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II. Historia
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Introducción
Como puntos referenciales de la
prehistoria llanera y con base en la interpretación de datos lingüísticos, se tiene
establecido que hace unos cinco mil años salió del Mato Grosso brasilero la primera
oleada migratoria de individuos de la familia Arawak con rumbo a las Antillas siguiendo la
ruta del río Orinoco. En el primer milenio de nuestra era, grupos hortícolas de esta
misma familia se residenciaron en los Llanos de Apure, Venezuela, y bautizados como
barrancoides y salaloides, se dedicaron al cultivo de la yuca amarga, la cacería y la
pesca.
Según la misma fuente, a estos
asentamientos paleolíticos siguieron los de nuevos grupos conocidos como arauquinoides
que ocuparon paulatinamente el curso del Orinoco medio y el de sus principales afluentes.
Tal movimiento poblador ocurrió dentro de ese mismo milenio y constituyó la génesis de
las distintas naciones de la familia Arawak que poblaban la Orinoquia al momento de
la Conquista. Desde la Cordillera Oriental, grupos de la familia chibcha que
ocupaban el altiplano desde el siglo X, bajaron y se establecieron en el piedemonte
iniciando con los Arawak un proceso de intercambio que fue interrumpido por las fuerzas de
invasión. Estos primeros habitantes sufrieron el acoso de la familia Caribe o Galibis que
salida también del Amazonas, se había regado en el bajo Orinoco, las costas y las islas
antillanas y desde allí organizaba expediciones para despojar de sus bienes a los
aborígenes o hacer esclavos que llamaba poitados. Los pueblos sedentarizados de las
riberas de los ríos eran los más afectados con estas arremetidas.
Naciones
Aborígenes
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Los aborígenes de la Orinoquia y particularmente de los Llanos, eran hombres
del tipo Arawak, con emparentamientos de chibcha y Caribe. Aunque este último
no se asentó allí, sí extendió sus genes entre las tribus sojuzgadas. El etnolinguísta
Sergio Elias Ortiz, en un trabajo muy serio, clasifico las naciones del oriente en siete
grandes familias así: Chibcha, Arawak, Gautivo, Sáliva, Puinave, Tucano y Huitoto.
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La familia Chibcha estuvo
representada por dos grandes subfamilias localizadas en el piedemonte arauco-casanareno:
la Betoy y la Tunebo. Ortiz ramifica la Betoy en ocho grupos: Situfa,
Ele, Anabalí, Luculía, Jabué, Kilifay, Lolaca y Atabaca, todos extinguidos.
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Esta
subfamilia Betoy sostuvo relaciones con los Girara, indios muy belicosos
oriundos del piedemonte venezolano que sufrieron los ataques de los comisionados de la
Casa Welser y evitando su extinción, buscaron refugio en el piedemonte araucano.
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Los Tunebos o Tames, según Ortiz,
se ramifican en numerosas formas dialectales y de los mismos hacen parte los Margua,
los Pauto, los Sinsiga,
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los Cubugón, los Tegría, los Cusiana
los Tocaría, los Manare y los Chitareros.El hábitat de estas etnias se localizó
en las cabeceras de los río Arauca,Pauto,Cubugón y Tocaría. Con
excepción del Tunebo propiamente dicho las demás expresiones lingüísticas se
extinguieron.
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La familia Arawak estuvo
representada en el Llano por cepas muy antiguas sobre las cuales se fueron superponiendo
otras parcialidades lingüísticas su grupo mas típico lo encarna el Achagua que
en épocas anteriores a la Conquista llegó a ocupar el espacio comprendido entre los
ríos Cojedes y Guaviare. Por su docilidad innata y fuerte vocación sedentaria esta etnia
fue la primera en adatarse a la cultura occidental dejando numerosos toponímicos que
enriquecen el hablar regional; de origen Achagua son todos aquellos nombres que
terminan en are,como Casanare, Cuaviare e Iteviare Aun que existen todavía algunos
individuos puros en resguardos de Casanare y el Meta, lo cierto es que ya estaba
practicamentee extinguida a finales del siglo diecicinueve, como lo testimonia el padre
José de Calazans Vela. El tipo achagua campea en el mestiza del del llanero llanero del
norte de Casanare y sur de Arauca.tambien es Arawak el caverre de las bocas del
Guaviare belicoso como el que más peleó Y contuvo los embates del Caribe que bajaba a
hacer poitos del Amazonas al Orinoco por el brazo natural del Casiquiare. Existe algunos
superstites de este grupo en la región pero bajo el nombre de Piapocos. Son de
origen Arawak, igualmente los amorúa, con pocos sobrevivientes los Arauca
naturales de las cabeceras del río de su nombre y con alguna figuración durante la
correría de Ambrosio Alfínger; los Caquetío o Tamud que moraron también en
Arauca; los Chucuna que vivieron entre los ríos Meta y Manacacias; los Atures y
Maipures, pescadores que dieron su nombre a las cataratas, y los Amarizana que parecen ser
mestizos de los Sálivas.
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La
Guahibo constituye la familia llanera por excelencia. Los estudios realizados
coinciden en presentarlos como gente reacia a la disciplina más elemental, sucia,
independiente y libertaria que cazando y recolectando frutos vagaba por las sabanas y los
espacios interfluviales. Al producirse, ya en la República, la invasión de los ganados,
el Guahibo se vio privado de sus espacios y recursos y atacó con decisión al
hatero y al ganado como símbolo que era de esa expansión. En esta lucha desigual llevó
la peor parte pero infundió pavor y logró arrancar concesiones al sistema: 36 de los 48
resguardos y reserves legalizados en el Llano en 1985 estaban ocupados por parcialidades
de esta familia. No en vano Nina de Friedemann los ha llamado "amos de la
supervivencia". Aunque no se sirvió del caballo para el combate, el Guahibo fue
para el Llano colombiano lo que el Comanche para la pradera americana y el Mapuche para la
pampa austral.
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De conformidad con el estudio susodicho,
contó el Guahibo con dos grupos diferenciados: el del Orinoco y el del Guayabero.
A los primeros pertenecen los Chiricoa, los Cuiva, los Sikuani, los Mella, los
Patmo y los Yamu, los tres últimos extinguidos. Los dos primeros fueron temerarios y
vengativos y sobre ellos recayó el peso de las expediciones punitivas llamadas
Guajibiadas. El Sikuani es el mas numeroso y mejor organizado; en la reserva del
Casavi, Vichada, practican un sistema de trabajo colectivo llamado Unuma que en su lengua
significa "mano sobre mano".
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La familia Sáliva, como la
Achagua, se destaca por su mansedumbre y por una sensibilidad especial para la música que
la llevó a aceptar los demás elementos de la cultura hispana. Paul Rivet la cataloga de
Arawak pero la lingüística se ha encargado de invalidar tal teoría y, ante la duda, es
preferible enmarcarla como independiente. Existieron dos subfamilias: la del norte llamada
Panigua, extinguida, y la del sur, con parcialidades Piaroas, Makú y Tinigua que
moraban en los ríos Guayabero, Sipapo y Ventuari. El Piaroa, indio taciturno,
causaba recelos entre sus congéneres por la superchería de que hace gala y por producir
un curare de alta calidad. El Makú reapareció hace poco en el Guaviare para
curiosidad de las agencias internacionales de prensa.
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La familia Puinave habita sobre el
río Inírida, en el departamento del Guainía, e hizo gala en tiempos pasados de su
ferocidad y hábitos antropofágicos; también se localizan en este departamento el Baré
y el Curripaco.
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La familia Tucano no tuvo mayor
ingerencia en la conformación societaria de los Llanos. Su habitat esta localizado en el
Vaupés donde también tienen asiento los Desana y los Wanana. El Huitoto no
hizo parte de la constelación indígena llanera.
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La
Conquista de la Orinoquia
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Concluidas
las tareas de sometimiento y despojo de los Aztecas y los Incas, la codicia del invasor se
dirigió hacia unos tesoros que debían encontrarse en la mítica provincia de Xerira.
Diego de Ordaz, uno de los aniquiladores de los Aztecas, entró en su búsqueda por el
Orinoco treinta y nueve años después del descubrimiento, pero antes achicharro a unos
indios Carao en tétrica escena que describe así Fray Pedro Simon: "Y sin hacer
mas averiguacion de culpables e inocentes se salió fuera del bohío y le hizo pegar
fuego, abrasando a todos los que estaban dentro". Paso de largo frente a las
bocas del Meta pero fue vencido por los raudales de Atures y Maipures. Ordaz murío
envenenado. El lugarteniente de Ordaz, Alonso de Herrera, remontó parte del Meta asolando
la población ribereña hasta recibir la muerte con flechas inficionadas.
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El emperador Carlos V, entre tanto, cedió
a la Casa Welser de Alemania la explotación de los Llanos en pago de abultados préstamos
que había recibido para financiar su ascenso al bono. El emperador violaba así la
prohibición castellana de permitir la entrada de extranjeros a suelo americano.
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Jorge de Espira entró por Coro a los
Llanos venezolanos diezmando y esclavizando las naciones Girara y Coyón, hasta llegar al
río Papamene, hoy conocido como Orteguaza. El 15 de agosto de 1536, Espira dio el nombre
de Nuestra Señora a un maltrecho pueblo de indios Guayupe porque, según las
estipulaciones del contrato, los tudescos debían fundar y arreglar dos poblaciones y tres
fortalezas en las sierras confiadas. Espira regreso a su sede en bancarrota y murío
achacado prematuramente.
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Su Capitán General, Nicolás de Federmán,
describió el mismo periplo pero al llegar al Meta trasmontó la Cordillera y encontró
que Gonzalo Jiménez de Quesada se le había adelantado en el despojo del reino de los
Chibchas. A esta cita también concurrió Sebastián de Belalcázar, emisario del
aniquilador de los Incas, Francisco Pizarro. Puestos de acuerdo, se repartieron el
despojo.
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A Federmán siguió Felipe de Hutten con
sus latrocinio en sierras llaneras. Y a este, Gonzalo Jiménez de Quesada y su hermano
Hernán Pérez, que no contentos con las riquezas despojadas en el altiplano continuaron
buscando hacia el Llano la ciudad de oro de Manoa, en el mítico reino de los indios
Omegua. La expedición de Jiménez de Quesada tuvo ribetes de cruzada por los puntillosos
preparativos pero fracasó.
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Cálculos conservadores permiten
establecer que en los siglos XVI y XVII hubo unas veintisiete expediciones hacia los
Llanos en busca de minas de oro y, luego, en procura de esclavos para las haciendas
andinas.
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En 1555 se fundó el poblado de San Juan
de los Llanos, al sur del río Meta, por parte de Juan de Avellaneda para explotar el oro
de aluvión del Ariari. En 1585, Pedro Daza Mexía erigió el poblado de Medina de las
Torres que daría origen al actual San Martín del Puerto, y tres años más tarde, este
mismo comisionado formalizó en Casanare el pueblo de blancos de Santiago de las Atalayas,
centro desde el cual comenzaron a operar los encomenderos.
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Encomenderos
y Comerciantes
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Al espaciarse las expediciones, los
conquistadores y sus descendientes solicitaron a la Corona la asignación de sierras
baldías para coaccionar a los indios a prestar servicio personales, obligándose
únicamente a doctrinarlos y elevarlos a la condición de súbditos del rey. Este sistema,
llamado encomienda porque, teóricamente, el rey encomendaba la custodia de sus vasallos,
degeneró en aberrante servidumbre que afectó con rigor a los pueblos del piedemonte. El
área de Tame, por ejemplo, fue asignada a los encomenderos Martín Mendoza de Berrio y
Alonso Pérez de Guzman. Este último cometió tal suerte de desmanes que los indios
Griara se sublevaron y le dieron muerte junto con sus treinta arcabuceros. El sucesor de
Berrio, Alfonso Sanchez Chamorro, capturo en una redada cien poitos para venderlos a los
terratenientes de Pamplona y Ocaña. Los indios Achagua, de suyo tan pacíficos,
terminaron por envenenar a Chamorro.
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Mas si esto acontecía en los pueblos de
la ladera, la situación de los indios de la planicie no era mejor. Envalentonados con el
apoyo militar que recibían de los holandeses y franceses, los Caribes subían por el
Orinoco o bajaban a este por el brazo del Caciqueare para capturar poitos -o itotos como
también los llamaban- que luego vendían a las factorías brasileñas y a los holandeses
y franceses establecidos en la Guayana. Los Puinave, salidos del Amazonas, colaboraban con
los portugueses en la trata, y se tiene establecido que los Guahibos hacían lo propio
sirviendo de intermediarios de los Caribe.
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La única nación que rechazo las
acometidas con valor espartano fue la Caverre con residencia, como ya se dijo, en el
Inírida y las bocas del Guaviare. Bien avanzado el siglo XVIII, los holandeses y
portugueses en persona hacían parte de las expediciones hasta que estas prácticas fueron
denunciadas por los jesuítas y el rey de España convino con el de Portugal fijar y
respetar unos límites territoriales que se intentaron demarcar entre 1750 y 1760 sin
resultados positivos. Los jesuítas establecieron que anualmente eran sacados de su tierra
unos ocho mil indígenas llaneros.
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Se entiende entonces que las naciones
llaneras no podían tener reposo porque si evadían la asechanza del encomendero podían
caer en manos del traficante que les reservaba un cruel destino. El dominico Pedro Fabo
asegura que los Guajiros del litoral norte, prototipo del Arawak, tuvieron sede en los
Llanos de donde salieron huyendo del Caribe. En este estado de cosas, aparecería el jesuíta
como una luz de esperanza.
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El
jesuitismo fue en sus orígenes un sistema filosófico y religioso institucionalizado en
1540 por Ignacio de Loyola para contrarrestar los efectos de la Reforma Protestante
impulsada por Lutero y Calvino, y para actualizar las doctrinas de viejo cuño de la
Iglesia. Esta posición ecléctica incomodó sobremanera a los religiosos que se basaban
en las exégesis de los padres de la Iglesia, y a los monarcas absolutistas que decían
haber recibido de Dios su autoridad como lo proclamaron las cortes de Olmedo en 1445.
Mucho antes que Juan Jacobo Rousseau, el jesuíta afirmó que la fuente del poder es la
voluntad del pueblo.
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Los dominicos y franciscanos fueron los
primeros en establecerse en América para coadyuvar la empresa de conquista de los nuevos
territorios; mas al cabo de un tiempo se relajaron en sus costumbres y el Arzobispo de
Santa Fé, Bartolomé Lobo Guerrero, solicitó al monarca la presencia de los
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jesuítas en el Nuevo Reino de Granada.
Establecidos ya, el Arzobispo Hernando Arias de Ugarte recorrió toda su jurisdicción en
1624 y constató en sitios tan apartados como San Juan de los Llanos el abandono en que s
encontraban los indígenas confiados a las órdenes regulares. Pidió, entonces, a los
jesuítas encargarse de esas feligresías y estos se establecieron en curatos
administrados por los clérigos de Tunja. Muerto Arias de Ugarte, lo curatos fueron
devueltos a los clérigos y los ignacianos se retiraron de la zona prolongándose por
varios años más los abusos de los curas y encomenderos.
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A raíz de la muerte de Alonso Pérez de
Guzmán, quien había fundado la población de Tame en 1626, se extremó el castigo a los Girara
y estos, por intermedio del cura Pedro Ramírez de Antequera, cura del Pauto, solicita ron
misioneros propios para atenuar sus padecimientos. En 1659 los jesuítas se hicieron
presentes en Tame y para evitar dificultades con las otras órdenes permutaron su
parroquia de Tópaga por la doctrina del Pauto a fin de tener una ruta expedite entre
Santa Fé y el Llano. Solicitaron luego la repartición del territorio misional y
obtuvieron sin oposición la adjudicación de buena parte del Llano.
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Equipados jurídicamente, los jesuítas
actuaron desde ángulos distintos pero estrechamente relacionados: el económico, el
social, el evangélico ) el cultural. Advirtiendo la vocación económica de la llanura,
introdujeron desde el altiplano un pie de cría y fundaron el hato de Caribabare en ur
gran globo de terreno de Arauca y Casanare, el cual daría origen a otros hatos
subalternos como Tocaría, Cravo (sobre el río Cravo Sur), Patute, Surimena, Casimena,
Macuco, Guanapalo y Apiay en los Llanos de la Nueva Granada, y el de Carichana en el
Orinoco venezolano, revolucionando un sistema productivo que hasta entonces se basaba en
la explotación de mano de obra indígena. Para la provisión respectiva, cada pueblo era
dotado con un pequeño hato comunal familiarizando de este modo al indio con las artes de
la ganadería.
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Simultáneamente con el ganado aclimataron
cultivos de caña de azúcar, café, cacao, algodón, tabaco y frutales, y dispusieron
talleres artesanales para transformar y agregarles valor a esos productos. El cuero se
convirtió en sillas y aperos, la leche en queso, el guarapo en papelón y aguardiente, el
algodón en hilados y tejidos, y la madera que abundaba en los alrededores se transformó
en puertas y ventanas, muebles y enseres, y hasta en rústicos instrumentos musicales que
pulsaban los neófitos. Fue tan honda y significativa la tarea cumplida en este frente que
de acuerdo con los estudios realizados por el historiador José Manuel Groot, a la salida
de los padres en 1767 se contabilizaban en los Llanos de Colombia unas ochenta mil cabezas
de ganado que direccionarían hasta hoy la economía de la región. El hato de Apiay,
establecido desde 1740 entre los ríos Negro y Guatiquía, fue la célula que originó a
Gramalote, nombre primigenio de Villavicencio.
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En el campo social y evangélico los jesuítas
empezaron por reducir los grupos indígenas a poblaciones estables, que hacían respetar
de los encomenderos y traficantes. Entre 1661 y 1666 organizaron y fundaron pueblos en
territorios de Arauca y Casanare, siendo San Salvador del Puerto, con mil doscientos
habitantes Achaguas, y Nuestra Señora de la Asunción de Tame, con ochocientos
pobladores de nación Betoy y Girara, los más importantes
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En su avanzada sobre el Llano metense
fundaron entre 1732 y 1749 numerosos pueblos con indios Sliva y Achagua que
redujeron a los enclaves misionales de Sumirían, Macuco, Camiseta y Guanapalo. Con
lucidez advirtieron que el desenvolvimiento geopolítico de los Llanos dependía del
comercio por las vías naturales. En consecuencia, llevaron su accionar al Orinoco
desarrollando fundaciones sin precedentes en las costas del importante río no contaron,
sin embargo, con el escollo representado por los indios Caribe que, alentados por
extranjeros desde Cayena y Surinam dieron golpes sucesivos a las aldeas, sacrificaron a
los misioneros y frenaron el formidable experimento.
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Pese al desastre, sobre las costas
venezolanas del Orinoco quedaron los pueblos Carichana, Cabruta, Urbana y Encaramada
aglutinando Sálivas, Yaruros, Caverres, Guamos y Puinaves, que aún hoy existen.
El padre Manuel Román descubrió en 1744 el brazo del Casiquiare sobre el cual ya se ha
hecho referencia, y dio la voz de alerta sobre el comercio inicuo que por allí se
realizaba.
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En
el terreno cultural las tareas no fueron menos importantes. Como paso fundamental, los
evangelizadores aprendieron dialectos generales como el Achagua, el Saliva y el Betoy y
procedieron a avecindar las etnias en poblados estables para transmitirles educación
formal a los párvulos, técnicas agrícolas, pecuarias y artesanales a los mayores,
según su vocación. Para despertar el sentido de la propiedad sin destruir el espíritu
colectivista, las labranzas se dividieron en el Campo de Dios, donde todos trabajaban dos
días a la semana y el producido se destinaban a los gastos de la población y al
sostenimiento de los impedidos, y el Campo del Hombre donde cada familia trabajaba el
resto de la semana para adquirir con su fruto los bienes que no producían. Los domingos
asistían a los oficios y pláticas religiosas. En esta fase del adoctrinamiento recibían
el nombre de neófitos al cual seguía el de conversos, una vez bautizados. De acuerdo con
sus adelantos, los conversos iban adquiriendo nuevas responsabilidades como ser tutores de
aprendices, maestros de párvulos, capataces de obras o fiscales de la comunidad. El
indígena aprendió las técnicas de ganadería y la agricultura como quiera que en las
misiones estaba prohibido el avecindamiento de blancos y fueron muy escasos los negros que
en calidad de esclavos laboraban en ellas.
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Los grupos nómadas, empezando por el
Guahibo, se mostraron reacios la reducción y aunque en ocasiones formaron pueblos como
acontecía con San Ignacio de Guahibos en 1664, tan pronto como el momento e propicio
abandonaban la labranza y retornaban a sus practicas cerrieles Este indio fue
descalificado por los cronistas e historiadores con epítetos que, al calar en la
mentalidad popular, lo convertirían en sinónimo de salteador profesional al igual que el
Apache se asimilo en la sociedad norteamericana como matón y malhechor. Especialmente el Chiricoa
y el Cuiva se ganaron una reputación de salvajes que mantuvieron hasta hace
poco tiempo.
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Los importantes excedentes logrados en la
provincia misionera de los Llanos obligó a los superiores a buscar mercados para su
colocación. Los comerciantes y contrabandistas adquirían los productos en las
procuradurías a tiempo que otros competían en el interior del país. El ganado era
llevado a pezuña por el viejo camino de Federmán hasta la hacienda de La Chamicera, en
el altiplano, para darlo al consumo de los santafereños una vez se reponía de la fragosa
travesía.
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A la par con el florecimiento material, la
promoción que se hizo del hombre indígena no ha vuelto a repetirse en ningún otro
tiempo en el país. Oreste Popescu dice al respecto: "fue la efectiva promoción
del aborigen desde un estado de barbarie hasta un nivel de habilitación humano que no ha
sido igualado, en circunstancias equivalentes, por ninguna otra institución educativa del
continente"
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Los detractores de la Orden, empezando en
América por los curas seglares, los terratenientes y los corregidores, y en Europa por
los grandes detentadores del poder, acusaron a los jesuítas de querer formar un reino
indio independiente, y la vacilante Corona en cabeza de Carlos III ordenó investigaciones
que concluyeron con su expulsión de las colonias españolas en 1767.
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Destierro de los jesuítas
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Los efectos del extrañamiento fueron
catastróficos para el Llano. El gobierno del virrey Ezpeleta constituyó luego de la
expulsión una Junta de Temporalidades que remató en forma inicua entre los
terratenientes los hatos de Caribabare, Tocaría, Cravo, Patute y Apiay. Al disgregarse
Apiay, los nuevos propietarios de las sierras iniciaron un proceso económico que concluyó
con el establecimiento de la ciudad de Villavicencio. Los de Macuco, Jiramena, Surimena y
guanapalo fueron confiados a los candelarios que los hicieron prosperar. Otros bienes,
entregados a los franciscanos, terminaron dilapidados de manera absurda.
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Sin la contención misionera, los
encomenderos y sus herederos reiniciaron la captura de esclavos para sus establecimientos
lo que generó pánico y el abandono de las labranzas. El movimiento migratorio desde el
altiplano fue significativo: doce años después de la medida de Carlos III la población
de blancos y mestizos llamados libres ascendió a 7.414 individuos frente a 14.679
indigenas. Estos pretendieron alzar su voz de protesta pero fueron acallados. Durante la
insurrección comunera, 1.500 indios tomaron las armas para atacar las ordenes existentes
en la región hasta que fueron dispersados por el capitán José Antonio Villalonga por
instrucciones del Marqués de San Jorge.
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En algo mas de un siglo (1659-1767) los
misioneros jesuítas desarrollaron la tarea más perdurable en el Llano: construyeron las
bases de la economía, fundaron conglomerados que han resistido el paso del tiempo y como
testimonio irrebatible de su filosofía, dejaron germinada la idea del libre albedrío:
raíz y fundamento de la libertad. Esta idea hallaría forma concreta en la guerra de
Independencia.
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A la salida de los jesuítas, quedaron
establecidos en el Llano, San Juan de los Llanos (1555), San Martín (1585), Santiago
de las Atalayas (1588), Tame (1626), La Salina (1628), Pore (1644),
Nunchia (1655), Chire (1657), San Salvador (1661), Manare (1671),
Arauquita (1675), Trinidad (1724), Macuco (1732), pueblos
institucionalizados por jesuítas o encomenderos que, en una inmensa mayoría, estaban
localizados en el piedemonte de Casanare. Tiempo después fueron fundadas Arauca (1780),
Villavicencio (1842) y Yopal (1920), las tres ciudades más importantes
de los Llanos al finalizar el siglo XX.
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La Orinoquia y la Independencia
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A comienzos del siglo XIX, el Llano fue el
escenario principal de la cruenta lucha que condujo al rompimiento de los vínculos con
España. Más tarde, en los años cincuenta del presente siglo, el Llano constituyó pilar
decisivo de la reacción ciudadana en defensa de principios ideológicos menoscabados.
Noble y altruista por buscar la autonomía, la guerra de secesión que se hizo en el Llano
contra España formó parte de un proceso de alcances hemisféricos y dio reputación de
patriota e idealista al llanero; la de los años cincuenta, de corte partidista, lo redujo
a la condición de bandolero.
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El poder monárquico en España se lo
disputaron la casa de Austria y la de los Borbón. La primera gobernó durante los siglos
XVI y XVII y dilapido en guerras, clero y nobleza los cuantiosos recursos extraídos de
América sin afectar demasiado al contribuyente. En el año 1700 accedió al poder la
dinastía de los Borbón, admiradora frenética de las pompas y extravagancias de los
reyes de Francia, que, huera ya de recursos, cargo de tributos a América y genero
levantamientos que fueron reprimidos.
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En la Nueva Granada y la Capitanía de
Venezuela los levantamientos se dieron en forma simultánea y con una misma
particularidad: la oligarquía criolla encabezaba el separatismo, confiada en la debilidad
del régimen. Pero no había tal. Un tanto rehecha, España envío una gran expedición
punitiva para someter las provincias levantiscas. Depuestas las autoridades virreinales,
los llaneros venezolanos, sometidos y sojuzgados por sus compatriotas, cerraron filas
alrededor de los españoles y en 1814, bajo la conducción de José Tomás Boves, se
tomaron a Caracas y dieron al baste con la Segunda República instaurada por Bolívar. El
llanero mestizo colombiano, gobernado bajo un régimen que todavía no había concentrado
la gran propiedad, adhirió a la causa republicana y envío desde San José de Pore
hombres y recursos a los federalistas instalados en Tunja porque la dirigencia, pese al
peligro, se había abierto en dos bandos suicidas: los federalistas y los centralistas.
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Barinas,
un hervidero de prorrealistas, podía desencadenar un ataque sobre la Nueva Granada
aprovechando la pugnacidad existente entre los dos bandos; así que los llaneros se
constituyeron en guardianes de la frontera y en 1813, comandadas las tropas por el poreño
Francisco Olmedilla y el párroco de Tame, Fray Ignacio Marino, repelieron en las costas
del Cuiloto la arremetida que dirigía el sanguinario José Yañez. Las partidas llaneras
-porque no se trataba de un ejército regular- eran dirigidas por Ramón Nonato Pérez, un
lancero temible nacido en La Trinidad, Juan Nepomuceno Moreno, pequeño propietario, Juan
Calea, Juan José Molina, Miguel Guerrero, Manuel Ortega y Francisco Rodríguez, entre
otros. Mariño llegaría a ser capellán del Ejército Libertador y Moreno el máximo
caudillo de la región al concluir la confrontación.
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En los Llanos venezolanos sobresalía por
su valor un llanero marrajo: José Antonio Páez. Puestos de acuerdo los cabecillas, en
1814 se tomaron a Guasdualito, en el Estado Apure, donde operaba el fidelista Pacheco
Briceño.
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José Antonio Páez acudía con
regularidad a los Llanos colombianos en busca de refuerzos y caballos mientras ganaba la
confianza de los llaneros prorealistas con el expediente de permitirles saquear al enemigo
derrotado. Frente a la indisciplina y el caudillismo que imperaban entre los llaneros,el
congreso de Tunja envió por comandante al general Joaquín Ricaurte que organizó un
cuerpo estable de mil hombres.
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En la minúscula villa de Arauca, con
escasos 36 años de vida,se reunieron el 16 de julio de 1816 los jefes patriotas para
nombrar un gobierno provisional en representación de la República. El cargo de
presidente recayó en Fernando Serrano, y el de comandante de la tropa en Francisco de
Paula Santander, decisiones equivocadas porque los lanceros sólo concedían méritos al
valor personal. Santander marchó a Angosturas para ponerse bajo las órdenes de Simón
Bolívar al ser depuesto, por Páez quin nombró a Moreno como gobernador y a Pérez como
comandante en jefe de Casanare, respectivamente. Santander, al parecer, no olvidó nunca
el desaire que sufriera en el Llano.
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Ramón Nonato Pérez libró a la salina,
San martín y la estratégica fundación de Upía ; el virrey Juan Sámano ordenó a
Juan Tolrá una invación masiva al Llano que apenas si llegó al pueblo de Medina. Ante
el giro que iban tomando los acontecimientos Bolívar despachó a Santander con el grado
de brigadier general por la ruta del río Meta para que ese hiciera cargo de la
situación. Los laneros acataron su jefatura y sin pérdida de tiempo, Santander se
entregó a la organización del nuevo cuerpo bélico tras proclamar que la soberanía de
la república residía en Casanare y en Pore, su capital.
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En actividad frenética, los llaneros se
alistaban en las filas voluntariamente y hasta el padre Ignacio Marino se hizo presente en
el campamento de La Laguna con partidas de indios Betoy, Macaguán y Girara. Santander
hizo acunar una moneda con los vasos confiscados a las iglesias y ordenó reunir ganados y
caballos de toda la compresión llanera. Ante estos movimientos, el general José María
Barreiro decidió atacar y en abril de 1819 se hizo presente en el Llano con su tropas mas
granadas. Bolívar salió de Mantecal con rumbo a Casanare el 27 de mayo "para
ejecutar una operación que medito sobre la Nueva Granada". El día 4 de junio
cruzo el río Arauca, recibió hombres, caballos y vacadas en la pequeña población de su
nombre; el 12 se hizo presente en el otrora enclave jesuíta de Betoyes y, dos días más
tarde, se reunió con Santander en Tame.
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Al juntarse los dos cuerpos de tropa se
contabilizaron casi cuatro mil hombres, en su inmensa mayoría llaneros de Colombia y
Venezuela, quienes transmontaron las alturas de Pisba y, en hechos suficientemente
conocidos, dieron la batalla del Pantano de Vargas que, antes que la de Boyacá,
rotuló la emancipación de la Nueva Granada y de cuatro países suramericanos más.
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