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7.1
De clanes y linajes entre nuestros hermanos mayores
En el
capítulo anterior estudiamos cómo los pueblos kogui son a la vez unidades de
reproducción simbólica y unidades de reproducción material. Tal hecho nos hizo
reflexionar que los pueblos de los cuales los vasallos kággaba son vecinos conformaban
conjuntos relativamente pequeños, más o menos independientes y autónomos el uno con
respecto del otro o para ponerlo en las mismas palabras, los pueblos, en el sentido
kogui del término pueblo, son unidades endógamas y "cerradas". Ahora bien,
¿si el pueblo es una unidad endógama y cerrada,
conformada por varios grupos domésticos que pueden contraer matrimonio entre sí, cómo
pueden los kággaba determinar que una familia dada "pertenece" a un pueblo
determinado? Para dar respuesta a esta pregunta es necesario hacer consideraciones
relativas a la descendencia, la residencia postmatrimonial, la herencia de la misma
manera que deben escucharse las opiniones de los mámas y su séquito de mayores.
Es a Gerardo
Reichel-Dolmatoff, el principal etnógrafo de los kogui y de la Sierra Nevada, a quien
debemos la contribución de base sobre los principios que rigen la organización social de
estos indígenas. En efecto, en su trabajo de campo Reichel-Dolmatoff descubrió que entre
estos indígenas operaba un cierto tipo de descendencia unilineal, llamado técnicamente
descendencia paralela, para determinar quién puede llamarse pariente de quién, y que
estas reglas dan origen a ciertos grupos de descendencia muy particulares. El resultado de
sus observaciones, que desde entonces no dejan de poner a pensar a todos aquellos que se
interesan por los indígenas del macizo, lo consignó en un capítulo del primer volumen
de su enorme monografía titulada Los kogi. Una tribu de la Sierra Nevada de Santa
Marta (cf. Reichel-Dolmatoff. [1985] 1950-51, I:157-236). Veamos.
Según los relatos de los
viejos tiempos de los kogui, antes del primer amanecer sobre esta tierra, que es la quinta
tierra en el "huevo cósmico", sólo existía la Madre. Esta Madre, llamada de
varias formas en la lengua koguian, es su deidad principal, una figura femenina que todo
lo abarca y que a la vez representa la fertilidad, la reproducción, todo lo que da vida.
De la Madre vinieron a esta tierra cuatro hijos y cuatro hijas. Estos personajes, cuatro
masculinos y cuatro femeninos, son según los indígenas los ancestros de todos los
hombres y de todas las mujeres kággaba: cada hombre kággaba desciende por tanto de uno
de los hijos de la Madre, su "padre", el fundador de su grupo de descendencia;
cada mujer desciende de una hija de la Madre, su "madre", la fundadora de su
grupo de descendencia. Lo anterior sienta la regla de la descendencia: para los hombres
ésta se transmite por la línea paterna hasta llegar al "padre" del
linaje respectivo y para las mujeres por la línea materna hasta llegar a la
respectiva "madre" cabeza del correspondiente linaje femenino.
Ahora bien, el que un hijo
varón pertenezca al linaje de su propio padre se indica al "recibir" de su
padre "las marcas" que aparecen en la manta con la cual él se viste, esa larga
manta de algodón que cual capa le llega hasta la rodilla, cubriendo parcialmente sus
pantalones también tejidos de algodón y en sus mochilas de algodón y de fique. Que su
hermana pertenezca, a su turno, al linaje de su madre se indica en los símbolos que
aparecen en su vestido de algodón. Un patrilinaje es designado en koguian como un túxe,
mientras el matrilinaje se llama dáke. (En la medida en que ambos grupos
reclaman su descendencia a partir de un ancestro inespecificado en términos de vínculos
genealógicos reales, esto es, de un ancestro que existió en tiempos míticos, tanto los
túxe como los dáke pueden ser mejor considerados como patriclanes o matriclanes). Para
repetir lo dicho con los nuevos terminos, los cuatro hijos de la Madre son los ancestros
de los cuatro túxes principales, así como las cuatro hijas de la Madre son los
ancestros de los cuatro dákes principales.
La historia, sin embargo, no
termina aquí pues resulta que los cuatro hijos de la Madre se casaron cada uno con una de
sus hermanas. Cuando estas cuatro parejas contrajeron sus matrimonios, antes del primer
amanecer sobre la tierra, las cuatro parejas originarias establecieron los principios
básicos que guían el matrimonio. Esto significa que un hombre de un túxe determinado
puede contraer matrimonio únicamente con una mujer que pertenezca a un dáke en el cual
su "padre" mítico haya contraído matrimonio antes del primer amanecer. De esta
manera, los hombres pertenecientes al túxe Hukuméiji tienen necesariamente que
casarse con mujeres del dáke Séi-náke, los hombres del túxe Hukúkui
deben desposar mujeres del dáke Mitamdú, los del túxe Kúrcha lo
hacen con las del dáke Núge-náke y, por último, los hombres Hánkua
sólo desposan mujeres Huldáke.
De acuerdo con
Reichel-Dolmatoff, estas reglas de matrimonio pueden expresarse de otra manera. Todos los
clanes kogui son clanes totémicos por cuanto cada túxe y cada dáke admite tener una
relación especial con un animal determinado. Es muy interesante observar que los totem
masculinos son siempre los depredadores de los animales que representan a los totem
femeninos. Dicho de otra forma, esto significa que un hombre sólo podrá contraer
matrimonio con una mujer que pertenezca a un clan cuyo totem sea "alimento" para
su propio totem hecho que Reichel-Dolmatoff siempre ha destacado en su
interpretación digamos freudiana de la vida de los kogui. Así, por ejemplo, "un
hombre jaguar", esto es, un hombre que pertenezca al hukuméiji túxe, sólo
podrá casarse con una "mujer saíno" (séi-náke dáke); un
"hombre búho" (hukúkui túxe) debe contraer con una "mujer
serpiente" (mitamdú dáke); el "hombre zorro" (kúrcha
túxe)
debe contraer con una "mujer armadillo" (núge-náke dáke) y un
"hombre puma" (hánkua) contraerá matrimonio con una "mujer
venado" (huldáke dáke).
La organización social
kogui nos depara todavía más sorpresas. Existe un orden jerárquico entre los clanes que
depende del orden de precedencia en el cual cada uno de ellos tuvo su origen, y de la
localización geográfica en donde ello tuvo lugar. Así, los primeros clanes que según
las tradiciones míticas se conformaron en los sitios sagrados, son más importantes que
aquellos que se conformaron después. Estamos pues en frente de grupos de descendencia
(clanes) que están vinculados en la mente y en los relatos de los indígenas con ciertos
territorios. De esta manera, el clan del jaguar era el grupo original que vivía en
Cherúa, un lugar en el valle del río Hukuméiji (Palomino). Posteriormente, en un
segundo momento, este grupo se dividió en dos, para conformarse entonces el clan búho
que migró entonces al curso superior del río San Miguel. En un tercer episodio los
clanes del jaguar y del búho se separaron una vez más, para formar el clan puma, cuyos
miembros viajaron a establecerse en otra zona del río Hukuméiji, y el clan zorro, cuya
localización no es precisa. Cada grupo de descendencia se puede, por tanto, dividir en un
momento dado, o lo que es lo mismo, es de esperar que se presenten rupturas en los
vínculos genealógicos. Los clanes ancestrales siempre permanecen en la misma
localización y los nuevos clanes (linajes) se ramifican para ocupar un territorio
diferente, factor que desde luego explica que existan en la actualidad muchos más túxes
y dákes que los ocho originales (cf. Reichel-Dolmatoff [1985] 1950-51, I:159-160).
Hasta aquí todo parece muy
bien. Los kogui tienen, uno piensa, un sistema de descendencia simple, elegante, bien
explicado con referencia al mito y a la tradición. Sin embargo, varias observaciones a
esta reconstrucción pueden ser muy pertinentes. Primero que todo, Reichel-Dolmatoff nunca
precisa si este sistema de descendencia paralela aún se practica en nuestros días, o si
por el contrario es algo que pertenece al pasado. Algunas veces nuestro autor da a
entender que no es un elemento importante hoy en la organización social de los kogui,
especialmente cuando lo compara con un juego de ajedrez cuyas piezas se desorganizaron con
la conquista española (Reichel-Dolmatoff 1950, I:160). No obstante, luego se apresura a
agregar que el sistema constituye un "factor que siempre está presente [en la
cultura kogui]", y que aún "tiene ciertas implicaciones sociales y
económicas" (Reichel-Dolmatoff 1950, 1:207). Ahora bien, si los túxe y los dáke
tienen todavía vigencia, ¿en qué dominios de la vida de los kogui se expresa tal
vigencia? Nuestra fuente, una vez más, no es muy concreta aunque parece sugerir en varias
partes que la pertenencia de los vasallos a uno u otro túxe y a uno u otro dáke es muy
importante para lograr que los sacerdotes nativos acepten las alianzas matrimoniales
y es en este dominio, en el del matrimonio, en el cual Reichel-Dolmatoff ve su
vigencia principal. Pero es que si uno se pone a pensar lo que los túxe y los dáke
implican para las alianzas matrimoniales, llega a la conclusión de que el sistema no
puede en verdad funcionar como regulador de quién se debe casar con quién. La siguiente
es la argumentación.
En realidad la cuestión es
bien sencilla y tiene que ver con un problema capital del parentesco, la prohibición del
incesto. La teoría antropológica establecida nos dice, sin entrar en muchas
complejidades, que la prohibición de las relaciones sexuales entre los miembros de una
familia obedece, entre muchas razones, a un imperativo social que obliga a los hijos e
hijas a buscar pareja en otras familias, o en grupos de descendencia diferentes al propio.
Esto es una forma sencilla de afirmar que la prohibición del incesto que tiene que
ver con la regulación de la sexualidad está relacionada con las reglas de exogamia
que tienen que ver con las alianzas matrimoniales.
Ahora bien, lo anterior lo
sabe muy bien cualquier hombre o cualquier mujer kággaba, y a ninguno se le ocurriría
quebrantar la prohibición de tener coito con su hermana o con su hermano. Ello implica
que tal prohibición conduce inexorablemente a la exogamia con respecto a la familia
nuclear (o al respectivo grupo de descendencia), y a la necesidad de encontrar un
consorte, o una consorte, perteneciente a una familia diferente o como es la
formulación más corriente, la regulación de la sexualidad conlleva la circulación de
las mujeres entre los diversos grupos de parentesco. Pero, ¿qué pasa aquí entre los
kogui si las reglas de matrimonio dicen que el hermano se debe por fuerza casar con su
hermana o lo que es lo mismo, con su madre, las hermanas de su madre y las hijas de
las hermanas de su madre, etc.? Parecería entonces que las reglas de exogamia matrimonial
buscaran el incesto, algo que de manera enfática no sucede en la realidad. ¿O es que
este sistema de descendencia paralela sólo funciona para los hijos de la Madre
donde el incesto no parece tener muchos problemas pues no se trata de seres humanos
de carne y hueso?
En mi opinión, la respuesta
a la última pregunta es afirmativa. Por ello, este bonito esquema de descendencia no
funciona en la práctica real de la gente kogui, cualquiera que fuere la importancia que
aún tenga en sus metáforas que expresan y representan las experiencias y la vida social
de sus ancestros, y de cómo eran las cosas en "tiempos de antigua" para
usar una expresión favorita de los mismos indígenas. Además, como ellos también lo
expresan, "los vasallos se están robando las marcas" ya que ellos "se
están volviendo miembros de castas (clanes) que no son las suyas". Sea como fuere,
el hecho es que los sistemas de descendencia paralelos son ciertamente muy escasos en el
mundo, y que su existencia real no ha sido sustentada debidamente con observaciones
etnográficas directas.
La anterior discusión
apunta en una dirección: todas estas consideraciones relativas a grupos de descendencia
exogámicos dejaron de tener importancia entre los kogui, si es que alguna vez la
tuvieron, en términos de las prácticas matrimoniales vigentes. Sin embargo, algo debió
haberlas reemplazado. Pero, ¿qué es?
Podemos comenzar a contestar
esta pregunta si recordamos que el antrópologo británico Edmund R. Leach nos señaló un
importante hecho hace algún tiempo. En su Rethinking Antropology (1961), Leach
hace énfasis en la necesidad de conservar siempre el análisis dentro del dominio de lo
real y de la práctica social concreta. Los antropólogos, afirma Leach, "deben
iniciar su trabajo desde una realidad concreta un grupo local de personas y no
desde una realidad abstracta tal como el concepto de linaje o la noción del sistema
de parentesco" (Leach 1961:104) (mi traducción). El dictamen de Leach es
verdaderamente pertinente en el caso de los kogui, porque entre ellos parece que la
corresidencia tiene siempre más significado que la misma genealogía en la distribución
de las personas y en su utilización de los recursos territoriales especialmente un
recurso tan fundamental en una sociedad agrícola y ganadera, ya lo hemos visto, como es
la tierra (Wolf 1982:89-91). Una indicación de la precedencia de la corresidencia nos la
da el mismo Reichel-Dolmatoff. En su discusión sobre los atributos y los derechos
jurídicos de los túxes y dákes, sólo encontramos que tal y cual grupo de descendencia
es el "propietario legítimo" de este u otro punto cardinal, de esta u otra
sustancia mágica, objeto o práctica ritual, enfermedad, tipo de viento, etc. En otras
palabras, los grupos de descendencia kogui no poseen tierras en común, no obstante que
todos los túxes y dákes poseen una versión sobre su origen que justifica el derecho a
vivir en este u otro pueblo.
De nuevo
aquí la territorialidad, o mejor el acceso a la tierra, aparece como el principio
fundamental de la organización social de los kággaba. Veamos porqué. Ante todo ya
sabemos que la tierra ya no la posee la "comunidad" (sea esa comunidad, el
pueblo o la tribu), si es que alguna vez éste fue el caso. Tampoco es prerrogativa de
estos linajes kogui tan elusivos el poseer tierras. La tierra le pertenece a cada uno de
los grupos domésticos que residen como vecinos en un pueblo determinado con la
única restricción de que las tierras que cada grupo doméstico controle se encuentren
dentro de las zonas productivas de su pueblo de residencia. Por otra parte, los grupos
domésticos kogui ciertamente consiguen sus miembros gracias al matrimonio.
Aunque los mámas pueden
exigir que las leyes de la exogamia con respecto a los linajes tengan un cumplimiento
estricto, la verdad es que los solteros pueden contraer matrimonio con cualquier mujer
soltera que no sea su madre, ni sus hermanas, ni sus hijas, tías paternas o maternas.
No obstante, según parece,
dentro de la población el número de hombres supera al de las mujeres, por lo cual la
competencia por esposas es muy fuerte. Por lo tanto, las viudas y separadas son novias
codiciadas, ya que es una práctica cultural aceptada que un joven inicie su vida adulta
conviviendo con una mujer que sea mayor que él, así como con los hijos solteros de esa
mujer, hasta tanto que consiga una mujer joven para casarse. Una vez contraiga matrimonio,
el novio irá a vivir con los padres de su mujer y con sus cuñados y cuñadas solteras, y
permanecerá con ellos hasta que pueda obtener una parcela propia ya sea que la
herede de su familia, o que su padre le ceda los derechos sobre este terreno, o que le
compre un lote a otro vasallo. Por tanto, una vez el novio cancele con trabajo el
"precio de la novia", la joven pareja puede regresar al seno de la familia del
novio y formar parte del grupo de su padre con sus demás hermanos casados, conformando
así una familia extensa virilocal como unidad doméstica.
Es bastante simple la razón
por la cual la tierra comó medio de producción se ha convertido en un factor crítico en
la vida de los kággaba: la tierra se está transformando en una mercancia. Esto significa
que su valor no es sólo su valor de uso, es decir la utilidad que representa para una
sociedad agrícola y ganadera que la transforma con un propósito específico, sino que
además la tierra tiene valor de cambio. Esta tendencia, que refuerza la escasez de
tierras, determina que cada grupo doméstico intente conservar el acceso a la tierra a
cualquier precio y esto se puede observar claramente en la herencia (un padre quiere
dividir la tierra entre sus hijos y en el caso de sus hijas hará lo imposible para que
sus yernos trabajen y permanezcan dentro de su propia unidad doméstica).
Es difícil determinar con
exactitud cuándo se inició el proceso de apropiación privada de la tierra. No obstante,
todos los informantes coinciden en afirmar que en los viejos tiempos ningún vasallo
reclamaba la propiedad de las tierras que trabajaba, ni de las áreas de pastoreo. Esas
tierras se consideraban parte de las tierras "comunales" del pueblo, y los
mámas y los mayores eran los encargados de asignarlas a cada una de las familias que
pertenecían al pueblo, de acuerdo con sus necesidades. Cuando un vasallo no cultivaba
más una parcela, simplemente la dejaba descansar hasta que se le asignara a otro vasallo
ese terreno productivo, o que el segundo empezara a cultivarlo. Cuando la tierra se
volvió escasa debido al incremento de la población y a la presión de los campesinos
criollos, aquellos que no estaban utilizando un terreno determinado se lo
"prestaban" a otro vasallo que lo necesitara, y que presumiblemente era un
pariente cercano, de tal manera que pudiera tener tierra en la que pudiera producir. De
acuerdo con un informante, fueron los campesinos quienes indujeron a los kogui que estaban
ocupando tierras que otros les habían prestado a que reclamaran estos terrenos como
propios utilizando el argumento que como ellos las trabajaban, tenían el derecho de
ser sus dueños, porque de acuerdo con la legislación colombiana la ocupación y las
mejoras a las tierras dan el derecho a demandar la propiedad.
Los colonos se beneficiaron
con este cambio en la tenencia de la tierra de los kogui fueron ellos los que
introdujeron la práctica de escribir "las escrituras" a los nuevos propietarios
indígenas, de tal manera que pudieran defender sus pretensiones. El pago de estos
servicios "legales" significó que los indígenas debían entregar parte de su
ganado por cada escritura una simple hoja de papel toscamente escrita a mano sin
ninguna dificultad. La tarifa era de hasta dos cabezas de ganado. A partir de ese momento,
todos los kogui que poseían tierras cultivables y para ganadería, comenzaron este
proceso y muy pronto todas las tierras disponibles fueron "registradas" por los
colonos a cambio de ganado, y el sustento legal que puedan tener estos documentos ante la
ley es asunto de poca monta.
De paso, otra consecuencia
importante de este proceso de privatización de la tierra es el surgimiento del trabajo
asalariado entre los kággaba. A pesar de que el trabajo asalariado está en su infancia y
sólo ocurre en áreas más densamente pobladas como San Francisco, aquellos vasallos que
no tienen suficiente tierra para cultivar, se ven obligados a trabajar para otros vasallos
en faenas agrícolas tales como el desmonte, a cambio de un salario que se paga en
especie, pero cuyo valor se determina en dinero. También se cancelan salarios por
servicios especializados tales como la construcción de casas en el pueblo. Inclusive,
labores como tejer las telas para las mantas, algo que se supone deben hacer todos los
hombres para ellos mismos y sus familias, es ahora objeto en algunas ocasiones de trabajo
asalariado. Algunos vasallos acomodados le pagan a otros vasallos para que le confeccionen
las mantas que lucirán en los festivales anuales.
Todos estos temas nos llevan
a cuestionar aún más la noción tan generalizada que mantiene que la sociedad kogui es
una especie de Arcadia ecológica visión que aparece en modelos tales como el del
"control vertical de pisos ecológicos". Tal vez el sistema integrado del
"telar de la vida" está próximo a sufrir una transformación total, y nuestros
hermanos mayores de la Sierra Nevada tengan que idear otras formas diferentes de
organización social.
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