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La colonización: voces y
caminos
Alfredo Molano Bravo
Vistahermosa
Salimos de Bogotá el 17 de junio de 1986, llenos de entusiasmo y
cargados de mapas, rollos de fotografías, casetes, y con un mercado
que la prudencia más que la experiencia nos había aconsejado
comprar. En aquel momento, la imagen que teníamos sobre la Reserva
de La Macarena era la que nos habíamos formado a través de la
prensa y que se reducía a dos hechos: el control de la guerrilla
comunista y la generalización de los cultivos de coca. Tenemos que
confesar que esta imagen nos seducía y a la vez nos
atemorizaba.
Al atardecer llegamos a Vistahermosa, un pequeño pueblo situado
al sureste de los Llanos de San Juan de Arama, en el extremo de un
extenso banco de sabanas que divide las aguas del Güejar y del
Ariari. Desde la plaza principal -que dicho sea de paso no queda en
el centro del pueblo ni está presidida por una iglesia- pudimos
observar los avances de la colonización sobre las vegas del Güejar
y sobre los pliegues orientales de la serranía. Vistahermosa,
fundada hacia 1960, ha sido uno de los epicentros más dinámicos de
poblamiento de la zona.
Vistahermosa también ha sido el escenario donde han chocado dos
fuerzas al parecer irreconciliables. De un lado, los colonos, que,
desde fines de los años cincuenta, han abierto las selvas, y que
poco a poco han encontrado en el cultivo de la coca un renglón
productivo de alta rentabilidad. Hoy, según censo de la Universidad
Nacional, son unos 35.000 y se hallan organizados en sindicatos y
juntas vecinales. De otro lado están los grandes hacendados, los
narcotraficantes, y los políticos tradicionales. Ambas fuerzas se
disputan el control económico y político de la región, generando un
enfrentamiento radical entre la guerrilla y los grupos llamados
paramilitares, que han dejado hasta el momento -mediados de 1988-
un centenar de muertos.
No quisimos comenzar nuestro trabajo en Vistahermosa sino en la
propia serranía, y por tal motivo, después de elaborar un
itinerario y de contratar un guía
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, salimos hacia Maracaibo, pequeño
caserío situado "en la pata del cerro", donde, se
nos aseguró, podríamos constatar directamente el estado de la
colonización y realizar algunas entrevistas con fundadores.
No nos fue difícil encontrar en Maracaibo un colono dispuesto a
conversar con nosotros y así, sin preámbulo, el
"Mico" Fernández nos contó su historia.
El "Mico" Fernández
"Cuando nosotros llegamos Belarmina venía criando,
o sea que si la mona tiene 14 años, eso llevamos aquí. En Maya,
Cundinamarca, nos aburrimos de lo puro pobres y de ver crecer la
familia sin futuro. Allá, todas son haciendas; uno vive en la
tierra de uno, pero trabaja en la de otro y así no rinde el
trabajo. Yo era encargado en la hacienda de don Carlos Vidales, y a
Belarmina le pagaban por asistir a los trabajadores. Con ella los
patronos eran cumplidos, pero conmigo no, y esa fue la razón del
aburrimiento. Un día venía yo de traer unas bestias y me encontré
con Evelio; me dijo: 'Hola Mico, vámonos para Vistahermosa que por
allá eso es bueno'. Ahí mismo le contesté: Para antier. Volví a la
casa y le dije a ella: alísteme la ropa, que me voy.
"Nos vinimos con Evelio, solos, a mirar. Subimos el
Sardinata desde Puerto Triste y llegamos aquí a Maracaibo. Esto era
un mero punto. Había dos ranchos y unas mejoras. Con Evelio
buscamos para arriba un plano bonito y trochamos la pica en cuadro,
saliendo de donde el vecino. Paramos un rancho de Pa roid y
tumbamos dos hectáreas. Ah í metimos unos colinos de plátano que
nos prestaron y nos devolvimos por la familia.
"De Maya a Villavicencio viajamos en camión:
veníamos ella y yo, porque Evelio se había quedado, tres niñas y la
crianza, cuatro; una vaca parida como ella, una mula, un. caballito
entero, un potro, dos marranos, una pareja de gallinetas y un baúl
con ropa. De Villavicencio a Vistahermosa también, viajamos en
camión. De aquí buscamos el río, y salimos de Puerto Triste como a
las dos de la tarde. El motorista estaba borracho y andaba, por el
río de, lado a lado. Temíamos que nos fracasara. porque llovía y
llovía. Era junio. Uno debajo de ese mar de agua que no dejaba seca
ni la lengua, se aburría del miedo. Caímos aquí a las seis de, la
tarde. Manicruzados. Nos paramos en la puerta de un rancho que
habían hecho, como por no dejar, porque el agua se entraba por
arriba. y por debajo. Ella acomodó los críos en la hamaca y les
echó un mosquitero por encima. Nosotros buscamos una orilla seca y
nos acurrucamos a esperar que amaneciera. Esa noche no quería.
amanecer. Yo creo que si Belarmina hubiera tenido aunque fuera dos
pesos, se devuelve.
"El rozado con plátano que habíamos hecho con
Evelio, ya estaba reventando. Se dio solo, porque en esta tierra no
había ni Dios. Fuimos con la mujer y comenzamos a trabajar. A eso
habíamos venido. Derribamos en junta., yo con el hacha y ella con
la rula; yo en la tala, y ella en la socola. Los niños, en la casa.
A pura fuerza dimos los primeros pasos, porque aquí no había
colaboración: solo don Sergio, el fundador del pueblo, -el que
después hizo el trazo-, tenía un rancho habitado; en los demás, que
eran pocos, no había ni perros. Los pobladores habían fracasado y
se, habían, ido. Al principio hay mucha derrota. Los fracasos se
suman pero no se pierden, porque después, los que llegan, los
aprovechan. Yo veo que eso nos pasó a nosotros.
"Esa vez, no pudimos quemar porque en junio no se
quema, se, hace es un tapado. Hay dos cosechas, la 'de año' que se
siembra en marzo, y la de septiembre, llamada en Maya de 'mitaca' o
"travesia", que aquí mentan 'machuco.' La 'de
año' se coge en junio o julio, la 'machuca.' en enero. La 'de año'
es más segura, (la más, pero vale menos, porque a todo el mundo le
va bien; en cambio, la de 'travesía' la pueden coger los hielos; da
menos pero vale más, si tiene suerte y los demás no. Esa vez no
coronamos. Derribamos hectárea y media y le botamos maíz, al mes y
medio estaba reventando, pero -no dio. La, de malas. A hectárea y
media se le cogen, por malo, unas veinte caigas de maíz; pero esa
vez no le cogimos ni tres bultos en nacura, es decir, en amero. Los
ratones se lo jartaron en la mata. Pero con la siguiente, 'de año',
nos fue bien: a dos hectáreas y media le cogimos setenta cargas.
Eso ya daba esperanzas. El arrastre de la carga al puerto salía 15
pesos y se rendía a 90. Siempre ,fue que quedó. Como no se gastaba
nada, todo era tumbar, quemar y botar la semilla, porque no había
con qué desyerbar. Ahí, tocamos el centavo.
"En esos días, todo lo que se ve hoy despejado era
guáimaro, guacamayo, bolso, tambor
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. No había vivientes. Cuando tumbamos y
quemamos, comenzó a entrar gente. Había que acomodarla sin
disgustos. Aquí nunca ha habido disgustos por picas. Cada cual
respeta y eso es el todo de que no haya peleas. El rastrojo
comenzaba a salir al otro día. Regentaba primero la guacamaya, el
escobillo, un palo que llaman sancochado, después salía al arboloco
y la varasanta. A cada rozado le sacábamos hasta l as tres m a nos,
la 'de año': la 'machuca' y otra vez la 'de año'. Después había que
dejarlo enrastrojar, hasta que engrosaran los palos y a los dos o
tres años, se le podía volver a botar candela otra vez.
"Con el maíz que vendimos, a buen precio, compramos
25 hectáreas a don Leonel por 1.400 pesos. Era una mejora, que el
hombre tuvo que vender- porque se enfermó. La tierra daba, pero
entonces uno se enfermaba mucho. Esa era la contra. En esos tiempos
de atrás, las sementeras eran fuertes, pero como uno llegaba débil
del hambre que aguantaba, no había compensación. Nosotras nos
enfermamos mucho. Cuando ella caía, yo lavaba la ropa, y cuando yo
caía, ella cogía el hacha. Nosotros hemos sido parejos para el
trabajo. Le arrancamos a lo que salga. A la niña mayor le dio mal
de tierra, seguro por lo desnutrida que venía y se la comía antes
de heredarla. Por eso se hinchó; se le hincharon hasta lo pelos.
Había un 'hermano' por allá arriba, que sabía de hierbas y le
formuló jugo de badea hervido con ajos, canela y aguardiente. Con
eso se alentó.
"Yo no sufrí de nada, gracias al Santísimo. El
hígado me acongojaba de vez en criando y me botaba a la cama, pero
una enfermedad de ,fiebre, nunca. Solo una vez que me picó la
taya-equis. Venía yo del caño, cuando sentí en la corva como un
chuzón. Creí que era una rama atravesada, alumbré con el foco ;y
miré dos picaduras como de vampiro. Dije: no me ponga yo de
confianzudo, eso es una. culebra. Miré por los lados y sí, ahí
estaba enchipada, lista a mandarse otra vez. Cuando la distinguí,
se me vino el mundo encima, se me subió todo lo que andaba, por
dentro, derecho a la cabeza y allá se agolpó. Sonaba como un timbo
.y la sangre corría para arriba a meterse allí,. Creí que me iba a
estallar. Cuando llegué a la casa, ella me hizo un caldo con harto
cilantro y harto ajo. Peor, ¡Ave María ; entonces sí fue. cierto.
Sentía que me rompía. La pata no la podía tener en. pie, me tocó
alzarla para arriba y colgarla de urca piola. El dolor no se podía
aguantar. Comencé a vomitar, boté lo que había, jactado en un, mes.
Ella llamó al 'hermano'. Llegó rápido eso sí, porque de lo
contrario, me entierran. El cliente llegó, me rezó, yo comencé a
sentir, ahí mismo, el alivio, volví a respirar porque el resuello
amagaba con irse para siempre. El hombre hizo una cruz en la
herida, me dio una copa de aguardiente con cola, de gurre, y ya...
pasó. Me viera las finas. No estaba maduro para morirme.
"Era que en lo antiguo había mucho animal.. La
marisca se desperdiciaba. Había, mucho araguato, paujil, pava,
gualí, cafuche. Se topaba danta hasta de 16 arrobas. Tan grandes
eran que tenían menudo congo la res. Había, marimbas y marimondas,
cusumbos. ¡Qué no había! Si uno no cazaba era. porque le daba
pereza hacer el tiro. Había otras veces, como me pasó, que ni
haciendo el tiro caía el bicho porque había también mucho
encantamiento.
"En una vez eché a salir con unos clientes recién
llegados, no los conocía ni sabía, de sus antecedentes. Resultaron
ser malpajorros, sabían rezar. Subimos hasta el filo de la pata del
cerro dizque a mariscar; anduvimos horas enmontados, cuando en un
oscuro se me perdieron. Dije yo, no puede ser, ¡malaya vida! Los
anduve buscando por harto rato, pero nada, puro silencio. Nada se
movía. Habrán volado, pensé. Bueno, dije, lo que es no me pierdo en
una loma de estas. Si no me pierdo en la vida, tampoco aquí. Busqué
un caño y seguí el agua, Caminé y caminé, descansé un rato y caminé
otra vez en medio de ese monte. En esas, un ruido raro se fue
acercando: me dio miedo y paré la escopeta, una macoca que tenía
papeles. Era un oso. Así, por ahí de uno con cincuenta, negro,
peludo y de gafas blancas. Yo que miro semejante animal tan grande,
y con tanta fuerza y le apunto. Estaba a escasos cuatro metros y no
podía darle la espalda. Le apunté bien apuntado y tiré: nada. No se
mosquió. Me hice para atrás, volví a cargar, descargué bien en
la mira y nada. El tiro salía pero no le daba. El oso
me miró,
mirado, de, eso que uno sabe que miró, me mostró los dientes; me
voltió el culo y se fue. Sin duda, me habían rezado la macoca, los
malpajorros.
"Cuando volví le conté a ella. Me dijo: 'mire que
dicen que cuando rezan una escopeta hay que ensayarla haciéndole el
tiro a un blanco y si no se le da, es que está rezada. Si. está
rezada hay que buscar un gualice macho con giba, y hacerle el tiro.
Después, lavar la escopeta bien lavada con agua tibia y sal,
colgarla y amarrarla a las seis de la tarde a un palo de varasanta
que tenga -como saben tener-, hasta hormiga. Uno tiene que ir con
cotizas de caucho bien saladas. Una vez amarrada al palo, se quita
uno la cotiza y con ella hay que largarle una fuetera mientras la
insulta: sinvergüenza, despreciada, mala mujer, pancha, monda, y
otra vez sinvergüenza, despreciada, mala mujer, pincha, monda. Así,
hasta que uno siente que le duele. Entonces se deja la macoca
amarrada toda la noche. Al otro día hay que madrugar y cuando el
sol sale, apuntarle a él, y hacerle el tiro. Pero todavía no se
puede usar. Hay que esperar y toparse con un zorro, entonces sí. Si
el animal muere, el rezo sirvió, si no, la escopeta sigue
encantada'.
"Le hice el remedio, busqué el zorro y cayó. Estaba
curada. Después la ensayé con una marimba, y también. Con un venado
cachiforrado y también. Me volvió a ser fiel.
"En ese entonces, había también mucho pescado:
amarillo, rayado, payara, sardinata, bocachico, yamú y cuchas. En
el caño Guapaya se cogía hasta rayado de cuero, nicuro y yagué.
Había para dar y convidar. No se pescaba como ahora con atarraya
sino con dinamita y barbasco. ¡Uno de bruto! La dinamita era menos
mala que el barbasco, porque el barbasco corre con el agua y acaba
con todo. De una sola mano cogíamos hasta 300 ó 400 pescados. Por
eso se acabó. Por ahí hace unos cinco años, daba tristeza asomarse
a un caño. No había sino agua. Cuando llegaron los 'guerreros'
prohibieron el barbasco y la pólvora. Toda la pólvora. De ahí para
acá, ha vuelto a verse el pescado.
"En las 25 hectáreas que le compramos a don Leonel,
botamos maíz y arroz; la platanera ya: estaba dando, y teníamos
para ajustar, una yuquera y un pedazo de huerta, con cilantro,
cebolla y tomate. Como uno en Maya estaba acostumbrado a sembrar
hasta en la tierra que tiene en las orejas, nos pusimos a sembrar.
La tierra era buena. Desde que vi que tenía guaduales dije: esta es
la tierra. Porque hay que saber. No toda tierra, por bonita que se
vea, es buena. Hay una que pinta bien, como la de todas esas fincas
que se, ven para la 'pata del cerro' y la que hay arriba, de la
cresta para dentro, pero que cuando uno va a ver, es puro capote.
Son tierras capotudas. Uno camina y se va enterrando porque es pura
hojarasca jecha y podrida. Eso es lo que mantiene ahí la selva. Son
hojas encima de hojas y hojas, así quién sabe por cuántos años: un
arrume de pura hoja. Uno se hunde ahí. Pero debajo, la tierra es
arenosa o gredosa, para nada sirve. No se dan ni las malas mañas
debajo de ese capote. Si se quema, sale la tierra amarilla y ya
nada se puede hacer. Por eso la gente no quema ahí.
"La primera cosecha que echamos en la finca nueva
fue muy buena. Nos dejó bastante. Habíamos trabajado eso sí duro,
pero así es lo bonito; que el trabajo no se pierda. Teníamos
entonces yuca, plátano y arroz; maíz y auyama. Dijimos, pongamos
ahora cerdos. Nos metimos con los marranos que habíamos traído,
parieron y esa fue la semilla. Llegamos a tener cuarenta marranos
horqueteados en un lote de 5 hectáreas. Poco a poco hicimos la
marranera, mientras acabamos de tumbar en el rastrojo. Pero un buen
día, la marranera se vino abajo. A los cerdos les dio como peste;
unos se las prendieron a otros y a los otros, y así a todos. Les
daban tumores en la piel, se echaban y no se podían parar. Perdimos
lo que habíamos hecho, todo el plátano que les habíamos dado y la
yuca y el trabajo que iba ahí adentro; pero bueno -pensamos- lo de
Dios es así: un día bueno y otro malo. Al fin, la finca estaba
salvada, ya estaba limpia y hasta habíamos empezado a sembrar
pasto.
"Antes de la peste habíamos vendido unos marranos y
con eso compramos dos mulas, más la que teníamos, más el caballo,
cuatro bestias. Me puse a hacer arriería. De Maracaibo a
Vistahermosa; viaje para allá y viaje para acá. Hice socia con don
Sergio. Belarmina me preparaba el desayuno y sólo con él me iba;
volvía a comer. En Vistahermosa me tomaba una cerveza, cargaba y
para Maracaibo otra vez. Arriaba todo el día. Madrugaba, cargaba y
le hacía. Así duramos bastante.
"Ya habían entrado para esas fechas otros
fundadores. Lo nuestro comenzó a quedar en la entrada del pueblo.
Ella daba partijas y yo trabajaba en la arriería, así volvimos a
pararnos. Cogíamos cosechas buenas y cosechas malas; a la larga
compensaba. y, temiendo uno el flete, poco a poco la moneda se
dejaba apañar. Cuando hubo modo, le comprarnos a un vecino que se
arruinó, 40 hectáreas. Ahí fuimos metiendo ganado.
"De Maya habíamos traído una vaca parida que
llamábamos la Feria. Nos dio más de ocho crías. Con esa leche
levantamos a los pelados y con la vaca fuimos haciendo el hatico.
En esta finca sembrarnos sólo braquiaria, un pasto muy guapo que no
echa, para atrás ni dejándolo enmontar. Después compramos un macho
y un toro, que llamamos 'el Muñeco', por tres mil quinientos
pesos.
"Con esas platicas que se apoyaban unas en otras,
comprábamos lo que necesitábamos y el resto lo guardábamos para
comprar otra novilla. Después hicimos la casa, aquí en Maracaibo,
pensando en. la, escuela para, los pelados y en montar una tienda,
que fuimos surtiendo hasta que abrimos los billares.
"No nos ha ido mal. Eso no. Tampoco nos hemos hecho
ricos. El trabajo da lo que era él se pone. Ahora, todo depende de
que haya, paz porque si esto se daña, volvemos a las mismas, y ya
estando uno entrado en años, se vuelve mañoso".
Esa noche nos hospedamos en El Internado, una concentración
escolar que sostiene la diócesis del Ariari porque está ubicada
dentro de la Reserva y por tanto cae fuera del programa de
Educación Contratada del gobierno. Se educan allí 200 niños, la
mitad internos, y cuenta ya con primero de bachillerato. Lo dirigen
siete profesores y lo administran conjuntamente con la diócesis, la
junta de padres de familia y la Junta de Acción Comunal.
El desayuno -siempre lo recordaremos- fue exquisito y generoso.
Arepas de maíz pelado, huevos pericos con picado de danta y
chocolate. Cuando estábamos terminando y nos disponíamos a salir,
llegó un muchacho de unos 30 años, fornido y desenvuelto. Se sentó,
no nos equivocamos al suponer que se trataba de un guerrillero.
Fríamente nos comunicó que el comandante quería hablar con
nosotros.
A una hora larga de camino, nos encontramos a boca de jarro, con
los dos primeros "muchachos", uniformados de
verde oliva y armados con fusiles. Nos saludaron y nos condujeron
hasta una casa. Allí se encontraba el comandante Emilio, quien se
presentó como tal. Muy seco, el hombre mandó destapar una docena de
Coca-colas y una botella de ron, sin importarle que fueran las ocho
y media de la mañana.
Emilio nos interrogó hasta que se consideró satisfecho con
nuestras respuestas y poco a poco-mitad por el ron, mitad por la
simpatía que el equipo deliberadamente desplegaba- se mostró
dispuesto a decirnos quiénes eran.
Emilio
Emilio nació en Chaparral, Tolima, en el año 50. Su padre peleó
al lado de los célebres hermanos Loaiza, dirigentes liberales de
las guerrillas del sur del Tolima, y de Isauro Yosa, el mayor
Lister, fundador con Manuel Marulanda,
"Tirofijo", de la llamada República Independiente
de Marquetalia. Cuando las guerrillas del sur del Tolima se
dividieron entre "limpios" y
"comunes", es decir, entre liberales y
comunistas, el padre de Emilio huyó al Guamo, donde trabajó
clandestinamente. Hacia 1960 se trasladó a vivir con su familia a
Medellín del Ariari -donde Isauro Yosa tenía finca- y luego compró
unas mejoras en Lejanías. Allí reanudó su actividad política a
favor del partido liberal, hasta que murió en 1971. La madre de
Emilio lo reemplazó en el trabajo y en la política. Llegó a ser
diputada a la Asamblea del Meta. "Todas las escuelas de
Lejanías -recuerda Emilio- las hizo ella. Tenía mucho empuje, era
corajuda y por eso la tenían entre ojos. Estuvo con el pueblo hasta
que el partido liberal estuvo con los pobres. Después renunció al
liberalismo y, se volvió comunista. Entonces la mataron. Yo le
había prometido que lo que era yo no prestaba el servicio militar.
Ella estuvo de acuerdo. Cuando me vinieron a echar para el cuartel,
yo salí fue para el monte y me uní a las guerrillas. Yo estoy aquí
en memoria de ella".
Quisimos ampliar un poco el tema sobre las guerrillas del
Tolima, con la intención de conocer más sobre este movimiento, pero
Emilio nos dijo: "el que sabe de eso es
Efraín".
Efraín, un campesino que desde el comienzo de la entrevista
había estado observándonos, se reía al otro lado de la mesa porque
sabía que la conversación iría a llegar a ese punto.
Efraín
"A 'Tirofijo', es decir a Pedro Antonio Marín como
se llama de pila, no lo han llamado siempre así. Yo lo vine a
distinguir cuando lo mentaban Pedro Vitrolas. Vivíamos en Génova
(Quindío), éramos primos, porque su padre era hermano del mío. Lo
apodaban así porque en esa tierra había muchachas bonitas,
volantonas, y Pedro se regalaba siempre para cargar la vitrola.
Donde se armaba la fiesta allá caía Pedro con la máquina. En ese
tiempo había que moler la música. El se sentaba a moler ahí sin
enamorar a las muchachas, con el sombrero bien echado sobre los
ojos. Miraba, pero no bailaba.
"Bailaba era con el machete. De allí. tuvo que
salir pitado, porque una vez se embocinó con un hombre grande;
Pedro tenía la edad que yo tenía, 16 años. Estaba como siempre,
sentado, dándole de comer a la vitrola, cuando llegó el otro
haciendo galantiados con el poncho y alardes de caballería y de
infantería. Se había botado mucho aguardiente. Dijo: 'aquí no hay
hombres para pelear'. Pedro seguía con su sombrero, callado,
mirando la máquina. El otro amagó y amagó, hasta que Pedro fue
cogiendo una rula y le salió. A las primeras, recibió dos
trincherazos que lo dejaron en el suelo. El otro se mandó a
cuchillo, porque en el suelo no se puede dar machete. No que no se
pueda, sino que es peligroso. Hay gente que se tira al suelo porque
se tiene más agilidad, y si el enemigo se acerca:, le quiebran las
putas. Por eso, los que saben de careos a machete, no se arriman al
caído sino con la pala. Yo pensé que a Pedro lo iban a rematar.
Pero no. Volteaba como una culebra, no había manera de ensartarlo,
hasta que en una de esas vueltacanelas que sabía hacer, acabó la
pelea..
"Nos criaron en Génova, sin escuela. No es como
dicen por ahí que nuestra tía, Francisca Marín, Doña Pacha, había
sido maestra. Mentiras. Si él no sabía leer ni escribir. Ahora es
que le tocó aprender, porque con tanta declaración y tanta firma de
pactos, le tocó por fuerza. Pero él no sabía coger un gis, ni sabía
para qué era.
"Salimos a trabajar en Ceylán. El trabajaba por los
lados de Puerto Frazadas, era aserrador. Andareguió por el Dovio,
por un lado y otro. Aserrando y jornaleando, haciendo lo que le
saliera. El volvía a la casa por tiempos, contaba mucho cosa que
había hecho, que esto, que lo otro, que lo de más allá. Mi papá nos
decía. 'embustes de Pedro, no le crean' Yo le hice oídos a mi papá,
pero mi hermanó no, y se fue con Pedro. Se volaron para los lados
de Cumbal. Formaron entre los dos una. guerrilla para trabajar. A
mi hermano lo llamaban 'Metralla' y ellos hicieron una muy buena
socia. Cuando arrimaban a la casa contaban sus cuentos, pero nadie
les creía.
"En el 49, la policía chulavita se tomó a Ceylán,
que era un pueblito netamente liberal. Nosotros vivíamos en la
finca. Cuando supimos del incendio y de la huida de todas esas
familias, mi papá mandó matar una novilla para darle comida al que
fuera llegando. Nos acusaron de ayudar a la chusma y nos tocó huir.
En la casa dejamos un viviente; al resto del personal nos tocó
guachimaniar. Dormíamos de día y volteábamos de noche. A los días
llegó una comisión mandada por 'Lamparilla' y 'Pájaro Azul'
buscando a Pedro. Lo buscaban dizque para darle coloca. Engaños,
era para pelarlo. Ahí supimos que no eran mentiras lo que
contaban
"Pero no lo volví a ver. Se perdió del mapa del
mundo. Yo me puse a trabajar formal, hasta que reparé que Pedro
Antonio, mi primo, era el mismo que mentaban Manuel Marulanda
Vélez, 'Tirofijo', y que mandaba en Marquetalia. Yo le escribí una
carta larga, pero no me contestó a pesar de que ya él también había
aprendido a escribir".
La entrevista con Emilio no fue tan ilustrativa como
esperábamos, ni la de Marín tan rica como se anunció en un
comienzo, pero ambas dejaron cabos sueltos que pronto pudimos
atar.
De Maracaibo salimos al atardecer y a las cinco de la tarde
llegamos a Caño Negro, que estaba crecido porque el invierno
comenzaba a generalizarse. Pasamos con el agua a la cintura y al
otro lado nos esperaba un antioqueño con una botella de aguardiente
"para quitarnos lo mojado" según nos dijo.
Comenzó a hablarnos, sin que mediara pregunta alguna, del
Procurador Jiménez Gómez, a quien llamaba el
"bienmembrado", porque era el único empleado
oficial que llamaba a la coca por su nombre.
El problema -agregó ya en tono de discurso cuando notó que
habíamos prendido la grabadora- es que se necesita que se digan las
cosas como son:
"Aquí habemos más de 5.000 familias y cada día
entran más. La semana pasada llegaron seis, con niños y con corotos
a fundarse donde hubiera un claro. Si aquí hay tierras, tierras
buenas, ¿por qué no nos las dan? ¿Para qué queremos micos gordos y
bonitos y campesinos flacos y hambrientos? Para los micos está. él
Amazonas y para nosotros los campesinos ésta tierra. Hay que
levantar la Reserva y dar crédito; ¿ para qué más estudios y más
pendejadas, investigaciones é informes tontarrones? Tierra y
trabajo es lo qué sé necesita.. Habiendo dé lo uno y de lo otro, se
acaban tantos problemas como hay por aquí.. Si el Inderena
reconociera qué aquí. hay miles dé brazos trabajando, si el Incora
diera títulos y la Caja créditos, él problema se acaba porque se
acaba. Pero no. No levantan la Reserva porque tendrían qué
reconocer qué esa. política fue un fracaso. Entonces ignoran que
existen. colonos para no deslindar y mientras tanto, habiendo como
hay tanta. hambre y necesidad de trabajar, la: Reserva se llena de
gente. Si a nosotros nos dicen, hasta aquí es la Reserva, nosotros
mismos cuidados de que otro no se entre. Pero si nos dicen que
estarnos metidos dentro dé la Reserva y qué lo que tenemos es qué
salirnos, peces nosotros antes metemos más gente para qué les quedé
más difícil sacarnos. Si no hay deslinde, de todos modos hay
colonización, y va habiendo progreso así sea a los puños. Es que el
gobierno no entiende sino así".
Poco habló el hombre, pero claro.
A nuestro regreso a Vistahermosa nos esperaban los miembros de
la Junta Directiva del Sindicato de Pequeños Agricultores, para una
entrevista que habíamos acordado antes de nuestra partida para
Maracaibo.
El sindicato de pequeños agricultores
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La colonización de La Macarena -según el sindicato- comenzó
hacia el año 1960 con gente que entró por el camino de San Juan.
Provenían de todas partes del país, pero principalmente del Tolima,
del Valle y de Antioquia. Un primer grupo se ubicó en las fértiles
vegas del río Güejar; otro, pasándolo, colonizó la hoya del río
Sanza, y un tercero, abrió la zona norte de La Macarena, entre la
serranía y lo que es hoy el municipio de Mesetas. Una vez que estas
regiones fueron ocupadas, los inmigrantes siguieron los cursos de
los ríos Güejar ,y Cunimía hasta encontrarse con la colonización
que venía siguiendo el curso del río Ariari.
Es cierto que esta gran área había sido ya explorada y explotada
por otros fundadores antes de los años setenta. De una parte,
durante las primeras décadas del siglo, los caucheros explotaron
-sin mucho éxito por lo demás- las selvas del Ariari, Güejar y
Guayabero, teniendo como sede la hacienda Colombia de los señores
Herrera y Uribe. También por la misma época se trató de explotar el
oro de aluvión en los ríos Guape, Ariari y Güejar con suerte
adversa, por lo cual esta actividad no pasó de ser un mero
"cateo". Entre los años veinte y cuarenta, las
compañías petroleras (Shell y Texas) exploraron el territorio y
realizaron algunos sondeos sin hallazgos de importancia económica.
En los años cuarenta y cincuenta la explotación de maderas finas,
tales como el cedro y el abarco, conoció un enorme impulso,
vinculando a la zona no solo a pequeños aserradores sino a
compañías de importancia. Por último, en los años cincuenta y
sesenta la cacería y la pesca constituyeron renglones comerciales
de primer orden.
Para la colonización actual, estas actividades en su conjunto
tuvieron dos consecuencias relevantes. De un lado, vincularon a un
gran número de campesinos a la región, y de otro, abrieron trochas
y caminos que facilitaron y estimularon luego la ocupación.
Los caminos, se ha dicho, son el esqueleto de la colonización,
y, es cierto. La red de trochas y caminos fueron, y son, en La
Macarena los ejes vitales del proceso. Ella es el testimonio de la
exploración y su resultado; ella llama a los colonos a la aventura
de fundarse; ella sirve de lindero y punto de partida a los recién
llegados y se constituye en la base y fuente de la toponimia; por
ella, en fin, el colono circula y hace circular sus bienes.
Las vías centrales de la zona de Vistahermosa, según el
sindicato, fueron el antiguo camino entre San Juan y La Uribe, del
que se desprendieron las trochas hacia la Reserva, y el río Güejar
por el cual subió una punta de colonización desde el Ariari. A
partir de estos ejes centrales se abrieron nuevas rutas hacia el
Sanza, Maracaibo, Puerto Micas, Puerto Triste, Piñalito y Puerto
Toledo; amén de las trochas que construyó el Incora a partir de la
carretera hacia Vistahermosa en los años 1966-1968.
Nos ilustró también el sindicato que los colonos tienden a
ubicarse por colonias de origen. Así, por ejemplo, los Medina
(Cundinamarca) se asentaron en el caño Sardinata; mientras que los
antioqueños y caldenses escogieron las trochas 22 y 33; los
vallunos lo hicieron en las vegas del Guapaya; en Caño Blanco, los
santandereanos, y en Puerto Triste, los huilenses.
Quisimos averiguar sobre la manera como los pioneros se
establecen y nos relataron diversos casos, que en su conjunto
coinciden con la historia que nos contó en Maracaibo el
"Mico" Fernández.
Los fundadores suelen llegar solos o en grupos compuestos por
dos o tres hombres adultos. En esta etapa no se dan casos de
muchachos jóvenes o de familias constituidas. Llegan con los
instrumentos de trabajo más necesarios: hacha, machete y, a veces,
escopeta. Traen también tela asfáltica (Paroid), recipientes y,
naturalmente, una remesa muy reducida compuesta por sal, pastas,
que acostumbran comer en gran cantidad, panela y algunas cajas de
sardinas. Se supone que el colono no dura en esta primera fase más
de dos meses internado, y que la cacería y la pesca le proveen de
carne. En este lapso el fundador ubica un área, "taja la
pica", es decir hace los linderos y tumba un pedazo de
selva para construir un rancho, sembrar yuca y maíz. Esta operación
se hace regularmente en agosto, de tal manera que en diciembre y
enero, cuando regrese con la familia, a hacer lo que se llama
"la derriba", ya el maíz está produciendo.
"La derriba" es la apertura de la selva en una
extensión promedio de cinco hectáreas, que luego, en enero y
febrero, quema, para sembrar con las primeras lluvias, en marzo.
Así inicia el colono su ciclo.
Muchos pioneros se adentran en la selva siguiendo las trochas
abiertas por los aserradores o por los tigrilleros, pues aseguran
que donde se da el abarco y el cedro, así como donde hay tigre y
danta, la tierra es de una calidad superior. Además de que en
muchos casos les evita hacer el "primer abierto",
y hasta suelen encontrar en algunos sitios yuca, plátano y maíz, ya
sembrado por los tigrilleros y por los aserradores.
Ahora bien, un rasgo generalizado en esta primera etapa es que
el trabajo es colectivo. El "brazo prestado", la
"fuerza ganada" son expresiones que designan las
formas de asociación para realizar trabajos colectivos que van
desde las picas, para deslindar las posesiones, hasta las trochas,
para entrar el ganado y sacar la cosecha, pasando por la derriba,
la siembra, la recolección y el acarreo. La fórmula es sencilla: un
fundador trabaja un determinado tiempo en la mejora de otro, a
condición de que ese tiempo de trabajo sea devuelto al primero.
Naturalmente el rendimiento es mayor y sobre todo, la asociación,
proporciona compañía y seguridad. El colono, nos decía algún
miembro del sindicato, es un solitario, pero no por gusto.
Hay otros que suelen llegar "al corte" o
"línea de descumbre" o "raya" a
comprar directamente la mejora, lo que supone, por supuesto, una
"base" o un ahorro en dinero para realizar la
operación. Hay fundadores que se dedican exclusivamente a este
negocio. Habilitan la tierra y la venden y se trasladan a otro
lugar. Es el colono profesional. Pero ello da lugar eventualmente a
la concentración de mejoras y a la creación de grandes haciendas.
En la margen izquierda del Güejar, los ganaderos de San Juan se
dedicaron a comprar mejoras. Se cita el caso de los Benjumea, ricos
hacendados que ampliaron escandalosamente sus propiedades a costa
de la compra o despojo abierto de las posesiones a colonos.
Este caso dio lugar a la ampliación y al fortalecimiento del
sindicato, el cual comenzó como una asociación para invadir
propiedades en San Juan, cuyos títulos eran -o se sospechaba-
ilegales o, por lo menos, precarios. Pero en la medida en que la
colonización avanzó sobre la reserva, el sindicato, que era la
única autoridad reconocida por los colonos, amplió su cobertura y
funciones. No sólo defendía a los "invasores" en
San Juan, sino a los colonos del Güejar frente a la expansión de
los latifundistas, y poco a poco, llegó a intervenir para resolver
diferencias de linderos entre fundadores, ubicar recién llegados,
definir uso de aguas, declarar vedas de caza y pesca, y
naturalmente, arreglar problemas entre marido y mujer. Fallaba
sobre casos concretos, basado en la comunidad de vecinos, hasta
establecer un verdadero código tácito por todos acatado. El Estado,
por supuesto, ignoraba la existencia de este movimiento
colonizador, y si llegó a enterarse de algún conflicto, falló en
contra de los colonos y a favor de los grandes propietarios, como
es el caso de los Benjumea. El sindicato creó un clima de paz y de
respeto entre los colonizadores. Pero cuando Vistahermosa fue
erigida en municipio y el gobierno central nombró alcalde, la
situación comenzó a descomponerse, porque de hecho más que de
derecho -aunque suene paradójico- el Estado entró a desconocer las
funciones del sindicato, sus fallos y, sobre todo, sus modalidades
empíricas y populares de administrar justicia. Los hacendados se
sintieron fuertes, los comerciantes apuntalados, y los pícaros -que
abundan en toda colonización- entrevieron la posibilidad del
soborno y de la impunidad. Estas afirmaciones no solo fueron
sostenidas por los miembros del sindicato, sino -como se verá a
través del estudio- por diversos colonos y campesinos.
Esa noche, Marcos Arenas, un colono fundador del sindicato, y un
gran conversador, traía constantemente casos de la vida cotidiana
para apoyar sus tesis. Fue así como en la grabación quedaron
consignados trozos autobiográficos, que ilados y concatenados,
dieron por resultado el siguiente testimonio.
Marcos Arenas
Nació en Pasca, Cundinamarca. hijo de un campesino pobre que
pagaba "la obligación" a los señores Ramírez,
propietarios de una gran hacienda llamada El Salitre. Marcos creció
entre la rabia .y el miedo que le producían los patrones, hasta que
conoció a Juan de la Cruz Varela y supo del ataque a la Policía en
La Cuncia: allí las guerrillas liberales les asestaron un severo
golpe. Entonces -dice- se sintió "guapo de
repente" y decidió ayudar al movimiento a escondidas de la
familia, porque sus hermanos, que eran combatientes, lo
consideraban peligroso por lo enclenque. Su actividad por aquellos
días -1952- se redujo a ser estafeta y como tal conoció a muchos de
los comandantes guerrilleros. Cuenta que, precisamente, él fue
quien le entregó a Juan de la Cruz una carta firmada por varios
dirigentes liberales, entre los cuales recuerda los nombres de
Rafael Rangel, comandante de las guerrillas del Magdalena Medio, y
de Guadalupe Salcedo, general de los llaneros. En ella invitaban a
Varela a sumarse a las conversaciones de paz que luego se
concretarían en la amnistía que Rojas Pinilla otorgó a los alzados
en armas en 1953. Según la versión de Arenas, Juan de la Cruz
reunió a los comandantes de Sumapaz y palabra más, palabra menos,
les dijo: "Aquí les presentó estas cartas de otros frentes
guerrilleros que ya han pactado la paz con el gobierno. Nosotros
comprendemos muy bien que la paz, siendo necesaria, no va a ser
duradera, pero creo que nos va a tocar seguir el mismo camino de la
otra gente y negociar, o mejor, hacer un simulacro de entrega de
armas. Solos nada podemos hacer en adelante, aunque solos hayamos
luchado hasta hoy. De todos modos continuaremos la lucha a través
de los sindicatos por la revolución colombiana que apenas
comienza".
En efecto, días después, se efectuó la entrega de armas en
Cabrera ante el general Duarte Blum. A renglón seguido Juan de la
Cruz dejó en libertad a sus hombres para trabajar donde
quisieran.
Fue así como Arenas salió primero para Fusagasugá y luego para
la Sabana de Bogotá. Siguiendo las orientaciones de Varela,
colaboró en la fundación del sindicato de El Rosal en Subachoque
(Cundinamarca) y, luego se dirigió a Fuente de Oro (Meta). Allí
conoció a Dumar Aljure, amo y, señor de la región: trabajó con él,
pero pronto aparecieron divergencias insalvables. Aljure era
enfermizamente anticomunista y tuvo, a través de su accidentada
vida, varios encuentros armados con los hombres de Juan de la Cruz.
En Fuente de Oro, Arenas se dedicó a la organización de células,
hasta cuando lo detuvo la Policía por una carta enviada al Comité
Central solicitando material de agitación, que cayó en manos del
"detectivismo". Pero la acusación no era muy
sólida y obtuvo su libertad en Granada.
Granada era, por aquellos días, un hervidero, motivo por el cual
se dirigió a San Juan de Arama buscando trabajo. Llegó a
Vistahermosa en el año 65. La colonización de La Macarena se había
ya iniciado con gente venida principalmente del Tolima y del
Sumapaz. Conocía a muchos de los recién llegados. Algunos habían
participado en la Columna de Marcha, otros habían combatido con el
mayor Lister en el Davis, y otros, por último, habían sufrido los
embates del hambre y de la violencia en diferentes partes del país
y llegaban derrotados a buscar trabajo, pero encontrarlo no era
fácil. De un lado estaban los propietarios de las haciendas: de
otro lado, la selva de La Macarena, en ese tiempo bajo tutela de la
C.V.M. Los colonos, a instancias de Arenas y de otro veterano
luchador. Rafael Reyes
4
, fundaron el sindicato de Vistahermosa,
sasesorados por la Organización Sindical del Alto Ariari.
"Sucedía -cuenta Arenas- que en todas esas sabanas
existían varios hatos como Corozal, Crisantero, Yopal, Lejías y
Talanqueras; tenían miles y miles de hectáreas; el más pequeño que
era Lejías tenía 14.000 hectáreas. Eran hatos viejos, no tenían
escritura pública ni nada. Eso nos favoreció. La situación de la
gente era grave, venían con necesidad. Nosotros con temor,
decidimos hacerle el tiro a los hatos: le echamos mano a las leyes
del Incora y comenzamos a invadir. Tuvimos luchas. Los ricos nos
ahucharon la Policía y el Ejército. El dueño del Hato Yopal que era
un militar retirado, trajo la tropa y la. paso a vivir en la propia
casa de la hacienda. Nos atacó mucho, pero nosotros fuimos
colonizando lentamente. Nos apresaban, pero otros hacían lo que
tenían que hacer. Teníamos la, lección del Sumapaz porque en eso
habíamos nacido. Hacíamos ranchos por la noche, y en la mañana
estaban parados. Los tumbaban, y los volvíamos a levantar. Nos
colaboró mucho un sacerdote, el padre Miguel Ruiz, y también, para
qué va uno a decirlo contrario, el Incora. El gerente regional del
instituto, el doctor Miguel Martínez, fue personalmente a conversa
r con el comandante del Batallón en Granada para impedir que nos
atropellaran, y eso nos dio un respiro para constituirnos en Junta
de Colonos. Nos organizamos de tal manera que si caía uno, los
otros seguían. Muchas veces el Incora tuvo que conversar también
con los terratenientes, porque ellos también resultaron amenazados.
De todos modos recuperamos ocho predios. De ahí salieron dos mil
fincas para los colonos, y las pusimos a producir, y fundamos
cooperativas y empresas comunitarias".
Seguramente el anuncio de que el Estado estaba resolviendo el
problema de tierras en San Juan, atrajo una nueva ola de
colonizadores, porque -agrega Arenas-
"Dio en llegar gente de todas partes. Abrieron las
tierras del Zanza, las vegas del Güejar y llevaron el corte bien
lejos. ¿Qué podíamos hacer? No nos podíamos quedar manicruzados,
teníamos que comer. El sindicato había ganado la pelea. en San Juan
y al ver el tumulto de gente que llegaba, se metió a colaborarle, a
ubicarla, y a sacarla adelante. En ese tiempo nadie nos dijo que
había una vaina que se llamaba la Reserva, nadie nos comunicó una
prohibición. Había una oficina de la C.V.M. manejada por unos
corrompidos que dejaban hacer matazones de animales con solo
untarles la mano. Prohibían la pesca, pero ellos sí
pescaban.
"En el año 69 la cosa se agravó porque llegaron de
Bogotá con el cuento de la Reserva y entonces decretaron que todo
mundo tenía que salir, costara lo que costara. El sindicato se
opuso y le salió a la lucha. Cuando eso se echó a oír hablar del
Inderena, que entró derecho a hacernos descolonizar, a hacernos
desocupar. No valían razones, hasta que hicimos un frente común
entre liberales y comunistas y nos fuimos para Bogotá a investigar.
Encontramos un defensor en la persona del doctor Eduardo Serna
Vallejo. La propuesta que le hicimos al gobierno fue la de reducir
la Reserva para no tener que descolonizar, con la promesa de
impedir nosotros mismos nuevas colonizaciones. El doctor Carlos
Lleras aceptó la idea, y el 23 de agosto de ese año mandó una
comisión de alto gobierno integrada por el gobernador del Meta, el
comandante de la 7a. Brigada, el gerente general del Incora y el
gerente del Inderena.
"Ese día se inauguró una escuela que habíamos
construido con aportes del mismo Incora. En ella nos reunimos
todos. A mí me tocó llegar la vocería. Pedía la reducción de la
Reserva y la construcción de, una trocha por las faldas de la
serranía que separara las mejoras de los últimos colonos y la
montaña virgen. Pedimos que el gobierno amojonara y pusiera
letreros:
'Prohibida la entrada. Reserva Nacional de la
Macarena'. La discusión fue bastante larga, pero al fin
aceptaron la reducción. Para definir el límite de la nueva Reserva,
propusimos que lo trazara una comisión integrada en un 50% por
colonos y en un 50% por el gobierno, y que sobre el terreno, lo
definiéramos. Nosotros pensábamos tirar la trocha por frente a San
Juan. Arrancar del río Güejar, bajarla por un punto que se llama.
ahora Costa Rica, seguir hasta otra vereda que se llama Yarumales y
luego por el pie de la cordillera hasta Maracaibo; de ahí buscar el
frente de la colonización y volver luego hacia el Güejar. Ellos
aceptaron en principio. La comisión de colonos quedó integrada por
Marcos Arenas, José Rodríguez y Pedro Angulo. El gobierno nombró
una comisión de topógrafos encabezada por el doctor Osías Porras,
ingeniero civil del Inderena.
"El acuerdo fue celebrado con aguardiente y mamona,
y todos quedamos de amigos. Nosotros confiados esperamos y
esperamos, hasta. que un día, llegó el doctor Parrado, desconoció
la comisión de colonos y tiró el nuevo lindero por donde le dio la
gana. Los colonos se enverracaron y al sindicato le tocó actuar
otra vez. La, gente salió con machetes y paró la comisión del
doctor Osías en seco. Yo y Pedro Angul o viajamos a Villavicencio a
poner la denuncia. Hablamos con unos y con otros, con cl
gobernador, con el Incora, con el Inderena, con la Caja Agraria y
dimos una entrevista por la Voz del Llano.
"El gobierno no tenía nada qué hacer, y llamó a la
comisión, prometiendo mandar otra, para hacer el deslinde de,
acuerdo con los colonos. Pasaron los días y nadie apareció. Tiempo
después llegó una, comisión, de la Universidad Nacional. Nosotros
seguimos trabajando y actuando.
"En el año 1971, el Inderena le quitó ala reserva
500.000 hectáreas de las cuales el Incora adjudicó 8.000 a 365
prestatarios, dio títulos y la Caja prestó plata. Así, nosotros
creíamos que habíamos ganado, pero unos años después, el gobierno
volvió a quitarnos los títulos y a cerrarnos los créditos, y el
problema siguió, y peor que antes, porque hoy habemos unas 10.000
familias dentro de la Reserva que no tenemos reversa. Si nos
hubieran cumplido lo que, acordamos con el gobierno de Lleras, hoy
la Reserva no estaría invadida. Nosotros hubiéramos podido hacerla
respetar".
Pedro Angulo
Para obtener una visión más amplia de la historia y de las
opiniones que habíamos obtenido del sindicato, decidimos
entrevistar al mismo Pedro Angulo, dirigente liberal de
Vistahermosa y fundador del pueblo. La entrevista con don Pedro es
la siguiente:
-¿Dónde nació don Pedro?
-Soy pastuso.
-Y su familia, ¿de dónde era?
-De Barbacoas.
-¿Y cómo hizo usted para venir a reventar por estos
lados?
-Es una historia larga, muy larga.
-Nosotros no tenemos afán.
-Les cuento sólo los pasos, porque lo demás es cosa mía: Yo pagué
el servicio militar en el año 49, salí en el 50. Estuve en el
Batallón de Infantería No. 9 de Pasto.
-¿Y lo sacaron a pelear?
-No, yo entregué las bayonetas limpias, no quise pelear, no me
gusta la violencia. Cuando me retiré del Ejército volví a la casa,
después me puse a deambular, estuve en el Caquetá, manejando
motores fuera de borda y aserrando. En el 54 me vine para el
Llano.
-Pero ¿cómo llegó aquí, por qué aquí, don Pedro?
-Porque quería trabajar.
-Pero en otras partes, por ejemplo en el Caquetá, también
había trabajado...
-Sí, pero yo llegué aquí.
-Entonces?
-Primero estuve en Villavicencio, luego en San Martín, después en
Granada, Boca de Monte., Fuente de Oro, y por fin me vine para acá.
Esto eran sabanas y selva. Llegué de aserrador. Primero de. Granada
a Puerto Callos, después hacia Cana. guaro, por último San Juan y
el Güejar. Allí ya había colonos: Rubén Pardo, santandereano; Pedro
Nel y Ramón Arroyave, caldenses; Ernesto Oliveros, Cristóbal
Loaiza, Salomón Romero, José Castillo y mi persona. Comenzamos a
trabajar en la margen derecha del Güejar porque allá había más
madera. Estimábamos mucho la madera., no tumbábamos sino árboles
que, dieran por lo menos 90 piezas. No tumbábamos lo que no se
debía. Los aserradores somos destructores de bosques pero sólo de
sus maderas finas. Yo sé que ustedes quieren saber de eso, pero
también sé que tienen afán y no voy a demorarlos.
-Sí tenemos afán, pero de hablar con gente como usted...
queremos saber del pasado porque el presente lo estamos viendo. Qué
maderas apreciaban ustedes, don Pedro?
-Únicamente el cedro macho.
-¿No más?
- Pues había otras como el amarillo, el cedro amargo. No talábamos
sino los grandes repito, sólo los grandes y los que no estuvieran a
la orilla de los caños. El cedro macho no se da en lotes sino
desparramado. Uno salía de cacería, miraba donde estaban, estudiaba
la forma de tumbarlos y de sacarlos. Todo palo sirve. Uno analizaba
y volvía. Nosotros dejábamos lo que le iba a servir al colono, eso
no lo tocábamos, pero después él, como no podía sacarlo, lo
quemaba. Si. hubieran habido trochas buenas se habría podido sacar
alguna madera raliadita, y no se habría quemado, pero como no había
trochas, ni hay, la gente quemaba parejo. La madera barata no daba,
ni da, la base para sacarla. Faltan trochas. Nosotros comprábamos
los palos, aserrábamos y sacábamos; a veces hacíamos una cosecha de
maíz o de arroz para comer entre el monte. Por lo general
trabajamos con otros que eran los que compraban el palo y nos daban
la comida. Uno duraba los dos o tres meses en el puro corazón de la
selva. Había mucha cacería y con una escopeta se mantenía, uno.
Culebra había hasta para amarrarse los pantalones. Después de los
aserradores, poco a poco iban entrando los cultivadores, a veces
compraban el abierto, a veces se lo tomaban. Cuando salíamos nos
reuníamos por acá.
Así comenzó el pueblo, un día alguien dijo: vamos a hacer un
pueblo para que no nos toque ir hasta Granada, y lo hicimos.
Trazamos un parque. No teníamos escuadra, ni metro, .y por eso
quedó descuadrado. Después se comenzaron a trazar las manzanas 80 x
80 y 20 x 20 de calle. Organizarnos una Junta de Acción Comunal y
así fueron haciendo el trazo. Vistahermosa se fundó el 14 de abril
del afino 64; en el 69 se creó como municipio y fue inaugurado el 5
de abril del año 70. Se nos olvidó hacer iglesia porque aquí éramos
todos liberales o comunistas. En el 65 habían 17 casas, en. el 66
llegó el Rápido Acacías, en el 68 entró Incora y la C.V.M. Ese fue
el acabóse de la selva. Había tres tipos, funcionarios de la
C.V.M., les gustaba la plata y como llegaron a mandar, ellos eran
los que daban las licencias. La gente decía: 'quiero ir a tumbar,
bueno, preste para acá y tenga la licencia, sin mirar'. Yo digo que
prácticamente si no hubiera entrado la C.V.M. el bosque se hubiera
podido resguardar porque nosotros lo cuidábamos.
Los colonos siguieron llegando, avanzando. Después vino el
Inderena .y dijo que iba a trazar una línea divisoria: la selva
para allá, los colonos para acá. Pero no se llegó a tirar la. tal
línea. Ahora dicen que nos van a sacar.
Esto era todo un nacimiento de agua, allí en la loma, por
todo lado. El Inderena dejó desmontar y a nosotros los de la junta,
que estábamos protegiendo, no nos dejaron actuar y nos quitaron la
autoridad. Los colonos hoy ya dejamos avanzar la colonización a sus
anchas. Antes no.
Necesitamos una delimitación para que dejen los colonos que
están donde están; para que no vayan a presentarse problemas. Hay
que organizar al mismo colono para que cuide lo que queda, porque
nosotros somos los que necesitamos la Reserva, nosotros la
apoyamos, pero que no nos vayan a sacar... Nosotros mismos pedimos
que haya Reserva, queremos que siga pero donde exista monte, no
donde no haya. Nosotros entendemos que en La Macarena hay cosas que
no sabemos explotar y que se deben guardar, sabemos que hay uranio,
que es una de las partes más ricas que tiene la. Tierra, que hay
orquídea negra, que es una mata que el que la topa se vuelve
millonario, que hay quién sabe cuántas cosas. No somos enemigos de
que haya Reserva. Pero que saquen a la gente, sí es otra
cosa.
-Pero, don Pedro, hoy la mayoría de los colonos son
partidarios de la UP. Usted como liberal, ¿está de acuerdo en que
ellos manejen la Reserva
-He dicho muchas veces que quienes deberíamos hacer respetar la
Reserva somos los colonos, la gente del agro, los que vivimos aquí.
No importa si son o no son de la UP. Ellos, los comunistas, dominan
esto porque desgraciadamente los gobiernos conservadores y los
gobiernos liberales no han sabido apreciar al hombre del campo,
porque al hombre que trabaja, lo olvidan. En la serranía no hay
puestos de salud, no hay escuelas; no hay nada. ¿Cómo quieren que
un tipo que está a 8 ó 10 horas de camino, que sea liberal o
conservador, vaya a votar liberal o conservador, si nunca lo ayudan
? Vota descontento, vota por la UP, porque quiere decirle al
gobierno que está descontento. Si lo atendieran con escuelas y
puestos de salud, no votaría por la UP. Faltan gobiernos que nos
dén la mano como si fuéramos colombianos. Esta semana sacaron a una
señora podrida. Duró cinco días muerta y no la podían sacar porque
no había puente, entonces se descompuso, les tocó amarrar el cajón
para que no se toteara. Cuando el colono ve que el gobierno no le
colabora, pues vota contra el gobierno, esa es la inconformidad que
hay. No es que los 3.444 votos que salieron de la UP quieran decir
que ellos son comunistas, sino que están inconformes con el
gobierno por el mal trato que les ha dado. No sólo nuestro partido,
el liberal, es culpable, sino ambos, también el
conservador.
-Pedro don Pedro, mire le digo una cosita: supongamos que
hubiera delimitación y que hubiera carretera como ustedes piden,
¿la carretera no impulsaría la colonización hacia más
adentro?
-No. Si hay compromiso, eso se respeta. Cada colono se vuelve un
policía para hacer respetar el acuerdo.
Hace cuatro años Ortiz Bautista presentó un proyecto para
delimitar la Reserva. Es lógico que de ese tiempo a hoy ya hayan
entrado muchos colonos. Pero ellos aceptarían que los reubicaran en
otro lado. pagándoles sus mejoras, su trabajo. Los que están
afuera, de la raya, se encargan de no dejar entrar nuevos colonos,
de hacer respetar el acuerdo. Por eso no creo que una carretera
raya a impulsar más la colonización, siempre y cuando haya una
delimitación y siempre y cuando sean los colonos mismos los
encargados de cuidar.
Hace como dos años vinieron unos señores japoneses y rolaron
todo esto, por un lado y por otro. Hicieron los estudios para la
marginal de la selva. Dieron mucho detalle: para sacar la carretera
por Uribe a bajarla a San Vicente del Caguán y al Caquetá, habría
que hacerla por unos precipicios y unos cañones que hay en el Duda
muy profundos, saldría muy costosa. En cambio, si se sacara de San
Juan de Arama por La Bodega al pueblo de La Macarena, casi no
valdría sino la sola explanación, no habría que construir sino un
solo puente, el del río Güejar. Si por allá vale digamos cien mil
millones, por aquí sólo vale mil millones, cien veces metros. Estos
señores japoneses que vieron todo, hablaron también de una base,
arriba, en el centro de la serranía...
-Una base, ¿cómo así que una base, una, base de qué?
-Pues una base militar. De los guerrilleros no puede ser, porque
los guerrilleros no van a ubicarse en una parte así, entre un hoyo.
Los militares de Colombia, tampoco van a tener una base allá, ¿para
qué?
-¿De quién es la base? ¿Qué hacen allá ? ¿Qué están
explotando? Nosotros queremos saber.
-Ellos la vieron, nosotros no podemos afirmarlo, pero ellos sí. Es
una base que tiene de todo.
Nosotros queremos que se haga, una nueva delimitación como
para que la Reserva siga y se haga fuerte, pero también queremos
que sea nuestra, para, Colombia. No vaya a ser que se le esté
restringiendo la entrada, a los colombianos, pero se le esté dando
la entrada a los americanos o a quienes sean...
Don Pedro nos dejó pensando en lo de la base... Hace algunos
años, cuando estudiábamos en la universidad se agitó la cuestión de
la base militar en la serranía. Se decía que había aeropuertos
camuflados, que llegaban aviones, que había movimientos extraños.
La cosa la olvidamos.
Pero los colonos hablan hoy todavía de ciertos misterios de la
serranía. Se dice, por ejemplo, que anteriormente se oía un ruido
ensordecedor y se veían luces intermitentes; que los pocos que han
subido a la "cresta del cerro" han visto ciudades
enteras con calles, edificios y gente. Ciudades escondidas en lo
más profundo de la selva. Algún colono nos contó que en la cresta
de la serranía había una bola de cristal del tamaño de un balón de
fútbol que seguía al Sol, "daba vueltas con él; por la
mañana estaba mirando para el oriente, ,y por la tarde, al
occidente. Era una bola suspendida, cuando se oscurecía, la bola
perdía fuerza ,y se caía y el ruido que hacía era tan espantoso que
se oía en todas partes, por eso esos ruidos se oían por la
tardecita. Un día se nubló la sierra, iba a llover, cayó un rayo y
la partió. Entonces el ruido fue tremendo, como si hubiera
estallado una bomba atómica... desde ese día dejó de oírse el
bramido de la sierra".
La serranía tiene sus misterios. Es tan imponente que uno siente
cierto sobrecogimiento cuando la observa. El colono le pone colores
a esa sensación, y el hecho de que el gobierno defienda con tanto
énfasis la Reserva, pone a la gente a pensar... ¿qué será lo que se
reserva dentro de la Reserva? ¿Por qué el gobierno -se preguntan-
que nunca cumple nada, es tan estricto en lo de la Reserva? Estas
dudas unidas al misterio natural de la serranía conducen
necesariamente a versiones fantásticas, y no sólo de los
colonos.
En el año 70, por ejemplo, el general Matallana, entonces jefe
del DAS, hizo una investigación en Lomalinda, la sede del Instituto
Lingüístico de Verano, y concluyó que el gobierno carecía de
control sobre ciertas actividades realizadas por extranjeros,
generalmente norteamericanos, en la serranía de La Macarena,
"que ha sido objeto de permanentes excursiones de
reconocimiento, toma de muestras de suelo, marcación de puntos en
el terreno y actividades más o menos clandestinas"
5
.
Aquella noche, después de las entrevistas con el sindicato y con
don Pedro Angulo, y a raíz de las especulaciones sobre tesoros
escondidos y ruidos misteriosos en la serranía, decidimos irnos a
dormir. El día había sido extraordinario e intenso. Camino al
hotel, un funcionario del Inderena se nos acercó y, en tono
confidencial y, marcadamente académico, nos dijo: "Hay que
poner mucha atención a la trabazón interna y real de los fenómenos
-y agregó-, como ustedes deben saber, las determinaciones
axiológicas de los fenómenos tienen, por decirlo así, dos
dimensiones, una interna y otra externa". Continuamos sin
entender... "Hermano -le cortamos- hable claro".
"Bueno -dijo por fin- creo que en este problema de La
Macarena hay dos fuerzas reales interesadas. De una parte, los
Estados Unidos a través del Ejército, y de otra, la Unión
Soviética, a través de las FARC. La Macarena posee en sus entrañas
riquezas insospechadas, uranio, cobalto, materiales radiactivos
desconocidos, un verdadero emporio de materias primas para la
guerra de las galaxias". Nos quedamos mustios. No quisimos
-o no pudimos- hacer ningún comentario. Silencio. Cuando nos
despedimos, un miembro del equipo balbuceó: "Es decir, el
Pacto de Varsovia contra el Pacto de Defensa Mutua
Interamericana",
Aquella noche dormimos en paz.
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El "Mico" Fernández.
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Transportando indígenas
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Efraín
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Alfredo Molano discute con Mario Guerra
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Decretos de la Guerrilla
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Gallera de Piñalito
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El concejal Perea
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Ariari
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1
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Aldemar Rojas, quien fuera acesinado en el Guaviare un año
después.
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2
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Ver apéndice de nombres científicos.
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3
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De los cinco miembros que esa noche conversaron con nosotros,
tres han sido asesinados y uno ha tenido que huir de
Vistahermosa.
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4
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Asesinada en Granada en 1985.
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5
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Departamento Administrativo de Seguridad, Informe de la
Comisión de Lomalinda (mimeógrafo), s.f., s.l.
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