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La colonización: voces y caminos
Alfredo Molano Bravo
Vistahermosa

Salimos de Bogotá el 17 de junio de 1986, llenos de entusiasmo y cargados de mapas, rollos de fotografías, casetes, y con un mercado que la prudencia más que la experiencia nos había aconsejado comprar. En aquel momento, la imagen que teníamos sobre la Reserva de La Macarena era la que nos habíamos formado a través de la prensa y que se reducía a dos hechos: el control de la guerrilla comunista y la generalización de los cultivos de coca. Tenemos que confesar que esta imagen nos seducía y a la vez nos atemorizaba.

Al atardecer llegamos a Vistahermosa, un pequeño pueblo situado al sureste de los Llanos de San Juan de Arama, en el extremo de un extenso banco de sabanas que divide las aguas del Güejar y del Ariari. Desde la plaza principal -que dicho sea de paso no queda en el centro del pueblo ni está presidida por una iglesia- pudimos observar los avances de la colonización sobre las vegas del Güejar y sobre los pliegues orientales de la serranía. Vistahermosa, fundada hacia 1960, ha sido uno de los epicentros más dinámicos de poblamiento de la zona.

Vistahermosa también ha sido el escenario donde han chocado dos fuerzas al parecer irreconciliables. De un lado, los colonos, que, desde fines de los años cincuenta, han abierto las selvas, y que poco a poco han encontrado en el cultivo de la coca un renglón productivo de alta rentabilidad. Hoy, según censo de la Universidad Nacional, son unos 35.000 y se hallan organizados en sindicatos y juntas vecinales. De otro lado están los grandes hacendados, los narcotraficantes, y los políticos tradicionales. Ambas fuerzas se disputan el control económico y político de la región, generando un enfrentamiento radical entre la guerrilla y los grupos llamados paramilitares, que han dejado hasta el momento -mediados de 1988- un centenar de muertos.

No quisimos comenzar nuestro trabajo en Vistahermosa sino en la propia serranía, y por tal motivo, después de elaborar un itinerario y de contratar un guía 1 , salimos hacia Maracaibo, pequeño caserío situado "en la pata del cerro", donde, se nos aseguró, podríamos constatar directamente el estado de la colonización y realizar algunas entrevistas con fundadores.

No nos fue difícil encontrar en Maracaibo un colono dispuesto a conversar con nosotros y así, sin preámbulo, el "Mico" Fernández nos contó su historia.

 

El "Mico" Fernández

"Cuando nosotros llegamos Belarmina venía criando, o sea que si la mona tiene 14 años, eso llevamos aquí. En Maya, Cundinamarca, nos aburrimos de lo puro pobres y de ver crecer la familia sin futuro. Allá, todas son haciendas; uno vive en la tierra de uno, pero trabaja en la de otro y así no rinde el trabajo. Yo era encargado en la hacienda de don Carlos Vidales, y a Belarmina le pagaban por asistir a los trabajadores. Con ella los patronos eran cumplidos, pero conmigo no, y esa fue la razón del aburrimiento. Un día venía yo de traer unas bestias y me encontré con Evelio; me dijo: 'Hola Mico, vámonos para Vistahermosa que por allá eso es bueno'. Ahí mismo le contesté: Para antier. Volví a la casa y le dije a ella: alísteme la ropa, que me voy.

"Nos vinimos con Evelio, solos, a mirar. Subimos el Sardinata desde Puerto Triste y llegamos aquí a Maracaibo. Esto era un mero punto. Había dos ranchos y unas mejoras. Con Evelio buscamos para arriba un plano bonito y trochamos la pica en cuadro, saliendo de donde el vecino. Paramos un rancho de Pa roid y tumbamos dos hectáreas. Ah í metimos unos colinos de plátano que nos prestaron y nos devolvimos por la familia.

"De Maya a Villavicencio viajamos en camión: veníamos ella y yo, porque Evelio se había quedado, tres niñas y la crianza, cuatro; una vaca parida como ella, una mula, un. caballito entero, un potro, dos marranos, una pareja de gallinetas y un baúl con ropa. De Villavicencio a Vistahermosa también, viajamos en camión. De aquí buscamos el río, y salimos de Puerto Triste como a las dos de la tarde. El motorista estaba borracho y andaba, por el río de, lado a lado. Temíamos que nos fracasara. porque llovía y llovía. Era junio. Uno debajo de ese mar de agua que no dejaba seca ni la lengua, se aburría del miedo. Caímos aquí a las seis de, la tarde. Manicruzados. Nos paramos en la puerta de un rancho que habían hecho, como por no dejar, porque el agua se entraba por arriba. y por debajo. Ella acomodó los críos en la hamaca y les echó un mosquitero por encima. Nosotros buscamos una orilla seca y nos acurrucamos a esperar que amaneciera. Esa noche no quería. amanecer. Yo creo que si Belarmina hubiera tenido aunque fuera dos pesos, se devuelve.

"El rozado con plátano que habíamos hecho con Evelio, ya estaba reventando. Se dio solo, porque en esta tierra no había ni Dios. Fuimos con la mujer y comenzamos a trabajar. A eso habíamos venido. Derribamos en junta., yo con el hacha y ella con la rula; yo en la tala, y ella en la socola. Los niños, en la casa. A pura fuerza dimos los primeros pasos, porque aquí no había colaboración: solo don Sergio, el fundador del pueblo, -el que después hizo el trazo-, tenía un rancho habitado; en los demás, que eran pocos, no había ni perros. Los pobladores habían fracasado y se, habían, ido. Al principio hay mucha derrota. Los fracasos se suman pero no se pierden, porque después, los que llegan, los aprovechan. Yo veo que eso nos pasó a nosotros.

"Esa vez, no pudimos quemar porque en junio no se quema, se, hace es un tapado. Hay dos cosechas, la 'de año' que se siembra en marzo, y la de septiembre, llamada en Maya de 'mitaca' o "travesia", que aquí mentan 'machuco.' La 'de año' se coge en junio o julio, la 'machuca.' en enero. La 'de año' es más segura, (la más, pero vale menos, porque a todo el mundo le va bien; en cambio, la de 'travesía' la pueden coger los hielos; da menos pero vale más, si tiene suerte y los demás no. Esa vez no coronamos. Derribamos hectárea y media y le botamos maíz, al mes y medio estaba reventando, pero -no dio. La, de malas. A hectárea y media se le cogen, por malo, unas veinte caigas de maíz; pero esa vez no le cogimos ni tres bultos en nacura, es decir, en amero. Los ratones se lo jartaron en la mata. Pero con la siguiente, 'de año', nos fue bien: a dos hectáreas y media le cogimos setenta cargas. Eso ya daba esperanzas. El arrastre de la carga al puerto salía 15 pesos y se rendía a 90. Siempre ,fue que quedó. Como no se gastaba nada, todo era tumbar, quemar y botar la semilla, porque no había con qué desyerbar. Ahí, tocamos el centavo.

"En esos días, todo lo que se ve hoy despejado era guáimaro, guacamayo, bolso, tambor 2 . No había vivientes. Cuando tumbamos y quemamos, comenzó a entrar gente. Había que acomodarla sin disgustos. Aquí nunca ha habido disgustos por picas. Cada cual respeta y eso es el todo de que no haya peleas. El rastrojo comenzaba a salir al otro día. Regentaba primero la guacamaya, el escobillo, un palo que llaman sancochado, después salía al arboloco y la varasanta. A cada rozado le sacábamos hasta l as tres m a nos, la 'de año': la 'machuca' y otra vez la 'de año'. Después había que dejarlo enrastrojar, hasta que engrosaran los palos y a los dos o tres años, se le podía volver a botar candela otra vez.

"Con el maíz que vendimos, a buen precio, compramos 25 hectáreas a don Leonel por 1.400 pesos. Era una mejora, que el hombre tuvo que vender- porque se enfermó. La tierra daba, pero entonces uno se enfermaba mucho. Esa era la contra. En esos tiempos de atrás, las sementeras eran fuertes, pero como uno llegaba débil del hambre que aguantaba, no había compensación. Nosotras nos enfermamos mucho. Cuando ella caía, yo lavaba la ropa, y cuando yo caía, ella cogía el hacha. Nosotros hemos sido parejos para el trabajo. Le arrancamos a lo que salga. A la niña mayor le dio mal de tierra, seguro por lo desnutrida que venía y se la comía antes de heredarla. Por eso se hinchó; se le hincharon hasta lo pelos. Había un 'hermano' por allá arriba, que sabía de hierbas y le formuló jugo de badea hervido con ajos, canela y aguardiente. Con eso se alentó.

"Yo no sufrí de nada, gracias al Santísimo. El hígado me acongojaba de vez en criando y me botaba a la cama, pero una enfermedad de ,fiebre, nunca. Solo una vez que me picó la taya-equis. Venía yo del caño, cuando sentí en la corva como un chuzón. Creí que era una rama atravesada, alumbré con el foco ;y miré dos picaduras como de vampiro. Dije: no me ponga yo de confianzudo, eso es una. culebra. Miré por los lados y sí, ahí estaba enchipada, lista a mandarse otra vez. Cuando la distinguí, se me vino el mundo encima, se me subió todo lo que andaba, por dentro, derecho a la cabeza y allá se agolpó. Sonaba como un timbo .y la sangre corría para arriba a meterse allí,. Creí que me iba a estallar. Cuando llegué a la casa, ella me hizo un caldo con harto cilantro y harto ajo. Peor, ¡Ave María ; entonces sí fue. cierto. Sentía que me rompía. La pata no la podía tener en. pie, me tocó alzarla para arriba y colgarla de urca piola. El dolor no se podía aguantar. Comencé a vomitar, boté lo que había, jactado en un, mes. Ella llamó al 'hermano'. Llegó rápido eso sí, porque de lo contrario, me entierran. El cliente llegó, me rezó, yo comencé a sentir, ahí mismo, el alivio, volví a respirar porque el resuello amagaba con irse para siempre. El hombre hizo una cruz en la herida, me dio una copa de aguardiente con cola, de gurre, y ya... pasó. Me viera las finas. No estaba maduro para morirme.

"Era que en lo antiguo había mucho animal.. La marisca se desperdiciaba. Había, mucho araguato, paujil, pava, gualí, cafuche. Se topaba danta hasta de 16 arrobas. Tan grandes eran que tenían menudo congo la res. Había, marimbas y marimondas, cusumbos. ¡Qué no había! Si uno no cazaba era. porque le daba pereza hacer el tiro. Había otras veces, como me pasó, que ni haciendo el tiro caía el bicho porque había también mucho encantamiento.

"En una vez eché a salir con unos clientes recién llegados, no los conocía ni sabía, de sus antecedentes. Resultaron ser malpajorros, sabían rezar. Subimos hasta el filo de la pata del cerro dizque a mariscar; anduvimos horas enmontados, cuando en un oscuro se me perdieron. Dije yo, no puede ser, ¡malaya vida! Los anduve buscando por harto rato, pero nada, puro silencio. Nada se movía. Habrán volado, pensé. Bueno, dije, lo que es no me pierdo en una loma de estas. Si no me pierdo en la vida, tampoco aquí. Busqué un caño y seguí el agua, Caminé y caminé, descansé un rato y caminé otra vez en medio de ese monte. En esas, un ruido raro se fue acercando: me dio miedo y paré la escopeta, una macoca que tenía papeles. Era un oso. Así, por ahí de uno con cincuenta, negro, peludo y de gafas blancas. Yo que miro semejante animal tan grande, y con tanta fuerza y le apunto. Estaba a escasos cuatro metros y no podía darle la espalda. Le apunté bien apuntado y tiré: nada. No se mosquió. Me hice para atrás, volví a cargar, descargué bien en la mira y nada. El tiro salía pero no le daba. El oso me miró, mirado, de, eso que uno sabe que miró, me mostró los dientes; me voltió el culo y se fue. Sin duda, me habían rezado la macoca, los malpajorros.

"Cuando volví le conté a ella. Me dijo: 'mire que dicen que cuando rezan una escopeta hay que ensayarla haciéndole el tiro a un blanco y si no se le da, es que está rezada. Si. está rezada hay que buscar un gualice macho con giba, y hacerle el tiro. Después, lavar la escopeta bien lavada con agua tibia y sal, colgarla y amarrarla a las seis de la tarde a un palo de varasanta que tenga -como saben tener-, hasta hormiga. Uno tiene que ir con cotizas de caucho bien saladas. Una vez amarrada al palo, se quita uno la cotiza y con ella hay que largarle una fuetera mientras la insulta: sinvergüenza, despreciada, mala mujer, pancha, monda, y otra vez sinvergüenza, despreciada, mala mujer, pincha, monda. Así, hasta que uno siente que le duele. Entonces se deja la macoca amarrada toda la noche. Al otro día hay que madrugar y cuando el sol sale, apuntarle a él, y hacerle el tiro. Pero todavía no se puede usar. Hay que esperar y toparse con un zorro, entonces sí. Si el animal muere, el rezo sirvió, si no, la escopeta sigue encantada'.

"Le hice el remedio, busqué el zorro y cayó. Estaba curada. Después la ensayé con una marimba, y también. Con un venado cachiforrado y también. Me volvió a ser fiel.

"En ese entonces, había también mucho pescado: amarillo, rayado, payara, sardinata, bocachico, yamú y cuchas. En el caño Guapaya se cogía hasta rayado de cuero, nicuro y yagué. Había para dar y convidar. No se pescaba como ahora con atarraya sino con dinamita y barbasco. ¡Uno de bruto! La dinamita era menos mala que el barbasco, porque el barbasco corre con el agua y acaba con todo. De una sola mano cogíamos hasta 300 ó 400 pescados. Por eso se acabó. Por ahí hace unos cinco años, daba tristeza asomarse a un caño. No había sino agua. Cuando llegaron los 'guerreros' prohibieron el barbasco y la pólvora. Toda la pólvora. De ahí para acá, ha vuelto a verse el pescado.

"En las 25 hectáreas que le compramos a don Leonel, botamos maíz y arroz; la platanera ya: estaba dando, y teníamos para ajustar, una yuquera y un pedazo de huerta, con cilantro, cebolla y tomate. Como uno en Maya estaba acostumbrado a sembrar hasta en la tierra que tiene en las orejas, nos pusimos a sembrar. La tierra era buena. Desde que vi que tenía guaduales dije: esta es la tierra. Porque hay que saber. No toda tierra, por bonita que se vea, es buena. Hay una que pinta bien, como la de todas esas fincas que se, ven para la 'pata del cerro' y la que hay arriba, de la cresta para dentro, pero que cuando uno va a ver, es puro capote. Son tierras capotudas. Uno camina y se va enterrando porque es pura hojarasca jecha y podrida. Eso es lo que mantiene ahí la selva. Son hojas encima de hojas y hojas, así quién sabe por cuántos años: un arrume de pura hoja. Uno se hunde ahí. Pero debajo, la tierra es arenosa o gredosa, para nada sirve. No se dan ni las malas mañas debajo de ese capote. Si se quema, sale la tierra amarilla y ya nada se puede hacer. Por eso la gente no quema ahí.

"La primera cosecha que echamos en la finca nueva fue muy buena. Nos dejó bastante. Habíamos trabajado eso sí duro, pero así es lo bonito; que el trabajo no se pierda. Teníamos entonces yuca, plátano y arroz; maíz y auyama. Dijimos, pongamos ahora cerdos. Nos metimos con los marranos que habíamos traído, parieron y esa fue la semilla. Llegamos a tener cuarenta marranos horqueteados en un lote de 5 hectáreas. Poco a poco hicimos la marranera, mientras acabamos de tumbar en el rastrojo. Pero un buen día, la marranera se vino abajo. A los cerdos les dio como peste; unos se las prendieron a otros y a los otros, y así a todos. Les daban tumores en la piel, se echaban y no se podían parar. Perdimos lo que habíamos hecho, todo el plátano que les habíamos dado y la yuca y el trabajo que iba ahí adentro; pero bueno -pensamos- lo de Dios es así: un día bueno y otro malo. Al fin, la finca estaba salvada, ya estaba limpia y hasta habíamos empezado a sembrar pasto.

"Antes de la peste habíamos vendido unos marranos y con eso compramos dos mulas, más la que teníamos, más el caballo, cuatro bestias. Me puse a hacer arriería. De Maracaibo a Vistahermosa; viaje para allá y viaje para acá. Hice socia con don Sergio. Belarmina me preparaba el desayuno y sólo con él me iba; volvía a comer. En Vistahermosa me tomaba una cerveza, cargaba y para Maracaibo otra vez. Arriaba todo el día. Madrugaba, cargaba y le hacía. Así duramos bastante.

"Ya habían entrado para esas fechas otros fundadores. Lo nuestro comenzó a quedar en la entrada del pueblo. Ella daba partijas y yo trabajaba en la arriería, así volvimos a pararnos. Cogíamos cosechas buenas y cosechas malas; a la larga compensaba. y, temiendo uno el flete, poco a poco la moneda se dejaba apañar. Cuando hubo modo, le comprarnos a un vecino que se arruinó, 40 hectáreas. Ahí fuimos metiendo ganado.

"De Maya habíamos traído una vaca parida que llamábamos la Feria. Nos dio más de ocho crías. Con esa leche levantamos a los pelados y con la vaca fuimos haciendo el hatico. En esta finca sembrarnos sólo braquiaria, un pasto muy guapo que no echa, para atrás ni dejándolo enmontar. Después compramos un macho y un toro, que llamamos 'el Muñeco', por tres mil quinientos pesos.

"Con esas platicas que se apoyaban unas en otras, comprábamos lo que necesitábamos y el resto lo guardábamos para comprar otra novilla. Después hicimos la casa, aquí en Maracaibo, pensando en. la, escuela para, los pelados y en montar una tienda, que fuimos surtiendo hasta que abrimos los billares.

"No nos ha ido mal. Eso no. Tampoco nos hemos hecho ricos. El trabajo da lo que era él se pone. Ahora, todo depende de que haya, paz porque si esto se daña, volvemos a las mismas, y ya estando uno entrado en años, se vuelve mañoso".

Esa noche nos hospedamos en El Internado, una concentración escolar que sostiene la diócesis del Ariari porque está ubicada dentro de la Reserva y por tanto cae fuera del programa de Educación Contratada del gobierno. Se educan allí 200 niños, la mitad internos, y cuenta ya con primero de bachillerato. Lo dirigen siete profesores y lo administran conjuntamente con la diócesis, la junta de padres de familia y la Junta de Acción Comunal.

El desayuno -siempre lo recordaremos- fue exquisito y generoso. Arepas de maíz pelado, huevos pericos con picado de danta y chocolate. Cuando estábamos terminando y nos disponíamos a salir, llegó un muchacho de unos 30 años, fornido y desenvuelto. Se sentó, no nos equivocamos al suponer que se trataba de un guerrillero. Fríamente nos comunicó que el comandante quería hablar con nosotros.

A una hora larga de camino, nos encontramos a boca de jarro, con los dos primeros "muchachos", uniformados de verde oliva y armados con fusiles. Nos saludaron y nos condujeron hasta una casa. Allí se encontraba el comandante Emilio, quien se presentó como tal. Muy seco, el hombre mandó destapar una docena de Coca-colas y una botella de ron, sin importarle que fueran las ocho y media de la mañana.

Emilio nos interrogó hasta que se consideró satisfecho con nuestras respuestas y poco a poco-mitad por el ron, mitad por la simpatía que el equipo deliberadamente desplegaba- se mostró dispuesto a decirnos quiénes eran.

 

Emilio

Emilio nació en Chaparral, Tolima, en el año 50. Su padre peleó al lado de los célebres hermanos Loaiza, dirigentes liberales de las guerrillas del sur del Tolima, y de Isauro Yosa, el mayor Lister, fundador con Manuel Marulanda, "Tirofijo", de la llamada República Independiente de Marquetalia. Cuando las guerrillas del sur del Tolima se dividieron entre "limpios" y "comunes", es decir, entre liberales y comunistas, el padre de Emilio huyó al Guamo, donde trabajó clandestinamente. Hacia 1960 se trasladó a vivir con su familia a Medellín del Ariari -donde Isauro Yosa tenía finca- y luego compró unas mejoras en Lejanías. Allí reanudó su actividad política a favor del partido liberal, hasta que murió en 1971. La madre de Emilio lo reemplazó en el trabajo y en la política. Llegó a ser diputada a la Asamblea del Meta. "Todas las escuelas de Lejanías -recuerda Emilio- las hizo ella. Tenía mucho empuje, era corajuda y por eso la tenían entre ojos. Estuvo con el pueblo hasta que el partido liberal estuvo con los pobres. Después renunció al liberalismo y, se volvió comunista. Entonces la mataron. Yo le había prometido que lo que era yo no prestaba el servicio militar. Ella estuvo de acuerdo. Cuando me vinieron a echar para el cuartel, yo salí fue para el monte y me uní a las guerrillas. Yo estoy aquí en memoria de ella".

Quisimos ampliar un poco el tema sobre las guerrillas del Tolima, con la intención de conocer más sobre este movimiento, pero Emilio nos dijo: "el que sabe de eso es Efraín".

Efraín, un campesino que desde el comienzo de la entrevista había estado observándonos, se reía al otro lado de la mesa porque sabía que la conversación iría a llegar a ese punto.

 

Efraín

"A 'Tirofijo', es decir a Pedro Antonio Marín como se llama de pila, no lo han llamado siempre así. Yo lo vine a distinguir cuando lo mentaban Pedro Vitrolas. Vivíamos en Génova (Quindío), éramos primos, porque su padre era hermano del mío. Lo apodaban así porque en esa tierra había muchachas bonitas, volantonas, y Pedro se regalaba siempre para cargar la vitrola. Donde se armaba la fiesta allá caía Pedro con la máquina. En ese tiempo había que moler la música. El se sentaba a moler ahí sin enamorar a las muchachas, con el sombrero bien echado sobre los ojos. Miraba, pero no bailaba.

"Bailaba era con el machete. De allí. tuvo que salir pitado, porque una vez se embocinó con un hombre grande; Pedro tenía la edad que yo tenía, 16 años. Estaba como siempre, sentado, dándole de comer a la vitrola, cuando llegó el otro haciendo galantiados con el poncho y alardes de caballería y de infantería. Se había botado mucho aguardiente. Dijo: 'aquí no hay hombres para pelear'. Pedro seguía con su sombrero, callado, mirando la máquina. El otro amagó y amagó, hasta que Pedro fue cogiendo una rula y le salió. A las primeras, recibió dos trincherazos que lo dejaron en el suelo. El otro se mandó a cuchillo, porque en el suelo no se puede dar machete. No que no se pueda, sino que es peligroso. Hay gente que se tira al suelo porque se tiene más agilidad, y si el enemigo se acerca:, le quiebran las putas. Por eso, los que saben de careos a machete, no se arriman al caído sino con la pala. Yo pensé que a Pedro lo iban a rematar. Pero no. Volteaba como una culebra, no había manera de ensartarlo, hasta que en una de esas vueltacanelas que sabía hacer, acabó la pelea..

"Nos criaron en Génova, sin escuela. No es como dicen por ahí que nuestra tía, Francisca Marín, Doña Pacha, había sido maestra. Mentiras. Si él no sabía leer ni escribir. Ahora es que le tocó aprender, porque con tanta declaración y tanta firma de pactos, le tocó por fuerza. Pero él no sabía coger un gis, ni sabía para qué era.

"Salimos a trabajar en Ceylán. El trabajaba por los lados de Puerto Frazadas, era aserrador. Andareguió por el Dovio, por un lado y otro. Aserrando y jornaleando, haciendo lo que le saliera. El volvía a la casa por tiempos, contaba mucho cosa que había hecho, que esto, que lo otro, que lo de más allá. Mi papá nos decía. 'embustes de Pedro, no le crean' Yo le hice oídos a mi papá, pero mi hermanó no, y se fue con Pedro. Se volaron para los lados de Cumbal. Formaron entre los dos una. guerrilla para trabajar. A mi hermano lo llamaban 'Metralla' y ellos hicieron una muy buena socia. Cuando arrimaban a la casa contaban sus cuentos, pero nadie les creía.

"En el 49, la policía chulavita se tomó a Ceylán, que era un pueblito netamente liberal. Nosotros vivíamos en la finca. Cuando supimos del incendio y de la huida de todas esas familias, mi papá mandó matar una novilla para darle comida al que fuera llegando. Nos acusaron de ayudar a la chusma y nos tocó huir. En la casa dejamos un viviente; al resto del personal nos tocó guachimaniar. Dormíamos de día y volteábamos de noche. A los días llegó una comisión mandada por 'Lamparilla' y 'Pájaro Azul' buscando a Pedro. Lo buscaban dizque para darle coloca. Engaños, era para pelarlo. Ahí supimos que no eran mentiras lo que contaban

"Pero no lo volví a ver. Se perdió del mapa del mundo. Yo me puse a trabajar formal, hasta que reparé que Pedro Antonio, mi primo, era el mismo que mentaban Manuel Marulanda Vélez, 'Tirofijo', y que mandaba en Marquetalia. Yo le escribí una carta larga, pero no me contestó a pesar de que ya él también había aprendido a escribir".

La entrevista con Emilio no fue tan ilustrativa como esperábamos, ni la de Marín tan rica como se anunció en un comienzo, pero ambas dejaron cabos sueltos que pronto pudimos atar.

De Maracaibo salimos al atardecer y a las cinco de la tarde llegamos a Caño Negro, que estaba crecido porque el invierno comenzaba a generalizarse. Pasamos con el agua a la cintura y al otro lado nos esperaba un antioqueño con una botella de aguardiente "para quitarnos lo mojado" según nos dijo. Comenzó a hablarnos, sin que mediara pregunta alguna, del Procurador Jiménez Gómez, a quien llamaba el "bienmembrado", porque era el único empleado oficial que llamaba a la coca por su nombre.

El problema -agregó ya en tono de discurso cuando notó que habíamos prendido la grabadora- es que se necesita que se digan las cosas como son:

"Aquí habemos más de 5.000 familias y cada día entran más. La semana pasada llegaron seis, con niños y con corotos a fundarse donde hubiera un claro. Si aquí hay tierras, tierras buenas, ¿por qué no nos las dan? ¿Para qué queremos micos gordos y bonitos y campesinos flacos y hambrientos? Para los micos está. él Amazonas y para nosotros los campesinos ésta tierra. Hay que levantar la Reserva y dar crédito; ¿ para qué más estudios y más pendejadas, investigaciones é informes tontarrones? Tierra y trabajo es lo qué sé necesita.. Habiendo dé lo uno y de lo otro, se acaban tantos problemas como hay por aquí.. Si el Inderena reconociera qué aquí. hay miles dé brazos trabajando, si el Incora diera títulos y la Caja créditos, él problema se acaba porque se acaba. Pero no. No levantan la Reserva porque tendrían qué reconocer qué esa. política fue un fracaso. Entonces ignoran que existen. colonos para no deslindar y mientras tanto, habiendo como hay tanta. hambre y necesidad de trabajar, la: Reserva se llena de gente. Si a nosotros nos dicen, hasta aquí es la Reserva, nosotros mismos cuidados de que otro no se entre. Pero si nos dicen que estarnos metidos dentro dé la Reserva y qué lo que tenemos es qué salirnos, peces nosotros antes metemos más gente para qué les quedé más difícil sacarnos. Si no hay deslinde, de todos modos hay colonización, y va habiendo progreso así sea a los puños. Es que el gobierno no entiende sino así".

Poco habló el hombre, pero claro.

A nuestro regreso a Vistahermosa nos esperaban los miembros de la Junta Directiva del Sindicato de Pequeños Agricultores, para una entrevista que habíamos acordado antes de nuestra partida para Maracaibo.

 

El sindicato de pequeños agricultores 3

La colonización de La Macarena -según el sindicato- comenzó hacia el año 1960 con gente que entró por el camino de San Juan. Provenían de todas partes del país, pero principalmente del Tolima, del Valle y de Antioquia. Un primer grupo se ubicó en las fértiles vegas del río Güejar; otro, pasándolo, colonizó la hoya del río Sanza, y un tercero, abrió la zona norte de La Macarena, entre la serranía y lo que es hoy el municipio de Mesetas. Una vez que estas regiones fueron ocupadas, los inmigrantes siguieron los cursos de los ríos Güejar ,y Cunimía hasta encontrarse con la colonización que venía siguiendo el curso del río Ariari.

Es cierto que esta gran área había sido ya explorada y explotada por otros fundadores antes de los años setenta. De una parte, durante las primeras décadas del siglo, los caucheros explotaron -sin mucho éxito por lo demás- las selvas del Ariari, Güejar y Guayabero, teniendo como sede la hacienda Colombia de los señores Herrera y Uribe. También por la misma época se trató de explotar el oro de aluvión en los ríos Guape, Ariari y Güejar con suerte adversa, por lo cual esta actividad no pasó de ser un mero "cateo". Entre los años veinte y cuarenta, las compañías petroleras (Shell y Texas) exploraron el territorio y realizaron algunos sondeos sin hallazgos de importancia económica. En los años cuarenta y cincuenta la explotación de maderas finas, tales como el cedro y el abarco, conoció un enorme impulso, vinculando a la zona no solo a pequeños aserradores sino a compañías de importancia. Por último, en los años cincuenta y sesenta la cacería y la pesca constituyeron renglones comerciales de primer orden.

Para la colonización actual, estas actividades en su conjunto tuvieron dos consecuencias relevantes. De un lado, vincularon a un gran número de campesinos a la región, y de otro, abrieron trochas y caminos que facilitaron y estimularon luego la ocupación.

Los caminos, se ha dicho, son el esqueleto de la colonización, y, es cierto. La red de trochas y caminos fueron, y son, en La Macarena los ejes vitales del proceso. Ella es el testimonio de la exploración y su resultado; ella llama a los colonos a la aventura de fundarse; ella sirve de lindero y punto de partida a los recién llegados y se constituye en la base y fuente de la toponimia; por ella, en fin, el colono circula y hace circular sus bienes.

Las vías centrales de la zona de Vistahermosa, según el sindicato, fueron el antiguo camino entre San Juan y La Uribe, del que se desprendieron las trochas hacia la Reserva, y el río Güejar por el cual subió una punta de colonización desde el Ariari. A partir de estos ejes centrales se abrieron nuevas rutas hacia el Sanza, Maracaibo, Puerto Micas, Puerto Triste, Piñalito y Puerto Toledo; amén de las trochas que construyó el Incora a partir de la carretera hacia Vistahermosa en los años 1966-1968.

Nos ilustró también el sindicato que los colonos tienden a ubicarse por colonias de origen. Así, por ejemplo, los Medina (Cundinamarca) se asentaron en el caño Sardinata; mientras que los antioqueños y caldenses escogieron las trochas 22 y 33; los vallunos lo hicieron en las vegas del Guapaya; en Caño Blanco, los santandereanos, y en Puerto Triste, los huilenses.

Quisimos averiguar sobre la manera como los pioneros se establecen y nos relataron diversos casos, que en su conjunto coinciden con la historia que nos contó en Maracaibo el "Mico" Fernández.

Los fundadores suelen llegar solos o en grupos compuestos por dos o tres hombres adultos. En esta etapa no se dan casos de muchachos jóvenes o de familias constituidas. Llegan con los instrumentos de trabajo más necesarios: hacha, machete y, a veces, escopeta. Traen también tela asfáltica (Paroid), recipientes y, naturalmente, una remesa muy reducida compuesta por sal, pastas, que acostumbran comer en gran cantidad, panela y algunas cajas de sardinas. Se supone que el colono no dura en esta primera fase más de dos meses internado, y que la cacería y la pesca le proveen de carne. En este lapso el fundador ubica un área, "taja la pica", es decir hace los linderos y tumba un pedazo de selva para construir un rancho, sembrar yuca y maíz. Esta operación se hace regularmente en agosto, de tal manera que en diciembre y enero, cuando regrese con la familia, a hacer lo que se llama "la derriba", ya el maíz está produciendo. "La derriba" es la apertura de la selva en una extensión promedio de cinco hectáreas, que luego, en enero y febrero, quema, para sembrar con las primeras lluvias, en marzo. Así inicia el colono su ciclo.

Muchos pioneros se adentran en la selva siguiendo las trochas abiertas por los aserradores o por los tigrilleros, pues aseguran que donde se da el abarco y el cedro, así como donde hay tigre y danta, la tierra es de una calidad superior. Además de que en muchos casos les evita hacer el "primer abierto", y hasta suelen encontrar en algunos sitios yuca, plátano y maíz, ya sembrado por los tigrilleros y por los aserradores.

Ahora bien, un rasgo generalizado en esta primera etapa es que el trabajo es colectivo. El "brazo prestado", la "fuerza ganada" son expresiones que designan las formas de asociación para realizar trabajos colectivos que van desde las picas, para deslindar las posesiones, hasta las trochas, para entrar el ganado y sacar la cosecha, pasando por la derriba, la siembra, la recolección y el acarreo. La fórmula es sencilla: un fundador trabaja un determinado tiempo en la mejora de otro, a condición de que ese tiempo de trabajo sea devuelto al primero. Naturalmente el rendimiento es mayor y sobre todo, la asociación, proporciona compañía y seguridad. El colono, nos decía algún miembro del sindicato, es un solitario, pero no por gusto.

Hay otros que suelen llegar "al corte" o "línea de descumbre" o "raya" a comprar directamente la mejora, lo que supone, por supuesto, una "base" o un ahorro en dinero para realizar la operación. Hay fundadores que se dedican exclusivamente a este negocio. Habilitan la tierra y la venden y se trasladan a otro lugar. Es el colono profesional. Pero ello da lugar eventualmente a la concentración de mejoras y a la creación de grandes haciendas. En la margen izquierda del Güejar, los ganaderos de San Juan se dedicaron a comprar mejoras. Se cita el caso de los Benjumea, ricos hacendados que ampliaron escandalosamente sus propiedades a costa de la compra o despojo abierto de las posesiones a colonos.

Este caso dio lugar a la ampliación y al fortalecimiento del sindicato, el cual comenzó como una asociación para invadir propiedades en San Juan, cuyos títulos eran -o se sospechaba- ilegales o, por lo menos, precarios. Pero en la medida en que la colonización avanzó sobre la reserva, el sindicato, que era la única autoridad reconocida por los colonos, amplió su cobertura y funciones. No sólo defendía a los "invasores" en San Juan, sino a los colonos del Güejar frente a la expansión de los latifundistas, y poco a poco, llegó a intervenir para resolver diferencias de linderos entre fundadores, ubicar recién llegados, definir uso de aguas, declarar vedas de caza y pesca, y naturalmente, arreglar problemas entre marido y mujer. Fallaba sobre casos concretos, basado en la comunidad de vecinos, hasta establecer un verdadero código tácito por todos acatado. El Estado, por supuesto, ignoraba la existencia de este movimiento colonizador, y si llegó a enterarse de algún conflicto, falló en contra de los colonos y a favor de los grandes propietarios, como es el caso de los Benjumea. El sindicato creó un clima de paz y de respeto entre los colonizadores. Pero cuando Vistahermosa fue erigida en municipio y el gobierno central nombró alcalde, la situación comenzó a descomponerse, porque de hecho más que de derecho -aunque suene paradójico- el Estado entró a desconocer las funciones del sindicato, sus fallos y, sobre todo, sus modalidades empíricas y populares de administrar justicia. Los hacendados se sintieron fuertes, los comerciantes apuntalados, y los pícaros -que abundan en toda colonización- entrevieron la posibilidad del soborno y de la impunidad. Estas afirmaciones no solo fueron sostenidas por los miembros del sindicato, sino -como se verá a través del estudio- por diversos colonos y campesinos.

Esa noche, Marcos Arenas, un colono fundador del sindicato, y un gran conversador, traía constantemente casos de la vida cotidiana para apoyar sus tesis. Fue así como en la grabación quedaron consignados trozos autobiográficos, que ilados y concatenados, dieron por resultado el siguiente testimonio.

 

Marcos Arenas

Nació en Pasca, Cundinamarca. hijo de un campesino pobre que pagaba "la obligación" a los señores Ramírez, propietarios de una gran hacienda llamada El Salitre. Marcos creció entre la rabia .y el miedo que le producían los patrones, hasta que conoció a Juan de la Cruz Varela y supo del ataque a la Policía en La Cuncia: allí las guerrillas liberales les asestaron un severo golpe. Entonces -dice- se sintió "guapo de repente" y decidió ayudar al movimiento a escondidas de la familia, porque sus hermanos, que eran combatientes, lo consideraban peligroso por lo enclenque. Su actividad por aquellos días -1952- se redujo a ser estafeta y como tal conoció a muchos de los comandantes guerrilleros. Cuenta que, precisamente, él fue quien le entregó a Juan de la Cruz una carta firmada por varios dirigentes liberales, entre los cuales recuerda los nombres de Rafael Rangel, comandante de las guerrillas del Magdalena Medio, y de Guadalupe Salcedo, general de los llaneros. En ella invitaban a Varela a sumarse a las conversaciones de paz que luego se concretarían en la amnistía que Rojas Pinilla otorgó a los alzados en armas en 1953. Según la versión de Arenas, Juan de la Cruz reunió a los comandantes de Sumapaz y palabra más, palabra menos, les dijo: "Aquí les presentó estas cartas de otros frentes guerrilleros que ya han pactado la paz con el gobierno. Nosotros comprendemos muy bien que la paz, siendo necesaria, no va a ser duradera, pero creo que nos va a tocar seguir el mismo camino de la otra gente y negociar, o mejor, hacer un simulacro de entrega de armas. Solos nada podemos hacer en adelante, aunque solos hayamos luchado hasta hoy. De todos modos continuaremos la lucha a través de los sindicatos por la revolución colombiana que apenas comienza".

En efecto, días después, se efectuó la entrega de armas en Cabrera ante el general Duarte Blum. A renglón seguido Juan de la Cruz dejó en libertad a sus hombres para trabajar donde quisieran.

Fue así como Arenas salió primero para Fusagasugá y luego para la Sabana de Bogotá. Siguiendo las orientaciones de Varela, colaboró en la fundación del sindicato de El Rosal en Subachoque (Cundinamarca) y, luego se dirigió a Fuente de Oro (Meta). Allí conoció a Dumar Aljure, amo y, señor de la región: trabajó con él, pero pronto aparecieron divergencias insalvables. Aljure era enfermizamente anticomunista y tuvo, a través de su accidentada vida, varios encuentros armados con los hombres de Juan de la Cruz. En Fuente de Oro, Arenas se dedicó a la organización de células, hasta cuando lo detuvo la Policía por una carta enviada al Comité Central solicitando material de agitación, que cayó en manos del "detectivismo". Pero la acusación no era muy sólida y obtuvo su libertad en Granada.

Granada era, por aquellos días, un hervidero, motivo por el cual se dirigió a San Juan de Arama buscando trabajo. Llegó a Vistahermosa en el año 65. La colonización de La Macarena se había ya iniciado con gente venida principalmente del Tolima y del Sumapaz. Conocía a muchos de los recién llegados. Algunos habían participado en la Columna de Marcha, otros habían combatido con el mayor Lister en el Davis, y otros, por último, habían sufrido los embates del hambre y de la violencia en diferentes partes del país y llegaban derrotados a buscar trabajo, pero encontrarlo no era fácil. De un lado estaban los propietarios de las haciendas: de otro lado, la selva de La Macarena, en ese tiempo bajo tutela de la C.V.M. Los colonos, a instancias de Arenas y de otro veterano luchador. Rafael Reyes 4 , fundaron el sindicato de Vistahermosa, sasesorados por la Organización Sindical del Alto Ariari.

"Sucedía -cuenta Arenas- que en todas esas sabanas existían varios hatos como Corozal, Crisantero, Yopal, Lejías y Talanqueras; tenían miles y miles de hectáreas; el más pequeño que era Lejías tenía 14.000 hectáreas. Eran hatos viejos, no tenían escritura pública ni nada. Eso nos favoreció. La situación de la gente era grave, venían con necesidad. Nosotros con temor, decidimos hacerle el tiro a los hatos: le echamos mano a las leyes del Incora y comenzamos a invadir. Tuvimos luchas. Los ricos nos ahucharon la Policía y el Ejército. El dueño del Hato Yopal que era un militar retirado, trajo la tropa y la. paso a vivir en la propia casa de la hacienda. Nos atacó mucho, pero nosotros fuimos colonizando lentamente. Nos apresaban, pero otros hacían lo que tenían que hacer. Teníamos la, lección del Sumapaz porque en eso habíamos nacido. Hacíamos ranchos por la noche, y en la mañana estaban parados. Los tumbaban, y los volvíamos a levantar. Nos colaboró mucho un sacerdote, el padre Miguel Ruiz, y también, para qué va uno a decirlo contrario, el Incora. El gerente regional del instituto, el doctor Miguel Martínez, fue personalmente a conversa r con el comandante del Batallón en Granada para impedir que nos atropellaran, y eso nos dio un respiro para constituirnos en Junta de Colonos. Nos organizamos de tal manera que si caía uno, los otros seguían. Muchas veces el Incora tuvo que conversar también con los terratenientes, porque ellos también resultaron amenazados. De todos modos recuperamos ocho predios. De ahí salieron dos mil fincas para los colonos, y las pusimos a producir, y fundamos cooperativas y empresas comunitarias".

Seguramente el anuncio de que el Estado estaba resolviendo el problema de tierras en San Juan, atrajo una nueva ola de colonizadores, porque -agrega Arenas-

"Dio en llegar gente de todas partes. Abrieron las tierras del Zanza, las vegas del Güejar y llevaron el corte bien lejos. ¿Qué podíamos hacer? No nos podíamos quedar manicruzados, teníamos que comer. El sindicato había ganado la pelea. en San Juan y al ver el tumulto de gente que llegaba, se metió a colaborarle, a ubicarla, y a sacarla adelante. En ese tiempo nadie nos dijo que había una vaina que se llamaba la Reserva, nadie nos comunicó una prohibición. Había una oficina de la C.V.M. manejada por unos corrompidos que dejaban hacer matazones de animales con solo untarles la mano. Prohibían la pesca, pero ellos sí pescaban.

"En el año 69 la cosa se agravó porque llegaron de Bogotá con el cuento de la Reserva y entonces decretaron que todo mundo tenía que salir, costara lo que costara. El sindicato se opuso y le salió a la lucha. Cuando eso se echó a oír hablar del Inderena, que entró derecho a hacernos descolonizar, a hacernos desocupar. No valían razones, hasta que hicimos un frente común entre liberales y comunistas y nos fuimos para Bogotá a investigar. Encontramos un defensor en la persona del doctor Eduardo Serna Vallejo. La propuesta que le hicimos al gobierno fue la de reducir la Reserva para no tener que descolonizar, con la promesa de impedir nosotros mismos nuevas colonizaciones. El doctor Carlos Lleras aceptó la idea, y el 23 de agosto de ese año mandó una comisión de alto gobierno integrada por el gobernador del Meta, el comandante de la 7a. Brigada, el gerente general del Incora y el gerente del Inderena.

"Ese día se inauguró una escuela que habíamos construido con aportes del mismo Incora. En ella nos reunimos todos. A mí me tocó llegar la vocería. Pedía la reducción de la Reserva y la construcción de, una trocha por las faldas de la serranía que separara las mejoras de los últimos colonos y la montaña virgen. Pedimos que el gobierno amojonara y pusiera letreros: 'Prohibida la entrada. Reserva Nacional de la Macarena'. La discusión fue bastante larga, pero al fin aceptaron la reducción. Para definir el límite de la nueva Reserva, propusimos que lo trazara una comisión integrada en un 50% por colonos y en un 50% por el gobierno, y que sobre el terreno, lo definiéramos. Nosotros pensábamos tirar la trocha por frente a San Juan. Arrancar del río Güejar, bajarla por un punto que se llama. ahora Costa Rica, seguir hasta otra vereda que se llama Yarumales y luego por el pie de la cordillera hasta Maracaibo; de ahí buscar el frente de la colonización y volver luego hacia el Güejar. Ellos aceptaron en principio. La comisión de colonos quedó integrada por Marcos Arenas, José Rodríguez y Pedro Angulo. El gobierno nombró una comisión de topógrafos encabezada por el doctor Osías Porras, ingeniero civil del Inderena.

"El acuerdo fue celebrado con aguardiente y mamona, y todos quedamos de amigos. Nosotros confiados esperamos y esperamos, hasta. que un día, llegó el doctor Parrado, desconoció la comisión de colonos y tiró el nuevo lindero por donde le dio la gana. Los colonos se enverracaron y al sindicato le tocó actuar otra vez. La, gente salió con machetes y paró la comisión del doctor Osías en seco. Yo y Pedro Angul o viajamos a Villavicencio a poner la denuncia. Hablamos con unos y con otros, con cl gobernador, con el Incora, con el Inderena, con la Caja Agraria y dimos una entrevista por la Voz del Llano.

"El gobierno no tenía nada qué hacer, y llamó a la comisión, prometiendo mandar otra, para hacer el deslinde de, acuerdo con los colonos. Pasaron los días y nadie apareció. Tiempo después llegó una, comisión, de la Universidad Nacional. Nosotros seguimos trabajando y actuando.

"En el año 1971, el Inderena le quitó ala reserva 500.000 hectáreas de las cuales el Incora adjudicó 8.000 a 365 prestatarios, dio títulos y la Caja prestó plata. Así, nosotros creíamos que habíamos ganado, pero unos años después, el gobierno volvió a quitarnos los títulos y a cerrarnos los créditos, y el problema siguió, y peor que antes, porque hoy habemos unas 10.000 familias dentro de la Reserva que no tenemos reversa. Si nos hubieran cumplido lo que, acordamos con el gobierno de Lleras, hoy la Reserva no estaría invadida. Nosotros hubiéramos podido hacerla respetar".

 

Pedro Angulo

Para obtener una visión más amplia de la historia y de las opiniones que habíamos obtenido del sindicato, decidimos entrevistar al mismo Pedro Angulo, dirigente liberal de Vistahermosa y fundador del pueblo. La entrevista con don Pedro es la siguiente:

-¿Dónde nació don Pedro?
-Soy pastuso.

-Y su familia, ¿de dónde era?
-De Barbacoas.

-¿Y cómo hizo usted para venir a reventar por estos lados?
-Es una historia larga, muy larga.

-Nosotros no tenemos afán.
-Les cuento sólo los pasos, porque lo demás es cosa mía: Yo pagué el servicio militar en el año 49, salí en el 50. Estuve en el Batallón de Infantería No. 9 de Pasto.

-¿Y lo sacaron a pelear?
-No, yo entregué las bayonetas limpias, no quise pelear, no me gusta la violencia. Cuando me retiré del Ejército volví a la casa, después me puse a deambular, estuve en el Caquetá, manejando motores fuera de borda y aserrando. En el 54 me vine para el Llano.

-Pero ¿cómo llegó aquí, por qué aquí, don Pedro?
-Porque quería trabajar.

-Pero en otras partes, por ejemplo en el Caquetá, también había trabajado...
-Sí, pero yo llegué aquí.
-Entonces?
-Primero estuve en Villavicencio, luego en San Martín, después en Granada, Boca de Monte., Fuente de Oro, y por fin me vine para acá. Esto eran sabanas y selva. Llegué de aserrador. Primero de. Granada a Puerto Callos, después hacia Cana. guaro, por último San Juan y el Güejar. Allí ya había colonos: Rubén Pardo, santandereano; Pedro Nel y Ramón Arroyave, caldenses; Ernesto Oliveros, Cristóbal Loaiza, Salomón Romero, José Castillo y mi persona. Comenzamos a trabajar en la margen derecha del Güejar porque allá había más madera. Estimábamos mucho la madera., no tumbábamos sino árboles que, dieran por lo menos 90 piezas. No tumbábamos lo que no se debía. Los aserradores somos destructores de bosques pero sólo de sus maderas finas. Yo sé que ustedes quieren saber de eso, pero también sé que tienen afán y no voy a demorarlos.

-Sí tenemos afán, pero de hablar con gente como usted... queremos saber del pasado porque el presente lo estamos viendo. Qué maderas apreciaban ustedes, don Pedro?
-Únicamente el cedro macho.

-¿No más?
- Pues había otras como el amarillo, el cedro amargo. No talábamos sino los grandes repito, sólo los grandes y los que no estuvieran a la orilla de los caños. El cedro macho no se da en lotes sino desparramado. Uno salía de cacería, miraba donde estaban, estudiaba la forma de tumbarlos y de sacarlos. Todo palo sirve. Uno analizaba y volvía. Nosotros dejábamos lo que le iba a servir al colono, eso no lo tocábamos, pero después él, como no podía sacarlo, lo quemaba. Si. hubieran habido trochas buenas se habría podido sacar alguna madera raliadita, y no se habría quemado, pero como no había trochas, ni hay, la gente quemaba parejo. La madera barata no daba, ni da, la base para sacarla. Faltan trochas. Nosotros comprábamos los palos, aserrábamos y sacábamos; a veces hacíamos una cosecha de maíz o de arroz para comer entre el monte. Por lo general trabajamos con otros que eran los que compraban el palo y nos daban la comida. Uno duraba los dos o tres meses en el puro corazón de la selva. Había mucha cacería y con una escopeta se mantenía, uno. Culebra había hasta para amarrarse los pantalones. Después de los aserradores, poco a poco iban entrando los cultivadores, a veces compraban el abierto, a veces se lo tomaban. Cuando salíamos nos reuníamos por acá.

Así comenzó el pueblo, un día alguien dijo: vamos a hacer un pueblo para que no nos toque ir hasta Granada, y lo hicimos. Trazamos un parque. No teníamos escuadra, ni metro, .y por eso quedó descuadrado. Después se comenzaron a trazar las manzanas 80 x 80 y 20 x 20 de calle. Organizarnos una Junta de Acción Comunal y así fueron haciendo el trazo. Vistahermosa se fundó el 14 de abril del afino 64; en el 69 se creó como municipio y fue inaugurado el 5 de abril del año 70. Se nos olvidó hacer iglesia porque aquí éramos todos liberales o comunistas. En el 65 habían 17 casas, en. el 66 llegó el Rápido Acacías, en el 68 entró Incora y la C.V.M. Ese fue el acabóse de la selva. Había tres tipos, funcionarios de la C.V.M., les gustaba la plata y como llegaron a mandar, ellos eran los que daban las licencias. La gente decía: 'quiero ir a tumbar, bueno, preste para acá y tenga la licencia, sin mirar'. Yo digo que prácticamente si no hubiera entrado la C.V.M. el bosque se hubiera podido resguardar porque nosotros lo cuidábamos.

Los colonos siguieron llegando, avanzando. Después vino el Inderena .y dijo que iba a trazar una línea divisoria: la selva para allá, los colonos para acá. Pero no se llegó a tirar la. tal línea. Ahora dicen que nos van a sacar.

Esto era todo un nacimiento de agua, allí en la loma, por todo lado. El Inderena dejó desmontar y a nosotros los de la junta, que estábamos protegiendo, no nos dejaron actuar y nos quitaron la autoridad. Los colonos hoy ya dejamos avanzar la colonización a sus anchas. Antes no.

Necesitamos una delimitación para que dejen los colonos que están donde están; para que no vayan a presentarse problemas. Hay que organizar al mismo colono para que cuide lo que queda, porque nosotros somos los que necesitamos la Reserva, nosotros la apoyamos, pero que no nos vayan a sacar... Nosotros mismos pedimos que haya Reserva, queremos que siga pero donde exista monte, no donde no haya. Nosotros entendemos que en La Macarena hay cosas que no sabemos explotar y que se deben guardar, sabemos que hay uranio, que es una de las partes más ricas que tiene la. Tierra, que hay orquídea negra, que es una mata que el que la topa se vuelve millonario, que hay quién sabe cuántas cosas. No somos enemigos de que haya Reserva. Pero que saquen a la gente, sí es otra cosa.

-Pero, don Pedro, hoy la mayoría de los colonos son partidarios de la UP. Usted como liberal, ¿está de acuerdo en que ellos manejen la Reserva
-He dicho muchas veces que quienes deberíamos hacer respetar la Reserva somos los colonos, la gente del agro, los que vivimos aquí. No importa si son o no son de la UP. Ellos, los comunistas, dominan esto porque desgraciadamente los gobiernos conservadores y los gobiernos liberales no han sabido apreciar al hombre del campo, porque al hombre que trabaja, lo olvidan. En la serranía no hay puestos de salud, no hay escuelas; no hay nada. ¿Cómo quieren que un tipo que está a 8 ó 10 horas de camino, que sea liberal o conservador, vaya a votar liberal o conservador, si nunca lo ayudan ? Vota descontento, vota por la UP, porque quiere decirle al gobierno que está descontento. Si lo atendieran con escuelas y puestos de salud, no votaría por la UP. Faltan gobiernos que nos dén la mano como si fuéramos colombianos. Esta semana sacaron a una señora podrida. Duró cinco días muerta y no la podían sacar porque no había puente, entonces se descompuso, les tocó amarrar el cajón para que no se toteara. Cuando el colono ve que el gobierno no le colabora, pues vota contra el gobierno, esa es la inconformidad que hay. No es que los 3.444 votos que salieron de la UP quieran decir que ellos son comunistas, sino que están inconformes con el gobierno por el mal trato que les ha dado. No sólo nuestro partido, el liberal, es culpable, sino ambos, también el conservador.

-Pedro don Pedro, mire le digo una cosita: supongamos que hubiera delimitación y que hubiera carretera como ustedes piden, ¿la carretera no impulsaría la colonización hacia más adentro?
-No. Si hay compromiso, eso se respeta. Cada colono se vuelve un policía para hacer respetar el acuerdo.

Hace cuatro años Ortiz Bautista presentó un proyecto para delimitar la Reserva. Es lógico que de ese tiempo a hoy ya hayan entrado muchos colonos. Pero ellos aceptarían que los reubicaran en otro lado. pagándoles sus mejoras, su trabajo. Los que están afuera, de la raya, se encargan de no dejar entrar nuevos colonos, de hacer respetar el acuerdo. Por eso no creo que una carretera raya a impulsar más la colonización, siempre y cuando haya una delimitación y siempre y cuando sean los colonos mismos los encargados de cuidar.

Hace como dos años vinieron unos señores japoneses y rolaron todo esto, por un lado y por otro. Hicieron los estudios para la marginal de la selva. Dieron mucho detalle: para sacar la carretera por Uribe a bajarla a San Vicente del Caguán y al Caquetá, habría que hacerla por unos precipicios y unos cañones que hay en el Duda muy profundos, saldría muy costosa. En cambio, si se sacara de San Juan de Arama por La Bodega al pueblo de La Macarena, casi no valdría sino la sola explanación, no habría que construir sino un solo puente, el del río Güejar. Si por allá vale digamos cien mil millones, por aquí sólo vale mil millones, cien veces metros. Estos señores japoneses que vieron todo, hablaron también de una base, arriba, en el centro de la serranía...

-Una base, ¿cómo así que una base, una, base de qué?
-Pues una base militar. De los guerrilleros no puede ser, porque los guerrilleros no van a ubicarse en una parte así, entre un hoyo. Los militares de Colombia, tampoco van a tener una base allá, ¿para qué?

-¿De quién es la base? ¿Qué hacen allá ? ¿Qué están explotando? Nosotros queremos saber.
-Ellos la vieron, nosotros no podemos afirmarlo, pero ellos sí. Es una base que tiene de todo.

Nosotros queremos que se haga, una nueva delimitación como para que la Reserva siga y se haga fuerte, pero también queremos que sea nuestra, para, Colombia. No vaya a ser que se le esté restringiendo la entrada, a los colombianos, pero se le esté dando la entrada a los americanos o a quienes sean...

Don Pedro nos dejó pensando en lo de la base... Hace algunos años, cuando estudiábamos en la universidad se agitó la cuestión de la base militar en la serranía. Se decía que había aeropuertos camuflados, que llegaban aviones, que había movimientos extraños. La cosa la olvidamos.

Pero los colonos hablan hoy todavía de ciertos misterios de la serranía. Se dice, por ejemplo, que anteriormente se oía un ruido ensordecedor y se veían luces intermitentes; que los pocos que han subido a la "cresta del cerro" han visto ciudades enteras con calles, edificios y gente. Ciudades escondidas en lo más profundo de la selva. Algún colono nos contó que en la cresta de la serranía había una bola de cristal del tamaño de un balón de fútbol que seguía al Sol, "daba vueltas con él; por la mañana estaba mirando para el oriente, ,y por la tarde, al occidente. Era una bola suspendida, cuando se oscurecía, la bola perdía fuerza ,y se caía y el ruido que hacía era tan espantoso que se oía en todas partes, por eso esos ruidos se oían por la tardecita. Un día se nubló la sierra, iba a llover, cayó un rayo y la partió. Entonces el ruido fue tremendo, como si hubiera estallado una bomba atómica... desde ese día dejó de oírse el bramido de la sierra".

La serranía tiene sus misterios. Es tan imponente que uno siente cierto sobrecogimiento cuando la observa. El colono le pone colores a esa sensación, y el hecho de que el gobierno defienda con tanto énfasis la Reserva, pone a la gente a pensar... ¿qué será lo que se reserva dentro de la Reserva? ¿Por qué el gobierno -se preguntan- que nunca cumple nada, es tan estricto en lo de la Reserva? Estas dudas unidas al misterio natural de la serranía conducen necesariamente a versiones fantásticas, y no sólo de los colonos.

En el año 70, por ejemplo, el general Matallana, entonces jefe del DAS, hizo una investigación en Lomalinda, la sede del Instituto Lingüístico de Verano, y concluyó que el gobierno carecía de control sobre ciertas actividades realizadas por extranjeros, generalmente norteamericanos, en la serranía de La Macarena, "que ha sido objeto de permanentes excursiones de reconocimiento, toma de muestras de suelo, marcación de puntos en el terreno y actividades más o menos clandestinas" 5 .

Aquella noche, después de las entrevistas con el sindicato y con don Pedro Angulo, y a raíz de las especulaciones sobre tesoros escondidos y ruidos misteriosos en la serranía, decidimos irnos a dormir. El día había sido extraordinario e intenso. Camino al hotel, un funcionario del Inderena se nos acercó y, en tono confidencial y, marcadamente académico, nos dijo: "Hay que poner mucha atención a la trabazón interna y real de los fenómenos -y agregó-, como ustedes deben saber, las determinaciones axiológicas de los fenómenos tienen, por decirlo así, dos dimensiones, una interna y otra externa". Continuamos sin entender... "Hermano -le cortamos- hable claro". "Bueno -dijo por fin- creo que en este problema de La Macarena hay dos fuerzas reales interesadas. De una parte, los Estados Unidos a través del Ejército, y de otra, la Unión Soviética, a través de las FARC. La Macarena posee en sus entrañas riquezas insospechadas, uranio, cobalto, materiales radiactivos desconocidos, un verdadero emporio de materias primas para la guerra de las galaxias". Nos quedamos mustios. No quisimos -o no pudimos- hacer ningún comentario. Silencio. Cuando nos despedimos, un miembro del equipo balbuceó: "Es decir, el Pacto de Varsovia contra el Pacto de Defensa Mutua Interamericana",

Aquella noche dormimos en paz.

 

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El "Mico" Fernández.

 

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Transportando indígenas

 

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Efraín

 

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Alfredo Molano discute con Mario Guerra

 

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Decretos de la Guerrilla

 

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Gallera de Piñalito

 

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El concejal Perea

 

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Ariari

 

1 Aldemar Rojas, quien fuera acesinado en el Guaviare un año después.
2 Ver apéndice de nombres científicos.
3 De los cinco miembros que esa noche conversaron con nosotros, tres han sido asesinados y uno ha tenido que huir de Vistahermosa.
4 Asesinada en Granada en 1985.
5 Departamento Administrativo de Seguridad, Informe de la Comisión de Lomalinda (mimeógrafo), s.f., s.l.
 

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