho de la mujer sobre su propio cuerpo, y de tal manera
reifican la subordinación estructural de la mujer. Otro ejemplo son los contras en
Nicaragua, que, apoyados por los EEUU, lucharon contra el gobierno revolucionario
socialista de los Sandinistas, que justamente trataba de romper las cadenas de un
subdesarrollo estructural a manos de intervenciones y dominación extranjeras
en el país. Es importante entonces tener en cuenta el posible carácter reaccionario de
algunas resistencias. Por ambiguas, diferentes y múltiples que sean, les es común a
todas las resistencias y a todas las prácticas sociales, que están actuadas y mediadas
en el terreno del espacio y el tiempo. La implicación de tal planteamiento es que ambos
conceptos son esencialmente políticos en la forma en que las prácticas sociales están
inscritas y enmarcadas en ellos. Y es precisamente este aspecto político del espacio el
que me propongo discutir enseguida.
[i] Todas las citas han sido traducidas del inglés al español por
el autor, por lo cual asumo toda la responsabilidad. Noten que algunas citas ya han sido
traducciones, por ejemplo del francés al inglés, y que el resultado de doble
traducción puede desviarse un poco del original. Sin embargo, esto no debería
afectar el argumento presentado.
[ii] En particular, examina el tratamiento del concepto de espacio
en Laclau (1990) y en Jameson (1991). Aunque ambos autores tienen una visión diferente
del espacio, coinciden en un tratamiento esencialmente apolítico de dicho concepto.
[iii] La geografía de tiempo ('time-geography') hace
énfasis en la continuidad y los vínculos de secuencias de eventos que necesariamente se
desarrollan en situaciones enmarcadas en el espacio y en el tiempo. El geógrafo sueco
Torsten Hägerstrand (1973) desarrolló un modelo de anotación gráfica de redes sociales
en el espacio y el tiempo que trata de registrar los movimientos y los encuentros en el
espacio social. Este modelo asume que el espacio y el tiempo funcionan como recursos de
proyectos individuales, que están necesariamente afectados por la existencia de
obstáculos. Estos obstáculos están concebidos como posibles caminos de espacio-tiempo,
que pasan por estaciones accesibles dentro de una estructura más amplia de dominios que
restringen las acciones humanas. Es precisamente este énfasis sobre obstáculos que ha
sido criticado por haber heredado demasiado del estructuralismo y por diminuir la
importancia de la agencia humana en este proceso. Por otra parte, Rose (1991) ha criticado
la geografía de tiempo por su masculinismo analítico. Sin
embargo, otros han explicado el vínculo con la teoría de estructuración, y, en
particular, como las representaciones gráficas del modelo de Hägerstrand nos muestran la
lógica material de la estructuración (Pred 1981).
[iv] Ver, por ejemplo, críticas parecidas de los grupos de apoyo
de mujeres durante las huelgas de mineros en Gran Bretaña en los años 1984-85.
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