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4.1
La Sierra Nevada de Santa Marta y la sociedad regional
Si se observa con cuidado un
mapa de la Sierra Nevada de Santa Marta salta a la vista un fenómeno clarísimo: los dos
resguardos indígenas, el de los koguis y wiwas en las vertientes norte y nororiental de
la Sierra, y el de los ikas en la vertientes sur y suroccidental, están rodeados
completamente por un denso asentamiento campesino en las regiones de Mingueo, Dibulla,
Tomarrazón, Caracolí, Atánquez, Pueblo Bello, Villa Germania, Copey, Santa Clara, Río
Piedras, La Ye, Palmor, San Pedro, Minca, La Tagua y toda la franja aledaña a la
carretera Troncal del Caribe. Tales regiones corresponden a las áreas de colonización
campesina que comenzaron a consolidarse en el macizo desde comienzos del presente siglo.
Aunque aquí no cabe una
explicación detallada del proceso de formación de este cinturón campesino alrededor de
las áreas del asentamiento indígena serrano proceso que, por lo demás, es
necesario investigar más hay que hacer ciertas precisiones. Ante todo, el sitio de
origen y el ritmo de la penetración de los campesinos colonos en el macizo son bien
diferentes. Y es que a la Sierra Nevada no sólo han migrado campesinos del interior del
país, que por cierto constituyen el núcleo principal de población en ciertas zonas de
colonización. También han migrado pescadores del litoral, como los pescadores de Dibulla
y Camarones que empezaron a colonizar la región de Pueblo Viejo, sobre el río Garavito
en la vertiente norte, ya desde finales del siglo pasado. O campesinos provenientes de
otras regiones de la llanura costeña en donde prima la gran propiedad latifundista.
Inclusive hay grupos de terratenientes ganaderos por ejemplo los de San Juan del
Cesar, que ocuparon desde la década de 1930 los playones del medio río Ranchería para
el levante de sus ganados en ciertas épocas del año, o de un poderoso grupo familiar de
Valledupar que ha argüido derechos territoriales que se remontan a la Colonia sobre las
Sabanas de Crespo, en el medio río Guatapurí. De otro lado, fenómenos como las misiones
capuchinas de la Sierrita y San Sebastián, la Violencia, la construcción de la carretera
Troncal del Caribe, por ejemplo, han catalizado y acelerado la formación del cinturón de
colonización en el macizo serrano.
En segundo lugar, la
colonización campesina de la Nevada ha sido por lo general espontánea y aquí se
exceptúan los casos de la Cincinnatti Coffee Company, una compañía de capital
norteamericano que organizó una explotación agroindustrial cafetera en la zona de Minca
desde la década de 1910, o de la Colonia de Chimila, en el río Ariguanicito, una
colonización campesina planeada por el gobierno nacional en la década de 1940. En este
sentido, los colonos de la Sierra forman parte de esas grandes oleadas de campesinos que,
al decir de la historiadora norteamericana C. Le Grand, se lanzaron desde el siglo XIX por
toda la geografía colombiana a "abrir" tierras baldías y ampliar la frontera
agrícola nacional sólo para ser luego víctimas de los intermediarios, los
tenderos prestamistas, los empresarios de tierras y los terratenientes, o en la zona
bananera, de la United Fruit Company (cf. LeGrand 1988).
En tercer término, al igual
que en otras partes del país, la colonización campesina del macizo serrano ha estado
basada en la unidad doméstica esto es, una pareja de campesinos, sus hijos solteros
y, a veces, los hijos casados con sus familias en el proceso de transformación de
las tierras ocupadas, y en los trabajos de la tala y la quema de los bosques, la siembra y
la recogida de los cultivos. Como es lo usual, primero se tumban campos para cultivos de
pancoger en los cuales el maíz, la yuca y el plátano son los productos
principales para proceder luego a sembrar cultivos comerciales y preparar potreros
para unas pocas cabezas de ganado. Al igual que en otras regiones montañosas, el café ha
sido hasta hace muy poco el principal cultivo comercial en la Sierra Nevada, cultivo en
torno al cual los campesinos colonos buscan superar el principal escollo de la economía
campesina: la acumulación de capital. La producción cafetera, por lo demás, demanda que
el colono y sus familias también tengan que dedicar tiempo a la apertura de vías de
comunicación. Por estas trochas y caminos de herradura sacan la única cosecha cafetera
anual de la Sierra, a la vez que se aprovisionan en los mercados de los pueblos más
próximos de las partes bajas que rodean el macizo de aquellos bienes que no están en
capacidad de producir.
Ahora bien, los campesinos
colonos serranos tienen otros dos recursos, además del café, en su intento de
generación de una acumulación de capital que permita a su economía trascender los
estrechos marcos domésticos en los cuales se mueve. Me refiero aquí a la guaquería y a
la explotación de los indígenas. Con respecto a la primera, prácticamente no hay un
campesino colono que no tenga el sueño de encontrarse una buena "guaca"
mientras trabaja su parcela, de manera especial si ésta se encuentra ubicada dentro de la
llamada zona arqueológica tairona. Inclusive es muy frecuente que en sus tiempos libres,
o aún restando del tiempo del trabajo agrícola, los colonos se dediquen a esta actividad
de una manera más sistemática lo mismo que a la cacería, cuando todavía había
animales, que tiene asimismo la ventaja de permitirle a los campesinos llevar carne a sus
mesas.
De otro lado, la
explotación de los indígenas serranos por parte de los campesinos colonos ha revestido
varias formas típicas, presentes en el macizo por lo menos desde comienzos del presente
siglo. Porque no se trata sólo de que los colonos han ocupado tierras que, desde
nuestro punto de vista, son baldías, pero que en realidad hacen parte por lo
menos algunas de ellas de las zonas económicas de los indígenas koguis, ikas y
wiwas (cfr. infra). Por el contrario, los colonos siempre han intentado la
expropiación económica de los indígenas como una forma de compensar los bajos niveles
de acumulación de su propia actividad económica además de compensar la
expropiación económica a la que ellos mismos se enfrentan por la acción de
intermediarios, tenderos, prestamistas, transportadores y demás agentes del capital
comercial que actúan en los mercados regionales aledaños a las zonas de colonización.
En efecto, a través de un sistema de intercambio desigual con los colonos, los indígenas
ven cómo su ganado vacuno, caballar y ovino va a parar a manos de los primeros, al igual
que sus cosechas de café y de caña de azúcar. Esto es, cuando el indígena no se ve
"amarrado" económicamente a un campesino vecino para el cual trabajó, y quien
le "adelantó" su salario en especie por ejemplo, dándole herramientas de
metal, "cotón" e hilaza para tejer vestidos, linternas, radios y chucherías,
alimentos enlatados, ollas y calderos de metal y, por supuesto, ron adulterado o
"chirrinche". En adición a estas formas de expropiación, todavía hoy es
común en algunas regiones la práctica de "multar" a los indígenas cuando
contravienen el código de policía una práctica inaugurada por los corregidores
del Territorio Nacional de la Nevada después de 1871. Esta multa, que se paga en especie,
generalmente ganado, al inspector de policía no-indígena del lugar no va a parar, por
supuesto, al tesoro público.
Como elemento explicativo
detrás de estas formas de expropiación económica indígena no sólo está el carácter
precario de la economía campesina en una región de colonización como la Sierra Nevada.
En realidad, el papel que cumplen los campesinos colonos es el de mediadores entre los
indígenas y la economía regional en la cual participan los indígenas por lo menos desde
el siglo XVIII (cf. capítulo 3). Los indígenas necesitan, en efecto, materias primas,
herramientas de metal y otros bienes industriales que ellos no están en capacidad de
producir y que resultan vitales para su propia reproducción económica. Ante esta
realidad, y en un contexto donde las leyes del mercado de los economistas ortodoxos no
operan, la única posibilidad que tienen los indígenas es la de transferir sus
excedentes, la producción de sus cosechas comerciales y aún su propia fuerza de trabajo
a quienes están en capacidad de suministrarles los bienes que ellos ahora necesitan
no obstante que los términos del intercambio los condenen a un permanente
endeudamiento con el aprovisionador. Aunque el valor de los productos que los colonos
compran y venden a los indígenas se fija en dinero, el intercambio generalmente asume la
forma de trueque de forma tal que el indígena entrega al colono abastecedor una
cantidad de cabezas de ganado, o café y panela, principalmente, que se consideren
equivalentes a la suma que deberá pagar por las herramientas, el cotón, la hilaza y
demás bienes que demanda. Tal intercambio resulta expropiativo para el indígena en la
medida en que el colono "vende" caro y "compra" barato al buscar
incrementar sus ganancias por encima de niveles muy superiores a sus costos de compra en
los mercados regionales y de transporte de los bienes objeto del intercambio. El
suministro o "venta" de chirrinche, de otro lado, resulta en algunas regiones un
medio favorito de los colonos, y de algunos mercaderes ambulantes, para extraer de los
indígenas sus excedentes intercambio que, dicho sea de paso, contiene la ironía de
que los colonos utilizan la panela que antes le han "comprado" a los indígenas
para destilar este ron adulterado en sus alambiques ilegales. No sobra añadir que toda
esta expropiación se apuntala en realidades extraeconómicas que tienen que ver con la
discriminación cultural y con una "atmósfera de terror" cultural, para usar
estos términos, que no han dejado de operar en detrimento de los indígenas de la Sierra
Nevada.
Los misioneros capuchinos de
la Sierrita, San Sebastián y, últimamente, de Pueblo Viejo, comprendieron las sutilezas
económicas y sociales que operan detrás de las relaciones entre los indígenas y los
campesinos asentados en sus áreas de influencia. En efecto, como una constante, los
capuchinos comenzaron casi inmediatamente después de lograr su inserción en estas
regiones a desplazar a los campesinos, y a los pocos comerciantes itinerantes que se
aventuraban por las sendas de la Nevada, de su posición como aprovisionadores de los
indígenas. Para lograr este fin los misioneros declararon inválidas las deudas que ya
habían contraído los indígenas, prohibieron las multas, o por lo menos trataron de
hacerlo, y buscaron eliminar el uso del chirrinche como el medio de intercambio preferido
algo que, ciertamente, no lograron. El paso siguiente fue suministrarles ellos
mismos a los indígenas los bienes requeridos y en recibir como pago cosechas, ganados y
fuerza de trabajo nativa. Tal suministro fue muy expedito en su tarea de evangelización,
en la medida que no sólo ataba a los indígenas a la misión en términos de
reproducción económica. Asimismo se creó todo un sistema de premios, favoritismo y
clientelismo entre los indígenas que aceptaran la nueva mediación económica y la
acción evangelizadora.
A pesar de las fuerzas
sociales de todo orden que han militado en su contra, y no obstante sus propias
debilidades internas, la verdad es que el asentamiento campesino en la Sierra Nevada lejos
de desaparecer se ha consolidado. Como prueba de ello basta observar que los que fueron
sus grandes competidores en términos de la extracción de los excedentes de los
indígenas los misioneros capuchinos han tenido que dejar sus dos orfanatos en
la Sierrita y en San Sebastián. Explicar esta gran resistencia del campesinado en su
afán de aferrarse a toda costa a un territorio cuya "civilización" para
usar esta noción estereotipada que equivale a la ampliación de la frontera agrícola
nacional le ha costado un inmenso sacrificio, implica invocar todo un rango de
hechos. Entre éstos se destacan los siguientes: en primer lugar, dada la estructura de
tenencia de tierras en las regiones de origen de los migrantes campesinos, siempre habrá
campesinos sin tierra dispuestos a reemplazar a aquellos colonos que fracasan en la odisea
de generar una acumulación de capital. En segundo lugar, la colonización campesina es
altamente flexible y recursiva, aún en medio de condiciones en extremo adversas
ilustradas, ante todo, por la carencia de títulos de propiedad que le garanticen a los
campesinos el dominio y la propiedad sobre sus tierras. Tal flexibilidad y adaptabilidad
la demuestran, precisamente, el auge de la producción de marihuana en la Sierra Nevada.
Aprovechando la posición estratégica del macizo serrano dentro del comercio de
importación-exportación por el norte de Colombia, en adición a la ampliación de la
demanda internacional por este producto, los colonos no dudaron de plantar Cannabis con la
esperanza de mejorar su condición de vida. Al hacerlo, no previeron, claro está, la ola
de violencia e inseguridad que en últimas hizo esta alternativa no viable. De paso,
durante la década de 1970, que corresponde en líneas generales con el período de la
marihuana en la Sierra Nevada, la guaquería y la expropiación de los indígenas por
parte de los colonos en las zonas de fricción interétnica disminuyeron en forma
ostensible.
Hay, sin embargo, otro
argumento en favor de la consolidación de la sociedad campesina en el macizo serrano. A
diferencia de aquella visión de los colonos que ve en ellos una sociedad atomizada y
fragmentada, los campesinos han sido muy exitosos en crear una noción de comunmdad en las
zonas de colonización. Para lograrlo, los campesinos parten de un conjunto de intereses
comunes que trascienden las diferencias culturales marcadas por las muchas regiones de
origen de los migrantes. En el núcleo de estos intereses se encuentran dos factores
principales: primero, casi todos ellos carecen de títulos de propiedad sobre la tierra, y
segundo, todos dependen de la fuerza de trabajo familiar para subsistir y producir
excedentes en medio de una carencia absoluta de capital de trabajo. De otra parte, el
espacio de creación política de la comunidad es la junta de acción comunal, que de
forma invariable se organiza por los campesinos de una vereda en la cual su asentamiento
comienza a consolidarse. A pesar de que el andamiaje jurídico de las Juntas de Acción
Comunal pertenece al conjunto de la legislación nacional, el Estado, representado en el
macizo por sus agentes institucionales, se ha colocado en buena medida de espaldas al
proceso de negociación política que implica la formación de una junta de acción
comunal entre los campesinos. Otros actores, por el contrario, han estado muy atentos a la
consolidación de la sociedad campesina en la Sierra Nevada. Me refiero aquí a los
individuos involucrados en el tráfico ilegal de marihuana y cocaína y en los movimientos
guerrilleros.
La reciente historia
tumultuosa del narcotráfico en la Sierra Nevada es muy compleja para pretender
sintetizarla aquí. Basta decir que las tres regiones principales donde se cultivó la
marihuana en la Sierra la zona de la Troncal del Caribe delimitada por los valles de
los ríos Piedras, Cuachaca, Buritaca, Don Diego, Palomino y Ancho; el curso medio de los
ríos Tapias, Ranchería y Barcino, en la parte nororiental del macizo, y la región de
los ríos Toribio, Córdoba, Frío y Sevilla, en la cara occidental mostraron
dinámicas un tanto diferentes. Mientras que en la parte occidental fueron colonos
provenientes del interior quienes se dedicaron a la producción de la yerba, en la parte
nororiental fueron campesinos mestizos de la Guajira (los muy famosos pero mal llamados
"guajiros") los encargados de su producción con el concurso de los
grandes propietarios de tierras más bajas que miran hacia los departamentos de la Guajira
y el Cesar. En la zona del río Ancho y en parte de la Troncal, los clanes familiares de
los Cárdenas y los Valdeblánquez, originarios de la vieja colonización dibullera de
Pueblo Viejo, controlaron el tráfico. En otras partes de la vertiente norte, fueron los
"paisas" quienes tenían el control del mercado sin dudar en ningún
momento en enfrentarse a bala con sus competidores "guajiros". En todos estos
casos pertenecen ya a la leyenda las historias de derroche, de parranda, y en general de
consumo desbocado (o consumo conspicuo, como dirían los especialistas) que produjo el
auge de la "marimba" en las zonas de colonización campesina, y en aquellas
ciudades que como Santa Marta resultaron beneficiadas por el "boom". Como
también pertenecen a la leyenda las historias de violencia y terror desencadenadas cuando
se presentaron las luchas entre los capos y sus respectivos "combos" armados por
el control del comercio y de sus ganancias fabulosas. Porque como vino la prosperidad de
la marimba, esta se fue casi sin dejar huellas. Sólo muy pocos se sirvieron del auge para
acumular capital productivo que pudiese ser reinvertido en la economía campesina cuando
las "vacas gordas" se acabaron.
No obstante, en la región
de los cursos medio y bajo de los ríos Guachaca, Buritaca y Don Diego los tiempos de la
marimba dejaron más profundas huellas. Allí se consolidó un grupo de antiguos
marimberos, algunos de los cuales lograron acaparar grandes extensiones de tierras dejadas
vacas por los colonos que pudieron sobrevivir a las matanzas. Ya en la década de 1980, el
surgimiento del nuevo tráfico de cocaína, y de su derivado, el bazuco producido en
cocinas ubicadas en puntos discretos de la Sierra Nevada
favoreció, entre otros factores, esta consolidación. Al igual que en otras regiones del
país, el uso de la violencia física y las armas para eliminar todo destello de
oposición o de incumplimiento de los códigos de legalidad por ellos implantados,
completaron el monopolio del poder detentado por los narcotraficantes en esta región de
la Sierra Nevada. Parte de este monopolio tuvo que ver con el control efectivo de las
juntas de acción comunal de las veredas de la región.
El comienzo del movimiento
guerrillero en la Sierra Nevada, por su parte, marcha paralelo a la agudización del
problema campesino en la década de 1980. Cabe observar que de la existencia de grupos
guerrilleros en la Sierra Nevada se especulaba en Valledupar, y otras zonas del
piedemonte, desde mediados de la década de 1970 rumores que, por lo demás,
carecían de fundamento. No obstante, cuando vino el derrumbe de la marihuana y sus
secuelas de destrucción y violencia en las zonas campesinas de colonización, el terreno
quedó convenientemente abonado para que un factor de poder bien organizado como la
guerrilla apareciera en la región, y capitalizara del caos y del vacío de poder.
Además, el Estado colombiano poco hizo para rescatar por entonces, primera mitad de la
década de 1980, la economía campesina serrana. Así las cosas, desde la segunda mitad de
esa década se conformaron de manera paulatina los frentes guerrilleros de las Fuerzas
Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y del Ejército de Liberación Nacional (ELN)
que hoy operan en el macizo serrano. Antes de su legalización, el Ejército Popular de
Liberación (EPL) tenía también un frente en la Sierra Nevada. Tales frentes tienen sus
áreas de influencia en las vertientes occidental, suroriental y nororiental de la Sierra
Nevada es decir, a lo largo de todo el cinturón del asentamiento campesino que
rodea los dos resguardos indígenas. Se exceptúa del control guerrillero la parte
campesina de la vertiente norte del macizo, que corresponde, por supuesto, con el área de
influencia de los narcotraficantes y sus grupos armados.
Esta peligrosa combinación
de frentes guerrilleros bien establecidos en las áreas de colonización campesina de la
Nevada, más las fuerzas de irregulares armados al servicio del narcotráfico que aunque
hoy en desbandada tienen todavía una gran potencialidad de generar conflicto, adquiere su
dimensión real si consideramos el valor geopolítico y estratégico del macizo. Ante
todo, se trata de un sistema montañoso aislado completamente de los Andes, en el que la
difícil topografía no impide el desplazamiento a pie entre sus tres vertientes y sus
respectivas áreas planas de influencia. Esta característica hace que un grupo de
rebeldes bien disciplinados pueda atacar con facilidad varias regiones vitales para la
economía nacional, y retirarse después rápidamente a su refugio montañoso donde
la acción del ejército se dificulta en grado sumo no sólo por la topografía sino
también por su desconocimiento geográfico y cultural del macizo. Así, áreas como la
zona de explotación carbonífera del Cerrejón, la zona bananera, la Troncal del Caribe y
su franja costanera anexa, la rica región agroindustrial y ganadera de los piedemontes
suroriental y suroccidental del macizo, quedan fácilmente a merced de los rebeldes sin
que ellos incurran en muchos riesgos potenciales. A esto hay que añadir, además, la
relativa proximidad de la Sierra Nevada de la frontera con Venezuela, a la que se puede
llegar desde la Nevada tanto por la Guajira como por la vecina Sierra de Perijá
este último territorio controlado, a su vez, por grupos de las FARC y del ELN que
constantemente desestabilizan una importante frontera internacional y la explotación de
los principalísimos yacimientos petroleros del Arauca.
De otra parte, y referidos
de nuevo de forma específica a la Sierra Nevada, al lograr el movimiento insurreccional
su sólida inserción en esta región del país, consigue lo que no había conseguido en
ninguna otra parte excepto, quizás, en la región de Urabá: el acceso al mar y a
las rutas de comercio internacional, fundamentales para su aprovisionamiento de armas y
pertrechos. Este último hecho nos sirve para entender que el enfrentamiento que se dio
hacia 1987 entre la guerrilla y los narcotraficantes por el control de los valles de los
ríos Guachaca y Buritaca, obedeció a importantes consideraciones estratégicas sobre la
Nevada. En efecto, los narcotraficantes estaban firmemente establecidos en estos valles
desde el auge de la Cannabis. Por allí salía buena parte de toda la producción de este
producto hacia el extranjero y por allí entraba buena parte del contrabando con el que
los narcotraficantes "lavaban" sus dineros. Nada ni nadie cuestionaba el
monopolio de los narcotraficantes y sus irregulares bien armados, hasta que llegaron las
FARC y se inició un conflicto armado por el control de este territorio
confrontación que, en últimas, perdió la guerrilla, por lo que ésta tuvo que
retirarse hacia la vertiente occidental. Libres por el momento de sus enemigos recientes,
los barones del narcotráfico continuaron acumulando más y más tierra en esta parte del
macizo, a la vez que siguieron controlando el movimiento de personas y bienes desde las
montañas hacia el plano, y viceversa, y el nuevo negocio de la cocaína y el bazuco. Todo
ello va sin mencionar que en sus posesiones se establecieron "escuelas de
sicarios" destinados a eliminar, mediante los conocidos procedimientos de la
"guerra sucia", todo asomo de oposición a su dictatorial monopolio de poder en
toda la región noroccidental de la Sierra Nevada. En la actualidad, la desbandada general
de los narcotraficantes ha creado un vacío en el Guachaca y en el Buritaca, aprovechado
por algunos indígenas koguis y arsarios provenientes de la región de Avingüe para
ocupar estas tierras limítrofes con su resguardo. Este desarrollo también se ha visto
favorecido por la intención del gobierno de "devolverle" a los indígenas el
famoso sitio arqueológico de Ciudad Perdida, ahora más conocido como Teyuna
denominación que busca enfatizar los derechos de los indígenas a esta región
ubicada dentro del Resguardo Kogui-Wiwa. Sin profundizar mucho, lo que en realidad está
en juego aquí es la necesidad que tienen todos los indígenas serranos de buenas áreas
de bosques hasta ahora no intervenidos en un grado importante por el elemento humano, y
así poder expandir y ensanchar su sistema productivo.
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