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HUELLAS
DE AFRICANIA EN LA
DIVERSIDAD COLOMBIANA
(
1
)
Nina S. de Friedemann
Directora revista América Negra.
Expedición Humana, Pontificia Universidad Javeriana.
LOS APELATIVOS
A partir del siglo XVI, a los africanos, víctimas de la trata, recién desembarcados en
los puertos americanos y sin experiencia con europeos en Africa, España o Portugal, se
les llamaba negros bozales, con el significado peyorativo de salvajes.
También se les conoció como negros de nación, es decir de nacimiento
africano. Estos apelativos fueron apenas algunos de los que hicieron parte del lenguaje
comercial de trata que manejaron los europeos durante varios siglos. Porque antes de ser
capturados con destino a América, los africanos se conocían unos a otros con los nombres
de sus etnias: Biohos, Cabindos, Mandingos, Balantas, Macondos, Kimbundus o Basongos
(Friedemann y Arocha 1.995: 64).
En la trata aún los niños
y los adolescentes recibieron calificativos: de seis a catorce años los varones eran muleques
y las niñas mulecas; entre catorce y dieciocho años eran muleconos
y muleconas; y desde recién nacidos hasta los seis años eran mulequines
o mulequillos. Cuando adoptaban rasgos del comportamiento español y
aprendían la lengua castellana se convertían en negros ladinos o negros
criollos
(
2
). Además, se volvían negros zapacos en el primer momento de
su fuga cuando se rebelaban y al persistir en su rebelión se tornaban negros
cimarrones y luego palenqueros cuando se organizaban en poblados
rebeldes o palenques. Cualquiera de estas personas podía convertirse en negro
libre o negro horro cuando por variadas razones dejaba de ser
esclavo o compraba su libertad (Alvarez Nazario 1974).
En otras palabras, no sólo
en la trata y en la esclavitud, sino en la consecución de la libertad existió un sistema
de identificación lingüística discriminatoria del africano y sus descendientes, que se
apoyó en el proceso de esclavización y en la pigmentación de su epidermis.
EL MESTIZAJE
Durante la
colonia, en ciudades y pueblos del territorio de la Nueva Granada el mestizaje fue activo,
y sustentó la construcción de una sociedad de castas. Entendidas éstas como categorías
de gentes que sin ser blancas aspiraban a serlo, se colocaban en algún lugar de la
pirámide entre la base donde estaban los negros y los indios y el vértice de los
blancos. El goce de ventajas y privilegios basados en el grado de blanqueamiento
socio-racial se reclamó y se ejerció. Y pasar de una casta a otra requería entrar en el
proceso de blanqueamiento, cuyos resultados podrían comenzar a apreciarse y a validarse
sólo en el curso de una sucesión de generaciones.
El término casta se había
usado para señalar la tribu o el lugar de origen de los esclavos, así, eran negros de
casta Kongo o Biafra o Fon, que como antes se dijo al llegar a América se convertían en
negros. El vocablo casta se volvió despectivo para señalar a quienes no eran blancos y
por ende, para especificar las mezclas genéticas. Paradójicamente en el siglo XVIII el
término sirvió a personas de las castas para reclamar una posición socioeconómica en
el escenario de dominio blanco-español (Friedemann 1984).
El mulato,
como una categoría social del mestizaje, a tiempo que ofreció ventajas frente al ser
negro, fue denigrante y ofensivo en comparación con el ser blanco. De esa forma, las
instancias del mestizaje fueron mediadas por jerarquías de pigmentación y raza, tanto en
el escenario de las castas como luego en el de las clases sociales (Jaramillo Uribe 1963,
Wade 1991, Friedemann 1991) Al término mulato le siguieron el de zambo,
tercerón, cuarterón, quinterón, ochavón, puchuela, pardo, tente en el aire y saltatrás,
según las personas se acercaran o se alejaran del fenotipo blanco.
Claro que el proceso de
mestizaje es una expresión de la ideología del blanqueamiento genético y cultural. El
mestizaje asímismo como meta de acción socio-política es discriminatorio a la luz de la
existencia de diversidades socio-raciales que reclamen derechos de identidad. Por otra
parte, negros e indios absorbidos en una población mestiza con metas de blanqueamiento
podrían diluirse y eventualmente contribuir a la desaparición de una diversidad
biosocial y a su participación como tal en el panorama de una identidad nacional animada
por la diversidad.
Si bien la sociedad de
castas se derrumbó mediada además por el número abrumador de uniones entre gentes de
una y otra etnia, sus categorías y las de los indios, negros y blancos permanecieron
enmarcadas por el blanqueamiento como estrategia de participación en la nueva república.
En el siglo XIX la
abolición de la esclavitud de los africanos y sus descendientes se explicó como el
camino para alcanzar igualdades antes negadas y el mestizaje fue exaltado como logro
democrático acentuando la huida de lo negro hacia lo blanco. No solo en Colombia, sino en
otros países de América Latina y el Caribe el proceso propició el desconocimiento de la
diversidad y de los derechos asociados con la identidad cultural e histórica de los
descendientes de la diáspora africana (Friedemann 1990, Arocha 1992, 1993).
EL PUENTE
AFRICA-AMÉRICA
Al avanzar el primer cuarto
del siglo XX, las corrientes de afirmación étnica en el Caribe y los Estados Unidos
influyeron también a gente de la diáspora suramericana. En Colombia, en la mitad de este
siglo algunos descendientes de africanos iniciaron manifestaciones en torno a una
conciencia histórica sobre su origen. Y de modo similar al proceso de autovalidación que
hicieran los indios, numerosos afrocolombianos no solo reclamaron ser negros, sino que
convocaron a expresarlo públicamente (Smith Córdoba 1975, J.L. Mosquera 1975, J.D.
Mosquera 1985).
Desde luego que el
sentimiento del legado africano tuvo una expresión mucho más temprana en las voces de
poetas como Candelario Obeso a finales del siglo XIX y en la de Jorge Artel (1940) a
comienzos del presente siglo. Del mismo modo que en la obra de novelistas como Manuel
Zapata Olivella y Arnoldo Palacios o en la de los antropólogos Rogerio Velásquez y
Aquiles Escalante, a partir de la mitad de este siglo (Arocha y Friedemann 1984).
A comienzos del decenio de
1980 la candidatura efímera de Juan Zapata Olivella a la presidencia de Colombia
estimuló el sentimiento histórico y la participación de los descendientes de africanos
en las corrientes internacionales de la "negritude". El movimiento, del cual el
poeta haitiano René Depestre se despidió en 1980, empezaba a ser tildado como un mito de
sub-desarrollo al sufrir un encasillamiento en la singularidad epidérmica, en tanto que
sus aspiraciones eran las de una fraternidad humana (Depestre 1980:63). El candidato
Zapata Olivella empezó a ser conocido como de "las negritudes",
término que rápidamente reemplazó a "negros" y "morenos"
y que se ha seguido utilizando eufemísticamente en variados ámbitos nacionales e
internacionales e indistintamente por parte de individuos e instituciones (Friedemann
1998).
Los estudios que en Colombia
desde principios del decenio de 1950 se han ocupado del análisis historiográfico,
antropológico y últimamente biológico de los descendientes de africanos, a su vez
reflejan la variedad de una terminología referencial que es indicadora de procesos
sociales.
A finales del decenio de
1980 y en el marco de las discusiones en torno a una nueva constitución nacional que en
1991 reemplazaría la de 1886, descendientes de los africanos, algunos de los cuales
empezaron a denominarse como afrocolombianos, expresaron mayores inquietudes sobre el
reconocimiento formal de sus orígenes, sobre la participación histórica de su
contribución a la formación del país y por ende al derecho de tal reconocimiento
jurídico.
La meta del sector que
impulsaba la aprobación de una ley de derechos era la de articular a los descendientes de
africanos en la nueva Constitución, validando el contenido de su naturaleza que definía
a la nación como diversa, pluriétnica y multicultural. En 1993, dos años después de
intenso forcejeo político, el Congreso de Colombia aprobó la "Ley 70 de las
comunidades negras" (AN6: 181-235). En el cuerpo de la ley, sin embargo, la
definición de comunidad negra se anotó como "el conjunto de
familias de ascendencia afrocolombiana, que posee una cultura propia, comparten una
historia y tienen sus propias tradiciones y costumbres...". Esta definición legitima
el reconocimiento del ancestro africano. Reconocimiento que se afirma en el capítulo
"Mecanismos para la protección y desarrollo de los derechos de la identidad
cultural", de la misma ley donde se establece el inicio de la cátedra de estudios
afrocolombianos
y
programas de investigación de la cultura afrocolombiana
(AN6: 207-209).
Es así como la nueva
legislación de Colombia ha hecho explícita la presencia de un legado africano en las
culturas de los descendientes de los africanos. Su presencia desde luego, autentifica
jurídicamente la existencia del puente Africa-América, con un énfasis manifiesto en la
creciente adopción del término afrocolombiano y sus derivados
regionales i.e. afrochocoano, afrotumaqueño, afroquibdoseño o afrocartagenero, por parte
de las comunidades negras y en el país en general.
LOS AFRICANOS
El interés por identificar a los africanos que esclavizados llegaron a América y por
conocer las consecuencias sociales y culturales ocasionadas por la trata trasatlántica,
ha generado programas de estudio en el marco del proyecto "La ruta del esclavo",
surgido de UNESCO desde principios del decenio de 1990.
En dicho marco, se presentan
nuevos resultados en torno a los embarques de africanos en las costas de ese continente,
con destino a América (Gueye 1981, Inikori 1981, Lara 1981)). Así el censo de Philip
Curtin de hace treinta años (1969) empieza a modificarse con nuevos datos. S.D. Behrendt,
David Eltis y David Richardson (1997) muestran que Africa Centro-occidental suministró
40% de los africanos entre 1662 y 1870, en tanto que el restante 60% salió de Africa
Occidental. Y aquí, fueron tres las regiones que suministraron el 76%: Costa de Oro,
Golfo de Benin y Golfo de Biafra. Otras investigaciones realizadas por Herbert Klein y
Stanley Engerman en relación con la mortalidad ocurrida durante el viaje trasatlántico
muestran un 12.5%. Además, empiezan a formularse una serie de preguntas en torno a las
razones por las cuales, pese a que la mortalidad de los africanos provenientes de Benin y
Biafra era mayor que la de los originarios de Guinea, los esclavistas prefirieron a Benin
y Biafra. Mas aún, la pesquisa historiográfica tiende a concentrarse más en Africa que
en América. Así, en este tema, la cuestión es averiguar las características de la
captura de los prisioneros y la situación económica y política de las regiones
africanas en ese tiempo que pudieron afectar la salud de aquellos esclavizados que
alcanzaron a abordar los navíos (Behrendt, Eltis y Richardson 1997).
En relación con Colombia,
hasta la fecha, los documentos de embarque en los puertos africanos y los de desembarque
en Cartagena de Indias no han sido suficientes para precisar los grupos étnicos a los que
pertenecían las víctimas de la trata. Resta también saber de donde y cuántos africanos
llegaron en el contrabando que penetró por Buenaventura, Chirambirá, Gorgona y Barbacoas
en el litoral Pacífico y por El Darién, Tolú, Riohacha y Santa Marta en el Caribe.
El estudio de Nicolás del
Castillo (1982) en torno a los esclavos que llegaron a Cartagena de Indias y a sus aportes
léxicos muestra con claridad que el predominio de ciertos grupos africanos en los siglos
XVI al XIX no apoya la tesis de la heterogeneidad cultural de los esclavos embarcados
hacia América. Antes bien, sus datos permiten correlacionar períodos con la incidencia
de ciertos grupos y áreas geográficas. Así, entre 1533 y 1580 del área occidental
entre el Senegal en lugares de Guinea, Cabo Verde y la Sierra Leona actuales los yolofos
fueron más numerosos que los sereres, y los casangas. Y también que los
biáfaras, los branes y los biohos de
Guinea Bissau. Entre 1580 y 1640 predominaron gentes Bacongo, Manicongo
(Congo) y Ndongo (Angola) de Africa Central. Entre 1640 y 1740 del área
centro-occidental los ardas o arará de la cultura
Adja-Fon asentada principalmente hoy en día en el actual Benín o Dahomey, los Minas
(siguiendo el nombre del castillo portugués de San Jorge de Mina) que así se llamaron a
los pueblos akan, también a los fanti-ashanti y hasta a
los yorubas conocidos como lucumis, al occidente del
río Volta. En este período también predominaron los carabalí que es
un término genérico para muchos pueblos: abalomo, bila,
cubai, coco, cola, dembe,
done, evo, ibo, y otros. Finalmente, de
1740 a 1811 al predominio de los carabalí, y de la gente Congo
y Angola se añade el de Mozambique.
En cuanto a los orígenes de
la población caribeña del archipiélago departamento de San Andrés, Providencia y Santa
Catalina, su proceso histórico-cultural básico a partir del dominio esclavista inglés,
en la Costa de Oro, hace parte de la órbita de otras islas, especialmente Jamaica, con
transcursos similares. Los estudios lingüísticos han permitido señalar el predominio
étnico Fanti-Ashanti, particularmente visible en la lengua criolla que
asímismo comparte con Jamaica, islas Cayman y otros territorios insulares del Caribe
(Friedemann 1993:54).
Estos datos y otras
conclusiones e hipótesis que sobre el tema empiezan a abundar, tienen que entenderse
considerando el predominio de la gente de unas etnias sobre otras en los diversos
escenarios donde se dio la interacción entre africanos: en las minas, en las haciendas,
en el servicio doméstico urbano y también de acuerdo con el estatus del individuo:
cimarrón, esclavo, libre, liberto, urbano, rural.
En la actualidad, por
ejemplo, una serie de trabajos historiográficos, antropológicos y lingüísticos en
Palenque de San Basilio, una comunidad descendiente de esclavos rebeldes o cimarrones
confirman la influencia de grupos congo-angoleses en ese sector
caríbeño (de Granda 1971, Del Castillo 1992, Friedemann y Patiño 1983, Schwegler 1989,
1996).
La resistencia cultural,
además, le ha permitido a la comunidad retener su legado de cimarronaje y africanía. Es
así como el poblado está organizado en mitades opuestas, cada una dividida en grupos de
edad conocidos como cuagros a los cuales niños y niñas pertenecen durante toda su vida.
Sus batallas rituales y sus ritos de guerra muestran un sistema de socialización dentro
del cual fue primodial el entrenamiento para el combate. Otro testimonio de ese sistema es
el palenquero, la lengua criolla de los palenqueros de San Basilio, que aun se
habla y que durante los siglos XVII y XVIII fue ayuda en sus actividades rebeldes
(Friedemann 1979, Friedemann y Patiño Rosselli 1983). Actualmente, el palenquero también
ha servido para preservar en un cuagro de ancianos y ancianas memorias del rito funéreo lumbalú
y fragmentos de una visión cosmológica que se remonta a recuerdos espirituales de
Africa (Friedemann 1991, 1994a, MacGaffey 1986, Schwegler 1996).
En el litoral Pacífico,
Germán de Granda, por su parte mediante el análisis de la onomástica de esclavos en
minas de la Gobernación de Popayán (1971) consigna un repertorio detallado de etnias del
occidente y del Africa central que es coincidente con la síntesis elaborada por el
historiador Germán Colmenares sobre la base de un número de patentes o registros de
venta al por mayor de esclavos traídos durante la primera mitad del siglo XVIII y que
totalizaron 3000 personas (1979:46-49).
Por último, para recalcar
el interés que existe de conocer los orígenes de los africanos que llegaron al actual
territorio colombiano debe anotarse el trabajo de Rogelio Velásquez (1960, 1962), un
antropólogo afrochocoano que documentó gentilicios africanos entre habitantes del
litoral Pacífico en el decenio de 1960, así: Bañol y Banón,
Balanta, Biáfara, Biojó o Bioho, Casanga o Casaga,
Mandinga y Mani.
HUELLAS DE
AFRICANÍA
Desde mi visión de estudios
antropológicos he adoptado el marco conceptual de huellas de africanía para interpretar
los procesos de génesis de los nuevos sistemas culturales afroamericanos (Friedemann
1992). He sostenido al igual que otros estudiosos, que el africano al pisar las costas
americanas no dejó atrás ni sus dioses ni sus sueños, ni los cuentos de sus abuelos, ni
las éticas de su familia y de su comportamiento social. La documentación reciente
historíográfica demuestra además la selectividad de puertos utilizados por los europeos
y la influencia de condiciones económico-políticas africanas que modelaron la misma
trata (Lovejoy 1997, Behrendt, Eltis y Richardson 1997). De esta suerte, los procesos de
reintegración étnica activos y pasivos en las Américas (Friedemann y Patiño 1983,
Friedemann 1989, 1992), a los cuales he aludido tienen un apoyo demográfico donde
tendencias de homogeneidad sociocultural no son imposibles entre los cautivos de la trata.
En los nuevos sistemas
culturales de los descendientes de los africanos en América, son materia prima las
memorias, las aromas, los sentimientos, formas estéticas, texturas, colores, armonías y
otros elementos icónicos de legado africano. Asi, las huellas de africanía se entienden
como cadenas de asociaciones icónicas, concepto que permite situarse cerca de los
planteamientos de Gregory Bateson sobre el lenguaje de los iconos (Friedemann 1992). Para
Bateson, tal lenguaje es parte de modos subconscientes de conocer la realidad,
relacionados con las características del proceso de aprendizaje (Bateson 1972). Cada
grupo humano comparte "premisas epistemológicas" que operan a nivel de
subconsciente iconográfico y pueden determinar la percepción. En el proceso de
aprendizaje tales premisas son transmitidas de padres a hijos e involucran tanto su
retransmisión como las innovaciones producidas por las nuevas generaciones (Arocha 1989).
En Colombia, la
historiografía muestra cómo los cabildos de negros que en un primer momento fueron
enfermerías en Cartagena de Indias, se convirtieron en ámbitos de resistencia a la
sociedad dominante y en refugios de africanía (Friedemann 1988, 1992). Eran barracas
húmedas y fangosas situadas junto al mar, que servían de asilo a aquellos africanos que
al descender de los navíos no podían caminar o estaban casi agónicos (Valtierra 1980).
Allí quienes se recuperaban cuidaban a los nuevos enfermos. El alivio del infortunio no
era sólo físico, pues la desgracia era también cultural.
Para los africanos
esclavizados, encontrar modos de comunicarse debió ser la urgencia primordial. El tambor,
una de las primeras recreaciones a partir de su memoria se constituyó a modo de lengua
franca. Los cabildos por su parte, se convirtieron en tempranos escenarios de la génesis
del sistema cultural de los afrocolombianos continentales, a diferencia de lo que
ocurriría en el archipiélago de San Andrés y Providencia en el Caribe, actualmente
parte de la nación colombiana. Allí, el dominio cultural inglés desterró al tambor
definido como instrumento evocador de poderes espirituales indeseables (Perea Escobar
1989:58).
PRESENCIA AFRICANA
EN LA DIVERSIDAD COLOMBIANA
La presencia africana, que ha sido factor vital en la construcción de símbolos e
iconografías en el transcurrir americano de gentes, grupos o comunidades con ascendientes
africanos se halla por doquier. El legado bantú (Del Castillo 1995) por ejemplo, se
encuentra en toponimias con memorias congolesas y angolesas: Matamba, Masinga, Malemba,
Angola, Songo, Miangoma, Nanguma, Quilembe y Lamba, que son nombres de arroyos y caseríos
en lugares cercanos a Cartagena donde también se localizaron los territorios de antiguos
cimarrones. En el Litoral Pacífico Matamba y Mungarra también son toponimias bantú. Y
una huella de gente de Costa de Marfil es Beté, el nombre de un poblado sobre el río
Atrato.
El análisis
historiográfico de la esclavización de africanos durante la trata en el interior y en
las costas africanas, en el viaje atlántico y en el asentamiento de la diáspora en
América, junto con el estudio antropológico de la vida de individuos y comunidades han
permitido dibujar huellas de africanía (Friedemann 1993, Arocha 1992, Maya 1996).
En el campo de las pesquisas
lingüísticas como el palenquero de Palenque de San Basilio, o el habla así mismo
criolla del archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina (Patiño Rosselli
1983, Schwegler 1996) y estudios de fiestas como el carnaval en Barranquilla, Santa Marta
y Ciénaga, ciudades de la costa Caribe y el de los poblados sobre el río Magdalena
remiten a la importancia del cabildo colonial como una médula en la etnogénesis de la
cultura afrocaribeña. Fiestas de santos, velorios, rituales, funebrias y danzas
acuáticas en honor a figuras sagradas en el Litoral Pacífico son también escenarios con
huellas de africanía (Friedemann y Arocha 1986, Friedemann 1992, 1995).
Muchas de estas expresiones
estéticas y otras han penetrado diversos ámbitos de distintas clases sociales
imprimiendo especificidades a la personalidad cultural de varias regiones, situación que
ha alcanzado a incidir en niveles nacionales. La cumbia, una danza de hombres y mujeres es
una de ellas. También el bullerengue, el chandé y el mapalé dentro del gran horizonte
de la música costeña (González Henríquez 1989).
El vallenato que es una
canción con ascendiente de gente negra y huellas de africanía tiene sus raíces en los
cantos de vaquería, que son tan viejos como la ganadería y el trabajo de esclavos que
desde la llegada de los españoles en la colonia tuvieron que arrearlos y cuidarlos
(Quiroz 1983).
Pero en el mundo
contemporáneo, el vocablo africano que honra a Colombia como emblema de nacionalidad es Macondo
el nombre que Gabriel García Márquez (1967) escogió como escenario para su obra
"Cien años de soledad", premio Nobel. Makondo, es un lugar en Angola y un
fitónimo bantú (De Granda 1978) que designa al plátano y conlleva significados
mágico-religiosos. Es preciso anotar que la obra se desenvuelve en tierras de plátano y
ganado del Caribe continental colombiano donde durante varios siglos muchos descendientes
de africanos se arraigaron como cimarrones, criollos o libres. Y que en la misma obra el
escritor plasma iconografías y épicas del mundo de diáspora africana en América
Latina.
El conocimiento y el
reconocimiento de la presencia de Africa y del puente Africa-América en la cultura y en
la sociedad colombiana, desde luego que son factores imprescindibles en la
conceptualización del país como un ente diverso en su pluriculturalidad y
multietnicidad, conforme quedó definido en la Nueva Constitución Nacional de 1991. Ello
aunque los sistemas educativos aún sigan en la retaguardia de los viejos moldes que han
pretendido anular la diversidad afrocolombiana mediante la reiteración del discurso del
mestizaje, una de las estrategias con las cuales se ha guarnecido a la discriminación
socio-racial.
No obstante, la legitimidad
de la diversidad como patrimonio universal actualmente es una consideración que comparten
muchos países en el mundo. Y la diáspora afroamericana en Colombia es parte de tal
diversidad.
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(1) En la
población actual de cerca de 35 millones de habitantes, los antropólogos Whitten y
Torres (1992) acogieron el dato de Rodolfo Monge Oviedo sobre un mínimo de 14% y un
máximo de 21% de gente negra. (regresar a 1)
(2) Maureen Warner-Lewis en su artículo Posited Kikoongo origins of some
Portuguese and Spanish words frorn the slave era (1997:83-95) analiza el origen africano
de las palabras bozal, criollo, mulato y zambo y su ingreso en los lenguajes ibéricos,
i.e. español y portugués, al menos desde el siglo XVI. Bozal, criollo y mulato, añade
la lingüista debieron originarse en los mercados de trata Centro-occidental y como
resultado de peculiaridades en nuevas situaciones étnicas y económicas. (regresar a 2)
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