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3.1 La Sociedad Colonial en la provincia de Santa Marta
Cuando la población de
Santa Marta fue establecida entre 1525 y 1526, los españoles ya habían adquirido una
experiencia adecuada en la navegación de las costas de la Tierra Firme y en el trato con
sus pobladores nativos. Los extranjeros, sin embargo, nunca lograron antes de estos años
establecer una colonia permanente en estas costas. Tal estado de cosas cambió cuando la
Corona le otorgó la gobernación de Santa Marta a Rodrigo de Bastidas, con instrucciones
precisas para que desarrollara una colonia en algún punto de las costas entre el Cabo de
la Vela y la boca del río Magdalena los accidentes costaneros que identificaban el
extremo norte de una inmensa extensión cuyo interior era completamente desconocido para
los europeos. La Corona ya veía claro, sin duda, que debía hacerse más en la dirección
de establecer ocupaciones permanentes en el continente, y no sólo limitarse a poblar las
islas de las Antillas Mayores a menos que su dominio sobre el Nuevo Mundo se viese
amenazado. Todas las bulas papales que España había logrado para garantizar tal dominio,
no constituían ya una barrera infranqueable que contuviese los deseos expansionistas de
aquellos países de Europa noroccidental rivales de los poderes marítimos de la
península ibérica. Hernán Cortés y sus soldados mostraron el camino, después de 1519,
con su conquista y posterior asentamiento en el Valle de México.
Antes de 1525, por lo tanto,
empresarios españoles con influencias y capitales se dedicaban a contratar los
tripulantes de barcos que en pequeñas flotas se desplazaban a comerciar con los
aborígenes de la Tierra Firme desde las colonias caribeñas de la Española y Cuba. Sin
embargo, el término comerciar no es el más adecuado para calificar las relaciones que
los europeos establecieron por entonces con los nativos. Varios historiadores, entre ellos
Juan Friede (1965), han señalado cómo la Corona, carente de recursos económicos
propios, contrató con particulares la explotación económica de sus nuevos territorios
mediante un complicado sistema de "capitulaciones". De esta manera, los
individuos así beneficiados buscaban recuperar de una forma rápida su inversión gracias
a los rescates y rancheos de las posesiones de los indios y a la trata en las Antillas con
los nativos de Tierra Firme tomados como esclavos. Como es bien sabido, se esclavizaba en
particular a aquellos indígenas categorizados como "caribes", una palabra que
era empleada como sinónimo de "indios caníbales" o sea indios todavía
más "salvajes" que sus congéneres organizados en sociedades más complejas.
Tal condición de caribe proveía, sin duda, una adecuada justificación para la
"guerra santa" que los españoles emprendieron en el continente contra todos los
indígenas "enemigos de la fe" o renuentes a ella durante el siglo XVI a
pesar de que la noción del indígena de la provincia de Santa Marta como un "indio
caníbal" la usaron los europeos por un período muchísimo más largo.
Desde un comienzo las
relaciones entre los españoles y los aborígenes de Santa Marta estuvieron marcadas por
una tradición de violencia. Porque, en últimas, sólo mediante el empleo de la fuerza
bruta los europeos se apropiaron de las riquezas de los indígenas y de su fuerza de
trabajo. Ello no obstante los esfuerzos de los monarcas españoles para controlar a sus
súbditos en América con instrumentos legales tales como las Nuevas Leyes de 1542. Y es
que tal y como aconteció en el resto de la América española, los intereses privados de
los conquistadores de Santa Marta marchaban en contravía a los intereses de los reyes de
España. Mientras que los primeros querían recuperar lo más rápido posible sus
inversiones en la empresa colonizadora, los monarcas de la casa de Austria necesitaban con
urgencia las rentas provenientes del oro y la plata americanos para financiar sus sueños
de una Europa continental unificada bajo la égida de un monarca católico (Friede
1965:171-227; Wolf 1982). Después de 1525, y a medida que se internaron más en los
territorios del continente americano que luego se llamaron como la Nueva Granada, los
españoles vieron que era oro lo que esas tierras escondían.
Con todo, los antagonismos
existentes entre los colonos americanos y la dinastía reinante no significaron la
inexistencia de conflictos internos entre aquellos europeos ahora trasplantados a Santa
Marta. Por el contrario, durante el siglo XVI la provincia fue testigo de un verdadero
carnaval de trampas y prácticas venales en la medida en que distintos gobernadores y sus
subordinados se enriquecían a costa de la Corona y de europeos inmigrantes. En últimas
la carga descansaba sobre los hombros de los nativos de la provincia. Como ésta era tan
pesada los indígenas recurrieron a la rebelión o a escapar hacia partes más
inaccesibles del macizo serrano (cf. Reichel-Dolmatoff 1951; Restrepo 1975).
De otra parte, a lo largo de
ese siglo la resistencia indígena no constituyó, de ninguna forma, un esfuerzo
concertado para arrojar a los invasores de estos territorios. A pesar de que la colonia de
Santa Marta fue siempre pequeña, débil y estuvo mal aprovisionada, los europeos tomaron
ventaja de las divisiones internas de los indígenas. Tomó algunos años, sin embargo,
antes de que los españoles aprovecharan de forma plena su posición estratégica
superior. En particular, los españoles debieron inventar nuevas tácticas de combate
militar más apropiadas para las condiciones topográficas y sociales de Santa Marta
(3)
. Una vez
que esto se logró, poco pudieron hacer los guerreros nativos contra un enemigo que
disponía de armas de fuego, perros amaestrados y el soporte de la caballería que podía
ser empleada en aquellas áreas que se prestaran a la marcha de los caballos. Los
indígenas quedaron definitivamente perdidos cuando los europeos se dieron cuenta de que
un medio más eficaz para "pacificar" a sus nuevos súbditos consistía en
arrasar la base material de los nativos. No importaba que en el proceso de destrucción la
principal fuente de comida de los europeos, el maíz y otros alimentos que a la fuerza
tomaban de los indígenas, se viera disminuir. Después de todo, los europeos podían
pedir avituallamientos de emergencia desde Santo Domingo en caso de necesidad extrema
algo que ocurrió en varias ocasiones durante dicho siglo.
A medida que avanzaba la
centuria, la posición geográfica favorable de Santa Marta en la parte más septentrional
de Suramérica se convirtió en una traba importante para su prosperidad como colonia. Una
rápida mirada al mapa permite ver las razones de la buena suerte geográfica inicial de
Santa Marta. La colonia se encontraba, en efecto, bastante cerca por mar de las posesiones
españolas ya consolidadas en las islas antillanas. Más aún, las corrientes oceánicas y
de vientos prevalecientes hacían que navegar a vela desde España y desde la Española
hasta Santa Marta fuese relativamente fácil.
Además, Santa Marta
disponía de una bahía convenientemente aislada de tal manera que el velamen de los
barcos quedara protegido de los vientos alisios del este, que durante ciertas épocas del
año soplan con mucha fuerza. Por ello resulta apenas natural que Santa Marta fuese
escogida como üna de aquellas áreas a partir de las cuales los españoles se lanzaron a
colonizar el continente americano. Pero Santa Marta también estaba localizada cerca de la
desembocadura del río Magdalena, una gran corriente de agua que de seguro, los españoles
lo entendieron rápido, debía tener sus fuentes muy lejos tierra adentro. Al observar
aquel gran río los colonos samarios debieron soñar con los inmensos territorios y los
tesoros sin límite que yacían en alguna parte del interior, y que sólo esperaban a que
ellos se lanzasen en pos de su conquista. No obstante, dominar las fuertes corrientes y
los ondulantes bancos de arena presentes en la desembocadura del Magdalena no fue nunca
una empresa fácil para los inmigrantes europeos de hecho, remontarse aguas arriba
por el Magdalena fue un acto de una gran destreza hasta comienzos del siglo XX. A pesar de
todo, en la década de 1530, una expedición combinada por tierra y agua conformada por
colonos y soldados de Santa Marta liderados por el licenciado Jiménez de Quesada tuvo
éxito en abrirse camino hacia el interior donde, después de una epopeya muchas
veces referida, descubrieron las frías y sanas altiplanicies del Nuevo Reino de Granada.
Los logros de Quesada y sus
gentes en los Andes fueron una de las consecuencias no esperadas de las imperfectas
nociones geográficas que tenían los españoles sobre el Nuevo Mundo. Después de que
Cortés aseguró para la Corona española las altiplanicies de México, Pizarro se
embarcó desde Panamá para su conquista en 1532 del imperio andino de los incas.
Descubrimiento tras descubrimiento hicieron que los españoles pudieran concluir que
América conformaba una inmensa masa continental, y no una serie de islas problemáticas
que impedían la navegación directa entre Europa y las afamadas islas de las especies
localizadas en algún punto del este. Si Tierra Firme no era otra isla las preguntas por
contestar eran ¿cuán extenso es en verdad el continente? y ¿cuán grandes las
distancias? Más aún, los asediados colonos de Santa Marta debían preguntarse si no
sería posible alcanzar por tierra desde su provincia las ya famosas riquezas del Perú,
sin tener que hacer el penoso cruce por tierra del Istmo de Panamá. Porque es que si
hubiese un trayecto terrestre más corto desde Santa Marta, bien pudiera ser que las
tierras del famoso Perú se encontrasen en realidad dentro de la jurisdicción de la
provincia samaria. Contestar tales tipos de interrogantes formó parte de los objetivos
que llevaron al gobernador de Santa Marta, Pedro Fernández de Lugo, a enviar la
expedición de Quesada que salió en 1536 con destino al reino de los muiscas (cf. Friede
1974). No es necesario añadir que el Perú no quedaba ni cerca de la jurisdicción de
Santa Marta, y que no hubo barrera que pudiera detener el hundimiento en el olvido de la
provincia samaria por siglos. En efecto, apenas unos pocos años después de su fundación
Santa Marta comenzó a ocupar una posición bien marginal dentro del imperio español en
América. Y así la decadencia de Santa Marta era ya un hecho cuando el gobernador Guiral
Velón completó su "pacificación" de los taironas.
De otro lado, la
conformación del orden colonial posterior a 1600 en la provincia de Santa Marta exhibe
una gran paradoja. Durante el siglo XVII, en efecto, el asentamiento español se localizó
en unas pocas áreas bien definidas que además quedaron relativamente aisladas entre
ellas. Tales áreas fueron la parte sur de la provincia hacia Mompox, los valles de los
ríos Magdalena y Cesar y la región de Valledupar. De la zona del litoral sólo se
colonizaron la región costanera alrededor de Santa Marta y el área de influencia de
Riohacha. De esta manera, grandes porciones de la gobernación permanecieron fuera del
control colonial: la península de la Guajira, con excepción de las costas de las perlas;
casi toda la Sierra Nevada; las vertientes occidentales de la Serranía de Perijá, y la
vasta región conocida como "tierra de chimilas" esto es, todas las
inmensidades selváticas y de tierras bajas y pantanosas situadas desde el río Frío por
el norte hasta la depresión momposina, y desde la banda oriental del río Magdalena hasta
los ríos Ariguaní y Cesar.
Todas estas últimas zonas
mostraban una peculiaridad. Se trataba de áreas indígenas esto es, áreas que
quedaron por fuera de la frontera de colonización española después de que culminaran
las campañas de pacificación del siglo anterior. La península era el territorio de los
guajiros. La Sierra Nevada quedó para los arhuacos, como se empezó a llamar desde el
siglo XVII a todos los indios serranos sin distinción (Fernández de Piedrahita 1942
[16881, I:124-126). En Perijá estaban los motilones y los chimilas ocupaban, por
supuesto, la peligrosa "tierra de los chimilas". Aunque diferentes en términos
ecológicos, cada una de estas zonas era a su manera hostil a la colonización: una
península semidesértica, dos sierras con montañas y cañones fragosísimos, la Nevada y
la de Perijá, y unas llanuras selváticas, inundables y malsanas. En otras palabras, la
misma colonización española tendió fronteras a su propia expansión. El desierto, las
quebradas montañas y las selvas y pantanos, son apenas expresiones geográficas de las
fronteras sociales que a partir de este siglo caracterizaron el mapa de la provincia de
Santa Marta; fronteras que una a una, y en un proceso discontinuo hasta nuestros días,
serían removidas.
No obstante, las realidades
ecológicas anteriores sólo nos llevan algún trecho en la explicación de la desigualdad
en la colonización de la provincia durante esta época. Y es que los grupos indígenas
excluidos de estas fronteras internas tenían características que no los hacían
susceptibles a una fácil dominación o, por lo menos, dejaron ya de tener el atractivo
que antes pudieron tener para los españoles. Los guajiros, un grupo de familia
lingüística arawak, de agricultores extensivos y pescadores se convirtieron en exitosos
pastores seminómadas y en hábiles comerciantes con los europeos enemigos de los
españoles. Los chimilas, de familia chibcha, y los motilones, un grupo karib, eran ante
todo horticultores, y pronto adquirieron una reputación de indios belicosos
reputación de "indios bravos" que también compartían sus congéneres de
la península Guajira. Los diversos grupos de arhuacos, todos de familia lingüística
chibcha, recurrieron a una modalidad de agricultura de montaña menos intensiva, y por
ello incapaz de producir grandes excedentes, que la practicada por sus ancestros. Estos
arhuacos eran "indios mansos refugiados detrás de unas montañas y una especie de
muralla selvática que los separaban de los europeos de las partes planas.
Con todo, el estancamiento
colonial de Santa Marta no queda bien entendido a partir de la rebeldía o el aislamiento
de los naturales que vivían en su territorio (o de los rendimientos escasos que
producían los indígenas sometidos, y de la poca riqueza minera de la provincia). Hay
otras razones externas a la gobernación de Santa Marta que también son culpables de esta
situación. En efecto, los descubrimientos del Nuevo Reino de Granada, de México y del
Perú desencadenaron dos procesos históricos interactuantes que dejaron de lado a Santa
Marta. El primero, que tiene que ver con lo que hoy es Colombia, mostró el desarrollo
inicial de una colonización centrada en la minería del oro y en la agricultura con base
en el usufructo de la fuerza de trabajo indígena y luego de los esclavos negros. La
sociedad colonial se organizó principalmente en torno a las ciudades de Santa Fe y
Popayán en el interior del país, unidas bien a Quito y al Perú por los Andes, o a
Cartagena de Indias a través del río Magdalena y de Mompox. A pesar de la importancia de
la explotación del oro para la metrópoli, la dinámica socioeconómica de la Audiencia
de la Nueva Granada nunca alcanzó los niveles de desarrollo de la de los virreinatos de
México y el Perú regiones que delimitan geográficamente el segundo proceso. Desde
la segunda década del siglo XVI, España concentró su atención en las regiones más
densamente pobladas del Perú y del centro de México, fenómeno que se acentuó todavía
más cuando se descubrieron grandes depósitos de plata en Potosí, Perú, en 1545, y en
Zacatecas en el norte de México, en 1546. Los lingotes de plata que se producían en
estos virreinatos fueron pues los principales responsables de su gran auge colonial, y de
la gran importancia que la Corona les atribuía.
De otra parte, Cartagena, la
capital de la gran rival colonial de Santa Marta, se constituyó en uno de los puntos de
intersección claves de los dos ciclos económicos anteriores. A Cartagena llegaban las
gentes y las mercaderías del Viejo Mundo, incluido el tráfico humano de los buques
negreros, y el oro que se extraía de las colonias de Nuevo Reino. De Cartagena zarpaban
los galeones que iban a Portobelo a recoger la plata del Perú. Por ello Cartagena fue
siempre una buena presa para los enemigos de los españoles, los ingleses, franceses y
holandeses cuyo calificativo de piratas escondía a medias el hecho que estos
extranjeros también promovían sus propios intereses. Esta era una plaza demasiado
importante para ser expuesta a la fácil depredación, y que por lo tanto fue necesario
comenzar a fortificarla desde finales del siglo XVI. Además, en Cartagena se depositaban
unos tesoros tan valiosos y vitales para sostener las campañas guerreras en Europa de los
monarcas españoles de la Casa de los Austrias, que fue imprescindible protegerlos en su
transporte hacia la metrópoli mediante un elaborado y costoso sistema de flotas. En
cambio, por Santa Marta nada de valor salía y nada de importancia llegaba. Excepto la
larga fila de los gobernadores de la provincia y sus séquitos, o los refuerzos de hombres
y abastecimientos que se enviaban para que la colonia allí no desapareciera de manera
definitiva. Sólo cuando el comercio ilegal de "géneros de Europa", perlas,
oro, esclavos, palo de brasil y pieles por todas sus costas empezó a adquirir visos
desproporcionados, la provincia volvió a tener alguna importancia en el mapa de la
América española.
La depresión de Santa Marta
en el siglo XVII permitió entonces a los aborígenes serranos un espacio para su
reconstitución como sociedades indígenas. Aunque los indígenas buscaron preservar
vínculos con su pasado, sobre todo ideológicos y religiosos, las nuevas circunstancias
históricas les obligaron a introducir cambios drásticos en sus formas de vida. Estos
cambios, que afectaron ante todo la base material de la sociedad indígena, se muestran ya
bien consolidados en el siglo siguiente. Entre ellos vale mencionar, primero, una
readaptación a pendientes montañosa más inclinadas, con las consiguientes
transformaciones en los patrones de asentamiento y en el sistema productivo. Segundo,
algunos de los viejos productos alimenticios precolombinos, en especial el maíz (Zea
mays), fueron reemplazados de forma paulatina por nuevos productos traídos por los
europeos. Los ejemplos más notorios de estos cambios en la dieta de los indígenas los
proveen el nuevo consumo de una gran variedad de plátanos (Musa) y de la caña de azúcar
(Saccarum oficinarum L.). Tercero, los nativos adoptaron nuevos complejos tecnológicos
con herramientas antes desconocidas, por ejemplo el trapiche, y cuya materia prima
principal era el metal. Cuarto, se introdujo en el macizo y en toda la provincia el ganado
vacuno, caballar y bovino. Quinto, la mortandad causada por las guerras del siglo
anterior, unida a las enfermedades desconocidas y a la retirada en condiciones precarias,
produjo importantes modificaciones en la organización social nativa (Reichel-Dolmatoff
1953:116). Sin embargo, lo más importante que trajo la derrota militar fue que el destino
de los arhuacos quedó ligado a lo que sucediera en ese país que entonces se empezó a
formar, y al resto del mundo. En este último sentido, los actuales indígenas de la
Sierra Nevada son el producto de una situación colonial.
La encomienda es quizás la
institución indiana que mejor nos permite precisar la participación indígena en el
sistema económico y político global implantado por el régimen colonial español en el
Nuevo Mundo. Aunque tal forma de control de la fuerza de trabajo nativa no alcanzó en la
provincia de Santa Marta el auge que tuvo en otras áreas del Nuevo Reino, sin embargo es
ilustrativo considerarla porque a través de las encomiendas se ve de forma clara que los
indígenas serranos no estaban tan aislados dentro de sus fronteras étnicas del orden
colonial.
Las primeras encomiendas en
la provincia fueron otorgadas por el gobernador García de Lerma a sus capitanes
principales en la década de 1530. Las fuentes históricas de esta centuria mencionan en
la Sierra Nevada a los pueblos indígenas de Bonda, Bondigua, Buritaca, Coto, Pocigüeica,
y a los nativos del Valle de la Caldera y de las regiones de Nueva Salamanca de La Ramada
(la actual Dibulla) y de Valledupar como indios entregados en varias encomiendas. Según
un informe de 1627 enviado al rey por el gobernador Jerónimo de Quero, había en la
provincia bajo su cargo 131 encomiendas con 2.169 indios tributarios o sea una
población total entre 6.507 y 10.845 indígenas. El promedio de indios tributarios por
encomienda, 16.5, es en extremo bajo si se compara con cifras para otras regiones de la
Nueva Granada durante la misma época. Estas encomiendas se localizaban, según este
informe, en los distritos de Santa Marta, La Ramada, Córdoba, Sevilla, Valledupar y
Pueblo Nuevo (Valencia), todos con jurisdicción en el macizo serrano, y en Tenerife,
Ocaña y Tamalameque. Los indígenas tributarios, de otro lado, pagaban sus tributos
principalmente en maíz, aunque algunos de ellos también pagaban en fique (Agave
americana) o aún en bolsas confeccionadas con la misma materia prima (cf.
Reichel-Dolmatoff 1951 :46-50; Colmenares 1973:80-96; Restrepo 1975:242-244; Villamarín y
Villamarín 1975:80; Miranda 1976:90-99).
A comienzos del siglo XVIII,
la situación con las encomiendas de los arhuacos serranos es como sigue. En La Ramada la
encomienda de Capicagüey tenía 8 arhuacos (koguis?) tributarios en 1963. En 1718, otras
5 encomiendas que según la fuente tenían 150 años de existencia, aparecen en el mismo
distrito de La Ramada, con un total de 300 arhuacos (koguis?) tributarios aunque ni
el cura ni sus encomenderos se preocupasen de cosa alguna fuera de recolectar las hamacas
de algodón y las mochilas que los nativos debían confeccionar a guisa de tributo.
En el distrito de Valledupar
y Pueblo Nuevo, la encomienda de San Nicolás de Cañaveral estaba constituida por
arhuacos (ikas) en 1693, lo mismo que las encomiendas de Chaga (o Chapa) y Curacatá,
cerca de San Sebastián de Rábago, con 4 arhuacos encomendados a Antonio de Yanci en
1699. En ese mismo año de 1699 los indios de Marocaso, en el este del macizo, son
mencionados en encomienda. Los indios arhuacos (koguis) de la encomienda de Cototame,
cerca del actual Pueblo Viejo en la vertiente norte de la Sierra, pagaban sus tributos
directamente a la Corona en 1705. A pesar de que desde 1701 el tributo anual estaba fijado
en 4 pesos en dinero o especie, los indígenas de algunas encomiendas pagaban todavía
hasta 12 pesos al año por tributario (cf. Molino 1976; Mena 1982).
La situación del territorio
de Santa Marta no mejoró mucho durante el siglo XVIII. Dos autores de finales de siglo,
Antonio de Nárvaez y la Torre y el padre jesuita Antonio Julián, describen con lujo de
detalles la depresión económica crónica de la gobernación, que continuaba inexorable.
Uno de los temas comunes a ambos autores es el problema de las rebeliones indígenas en la
provincia, según ellos una de las causas principales del atraso de Santa Marta. Y es que
todo el siglo XVIII fue un período de una gran zozobra en la provincia por la resistencia
armada de los chimilas, los guajiros y los motilones, ante la expansión en sus
territorios de las fronteras de colonización establecidas durante la centuria anterior.
La pacificación de estos grupos de las partes bajas, "indios de arco y flecha",
fue entonces una tarea prioritaria de la administración colonial (Julián 1951; De
Narváez, en: Ortiz 1965). Para nuestros propósitos sólo es pertinente considerar aquí
la rebelión de los chimilas.
El asunto de la
pacificación de los chimilas pone en evidencia una nueva fuente de competencia interna
para la provincia samaria. Es en Mompox, en la provincia vecina de Cartagena, y no en
Santa Marta, desde donde se dirige el sojuzgamiento de los chimilas ahora levantados. Tal
papel protagónico tiene que ver, ciertamente, con la decadencia crónica de Santa Marta.
Pero el factor más importante fue que Mompox se había erigido en un importante centro de
poder económico y político en el virreinato neogranadino después de 1750. El sociólogo
Orlando Fals Borda (1979), quien ha descrito este proceso, explica cómo en Mompox se
había consolidado por esta época una sólida clase señorial y esclavista. Esta clase
controlaba un complejo sistema de administración de haciendas de miles de hectáreas,
estancias, hatos, hatillos y potreros en toda la región de la depresión momposina y
bajos ríos Cauca y San Jorge. Sus intereses, que abarcaban asimismo la minería en ricos
yacimientos auríferos, se beneficiaron además de la gran expansión comercial del
contrabando, que hizo de Mompox la capital del "tráfico ilícito" en el
virreinato. Los señores momposinos explotaron por igual el trabajo de ejércitos de
esclavos, empleados en la minería y en la ganadería, terrajeros y colonos ocupados en la
agricultura y una gran masa de trabajadores libres, españoles, mestizos e indios, todos
controlados por una capa de administradores regionales y de mayordomos. De contera, varios
de estos señores, que desde luego detentaban de forma voraz todo el poder político de su
ciudad y región, generaron pretensiones aristocráticas mediante la inversión de grandes
capitales en la compra de títulos nobiliarios a la Corona española (cf. Fals
1979:75-146).
Uno de estos nobles
advenedizos de Mompox, don José Fernando de Mier y Guerra figura como actor de primera
línea en la pacificación de los chimilas. De Mier y Guerra primero encontramos noticias
por la década de 1730. Durante esos años, Mier y Guerra se ocupó en la represión de un
levantamiento de los arhuacos (ikas) de la vertiente suroriental de la Sierra Nevada,
quienes aliados con los chimilas asediaban los caminos y las haciendas del alto río
Ariguaní, en la jurisdicción de Valledupar y Valencia de Jesús. Producto de sus
pacificaciones, recibió en merced las estancias de Curucatá, Pantano y Tenso en la zona
de San Sebastián de Rábago. Además organizó allí un hatillo de ganado vacuno,
bestias, herrería y molinos de trigo (Fals 1979:84A-85A). Esta alianza de arhuacos y
chimilas, por lo demás, figura reiteradamente en los documentos del siglo XVIII como una
razón de la urgencia que adquirió la pacificación de los naturales de la provincia
sublevados. Y es que todo el alto río Ariguaní y el valle del río Cesar eran zonas
cruciales para el abastecimiento de ganados a Cartagena, sobre todo en aquellas épocas
durante las cuales los enemigos ingleses sitiaban esta plaza (Friede 1973:53; Uribe
1977:124; De Mier 1987, 11:174).
Entre 1740 y 1745, Mier y
Guerra se ocupó de abrir dos caminos desde el río Cesar y el Paso del Adelantado a
través del territorio chimila, para abastecer a Cartagena sitiada por la escuadra
combinada inglesa al mando del almirante Vernon. Desde 1743, y a medida que se ocupaba de
la apertura de los caminos de San Angel, Mier y Guerra comenzó a desarrollar un ambicioso
y sistemático programa de poblamiento. Por comisión del virrey Eslava, refrendada
después por su sucesor el marqués del Villar José Alfonso Pizarro, el plan de Mier y
Guerra fue rodear todo el territorio de los chimilas con fundaciones de vecinos libres
españoles y mestizos, que sirviesen para su contención. No obstante su título de
"voluntarios", estas personas eran reclutadas más o menos a la fuerza. Una vez
avecinados, sólo podían abandonar la fundación con autorización expresa de Mier y
Guerra.
La lista de poblaciones que
erigió o consolidó Mier y Guerra, o sus comisionados, es bastante larga. En la Sierra
Nevada, en particular, Mier y Guerra realizó dos fundaciones de pueblos de españoles:
San Sebastián de Rábago en 1750 y San Luis Beltrán de Córdoba hacia 1752. Este último
estaba situado en las márgenes del río Córdoba, en la vertiente occidental del macizo.
Aunque su propósito era el de impedir los ataques que los chimilas efectuaban en las
haciendas de los alrededores de Santa Marta, la construcción tuvo que ser suspendida
porque los indios de la antigua encomienda de Ciénaga protestaron por la invasión de sus
tierras agrícolas. Por su parte, la historia de la fundación de San Sebastián es un
poco más accidentada.
Como ya se anotó, los
arhuacos de San Sebastián de Rábago habían sido otorgados en encomienda por "dos
vidas" a Antonio de Yanci, quien a su muerte fue sucedido por su hija Isabel. Estos
encomenderos ya no gozaron de las ventajas de sus predecesores en otras partes de la
provincia. Como que todo su privilegio se reducía a subir de cuando en cuando a San
Sebastián, para recoger su tributo representado por cargas de "turmas, arracachas y
algunas mochilas que [los indios] usan hacer". Ni un cura doctrinero estable
permanecía por allí, aunque el misionero capuchino fray Silvestre de La Bata solía
recorrer todo el macizo de forma esporádica, para predicar a la vez que sacar grupos de
negros de ambos sexos que se refugiaban en esos parajes (De Mier 1987,1:61; 159-160; 323).
Por ello, fray Silvestre fue comisionado por el virrey para que le ayudara a Mier y Guerra
como doctrinero de los naturales.
Valido de sus comisionados,
Mier y Guerra empezó a trasladar "voluntarios" para la nueva población.
Primero se llevó a 28 familias de españoles y "blancos del país", algunas
acompañadas de sus correspondientes esclavos, para un total de 87 personas.
A mediados de 1751 llegaron
desde Santafé otras 46 personas, remitidas por el virrey Pizarro. Este segundo grupo era
muy peculiar: estaba compuesto por reos sacados de las cárceles de la capital del
virreinato, que fueron trasladados con grillos y cadenas en compañía de sus esposas e
hijos. La lista remisoria nos indica sus ocupaciones. Había entre ellos labradores,
herreros, petaqueros, silleros, sombrereros, sastres, albañiles, tejedores, zapateros,
barberos y hasta arrieros. A finales de ese mismo año se remitió otra remesa de
presidiarios desde Santafé compuesta por 25 familias adicionales (cf. Julián 1951:121;
De Mier 1987, I:252-253, 277:281, 296-300; Uribe 1977:124-125).
En sus comienzos, los
trabajos auguraban un gran éxito. Los nuevos colonos se dedicaron a construir sus casas y
al cultivo de trigo en las fértiles tierras del valle serrano de San Sebastián. Aunque
los indígenas cultivaban este producto desde antes, el propósito era establecer una
fuente constante de abastecimientos de harina para las ciudades de Santa Marta, Cartagena
y Mompox, lo mismo que de hortalizas de climas fríos. Los recién llegados también
cultivaron rocerías de maíz, plátanos, yuca y otros tubérculos en sitios aledaños,
con el propósito de aprovechar la gran variedad de zonas climáticas del macizo muy
a la manera del sistema de agricultura escalonada que todavía practican los indígenas
serranos. En 1753 todo salía a pedir de boca. Como se expresó en la visita de ese año
el colono español Antonio Galeano Marín: "tal nueva fundación va siempre en
aumento tanto de vecindario, casas, huertas, salud y buenos partos en las mujeres, que con
el breve camino que se ha abierto para la ciudad del Valle, se han labrado rocerías de
maíz, yucas y platanares a dos leguas de la fundación y que no hay conveniencia como
ésta en tan corto camino tener frutos de tierra caliente y de tierra fría y que hay
tierras en seis leguas de contorno, para una ciudad de dos mil vecinos y más tierras
calientes, templadas, frías y más frías para la salud" (De Mier 1987, II:77).
Hacia 1755, sin embargo, las
cosas se empezaron a dañar en San Sebastián. Algunos colonos, entre ellos varios de los
expresidiarios, se ausentaban a menudo en Pueblo Nuevo de Valencia y en Valledupar (De
Mier 1987, II:113). Los vecinos y el cabildo de estas últimas ciudades resentían,
además, la intromisión de Mier y Guerra en sus jurisdicciones, quien por vivir en Mompox
pertenecía a otra provincia. Los encomenderos de los arhuacos y el marqués de Santa Coa,
pariente y enemigo del juez comisionado, azuzaban asimismo al virrey para que se
suspendiesen los trabajos. Al decir del marqués, las tierras de San Sebastián "más
pueden servir a cuervos que a gentes". El golpe final sobrevino cuando las cosechas
de trigo fallaron por una epidemia que atacaba las plantas en el momento en que éstas se
encontraban listas para madurar. Con todo, el establecimiento de San Sebastián continuó
en el mismo valle, quizás el valle intermontano más extenso de todo el macizo, hasta hoy
en día cuando, con el nombre de Naubusímake, se ha convertido en la capital de la
nación arhuaca (ika).
__________
3. El
cronista Simón se mofa abiertamente de las tácticas militares empleadas por el
gobernador Pedro Fernández de Lugo cuando escribe: "el año de mil quinientos y
treinta y seis salieron de Santa Marta para esta jornada [una campaña contra Bonda]
marchando por sus hileras y buen orden como lo dispone el arte militar, aunque esto duró
poco por no ser la guerra que comúnmente se hace en estas tierras de la calidad de las de
Flandes donde se puede guardar un modo en todas las milicias, o al menos con poca
diferencia, porque las industrias de estas guerras se han de tomar de lo que pide la
ocasión presente por ser tantas las diferencias y varios los modos con que los indios
pelean, pues pocas veces o nunca viene el indio al rompimiento de batalla, ni acomete de
poder a poder, por tener conocida la flaqueza de suyo para con el español (...)"
(Simón 1954, I:124-125). (regresar a 3)
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