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6.5
Guambía y sus encomenderos
Si focalizamos nuestra mirada en Guambía, encontramos información que nos muestra cómo estos indígenas, ubicados en las tierras más ricas y fértiles de la región, en el año de 1562, les fueron otorgados en encomienda a don Francisco de Belalcázar, -hijo del conquistador de Popayán y sus comarcas- y cómo la suerte de este pueblo durante toda la época colonial estuvo íntimamente ligada a los descendientes del conquistado; quienes fueron sus encomenderos y los propietarios de extensas haciendas de la región que se fueron consolidando a expensas de las tierras y fuerza de trabajo de la población indígena.
Además de don Francisco, se encontraba también doña. Francisca Manuela y don Manuel, hijos del conquistado; quienes fueron también encomenderos en Guambía. En una segunda generación aparece doña Catalina de Belalcázar, hija de don Francisco y casada con Lorenzo Paz y Maldonado, otro rico encomendero de la región, a quienes en 1589 les entregaron las encomiendas de Ambaló y Usenda, también de indígenas guambianos. La encomienda de doña Francisca, la rica encomendera de Guambía, la heredó su hijo don Agustín Fernández de Belalcázar, siendo ésta dentro de la región, la última en revertir a la corona.
El testamento de doña Francisca Manuela de Belalcázar, que por la magnitud de sus bienes, demandó que el inventario durara diez días, permite imaginar la inmensa riqueza que los encomenderos y sus familias pudieron acuñar en los pocos años que llevaba en ejercicio el sistema colonial en esta región del país. Solamente en Guambía, donde también eran encomenderos sus dos hermanos, la difunta testó una casa con todos los accesorios necesarios, otra casa con tres aposentos y huerta y otra que servía de cocina y poseía cuatro cuartos adicionales. También se mencionan una capilla con su huerta, un horno para hacer el pan y un molino para preparar el trigo; 44 arrobas y 35 libras de lana, 18 fanegadas de trigo, tres almudes de trillado y dos fanegadas de maíz. Se cita también una troja vieja en la que están sembradas más o menos 40 fanegadas de trigo. Como si lo anterior fuese poco, el testamento pasa luego a enumerar lo que la difunta encomendera poseía saliendo de Guambía la Nueva hacia Guambía la Vieja (posiblemente Usenda): dos trojas de trigo con más o menos 200 fanegadas con su casa y bujío para trillas, y otra troja con unas 50 fanegadas de trigo, también con su bujío. Además se refieren a las tierras aradas y próximas a sembrar a orillas del río de Guambía y otras tierras sembradas cercanas a la casa de morada de la difunta. En 170 fanegas se calculan las labranzas ubicadas entre Guambía la Vieja y Guambía la Nueva. En Guambía, entre sus posesiones doña Francisca contaba también con 44 yeguas, 7 caballos mansos, 21 potros cerreros, algunas mulas, 942 ovejas, 94 cabras y 2 aludes de Quinua.
El inventario del testamento también incluye las posesiones de Novirao, la estancia del Cauca, las posesiones por el camino de las Olleras y sobre todo sus bienes de Popayán (ANH-Q. Popayán, Caja No. 9, 1685. Citado por Botero, op. cit., 141-50).
No se sabe por el momento, cuál fue la participación real de los indígenas Guambianos en la explotación de las minas, uno delos trabajos más nocivos para la destrucción de las comunidades aborígenes durante la época colonial. Sin embargo parece que ni Pubenses en general, ni Guambianos en particular, lograron sustraerse a esta forma de trabajo (Ibíd., 152) y que en este caso también, la suerte de los Guambianos siguió ligada a las andanzas de la familia Belalcázar, quienes, una vez que sus encomiendas revirtieron a la corona, continuaron ocupándose de las haciendas que tenían en la región de Guambía y de las minas en regiones aledañas, siendo unas como otras explotadas con fuerza de trabajo guambiana. En un documento fechado en julio de 1683 se mencionan 12 indígenas que asisten en la roza de las Ovejas que hacen los indios de Guambía que laboran en las minas, y se menciona a don Agustín Fernández de Belalcázar, hijo de la difunta encomendera, quien poseía un hato y un trapiche en Mojibío donde tenía 13 indígenas de Guambía desempeñándose como vaqueros (ANH-Q. Popayán, Caja No. 9,1685. Citado por Botero, op. cit., 152).
Los documentos que reposan en los archivos, aunque celosamente ocultan la realidad sobre la condición de los indígenas, dejan traslucir hechos que nos permiten hacernos una imagen de su situación. Durante la época colonial por ejemplo, se puede inferir cómo durante todo el tiempo que duró la encomienda, fueron nulos los esfuerzos de las autoridades por acabar con los servicios personales de los indígenas. Las diferentes visitas realizadas a la región describen el estado de explotación en que se encontraba la población aborigen a manos de la voracidad, no sólo de encomenderos sino también de los curas doctrineros, quienes exigían además de limosnas para la iglesia, el cultivo de sus tierras, el mantenimiento de las cofradías, etc. En el año de 1638, San Isidro Manrique realizó una visita a la región y con gran asombro comentó así la situación:
...y al presente son más agraviados, molestados y vejados y carecidos de toda libertad y buen tratamiento... ocupados en las labores y beneficio de las haciendas y cosas pertenecientes al servicio y granjería de los dichos encomenderos, que les ha faltado tiempo y lugar para acudir a las suyas propias y sustento de sus familias... (AGI- Quito 68 citado por López, A., 1977, 223).
La creciente pobreza es otro hecho que fácilmente se infiere de la información existente. Son múltiples los documentos en que tanto indígenas, como protectores de naturales y ocasionalmente doctrineros, expresaban la situación de pobreza y deterioro en que se encontraba la comunidad indígena. A través de complejos memoriales se puede seguir la lucha permanente y obstinada de estos indígenas por librarse de la encomienda, de los servicios personales y de la mita.
Los encomenderos se quejaban de que los indígenas no acudían al trabajo, o si lo hacían, su presencia era muy esporádica. Los caciques se defendían diciendo que los pueblos estaban quedando desocupados pues los indígenas preferían huir y ocultarse en lugares remotos antes que seguir sirviendo al blanco; se quejaban de los encomenderos que no tenían en cuenta las fechas de sus siembras y roserías, obligándolos a salir a trabajar y haciendo que sus pocas sementeras se perdieran y se atrasasen. Se quejaban del abandono en que quedaban sus familias y sementeras, que les contaban mal los días trabajados, que no les daban la ración de comida establecida, que no les pagaban puntualmente su salario...
A través de los documentos se pueden observar también los esfuerzos desesperados de encomenderos y hacendados, por garantizar el acceso a la mano de obra indígena, cómo se mandaba a perseguir por la cordillera a los indios fugitivos, cómo se capturaba violentamente a los caciques, quienes tenían que responder por el cumplimiento de la mita de sus indios y cómo, cuando no se les destituía de su cargo, se les amenazaba con azotes y cárcel si no cumplían con las obligaciones establecidas. Se ve cómo la violencia siempre estuvo presente y fue el elemento fundamental para obligar al indio a trabajar para el blanco...
...cogieron a un indio del dicho pueblo llamado Juan Caussai y lo llevaron a entregarlo.., quien lo puso preso en dos cadenas de hierro pendiente de dos petacas... (ANH-Quito. Popayán, Caja No. 29, 1706. Citado por Botero, op. cit., 178).
6.6 Se delimitan los resguardos
En el año de 1700 se establecieron los resguardos de Guambía, Quisgó, Pitayó, Quichaya, Jambaló, Caldono y Pueblo Nuevo. El cacique Juan Tama, fue la persona a quien las autoridades le entregaron los derechos sobre estas tierras.
Las delimitaciones de las tierras de estos resguardos se hacía mediante una descripción general donde se daban como referencias puntos geográficos: ríos, quebradas, cerros, cuchillas. Pero además de los Guambianos que habitaban en tierras de resguardo, otros núcleos importantes de su población quedaron fuera de estos límites y las tierras ocupadas por ellos fueron tomadas por colonos blancos y mestizos, surgiendo así las haciendas que sin ningún impedimento extendían sus linderos dentro de las tierras del resguardo.
Muchos Guambianos quedaron entonces articulados en las haciendas de la región, donde se mantuvieron apegados a la tierra cuyo dominio reclamaban unos nuevos amos.
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Mujeres
del resguardo de Quizgo, Silvia, reviviendo una danza tradicional
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6.7 La República
La estructura colonial y la visión del mundo medieval que a través del tiempo permaneció en la región del Cauca, además de las características específicas que adquirió la implantación de los resguardos, como un mecanismo desarrollado directamente por los indígenas, ayudan a explicar cómo durante la época republicana, en la cual los resguardos de las otras regiones del país fueron disueltos y sus indígenas homogeneizados con la población pobre campesina, continuaron existiendo, como lo han hecho hasta nuestros días.
Sin embargo, si bien los resguardos de Guambía y Quisgó habitados por indígenas Guambianos y otros muchos existentes en el suroccidente del país, sobrevivieron en la época de las disoluciones, el desarrollo de haciendas a expensas de las tierras de estos resguardos fue incontenible y marcó el carácter especial de sus luchas hasta las épocas recientes.
Investigadores sobre la región han explorado la historia del robo de las tierras guambianas a manos de los blancos, tema en el que se debe profundizar más y explotar la documentación existente en archivos nacionales y regionales, y que aún se mantiene en la memoria de los viejos indígenas y posiblemente de hacendados de la región o sus descendientes. Al respecto, la tradición cuenta cómo hace muchos años toda la tierra del sur del río Piendamó, hasta el río Molino, era del resguardo de Guambía. Incluso las tierras donde se encuentra la población de Silvia, se dice, pertenecían al resguardo. A principios del siglo XIX, cuentan los indígenas, unos señores Fajardo, de Popayán, obtuvieron permiso de los indígenas para poner un molino de piedra en El Chimán, a donde venían de todas partes de la provincia a moler el grano. Comenzó así una de las más largas peleas con los hacendados que haya tenido el pueblo Guambiano.
Para que los blancos pudieran pastar sus bestias en tierras del resguardo, mientras molían el grano, o cuando iban de viaje y pasaban por Guambía, era necesario que el Cabildo les otorgara un permiso especial. Pero del pastaje pronto se pasó a cultivar un pequeño pedazo de tierra y cuando los indígenas se dieron cuenta ya era imposible sacar a los blancos de sus propiedades; ellos eran los nuevos dueños que ampliaron sus cultivos en estos terrenos. El Cabildo, al darse cuenta de lo que pasaba, decidió no otorgar más permiso para el uso del molino y el pastaje de las bestias, pero esta decisión se tomó muy tarde. Los blancos ya estaban adentro de sus predios.
Ante la desesperación de perder sus tierras, el Cabildo inició los interminables papeleos, procesos y litigios que la vía legal requiere. Se comenzaron los trámites en Popayán; los papeles fueron mandados después a Bogotá y pasaron varios años sin que se supiera la decisión final. En varias oportunidades, con grandes sufrimientos, esfuerzos y endeudamientos, comisiones de Guambianos conformadas por autoridades locales viajaron a la capital a ver si habían noticias. En las oficinas de Bogotá, a duras penas los atendían y ellos regresaban, después de largos viajes infructuosos, a mirar como se pagaba la deuda contraída.
Un buen día les dijeron que en Bogotá habían fallado a favor de los indígenas y que la tierra que tenían los blancos sería de nuevo suya. Los indígenas esperaron y esperaron pero el documento nunca llegó. Se cuenta, que como en la época el correo se hacía a lomo de caballo, los blancos, al enterarse del veredicto de Bogotá, lo a saltaron y robaron los papeles. Al poco tiempo apareció un documento en el que los blancos mostraban cómo habían ganado el caso y los indios ahora sí habían perdido la tierra.
Esta historia, transmitida de generación en generación de la comunidad, puede ser corroborada con la abundante información de archivo existente y que sirve de testimonio de esta lucha desde principios del siglo XIX, cuando en 1825, el protector de indígenas, con un memorial de los habitantes de Guambía entabló un juicio contra la testamentaria del doctor Matías Belalcázar Fajardo, el mismo Fajardo de que habla la tradición, descendiente del fundador de Popayán y de los encomenderos de Guambía, y relacionado políticamente con la familia Mosquera, por haberse apropiado de estas tierras del resguardo. Esta lucha se continuó durante todo el siglo pasado y toda la mitad del siglo XX, hasta que los indígenas resolvieron enfrentar el problema de la tierra y la recuperación de su antiguo territorio, por vías diferentes a las legales (Pachón, 1996).
Historias similares son contadas por los antiguos tratando de explicar la formación de las grandes haciendas que existen en la región. En todas ellas continuaron viviendo un número considerable de indígenas Guambianos que vieron trasformadas sus vidas en la de terrajeros pobres. Las condiciones de vida de estos indígena s que vivían en las haciendas y estaban sometidos al terraje
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, eran deplorables. El contraste entre el indio de parcialidad y el indio terrajero era muy grande. Luis Duque Gómez en un informe que realizo en los años cuarenta sobre la situación de los indígenas del Cauca comentaba así la situación:
Quiero referirme especialmente a los terrazgueros, ya que la situación de estas gentes es verdaderamente penosa: está sujeta a los caprichos del amo y sometida a la mayor o menor capacidad de explotación de los dueños del terreno que cultiva...
Sobre la hacienda de Chimán el profesor Duque Gómez escribía:
La hacienda de Chimán con 80 familias de terrazgueros... Sus moradores pertenecen al grupo guambiano, tienen las mismas costumbres, hablan la misma lengua y visten de igual manera. Sin embargo, dadas las condiciones materiales en que se encuentran y la dura servidumbre a que están sometidos, existe un verdadero contraste entre este indio y el de la parcialidad: físicamente es un tipo mal dotado, desnutrido, bastante enfermo; no son raros los casos de verdadera degeneración y de cretinismo; se comportan como verdaderos ciervos en presencia del blanco, quien consideran como a un amo... El indio de la parcialidad tiene amplitud económica relativa, que le permite los medios de subsistencia; el terrazguero dedica buena parte de su trabajo para la hacienda y vive pensando con incertidumbre en el momento en que el patrón se le antoje trasladarlo a otro lote, ya que no tiene los títulos que le garanticen el permanente usufructo de la tierra, De este modo, en los terrenos asignados para los terrazgueros no se cultiva sino estrictamente lo necesario para la subsistencia de las familias de los mismos, sin que exista el afán de explotar la tierra con fines comerciales... Según las informaciones suministradas por el administrador de los molinos de Chimán, los cuales están situados en las afueras de Silvia, los terrazgueros pagan allí un terraje de 4 días, uno de ellos en los molinos, a cambio de una ración de sal, panela y harina, a más de un pequeño jornal de $0.25 o $0.30. Se presentan varios días a la semana en cuadrillas de a 10 individuos. Conversando en privado con algunos de estos terrazgueros que estaban de turno el día de nuestra visita a los molinos, éstos me manifestaron que entraban a la empresa a las siete de la mañana y salían a las cuatro de la tarde, recibiendo en el día un pan y un pedazo de panela, sin obtener ninguna paga... (Duque Gómez, S. U.).
Sobre la Hacienda de Ambaló el profesor Duque Gómez describía cómo ésta se había dividido en varias fincas entre las cuales se encontraban la de Ambaló, Ambachico, Agoyanes y Cerro Gordo, hallándose terrazgueros guambianos en todas ellas.
La hacienda escoge los semaneros entre los más hábiles para el ordeño de vacas, mandados al pueblo, búsqueda de la leña, cuidado de animales, etc. y los obliga a turnarse para el cumplimiento del terraje en estos menesteres, toda la semana, sin que reciban retribución alguna por este aumento de trabajo. Permanentemente hay en la casa tres o cuatro semaneros. Por lástima se les da alguna comida, pero en las demás fincas hacen sus oficios sin comer absolutamente nada, solo mascando coca. Como en las otras fincas, el usufructo de las tierras está sujeto a la voluntad del dueño; actualmente se tiene la orden de recolectar sus cosechas y trasladarse a otro sitio sembrado de rastrojo, con el fin de convertir sus parcelas en potreros, sistema muy cómodo, para ensanchar los pastajes, a costa de los trabajos de los pobres naturales, los cuales después de abrir el terreno, sólo se benefician de él por dos o tres años (Ibíd.).
El incumplimiento del terraje por causa de enfermedad no tenía disculpa alguna; el trabajo se acumulaba para el mes siguiente o para el tiempo en que el terrajero se encontrara en condiciones de pagarlo todo, sin que obtuviera ninguna rebaja.
A los niños, a la edad de 12 a 14 años, se les asignaba también su lotecito, sin que se les eximiera del cumplimiento del terraje. Ellos pagaban uno, dos o tres días según la extensión de sus sementeras.
Aunque las características de estas haciendas de terraje guambianas no ha sido estudiada con algún detenimiento, hay un aspecto importante de señalar en relación a su organización política: los indígenas terrajeros en la mayoría de las haciendas tenían también su Cabildo que se elegía anualmente, siendo la opinión del terrateniente fundamental para la selección de los cabildantes. Estos Cabildos, al igual que los del resguardo, eran reconocidos por el Alcalde Municipal y elegidos por un período de un año.
Otra institución que existía en las haciendas era la de Capitán General. El designatario de este cargo era elegido directamente por el hacendado con la función de organizar las cuadrillas de trabajadores, notificar a los miembros de las mismas los días que debían pagar terraje, dirigir muchas de las labores que los terrajeros debían cumplir y coordinar con el mayordomo o administrador de la hacienda las labores que debían realizarse.
7. LA ECONOMÍA
7.1 Zonas ambientales
Los Guambianos son un pueblo tradicionalmente agrícola; el trabajo de la tierra constituye la fuente principal de la subsistencia y su desarrollo trasciende no sólo la vida cotidiana y el ciclo vital, sino la existencia misma de la comunidad.
Como para la mayoría de los pueblos andinos, la tierra y su territorio, representan una realidad amistosa y benévola, la madre tierra de la que depende su existencia. El cuidado con que la trabajan, para no hacerle daño, la prudencia con que recolectan las cosechas que la tierra les da, la alegría con que salen a trabajar en su resguardo, permite imaginar la forma como perciben la naturaleza y las propiedades anímicas que le asignan a este medio productivo.
La tierra para los Guambianos, debe ser respetada, atendida y cuidada, siendo el trabajo la forma ideal para lograrlo. Igualmente la tierra debe ser acariciada y ayudada para que produzca y pueda alimentar a tantos hijos; y, de la misma manera que los hombres, ésta debe ser nutrida, mantenida, calentada, bailada, cantada y sobre todo siempre acompañada.
Tierra y trabajo colectivo son dos realidades que en la mentalidad guambiana siempre están asociadas. Son los hombres, no individualmente sino colectivamente, los que pueden calentar la tierra con sus pasos; trabajándola en su conjunto no sólo la están acompañando y cuidando, sino que la están ayudando entre todos para que ella pueda reproducirse. Comunidad y tierra, constituyen una unidad en la cual ninguna de sus partes puede sobrevivir independientemente.
Los Guambianos habitan en las faldas occidentales de la cordillera central, en un territorio que comprende dos zonas fundamentales: la primera, más baja y pendiente, con algunas pequeñas diferencias climáticas determinadas por su altura, produce desde el maíz y el trigo en las partes más bajas y abrigadas, hasta la papa, la cebolla, el ulluco, el ajo, etc., cultivados en las tierras más altas y frías.
La parte más elevada de su territorio está conformada por las altas tierras paramunas, donde la humedad, el frío y los vientos son muy fuertes, haciendo de esta, una región no muy apta para la agricultura.
...es el páramo de llovizna venteada que quema las orejas, hace que arda la cara y a veces, a los que nunca antes lo habían pasado, los duerme poco a poco, dejándolos agazapados y como riéndose... El páramo de pantanos traicioneros, pues los ocultan las delgadas hojas de cortadera y la paja de páramo, o las matas de arracacha de Duende y la hoja, grande y roñosa que también es de Duende, Amo y señor de este horizonte inmenso (Hernández de Alba, 1949, 15).
Para los Guambianos tradicionalmente el páramo se encuentra recubierto de un halo de misterio, ya que estas alturas son el hábitat natural de fuerzas y espíritus sobrenaturales. Al páramo se entra con respeto y sigilo: antes de penetrar en él, se acostumbra realizar rituales de limpieza para no entrar contaminados, ritual que tradicionalmente se debe repetir cuando se le abandona. De la misma manera, una mujer menstruante no debe subir al páramo, ya que su sangre lo puede ensuciar y los espíritus se pueden encolerizar.
Es aquí en el páramo, donde crece una gran variedad de plantas medicinales, como el árnica y el poleo, que celosamente cuidan los especialistas cada vez que acuden a él por sus hojas, flores o raíces; es aquí donde se
...Muestra en sus arbustos la flor de romerillo, menuda y amarilla; la misma que con ramas bajaron los Pijao cuando Mamá Manuela... libró el pueblo guambiano de perecer (Hernández de Alba, op. cit., 15-16).
Y es aquí en el páramo, a donde los especialistas, los señores del páramo suben a soplar para que los vientos fríos de las montañas bajen y ayuden, por ejemplo, a los compañeros que están en proceso de recuperar nuevas tierras.
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(6) Se entiende por terraje la obligación que tenían los indígenas de aportar al hacendado unos determinados días de trabajo no remunerado a cambio del permiso para rozar un pequeño lote para pancoger y construir una choza dónde vivir. La primera mención escrita relativa al terraje data del año 1374 en un documento relacionado con Jambaló, en el cual el hacendado afirma obligar con azotes y prisiones a los indígenas a pagar terrajes . Ver Findji y Rojas. op. cit, 33; Roldín, 1974 9. (Regresar a 6)
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