GEOGRAFÍA HUMANA DE COLOMBIA
Nordeste Indígena
(Tomo II)
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2.0 LOS GENTILICIOS Y LAS FAMILIAS LINGÜÍSTICAS

A primera vista parecería que el asunto de las denominaciones de los grupos indígenas de la Sierra Nevada y de su piedemonte no involucra mayores problemas. Todo se limitaría, en efecto, a consignar los nombres que les han sido asignados en la literatura así como los nombres con los cuales los propios indígenas denominan sus tribus —puesto que es de tribus, se supone, de lo que estamos hablando. Sin embargo, tal no es el caso como lo demuestra una revisión apenas sumaria de las muchas denominaciones que a lo largo de la historia se han empleado para reconocer a estos grupos indígenas.

Tal vez uno de los términos más conocidos para designar a los pueblos indígenas de la Sierra Nevada es el de taironas —un término que aparece traducido desde el siglo XVI como el equivalente del español "fragua" o "fundición", con lo que se evoca la riqueza en oro que alguna vez tuvieron los pueblos prehispánicos que allí se asentaron. Este término tairona fue usado por los españoles durante el siglo XVI para denominar una "provincia indígena", esto es, una región al norte de la Sierra Nevada entre los ríos Buritaca, Guachaca y Don Diego que desde su punto de vista europeo les pareció homogénea culturalmente. Bien pronto su uso se extendió para denominar a todos los pueblos indígenas que a la llegada de los conquistadores habitaban las laderas y costas de las vertientes norte y noroccidental del macizo. Tal extensión del término ha sobrevivido hasta nuestros días. En su intento por precisar a las gentes prehispánicas responsables de los monumentos y notables vestigios arqueológicos de esta parte del país, los arqueólogos modernos resolvieron denominar a toda esta gran área arqueológica como tairona, y taironas fueron entonces los pueblos que construyeron los caminos y puentes en piedra, las acequias y canales y las famosas "ciudades perdidas" que hoy tanto maravillan al viajero por estos destinos. La tribu o nación tairona, a veces también considerada como un cacicazgo, o una confederación de pueblos, o varias ciudades-estado, o aún como un estado incipiente quedó de esta manera entronizada en la imaginación antropológica nacional. Y en esa misma imaginación, las tribus actuales de la Sierra son los descendientes contemporáneos de sus ancestros taironas.

La verdad es, con todo, que más allá de algunos valiosos estudios etnohistóricos basados en fuentes escritas del siglo XVI, nuestro conocimiento de los famosos taironas que encontraron los europeos es todavía muy deficiente. Lo que es todavía más grave es que la arqueología de esta parte del país no nos da aún respuestas contundentes sobre las formas de vida características de estos pueblos, y menos sabemos sobre la dinámica del cambio sociocultural prehispánica en el área. Todo lo cual va sin hacer mayor hincapié en los riesgos en los que se incurre al usar a la vez un gentilicio del siglo XVI, tairona, para todo un conjunto de vestigios arqueológicos y para un grupo étnico.

Otro término con una larga carrera en la Sierra Nevada es el de arhuaco —a veces también escrito aruaco. Como en el caso anterior, este término sirvió durante el siglo XVI para denominar otra provincia indígena, en este caso situada en las faldas de la vertiente sur del macizo, claramente diferenciada desde el punto de vista cultural de otras provincias vecinas como las de Macongana, Taironaca, de los Orejones, de los Chimila, etc. Los arhuacos fueron así considerados como una tribu o nación diferente de la de los taironas o la de los chimilas, para sólo mencionar dos casos. Sin embargo, a partir del siglo XVII, todos los indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta que sobrevivieron al holocausto de su conquista final en 1600 comenzaron a ser conocidos por los colonos europeos como los indios arhuacos —una extensión del término original en la que tuvo mucha responsabilidad el cronista Lucas Fernández de Piedrahita, autor de la Historia General del Nuevo Reino de Granada publicada por primera vez en 1688.

El gentilicio arhuaco, en su acepción general para denominar a todos los aborígenes del macizo, ha sobrevivido hasta el presente. De esta manera, en la imaginación popular la tribu de los arhuacos, o las tribus arhuacas, son consideradas como la tribu indígena que ocupa el macizo serrano. Al utilizar así esta acepción del gentilicio arhuaco, el parlador, generalmente un criollo mestizo de la región que rodea el asentamiento indígena, no hace más que indicar que todos los pueblos indígenas actuales de la Sierra Nevada tienen una misma orientación cultural —hecho éste que no es del todo equivocado. De otro lado, en el pensamiento antropológico la palabra arhuaco ha introducido no pocas confusiones dado su parecido con el término arawak, que corresponde a una gran familia lingüística amerindia que nada tiene que ver con la Sierra Nevada. No obstante, la mayoría de los antropólogos prefiere reservar el gentilicio arhuaco para denominar a uno de los tres grupos indígenas sobrevivientes en el macizo: a los ika.

Si le rastreamos un poco más la pista a este término arhuaco quedaremos en mejor posición para entender el problema de los gentilicios de los pueblos aborígenes de la Sierra Nevada. En efecto, cuando a partir del siglo XVII los colonos de la gobernación española de Santa Marta convirtieron a los indígenas serranos en indios arhuacos lo que hacían en realidad era trazar una especie de mapa cultural de los pueblos indígenas no "pacificados" aun —o sea, por fuera de la frontera colonial. Como veremos en el capítulo siguiente, los arhuacos fueron considerados como indios mansos, esto es, como indios que no representaban un peligro militar para la gobernación, en oposición a ciertos indios bravos, como los guajiros, los chimilas y los motilones, que sí lo representaban. Debajo de esta oposición funcionaban otras, quizás más importantes: en primer lugar, los arhuacos eran indios de manta, esto es, indígenas que cubrían sus cuerpos con vestidos generalmente de algodón, mientras que los otros eran indios desnudos; en segundo lugar, los arhuacos eran indios de montaña, o sea habitantes de las partes altas de la Sierra Nevada, mientras sus vecinos del piedemonte eran indios abajeros, lo que siempre resultaba indicativo para el español de un menor nivel de complejidad o de "civilización"; en tercer lugar, los primeros eran indios que podrían ser reducidos, esto es, forzados a vivir en encomiendas o en pueblos de indios que facilitaran su catequización y el aprovechamiento de su fuerza de trabajo, mientras que los segundos eran indios rebeldes poco dados a aceptar el dominio español y la conversión forzada al catolicismo. Pero la oposición fundamental que separaba a los arhuacos de sus vecinos de las partes bajas del hinterland serrano era la de que no eran considerados como indios caribes como fue el caso de los chimilas, los motilones y hasta cierto punto los guajiros. Llegamos así a un punto importante: en cuanto que los arhuacos no eran representados como caribes toda la política colonial con respecto a ellos fue diferente de la aplicada a sus congéneres de las partes bajas. Estos últimos, asimilados a la condición de indios caribes, con todas sus connotaciones de salvajismo, antropofagia, flechas impregnadas con venenos mortales que provocaban horribles muertes, ataques guerreros sorpresivos, extraños rituales y extraños dioses, y todo el resto de la imaginería dantesca que hasta hoy viene asociada con las palabras indios caribes, sólo eran susceptibles de ser enfrentados con las armas en una "guerra santa" que los eliminaría de la tierra —o entregados a los misioneros capuchinos para su "salvación".

Más allá de la precisión cultural que en términos de la etnografía contemporánea pueda tener este "mapa cognoscitivo" trazado por los colonos españoles de Santa Marta a partir del siglo XVII, el hecho es que en él aparece en operación un sistema de clasificación construido sobre la base de la oposición de una serie de categorías que expresaban preocupaciones muy reales de estos colonos. Toda clasificación, es algo bien sabido, expresa tanto realidades "objetivas" (como, por ejemplo, una cierta unidad entre los objetos que van a ser agrupados como pertenecientes a un mismo tipo o especie), como ciertos intereses "subjetivos" de quien o quienes se ocupan de hacer la clasificación. En el caso de los colonos españoles, su organización mental de los pueblos aborígenes de la gobernación de Santa Marta reflejaba unas realidades políticas y económicas relativas al estado de la colonización entre estos pueblos, así como las potencialidades y peligros que tal colonización implicaba. Y aquí vale añadir que en Santa Marta, la conquista de los indígenas se extendió hasta el siglo XVIII —como se demostrará en el capítulo siguiente (2) .

Una vez finalizada la Colonia, las relaciones que se establecieron entre los indígenas serranos y los criollos descendientes de los españoles también influyeron desde luego en el problema de la clasificación cultural de los primeros. Poco a poco, y en un proceso en donde ha metido baza la moderna antropología, el gran término arhuaco aplicado para todos los indígenas habitantes de la Nevada se va a desglosar en sus partes constituyentes, de tal manera que al final aparecerán las cuatro "tribus" indígenas que ocuparon hasta hace poco sus montañas.

Este proceso comenzó a mediados del siglo XIX, cuando todavía era muy común el término genérico de arhuaco para llamar a todos los indígenas serranos. Pero a partir de este punto, los indígenas comenzaron a ser visitados por una larga procesión de viajeros y exploradores, algunos de los cuales tenían intereses definidamente antropológicos. Los más perspicaces entre estos observadores apreciaron con claridad que sobre la base de un estrato cultural muy similar, los pueblos indígenas de la Sierra Nevada mostraban peculiaridades que hacían que no pudiesen ser considerados como miembros de una misma "tribu". En particular resaltaban, según estos observadores, ciertas diferencias lingüísticas de tal manera que los indígenas del macizo hablaban dialectos diferentes de lo que aparentaba ser una misma lengua. Bien pronto se dieron cuenta de que estas diferencias dialectales tendían a ocurrir en territorios más o menos definidos. Una conclusión tentativa fue entonces inevitable: la "tribu" arhuaca contenía varias "subtribus", cada una de las cuales hablaba su propio dialecto específico. De esta manera, era necesario especificar de cuáles arhuacos se trataba en cada caso —si, por ejemplo, uno se refería a los arhuacos-koggaba, en oposición a los arhuacos-bíntukua.

Con todo, a medida que se avanzaba en la observación minuciosa de los indígenas serranos se comenzó a determinar que las diferencias eran mucho más radicales de lo que se pensaba antes. En efecto, resultó que cada una de las "subtribus" no hablaba un dialecto distinto de una misma lengua sino que en realidad se trataba de cuatro lenguas distintas ininteligibles para los miembros de los otros subgrupos. Además, los subgrupos presentaban variaciones significativas en el vestido, en ciertas costumbres, así como sutiles diferencias fenotípicas entre sus miembros —no obstante que en muchos aspectos seguían resaltando las muchas semejanzas culturales entre ellos. Como cada lengua, con sus peculiaridades culturales asociadas, tendía a estar representada en un territorio específico, la conclusión tentativa anteriormente en boga fue reemplazada por la que hoy nos acompaña: en la Sierra Nevada de Santa Marta vivieron hasta hace muy poco cuatro "tribus" indígenas más o menos diferenciadas: los kogis (sic) de la vertiente norte, los sanhas (sic) de la vertiente nororiental, los hoy desaparecidos kankuamos de la vertiente oriental, y los ikas o arhuacos de las vertientes sur y suroccidental. El desafio era entonces estudiar etnográficamente cada una de las tres tribus sobrevivientes con el fin de precisar sus similaridades y sus diferencias culturales, a la vez que estudiar su lenguaje.

Aunque ya pocos dudan de que en la Sierra Nevada de Santa Marta se asientan tres "tribus" indígenas, el asunto de cómo denominarlas dista mucho de estar solucionado. Revisemos caso por caso, comenzando por el de los koguis. Estos indígenas adquirieron su plena identidad etnográfica independiente después de que Gerardo Reichel-Dolmatoff comenzara a publicar los resultados de sus investigaciones entre ellos. La obra más influyente de este antropólogo sobre estos indígenas, titulada significativamente Los Kogi, una tribu de la Sierra Nevada de Santa Marta, apareció publicada por primera vez entre 1950 y 1951 en dos volúmenes. Desde entonces, el profesor Reichel-Dolmatoff ha utilizado en todos sus escritos la grafía kogi para denominar a los indígenas de esta "tribu" —en desmedro de otros términos tales como kággaba, kágaba, koggaba, cágaba, kogui, cogui, que también aparecen en la literatura etnográfica sobre estos indígenas posterior a la segunda mitad del siglo XIX. Así, en uno de sus trabajos más recientes sobre la Sierra Nevada, el mismo profesor escribe lo siguiente: "El nombre preferible es Kogi ya que es el equivalente fonético de su auto-denominación; en cambio, al escribirlo Cogui —como se acostumbra en algunos medios colombianos— llevaría a una pronunciación incorrecta por parte de personas que no sean hispanoparlantes. Según dicen los Kogi, su nombre se deriva de una antigua palabra con la cual se designaba al jaguar" (Reichel-Dolmatoff 1991:9).

A pesar de lo anotado por el profesor Reichel-Dolmatoff, en mi opinión el nombre preferible que debería aplicarse a estos indígenas es el de kággaba o köggaba, dos trascripciones fonéticas de una palabra que en su idioma significa "gente", "la gente", "la verdadera gente" —término que por lo demás es mucho más frecuente para autodenominarse entre ellos que el de kogi. No obstante, por estar ya tan entronizado en nuestro medio el término kogui (o sea la castellanización de kogi), en este trabajo lo usaré como el gentilicio de estos indígenas. Lo cual no es óbice para que de cuando en cuando utiice también el de kággaba.

La situación con respecto a los otros dos grupos indígenas es como sigue. Ya sabemos que los arhuacos son mejor conocidos en la literatura etnográfica con el nombre de ika, una palabra que como en el caso anterior también significa "gente". Sin embargo, este término aparece asimismo en la literatura transcrito como ijka, ijca, ixkë, ijkë. En ocasiones se utiliza el nombre bíntukua para catalogar a este mismo grupo, hecho que parece sustentado por la tendencia que tienen algunos de sus indígenas a extender la aplicación de este término que corresponde, según Reichel-Dolmatoff, a un prestigioso linaje ika (Reichel-Dolmatoff 1991:8-9).

El tercer grupo, el de los wiwa o uíua, ha sido denominado por algunos antropólogos —Reichel-Dolmatoff en particular— como sanka o sanha. Según este antropólogo, la denominación de wiwa corresponde al nombre que los kogui le dan a los sanha (Reichel-Dolmatoff 1991:9). Más conocidos quizás que los términos anteriores son las expresiones arsarios, morocaseros, guamakas, o malayos que corresponden a términos empleados por los misioneros capuchinos para referirse a estos indígenas y que subsecuentemente fueron adoptados por los habitantes criollos de las inmediaciones. A este respecto, vale decir que los arsario, morocasero y guamaka son tres barbarismos por El Rosario, Marocaso y Guamaka respectivamente, dos pueblos de origen colonial donde las autoridades españolas y los misioneros trataron de organizar el asentamiento de este grupo indígena y el nombre de una región también perteneciente al territorio de estos indígenas. Malayo viene, por supuesto, de "malo", con lo que las connotaciones sobre los indígenas son evidentes (cf. Reichel-Dolmatoff 1991:9).

De otro lado, el panorama de la lingüística aborigen de la Sierra Nevada aparece en la actualidad mucho más despejado —merced a los trabajos emprendidos, entre otros, por los investigadores asociados con el Centro Colombiano de Estudios en Lenguas Aborígenes de la Universidad de los Andes. De esta manera, la lengua de los ika, el kogian (o kougian, kouguian) que es la lengua de los kogui, y el damana, la lengua de los wiwa, son ininteligibles para los hablantes de las demás lenguas mencionadas, que no obstante pertenecen todas a la familia lingüística chibcha (cf. Trillos, Reichel-Dolmatoff y Ortiz 1989). Tal era el caso, asimismo, de la lengua de los kankuama, hoy desaparecida casi por completo del macizo serrano.

Por otra parte, el hecho de que todas las lenguas indígenas hoy habladas en el macizo serrano sean lenguas chibchas plantea el problema de las relaciones entre ellas. El padre Rafael Celedón, un misionero que fue pionero de la lingüística amerindia en Colombia, fue el primero en ocuparse de estas relaciones. Según el padre Celedón, las lenguas de los kóggaba (como este autor denomina a los kogui), de los guamaka (como denomina a los wiwa) y de los atanqueros (como llama a los kankuamas) estaban muy relacionadas entre sí. La lengua bíntukua (como Celedón llama la lengua de los ika) era la más diferente de las cuatro lenguas que se hablaban en la Sierra Nevada (Celedón [1886] 1986: 26). Jon Landaburu, un lingüista contemporáneo que ha estudiado por años el problema de las relaciones genéticas entre las diversas lenguas del macizo serrano, sostiene que las lenguas de los kankuama y los ika comparten varios rasgos lingüísticos. Si se sitúan estas dos lenguas en los extremos de un rango de variación, el koguian debería estar en el extremo opuesto. La lengua de los wiwa, o damana, ocuparía entonces una posición central. No obstante, todas las cuatro lenguas comparten una serie de rasgos gramaticales entre sí (Jon Landaburu, comunicación personal, 1986).

En lo que hace relación con la lengua hablada por los chimila, también conocidos en la literatura como simiza, chimile, simza, shimizya, la situación no está del todo aclarada. La mayoría de las clasificaciones colocan a esta lengua dentro de la familia lingüística chibcha de Colombia, aunque algunos autores recogen la duda que con respecto a esta clasificación planteara en 1946 el profesor Reichel-Dolmatoff. En su trabajo de ese año sobre la etnografía de los chimila, y en su trabajo del año siguiente sobre lingüística chimila, este autor sentó la tesis de que la lengua hablada por los chimila pertenecía a la familia arawak y no a la familia chibcha (cf. Reichel-Dolmatoff 1946, 1947). Recientemente, el profesor Reichel-Dolmatoff cambió de opinión y ahora escribe: "En 1947, bajo la influencia de una metodología entonces aceptada y usada por el profesor Paul Rivet, clasifiqué la lengua chimila como perteneciente a la familia lingüística arawak. Con el paso del tiempo se constató que dicha metodología carece de validez. Los chimila no son arawak y pertenecen a la familia lingüística chibcha" (Reichel-Dolmatoff 1991:8, nota de pie de página). El camino parece estar allanado entonces para un estudio gramatical serio de la lengua chimila, del que todavía carecemos, para establecer sobre una base más segura la posible vinculación de esta lengua dentro del conjunto de la familia lingüística chibcha de Colombia.

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2. El antropólogo Eric Wolf (1982: 148-149) apunta en la dirección de este problema cuando escribe: "Las comunidades indígenas eran (...) partes dependientes de un sistema político y económico más grande, y cambiaban según ese sistema cambiase. Tales comunidades "no constituían restos «tribales» del pasado prehispánico ni un tipo estático de comunidades campesinas caracterizadas por un conjunto de atributos fijos. Ellas surgieron del tira y afloje entre conquistadores y conquistados y fueron sujetas a la interacción de intereses externos e internos" (mi traducción). (regresar a 2)

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