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Introducción
En menos de una década, La Macarena ha cambiado radicalmente de
significado para los colombianos. Hasta mediados de los años
setenta, la remota serranía era una reserva ambiental, que poco
conocíamos, pero de la cual nos sentíamos orgullosos y hasta
seguros, porque el Estado -suponíamos- velaba por ese patrimonio.
Pero poco a poco, La Macarena comenzó a ser sinónimo de conflicto.
Las informaciones de prensa, un buen día, sin que mediara
explicación alguna, comenzaron a dar cuenta de la devastación
producida por un puñado de colonos "ignorantes .y
brutales". Se nos mostraron entonces fotos de las quemas y
de las "derribas", que contrastaban radicalmente
con las imágenes anteriores que destacaban los riachuelos
cristalinos, la variedad de las aves y el exotismo de la flora.
Nadie podía entender cómo existían seres tan desalmados como los
colonos. Hábilmente, los medios de comunicación dejaban escurrir
una pregunta: Habiendo tanta tierra baldía en los Llanos, ¿por qué
los colonos se dirigen hacia La Macarena? ¿No habría -preguntaba
alguien- una maniobra criminal detrás de la movilización
campesina?
A nadie se le ocurrió, en ese momento, pedirle cuentas al
Estado, que a nombre de los colombianos -para no hablar de la
humanidad- era responsable de conservar la reserva. No. El culpable
era el colono. A nadie se le ocurrió tampoco preguntarse por qué
los colonos hacían lo que hacían. Los más perspicaces, con cierta
falsa indulgencia, llegaban hasta señalar la falta de educación
como causa del desastre. Pero de todos modos el problema fue
sepultado por el alud de información que cada día caía sobre el
país. La Macarena estaba demasiado lejos de los afanes del gobierno
y de las preocupaciones diarias de los colombianos. Frente a los
precios del café en el mercado mundial, a las divisiones habituales
del liberalismo, o a las aventuras del M19, la colonización era una
noticia pálida que interesaba a un público muy reducido y un tanto
excéntrico. Pero la colonización continuó silenciosa y masiva,
organizada e irreversible, hasta que el movimiento salió nuevamente
a la luz pública, el día que veinte mil colonos se tomaron a San
José del Guaviare, en diciembre de 1985, pidiendo títulos,
créditos, caminos, escuelas y puestos de salud. El gobierno
entonces volvió perezosamente la mirada hacia la región y encontró
que los ignorantes colonos se contaban por centenas y no por
decenas, que, además, eran cultivadores de hoja de coca y, para
rematar, estaban dirigidos por líderes de la UP. ¡No, eso ya era
demasiado! La cuestión pasaba de castaño a oscuro.
Ese día, la importancia ecológica de la reserva y la amenaza al
orden público, ocuparon la imaginación de los editorialistas de la
prensa y la preocupación de los funcionarios oficiales. Los colonos
-acusaban todos a una- estaban destrozando un patrimonio universal
y sembrando las selvas de coca, dirigidos por la guerrilla.
Diligentemente, los empleados estatales y los periodistas
volaron al lugar de los hechos para informar al país sobre los
desmanes del movimiento. La argumentación ecológica reforzó a la
legal, para que la opinión pública encontrara al verdadero
culpable: la narcoguerrilla, término acuñado
ad hoc por el
entonces embajador de Estados Unidos en Colombia. El problema de
los colonos, que se reducía a la colonización, para ellos, de una
zona baldía ante la incapacidad del Estado para hacer la reforma
agraria, se trocó en un atentado inminente contra la seguridad
nacional. El colono no era solo un depredador sino un criminal; sus
dirigentes no solo eran oportunistas, sino subversivos. Así el caso
quedó fallado. El resto era procedimiento.
Se descubrió entre el cartapacio legal que la Universidad
Nacional era por ley la responsable de la Reserva; sin embargo, los
militares toman de hecho el control del asunto, no solo porque
había coca, sino porque había guerrillas. Los políticos de los
partidos tradicionales atizaron la hoguera, y los grandes
propietarios de las tierras que rodean la Reserva, aquellas tierras
que se suponían baldías, defendieron su tradición de propiedad,
anticipando una sindicación que preveían contraria a sus
intereses.
Vinieron después los asesinatos de concejales en Vistahermosa,
San José del Guaviare, las masacres de campesinos en Piñalito y
Concordia y... las movilizaciones de colonos. Entonces la opinión
pública fue percatándose de que el problema de La Macarena era
serio; de que allí se estaba cocinando algo de lo cual sólo se
percibían sus humores. Sólo quedaron interrogantes.
Tales interrogantes son los que este estudio pretende dilucidar.
Queremos internar al lector, sin preámbulos, en el apasionante
proceso, para que él mismo juzgue y. falle; para que se acerque a
las razones que conducen a un colono a invadir una zona considerada
como patrimonio de la humanidad, y para que sea, a la vez, testigo
frío de las condiciones en las que tal proceso se lleva a cabo y de
los sueños que sus protagonistas persiguen.
Para alcanzar nuestro objetivo hemos recogido testimonios de
viva voz, en un recorrido que comenzó en Vistahermosa, continuó por
el Güejar y el Ariari, remontó el Guayabero hasta La Macarena y nos
llevó hasta el río Duda. Durante dos meses, un equipo
multidisciplinario realizó un viaje enriquecedor, no solo por la
variedad de paisajes que tuvo oportunidad de conocer sino por la
diversidad de tipos humanos con los que entró en relación.
El estudio se compone de dos partes. La primera es una crónica
del viaje realizado, que además pretende poner en contacto al
lector con los actores principales del proceso. Los testimonios
recogidos se articulan en entrevistas, historias de vida o
fragmentos de conversaciones, sobre las cuales hemos hecho tan sólo
un trabajo de edición, pero respetando siempre el contenido y el
lenguaje. Los investigadores intervienen aquí sólo para conservar
el eje de la exposición y reconstruir, superficialmente, el
contexto en que fueron hechas las entrevistas.
La segunda parte del estudio es una reflexión científica que
busca enmarcar la colonización de La Macarena en el movimiento de
colonización que viene realizándose en el país desde mediados del
siglo XIX. Es también una evaluación rigurosa y equilibrada de las
condiciones naturales y de sus efectos en el medio ambiente, que
funda cruciales cuestionamientos.
Con este trabajo buscamos mostrar cómo la colonización tiene
unas causas, unas modalidades y unos protagonistas, que están muy
lejos de los estereotipos con que acostumbramos especular,
explicar, silenciar y sancionar acerca de los movimientos sociales.
El poblamiento de la Reserva es el resultado de un proceso del que
ningún colombiano puede sentirse ajeno. Por acción, y sobre todo
por omisión, todos hemos contribuido a su desarrollo, y todos, por
tanto, debemos asumir sus consecuencias.
El estudio fue realizado gracias al apoyo desinteresado del
Fondo para la Protección del Medio Ambiente "José
Celestino Mutis" -FEN Colombia- de la Financiera Eléctrica
Nacional, así como del Convenio Colombo-Holandés, del Departamento
Administrativo Nacional de Intendencias y Comisarías -Casam-, y de
la Corporación del Araracuara. Sin sus aportes, la historia de la
colonización de La Macarena, de sus problemas y desafíos, hubieran
permanecido ocultos hasta el día en que fueran irreversibles. Si el
trabajo que hemos realizado mueve a la reflexión y contribuye a que
se vislumbre una solución que tome en cuenta a los colonos actuales
sin comprometer el futuro de las nuevas generaciones, los autores
nos sentiremos suficientemente gratificados, y las entidades que
nos apoyaron, sin duda, ampliamente reconocidas.
Alfredo Molano Bravo
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