GEOGRAFÍA HUMANA DE COLOMBIA
Nordeste Indígena
(Tomo II)
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4.2 Las tierras bajas y la sociedad regional

Por su parte, la historia reciente de las tierras bajas al norte de la depresión momposina muestra unas modalidades de colonización bien diferentes a las del caso de la Sierra Nevada. Como quedó consignado, dos eventos marcan las pecualiaridades de este proceso en esta parte de la gran región costeña al norte del bajo río Magdalena: la explotación del bálsamo de tolú iniciada durante la década de 1920, y los trabajos de exploración y explotación petrolera que tuvieron lugar durante la década de 1940.

Ante todo, el bálsamo (Myroxylon toluiferum o Toluifera pereirae) es un árbol de la familia de las leguminosas que alcanza una altura entre los 15 y los 20 metros. Por su tronco secreta una sustancia aromática y líquida al tiempo de ser roturado por incisión, aunque al contacto con el aire va espesándose. Tal sustancia, conocida asimismo con el nombre de bálsamo y que se recolecta de una manera muy similar a la del caucho natural, tiene numerosas aplicaciones industriales y farmacéuticas. Cuando se descubrió que las antiguas tierras de chimilas eran muy ricas en árboles de bálsamo, cuadrillas de trabajadores "blancos", mestizos y negros llegadas desde Barranquilla y Fundación comenzaron a explotarlos a todo lo largo y ancho del núcleo del territorio indígena chimila —la zona de la actual población de San Angel, antes un viejo fortín fundado por los españoles a mediados del siglo XVI que pronto fue abandonado debido a los constantes ataques de los aborígenes.

La explotación del bálsamo era adelantada por temporadas. Los trabajadores y sus capataces llegaban, hacían sus campamentos, y por un período de varios meses se dedicaban a la búsqueda de los árboles y a su explotación. Más tarde se retiraban y salían a vender su producción consistente en grandes bolas sólidas, el resultado de la acción del fuego sobre el líquido espeso del bálsamo producido por varios árboles, y del posterior filtrado y secado. El producto era vendido por libras a intermediarios localizados tanto en Fundación como en Barranquilla, por un precio de $2.50 de la época por libra. Posteriormente regresaban y reanudaban sus labores, en un ciclo que comenzó a perder fuerza en la medida en que los rendimientos empezaron a disminuir. Para entonces, algunos de estos capataces y negociantes del bálsamo, entre los cuales se contaban varios inmigrantes italianos, habían logrado acumular el capital necesario para reinvertirlo en la colonización definitiva —en la forma de herramientas, bastimentos, cabezas de ganado y demás costos que había que cubrir mientras las tierras empezaban a producir. Se comenzó de esta manera a despejar la selva, a abrir lugares de vivienda, a sentar los mojones que separaban los diversos fundos y a delimitar los linderos. Para los nuevos colonos esto no era ningún problema pues se consideraba que todas estas tierras eran baldías. De forma paralela, el aserrío se convirtió en un buen negocio y por las trochas intransitables durante el invierno empezó a salir la madera fina para Fundación. La selva tropical comenzó a desaparecer rápidamente, pues las "caterpillars" reemplazaron el hacha y el machete en la tumba de los árboles con el fin de preparar los potreros de pastos para el ganado. Ahora, de las en antes selvas que cubrían estas partes no quedan sino muy pocos parches de bosques que aún resisten los embates, lo mismo que "rastrojos" en donde el chimila y el campesino mestizo pobre se las ingenían para preparar sus rozas agrícolas.

Los ganados de los recién llegados pastaban primero libremente en las "llanuras" y en los "playones" que aquí y allá dejaba abierta la vegetación de la selva. Estos terrenos se consideraban de todos, y todo el mundo tenía derecho a usarlos. Pero pronto algunos colonos decidieron correr un poco mas el mojón de su fundo que colindaba con el playón, y el vecino hizo lo propio y el de más allá lo mismo. A veces este sistema engendró violencia y muertes entre aquellos que antes fueron compañeros en la aventura del bálsamo. Algunos colonos decidieron entonces dejar de "tumbar monte" y salir de la frontera de colonización. Estos vendieron sus mejoras, que fueron adquiridas por un núcleo cada vez más pequeño, con capital y medios para expandir sus posesiones mediante la "composición" de predios, o que se dieron más maña para correr las cercas. Ante el avance del extranjero, de los "colombianos" como dicen los indígenas, los chimilas tan solo se retiraban para buscar nuevos "montes" para tumbar, quemar y cultivar sus rozas de maíz, yuca, y otros tubérculos y frutos, tal y como lo habían hecho siempre, aún en las épocas más difíciles de la pacificación española del siglo XVIII. Además, los colonos los miraban con recelo y desconfiaban de sus reputados arcos y flechas. Por ello los atraían regalándoles alimentos, alguna ropa y herramientas ya usadas.

Luego, durante la década de 1950, aparecieron las cercas con alambres de púas y se extendieron por entre los árboles y las sabanas. Toda la tierra comenzó a tener otro dueño, y había dueños con inmensas posesiones de miles de hectáreas. Después, los nuevos propietarios interrumpieron el cauce de los numerosos arroyos para hacer sus jagüeyes, donde podían recolectar las aguas lluvias para aprovecharlas durante la estación seca. Antes, en estos arroyos se formaban pozos durante el verano a donde iban a beber los animales que se convertían en presas fáciles para los hábiles arqueros chimilas. Hasta el agua tuvo ahora un nuevo propietario. Los chimilas se habían convertido en "extranjeros".

El descubrimiento del petróleo, por otra parte, complicó aun más las cosas para estos indígenas. Durante la década de 1940, el Estado colombiano otorgó en concesión un total de 405.287 hectáreas de las tierras de chimilas a compañías extranjeras (cf.2 Uribe 1974: 222-223). Los petroleros comenzaron entonces la construcción de carreteras, vías de penetración y campamentos para los trabajadores. Asimismo, comenzaron en toda la región a aparecer nuevas poblaciones en torno a las cuales se incrementó el comercio y la actividad económica de la región. El área de El Difícil (o Ariguaní) fue particularmente afectada por estos desarrollos, en la medida que la concesión de 48.569 hectáreas otorgadas a la Compañía Colombiana de Petróleo el Cóndor (Shell) probó ser de altos rendimientos comerciales. En total se perforaron allí 28 pozos, trabajos que se iniciaron a partir de agosto de 1948. Para conducir la producción se construyó un oleoducto de 87 kilómetros desde los pozos hasta la población de Plato, sobre el río Magdalena, lugar en donde se une con el oleoducto Barrancabermeja-Mamonal.

Con estos desarrollos quedaron sentadas las bases para que la tierra de chimilas se convirtiera en una región en donde prima la gran propiedad agrícola, dedicada fundamentalmente a la ganadería de cría y de engorde con destino a los mercados del interior del país, y algunas agroindustrias dedicadas a la elaboración de derivados lácteos y a cultivos comerciales de gran escala. Los indígenas chimilas terminaron de perder todos sus territorios ancestrales, y ya en la década de 1960 no les quedó más remedio que pedirle permiso a los nuevos dueños para construir sus precarias viviendas y preparar sus rozas agrícolas. A cambio tuvieron que aceptar una gran cantidad de obligaciones con el terrateniente ahora soberano. O de otra forma, tuvieron que contentarse con habitar en los callejones de los caminos veredales, sujetos a las burlas y a los atropellos de los mestizos y la policía. Los chimilas perdieron así para siempre su altiva independencia y su autodeterminación. Se habían convertido en aparceros en tierra ajena y en peones y jornaleros de los "civilizados", dentro de un sistema económico cuya racionalidad les es extraña, y cuyos engranajes, por supuesto, no controlan.

En suma, mientras sus congéneres de la Sierra Nevada quedaron atrapados por el cinturón campesino que rodea sus resguardos —así como quedaron atrapados por varios de los conflictos sociales que caracterizan a la Colombia actual— los chimilas, antiguos guerreros de arco y flecha, terminaron de aparceros de los terratenientes recién llegados.

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