Tomo IV  -  Volumen I
Geografía Humana de Colombia 

Región Andina Central
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LOS PASTOS

Doumer Mamián Guzmán  

 

 

 

INTRODUCCIÓN 

Las comunidades indígenas totalizadas desde la colonia temprana bajo el nombre de Pastos y que tienen su asiento en el interland del norte de Ecuador y el suroccidente de Colombia son de las más ignoradas o postergadas por la conciencia y el imaginario social y académico nacional, cuando no relegadas al más remoto pasado. Más cuando las apariencias de los hoy habitantes de tales comarcas no insinúan tras de sí ninguna esencia distinta al común del nariñense o carchense nacional colombiano o ecuatoriano, o porque la evidencia de una u otra autenticidad o identidad como el idioma y el vestido le fueron arrasados tan pronto como le inventaron el nombre de Pastos.  

Esta desaparición se consolida porque la sobreposición e imposición de vidas extrañas segregacionistas e integracionistas impuestas por las constituciones imperiales y nacionales pareciera haber borrado cualquier huella de la autoctonía y autonomía de estos pueblos.  

Su negación o enajenación ha sido tal, que hasta para sí mismos, como indígenas eran irreconocibles.  

Sin embargo, cuando todo estaba consumado por los nuevos tiempos, de la nada, de los escombros, “de los páramos y frailejones”, y por entre los dedos olas fisuras de la mano opresora, renacen con fuerza. Habían estado allí. De manera que hoy, ya por más de una década, interceptan a los demás y se interceptan a sí mismos, participando del Movimiento de Autoridades Indígenas del Suroccidente Colombiano. 

Para muchas identidades regionales y nacionales hoy se reconoce que esos otros relegados al pasado, al atraso y al olvido han estado entre nosotros. 

En los últimos tiempos el Movimiento de Autoridades Indígenas del Suroccidente Colombiano, en su lucha por recuperar y consolidar su identidad y autonomía territorial gubernamental, social, económica y cultural, entre otros obstáculos, fue chocando con mayor evidencia y radicalidad con las estructuras jurídicopolíticas y administrativas del Estado nacional. Más aún, cuando mientras el pensamiento y el movimiento indígena está reclamando autonomía, el Gobierno Nacional, a mediados de la década del ochenta, responde negándola ostensiblemente al emitir la ley de descentralización administrativa y reforma municipal. Esta situación implicó un cambio de estrategia: la lucha nacional o en los espacios nacionales para legitimar los derechos y legalizarlos dentro de la estructura jurídica y política estatal; lo que significaba, desde luego, la lucha por cambiar aspectos fundamentales del orden existente. En tal dirección, se realiza una marcha de gobernadores indígenas a Bogotá planteando su rechazo a las implicaciones negativas de la reforma municipal en los municipios con resguardos o asentamientos indígenas y la necesidad de hacer reformas constitucionales que creasen condiciones para el reconocimiento de las diferencias étnicas y culturales en pie de igualdad.  

Sabemos que al mismo tiempo, otras fuerzas sociales y políticas buscan cambios constitucionales contra el centralismo estatal. Y que al gobierno vigente también le interesaba para acondicionar su política de modernización del Estado.  

Se llega la Constituyente, la que se acepta y en la que se participa con un proyecto de reforma constitucional relativo a los grupos étnicos; proyecto que en algunos aspectos fue aprobado para la nueva Constitución, particularmente al considerar a Colombia como multiétnica y pluricultural, y al constituir las entidades territoriales indígenas y sus respectivos consejos como componentes legítimos del orden político-administrativo estatal nacional. Sin embargo, quedó pendiente el desarrollo de estos principios constitucionales y su correspondiente reglamentación, tarea que le compete sacar adelante al Legislativo.  

El movimiento indígena, en consecuencia, tiene el reto de lograr que, como ha sido su propósito, la nueva legislación, particularmente la relativa al reordenamiento territorial, corresponda a favor de sus identidades y autonomías. Con este propósito se han elegido voceros en el Congreso y constituido comisiones para la investigación y formulación de propuestas y se viene movilizando el pensamiento reflexivo entre dirigentes, autoridades y comunidades.  

En Nariño, las comunidades ligadas al Movimiento de Autoridades Indígenas y sus propósitos actuales tienen también el desafío de elaborar el mejor pensamiento sobre su territorialidad y la más conveniente propuesta sobre la entidad territorial de la que participarían.  

En estas comunidades, aunque la cuestión de la territorialidad viene planteándose desde buen tiempo atrás, muy ligada al problema de la tierra y de la autonomía, la precisión sobre su territorialidad y la relación ahora con la entidad territorial indígena estatal, no ha llegado a conceptualizarse en una propuesta definitiva. Haciendo una descripción sumaria las matizaciones van desde concebir la territorialidad como la mera tierramedio de producción, como el resguardo o la suma de resguardos linderados en la Colonia o como el espacio geográfico ocupado por los asentamientos precolombinos según la crónica de Cieza de León. En uno y en otro caso concibiéndola, generalmente, como la simple delimitación de una superficie político-administrativa. Ligado a lo anterior se presentan discrepancias entre quienes las entienden como la legitimación y legalización absoluta de la autonomía étnica y quienes consideran que se trata sólo de instancias administrativas ajustadas a la política de descentralización del Estado; y que, de acuerdo con la interpretación y ejercicio que de ellas se haga, pueden o no favorecer la autonomía.  

Es importante observar, así mismo, que esta discusión sobre el reordenamiento territorial estatal y la correspondiente constitución de las entidades territoriales indígenas ha generado entre los Pastos una fuerte reflexión sobre su propio reordenamiento interno, bajo el lema de que primero hay que comenzar por arreglar la propia casa antes de ver su encuadre en las estructuras macroestatales, lo cual ha sido significativo, pues esta reflexión se convierte en una relectura y reinvención de su historia.  

Con el presente trabajo entonces, se pretende inteligir panorámicamente esta identidad emergente de los pastos; motivado y justificado por los antecedentes y preocupaciones de la coyuntura sociopolítica que atraviesan. Particularmente se trata de recoger, profundizar y sistematizar las intelecciones que ha venido realizando la Comisión de Reordenamiento Territorial Indígena de los Pastos. De ahí que el contenido medular tiene como eje argumentos interpretativos sobre lo que puede ser la concepción y el manejo dentro de estas comunidades de la territorialidad, desde luego, ligándola y alternándola con los otros componentes de la totalidad histórica y estructural: lo social, lo político, lo económico, etc.; ligazón como totalidad dialéctica y no de meras sumas o adherencias, pues teórica y metodológicamente la suponemos fundamento del pensamiento y de la vida, característico de estas culturas andinas. Como un modelo creador, recreado y lo suficientemente versátil para regirlo todo. Modelo reproducido y recreado en todas las andanzas, y contenido básicamente en la memoria mítica y ritual. Es por ello, también, que, a nivel de la exposición lo planteamos y lo sistematizamos en primer lugar.

Finalmente, aunque se logra expresar aspectos fundamentales sobre el pensamiento y la vida de los Pastos, quedan otros pendientes que cierta premura no permite tratar, sobre todo quizá lo referente a la relación conflictiva y de redefinición entre las estructuras y dinámicas indígenas y no indígenas.

 

1. IDENTIFICACIÓN 

El gentilicio pastos ha sido motivo de muchas acepciones sin que hasta el presente haya un acuerdo definitivo entre los escasos estudios que existen sobre este pueblo aborigen.  

González Suárez (1902) dice que es un gentilicio propio de la lengua castellana, relativo a la fertilidad herbácea de las tierras que ocupaba esta población. Jijón y Caamaño (1952) asegura que viene del idioma cuayquer, relativo a pattstan, que significa alacrán, con lo cual, con alguna connotación totémica, resultarían los Pastos como el pueblo de los alacranes. Con cierta similitud se manifiesta a su vez que este gentilicio estaría ligado al nombre del principal río que recorre estas comarcas: el Guáitara, río que antes era conocido con el nombre de Pastarán, es decir: alacrán. (Mejía 1934). El profesor Aquiles Pérez (1958) liga la palabra Pastos al concepto dieciséis, y familia antigua; dieciséis, por la voz cayapa: pasto y familia antigua de acuerdo con la lengua páez, considerando que en páez pas significaría tribu o familia y tax: raíz. Al respecto, Eduardo Martínez (1977) considera que en tal sentido no traduciría Pastos sino pastas. Pastas es uno de los apellidos más tradicionales hasta la actualidad y el nombre ancestral de una de las comunidades que persisten como indígenas Pastos; además, tanto en esta comunidad como en Muellamués, Pastás es el apellido del cacique primordial que vino de arriba, como del Ecuador, para casarse con la cacica y constituir la primera humanidad de estas micro sociedades. No es superfluo anotar también que hacia el oriente del Ecuador existió una población ancestral de nombre Pastan, nombre utilizado para designar el espacio político-administrativo de la Provincia de Pastaza. 

Aquiles Pérez (1958) sustenta el origen páez y cayapa bajo el supuesto de que este territorio reconocido como de los Pastos fue corredor y asiento de gentes que hablaron distintos idiomas como los ya mencionados, además del cuayquer el Muellamués y el colorado. 

La primera y principal fuente de información escrita sobre los Pastos es la “Crónica del Perú”, escrita por el cronista Pedro Cieza de León, quien pasó por la región en la mitad del siglo XVI; en dicha crónica menciona varios grupos indígenas, haciendo referencia a sus caciques y pueblos. Dice en la parte respectiva: 

“También comarcan con éstos, otros pueblos cuyos nombres son: Ascual, Mallama, Tucurres Zapuis, Iles, Cualmatan, Funes, Chapal, Males Ypiales, Pupiales, Turca, Cumba. Todos estos pueblos tenían y tienen por nombre Pastos y por ellos tomó el nombre la Villa de Pasto, que quiere decir población hecha en tierra de pasto”. (Cieza de León 1962: 111). 

De esta fuente de información ponderada como tan minuciosa en contar todo (Ortiz, 1965), tan noticiosa y tan conocedora de la gobernación de Popayán y de sus descubridores (Romoli, 1962), la fuente más autorizada para la etnohistoria de nuestros pueblos y de este gentilicio con el cual se denominó a tales comarcanos (Martínez, 1977), se sirvieron posteriormente los españoles para todo tipo de tratos. También lo han hecho todo tipo de investigadores hasta hoy. 

José Rafael Sañudo (1938) confronta las diversas y hasta especulativas versiones y siendo más pragmático dice: 

“Creemos que los españoles llamaron estos lugares (Pasto y la Provincia de los Pastos) así, porque hicieron pie en voces indígenas parecidas a esos vocablos. En efecto, según el inteligente padre Mejía, el río que pasa por Las Lajas era llamado Pastarán, y Cieza nana que había un pueblo cerca de la Cocha, Pastoco, y es cierto que en Obando existe Pastás: lo que hace probable nuestro aserto de nombrarlas Pasto, por esa semejanza autofónica y después los Pastos, una vez que ya se fundó Pasto en el valle de Yacuanquer y después en el de Atriz...” (Sañudo 1938:10). 

Sobre la localización y ubicación ecogeográfica también hay las más variadas versiones, sobre todo cuando se trata de hacer delimitaciones precisas.  

Cieza de León (1953) sólo menciona algunos pueblos, pero no la delimitación del espacio que ocupaban. Juan López de Velasco (1984), cosmógrafo y cronista de Indias, quien escribió en 1574, enumera “los repartimientos y pueblos de indios” del hoy sur de Colombia, sin seleccionar o identificar cuáles pertenecen a los Pastos y cuáles a los otros (Groot de Maecha/ Hooykaas, 1991). Juan de Velasco (1936), jesuita quiteño que escribió en 1789, incluye entre los Pastos al pueblo de Yacuanquer identificado por otros como de los Quillacingas, lo mismo hace con el pueblo de Cuaiquer. González Suárez (1902) dice que fueron los Quillacingas los que poblaron las comarcas de Carchi, Ipiales y Túquerres. Rivet y Verneau (1912) establecen ciertos mojones generales así: al norte, hasta el suroeste de la actual ciudad de Pasto, al sur ocupando todo el valle interandino situado al norte del Chota, al oeste, en contacto con los Barbacoas del río Mira y el Alto Patía, y al este colindando con los Quillacingas y las poblaciones amazónicas del Alto Aguarico conocidas con el nombre de Cofanes. Jijón y Caamaño (1945) indica el territorio de los antiguos Pastos en términos generales, señalando que, en la parte serrana, ocupaban las actuales provincias de Obando y Túquerres (Colombia) y la Provincia del Carchi (Ecuador); más una vasta extensión hacia los costados oriental, sobre todo, hacia el Pacífico; veamos:  

“Se había extendido, desde parte del San Juan, en la costa, hasta la bahía de San Mateo, a lo largo del mar, comprendiendo todo el Valle del Patía y la parte baja del Mayo, la ribera occidental del Guáitara, hasta la confluencia del Téllez, o del Guapuscal, para remontar por uno de éstos hasta las cumbres de la cordillera por el este, las que servían de límites hasta las fuentes del Pisquer, afluente del Chota; estos dos ríos eran el lindero que separa a los Pastos de los Caranquis, en el callejón interandino. Ya en la costa ocupaban buena parte de las dos orillas del Mira y tenían una colonia, resto de una expansión antigua, en el Alto Daule y su afluente, el Colima”. (Jijón y Caamaño, 1945: 72 Salomón, 1980: 300.  

Siempre ha habido una tendencia entre los investigadores de identificar a los Cuaiqueres y Pastos.  

Eva María Hooykaas (1991) tratando de delimitar el área de los Pastos desde los aportes de la lingüística, considera que la terminación quer de los toponímicos y antroponímicos pasto, encontrada hasta la actualidad, coincide con el área sugerida por Cieza de León, pero con extensiones: dos pequeñas hacia Yacuanquer y Tapialquer del territorio definido como Quillacinga y Pueranquer en territorio de los Abades, y dos considerables hacia las cuencas de los ríos Mayazquer San Juan y Güisa, del territorio definido como Cuaiquer. Romoli (1979)y Groot de Maecha (1991),con el aporte de datos y fuentes documentales del siglo XVI, complementan y precisan lo expresado por Cieza de León. Dice Groot de Maecha:

“Los Pastos ocupaban la mayor parte de la región interandina comprendida entre el tajo del río Chota, en el Ecuador, hasta la población de Ancuyá en la banda izquierda del río Guáitara; en sentido este y oeste sus límites los constituían las cimas de las cordilleras, con excepción de una extensión que tenía hacia el occidente por el valle del río Guabo y por las estribaciones del nevado volcán Cumbal. (Groot de Maecha/ Hooykaas 1991:73-74). 

Luis Fernando Calero (1991), en uno de los últimos estudios sobre los Pastos del siglo XVI, está de acuerdo en que poblaron el altiplano rectangular de la meseta Túquerres - Ipiales Carchi entre los ríos Guáitara y Chota, y que los limites orientales y occidentales eran las cimas de las cordilleras de ambos lados, pero que también existían dos extensiones más allá de la cordillera, hacia el Pacífico, en las hoyas altas de los ríos Mayasquer, Salado y Guabo.  

Desde la arqueología si bien se ha confirmado la presencia de una tradición étnica en el espacio vislumbrado por Cieza como de los Pastos, hay dos situaciones que no permiten su delimitación precisa: la presencia en este territorio de un estilo (Francisco 1969) o complejo cerámico (Uribe 1979), el Capulí, que correspondería a una etnia diferente de la de los Pastos (Uribe, 1979) y la presencia de los estilos o complejos cerámicos Piartal y Tuza, considerados Pastos, más allá del área legitimada como tal, por ejemplo, en los alrededores de la hoy ciudad de Pasto, Buesaco y Consacá regiones consideradas dentro del área Quillacinga.  

Como se ve, hay unanimidad hacia el centro, las divergencias se presentan hacia los costados oriental y occidental.  

Es importante anotar que, como generalmente sucede con estos nombres impuestos por el dominador y reproducidos por la ideología y el conocimiento de sus descendientes, para las propias comunidades el nombre de Pasto y su gentilicio Pastos no existe ni en la memoria oral, ni en la documentación sobre litigios o testimonios diversos. Igual cosa sucede en cuanto a limites espaciales, generales, precisos. Seguramente otras estructuras, otras lógicas y otras denominaciones estaban y siguen estando presentes; pues lo cierto es que durante el período colonial y republicano fue sometido (y aún se sigue) a cuadraturas impositivas de toda índole. Basta destacar por ahora, la fragmentación que desde la temprana colonia se realizó desde el Carchi hacia el norte y hacia el sur. Buena parte del trabajo que hoy realizan dentro del marco de la reorganización socioterritorial permitirá clarificar un poco tal alteridad mental. Y este trabajo monográfico pretende hacer algunos aportes.  

 

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