GEOGRAFÍA HUMANA DE COLOMBIA
Nordeste Indígena
(Tomo II)
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7.5 ¿Existe todavía una organización social y política chimila?

Después de discutir las complejidades sociopolíticas de los indígenas serranos, debemos ahora voltear nuestra mirada hacia sus congéneres chimila de las partes bajas adyacentes. ¿Encontraremos entre estos chimila contemporáneos algo análogo en este campo, o se tratará de una sociedad indígena más simple para usar un término problemático? Empecemos por revisar lo que nuestro ilustre predecesor tiene que decir sobre el asunto en su Etnografía chimila.

Según Reichel-Dolmatoff, la organización social de los chimila que él y Chaves visitaron en 1944 mostraba una clara desintegración que apenas dejaba reconocer los restos de su pasada estructura. Aunque según él los chimila no constituían ya un ejemplo de los que los antropólogos llaman "sociedades segmentarias y de linajes" —esto es, sociedades en donde principios de descendencia unlineal crean grupos corporados del tipo de los túxe y los dákes kogui— todavía podía verse un sesgo matrilineal entre estos indígenas. Esta "tradición del matriarcado"; para usar sus propias palabras, podía vislumbrarse en hechos como por ejemplo que los "caciques" y los chamanes chimila podían ser hombres o mujeres. De otra parte, tanto la herencia del cacicazgo, como la salvaguardia de los objetos rituales, la herencia de las marcas de propiedad y la descendencia del grupo local seguían todos los principios de la matrilinealidad. Además, la residencia postmarital era matrilocal (o uxorilocal, para usar la terminología contemporánea (cf. Reichel-Dolmatoff 1946:99).

Si en la década de 1940 un observador tan agudo como el profesor Reichel-Dolmatoff detectó señales indudables de desintegración en la organización social chimila, tenemos ya una buena indicación de cómo sería el estado de cosas unos treinta años después. En efecto, nuestra discusión anterior apuntó en la dirección de que pensar a los chimilas en términos del modelo tribal, con una integración sociopolítica, una cultura, una lengua y un territorio característico y bien definido, es cuando menos problemático.

De todas formas, si ponemos la situación contemporánea en una perspectiva histórica encontramos una sorprendente continuidad con el pasado en relación con ciertos hechos de la organización de estos indígenas. En tiempos coloniales, ya lo vimos (cf. capítulo 3.2), el sistema de poblamiento mostraba una aparente situación de asentamientos locales relativamente dispersos y en consonancia con una horticultura rotatoria, aunque con algún grado de nucleación interna en cada uno de ellos. Un fenómeno similar encontró el profesor Reichel-Dolmatoff: su descripción afirma que los chimila se organizan en grupos locales dispersos y a veces enfrentados entre sí, grupos que además son exógamos. "Cada grupo local representa —escribe— el agrupamiento territorial y se compone sólo de individuos de común descendencia matrilineal" (Reichel-Dolmatoff 1946:99).

Hoy en día el elemento que condiciona la formación de grupos locales es la limitación en el acceso a la tierra. Porque es que es el hacendado, y no los indígenas, quien decide si en sus predios se puede asentar un número suficiente de grupos domésticos para formar un "grupo local" más o menos definido. Peor aún, los propietarios pueden decidir que tal o cual es un indeseable y evitar su asentamiento dentro de sus terrenos. Esto explica en parte por qué algunas familias deben ocupar los callejones de los caminos. Ahora bien, el hecho de que los chimila fueron despojados de la tierra ha dado lugar a un ciclo de agrupación-desagrupación de las unidades domésticas en las haciendas, según los requerimientos productivos de los propietarios. En ese sentido se puede afirmar que los indígenas constituyen una especie de "ejército de reserva" de fuerza de trabajo en la región, y su permanencia en un predio está limitada por la necesidad de pastos para el ganado y de fuentes extras de productos agrícolas para el dueño de la tierra.

En el caso de la hacienda "La Sirena" cuyas tierras son hoy el núcleo del Resguardo Chimila, ilustra muy bien el proceso anterior. Del gran tamaño natural de esta posesión sólo quedaban a mediados de la década de 1970 unas 1.700 hectáreas. Por entonces todavía pertenecía a los herederos del inmigrante latino que llegó a buscar bálsamo. En su apogeo "La Sirena" fue la explotación más próspera de toda la región de San Angel; se dedicaba principalmente a la ganadería y a la producción de quesos y contaba con un gran número de cabezas de ganado. Cuando su desempeño económico empezó a decaer, su propietario inició una campaña de atracción a los chimila para que familias se ubicaran como aparceros en los predios de la hacienda. Poco a poco, grupos de indígenas que ocupaban haciendas vecinas y aun que vivían en zonas más distantes, comenzaron a llegar y a localizarse en "La Sirena".

En 1973 se encontraban en "La Sirena" cerca de veintiocho núcleos de viviendas de unidades domésticas indígenas, cada uno conformado por de una a cuatro viviendas. La situación era muy inestable, y ya en ese año varias familias tenían la intención de moverse a fincas vecinas, contando con la aprobación del "cacique" del asentamiento, el "doctor" Mora, hecho que en efecto sucedió unos pocos años más tarde. Posteriormente, ya en la década de 1980, los indígenas ocuparon de nuevo los predios de "La Sirena", por entonces prácticamente abandonada por los herederos del señor italiano —quien ya había fallecido. Esta circunstancia de abandono sentó las condiciones para que fuera precisamente "La Sirena" la base del actual resguardo indígena.

Hay que destacar, aunque de forma breve, la condición de subordinación y servidumbre en las que vivían los indígenas cuando "La Sirena" era de otros. Para comenzar, el anterior propietario se había autoproclamado como el "gobierno" de su gente, a quienes les daba su "protección". Todo ello en medio de una atmósfera de terror, amenazas de desalojo policial y de incendio de los precarios ranchos y cultivos de los indígenas. En sus años mozos, el dueño de hacienda se reservaba inclusive el derecho de iniciar sexualmente a las jóvenes adolescentes indígenas, antes que sus futuros esposos fueran a vivir entre sus parientes de la unidad doméstica a la que ellas pertenecían. Esto da pie para añadir que eran muy frecuentes las instancias de uniones mixtas entre mujeres indígenas y criollos, generalmente campesinos sin tierra que también vivían en la hacienda como aparceros. Sobra decir que tales uniones eran inestables por el frecuente abandono de las mujeres y los hijos comunes. Tal inestabilidad aumentaba, desde luego, las cargas de la unidad doméstica, pues las mujeres regresaban a donde sus parientes.

Falta decir, por último, que ahora que los chimila tienen su resguardo, se abre para ellos la posibilidad de rescatar su dignidad y su orgullo étnico. Asimismo, en torno al cabildo del resguardo deben estar operando nuevas formas de organización, que en todo caso, es necesario precisar mediante la realización de una nueva visita de campo etnográfica.

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