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INDICE
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La colonización de La Macarena en la
historia de la frontera agraria
Darío Fajardo M.
En esta sección se pretende presentar una panorámica general de
los procesos de ocupación del territorio nacional dentro de los
cuales se enmarca la colonización de la serranía de La Macarena,
objeto específico de este estudio.
Como lo testimonia un creciente número de trabajos, la
colonización de las selvas y llanuras subtropicales y tropicales de
América tiende a convertirse en un área especializada de lo que
podría llamarse las "sociologías de la
colonización". E n estos estudios, que muestran con
profundidad cada vez mayor las especificidades de este proceso en
nuestras latitudes, se plantean distintos temas, como son las
tecnologías de uso de los recursos, los choques culturales (los
cuales han conducido por ejemplo a la liquidación de comunidades
indígenas), las relaciones con el Estado, etc. En el caso
colombiano tienden a configurarse unas peculiaridades que vale
resaltar desde ahora: el ciclo "migración - colonización -
conflicto - migración", que traslada a muchos de sus
actores, inclusive, a través del tiempo y el espacio, como
elementos constantes en el proceso de la colonización y que detrás
de ellos lleva y reproduce las estructuras agrarias y las
contradicciones propias de ellas, prácticamente a todos los
rincones de la frontera agrícola. Una segunda particularidad que se
va haciendo visible en esta historia es la presencia de la
organización de los colonos, fenómeno que en cierta medida rompe
con la tradición -prácticamente universal- del individualismo como
rasgo de las sociedades de frontera.
El lector de este ensayo encontrará que este último elemento no
constituye propiamente una generalidad en todo el proceso; surge,
según los testimonios, en unas regiones de origen (sur y oriente
del Tolima), en forma determinada de condiciones gremiales y
políticas, y de allí se expande gradualmente hacia zonas en donde
se proyectan las sucesivas corrientes de colonos, expulsados por
los continuos conflictos agrarios y políticos. En esta expansión,
la práctica de la organización deviene, podríamos decirlo, en parte
de una cultura de la colonización.
Un aspecto que amerita necesariamente mayor estudio y reflexión,
es el referido a la configuración social de los espacios en la
colonización. Generalmente, en nuestro caso, las apreciaciones
sobre la ocupación del espacio en las fronteras reseñan la
configuración de núcleos preurbanos o urbanos, la estructuración de
la tenencia y uso de la tierra, la aplicación o construcción de
infraestructura, etc., pero está ausente "una visión de
conjunto" sobre el espacio, sus articulaciones y sus
dinámicas. Como se verá más adelante, la ocupación de ese
"medio país" que son la Orinoquia y la Amazonia
colombianas, configura gradualmente la prospectiva de integración
de un vasto espacio, con características ecológicas, económicas,
sociales, políticas y culturales marcadamente diferentes de las que
previamente han estado presentes en la integración del país andino
o del "país" de las sabanas y litorales
caribeños.
Estos "nuevos" elementos lo son solamente en
las proporciones en que intervienen, en su mezcla. El
"capitalismo rapaz" que hoy actúa en el
narcotráfico y actividades asociadas, es nuevo solamente en sus
alcances y dimensiones: las tradiciones del campesinado andino
hunden sus raíces en las sociedades coloniales y postcoloniales del
siglo XIX, pintadas por Eugenio Díaz o Medardo Rivas, pero ahora se
encuentran en nuevos espacios y disponen de mayores recursos. Pero
hay también esos elementos novedosos que antes se señalaban: la
organización político-gremial como elemento de la cultura
colonizadora y, con ella, las proyecciones militares que plantean
las experiencias guerrilleras. Esto es lo "viejo"
y lo "nuevo" que entra a configurar e integrar a
esta nueva Colombia de las selvas y llanuras orientales.
A continuación se examinan los aspectos históricos de la
colonización que se han considerado más relevantes, junto con
algunos rasgos de la ocupación de La Macarena.
El proceso de la colonización en Colombia
Se ha caracterizado como colonización al proceso de apertura de
la frontera agrícola, a través de distintos tipos de trabajadores
del campo. Las tierras que han delimitado esta frontera han estado
varias veces bajo títulos de uno u otro tipo (mercedes reales,
concesiones, haciendas) que son finalmente impugnados pero sin
dejar de constituir un condicionante para el usufructo de las
mismas.
La ocupación del territorio colombiano por parte de los
conquistadores europeos se extendió fundamentalmente por los valles
y cordilleras andinos y la llanura del Caribe, buscando el acceso
de los recursos minerales (oro y plata), a la mano de obra (y
subsecuentemente a la tributación indígena) y posteriormente a las
tierras que permitían la producción de los alimentos y otros bienes
requeridos para los asentamientos e igualmente el control de la
misma mano de obra.
Las características económicas, políticas y culturales de la
Conquista definieron una rápida concentración de la propiedad
territorial, afectando negativamente a las comunidades indígenas
pero también a las capas de mestizos y "blancos
pobres" que comenzaban a configurar las vertientes de la
formación del campesinado.
Las diferentes regiones que hacia la terminación del período
colonial (finales del siglo XVIII) componían el entonces territorio
de la Nueva Granada, sirvieron de marco para la estructuración de
sociedades diferenciadas, en las cuales, al parecer, el patrón
común lo constituyó la concentración de la propiedad territorial
1
si bien con matices
de ocurrencia local, según lo señala Marco Palacios en su estudio
sobre la propiedad agraria en Cundinamarca
2
.
La densificación demográfica ocurrida en las regiones centrales
del país a partir de la segundad mitad del siglo XIII
3
estimuló el desbordamiento de
las fronteras agrícolas de entonces. Previamente algunas zonas
habían escenificado procesos puntuales de colonización, esto es, de
asentamientos estables en el interior de medios selváticos para
desarrollar economías de base agrícola, recolectora y cazadora,
como lo fueron los "palenques", de esclavos
cimarrones. No obstante, las colonizaciones de este tipo que se
sostuvieron durante más tiempo, no trascendieron los límites
microrregionales, restringiéndose a constituir un componente de la
configuración étnica regional. A diferencia de estos últimos
movimientos, las colonizaciones desarrolladas en las vertientes
andinas entre finales del siglo XVIII y comienzos del XX
trascendieron las esferas locales y proporcionaron productos para
la articulación de Colombia con los mercados internacionales en
diferentes coyunturas del período
4
.
Tal vez el más conocido de estos procesos de colonización de
vertiente ha sido el antioqueño, analizado inicialmente por James
Parsons
5
y revaluado
posteriormente por Álvaro López Toro
6
. Independientemente de la ideologización
elaborada sobre este fenómeno, centrada en una imagen democrática e
igualitaria de un proceso que en realidad estuvo alejado de tales
características
7
,
sus alcances sociales, económicos y espaciales le otorgan un lugar
preponderante en la formación de la Colombia rural.
Estas características están cimentadas en las relaciones
sociales desde las cuales se proyectó la colonización antioqueña,
generadas sobre una economía minera de explotaciones pequeñas e
inestables, realizada por trabajadores libres, y de la cual estaban
completamente ausentes los vínculos propios de las sociedades
hacendarias que primaron en otras regiones del país, así como otras
formas de sujeción entre los mineros y los comerciantes que
tuvieron ocurrencia por ejemplo en el Brasil
8
. Una peculiaridad de la colonización
antioqueña consistió en la vinculación que tempranamente ocurrió
entre empresarios capitalistas de la región con los pioneros de la
colonización. Esta vinculación, dado el poder de los pioneros y en
virtud de su interés por valorizar las tierras que respaldaban los
bonos de deuda pública que habían adquirido, se tradujo en la
asignación de fondos para construcción de infraestructura y
legalización de la tenencia de las tierras colonizadas en las
primeras etapas de la ampliación de esta frontera. De esta manera,
las primeras fases de esta colonización actuaron sobre tierras en
concesión (tal como ocurriera desde la providencia del oidor Mon y
Velarde a finales del siglo XVIII). En otros términos, era una
colonización que contaba con la anuencia del Estado y de los
empresarios locales, factor que facilitó la dinamización del
proceso a través del apoyo con infraestructuras, el cual permitió
una más rápida integración económica de la frontera. Los flujos
posteriores de la colonización se proyectaron ya sobre tierras
baldías
9
; en este
caso, sin embargo, las particularidades de la organización social y
la ideología de estos núcleos de colonos, enfáticamente
colectivistas y organizados, dieron vía a una pronta articulación
con la administración estatal
10
.
El modelo inicial de la colonización antioqueña se modificó
posteriormente dando paso a procesos de concentración de la
propiedad. En estas condiciones los nuevos emigrados no pudieron
constituir las pequeñas y medianas empresas agrícolas de la primera
etapa y configuraron la base de una población dependiente. El papel
de esta última, en su carácter de asalariada dentro del proceso de
acumulación que dio base a la industrialización del noroccidente
colombiano, ha sido estudiado por Mariano Arango, quien, sin
embargo, desestima las etapas de mayor equilibrio social y
económico que sirvieron de sólido fundamento al posterior
desarrollo de la colonización antioqueña
11
.
El proceso colonizador antioqueño, por su significado económico
y social y por su prolongación temporal, que se extiende desde
finales del siglo XVIII prácticamente hasta el presente, si se
tiene en cuenta la incorporación de tierras en Urabá y el Magdalena
Medio, ha opacado en alguna medida fenómenos similares ocurridos en
otras regiones del país. Jorge Villegas, en sus estudios sobre la
propiedad agraria en Colombia enmarcó estas historias en el
conjunto por él denominado "la colonización de
vertiente" y en ella englobó tanto la expansión antioqueña
como los procesos que tuvieron lugar en el centro y oriente del
país, originados en contextos diferentes del primero
12
.
Los testimonios sobre la colonización de occidente insisten en
señalar la génesis de la misma en la pobreza de los suelos y la
inestabilidad de las explotaciones de la minería del oro. En el
oriente, particularmente en Santander, Villegas, con base en las
cifras de población, considera los efectos de la crisis artesanal,
resultantes de la política librecambista asumida por los gobiernos
nacionales, como factor desencadenante de la expansión sobre las
tierras de vertiente en el oriente Colombiano. A este respecto es
importante considerar cómo determinadas condiciones externas se han
constituido en factores de presión para los procesos de ampliación
de la frontera agrícola del país, con una recurrencia como la que
hoy se advierte, cuando diversos frentes de colonización reflejan
la impronta tanto de la crisis de las economías occidentales y sus
secuelas de deterioro en las estructuras productivas del Tercer
Mundo y empobrecimiento de sectores sociales que buscan salidas en
la aventura colonizadora, como el floreciente mercado de
narcóticos.
Villegas, en sus estudios, explora, además de las etapas
iniciales de la colonización antioqueña, su extensión hacia el
oriente (Manizales, Pereira y el norte del Tolima) y los procesos
ocurridos en Cundinamarca, Boyacá y los Santanderes. La
colonización del Viejo Caldas tal como la revela el autor, con base
en las evidencias documentales, definitivamente se aparta de la
imagen idílica de la conquista democrática de la frontera. El
proceso, ya visto en sus desarrollos e implicaciones legales y
jurídicas, estuvo desde sus inicios sacudido por conflictos
sociales de distinta índole. En un principio es evidente la
diferenciación entre aquellos que disponían de recursos económicos
para afrontar la colonización con recuas de mulas, bastimentos y
herramientas, además de fondos para costear aperturas de caminos,
etc., y aquellos que solamente contaban con su fuerza de trabajo y
la de sus familiares, quienes eran frecuentemente contratados como
taladores y posteriormente se convertirían en arrendatarios de los
poseedores de la tierra. Pero las mayores contradicciones se habían
de desarrollar, a lo largo de todo el siglo XIX y a principios del
presente, entre los colonos independientes y los favorecidos por
concesiones, ampliadas de manera fraudulenta a medida que los
peones abrían perspectivas a las selvas de vertiente.
Estos conflictos los ilustra el autor en torno a las concesiones
de Villegas y Aranzazu y a las sociedades de González Salazar y
Burila. Allí se aprecia cómo el esfuerzo de los concesionarios por
extender sus dominios y aprovechar la valorización creada por el
trabajo de los colonos, tropezó continuamente con la resistencia de
estos últimos y cómo la retaliación de los acaparadores se dio
entonces bajo la forma de amenazas, incendios de casas y
destrucción de enseres, formas de violencia que habrían de
repetirse un siglo más tarde en el marco de la crisis política y
social que consumió al país por más de una década y en la cual la
mayor parte de las víctimas fueron igualmente campesinos y
colonos.
La ampliación de la frontera agrícola en el centro-oriente y el
oriente del país, esto es, Cundinamarca, Boyacá y los Santanderes,
la documenta Villegas únicamente con las memorias de Medardo Rivas
y Manuel Ancízar. Ese proceso ocurrió, según las referencias,
dentro de las líneas trazadas por la política de asignación de
baldíos, que, en particular desde la Desamortización de Bienes de
Manos Muertas, afianzó y fortaleció la formación del latifundio. En
esta modalidad, la población campesina que se desplazó de los
antiguos resguardos indígenas y de otros núcleos humanos hacia la
frontera agrícola, desmontó las tierras en los bordes de las
haciendas, abriendo paso a la expansión de las mismas sobre los
baldíos de la nación
13
Marco Palacios examina este mismo proceso y reconstruye las
etapas de la ocupación del territorio en las zonas aledañas a los
altiplanos centro-andinos, considerando, en primer término, la
significación de los viejos asentamientos campesinos de Boyacá, que
se proyectan posteriormente hacia el occidente de Cundinamarca; de
otro lado resalta la importancia que desde mediados del siglo XIX
tomó esta sociedad aldeana en la ocupación de las tierras medias,
dinamizando los mercados de capital y dejando sin piso la
apreciación de Medardo Rivas, según la cual, la conquista de estos
territorios había sido obra de sus amigos, los
"terratenientes de nuevo cuño"
14
.
El estudio de Palacios, sustentado en fuentes como los censos de
población (1843,1870,1912), los estudios geográficos de Alfred
Hettner, Agustín Codazzi, J. Holton y, primordialmente, el Catastro
de Cundinamarca, pone en evidencia, además, la particular
regionalización de la estratificación social de este arraigado
asentamiento, en la cual se definían -con gran persistencia hasta
el presente- nítidas subzonas de pequeña, de mediana y de gran
propiedad. Esta red social proyectó "puntas" de
colonización hacia tierras templadas y aun frías (Alto Sumapaz),
algunas de las cuales fueron protagonistas de los conflictos que
posteriormente habrían de configurar los desarrollos centrales de
este estudio; este fue el caso de Sumapaz, precisamente, y del
Tequendama, zonas en las cuales se configuraron dos tipos de
conflictos (el no reconocimiento de la propiedad de las haciendas
sobre los baldíos, en el primer caso, y la lucha por el derecho a
la siembra de café, en el segundo), que fueron afrontados
organizadamente por los colonos y campesinos.
En esta etapa de la historia de la colonización, correspondió
también a otras dos zonas de la región central del país -el oriente
y el sur del Tolima-, una participación de especial relevancia, por
su significa do en la posterior ocupación del pie de monte oriental
y la llanura de la Orinoquia. A ellas se hará referencia en el
siguiente texto.
La política agraria y la colonización a partir de los años
20
Prácticamente sin excepción, las decisiones del Estado en torno
a la problemática agraria se orientaron, hasta la reforma
constitucional de 1936, hacia la titulación de baldíos, dejando
intocadas las peculiares estructuras configuradas en el interior de
la frontera. Sus rasgos generales los sintetiza Juan Sebastián
Betancur al examinar el desarrollo histórico de las políticas
agrarias: "El siglo XIX termina con un balance de guerras
civiles, colonización antioqueña, concentración de la propiedad y
cantidades de campesinos sin tierras"
15
.
Estas condiciones, dinamizadas por el proceso de desarrollo
industrial y la profundización de los vínculos de Colombia con la
economía mundial, generaron nuevas presiones sobre las estructuras
productivas agrarias; algunas de ellas habrían de expresarse en
leyes relativas a la importación de alimentos, política que
implícitamente induciría cambios en las condiciones productivas de
los bienes básicos (Ley de Emergencia de 1927)
16
.
Este contexto, en el cual se hacían evidentes contradicciones
entre el gobierno y los grupos terratenientes que previamente
hegemonizaban el control del poder político, enmarcó conflictos
masivos en determinadas regiones del país
17
, en donde chocaba la incesante
expansión de las haciendas sobre las tierras baldías con el avance
de los asentamientos campesinos en los bordes de los latifundios.
Tal situación, en la cual se mezclaba la crisis de las formas de
producción, sustentadas en gran medida en las rentas de trabajo,
con la pugna entre la usurpación de los baldíos por las haciendas y
el no reconocimiento de esta propiedad por los colonos, sirvió a su
vez como catalizador para acelerar la descomposición de las
haciendas como organización económica y social
18
.
Los cambios de la economía y la sociedad nacionales, ya
ampliamente estudiados por varios autores, significaron
modificaciones y "reacomodamientos" de las
economías campesinas, pues comenzaron a romperse sus ligaduras con
las haciendas, se hicieron más directos sus nexos con los mercados
regionales, proyectaron sus "excedentes" de
fuerza de trabajo a la producción capitalista y, en fin, se amplió
en alguna medida la oferta de tierras -independientemente de sus
costos-. A través de la política de asignación de baldíos,
principalmente, pero también de las parcelaciones financiadas por
el Banco Agrícola Hipotecario, se amplió extraordinariamente la
disponibilidad de tierras para la agricultura campesina, J. A.
Bejarano estableció que entre 1910 y 1937 fueron adjudicadas
1.013.466 hectáreas, si bien la mayor parte de ellas lo fueron en
grandes globos, ya que solamente el 8.8% de las adjudicaciones
correspondieron a promedios de 20 hectáreas o menos. Valle, 1.429
adjudicaciones con 15.6 hectáreas en promedio; Caldas, 999
adjudicaciones con 13 hectáreas en promedio
19
. Por otra parte, ya entonces comenzó
a expresarse un matiz recurrente en la política agraria colombiana,
como ha sido el de apelar a la colonización como alternativa frente
a la inviolabilidad de la estructura agraria en el interior de la
frontera. Dentro de esta política, y a partir de 1930, el Estado
comenzó a estimular la colonización en el Magdalena Medio,
Catatumbo, Putumayo, Caquetá, Urabá y Bahía Solano, para
posteriormente dirigirla hacia los Llanos Orientales.
Esta tendencia se hizo evidente cuando comenzaba a manifestarse
la crisis que condujo a la "violencia".
Precisamente, en 1941 fue creado el Instituto de Parcelaciones,
Colonización e Inmigración
20
. Vale seña lar que en los archivos del
INCORA, sucesor en alguna línea de los anteriores institutos de
tierras, reposa documentación de los mismos, dentro de la cual
figuran algunas recomendaciones políticas de Directorios
Conservadores locales, para facilitar el asentamiento de militantes
de esa colectividad en programas desarrollados por el gobierno,
precisamente en torno a las colonizaciones campesinas que habían
surgido en el Sumapaz en la lucha contra las haciendas por las
tierras baldías.
La reversión de la Ley 200 de 1936, a través de la Ley 100 de
1944, que reimplantaba la legalidad de los contratos de aparcería y
ampliaba los plazos para la exclusión de afectación de los predios
inexplotados, se conjugó con las tendencias políticas en el
gobierno, favorables a la liquidación de las organizaciones
campesinas. Esta nueva coyuntura, de signo
"restaurador" para las estructuras agrarias,
congeló las posibilidades de ampliación de las economías campesinas
en el interior de la frontera agrícola y con acceso a los mercados
locales regionales, dejando nuevamente, como válvula de escape, a
la inamovible estructura de la propiedad agraria las tierras
marginales de la frontera,
En este contexto fue muy significativo lo ocurrido con la
comunidad indígena de Yaguará, en el municipio de Ortega, Tolima.
En esta época se desarrolló una fuerte movilización de sus miembros
en defensa de las tierras que les estaban siendo arrebatadas con
mayor brutalidad entonces; la acción del gobierno consistió en
enviar un avión militar, en el que fue trasladada una parte de la
comunidad al Caquetá, en donde se les trató de reimplantar en el
asentamiento que fue denominado
Yaguará II, en recuerdo de
su lugar de origen.
Una parte del escenario la configuraron las recomendaciones de
la Misión Currie, consignadas en la propuesta Operación Colombia,
las cuales partían de un modelo de desarrollo agrario basado en la
"modernización" de la gran propiedad.
Dentro de este esquema estaba excluida, obviamente, la
participación de la economía campesina y se trataba solamente de
presionar a los grandes latifundistas, mediante instrumentos
tributarios, para lograr un aprovechamiento de las tierras adecuado
a los requerimientos del desarrollo. Pero, según lo expresaba la
Sociedad de Agricultores de Colombia, ni siquiera este tipo de
intervención podía ser tolerada por los terratenientes
21
. Más aún, la
contrapropuesta ante la
Operación Colombia, fue la
solicitud de ampliación de los recursos de crédito para los
sectores que ya disponían de acceso al mismo, el mejoramiento del
transporte regional y; obviamente, el incremento de la
colonización
22
.
Giraldo y Ladrón de Guevara, en su estudio ya citado, destacan
la realidad de esta última política, anotando cómo "no
obstante la carencia de información que dé cuenta de la magnitud de
la colonización espontánea en ese período, su importancia relativa
se puede estimar a partir del hecho de que los programas del Incora
en la década siguiente intentaron darle cauce a focos de
colonización pre-existentes, debido al reforzamiento de corrientes
migratorias hacia las diferentes áreas de colonización que ya
estaban abiertas, inmediatamente después del desencadenamiento de
la violencia rural, es decir, a partir de 1948". Sin
embargo, una medida de la magnitud de la colonización en ese
período es el caso del Caquetá, cuya población en 1951 era de
40.950 habitantes, según datos censales, en tanto que en 1964
alcanzó la cifra de 103.718 habitantes, lo que representó casi su
triplicación en trece años.
Pero las cifras referidas a las ejecuciones del Incora durante
los años de mayor vigor de su acción, son aún más indicativas en la
alternativa escogida por el Estado colombiano para afrontar la
crisis de las estructuras agrarias. Absalón Machado señala de
manera concluyente: "En el período 1962-1982 se titularon
6.534.472 hectáreas y se otorgaron 225.125 títulos, 5.4 veces más
que los adjudicados por el Fondo Nacional Agrario, lo cual muestra
que esta actividad de titulación fue mucho más importante que la
misma Reforma Agraria". Esta afirmación se sustenta en las
siguientes cifras: "Hasta 1972 más del 90% de las tierras
entregadas, lo fueron por titulación de baldíos en áreas de
colonización básicamente; entre 1973-1979, el 85% y entre
1979-1982, más del 90%. En síntesis, sólo un máximo de 15% de las
tierras otorgadas provinieron de acción de reforma agraria entre
1973-1979 y en todo el período 19621982, sólo un 7.9% en promedio,
provinieron del Fondo Nacional Agrario; es decir, la acción del
INCORA estuvo más orientada a la colonización que a la
redistribución de la propiedad en el interior de la Frontera
Agrícola".
A pesar de las drásticas limitaciones que se ejercieron sobre la
Reforma Agraria, particularmente luego del Acuerdo de Chicoral, la
presión política de los terratenientes no cesó, hasta prácticamente
enterrar al Incora y a las políticas de tierras que pudieran
debilitar la estructura vigente de la propiedad. Tres años después
de promulgada la Ley 4a. de 1973, que dio origen legal al Acuerdo
de Chicoral, con el que se neutralizó la acción expropiatoria de la
Reforma Agraria, se comenzó a dar aplicación a los Programas de
Desarrollo Rural Integrado, los cuales excluían de plano cualquier
intervención de carácter redistributivo de la propiedad rural.
Pero el fantasma era obstinado; a poco de iniciarse la
administración Betancur, se hizo explícito su propósito de buscar
la paz con los movimientos guerrilleros, y el tema de la reforma
agraria se colocó de nuevo sobre el tapete, planteándose en su base
el punto de la redistribución de las tierras. Dentro de los
planteamientos suscitados por la coyuntura, se destaca el de uno de
los más hábiles contradictores de la Reforma, el ex presidente
Alfonso López Michelsen, quien advirtió, nada menos que en el XIX
Congreso Ganadero: "No reside en la Reforma Agraria la
totalidad del problema del campo colombiano, pero tampoco puede
concebirse una solución de paz y salvo de productividad sin
adelantar una reforma agraria en donde ella sea
necesaria"
23
.
Todo lo anterior puede entonces sintetizarse en lo siguiente:
Las estructuras agrarias en el interior de la frontera agrícola se
han caracterizado por un patrón de concentración de la propiedad
que solamente ha cedido ante la racionalización exigida por los
procesos mismos de modernización, que desplazan a los grandes
latifundios de más de 2.500 hectáreas a zonas marginales; no
obstante, en los escenarios de la "modernización
agrícola" tampoco hay democratización o siquiera una
agilización de los mercados de tierras, como lo evidencia la
elevada participación de la renta territorial en los costos de
producción
24
. El
resultado de la vigencia de esta estructura y de las opciones
tecnológicas adoptadas para el desarrollo agropecuario, es el
volumen de "excedentes" laborales, para los
cuales la única solución visualizada por las clases dominantes
colombianas y por su Estado es la colonización. A pesar de ello, la
atención para las zonas en donde ella ha cristalizado una
alternativa para los desplazados, tampoco ha implicado la
asignación de recursos ni el tipo de intervenciones requeridas para
constituir una solución efectiva. Lo anterior, no obstante la
significación que el proceso de apertura fronteriza ha tenido para
la expansión de las superficies destinadas a la agricultura y a la
ganadería vinculadas al mercado nacional y aun al
internacional.
Esta significación se da en un sentido doble y complementario:
de una parte el volumen de población incorporado actualmente a la
colonización en las distintas regiones de frontera, calculado en
más de un millón doscientas mil personas, según lo ilustra el
cuadro 1; por otra, la expansión de la superficie agrícola y de la
producción agropecuaria del país. En cuanto al segundo aspecto, el
Incora -según referencia de M. Jimeno-, ha calculado en 3.4
millones de hectáreas la superficie incorporada por colonizaciones
entre 1960 y 1980
25
, a lo cual se adiciona la
participación de estas tierras en la producción.
Cuadro 1
Población total en las áreas de colonización
1951-1980
| ZONA
|
1951
|
1964
|
1973
|
1980
|
| Llano abierto
|
45.025
|
74.504
|
119.687
|
137.223
|
| Pie de monte llanero
|
17.529
|
35.378
|
67.135
|
128.766
|
| Caquetá |
40.950
|
103.718
|
186.500
|
271.754
|
| Amazonia
|
50.031
|
82.645
|
106.100
|
160.926
|
| Región suroccidental |
98.299
|
153.834
|
154.759
|
155.762
|
| Urabá |
45.473
|
127.802
|
177.034
|
236.545
|
| Región andina central |
77.142
|
124.393
|
159.337
|
187.750
|
| Total
|
374.449
|
702.273
|
970.552
|
1.278.726
|
Fuente: D. Giraldo, L. Ladrón de Guevara,
Desarrollo y
Colonización. El raso colombiano, LISTA, Bogotá, 1981, cuadro
17, con base en DANE (censos), SEM y proyecciones de
población.
A pesar del significado que ofrece la colonización para el
modelo de desarrollo agrario, cuyas contradicciones aminora en una
y otra forma, la asignación de los recursos del Estado pareciera
sin embargo dirigir se a reproducir los conflictos generados en el
interior de la frontera agrícola. Los indicadores de esta tendencia
son los siguientes: En primer lugar, y a pesar de privilegiarse la
titulación de baldíos frente a otras acciones de reforma agraria,
en las zonas de mayor atención del Estado (Arauca, Meta y Caquetá)
en 1980, solamente se habían otorgado títulos sobre menos de la
mitad de las tierras colonizadas (se titularon 1.353.000 hectáreas
de 3.400.000 colonizadas
26
); teniendo en cuenta que el título
constituye requisito indispensable para el otorgamiento de los
créditos es fácil suponer que estos recursos se han orientado hacia
el desarrollo de la agricultura comercial, y en proporciones
inferiores a las del interior de la frontera, para la agricultura
tradicional, según se desprende de las cifras sobre producción y la
participación en ellas de cada subsector. Así, en las áreas de
colonización, la agricultura moderna participa en un 75.8% dentro
de la producción y los cultivos tradicionales en un 16.1%,
proporciones que para el resto del país son del 45.1% y el 31.8%
respectivamente
27
.
Cuadro 2
Superficie cultivada en el país y en las áreas de colonización
según tipos de cultivos
1975
| Tipos de cultivo
|
Superficie cultivada nacional (Miles Ha.)
|
%
|
Superficie cultivada en las áreas de colonización (Miles de
Ha.)
|
%
|
| Agroindustriales
|
1.077.0
|
40.4
|
63.7
|
37.3
|
| Mixtos
|
716.8
|
26.9
|
77.2
|
45.2
|
| Tradicionales
|
869.9
|
32.7
|
29.8
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17.5
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| Total
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2.663.7
|
100.0
|
170.7
|
100.0
|
Fuente: D. Giraldo y L. Ladrón de Guevara,
Desarrollo y
Colonización..., cuadro 315, con base en cifras del Sector
Agropecuario, Ministerio de Agricultura.
No deja de ser inquietante que, al menos hasta mediados del
decenio pasado, el 70% de los recursos aplicados a la colonización,
que superaba los 68 millones de dólares, provenían de fuentes
externas (AID, BID, BIRF), según datos del Incora
28
. Teniendo en cuenta el
efecto disruptivo que estos recursos tienen en la débil
estructuración de la política sectorial colombiana, por las
limitaciones institucionales de las entidades responsables del
diseño, dirección y coordinación de la misma, es comprensible la
falta de coherencia entre los múltiples diagnósticos elaborados
sobre los problemas de la estructura agraria y las acciones
establecidas para corregirlos.
Considerando la estrecha relación existente entre las dinámicas
generadas dentro de tales estructuras agrarias, y específicamente
entre la violencia de las décadas de 1950 y 1960 y los procesos de
ampliación de la frontera, se presenta a continuación una reseña de
los principales hitos de la epopeya colonizadora durante ese
período.
La violencia y las colonizaciones campesinas
La transición de la sociedad colombiana hacia el desarrollo
capitalista afrontó la adecuación de un conjunto de estructuras
políticas, económicas y sociales a las exigencias del nuevo
ordenamiento. Ello hacía referencia a la propiedad territorial, las
formas de trabajo y la organización de la producción y las
estructuras del poder a nivel local, regional y nacional. Con ellas
se encontraban vinculadas las relaciones internacionales del país,
nivel que también incidió en las peculiaridades de la
transformación capitalista de Colombia.
Las estructuras agrarias, sacudidas por décadas de conflictos,
se adecuaron en un lento proceso con grandes diferenciaciones
regionales, pero sin alterar el patrón de predominancia de la gran
propiedad. Ciertamente en muchas zonas desaparecieron las extensas
haciendas que habían dominado hasta la primera mitad del siglo,
pero ellas dieron paso a explotaciones de tipo agroindustrial, ya
no poseídas por "un señor de la tierra", sino por
una sociedad de empresarios en los que, de todas maneras, estaban
representados los primeros o sus descendientes.
Según un estudio reciente de CEGA (Corporación de Estudios
Ganaderos y Agrícolas), la tendencia de la estructura de la
propiedad ha sido la del desplazamiento de las grandes unidades
(mayores de 2.500 hectáreas) hacia las zonas marginales y con
deficiente calidad de suelos. Sin embargo, no puede decirse que las
zonas en donde antes primara una gran hacienda, fueran escenario de
una redistribución de la misma: por efectos tributarios, de
racionalidad económica y a veces por la presión campesina, los
antiguos latifundios de miles de hectáreas fueron divididos, dando
lugar a la organización de explotaciones más reducidas, pero sin
que por ello concluyera el control monopolístico de la propiedad
territorial. Este proceso, muy diferenciado regionalmente de
acuerdo con la dinámica de los mercados, el comportamiento de los
epicentros locales, etc., no significó entonces un cambio sostenido
a favor de las economías campesinas. En algunos lugares, como en el
sur del Tolima, o en la vertiente occidental de la cordillera
Central, a raíz de la Ley 200 de 1936 y de procesos anteriores de
colonizaciones aldeanas, se habían configurado importantes núcleos
campesinos que dieron lugar inclusive al surgimiento de mercados
locales de cierta importancia (Barragán, Ceilán, Versalles, en la
cordillera Central, por ejemplo). Sin embargo, la profundización de
los conflictos condujo en muchas zonas a la liquidación de estos
núcleos campesinos; en otros casos, se produjeron emigraciones
masivas, quedando algunos asentamientos que posteriormente lograron
alguna recuperación.
En el tráfago de la guerra, algunos grupos campesinos se
desplazaron hacia zonas marginales del interior de la frontera,
estableciendo colonizaciones como la de El Davis y Marquetalia en
el Tolima, o el Alto Duda y Alto Ariari en el Meta, el Magdalena
Medio y el Urabá principalmente antioqueño. Otras, se orientaron
propiamente hacia las fronteras, como ocurrió con Arauca, Caquetá,
el Guaviare, etc., iniciando procesos como el que ocupa este
estudio, en los pliegues de la serranía de La Macarena.
Varias de estas últimas aventuras colonizadoras, en especial las
de El Davis, Marquetalia, el Alto Ariari y el Alto Duda,
principalmente, ofrecen una particularidad de gran importancia como
es su organización político-gremial, rasgo que aparentemente le ha
proporcionado a estos asentamientos una estabilidad comparativa,
frente a otros casos de colonización campesina. Este rasgo tuvo
mucho que ver con la experiencia política de los campesinos que
participaron en los conflictos de los años 20 y 30 en las regiones
del Tequendama, Sumapaz, oriente y sur del Tolima, al lado de la
UNIR (Unión Nacional Independiente Revolucionaria), del Partido
Socialista Revolucionario, y finalmente, del Partido Comunista, con
el cual se desarrollaron experiencias de autodefensa y de guerra
irregular.
En este rasgo también han confluido otros elementos de carácter
cultural. Marco Palacios en su estudio ya citado, menciona la
persistencia de los lazos familiares en los asentamientos
campesinos, lazos que viabilizan el apoyo a las empresas de
colonización y que dieron continuidad a los
"linajes" en los núcleos de la resistencia armada
y en las nuevas colonizaciones. A este respecto, es necesario decir
que la organización, ya asumiera funciones políticas, militares,
gremiales o familiares, ha constituido definitivamente la clave
para comprender la continuidad de un movimiento colonizador que a
lo largo de casi un siglo, y partiendo de Nuevo Colón o Ramiriquí,
en Boyacá, transmontó una y otra vez la cordillera para llegar a
asentarse -por ahora- en las márgenes del Ariari o del Güejar. Esta
misma organización, que asimiló el aporte del "servicio
militar obligatorio... para los de ruana", ha sido capaz
de dar una respuesta militar, tanto en las épocas de "la
violencia", como en las de la "Seguridad
Nacional" a los cuerpos armados del Estado y a las
formaciones paramilitares; sin embargo, esta capacidad no puede
calificar al conjunto de esta vertiente de colonización campesina,
como no la pueden calificar de manera exclusiva otras facetas
organizativas que ha debido asumir en su historia.
La colonización de La Macarena
Al comparar los rasgos del proceso de colonización de las
vertientes y pie de montes colombianos con los testimonios
recogidos en el trabajo de campo, surge la épica de estos
campesinos como una historia cien veces contada. No obstante, la
riqueza de las memorias personales pone en evidencia ciertos
matices que bien vale la pena resaltar.
Según vimos, el proceso colonizador que ha expandido la frontera
agrícola del país, resulta de las condiciones de la apropiación
territorial en el interior de la misma, esto es el de la estructura
agraria. A su vez, este proceso de colonización, estimulado por el
propio Estado a través de las políticas sobre baldíos y por sus
"colonizaciones dirigidas", se convierte en la
"válvula" de escape para las presiones generadas
en el interior de la frontera, resultantes de la concentración de
la propiedad y de las limitantes para la expansión del empleo
urbano.
Esta constante del proceso colonizador está presente en cada
episodio de la expansión sobre el territorio. No obstante, existe
un conjunto de particularidades, presente en cada región
colonizada, todas las cuales, curiosamente, tienden a concurrir en
la colonización de La Macarena; ella se convierte entonces en la
"suma" de nuestro proceso de expansión
territorial y por tanto no es de extrañar la inquietud del Estado
ante el proceso, pero también ante la convergencia de fuerzas
adversas dentro de un contexto que aparece cada vez más articulado
con la dinámica política y económica del conjunto de la nación.
El círculo
migración-colonización-conflicto-migración
Tal vez es en esta región en donde con mayor nitidez se aprecia
esta constante del proceso colonizador del país. El proceso se
inició, en no pocos casos y según el testimonio de varios de los
viejos pobladores, en el Tolima y en el Valle. Con respecto a La
Macarena, los hechos más recientes, asociados con el surgimiento de
los cultivos ilegales, con la implantación del movimiento
guerrillero y con la consolidación de la organización gremial y
política de oposición entre buena parte de los colonos (sindicatos
agrarios, Partido Comunista-Unión Patriótica) configuran el
contexto actual de la movilización campesina. Sin embargo, afloran
aquí algunas particularidades que es preciso considerar.
En primer lugar, al examinar las
zonas de origen, que
como se verá corresponden en algunos casos al Tolima pero también
al Valle y al Magdalena Medio, se destaca cómo ellas corresponden a
"fronteras cerradas", esto es, bolsones de
baldíos incrustados en el interior de la frontera agrícola. En
todos estos casos, el proceso colonizador y la posterior expansión
latifundista ganadera sobre las "mejoras" conduce
a la expulsión de los colonos contra los "bordes"
de estas regiones y de allí hacia las "fronteras
abiertas". En los asentamientos de esta región se han
hecho presentes ciertas modalidades, ligadas estrechamente con la
configuración histórica de esta corriente colonizadora. En la
generación de los conflictos han intervenido con mayor fuerza los
componentes políticos y militares, lo cual compromete más
profundamente al Estado en la dinámica que allí se genera. Por otra
parte, la vinculación relativamente temprana de los cultivos
ilegales (marihuana, coca) ha estimulado procesos económicos y
sociales (acumulación de base para la diversificación económica),
todo lo cual, aunado al carácter "abierto" de
esta frontera, ha significado la gradual articulación de una
"macro-región" integrada a los mercados
cordilleranos aledaños pero poseedora de dinámicas propias en su
interior.
La dinámica regional de la colonización
La perspectiva de la "macro-región",
correspondiente a la Orinoquia y la Amazonia, ha sido incluso
percibida por algunos políticos, temerosos de la erosión de su
poder regional, quienes creen advertir la supuesta amenaza de
secesión de una "república amazónica". En esta
hipótesis converge como antecedente, la vieja idea de las
"repúblicas independientes", como fueron
calificadas las zonas de autodefensa campesina, constituidas por
colonos de "fronteras internas" en los comienzos
de los años 60. Tal idea fue esgrimida por dirigentes políticos
adversos al movimiento agrario y sirvió de base para una compleja
estrategia militar y política que apuntó hacia la
"reincorporación" de estas zonas al dominio
político tradicional liberal-conservador.
Independientemente de estos antecedentes, la hipótesis de la
"república amazónica" corresponde a una
interpretación particular de la configuración de este nuevo espacio
en el cual la característica de una "frontera
abierta", de un gran espacio, equivalente a más del 40%
del territorio nacional, converge con un caudaloso y heterogéneo
torrente social, compuesto por individuos, familias y comunidades,
quede una u otra forma se han constituido en
herederos de
las anteriores experiencias de colonización.
Este último punto da cabida a un contenido aún más complejo, por
cuanto el fenómeno colonizador colombiano está estrechamente ligado
al conjunto de las sociedades agrarias del país. Remite a los
sistemas de relaciones familiares, sociales y políticas del mundo
rural colombiano, los cuales han actuado como vehículo en distintos
procesos de movilización, como las migraciones y la colonización,
la autodefensa, los desplazamientos hacia las ciudades y los
asentamientos en las mismas, y la misma participación
electoral.
Estos elementos, articulados dentro de esa gran
"frontera abierta" permiten reproducir un amplio
espectro de procesos sociales, culturales y políticos; allí están,
entonces, las tradiciones de los "sindicatos
agrarios" de los años 30 y 40 y la disciplina que hizo
posible las marchas de La Galilea, el Sumapaz y el Duda; también
los "compadrazgos" y clientelas de los
"mineros" de Muzo y Cozcuez, entroncados con la
organización del narcotráfico, así como las tradiciones de las
"guerrillas de paz" y las vindictas
"anti-cachiporros", que continúan entrelazadas en
guerra a muerte contra los herederos de los viejos guerrilleros
comunistas. Pero al lado de estos componentes viajan y se asientan
en estos territorios otros elementos de las culturas campesinas
andinas, como las prácticas agrícolas y, ganaderas, con resultados
poco favorables para el hábitat amazónico, restos de las
tradiciones alimentarias, etc.
Por otra parte, la estructuración regional en el largo plazo ha
seguido un patrón tradicional, si bien enriquecido con nuevas
dinámicas. En esta estructuración se ubica el surgimiento de los
epicentros y su jerarquización de acuerdo con las funciones que
cumplen tales epicentros: Villavicencio, proveedor de mercancías
(herramientas, medicinas, pólvora, anzuelos, etc.) y centro para la
temprana comercialización de la balata y las pieles, de la
"marimba" y la coca más tarde; Granada,
posteriormente, Vistahermosa y Piñalito, en la medida en que se
retiraba la frontera y, más abajo, una multitud de caseríos (La
Carpa, El Silencio, Puerto Nuevo, Cachicamo, Nueva Colombia) cuyo
destino depende ahora no solamente de la ventura de los
colonizadores sino de la incógnita de guerra o paz que pende sobre
toda la república pero particularmente sobre estos territorios.
Esta circunstancia enmarca buena parte de los rasgos de la
colonización, particularmente en la
"macro-región" que nos ocupa. Se trata ahora de
un fenómeno vivido anteriormente pero con magnitudes nunca
alcanzadas previamente: las contradicciones económicas y sociales
han llevado a la formación de una nueva sociedad en una frontera en
la cual está ausente el Estado. Pero su vacío comienza a ser
llenado por el desarrollo de los gérmenes de organización que traen
los colonos, y con los cuales buscan soluciones a sus necesidades
de educación, de salud, vías, etc. Es la magnitud del germen de un
nuevo Estado.
Así, el escenario de esta colonización es, definitivamente, el
del otro capítulo de la sociedad colombiana, en el cual se
proyectan los resultados de la inflexibilidad de las estructuras
productivas y políticas de la "frontera interna",
pero en la cual se comienza a construir un espacio y una
colectividad, con aprendizajes duramente logrados al conquistar y
esculpir este nuevo mundo.
|
1
|
Ver, por ejemplo: Orlando Fals Borda,
Historia Doble de la
Costa: Mompós y Loba, Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1979;
Germán Colmenares,
Cali: Terratenientes, Mineros y
Comerciantes, U. del Valle, Cali, 1975; Álvaro López Toro,
Migración y Cambio Social en Antioquia durante el Siglo
XIX. CEDE, U. de los Andes, Bogotá. 1970.
|
|
2
|
Marco Palacios, "La propiedad agraria en Cundinamarca
1880-1970: un esbozo sobre la sociedad de las tierras
templadas". Trabajo presentado ante el Simposio sobre el
Mundo Rural Colombiano, FAES, Medellín, 1981.
|
|
3
|
Ver Jesús Antonio Bejarano, "Campesinado, Luchas
Agrarias e Historia Social en Colombia notas para un balance
historiográfico", en: Pablo González Casanova
(Coordinador),
Historia Política de los Campesinos
Latinoamericanos, Tomo 3. Siglo XXI Editores, México, 1985,
pp. 15-16.
|
|
4
|
Ver José Antonio Ocampo,
Colombia y la Economía Mundial
1830-1910, Siglo XXI Editores, Bogotá, 1984.
|
|
5
|
James J. Parsons,
Antioqueño Colonization in western
Colombia, University of California Press, Berkeley, 1949.
|
|
6
|
Álvaro López Toro,
Migración y cambio social en Antioquia
durante el siglo diecinueve, CEDE, Uniandes, Bogotá,
1970.
|
|
7
|
Mariano Arango,
Café, e Industria, Carlos Valencia
Editores, Bogotá, 1977. También Keith Christie,
Oligarcas,
Campesinos y Políticos en Colombia, U. Nacional, Bogotá,
1986.
|
|
8
|
A. López Toro,
Op. cit., p. 19.
|
|
9
|
Ibídem, p. 37 y siguientes.
|
|
10
|
Comentando la relación que entonces se dio entre las
instituciones estatales y las comunidades de colonos, López Toro
advertía con una premonición plenamente válida para las condiciones
actuales de la colonización: "Si las expectativas de
aquellos pioneros hubiesen auspiciado la consolidación del
latifundio en las nuevas colonias, es presumible que la vigencia de
la ley, la preservación de orden público y el control de los
conflictos sociales se hubieran convertido en problemas insolubles
para una administración pública tan inestable como la de Colombia
durante el siglo pasado",
Op. cit., p. 43.
|
|
11
|
Mariano Arango,
Op. cit.
|
|
12
|
Jorge Villegas, "La Colonización de vertiente del
siglo XIX en Colombia",
Estudios Rurales
Latinoamericanos, Vol. 1, No. 2, Bogotá, 1978.
|
|
13
|
Un caso ilustrativo lo constituyó la hacienda de El Hato, al
suroriente de Bogotá: luego de haber pertenecido a una comunidad
religiosa, fue adquirida por un laico, cuando apenas contaba con
300 hectáreas; su extensión abarcaba en los años 30, poco más de
12.000 hectáreas.
|
|
14
|
Marco Palacios,
La propiedad agraria en Cundinamarca,
1880-1970:
Un esbozo sobre la sociedad de las tierras
templadas, FAES, Medellín, 1981.
|
|
15
|
Juan Sebastián Betancur,
El debate sobre Reforma
Agraria, FEDESARROLLO, Bogotá, 1986.
|
|
16
|
Ver: Absalón Machado.
Políticas Agrarias en Colombia.
CID, U. Nacional, Bogotá, 1986.
|
|
17
|
Ver: Gloria Gaitán,
Las luchas por la tierra en
Colombia, Tercer Mundo, Bogotá, 1975.
|
|
18
|
Ver: Marcos Palacios,
Op. cit.
|
|
19
|
Jesús Antonio Bejarano "Orígenes del Problema
Agrario", en varios,
La Agricultura Colombiana en cl
siglo XIX, Colcultura, Bogotá, 1976.
|
|
20
|
Diego L. Giraldo, Laureano Ladrón de Guevara,
Desarrollo y
Colonización. El Caso Colombiano, Universidad de Santo Tomás,
Bogotá, 1981, p. 56.
|
|
21
|
Absalón Machado,
Políticas Agrarias en Colombia,
1900-1960, CID, Universidad Nacional, Bogotá, 1986, p. 114 y
siguientes.
|
|
22
|
Ibídem.
|
|
23
|
Economía Colombiana, Nos. 160-161, agosto-septiembre, 1984,
Bogotá.
|
|
24
|
Ver: Banco Ganadero, informe anual, Bogotá, diciembre,
1985.
|
|
25
|
Myriam Jimeno, "La descomposición de la colonización
campesina en Colombia",
Estudios Rurales
Latinoamericanos. Vol. 6, No. 1, Bogotá, 1983, p. 66.
|
|
26
|
Ibídem, p. 73.
|
|
27
|
D. Giraldo y L. Ladrón de Guevara,
Op. cit., p.
101.
|
|
28
|
M. Jimeno, Op. cit., p. 72.
|
|