GEOGRAFÍA HUMANA DE COLOMBIA
Nordeste Indígena
(Tomo II)
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9.3 La sociedad indígena y el mundo exterior

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Las representaciones de los bufones durante las fiestas muestran una amenaza más a la existencia ininterrumpida de los indígenas como una sociedad "distinta" —a su "otredad". Porque tales representaciones revelan, entre toda la sangre del sacrificio de los toros, lo que un sistema social más amplio causa sobre esas sociedades organizadas según el modo de producción doméstico: fragmentarias en una serie de grupos domésticos más o menos independientes apenas integrados por un acceso en común a la tierra —a un territorio más o menos definido— y por una elaborada ideología que sanciona y "explica" todos los asuntos terrenales. En una manera que recuerda a los "colonos" de los bufones, los indígenas serranos son productores agrícolas que trabajan la tierra y generan excedentes que son apropiados por todo un conjunto de gentes no-indígenas. Productores del agro, eso sí, con una increíble riqueza en términos de creencias y prácticas sobrenaturales. En el caso de los kogui, los ika, los wiwa, e inclusive los chimila, esta extracción de excedentes se facilita, y aún se incrementa, precisamente por su identidad étnica diferente, por el hecho de que ellos son "otro pueblo" —y como tales, indios inferiores e irracionales. Todo esto es, desde luego el resultado de un proceso histórico con un origen colonial que ha vinculado el destino de los hermanos mayores con el de los hermanitos menores.

żA cuál colonialismo hago mención aquí? En principio hago referencia al colonialismo europeo, al orden colonial entronizado por los españoles en sus colonias americanas. Este orden, que afectó de diferentes formas a la Sierra Nevada desde la derrota que sufrieron sus habitantes originarios, los llamados tairona, en el siglo XVI, hizo parte sin lugar a dudas del sistema global creado por los europeos. Sin embargo, el derrocamiento del imperio español durante los inicios del siglo XIX en lo que hoy es Colombia no significó que todos los lazos que unían a la Sierra Nevadá con el resto del mundo dejaran de existir. Porque una vez que los gobernadores españoles, los funcionarios de impuestos, los clérigos y los comerciantes abandonaron la entonces gobernación española de Santa Marta, los indígenas del norte de Colombia permanecieron en cierto modo "colonizados" —en la medida en que quienes salieron fueron reemplazados por otros agentes similares, y sus descendientes continúan hoy visitando el montañoso macizo con propósitos harto similares a los de sus predecesores. Con esto no pretendo minimizar las transformaciones que han sufrido los indígenas durante estos últimos siglos —sólo quiero afirmar que estos indígenas todavía constituyen una población étnicamente diferente, una minoría étnica, dentro de la organización de un estado nacional. Una nación, un país, Colombia, que dentro del sistema mundial actual es un país "subdesarrollado" que lucha por ser oído a la par con las poderosas voces de los centros metropolitanos —con relativo éxito, vale añadir, porque Colombia sólo es el "país de la droga", como los medios de comunicación de los países desarrollados permanentemente recuerdan a sus audiencias. No debe sorprendemos, entonces, que el Caribe continúe siendo el mar del contrabando, como siempre ha sido desde el siglo XVII.

Como un recordatorio de las estrechas relaciones que existen entre los indígenas y los colombianos es útil rememorar el siguiente episodio. El escenario fue un seminario auspiciado por el gobierno y una fundación privada, cuyo tema fue la administración de los recursos naturales de la Sierra Nevada. El seminario tuvo lugar en un moderno centro de convenciones cerca a Santa Marta en los primeros días de diciembre de 1987 —Pozos Colorados, como se le denomina al centro y al conjunto hotelero asociado, fue por lo demás construido sobre un inmenso yacimiento arqueológico tairona. El grupo que tomaba parte de las deliberaciones que se adelantaron en modernos cuartos con aire acondicionado era conformado por burócratas gubernamentales, periodistas, científicos de varias disciplinas —y entre ellos algunos antropólogos. Asistía, asimismo, una numerosa delegación de indígenas de la Sierra Nevada, koguis, ikas y wiwas, encabezados por el máma Valencia y el entonces cabildo-gobernador de Gonawindúa Tairona. Durante la serie de interminables reuniones, los indígenas escuchaban a veces de forma discreta y otras con una inocultable cara de extremo aburrimiento, todo lo que decían los expertos sobre el manejo más adecuado que debe dársele a este amenazado paraíso natural de la Sierra Nevada de Santa Marta.

El último día de deliberaciones, en la plenaria de clausura, el máma Valencia y el cabildo-gobernador tuvieron por fin la oportunidad de dirigirse a los asistentes. Ante la inmóvil y atenta audiencia, el cabildo-gobernador tradujo con voz pausada el largo discurso del máma Valencia. En su lengua, el máma explicaba cómo ellos, los hermanos mayores, aparecieron por primera vez cuando la tierra fue creada por Seránkua, y cómo su misión más importante era proteger a la Sierra Nevada. El máma Valencia siguió con su explicación de cómo los kogui solían tener a su disposición toda clase de bienes materiales —carros, grabadoras, trenes e inclusive aviones. Sin embargo, los hermanos mayores decidieron darle todas estas cosas a los hermanitos menores para que entretuvieran y jugaran con ellas, porque ellos no estaban interesados en que la Madre se sintiera afectada por las "venas rotas" ni por los "ojos secos". La misión de los kággaba, hizo hincapié, era cuidar a la Madre y a la Sierra Nevada, su hogar. Pero los hermanitos menores nunca quedaron satisfechos con esos regalos que les dieron sus hermanos mayores, y retornaron a la Sierra a destruir los árboles, los ríos y todas las tierras —y de paso, apoderarse del territorio, y a saquear y robar sus guacas que sirven de "alimento" a la Madre, tal y como lo hicieron en la Ciudad Perdida.

Para castigar a los hermanos menores por el desacato a la Madre y a la Sierra Nevada, Seránkua dictaminó que los hermanitos menores se matarían entre ellos. Para confirmar que entre los hermanitos menores se asesina con gusto, sólo hay que mirar el panorama de la Colombia actual. La carnicería terminará, dictaminó sentencioso máma Valencia, sólo si los hermanitos menores regresan a la Sierra Nevada y aprenden la Ley de la Madre y empiezan a comprender la historia de los kággaba —sin olvidar, claro está, que deben parar asimismo su saqueo de los tesoros indígenas, y que no deben causar más daño a los árboles, ríos y montañas. Si proceden como se les indica, Seránkua anulará su sentencia y perdonará a los impetuosos y tontos hermanitos menores "que no entienden bien".

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