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UN
MUNDO QUE DESAPARECE
César Rodríguez García
Departamento de Arquitectura,
Facultad de Artes,
Universidad Nacional de Colombia
Los cambios físicos que el
hombre hace al paisaje que lo rodea, han sido siempre la expresión de la insuficiencia de
su propia corporeidad, que no ha sido por sí sola suficiente y capaz de resolver las
exigencias que la naturaleza exterior a él le impone como condición para sobrevivir y
conservar la vida.
Las adecuaciones, como deben
entenderse esos cambios o transformaciones físicas del entorno, forman el conjunto de lo
que se llama de modo genérico arquitectura.
Como se puede
entender, esta noción como categoría propia de la Cultura Humana, no corresponde de
forma excluyente a una sola perspectiva cultural que pueda afirmarse como ideal y
constituirse esta última en referencia de toda otra cosa que pueda ser considerada como
arquitectura.
En otras palabras, la
concepción de la cultura occidental de lo que puede ser nombrado como arquitectura, es
limitada, reducida y etnocéntrica.
Por el contrario entendida
como se plantea aquí al principio, la arquitectura es esa parte del organismo individual
y colectivo que está más allá de la corporeidad del sujeto, como una piel extendida en
el tiempo y en el espacio, que completa al hombre y le permite a este último tener éxito
en el propósito que su fuerza interna pretende: el propósito de la conservación de la
vida.
Así la arquitectura no es
sólo una realización cultural, sino además una función natural de los organismos
vivos.
Tal como se asume
poéticamente la existencia de los objetos, utensilios, artefactos y máquinas, como
prolongaciones de las partes funcionales del cuerpo humano y que propician una relación
apropiada en lo posible con la naturaleza exterior, así la arquitectura o de modo general
las transformaciones del territorio habitado, son una piel suplementaria que el organismo
individual del humano necesita tanto como su propio cuerpo, para ser el sujeto que existe
y sobrevive en relación con el mundo.
Sin embargo, para ser ese
complemento anotado, la llamada arquitectura no es solamente la forma eficiente inmediata
que, dentro de una visión mecanicista, resuelve el problema básico de la adecuación del
ambiente para sobrevivir, pues para lograrlo es indispensable también, conjurar
mágicamente por medio de la simbolización y la implicada experiencia estética, el
sentido de lo construido y habitado.
Esta última anotación
cierra el camino a una probable interpretación ingenua de la arquitectura como simple
solución practica y operativa de un problema concreto de supervivencia y la coloca mejor
en el nivel trascendente de la satisfacción como dimensión estética en el acto de
edificar.
Así referirse a la
arquitectura de una comunidad específica en un momento y lugar determinado, requiere,
para el observador calificado científicamente, como condición para conocerla mejor, el
deshacerse de concepciones que impliquen posturas intelectuales prejuiciosas acerca de
fenómenos culturales heterogéneos, como el de los asentamientos territoriales de una
comunidad, a la que el observador no pertenece.
La concepción aquí
plateada de arquitectura neutraliza la visión culturalista de este fenómeno y rescata su
aspecto natural, espontáneo y necesario, tanto como lo es, por ejemplo, la función
biológica de respirar.
Sin embargo, esta primera
consideración sobre la naturaleza de la arquitectura, que se ha definido de tal forma que
pueda ser útil para la observación cuidadosa, racional y sistemática de lo que las
comunidades marginadas de culturas de tradición indígena y negra poseen como
arquitectura y territorio, carece de todas formas del reconocimiento y aceptación de la
existencia de la representación como un componente del espíritu del científico, que
puede ser el aspecto subjetivo más importante en el trabajo del estudioso del tema, de
modo muy especial si como parte de su labor científica ha de recurrir a diversas formas
icónicas y figurativas de descripción del fenómeno del "lugar" en estos
pueblos.
Los antropólogos, los
arqueólogos, los arquitectos, los pintores y otros observadores desde diferentes
perspectivas, en su contacto con las culturas que desean conocer, hacen uso del útil
recurso de la descripción gráfica, que reconstruye de modo ideal en la imagen, la
historia y el estado del paisaje y del escenario físico de la vida de las gentes, pero
hacen esto con el riesgo de magnificar la situación del asentamiento, mostrándolo y
describiéndolo con un halo de belleza que no posee y que esconde, para el científico,
asuntos de especial importancia y gravedad y que sin duda se muestran de forma velada y
críptica en la apariencia del paisaje observado.
De esta manera el mencionado
aspecto subjetivo del trabajo del investigador, se concreta en el problema del falso
embellecimiento que las descripciones ponen sobre un mundo en lamentable camino hacia la
desaparición.
Quizás la explicación de
esta dificultad se encuentra en la espontánea intención de darle valor en sí mismo al
dibujo, a la ilustración, a la fotografía, al video, a tal punto que puedan éstas
alcanzar en un sentido tradicional la calidad de arte.
En esta situación cuenta
más la habilidad representacional y expresiva que posee el observador, que la capacidad
que éste igualmente tenga de penetrar en la naturaleza problemática y angustiada que se
quiere alcanzar intelectualmente desde la apariencia de las formas del territorio y de la
arquitectura.
Aquí en este punto hay que
anotar que el riesgo que subyace en toda descripción, de suponer un contenido no
existente en la realidad, no sólo se encuentra en la muy concreta forma de la imagen, a
la que se ha hecho mención, sino además en la más abstracta forma de la palabra y del
texto escrito.
En ambas circunstancias (la
imagen gráfica y la imagen escrita o verbal) se muestra también como explicación al
enmascaramiento problemático de la realidad, la usual, irracional, inconsciente y
subjetiva pretensión de idealizar la vida del hombre "primitivo", en un
esfuerzo más moral y estético que científico de construir un modelo seductor de hombre
en el pasado arcaico de la cultura.
Es como si se impusiera la
idea de una especie de "buen salvaje" habitando en la Arcadia Ideal, metáfora
ésta muy distante de la desencantada y desesperanzada realidad de los negros y de los
indígenas en el territorio extenso de nuestra nacionalidad.
Así una noción de
arquitectura desprovista de su ropaje culturalista y colocada en un ámbito de necesaria
naturalidad y objetividad, junto con la advertencia de la presencia en el observador de un
ingrediente subjetivo altamente prejuicioso y pernicioso, pero insoslayable, intentan
conjuntamente constituir un marco intelectual útil y apropiado, para acercarse a las
culturas negras e indígenas.
Esta posición de todas
maneras acepta su evidente e inevitable condición racional y científica, ya que el mito
inocente y bien intencionado de conocer estas culturas (o cualquier otra que se quiera
considerar) a las que no se pertenece ni individual ni colectivamente; integrándose a
ellas hasta ser parte espiritual y material de las mismas, desconoce el hecho de que la
mirada del estudioso siempre será desde afuera.
Sólo así con la anterior
condición, hay de antemano un reconocimiento de la diversidad y la diferencia entre
quienes observan y son observados, no importa si éstos o aquellos son los observadores.
El acercamiento al que se
hace mención también contiene un elemento que merece ser considerado pues se refiere a
algo que existe en el marco ético desde el que los hombres de la cultura de occidente
miran al mundo, en especial al mundo que les resulta distinto a ellos mismos.
Ese elemento difícil de
precisar, se encarna en la idea de "progreso", es decir en aquello que en un
sentido abstracto es el conjunto realizado o no de intenciones, deseos y esperanzas de un
pueblo.
De otra manera también lo
anterior se puede ver cómo la forma en que se concretan para los hombres lo que éstos
pretenden, lo que ansían y lo que esperan.
Está claro, por el simple
contacto con las gentes de las comunidades de esas otras culturas, que estos aspectos
difieren significativamente en unas y otras y es en esa no coincidencia donde se encuentra
realmente la dificultad.
Así el problema está de
manera particular en la inconsciente actitud de superioridad respecto de los otros en
razón a la confianza especial en la riqueza material que una comunidad cree tener por
encima de la otra, o en la conmiseración ante lo que unos y otros creen que es la
tragedia espiritual y material del observado, o por último en la intolerancia que los
actos discriminadores tienen en general cuando los valores, los principios y las normas de
convivencia no confirman los de los observadores. Son estas actitudes las que marcan
usualmente la aproximación y por las que la hacen sin duda una situación difícil.
En el fondo del asunto, no
ha desaparecido la lamentable manera de ejercer control sobre esos mundos desvalidos, por
medio de la integración al mundo, más fuerte en lo físico y dominante en lo espiritual,
de la cultura de occidente y dentro de esta integración no pedida por las comunidades, la
convicción por demás ingenua de que el mundo propio es el mejor mundo posible.
Así en la ya clásica
posición misionera, de tan funestos y destructores efectos, conviene dentro de esta
perspectiva imponerles los modos que destruyen su condición de cultura diferente.
La integración, sin
embargo, obedece también a intenciones más simples y prácticas, pero íntimamente
ligadas con aquella noción que dice que el éxito de la supervivencia cuenta, entre otras
características, con la paradójica destrucción de la vida para la conservación de la
vida.
No se explica de otra forma
el hecho de la destrucción de la integridad cultural de comunidades indígenas
especialmente, para extender la posesión material de territorios productivos que
representan inmensas riquezas, para los colonos y terratenientes.
Estos acontecimientos tienen
una inmensa y reconocida presencia a lo largo de la triste historia de la América
Indígena.
El espacio de las distintas
nacionalidades actuales en este continente, constituidas dentro de la concepción europea
occidental, expresa de forma trágica la naturaleza de esos hechos.
La forma física de la vida,
que toma cuerpo en la apariencia de lo edificado por cada hombre y por cada comunidad en
el campo agrícola o en el asentamiento, en la vivienda o en la plaza, se constituye en
evidencia histórica en América de la desaparición de un mundo antiguo integrado -por la
fuerza del dominio espiritual y material de unos hombres por otros hombres- en un ámbito
de valores, de conocimientos y de apariencias que lo excluye y le arrebata la opción de
existir.
Las imágenes apuntadas por
el investigador, en el propio escenario de las vidas de estos hombres contienen, a pesar
de
la falsa apariencia del trazo, toda la angustia que proviene de la
sospecha que poseen las gentes de estar a punto de desaparecer, ante la avasalladora
presencia significativa de fragmentos de la cultura del blanco, que con el argumento
insostenible del progreso, van formando cada vez más el paisaje de su asentamiento.
Esta situación desconoce,
por ejemplo, que desde el punto de vista del ajuste para lograr el confort del espacio
habitado al medio ambiente, estos lugares Indígenas y Negros son aún una manera sutil
apropiada y luminosa de lograrlo como parte del necesario bienestar material para la vida
y que, por el contrario, a la cultura de occidente usualmente ese mismo ajuste le cuesta
una cantidad extraordinaria de energía a tales extremos que ésto denuncia por sí solo
su sustancial irracionalidad e inconveniencia, a pesar de la capa de razón y ciencia con
la que esta manera de existir está tradicionalmente revestida.
La preocupación por la
supervivencia puesta en riesgo de esas culturas se refiere entonces a la intuición que un
observador sensible tiene de estar presenciando la pérdida para la vida de una manera que
contiene elementos exitosos y aún no bien entendidos para la construcción de una mejor
vida en general para la humanidad.
Si por lo menos esta última
explicación práctica e interesada, que se expone con frecuencia en algunos campos de la
ciencia, fuera compartida hasta en los actos de la dimensión mas cotidiana de la vida del
hombre común, tal vez los encuentros destructores entre culturas cambiarían por fin,
hacia un mutuo reconocimiento tolerante de la diferencia, que es de otra parte tan
necesaria para la vida misma.
La integración de las
culturas, que fácilmente se reconoce hoy, no tiene el conveniente carácter simbiótico
que implica el beneficio mutuo de las formas de la vida encontradas; es, por lo contrario,
la destrucción de una forma de vida para que otra puede persistir.
Este es el contenido
inevitablemente de la historia del mundo y aquí alrededor de las comunidades indígenas y
negras, vuelve aquella a tener su momento para confirmar el juego sin conciencia moral de
la naturaleza, que ni se alegra ni se lamenta del destino de los hombres.
Sólo nuestra visión moral
de la vida nos permite dolernos de su final, tal vez para maravillarnos con el inicio de
otra vida, a pesar de lo perdido.
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