GEOGRAFÍA HUMANA DE COLOMBIA
Nordeste Indígena
(Tomo II)
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8.4 El reingreso a la vida cotidiana

La mañana del vigesimotercer día de fiestas se dedicó a la representación de otras danzas. Estas estuvieron presididas por Santos, quien bailó al son de los carrizos, las maracas y tambores. Los hombres que acompañaron a Santos en la danza estaban ataviados con pañoletas que utilizaban para imitar el vuelo de la cataneja y como tales se movieron alrededor de la plaza como si estuvieran "volando" con los brazos en alto sobre la cabeza, sosteniendo las pañoletas. Luego hizo su aparición "la culebra", una fila de serpenteantes hombres que imitaban a la venenosa culebra rabo de ají, su cola roja representada por un hombre que portaba una tea encendida, en tanto los demás hombres tocaban pitos para imitar el sonido de la culebra. Al disolverse gradualmente la culebra, otra se formaba, y mientras esto sucedía, don Juan y Santos encabezaron una fila conformada por mujeres y niños acompañados por el tamborero. La culebra serpenteaba alrededor del teatro, y a medida que se volvía más amplio el círculo, la culebra crecía cada vez más. Una vez se deshizo el círculo, la culebra empezó a enroscarse alrededor de la cruz de la plaza —cuando dos "policías" con escopetas entraron al escenario para darle muerte a la serpiente que representaba a Hiséi. Una vez que la "culebra" murió, los vasallos se tiraron al piso y permanecieron ahí tirados, como muertos, por unos momentos. Muerta esta primera serpiente, otra se formó y de nuevo le dieron muerte. Siete variedades de serpientes se representaron y a las siete se les dio "muerte": a la culebra amarilla, a la morada, a la blanca, a la negra, a la roja, a la verde y a la pintada o "boquidorada".

Más tarde una cadena de hombres y niños bailaron la danza del mono machín, al que le ofrecieron plátanos, maíz y trozos de caña de azúcar —pues al machín le encantan estas comidas. El "dueño" de estos cultivos seguía a los bailarines, y una vez vio los estragos que el mono causaba, soltó a los perros para que espantaran al dañino animal. De nuevo los niños representaron a los perros que ladraban, y fueron a perseguir al mono. Esta danza se repitió por cinco veces consecutivas.

Entre tanto, dos grupos de mujeres, cada uno presidido por la bailarina principal, bailaron al son de sus tambores, en cada uno de los extremos del escenario. Más adelante cada grupo formó una fila que avanzó hacia el centro del escenario encontrándose con los hombres que danzaban, y una vez llegaban hasta ellos, se retiraban de nuevo a su lugar de origen, repitiendo el esquema varias veces. El jugetón Manuel, entre tanto, continuó representando el papel del colono, poniendo todo su empeño en arreglar las inexistentes peleas entre los vasallos con su hoja de papel. A lo lejos, como era costumbre cuando el delirio de la multitud llegaba al máximo, se escuchaba el tañido de las campanas de la iglesia, como queriendo competir con la música que tocaban los músicos en el escenario —el chirrinche y el guarapo fluían sin diques entre la concurrencia.

Al término de la danza anterior, se organizó otro baile representando al mono machín: los hombres y niños con sus silbatos, ofrecían al mono racimos de aguacate, plátanos y caña de azúcar. Los bailarines representaron el baile conforme al día anterior, pero en esta ocasión las mujeres se unieron a la cadena portando una vara con manojos de plátano que colgaban. Los productos se descargaron y apilaron lentamente, continuando los bailarines su camino hacia la cruz de la plaza. Una vez llegaron a ésta, la larga cadena empezó a enroscarse alrededor de la cruz. A medida que la espiral se hizo cada vez más amplia, los "policías" hicieron su aparición en el escenario para matar al mono —y todos los vasallos se tiraron al piso. La danza se representó tres veces, y los productos se acumularon en una gran pila a medida que éstas se realizaban. Cuando terminaron, al máma don Juan se le entregaron los aguacates, los plátanos y la caña de azúcar, quien acompañado de un grupo de tamboreros entró a la cocina comunal para redistribuir los productos entre sus sacerdotes asistentes y los oficiales de la fiesta.

Máma don Juan y sus dos asistentes de más alto rango, máma don Pedro y su hijo máma Agustín, iniciaron luego el "arreglo" de dos pares de cuernos de toro que serían utilizados en el baile siguiente —la danza del "tigre" o "león" (en realidad "jaguar")—. Los carrizos y tambores entonaron la música, mientras dos hombres, presididos por Santos, sostenían sobre su frente un par de cuernos. Dos hombres más, los "tigres" le lanzaban cascajo a los "toros", como si los tigres se burlaran de los toros. El grupo se completó cuando dos "policías" empezaron a pedirle dinero a los vasallos de los alrededores —tal como lo hacen los policías colombianos cuando van a la Sierra Nevada a arreglar los asuntos de los kággaba. Un "policía" arrastró a una mujer que representaba a una prostituta, y burlonamente la golpeaba con la culata de la escopeta mientras la sacaba.

El baile se inició cuando los "tigres" comenzaron a atacar a los "toros" —los dos últimos actores se quitaron sus mochilas y pañoletas, ya que la pelea iba a ser en serio. Y en realidad lo fue, según la expresión de los rostros de quienes hacían la representación. Los "tigres" y "toros" se encontraron en varias oportunidades en diferentes sitios del escenario. Santos los separaba cuando la pelea se volvía incontrolable. Cuando la pelea se terminó, los cuatro luchadores se abrazaron y se dejaron caer al piso. Todavía abrazados, los hombres se revolcaron una y otra vez sobre el polvo hasta que los "policías" hicieron sus dos disparos al aire —y los "tigres" y "toros" cayeron muertos. Entre tanto, otros dos vasallos se prepararon para la próxima pelea entre el "tigre" y los "toros" —una vez todo estuvo listo, la representación se hizo como la anterior, y de nuevo los "policías" dispararon sus armas. Otros vasallos repitieron la danza, hasta llegar a su cuarta representación: en el segundo acto, los actores fueron hombres jóvenes, en el tercero la representación la realizaron adolescentes, y el cuarto fue llevado a cabo por niños, "para que ellos también aprendieran". Durante la representación hubo momentos en los que los "toros" y los "tigres" no se contentaron con pelear entre sí sino que atacaron a la cruz de la plaza y a la audiencia.

La siguiente danza fue la cataneja, (chéika en koguian), una ave de rapiña que se alimenta de las presas que deja el cóndor. Para este baile se reunieron diez hombres encabezados por don Juan y su hijo Santos. En la plaza colocaron sobre el piso una larga soga de cuero, e iniciaron la danza alrededor de los lazos, agitando sus pañoletas rojas que imitaban las "alas Una vez se terminó ésta, ataron a las sogas un par de cuernos de toro, representando las reses muertas, y el cóndor se lanza desde las alturas del cielo en busca de su presa. Hacia un lado de "las reses muertas", se encontraba un grupo de niños sentados que estaban esperando su turno para representar su papel en el escenario. Su turno Llegó cuando las catanejas se acercaron a los cuernos de toro e inspeccionaron si el cóndor les había dejado algo de "comida’’ —olfatearon los "cuernos" y los "perros" que ladraban los espantaban. Las catanejas se dividieron en dos grupos, cada uno integrándose a los grupos de bailarinas que danzaba en ese momento la danza maleba —un "buen baile" fue la única explicación, y que de alguna manera tenía relación con las catanejas. Algunas mujeres llevaban puesto el sombrero de paja trenzada que siempre usan los hombres de San Francisco como su distintivo característico, y que los distingue de los demás kogui de otros pueblos.

Una vez más, los bailarines que representaban el baile de la cataneja se reagruparon, y fueron a observar de cerca al "toro" muerto para ver qué les había dejado el cóndor. Tal como en la danza anterior, los perros los espantaron con sus ladridos, mientras don Juan observaba con atención los movimientos de los bailarines. Las catanejas se dispersaron, y los oficiales aprovecharon la oportunidad para ofrecer guarapo a los sedientos muchachos. En una de las esquinas del escenario, uno de los mámas estaba adelantando su propio "trabajo" de cataneja con unas hojas de coca en sus manos. Todo el teatro estaba muy animado con la música de los tambores y carrizos y del insufrible tañido de las campanas al fondo.

Luego las catanejas iniciaron una vez más su "vuelo", dirigiéndose hacia las bailarinas que danzaban maleba. Más adelante regresaron y empezaron a bailar a lo largo de las sogas, para dividirse de nuevo en dos grupos. Los hombres de cada grupo tomaron de las sogas, cada grupo situado en cada uno de los lados de la división establecida por los cuernos que se encontraban atados. Los hombres empezaron a halar de cada lado de la soga. Primero, un grupo ganó la competencia, y los "policías" se acercaron a darle muerte a la cataneja. Luego el grupo perdedor obtuvo la victoria, y de nuevo los "policías" hicieron su aparición y dispararon sus armas. Entre tanto, máma don Pedro, el sacerdote con el segundo rango de importancia, volteaba sus brazos hacia la izquierda, mientras en sus manos sostenía hojas de coca —"para que los vasallos no mueran en este mundo". Y éste fue el final del baile de la cataneja —que otra vez se bailaría el día siguiente.

Todos estos bailes son para los kogui "juegos", esto es, ocasiones en las que uno disfruta las representaciones por su valor artístico. Pero los kággaba también los designan como "trabajos", queriendo decir con ello que las danzas tienen un valor ritual. Sin embargo, los bailes no constituyen "trabajos pesados", como por ejemplo sí lo es el baño colectivo, cuyo propósito es sin duda sagrado —el baño, entonces, es un "trabajo pesado", y es marcado por el sonido de las caparazones de morrocoyo. Sólo los eruditos, tales como el máma don Juan y sus discípulos, están preparados para llevar a cabo tales "trabajos pesados" —que pueden volverse por cierto peligrosos si se realizan de manera descuidada. ("Porque así hizo Adán antes del primer amanecer, y así les enseñó a los kággaba").

Una vez terminadas las danzas, se llevaron a cabo otras dos procesiones diferentes, en las cuales tomaron parte los hombres, mujeres y niños del pueblo. La primera de ellas estuvo encabezada por don Juan, y los participantes rodearon primero la plaza y luego se dirigieron hacia donde se encontraban los postes de sacrificio, la cocina y terminaron congregándose en la iglesia. Dentro de la iglesia dieron varias vueltas hacia la izquierda. La segunda procesión estuvo presidida por el mayordomo. Los que tomaron parte en este evento se dirigieron primero hacia el sendero que viene de Pueblo Viejo a San Francisco, e hicieron un alto en las puertas del pueblo. Luego, los participantes desfilaron hacia la cansamaría principal. En tanto las mujeres permanecían afuera, el mayordomo y los demás oficiales procedieron a hacer la entrega de sus distintivos a quienes habían sido nombrados como los nuevos "dueños" de las fiestas del próximo año. Luego, ambas procesiones se unieron y todos se dirigieron a visitar las casas de los nuevos y de los antiguos oficiales. Más tarde, la multitud se congregó de nuevo en el interior de la iglesia. A medida que la gente abandonaba la iglesia, los nuevos oficiales y sus ayudantes empezaron a distribuir guarapo entre los vasallos, en tanto sus colegas hacían lo mismo con las botellas de chirrinche. En este momento, los músicos que tocaban el morrocoyo entraron en la escena y dejaron oir sus bajos sonidos en esta última parte del desfile.

La multitud en pleno se dirigió entonces hacia el río para tomar su tercer baño colectivo en el pozo —los mámas querían estar seguros que las cosechas del próximo año fructificarían con abundancia y que las "plagas’ no las afectarían. Una vez se realizó el baño colectivo, las danzas en el pozo y se rociaron las hojas de coca sobre los asistentes, la multitud acompañada por los sacerdotes se encaminó de regreso a la plaza del pueblo —sin olvidar dar unas cuantas vueltas hacia la izquierda en su camino ("De tal manera que ningún espíritu malo lo coja a uno y todo quede por abajo"). En el interior de la iglesia, todos empezaron a "hablarle" a Aldaulhuíku, un hijo de la Madre y "dueño" de los toros, la caña de azúcar, los plátanos u otros alimentos que dio a sus vasallos para las fiestas ("¡Aldauhuíku es San Luis Beltrán, el mismo San Luis Beltrán! ¡Porque Adán sólo enseño!". El pobre San Francisco todavía seguía envuelto en su mortaja de plástico).

La procesión hacia el río y las "conversaciones" con San Luis Beltrán fueron los últimos eventos públicos de las fiestas. Sin embargo, todavía quedaban pendientes un par de asuntos antes que los vasallos pudieran reingresar en pleno a su vida cotidiana. Mientras tanto, los vasallos se dedicaron a beber un poco más de guarapo y chirrinche —y en esta oportunidad los maridos llevaron a sus mujeres a la plaza y les permitieron beber un poco, pero nunca las dejaban solas por mucho tiempo "porque pueden putearse".

Durante el vigesimocuarto día de fiesta, los hombres permanecieron día y noche bailando en la cansamaría, y don Juan aprovechó la oportunidad para darles "consejo" y arreglar algunos casos de "justicia" —que significaron que máma don Juan "confesara" a un grupo de hombres "pelioneros". Al día siguiente, el vigesimoquinto día, el día final, don Juan encabezó una procesión para "abrir" las puertas del pueblo y del teatro, y una vez más "limpiar" todos los escenarios rituales de las fiestas. Durante la noche, los hombres se reunieron de nuevo en la cansamaría y tuvieron otra sesión de consejos a la que todos asistieron —excepto unos borrachitos que armaron su propia fiesta con un alboroto terrible.

Los vasallos estaban ahora exhaustos después de tantos días de fiesta: "Tantos bailes y tanto beber, pero estamos contentos pues nos sentimos protegidos, nuestras tierras seguirán dando nuestras cosechas, y nuestro ganado seguirá engordando y pariendo en los páramos. Nosotros los vasallos hemos pagado a la Madre, y el sol ya comenzó su viaje a su otra casa en el solsticio de invierno. Después de que nuestro máma, nuestro buen máma, nuestro protector, quite las trancas del pueblo, iremos con él a su pueblo ceremonial y en su cansamaría le haremos pagamento a la Madre, la alimentaremos. Entonces, ya reentraremos en nuestras vidas de todos los días. Y continuaremos tejiendo nuestras vidas con nuestro movimiento de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba, entre nuestras fincas y los páramos, en nuestras montañas, nuestra casa. Ya hicimos lo que la Ley nos dice que hagamos cada año por esta época. Ahora somos mejores, "más mayores", estamos más cerca de nuestros ancestros. Ya casi somos como ellos, ya "sabemos" un poco más. Hemos tomado durante todo el año, pero en las fiestas hemos devuelto. Esa es la Ley de la Madre. Eso fue lo que los mámas y los mayores de los tiempos antiguos nos enseñaron. Ya bailamos para no morir".

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