GEOGRAFÍA HUMANA DE COLOMBIA
Nordeste Indígena
(Tomo II)
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RELACIONES INTERÉTNICAS

Formas de integración; vinculación al mercado; tipo de aculturación; educación formal; asociaciones, etc.

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Los bari defendieron sus tierras durante siglos. Sus armas de cazadores, sus arcos y sus flechas y sus caminos de selva permitieron la táctica de la emboscada tempranera. Sin embargo, el período de mayores enfrentamientos sangrientos sucedió con el inicio de la explotación petrolera, cuando (en respuesta de los ataques de los bari) era usual que hasta ejecutivos americanos de la Colpet, armados de rifles, excursionaran a modo de safari los fines de semana y dispararan contra los indios en los alrededores selváticos de sus campamentos de la región oriental de su territorio, como es el comentario que aún se oye de labios de antiguos pobladores de la zona, siguiendo la tradición que nos relata Ancízar (1970, vol. 2:171), de la práctica secular de matar indios, relatada para hechos de la segunda mitad del siglo XIX.

El bari no tiene el concepto de propiedad de las tierras que tiene el "blanco", éste fue considerado como un aliado que podía hacer la paz con él y con quien podía sembrar para comer pero no para que se hiciera dueño de la tierra. Por esto, el bari debió transformar su idea de que el extraño no sólo trae consigo objetos que despiertan curiosidad sino también la intención de desposeerlo de sus tierras. Hoy esto es evidente cuando algún grupo no admite la presencia permanente de colonos en los territorios de caza y defiende sus derechos con las propias armas, haciendo respetar sus tierras ancestrales.

La mayor dificultad se presenta cuando las tierras permanecen selváticas, ya que el apetito de gran propietario se despierta con mayor ambición en el colono. No es lo que sucede con la "finca", esto es, rancho o casa unifamiliar, sembrados y cosechas, pues insinúan a los extraños; con el criterio de occidente, que alli reside un "propietario". En la situación de integración y dominación de los indígenas, sus tierras son de fácil y rápida expropiación ante la carencia de autoridades gubernamentales que hagan respetar su derecho secular que obedezca a los criterios propios de usufructo del bosque. Por estos motivos tiene importancia que el gobierno nacional haya declarado Parque Nacional la cuenca del Iki boki o río del Suroeste y sus afluentes, zona aún boscosa, bajo el cuidado de las comunidades motilonas, y garantice su defensa para lograr su conservación en el futuro. Realmente, las características de flora y fauna, así como su situación fronteriza y el hecho de abrigar una de las culturas de mayor interés en el país, hacen que sea lo más aconsejable.

Los bari habían desarrollado sus propios instrumentos y la habilidad necesaria para su fabricación, empleando los materiales a su alcance, tomados de su propio hábitat. Fabricaban vasijas de barro, arcos y flechas, hilaban con algodón silvestre y tejían canastas, esteras y chinchorros.

Poco a poco estos elementos materiales han ido desapareciendo en la medida que van adoptando de parte de los colonos o adquiriendo en las tiendas de aprovisionamiento, utensilios de la cultura de "occidente", la cerámica desapareció con la adopción de ollas de aluminio y de plástico; posteriormente las mujeres dejaron de tejer sus telas para los guayucos y faldas; actualmente sólo hacen los canastos y las esterillas. La escopeta desplaza día a día el arco y la flecha; pero, sobre todo, la transformación del medio silvestre y el cambio de actividades productivas han afectado en mayor medida sus tradiciones. Si bien los cuchillos han sido muy del gusto del bari para trabajar la macana de los arcos o afilar los chuzos de pesca, otra función viene a cumplir el machete o peinilla, que constituye la herramienta más importante del colono, instrumento permanente en la factura de suelos rentables.

Cuando se trata de derribar la selva para hacer cultivos comerciales propios, o de ir a "jornaliar", es decir, salir del bohío a la casa de un colono para conseguir. unos pesos, el machete o peine es —ante todo— el elemento de trabajo común para el bari. Estos son muy apreciados por los buenos resultados que ofrecen en las faenas de desmonte y limpieza de la selva, de potreros o de cultivos.

En la zona del interior es común que algunos motilones jóvenes se desplacen de sus bohíos a los ranchos de los colonos para ganar algún dinero e ir luego a gastarlo a los pueblos de Curamani o Pailitas (Cesar). En cambio, entre los grupos de Caño Tomás o río Catatumbo, los indígenas recurren con más frecuencia a la venta de sus cosechas de maíz, de plátano o de cacao, por tener acceso fácil a los centros de venta utilizando canoas con motor que los transportan de manera rápida por ríos o caños.

La técnica del cultivo comercial es desconocida para el bari. En algunas fincas "personales" o "colectivas" realizan tumbas con el fin de sembrar mayor cantidad de plátano que les dé excedentes para el mercado. El maíz o el cacao eran desconocidos; el primero es más accesible para el indígena y frecuente en la zona de Caño Tomás; el segundo es más delicado y requiere una instrucción y entrenamiento previos. Algunos agentes de cambio dan mayor peso a la ganadería, sin embargo, han tenido que recurrir a peones entre los colonos para asegurar el cuidado de los vacunos; se conoce que en ciertas ocasiones de dificultad para el abastecimiento, los indígenas sacrifican reses para su consumo.

En el Catatumbo, además de los cacaotales, se practica el cultivo de la caña de azúcar y, lo que es más importante, existen trapiches y pailas para hervir la mezcla y producir panela. El grupo de Bebokira es el más entrenado en estas faenas y por tanto más asimilado a la producción y a la vida campesina. Las hermanas Laura también han instalado un trapiche y los indígenas están siendo iniciados en estas prácticas.

Finalmente, es frecuente la crianza de cerdos y aves de corral. Los primeros son utilizados especialmente para la venta en el mercado, sin embargo, su crianza se realiza sin técnica alguna, ni con la utilización de insumos especiales, simplemente se dejan sueltos para que se rebusquen el alimento o se les da yuca.

Para el transporte fluvial, los bari poseen pequeñas embarcaciones con motores fuera de borda o taqui-taqui; su uso exige —además del conocimiento de las técnicas de navegación— alguna idea de la mecánica en el funcionamiento de estos aparatos. No obstante, los equipos mecánicos, como plantas eléctricas o motobombas, así como los motores fuera de borda, están siendo permanentemente afectados por malos tratos y falta de mantenimiento.

En las alejadas regiones del "interior" es usual que posean algunas bestias de carga (mulas, caballos), aunque generalmente son principiantes en su manejo. Estas les facilitan más que todo el transporte de carga a los centros de venta a uno o dos días de camino.

Los niveles de comercio y necesidades de consumo son directamente proporcionales al nivel de aculturación que tenga el grupo indígena. Podríamos establecer tres niveles:

1) Los grupos del río Catatumbo: Catalaura y Bebokira.
2) Los grupos de Caño Tomás y Río de Oro.
3) Los grupos del interior, contando Pathuina.

Los tres grupos se caracterizan atendiendo además a su ubicación, habitat, manejo por agentes de cambio y, sobre todo, su asimilación a la vida campesina. Los primeros son los más deculturados y los terceros los menos. Estos niveles y su orden nos insinúan la integración comercial que sufren y sus necesidades de consumo.

En el primer nivel el indígena —campesino tiene mayor claridad sobre las exigencias que representa la economía de mercado. Conocen y ejercen las actividades productivas con clara conciencia de ellas, poseen cuentas de ahorro en la Caja Agraria de La Gabarra y se desplazan semanalmente a hacer mercado en sus tiendas. Además saben que cualquier servicio deben cancelarlo con dinero. Así, las hermanas les cobran, por ejemplo, por drogas que requieran en alguna circunstancia.

Asimismo deben proveer a sus hijos de los útiles exigidos para la educación en la escuela de la misión. La existencia de viviendas unifamiiares separadas y distanciadas por los campos de labores, acentúa más la conciencia de ser propietarios y productores de sus propios recursos.

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El segundo grupo: Caño Tomás y Río de Oro fluvial: saben muy bien los indígenas que el dinero es el medio para obtener indistintamente cualquier cosa, sin embargo, lo poco que consiguen con la venta de maíz o plátano lo gastan en radios, pilas, linternas, ropas, machetes anteponiéndolo a la compra de arroz, aceite, panela o carne, cosa que no se observa con los del primer grupo, donde el orden de prioridades es inverso.

Esta circunstancia tiene un doble significado. Mientras los del Catatumbo son mucho más dependientes del mercado para abastecerse, los segundos continúan la tradición de ser auto-suficientes en su alimentación, pero con un agravante: el poco tiempo que les dejan las labores productivas-comerciales no es suficiente para realizar la tradicional recolección de caza y pesca. Así dos factores juntos: falta de dinero por malas o escasas cosechas y, carencia de tiempo para actividades de recolección vienen a afectar las posibilidades de una dieta variada y nutritiva, en especial de carnes, limitándose a los alimentos de la huerta familiar de yuca y plátano.

En los grupos del Catatumbo y Río de Oro fluvial es usual que los indígenas gusten de los viajes a los centros urbanos: La Gabarra, Tibú, Cúcuta o Bucaramanga, más aún, es posible que uno que otro, sobre todo entre los más jóvenes, se tome unas cuantas cervezas o se atreva a otras aventuras.

En los grupos del interior: Chirrindakaira, Korrokaira, Biridikaira y Pathuina las necesidades de consumo y comercio son menores así como las presiones con este fin, seguramente por gozar de un mayor número de supervivencias culturales determinadas ante todo por la existencia del bohío y, sobre todo, por la posibilidad de desarrollar sus actividades cotidianas en su habitat tradicional de selva. Los centros de comercio y acopio están situados a más de dos días de camino, la escasa y pobre vida campesina de sus alrededores aún no está totalmente en contradicción con la vida tradicional de los bari. No obstante, poco a poco se han ido interesando por el cultivo comercial o la cría de animales. Es usual que los más jóvenes las hayan asimilado en sus idas y venidas de una finca a otra, y van a repetirlo en sus zonas de selva, lo cual conlleva el inconveniente de permitir el acercamiento de la vida campesina y el asentamiento de colonos en sus cercanías, con la consiguiente pérdida de territorios de caza. Muchas veces la deficiencia del circulante por la carencia de cosechas, la superan mediante el metálico ganado en el trabajo en haciendas. El número de días trabajados dependerá del contrato ofrecido por la tarea a ejecutar y de la suma de dinero que se quiera ganar. Generalmente, son solteros quienes pueden desplazarse distancias para pernoctar en los sitios de labor como ocurre con la gente de Chirrindakaira. No es lo mismo en Korrokaira donde son contratados en fincas contiguas, en cuyo caso el indígena puede dormir en su casa con su familia.

Es de gran interés observar cómo algunos indígenas —sobre todo en los de mayor edad, pero también algunos jóvenes— prefieren continuar su vida tradicional sin mostrar interés por el circulante, ni por el tipo de trabajo que ofrece paga. El colono juzga esta actitud como resultado de la pereza, máxime si permanece en el bohío elaborando flechas o descansando de sus faenas de caza. En estas condiciones el indígena desarrolla su vida tradicional de autosubsistencia, privándose de artículos de consumo como pilas, ropas, aceite o sal, continuando sus hábitos ancestrales, a pesar de los cambios que hayan aceptado los compañeros de bohío.

La nueva generación de los bari tiene alguna formación en el sistema de educación formal de la sociedad mayor. Además, los procesos misioneros están acompañados de su amplio espacio para la labor de enseñanza en las nuevas creencias y valores. He podido observar que esta actitud es más obsesiva en las hermanas Laura, quienes cambian los antiguos collares de caninos silvestres que portan los niños para llegar a ser buenos cazadores, por medallas de la virgen, realizan oficios religiosos, disponen casamientos y catequizan en especial a los niños. En Catalaura tienen escuela diurna con cartillas bilingües y salones de clase, así como instrucción para adultos. Unas veces son las hermanas quienes alfabetizan, en otras ocasiones son los instructores del SENA, —Servicio Nacional de Aprendizaje— quienes dan la enseñanza práctica sobre cultivos, construcción de vivienda o elaboración de la panela. En 1983 fundaron las hermanas Laura su última misión en Biridikaira, en donde establecieron una escuela contigua al bohío. Entre sus lecciones dan mucha importancia a la repetición de cánticos y rezos, hasta el punto que los indígenas ya han olvidado sus propias iacucaynas.

Bruce Olson ha venido estableciendo escuelas en los diferentes centros y puestos que constituyen la Asociación Comunidad Bari; con tal fin ha contratado maestros, unas veces pagados por el gobierno, otras veces por sus fondos o, en todo caso, con un sobresueldo suyo. Dichas escuelas están ubicadas en Ikiakarora, Ca’axbirankaira, Brubucanina, Saphadana, Shubakgbarina y últimamente en Korrokaira. Estas instalaciones son hechas en ladrillo y cemento con habitación para el maestro. La educación formal se implanta en español y sigue el calendario escolar tradicional con asistencia de niños y adolescentes.

Los efectos en la comunidad y en la cultura de este sistema educativo son múltiples, y pueden ser objeto de una investigación específica. En primer lugar, los infantes son separados de sus padres con quienes permanecían todo el tiempo, colaborándoles en sus labores cotidianas y aprendiendo sus actividades tradicionales ya sea del hogar en el caso de las niñas, o de caza y de pesca en el de los niños y jóvenes. Esta modificación, en hábitos familiares, convierte a los adolescentes en una carga para sus padres que no pueden contar con ellos para mejorar sus resultados en las actividades de recolección, además de que modifica sus horarios al introducir el receso del mediodía acompañado del almuerzo; la fecha, siguiendo nuestro calendario, introduce nuestra medida del tiempo de meses y años solares y horas del día, en vez de su calendario lunar. Esto mismo conduce a un cambio en el ciclo anual de la cultura bari, cuya vida familiar debe empezar a girar en torno al año escolar, semana laboral y período de vacaciones. Este desarraigo del escolar se agrava cuando algunos jóvenes son llevados a colegios en zonas urbanas. Estos muchachos se ven obligados a realizar un aprendizaje de lecciones en español con contenidos absolutamente vacíos. Otras veces son visitados por instructores del SENA en alguna rama agropecuaria, que permanecen en sus localidades ofreciendo una enseñanza carente de orientación en las variables de cultura y sociedad.

Con los indígenas de Bebokira, Antonio Maldonado y su señora, militantes de una iglesia protestante, ejercen una constante y directa enseñanza in situ, en torno a las labores de producción agrícola, así como a las de la vida casera de las mujeres, introduciendo prácticas occidentales como el enterramiento de los muertos y la recitación periódica de la Biblia.

A pesar de la diversidad de conocimientos e impresiones que reciben los bari, éstos, sin embargo, se mantienen en su grupo e inseguros de poder ir a cumplir papel entre los "blancos". No obstante aquellos que reciben sueldos oficiales como promotores de salud, cumplen con serios inconvenientes su papel e introducen un rol diferenciador dentro de la comunidad constituyéndose en activos agentes de cambio.

Los bari aún conserva su propio idioma, lo que les permite diferenciarse mejor de la población vecina de habla castellana. Son gentes muy comunicativas entre sí, pasan largas horas de viva camaradería, en especial después de la comida principal en las primeras horas de la noche, favorecida sobre todo cuando se vive en comunidad en los bohíos. El interés por el idioma de los "blancos" existe en la proporción en que se tiene interés en entrar en intercambio con ellos, de aceptar sus parámetros en el ordenamiento de la vida. La integración del indígena a la sociedad nacional exige el conocimiento del idioma castellano; esta práctica va siendo posible en la medida en que los niños asisten a las escuelas que los agentes de cambio instalan en sus asentamientos.

Pudimos observar tres niveles en el manejo del idioma: primero el de las gentes de más edad, quienes utilizan menos el español; siguen los jóvenes quienes en permanente contacto con colonos y comerciantes han logrado una jerga sui generis gracias a la cual mantienen una conversación más o menos ágil. Un tercer grupo está constituido por los niños y adolescentes o jóvenes que han recibido educación formal; muchos de ellos han adquirido un nivel de comprensión mucho mayor conceptualmente, mayor facilidad de expresión dado el manejo del léxico y de la sintaxis del idioma español; son, por lo mismo, los más aculturados del grupo y mejor preparados para vivir en la sociedad dominante. Por tener menos oportunidades de comunicación externa las mujeres conocen menos el idioma extranjero, aunque las niñas en la escuela ya lo estudian.

Los indígenas mantienen entre sí relaciones cordiales y un trato afable y cariñoso. La vida se desarrolla al interior de las familias, en íntimo intercambio de padres e hijos, y entre los grupos de parientes y de aliados que se ubican en un bohío. Cuando las familias se aíslan en casas unifamiliares agrupadas o dispersas, la vida social del bari se empobrece y es posible que su actitud de alegría espontánea o extrovertida se convierta en melancólica y solitaria, similar a la del colono.

En el trato con éste, el indígena suele ser desconfiado, los usuales engaños de que ha sido víctima lo tornan de una vez por todas temeroso. Esto ocurre, en especial, cuando los niveles de asimilación de las pautas culturales de los colombianos son del todo desconocidas. Algunos de ellos cuando advierten la importancia de conocer el mundo "blanco" para defenderse y poder a su vez circular en él, están muy curiosos por identificar las instancias y mecanismos que dirigen la actividad de la sociedad construida a su alrededor. En esto han desempeñado un papel destacado las sugerencias con que los agentes del cambio les han instruido como B. Olson, las hermanas Laura o Antonio Maldonado, quienes buscan así adaptarlos al país en su condición de indígenas.

Los bari conocen las autoridades en cuanto los agentes de cambio les han creado conciencia de ellas. Las hermanas Laura son visitadas en especial por autoridades eclesiásticas; al Catatumbo han viajado desde el Nuncio Apostólico hasta el cura párroco de La Gabarra, pasando por el prelado de Tibú.

La zona de Caño Tomás y de Río de Oro es visitada por benefactores de la obra de Olson y por el ejército con quien mantiene relaciones periódicas y a quien presta importante colaboración en el patrullaje de la región boscosa con guías indígenas y pernoctada en los bohíos.

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Después de observar las características de la relación entre misiones e indígenas se puede establecer que, la política de desarrollo indigenista de misioneros católicos y protestantes, se basa en una actitud de dependencia personal, suscitada en los indígenas por una relación paternalista creada entre aquel como benefactor y éste como objeto de protección y de "regalos". Esto crea el recelo en la competencia por el beneficio, es decir, de quien se recibe, a éste, se le deben recíprocamente amistad y obediencia. De esta manera se les prohíbe recibir beneficios de personas "extrañas" para evitar cualquier posible rivalidad en la dependencia. En caso contrario, se les inculca la conveniencia o el provecho de conseguir de las gentes ricas, sin compromisos, el mayor beneficio posible. También se dan casos en que los indígenas aprovechan la rivalidad de sus benefactores para sacar partido, por ejemplo: cuando un protector tradicional no es complaciente en alguna solicitud o deseo o, cuando ha dejado de proporcionar con la misma continuidad los obsequios requeridos. Así, pues, el indígena encuentra que en medio de un mundo "blanco" hostil a su cultura, y a sus tierras, existen unas personas que se ocupan de ellos, sin reconocer las intenciones de éstos y el costo moral que deben pagar por los servicios que les prestan. Estos misioneros se han distribuido las comunidades y sus áreas de influencia, tal como si asistiéramos a la última repartición de indios a encomenderos del siglo veinte.

Entre los múltiples efectos que produce esta distribución de los bari, se pueden señalar las "rivalidades" que se han creado entre los grupos indígenas, así lo pudimos constatar de labios de uno de ellos por sus palabras al criticar las prácticas funerarias de sus mayores o de sus hermanos de otros sitios, tachándolas de "salvajes". La libre voluntad de circulación y elección de sus aliados para la constitución de sus bohíos ha sido cercenada por el control establecido por los misioneros sobre los grupos. De este modo, además de su separación por nacionalidades, venezolanos y colombianos, se suma la de zonas de asentamiento.

Un balance nos muestra cómo los capuchinos, hermanas Laura y A. Maldonado, con su estilo asiduo y férreo, han transformado en mayor medida a los bari. B. Olson lo ha hecho selectivamente en la formación de asesores para sus programas y entre un grupo de indígenas más numeroso como es el que habita Río de Oro y Caño Tomás. Ikiakarora es la punta de lanza de sus políticas de desarrollo: más preocupado por la integración que por la evangelización, buscando el logro de una posición socioeconómica por encima de los colonos pobres y con el ideal del hacendado o campesino medio que bien puede tener cómo desplazarse hasta la ciudad. Esta es la finalidad que ofrece a los miembros de la ASOCIACIÓN las casas indígenas de Tibú y Bucaramanga, además de ser vivienda y alojamiento para los jóvenes que estudian en colegios de esta última.

A pesar de todo, algunos grupos permanecen interesados en la vida tradicional, especialmente los de Pathuina, Chirrindakaira y Korrokaira, otros, como el de Saphadena con su bohío alterno de Bobokaira practican alternadamente y con libertad uno u otro estilo de vida, esto es, unas veces se dedican al cultivo comercial y la ganadería y otras a la caza y la pesca. Seguramente, a pesar de las presiones externas, ésta es la mejor expresión de la autonomía que los bari tienen pleno derecho de ejercer.

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