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3.2
El Período Republicano
Las guerras de independencia
política de comienzos del siglo XIX acabaron con el proyecto de reformas y modernización
emprendido por los Borbones en la América española. En Santa Marta, el fin del régimen
español debió significar el comienzo de un corto período de distensión en la presión
colonial sobre los pueblos indígenas del macizo serrano y de las tierras planas que lo
rodean. Como en todas las áreas indígenas en que el antiguo Estado colonial no logró
consolidarse, y por ello quedaron en los límites de la frontera de expansión colonial,
la Sierra Nevada recuperó su condición de marginalidad, su carácter periférico con
relación a los principales centros criollos de la gobernación Santa Marta,
Valledupar y Riohacha. Por la fuerza de las circunstancias que conllevaron los cambios
políticos de comienzos del siglo, todo el sistema impuesto de gobierno y control de los
aborígenes serranos y de las tierras bajas de su periferia dejó de operar. A este efecto
contribuyeron, desde luego, la inestabilidad de la naciente república y el ciclo
inexorable de las guerras civiles que asolaron todo el siglo XIX republicano.
La Sierra Nevada y su
hinterland se aislaron entonces de nuevo, en la medida en que el macizo sale del escenario
particular de la conformación y presencia de un dominio estatal sobre sus habitantes
nativos. Estos últimos procesaron, por la fuerza, los cambios impuestos durante el
antiguo régimen, tanto como reafirmaron los vínculos nunca perdidos con su cultura
ancestral. La ausencia del Estado republicano en la Sierra Nevada durante los primeros
años de la República, permitió así la inauguración de un período breve de énfasis
en la cultura tradicional aborigen tradición que por cierto exhibe las
transformaciones que la sociedad indígena serrana experimentó durante la Colonia. En
suma, se trata de un reflujo en la penetración de la sociedad nacional republicana en
estas "fragosísimas sierras nevadas" y en las selvas y pantanos de la
inhóspita tierra de los chimilas.
Este retroceso de la
organización estatal en la Sierra Nevada no fue, por supuesto, total. Si consideramos la
continua presencia de los pueblos indígenas antes fundados en los datos censales de la
nueva república, podemos poner en una mejor perspectiva la situación. En efecto, los
poblados de San Pedro, San Antonio y San Miguel en la vertiente norte, de Marocaso y
Rosario (La Sierrita) en el costado nororiental, y de Atánquez y San Sebastián en la
vertiente oriental de la Sierra Nevada, aparecen registrados en los censos de 1835, 1843 y
1851 de la Nueva Granada, y en el censo de 1870 del Estado Soberano del Magdalena. Pero
hay obvias diferencias con los viejos padrones de los corregidores y los curas
doctrineros. En estos últimos no se especifica que los indígenas fueran tributarios del
erario, como que ya no lo eran. Tampoco se hace la "debida distinción de sus
castas", esto es, no se anota si sus habitantes eran indios o no lo eran, en
consonancia con los nuevos tiempos.
Por otra parte, todos y cada
uno de estos pueblos de indígenas serranos dependían de algún cantón o provincia,
distrito o departamento, las divisiones político-administrativas en las que se organizó
la República de la Nueva Granada y luego los Estados Unidos de Colombia. Sin excepción,
las cabeceras de estas divisiones administrativas correspondieron a poblaciones o ciudades
criollas y mestizas de las partes planas periféricas a la Sierra Nevada Riohacha,
San Juan del Cesar y Valledupar. En otras palabras, este hecho, que surge de las frías
columnas de los documentos censales, nos da pistas para entender el problema de las
diversas áreas de influencia de unos centros urbanos de las zonas bajas en porciones
distintas de la Sierra Nevada. Asimismo nos indica cómo se organizaron en el siglo XIX
las relaciones en el sentido de abajo hacia arriba, de las costas y llanuras del Caribe
hacia las montañas del macizo serrano. De esta forma, el área de influencia de Riohacha
pertenecía al territorio kogui de San Pedro, San Antonio y San Miguel. La zona wiwa o
arsaria de Marocaso y Rosario, cayó dentro de la esfera de interacción de San Juan de
Cesar. Y San Sebastián de los ikas y Atánquez de los hoy desaparecidos kankuamos,
quedaron bajo el influjo de Valledupar. En cada una de estas tres grandes regiones se
darían procesos posteriores de colonización hacia la Sierra con características
diferentes y con ritmos también diferentes, a partir de comienzos del presente siglo.
Además, cada una de estas tres áreas indígenas respondió ante dichos procesos de una
forma peculiar y distinta. Vale añadir que Santa Marta no aparece en este respecto por
ningún lado, a pesar de ser la capital de todo el Estado del Magdalena. De hecho, durante
el siglo XIX Santa Marta no fue "puerta de entrada" a la Sierra Nevada ni de los
colonos, ni de los exploradores y primeros antropólogos que empezaron a rondarla y a
redescubrirla para la ciencia, o para la más prosaica explotación económica.
Miremos ahora estos últimos
fenómenos. Desde la década de 1850, el relativo encerramiento de la Sierra Nevada entre
su "muralla verde" que se dio después de la Independencia, vuelve a aflojarse.
La frontera torna a ser transpasada por el regreso paulatino de una marea humana que a
partir de las llanuras y las costas, se remontó hacia las alturas del macizo. Primero
subieron viajeros y exploradores que lo recorrieron palmo a palmo. Todos ellos se ocuparon
en describir la intrincada geografía del macizo, y las exóticas costumbres de sus
nativos. Todos quedaron extasiados por su belleza y majestuosidad incomparables, y
elucubraron sobre sus riquezas sin límites y sus grandes posibilidades. Para algunos,
como para el padre Rafael Celedón, lo que contaba era el potencial de conversos al
catolicismo, una vez que se volviesen a establecer las misiones. Otros, como Eliseo
Reclús, querían establecer colonias anarquistas en esta nueva Arcadia del Nuevo Mundo.
Los demás, como el coronel Joaquín Acosta y el conde francés Joseph De Brettes, sólo
pensaban en las posibilidades económicas que traería la explotación de las materias
primas y los recursos naturales, ante todo si se organizaba una conveniente colonización.
Y ojalá que ésta fuera hecha con colonos europeos, para que ayudasen en la
"civilización" de la agreste tierra y sus salvajes habitantes.
Este tema del
establecimiento de colonias agrícolas extranjeras en la Sierra Nevada es muy recurrente
durante el período 1850-1890. al igual que lo fue en otras partes del país. Los
liberales radicales en el poder soñaban con introducir en Colombia las virtudes del
espíritu empresarial de los granjeros ingleses, y de los pioneros que se extendían por
las praderas de la unión norteamericana (Jaramillo 1964). Qué mejor entonces que
fomentar la inmigración de hábiles colonos europeos, para que enseñasen a los locales a
cultivar los fértiles suelos de la patria. La reacción de los legisladores del Estado
Soberano del Magdalena no se hizo esperar. En 1868, su Cámara Legislativa aprobó una ley
mediante la cual se reglamentaba el establecimiento de colonias extranjeras en el
territorio del Estado (Gaceta Oficial del Estado Soberano del Magdalena, No. 81,
1868). En 1871 se establece en Santa Marta una Sociedad de Inmigración y Fomento. Su
propósito no era otro que servir de intermediaria en la inmigración de agricultores y
trabajadores europeos deseosos de establecerse en el Estado, o en otras partes del país
(Gaceta Oficial del Estado Soberano del Magdalena, No. 198, abril de 1871). Por 1884, el
geógrafo y anarquista Reclús fue contactado por los miembros de una Société
Anonyme de Colonisation de la Sierra Nevada que con iguales objetivos se organizaba
en Francia (Fleming 1988:47). No sabemos mucho, sin embargo, de los resultados de éstas y
otras empresas de colonización extranjera en la Sierra Nevada durante este período.
Con todo, en 1871 la Cámara Legislativa del Estado del Magdalena cedió por ley el
territorio de la Sierra Nevada y la Serranía del Perijá al Gobierno de la Unión. Para
tales áreas, que entonces se denominaron como los Territorios Nacionales de la Nevada y
Motilones, debía organizarse un sistema de gobierno controlado directamente desde Bogotá
por 20 años. En su artículo 2o., la ley establece que los límites "del territorio
de la Nevada serán los que tenían los antiguos distritos de San Antonio, San Miguel,
Marocaso, Rosario, Atánquez y San Sebastián de Rábago", mientras que los del
territorio de Motilones "serán los que dividen a los Estados Unidos de Colombia con
los Estados Unidos de Venezuela, por el oriente, y por el occidente quedará limitando
dicho territorio con los antiguos distritos de Jobo, Palmira, Espíritu Santo y
Becerril". Ahora bien, el Estado del Magdalena renunció a su dominio sobre estos dos
macizos montañosos por dos razones principales. Primero, los esfuerzos locales para
fomentar su colonización y la "civilización" de sus naturales estaban
fracasando. Segundo, el Estado no tenía los recursos necesarios para seguir adelante con
estos planes. En consecuencia, los legisladores estatales concluyeron que el gobierno
central estaba en una mejor posición para atraer a los colonos extranjeros a estas
montañas (Gaceta Oficial del Estado Soberano del Magdalena, 1871:1.055).
En 1878 el explorador
inglés Frederick A. A. Simons reporta que el territorio de la Nevada estaba dividido en
seis corregimientos, cada uno con su corregidor y una escuela pública. Las cabeceras de
los corregimientos estaban localizadas, precisamente, en las poblaciones de arhuacos
organizadas durante la Colonia. Atánquez, la capital del territorio, tenía una
población de cerca de 800 personas, la mayoría de ellas indígenas kankuamos; San
Sebastián tenía 700 habitantes, y según Simons, "algún día se convertirá en un
lugar muy importante gracias a la inmigración ya que está bien adaptada para los
europeos"; Rosario era una pequeña población de 100 personas, mientras que la
vecina Marocaso tenía 150. Por el lado norte, el pueblo kogui de San Miguel tenía 400
indígenas y San Antonio, también kogui, era habitado por 300 personas la mayoría de
ellas indígenas. Además de éstos, nuevos pueblos estaban en proceso de creación para
organizar el poblamiento de los aborígenes: San José, cerca a Atánquez, fue creado en
1874; Santa Cruz, cerca a San Miguel, en 1875, y finalmente, Santa Rosa, también en las
márgenes del río San Miguel, en 1875 (Simons 1879: 692-693; Reichel-Dolmatoff 1961:17).
El naturalista alemán
Wilhelm Sievers, quien siguió los pasos del inglés Simons en 1886, nos informa que todos
estos buenos propósitos no contaron con buenos resultados. Los funcionarios enviados para
la administración de los indígenas nunca iban personalmente a los pueblos a ellos
asignados, sino que delegaban su autoridad en representantes. Más aún, según el
viajero, su "interés es sólo en la explotación más no en la educación de los
indígenas para la civilización". Por ello, "la región indígena está
declinando más y más, y la desaparición de los arhuacos entre el conjunto de
colombianos es sólo cuestión de tiempo" (Sievers [1886]1986:18).
A finales del siglo XIX, la
Sierra Nevada se convierte de nuevo en un territorio para los misioneros católicos. Ya no
son los colonos extranjeros, ni los venales y corruptos funcionarios públicos encargados
de la administración de los corregimientos arhuacos de la Nevada, quienes se van a
encargar de la "civilización" de los indios. En efecto, el nuevo régimen
político centralista y unitario creado después de la derrota en los campos de batalla
del proyecto federalista de los radicales, entregó a las comunidades religiosas
misioneras el control político y espiritual de los territorios nacionales poblados por
indios "salvajes". El macizo serrano era para los legisladores de la
Regeneración uno de estos territorios y los misioneros capuchinos regresaron al ahora
departamento del Magdalena para retomar las riendas de la conversión cristiana y de la
"civilización" de los guajiros, arhuacos y motilones. En este sentido, por
delegación misma del Estado, los misioneros se encargaron de toda la administración
espiritual y temporal de los arhuacos, ahora puestos "bajo su cuidado". Donde
fracasaron los pioneros traídos de otras latitudes, iban a triunfar de manera
parcial los monjes, y los campesinos mestizos del trópico que se lanzaron en pos
del sueño de la colonización de las montañas serranas después de la Guerra de los Mil
Días.
El primer grupo de monjes
capuchinos de la provincia de Valencia, en España, llegó en enero de 1888, y de
inmediato el obispo de Santa Marta, José Romero, les entregó jurisdicción eclesiástica
en todo el territorio de la península Guajira y las sierras de la Nevada y Perijá
las mismas regiones que habían controlado durante el siglo XVIII (Valencia
1924:5-29). Circunstancias de diverso tipo, entre ellas la Guerra de los Mil Días,
hicieron peligrar el avance de los capuchinos entre los indígenas del norte de Colombia.
Pero los monjes españoles tenían tanto un buen criterio político para evaluar las
circunstancias favorables entre las que se movían, como ideas distintas sobre su misión
de civilización.
Una idea, en particular,
habría de revolucionar el sistema de control misionero en los territorios a ellos
encomendados: los "orfelinatos" para niños y niñas indígenas, comenzados a
organizar a partir de 1910. Tales orfelinatos garantizaron con los años una influencia
profunda y duradera de los capuchinos entre guajiros, arhuacos y motilones sin
descontar, naturalmente, la también muy importante influencia de los orfelinatos sobre
todo el conjunto de la sociedad regional. Los monjes razonaron, con certeza, que en la
medida en que la estructura familiar aborigen permaneciera intacta, todo su celo misionero
y sus intentos de "civilizar" a los indios se verían frustrados. Había
entonces que desbaratar las familias indígenas mediante la remoción forzada de los
infantes a una tierna edad, para así "educarlos" sin influencias perturbadoras
y bajo total control de los monjes en sitios especiales los orfelinatos, un nombre
cínico que además de ser un galicismo por orfanato implicaba, desde luego, que los
niños indígenas eran "huérfanos" por no ser cristianos. Cuando esta
educación cumpliera con sus objetivos, todos los indios serían como los
"civilizados", esto es, dejarían de ser "indios". En palabras del
historiador capuchino fray Eugenio de Valencia (1924:167-168), a los niños y niñas
"redimidos" en los orfanatos se les enseñaba "todo lo necesario para
formar una sociedad nueva, perfectamente cristiana; uniéndolos en matrimonio al llegar a
la edad núbil, formando así los hogares cristianos".
En la Sierra Nevada, los
capuchinos erigieron en 1916 el orfanato de Nuestra Señora del Carmen de la Sierrita en
la antigua población de Rosario y, en 1918, el orfanato de Las Tres Avemarías en
Sebastián de Rábago (Valencia 1924:175-179,256-282). Existen numerosos recuentos de los
métodos civilizatorios represivos empleados por los monjes entre los indígenas serranos
para ahondar en ellos aquí (cfr. Friede 1973; Torres 1978). Basta con decir que lo
primero que hacían los capuchinos con sus huérfanos era cortarles el largo cabello y
cambiarles el traje arhuaco, como para simbolizar su remoción del mundo indígena y su
entrada en el mundo de la "civilización" del orfanato. Los niños y niñas así
"redimidos" no podían regresar libremente a sus hogares, y debían ocuparse
todos los días con el aprendizaje de las primeras letras y la doctrina cristiana, y con
las labores agrícolas y artesanales apropiadas para cada sexo según, claro está,
una nueva división del trabajo impuesta por los monjes y las monjas que les auxiliaban.
El castellano era el idioma obligatorio en el orfanato, y aquellos niños que hablasen su
propia lengua eran castigados. Los infantes que se rebelaban contra la estricta disciplina
del establecimiento, y trataban en consecuencia de escapar, eran perseguidos hasta ser
capturados por una especie de "policía indígena" jóvenes jayanes
indígenas llamados "semaneros".
Quizás la práctica más
controvertida introducida por los orfanatos junto con la apropiación indebida de
los misioneros tanto de terrenos nativos como del producto del trabajo de los niños
fue la introducción de matrimonios compulsivos entre indígenas de las varias etnias
puestas "bajo su cuidado". De esta manera, ikas de San Sebastián y kankuamos y
wiwas de la Sierrita eran enviados al orfanato de San Antonio de Padua, cerca de Riohacha,
donde los misioneros escogían para ellos parejas guajiras o motilonas. A su turno,
indígenas guajiros y motilones llegaban a los orfanatos de la Sierra Nevada y, de golpe,
resultaban casados con una consorte nativa de la localidad. En palabras del padre
Vinalesa, un monje capuchino que trabajó en San Sebastián, un matrimonio conveniente en
la Iglesia "es la mejor garantía de la aculturación indígena" (Vinalesa 1952;
cf. Valencia 1924). Una "aculturación", vale enfatizar, que se hacía según
lineamientos trazados por el propio Estado colombiano, empeñado como estaba en un
proyecto político de homogenización cultural de toda la población de la nación, y en
el que la idea de que era necesario la "civilización" de los indígenas para
hacerlos verdaderos ciudadanos del país funcionaba como la justificación principal.
No obstante, los indígenas
serranos no aceptaron con pasividad la implantación en su seno de esta "nueva
sociedad perfectamente cristiana" esa colección de "hogares
cristianos" de la que hablaban los curas, con hombres, mujeres y niños
"redimidos" desempeñando los roles de una división del trabajo importada, y
los miembros de cada familia ocupados del trabajo de una parcela privada asignada por la
misión. De hecho, casi desde el momento inicial de la implantación de los orfanatos, los
indígenas serranos, de manera notoria los ikas de la región de Nabusímake, trataron de
liberarse de la tutela de los capuchinos. Para ello emplearon todos los medios legales a
su alcance, en especial la escritura de una avalancha continua y sin desmayo de
memoriales, declaraciones, denuncias, cartas y comunicados detallando sus cuitas a todas
las autoridades de este país. Por fin, a comienzos de la década de 1980, los capuchinos
entregaron a los ikas de Nabusímake el antiguo orfanato, ahora "internado", de
Las Tres Avemarías. Con todo, diez años antes, un dinámico sacerdote capuchino italiano
llegó desde Riohacha al valle del antiguo pueblo colonial kogui de San Antonio. Este
misionero, y el obispo de Riohacha, querían darle otra oportunidad al evangelio entre los
indígenas de la vertiente de la Sierra Nevada. Allá está todavía la misión capuchina
entre los koguis.
De otro lado, no sólo los
misioneros volvieron a entrar en la Sierra Nevada después de la Guerra de los Mil Días.
También comenzaron a llegar nuevos ocupantes no indígenas los campesinos mestizos,
que en grupos, que con los años se volverían verdaderas mareas humanas, empezaron a
subir para colonizar de forma espontánea las "sierras nevadas". Subían y
subían, "tumbando monte", para "civilizar" la montaña y establecer
sus precarios fundos. La marea migratoria parecía no acabar desde sus comienzos en el
presente siglo, con los derrotados de aún otra guerra. Y luego con los que huían de los
soldados del general Cortés Vargas, de ingrata memoria en la Zona Bananera. La Sierra
Nevada de nuevo abría sus entrañas para servir de refugio a los vencidos en contiendas
armadas, esta vez ya no de batallas entre europeos y americanos sino de batallas entre
hermanos. Sólo que los descendientes de los primeros derrotados en 1600 tenían más
derecho a la tierra. Después también llegarían los vencidos en esa otra guerra civil
que llamamos La Violencia. Y los de la de ahora.
Todos estos migrantes
campesinos colonos solemos llamarlos con dejo despectivo
establecieron de forma definitiva el cultivo del café que tan bien conocían, y que
antes, durante el siglo anterior, se había ensayado con buen éxito en las faldas
templadas del macizo. Y que los indígenas empezaron a cultivar, en adición a la caña
panelera ya vieja conocida desde la Colonia. Unos años luego, los hijos de esos colonos y
otros más que se unieron, decidieron mejor cultivar la marihuana, con la protección del
dosel natural del bosque tropical. Algunos, muy pocos, se volvieron potentados gracias a
este negocio. Y el nuevo negocio de la cocaína y el "basuco". Otros colonos,
casi todos, comenzaron a aguantar hambre cuando la primera prosperidad pasó, pues habían
dejado de plantar su comida. Ello cuando no fueron a parar a la cárcel. Entonces se
dedicaron a la guaquería, como antes, para completar sus magros ingresos de agricultores
con la venta de los tesoros arqueológicos. Ya los indígenas, por su parte, no pagan
tributos. Pero en cambio venden su trabajo a los mestizos para comprar herramientas,
pescado enlatado, "cotón" e hilaza, y el ron adulterado o chirrinche que los
campesinos fabrican en alambiques ilegales con la panela que los indígenas antes les han
vendido. Y los indígenas ya no huyen tan fácil hacia las cimas cuando los
"foráneos", los "hermanitos menores", llegan a sus tierras. Ahora no
tienen para donde escapar.
A los chimilas, por su
parte, no les fue tampoco muy bien con la entrada del siglo XX. En efecto, la explotación
del bálsamo de tolú a partir de la década de 1920 y el descubrimiento de yacimientos
petrolíferos durante la década de 1940 en el centro de su territorio, abrieron de forma
definitiva las puertas a la colonización y al casi total desalojo de los indígenas. Pero
esta parte de la historia la trataremos en el siguiente capítulo, en la medida en que las
modalidades que asumió la colonización campesina de las tierras bajas al sur del macizo
serrano son bien diferentes, e incidieron de manera directa en el tipo de sociedad
regional que allí se desarrolló.
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