GEOGRAFÍA HUMANA DE COLOMBIA
Nordeste Indígena
(Tomo II)
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7.4 Nuevas formas de organización política indígena

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Ya hemos visto cómo en el caso de los ikas la Confederación Indígena Tairona ha reemplazado hasta cierto punto a los mámos en su papel de servir de elementos de centralización del asentamiento disperso de estos indígenas según sus diversos "sectores" (cf. capítulo 6.2). Los mámos ika retienen, por supuesto, su viejo papel como refrendadores y validadores a posteriori de acciones que en esencia son políticas, de un tipo de accionar político llamémoslo secular antes que sacro, a diferencia del accionar político kogui que de comienzo a fin está revestido de sacralidad.

Estudiemos ahora los desarrollos organizacionales que recién han surgido entre los koguis. Antes se vio cómo entre este grupo étnico, con sus tendencias estructurales hacia la integración y a la desintegración, no existía hasta hace poco una instancia de cohesión que abarcara todo su territorio de poblamiento —o lo que es expresión de lo mismo, los koguis carecían de una organización centralizada que trascendiera los diferentes pueblos concebidos cada uno como unidades de reproducción social autónomas. Este estado de cosas ha venido cambiando de forma acelerada, gracias al surgimiento de la Organización Indígena Gonawindúa Tairona. En este proceso, motivado en parte por el ejemplo de los ika y en parte por la necesidad de superar el excesivo localismo organizacional para enfrentar con medios más eficaces las relaciones con el mundo exterior, los koguis han hecho uso de las capacidades de liderazgo de varios de los suyos para lograr que el mayor número de pueblos se adhieran y acepten la naciente organización. Lo interesante de todo es que estos líderes no han sido entrenados como especialistas religiosos, en una sociedad en la cual los mámas son los depositarios tradicionales del poder por excelencia. No obstante, los miembros de Gonawindúa Tairona, encabezados por la figura de su primer cabildo-gobernador (un indígena particular que sin ser máma está dotado de comparables poderes de convicción y liderazgo) han logrado movilizar vasallos de varios pueblos a la vez que han establecido estrechos vínculos con ciertos mámas, quienes en todo caso validan con lo sacro su accionar. Lo anterior equivale a afirmar, en mi opinión, que los koguis han aceptado la noción de que sólo su discurso sagrado es ahora insuficiente aunque de manera invariable cualquier pronunciamiento de la organización esté expresado en términos que hacen alusión al poder de los sacerdotes, a lo que ellos han "adivinado" o decidido como conveniente para los koguis, o a la "tradición".

Si el nacimiento de Gonawindúa Tairona significa de hecho un intento de superación de la segmentaridad política de los koguis, entonces es de esperarse que todo el sistema de autoridad y de prestigio entre estos indígenas se encuentre en un estado de transición. Esto es, en efecto, lo que ahora sucede contra los koguis de toda la Sierra Nevada. Además de las figuras de poder "tradicionales" —o sea, en primer término, los mámas de mayor jerarquía, seguidos de otros mámas de menor prestigio por no tener tanto conocimiento, y de todo un séquito de "mayores", comisarios, cabos y personas de prestigio— tenemos nuevas figuras de poder, o nuevos "líderes" políticos cuya función es doble. En primer lugar, ellos tienen que buscar la consolidación de una integración política que abarque todos los pueblos y regiones en donde se localicen asentamientos koguis —tarea que, vale decirlo, es muy dificil no sólo por las distancias sino también porque la base de poder de cualquier "líder" kogui es la de su propio pueblo. Enfrentar esta tarea, por lo demás, equivale a "negociar" con los distintos mámas y personas de prestigio de cada uno de los pueblos kogui, negociación que implica, ante todo, la demostración de una fidelidad incontrovertible a toda la "tradición" —tradición que no puede dejarse de "construir" todos los días, para que pueda capturar la imaginación de quienes la siguen. Por lo demás, tal proceso de negociación no ha culminado: por ejemplo, los koguis y los wiwas del área de influencia de Avingüe dicen "estar de acuerdo" con el cabildo-gobernador que preside Conawindúa Tairona, aunque sin embargo quieren tener sus propios "cabildos-gobernadores" independientes de la organización anterior. En segundo lugar, los nuevos líderes de la organización Conawindúa deberán encargarse de la mediación entre su sociedad y la sociedad nacional, o mejor, entre su grupo étnico minoritario y el Estado nacional a través de sus agencias institucionales y sus funcionarios. Esta mediación es, desde luego, fundamental para el Estado —en el sentido de que al existir en la Sierra organizaciones indígenas centralizadas y representativas, con una definida estructura de poder donde las jerarquías y las funciones de cada cargo estén claramente señaladas, las acciones del Estado entre los indígenas pueden, en principio, facilitarse y planearse de una manera mucho más conveniente al disponerse de una base efectiva para la concertación de estas acciones. Es de anotar aquí que los líderes y cabildos-gobernadores ika de la Confederación Indígena Tairona vienen realizando, con su propio estilo de hacer política, estas dos funciones de integración y de mediación desde hace ya varios años.

Dada la situación anterior, no resulta sorprendente que un hecho lingüístico como la habilidad para hablar bien castellano, se constituya en una fuente de poder y prestigio entre todos los indígenas serranos. En efecto, sólo aquel que domine la lengua nacional puede aspirar a convertirse en un líder cuya esfera de influencia vaya mucho más allá de su propio pueblo, de su propio sector, de su propia localidad —esto es, en un líder tribal que pueda desempeñarse bien con los otros grupos indígenas de la Sierra distintos al suyo y cuyos miembros hablan lenguas distintas a la suya; un líder que pueda hablar con sus vecinos indígenas de otros grupos o con los colonos; un líder que pueda gestionar asuntos en las oficinas públicas de Valledupar. Santa Marta y Riohacha; un líder que pueda, incluso, venir a bogotá a cumplir una cita con un gerente de algún instituto descentralizado como el INCORA; un líder que, ojalá, no se olvide de los intereses indígenas para favorecer más sus propios intereses o aquellos de sus familiares inmediatos. En suma, en la Sierra Nevada el castellano es el lenguaje de la política supralocal, mientras que el koguian, o el damana o el ika son los lenguajes de la política local y ambas "políticas" son igual de importantes; más aún, la una no puede existir sin la otra y viceversa. Y el Estado, o mejor sus representantes, tiene que aprender a convivir con este multilingüismo y los tipos de discurso de poder que cada uno de estas lenguas, incluido el castellano, expresa.

Estos últimos datos apuntan hacia una realidad ya indicada más arriba y en la que es necesario hacer hincapié. Me refiero aquí a que los pueblos indígenas del macizo no constituyen espectadores pasivos, o aún meras víctimas, de los juegos de poder que los enfrentan con aquellos sectores y actores sociales no-indígenas que llegan a su territorio —sean estos administradores coloniales o republicanos, misioneros de varias denominaciones, buscadores de tesoros o de fuentes insospechadas de materias primas, pequeños colonos o grandes terratenientes y, últimamente, narcotraficantes y guerrilleros. En el mismo orden de ideas, los indígenas están bien atentos de cualquier fisura y antagonismo entre estos elementos y sectores externos, que las hay muchas, para avanzar sus propios intereses —entre los que se destacan su derecho a la porción de la Sierra Nevada comprendida entre lo que ellos llaman la "Línea Negra" que delimita sus territorios ancestrales, y su derecho a continuar viviendo según su propia identidad cultural.

No obstante, estas observaciones no deben interpretarse en el sentido de que los pueblos indígenas serranos constituyen una sociedad perfectamente integrada e internamente homogénea, sin que existan en su seno rivalidades y aún antagonismos entre individuos o grupos. Porque es que entre los indígenas también hay rivalidades y antagonismos internos —realidades obvias que la mayoría de antropólogos prefiere ignorar— y que a pesar de que ellos mismos los manejan mediante procedimientos que "ritualizan" el conflicto, en ocasiones pueden ser tan profundos que en últimas pueden ser insolubles. Tales divisiones comienzan con la simple realidad de que koguis, ikas y wiwas, a pesar de coincidir de una manera general en sus demandas por el respeto a sus tierras y a su diferencia cultural, tienen entre sí contradicciones que de manera sistemática les han impedido una acción concertada ante el asedio común. Como ejemplo de estas fuentes de conflicto, vale mencionar aquí el hecho de que hay ikas y wiwas en territorios que los koguis piensan como pertenecientes más a ellos; de la misma forma, existen rivalidades entre Gonawindúa Tairona y la Confederación Indígena Tairona, en el sentido de que tal o cual agencia del gobierno o que una u otra organización no gubernamental apoya más a una que a otra organización indígena.

Ahora bien, las fisuras y conflictos internos entre los indígenas serranos comienzan sobre la base de que tanto al poder como al prestigio, así como a la tierra como el principal medio de producción, no todos tienen la misma posibilidad de acceder. Lo anterior no es más que una forma elegante de decir que los koguis, ikas y wiwas constituyen una sociedad bien estratificada, con una división en rangos sociales más o menos definibles analíticamente. En efecto, entre los indígenas hay mámas y hay vasallos comunes y corrientes; hay gente que cree firmemente en el poder de los mámas y hay escépticos ante estos poderes —aunque estas personas no se atrevan a expresar sus dudas en público; hay cabildos-gobernadores, comisarios y cabos, y hay gente sin ningún cargo y sin la menor posibilidad de tenerlo; hay "mayores" de respeto cuya voz es oída y hay jóvenes que sólo siguen los dictados de los anteriores; hay "líderes" que lo son porque han sido entrenados como promotores de salud o de educación o como maestros bilingües, y hay personas que aunque quisieran así entrenarse no han podido; hay familias con abundante tierra y hay familias con poca o ninguna tierra; hay familias con muchas cabezas de ganado y hay familias con pocas o ninguna; hay familias que han podido lograr una acumulación de capital que les ha permitido trascender la mera autosubsistencia, y hay familias cuyo trabajo sólo les permite una reproducción mínima; hay personas letradas, algunas con un nivel de escolaridad que incluye estudios universitarios, y hay personas totalmente iletradas; hay gente que habla bien el castellano y hay gente que, aunque entiende el idioma de la sociedad nacional, no lo puede hablar con una mínima competencia lingüística; hay personas que son trilingües (por ejemplo, hablan castellano, koguian y dámana) y aún políglotas (pues hablan todas las lenguas indígenas serranas y el castellano), y hay personas que sólo hablan bien su propia lengua indígena; en fin, hay personas y grupos con fuertes vínculos con la economía y la sociedad regionales y hay personas y grupos cuyos vínculos son más débiles.

Este decálogo, por lo demás incompleto, de las inequidades existentes en las sociedades indígenas del macizo, sólo busca en realidad llamar la atención sobre un hecho: toda acción indigenista externa, bien sea ésta estatal o privada, que se apoye en una concepción simplista de la dinámica social de los indígenas, está llamada a fracasar. Tal concepción simplista generalmente asume, desde luego, que los indígenas viven en comunidades armónicas, carentes de conflictos internos, donde el bien común prima necesariamente sobre los intereses individuales, y donde priman formas de acción y de trabajo que buscan enfatizar el esfuerzo colectivo desinteresado y generoso por encima de las acciones personales. Entre los indígenas serranos, como en toda sociedad humana, a los procesos sociales que buscan aglutinar e integrar, se oponen necesariamente los procesos sociales que tienden hacia la ruptura y el desorden. Que prime una u otra tendencia depende, entre otros factores, de las formas de manejo y de validación del poder, de las formas de canalización del conflicto interno, y de los niveles de violencia y antagonismo que se consideren tolerables. En estos últimos aspectos, los indígenas de la Nevada, nuestros "hermanos mayores", tienen mucho que enseñarnos a nosotros los "hermanitos menores" (6) .
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6. En este punto salta a la palestra un tema relativo a la etnografía colombiana que debiera ser motivo de escrutinio serio. Me refiero a la supervivencia entre nuestros etnógrafos del mito europeo sobre el "buen salvaje" —quizás heredado en parte de nuestro ancestro Bartolomé de las Casas, y en parte de los filósofos Enciclopedistas del siglo XVIII. A este respecto conviene consultar el extraordinario libro de Henri Baudet, Paradise on Earth. Some Thoughts on European Images of Non-European Man, 1988.

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