GEOGRAFÍA HUMANA DE COLOMBIA
Nordeste Indígena
(Tomo II)
© Derechos Reservados de Autor

8.3 El sacrificio

173.jpg (6867 bytes)

El sacrificio de los toros fue un hecho sorprendentemente profano. Uno a uno se condujeron al poste del sacrificio los tres primeros toros que iban a ser sacrificados ese día. Estos toros "pertenecían" al mayordomo, quien como oficial de más alto rango tiene precedencia en el sacrificio. Cada toro fue bien amarrado con una soga al poste por la cabeza. Luego el matarife, sin ninguna ceremonia previa, mató cada animal con una serie de cuchilladas asestadas en la base de la cabeza. La muerte de cada animal era celebrada por todos los vasallos, hombres, mujeres y niños, con un verdadero pandemonio de gritos y aplausos. La mayoría de los hombres estaban embriagados pues era difícil rechazar las continuas rondas de guarapo y chirrinche que ofrecían los oficiales. Aunque las mujeres no bebían, e inclusive algunas tejían afanosamente la mochila que debían terminar ese día, la sangrienta escena también produjo entre ellas un estremecimiento generalizado. Acompañado por sus mámas auxiliares y los músicos, don Juan observó todo el evento con mucha atención pero un poco alejado del lugar de sacrificio. El máma estaba totalmente inmóvil, sin emprender ninguna acción ritual o de ninguna otra naturaleza, sus ojos asombrados ante todo el desorden de un asunto tan sangriento. Entre tanto, el encargado de las campanas de la iglesia no cesaba de repicarlas. ("Para alegrar a nuestros padres y que ellos sepan que todavía estamos en las fiestas").

A medida que cada uno de los toros se sacrificaba se colocaba sobre una cama de hojas de plátano sobre el piso del matadero. En seguida, un grupo conformado por unos doce hombres y dos mujeres, todos vestidos con harapos, desollaban, desmembraban y sacaban la carne de la res —mientras los hombres trabajaban con pequeñas hachas y afilados cuchillos de carnicero, las mujeres sacaban la sangre en grandes totumas. El grupo de carniceros trabajaba casi simultáneamente en los tres toros, ya que los tres habían sido sacrificados uno después del otro. Mientras cortaban, separaban, trinchaban y drenaban la sangre, cantaban ininteligibles canciones en medio de las totumadas de guarapo y chirrinche que les brindaban los oficiales y sus esposas. La escena la completaban los borrachos que pasaban sobre las reses muertas por entre el medio de los carniceros, mientras los perros trataban de obtener sus propias presas. Había mucha sangre regada en toda el área adyacente al sacrificio de unos ocho metros de diámetro —a un lado, un hombre dormía su borrachera sobre las hojas de plátano, mientras la sangre chorreaba su otrora manta blanca.

Luego los carniceros procedieron a deshollar los animales halando la piel, mientras otros trabajaban sacando las vísceras —éstas debían llevarse al río y ser lavadas antes de hacer la rellena con la sangre. Al terminar esta operación, los hombres empezaron a cortar la res en grandes pedazos, primero las cuatro extremidades, que Manuel y su grupo de "burros" llevaron a la cocina —mientras en su camino se dedicaban a "rebuznar" como los burros.

Mientras los carniceros cortaban las presas de carne, preparaban algunos trozos que debían ser repartidos de acuerdo con estrictas reglas de la etiqueta: don Juan, sus tres hijos mámas y otro máma, cada uno recibió unas cuatro libras de tierno solomito; a Santos Moskote, el especialista en danzas, le tocó un solomito pequeño; a los dos asistentes mayores, una porción de costilla para cada uno; a los músicos una libra de hueso carnudo; a los mayordomos, una larga franja de cuero para que fabricaran sus sogas; a los dos ayudantes del mayordomo, una pequeña franja de cuero; al matarife, una pequeña cadera. A cada miembro del grupo de carniceros y de los "burros" algunos huesos y vértebras; a las bailarinas, totumadas de sangre y tripas; y finalmente, a las cocineras, patas, colas "narices" y "orejas". Adicionalmente, el mayordomo dio al oficial un tierno solomito —el día siguiente el oficial le retornaría al mayordomo el mismo presente.

Manuel y su pandilla asumieron un papel central en la fiesta mientras cumplían su tarea de transportar la carne a la cocina. Como payasos que eran, representaron a los colonos que en otros tiempos venían de Pueblo Viejo a las fiestas de San Francisco a embriagarse sin ser invitados —y Manuel bebía como los colonos cuando estaban de fiesta— a bailar —e imitaba a un colono bailando vallenato— y a besar a nuestras mujeres —y Manuel que le estampa su beso a una mujer que se encontraba cerca. El misionero tampoco escapó de la imitación de Manuel y hasta su larga barba fue fielmente indicada. Más tarde, Manuel representó al Padre cuando vino por primera vez a una fiesta y empezó a tomar fotos y a filmar con una cámara de video a los alegres vasallos, y a don Juan cuando estaba preparando un importante pagamento —porque, eso dijo el misionero, quería mostrar todo lo que sucedía en las fiestas a sus amigos europeos. Manuel y su pandilla eran muy buenos actores y sus representaciones provocaban dentro de su audiencia fuertes carcajadas. Año tras año, durante las fiestas, Manuel había desempeñado el papel oficial de bufón y era el líder de los "burros"; pero este año, dijo, sería la última vez que tomaría parte pues se estaba volviendo viejo y estaba algo cansado. Quería pues enseñarle a un joven, porque alguien tenía que desempeñar este importante papel de payaso; tenía que haber "colonos", "curas" y "colombianos" en este antirritual en que se había convertido el sacrificio de los toros.

Hacia las 4:30 p.m., la carnicería de los toros se había terminado y toda la carne se encontraba almacenada dentro de la cocina. Entre tanto Manuel se dedicó a partir la carne en pequeñas porciones y las cocineras prepararon los plátanos y arracachas para el "fondo Luego se agregó la carne, que ya estaba adobada con cebollín, y a la comida no se le puso sal, tal como lo "ordenaba el máma".

El ambiente de la cocina era demasiado pesado ya que la gente que estaba bebiendo entraba constantemente a revisar cómo iban las cosas. Los oficiales repartían sin cesar guarapo y chirrinche a las entonadas cocineras, mientras Manuel no parecía cansado de hacer sus travesuras. De vez en cuando los tamboreros entraban en el recinto tocando sus tambores sin piedad, como si quisieran competir con el repique de las campanas de la iglesia. Luego le tocaba el turno a los carriceros que, acompañados de un novicio de máma, bailaban alrededor del enorme caldero colocado sobre un fogón que reposaba sobre el piso. Unos dos o tres hombres revolvían constantemente el sancocho con largos palos de madera, velando que el fogón tuviese suficiente leña y no se apagara. Al llegar la oscuridad de la noche, dos lámparas de petróleo se encendieron en la cocina, lo cual acentuó el toque por demás surrealista de la situación.

Afuera, luciendo sus mejores galas, toda la población del pueblo se reunió en la plaza, a la luz de una gran hoguera y de los chorros de luz de un sinnúmero de linternas que portaban los vasallos. Los carniceros fueron a ocupar sus puestos en la mitad de la plaza, en el escenario del teatro, mientras los tamboreros se movían sin descanso tocando con frenesí "trueno del mar" —un infernal ruido que los impulsaba, inducidos por el alcohol, a entrar en una especie de trance. Los bailes estaban a punto de empezar; dos grupos de mujeres bailarinas hicieron su aparición y se colocaron en cada una de las esquinas del teatro —cada grupo estaba integrado por una tamborera y bailarinas con semilla de kantúa. Los dos grupos iniciaron la danza, al igual que lo hicieron erráticos grupos de baile de los hombres.

Parejas de hombres tomados de las manos comenzaron el "baile del gavilán" (algunas veces se le llama "el baile del cóndor"), que bailaron en torno a los carniceros sentados en medio de la plaza, simulando con sus movimientos y giros el vuelo del ave —los carniceros representaban su presa— mientras que un círculo de niños se acercaba y se alejaba de la presa imitando los ladridos de los perros. Luego los hombres iniciaron una danza al son del tambor que tocaba "el trueno del mar", formando una larga y ondeante fila de hombres que aullaban. Los carriceros empezaban después a tocar el son del "baile de la guara", y el del "baile del zorro" —estos animales predadores de las cosechas debieron ser "espantados" por los niños que imitaban los ladridos del perro. Asimismo, algunos hombres bailaban en parejas y otros bailaban solos, y se mezclaban libremente con los demás en el escenario del teatro. Todos bailaban en la forma tradicional, un pie en el aire mientras el otro sostiene el peso del cuerpo —en tanto bailaban, cantaban y bebían guarapo y chirrinche. Los grupos de mujeres continuaban sus propias danzas.

El baile continuó casi toda la noche, aun cuando algunos vasallos rendidos decidieron tomarse un breve descanso en sus casas —mientras los tamboreros, los carriceros y los maraqueros no cesaban su melodía, como tampoco paraban de sonar las campanas de la iglesia. ("Es que los vasallos quieren estar seguros que la Madre esté viendo las fiestas"). Entre tanto en la cocina proseguían la cocinada del sancocho. Como de costumbre, los borrachitos visitaban el lugar supuestamente para cerciorarse que todo seguía como se había planeado. En la madrugada el máma don Juan se dirigió a la cocina para inspeccionar la comida, que fue al amanecer del vigesimoprimer día de fiestas.

Para la ocasión, los residentes del pueblo se reunieron lentamente en la plaza, frente a la casa que hace las veces de cocina comunal. Adentro, el mayordomo y sus ayudantes repartían en ollas de barro las raciones del sancocho de cada una de las familias del pueblo —y se utilizan las ollas de barro, y no las de aluminio, puesto que se trataba de una comida ceremonial. Contra la pared de la cocina estaban colocados una gran cantidad de racimos de plátano maduro. Un grupo de unos ocho hombres, vestidos con harapos, recibía en el interior de la cocina las ollas. El mayordomo llamaba por su apellido a la cabeza de familia, pasaba la olla a estos hombres para que la llevaran a la casa asignada, no sin antes recoger a la salida una pequeña mano de plátanos para acompañar el sancocho. Un tamborero acompañaba a cada uno de los "burros", anunciando con su tambor la llegada. La esposa recibía, al frente de la puerta de su casa, la porción asignada a su familia y vaciaba el contenido en una de sus vasijas después de entregarle a los mensajeros pequeñas porciones de alimento como pago por sus servicios. Una vez la familia recibía su porción de comida, se le podía agregar sal y luego todos comían. Si quedaban restos, podían guardarse para más adelante, una posibilidad bastante remota para las familias de bajo rango ya que las raciones que recibían eran pequeñas y prácticamente sin carne —el ingrediente más apetecido del banquete colectivo.

La distribución de la comida siguió, por cierto, unas reglas de etiqueta. Las primeras y mas abundantes raciones se destinaron al núcleo doméstico del máma don Juan y sus hijos sacerdotes. Luego se repartió a las esposas de los demás mámas de bajo rango, y en su orden prosiguieron las casas del comisario, el cabo y las familias de los mayores y quienes gozaban de prestigio en el pueblo. En este orden el mayordomo repartió poco a poco las raciones de acuerdo con el poder y el prestigio de los habitantes, hasta llegar al fondo del caldero y por ende a los estratos sociales más bajos de San Francisco. Durante la distribución de la comida algunos bailarines continuaron el bullicio, mientras quienes aún no habían sido llamados a que se les diera su ración los observaban —al ser llamados, se apresuraban a ir prontos a sus casas y recibir lo que les correspondía según el protocolo. Cuando todos los vasallos recibieron sus porciones respectivas y empezaron a comer, terminó el bullicio y el desorden.

Hacia el final de la mañana del vigesimoprimer día, y una vez toda la población terminó su primera comida colectiva, los vasallos empezaron a congregarse en la plaza del pueblo. El máma don Juan y su hijo Santos, acompañados por dos sacerdotes auxiliares y los músicos, encabezaron una procesión que marchó al pozo de agua comunal en el río, pero primero rodearon todo el pueblo con su procesión. Los sonidos bajos emitidos por el morrocoyo daban a entender la importancia de los acontecimientos, ya que se estaba tocando música sagrada, la música de los ancestros. Cuando terminaron de rodear el pueblo, fueron por fin hacia el río.

En el pozo, los pudorosos kogui empezaron su aseo —un baño colectivo de hombres, mujeres y niños desnudos— ya que todos debían lavar por entero sus cuerpos. No obstante, algunos vasallos sólo mojaron sus rostros, cabello y manos como gesto simbólico de participación en el baño colectivo, mientras otros ni siquiera se atrevieron a acercarse al agua. En tanto los vasallos se bañaban, máma don Juan, Santos y los asistentes de los sacerdotes danzaban al son del morrocoyo sobre una roca desde la cual se podía divisar el pozo. Inclusive el pequeño Blas Alberto, un hijo de Santos que había ayudado y guiado a su achacoso abuelo durante casi las fiestas, también se unió a la danza que se realizaba sobre la piedra —su padre observaba que el pequeño danzara correctamente marcando el ritmo con el bastón de su padre, el especialista principal del pueblo en los bailes sagrados. Más adelante, don Juan recibió dos bolsas repletas de hojas de coca recién tostadas, que las mujeres recogieron de arbustos de coca plantados el año anterior. Como máma principal don Juan esparció las hojas de coca sobre sus vasallos, y los sacerdotes asistentes se dirigieron hacia la multitud para regar las hojas sobre quienes no estaban al alcance de don Juan. Muy pronto todos los adustos vasallos estuvieron "lavados" con la lluvia de hojas de coca.

Una vez terminado el aseo, el cortejo de sacerdotes y músicos dio inicios a la procesión de vuelta al pueblo. En el camino de regreso todos los participantes del desfile dieron varias vueltas hacia la izquierda en diferentes sitios del sendero. Estas vueltas tenían por objeto completar la purificación de las personas y de las posesiones materiales de los vasallos —lo más importante de todo el ganado que pasta en los páramos. Finalmente, el desfile llegó al pueblo, y el máma don Juan, seguido por sus vasallos, ingresó a la iglesia católica cuando se abrieron sus puertas. (Sin embargo, algunos vasallos se fueron directo para sus casas, o se quedaron bebiendo en la plaza). Dentro de la iglesia, don Juan y su séquito se dirigieron hacia el altar —hacia un lado, se encontraba la estatua de San Francisco todavía cubierta por su plástico protector—. Después de algunos momentos, todos los presentes en la iglesia dieron una vez más media vuelta hacia la izquierda, para salir luego del recinto.

Pasado el medio día, comenzó el sacrificio de los tres toros de los oficiales. Esta segunda "corrida" se desarrolló exactamente igual a la anterior. Primero, el matarife mató los toros, y de acuerdo con el patrón del sacrificio anterior las reses fueron arregladas por el mismo grupo de hombres y mujeres vestidos de harapos, que mientras desarrollaban su labor, cantaban y tomaban guarapo y chirrinche. Cuando las reses estaban listas, se entregaron las porciones de carne cruda, de acuerdo con la importancia de las personas que asistían a la fiesta según el protocolo. Nuevamente los "burros" se encargaron de distribuir la carne entre las familias de alto rango, y de llevar lo restante a la cocina para la segunda comida colectiva. Todos los músicos, excepto el morrocoyo, animaron la sangrienta escena. Sin embargo ese día no hubo tanta excitación como el anterior. Hacia la media tarde sólo podía verse en la plaza un pequeño grupo de vasallos, mientras en la cocina comunal las cocineras y sus asistentes ya habían iniciado la preparación de los ingredientes para el banquete de ese día.

En las primeras horas de la noche, mientras los preparativos de la comida avanzaban las danzas de la plaza se iniciaron. Allí se congregó todo el pueblo para ver las representaciones, que empezaron una vez que los hombres terminaron de encender una hoguera dispuesta en el centro del escenario al aire libre (de nuevo las lámparas de petróleo y las linternas iluminaron la cocina y la plaza, para que el público pudiera disfrutar 105 eventos). Los oficiales de las fiestas hicieron su aparición, y empezaron a cumplir su labor de mantener contentos a sus "huéspedes" con buenas dosis de guarapo y chirrinche. Los tambores empezaron su trueno del mar para compétir con las campanas de la iglesia. En los alrededores aún podían verse parejas de hombres que bailaban con su rítmico paso de un pie en el aire y el otro en el piso, al sonido de la música de un par de embriagados carriceros.

Cuando el ánimo de la multitud alcanzó su punto más álgido, los niños iniciaron su festiva danza dando vueltas para imitar al "perro que persigue al zorro" —y ladraban para darle un toque de realismo a su representación. La audiencia aplaudió y gritó, pues ya los vasallos habían recuperado sus ánimos acostumbrados —así era todo mientras no hubiese borrachos que pelearan. Entonces todos dejaban de hacer lo que estuviesen haciendo para escuchar y observar si era un asunto grave. Cuando los niños terminaron las rondas, los hombres y mujeres tomaron sus puestos como en la noche anterior.

Más tarde, el máma cacique don Juan entró a la cocina acompañado por su anciana esposa, a quien había traído en esa oportunidad para que "viera las fiestas". Una vez comprobó que todo se encontraba en orden, abandonó el lugar sin llamar la atención. Entre tanto Manuel y las viejas cocineras adelantaban una rutina similar a la de la noche anterior —y de nuevo los carriceros y tamboreros entraron y salieron del recinto, y solos o acompañados danzaron alrededor del humeante caldero, mientras bebían sus traguitos de la totuma del oficial, quien a su vez trataba de ofrecerle a Manuel y sus amigos nuevas rondas de guarapo. Un grupo de hombres y mujeres trataba de calentarse y ver lo que sucedía en torno a ellos desde una larga banca debajo del techo de la cocina del cual pendían costalados de plátano y carne. La fiesta se prolongó toda la noche hasta el amanecer del vigesimosegundo día, hora en la que la comida se encontraba preparada y lista para su distribución —que se hizo de manera análoga a la del día anterior.

Una vez terminada esta labor, se oficializó el nombramiento del mayordomo, el oficial y sus ayudantes para las fiestas del siguiente año —ya estaban los nombres de los candidatos seleccionados y don Juan los había aprobado. Los nuevos oficiales hicieron público su nombramiento recorriendo el pueblo para buscar que las personas se comprometieran a colaborarles. Después se inició un pequeño desfile encabezado por los recién nombrados y sus esposas, que fueron de casa en casa y en cada puerta cantaron una letanía convocando a las personas —similar a la que cantaron sus predecesores cuando se iniciaron las fiestas. Para animar a los residentes les ofrecieron chirrinche. Los oficiales fueron muy puntillosos en solicitar a los músicos que aportaran sus instrumentos para las próximas fiestas, así como también a los dueños de los calderos y garrafones para el agua. Entre tanto, la cocina se aseó, y todo lo que no se utilizó, leña o vituallas, se les repartió a los hombres y mujeres que bailaron y a todos aquellos que habían participado directamente en cocinar la comida colectiva.

Una vez terminadas las actividades anteriores, los vasallos comenzaron a congregarse para el baño colectivo del día. La escena del río fue muy similar a la del día anterior —las personas permanecían de pie medio desnudas en el agua del río, en tanto el máma don Juan y su cortejo danzaban y rociaban las hojas de coca sobre los vasallos para lavarlos una vez más. No obstante, en esta ceremonia se realizó un evento que no se hizo el día anterior: cuando el baile se inició, uno de los mámas auxiliares de don Juan, su hijo máma Agustín, recogió de entre las personas lo que ellos consideraban eran sus quejas y dificultades —que los vasallos teatralmente se sacaban de las rodillas y los depositaban en la mochila que el máma Agustín había llevado con tal propósito. Al terminar la ceremonia, la procesión se dirigió de nuevo al pueblo, marcando su marcha con vueltas hacia la izquierda —para protegerse de los "espíritus" malignos que aún pudieran quedar.

En la plaza del pueblo, los mámas y vasallos entraron a la iglesia y se dirigieron hacia el altar —en una de sus esquinas se encontraba San Francisco, que permanecía como siempre tapado con el plástico. En la iglesia sostuvieron una "conversación"; finalizada, todos los presentes dieron una serie de vueltas hacia la izquierda para salir de la iglesia y congregarse en el teatro de la plaza. Allí el máma Agustín se encontraba frente de la cruz a la cual daba vueltas hacia la izquierda, práctica que también realizó frente a los postes del sacrificio y dentro de la casa que hacia de cocina comunal —él "limpiaba" el pueblo y aquellas áreas "calientes" donde se sacrificaron los toros y se cocinaron los alimentos. Una vez terminado este ritual, los músicos que tocaban el morrocoyo, el instrumento ceremonial más importante, se colocaron detrás del máma Agustín, y empezaron a dar vueltas hacia la izquierda. Luego fue el turno a los tamboreros, encabezados de nuevo por el máma Agustín, en los sitios que habían estado sus antecesores. Una vez el máma Agustín terminó su labor, su hermano Santos Moskote roció con hojas de coca los alrededores donde habían estado los grupos de músicos. Con esta ceremonia, la fiesta entraba en su fase final.

Don Juan asumió de nuevo la representación central, encabezando una serie de danzas en las cuales tomaban parte unos catorce hombres que bailaron al son de la música de los carrizos y las maracas. Los hombres que tomaron parte en esta primera danza colocaron sus manos semicerradas contra sus pechos. Luego bailaron en parejas entrelazadas. La segunda danza fue la del gavilán —esta vez no tomaron parte los "burros" que representaban la presa, ni los niños que hacían de perros que "ladraban". Más adelante, todo el grupo de bailarines conformó un amplio círculo, con los brazos cruzados sobre el pecho. Estas danzas se repitieron varias veces consecutivas. Entre tanto, Manuel, el bufón oficial vestido de harapos, trató por todos los medios de desorganizar la representación. Manuel mostraba cómo aquel colono indeseable, el colono perturbador de Pueblo Viejo, que venía a San Francisco a estropear los bailes y a tratar de mediar en las disputas entre los kággabas como si fuese el portador de la Ley de la Madre —y Manuel portaba en su mano una hoja de papel que representaba un "documento", documento similar al que los colombianos elaboran cuando escriben las leyes para ajustar sus cuentas. Este papel sería llevado más tarde a la "loma" de adivinaciones para ser quemado.

Cuando se desarrollaban estos bailes y la actuación de Manuel, dos hombres con pañoletas verdes ingresaron al teatro. Cada uno portaba en su mano una vieja escopeta como las que llevan consigo los hombres cuando visitan sus fincas, o cuando van a darle vuelta al ganado que pasta en los páramos. De forma súbita, y sin previo aviso, empezaron a disparar al aire, una, dos veces —disparaban a Hiséi, a la muerte, y espantaban todo lo que es maligno, dañino y causa la muerte para los kággaba. Y mataban a la muerte misma. Al oir la multitud los disparos, explotó en aplausos y exclamaciones de aprobación y admiración. Una vez que concluyeron estas representaciones, la audiencia también aplaudió a los bailarines y al bufón —porque el público juzgó que sus actos estuvieron "bonitos". Y con estas actividades se acabaron los eventos del día. Esa noche los vasallos pudieron por fin disfrutar de un merecido descanso, el primero que tenían en muchos días.

CONTINUAR

REGRESAR AL ÍNDICE