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CONCLUSIÓN: NOSOTROS LOS HERMANOS MAYORES
"¡Háblale,
háblale!", me gritaba un hombre kogui medio ebrio por los efectos del guarapo de
caña y del chirrinche consumidos en los varios días que llevaban las fiestas del pueblo
de Taminaka mientras señalaba una estatua de yeso de edad indeterminable que se
suponía representaba a San Luis Beltrán. Mi desconcierto y mi inmovilidad no hacían
sino aumentar la exasperación del indígena, quien con gestos cada vez más enfáticos
repetía a viva voz su "¡háblale, háblale en tu lengua!". ¿Hablarle en
castellano a una estatua descolorida y de rasgos inciertos, de cuyo brazo derecho manco
pendía una aureola metálica de santo, con su cabeza cubierta con un pequeño sombrero
hecho de palma a la usanza de San Francisco? ¿Y qué le digo, de qué le hablo? Después
de varios minutos eternos me di cuenta de lo que quería mi interlocutor: que le rezara al
santo unos padrenuestros. En efecto, mientras varios hombres y mujeres le hablaban, o
mejor, le gritaban en koguian al santo expuesto en la plaza sobre una tarima en cuyo
frente reposaba una piedra de altar con cruces talladas, el comisario del pueblo le rezaba
a media lengua y de rodillas un padrenuestro. Así las cosas, yo también me arrodillé y
empecé con mi primer padrenuestro, del que se me olvidó la mitad por el susto que
tenía. Vuelta otra vez a comenzar, no sin antes seguir la recomendación de los vasallos
que me rodeaban en apretado corro que mirara al santo directo a la cara. Después de unos
cuatro padrenuestros mal recitados, mi amigo kogui que había comenzado todo lo que en
principio parecía un sainete incomprensible, me interrumpió con un gesto de
satisfacción y exclamó: "¡Ya está bueno!".
El evento anterior ocurrió
dentro del siguiente contexto: las fiestas del solsticio de verano de Taminaka llegaban a
la etapa en la cual se efectúa el reingreso de los vasallos a la vida cotidiana. El
cierre de las fronteras del pueblo, el sacrificio de los toros, las comidas colectivas y
las representaciones de las danzas en el teatro ya se habían llevado a cabo. Los
vasallos, guiados por su máma principal, el viejo Pedro Auquí, estaban listos para
reasumir su rutina diaria. Esa mañana, y una vez terminados los eventos artísticos en la
plaza, un desfile conformado por hombres, mujeres y niños, se dirigió al pozo del río
para encontrarse con máma Pedro y su séquito. Allí se realizó el ritual del baño
colectivo y los sacerdotes nativos completaron la "purificación" con la
aspersión de hojas de coca. Fue después que mámas y vasallos llegaron de regreso a la
plaza, cuando todos empezaron a hablar en castellano y en koguian con su viejo y familiar
San Luis Beltrán, el patrono de su pueblo. Como tal, su ícono fue sacado de la iglesia
para que pudiera estar más cerca a los kággaba y presidiera la congregación en el
teatro de las fiestas. Como sus paisanos de San Francisco, los habitantes de Taminaka
querían pedirle "permiso" a San Luis Beltrán para ponerle término a sus
festivales.
¿Por qué era tan
importante que San Luis Beltrán estuviera presente en ese cierre de las fiestas de
Taminaka? ¿Cuál es el lugar que ocupa el santo en el esquema de los indígenas de la
Sierra Nevada? Por el momento, basta decir que esa presencia de San Luis Beltrán nos
sirve para demostrar que los kogui (y los indígenas serranos en general) no están tan
alejados de nosotros, tan separados de nuestra propia historia. Y es que los kággaba
necesitan a sus hermanitos menores para poder producir su "identidad kogui" y
hasta sus mismas vidas casi en la misma medida en que ellos necesitan cultivar sus
tierras y perpetuar su universo simbólico para poder reproducir su diferencia cultural.
En efecto, los kogui están inmersos en nuestra historia de muchas maneras, en nuestra
propia sociedad global, y no pueden existir totalmente fuera de ninguna de ellas no
importa cuán específica continúe siendo su historia, y cuanto tratemos los
antropólogos de colocarlos en un vacio histórico. Explicar el episodio de Taminaka
implica, en síntesis, completar todo el ciclo del presente trabajo sobre la situación
contemporánea de los indígenas serranos y sus congéneres de las partes bajas aledañas.
Poco importa, en verdad, que las fiestas fueran de los kogui y no de los ikas, wiwas
o chimilas como a continuación lo veremos.
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