TOMO X
GEOGRAFÍA HUMANA DE COLOMBIA
POBLADORES URBANOS
PAGAR POR EL PARAÍSO
© Derechos Reservados de Autor

4. CONCLUSIONES

 

Como quizá se ha podido vislumbrar a través del texto, la aparición de lugares como “Paraíso” tiene un sentido específico; éste es el de recrear las relaciones sociales, refrendar la pertenencia a un determinado grupo social y adquirir conciencia de su identidad colectiva e individual. En el caso específico de los lugares que podríamos llamar de la clase alta el sentido se amplia a proteger los bienes y salvaguardar la privacidad frente a los distintos sectores de la sociedad. Sin embargo podemos encontrarle a estos espacios un sentido más simbólico que el de obedecer a lo que podríamos describir en pocas palabras como un ‘instinto de protección’ de los bienes de una clase específica, y es lo que realmente los califica como lugares simbólicos, es decir, el de ayudar a los individuos a adquirir un prestigio que les permita consolidar su posición dentro del entorno social. Así es como en estos lugares se crean y se desarrollan comportamientos rituales, que a la larga determinarán el aseguramiento de la distinción de clase. Estos comportamientos, a saber, las maneras al comer, el lenguaje que se utiliza en las conversaciones, las formas de vestir e incluso la apariencia estética de las personas son rituales que permiten, no sólo sentirse parte de una clase social sino ser visto, aparecer, como parte de ella. Estos comportamientos se convierten en claves públicas de pertenencia a un estrato económico y social culto, donde el consumo ostentoso, en el caso de “Paraíso” se consolida como uno de los medios a través de los cuales se le asegura al individuo su posición.

Lugares como este restaurante tienen todos casi el mismo proceso de desarrollo y transformación; comienzan a ser reconocidos gracias a que, entre otros factores, son frecuentados por grupos de poder dentro de la sociedad, a éstos los siguen aquellas personas que por distintas razones son consideradas parte del ‘jet-set’ de la sociedad (mujeres hermosas, gente de los medios), por ello el lugar se pone de moda, se convierte en un lugar al que es imprescindible asistir, en pocas palabras, y como lo he mencionado antes, se da un rápido ‘boom’, y aquí es donde el lugar comienza a ser invadido por la clase media emergente que al lograr su cometido no consigue más que desplazar a los primeros (las clases privilegiadas) a nuevos lugares que sufrirán el mismo nacimiento y muerte súbitos.

Es sorprendente ver cómo estos espacios singulares reproducen el movimiento social y ritual de la ciudad a pequeña escala (recordemos a Hegel: la parte es el todo y el todo es la parte). En su afán por mantener su identidad, la clase alta huye hacia las montañas o hacia el norte a conseguir una nueva vivienda, en donde pueden siempre conseguir la diferencia con respecto a las demás clases sociales. Por el contrario la clase media, por decirlo de una forma un poco caricaturesca, tiene menos personalidad. Mientras las clases altas buscan la identidad a partir de la diferencia (intelectual,- económica, espacial), la clase media busca la identificación con esa clase que se convierte en su objetivo y su sueño, es decir olvidar las propias particularidades para imitar otras consideradas como mejores o más convenientes.

Tal vez la razón por la cual estas condiciones de vida y rituales del ocio son consideradas, como dije, mejores, es por esa equivalencia que se le da con frecuencia al ser con el tener, cobrando una vital importancia la apariencia ante los demás especialmente en la clase media y en la clase alta.

Los rituales a los que me refiero implican un comportarse en sociedad, en un ceremonial que indica quién sí ‘es’ o quién no ‘es bien’. Quién está por dentro o por fuera. Quién es de ‘tradición’ o quién es un ‘emergente’. La identidad social frente al grupo que se pertenece o al cual se quiere pertenecer es algo que hay que elaborar y re-elaborar, día a día, pues el sentido de estos lugares y de estos rituales es el de ir a validar ante los demás que todavía se ‘es’, que no se ha dejado de ‘ser’. No se puede adquirir un lugar y mantenerlo sin hacerse partícipe de una forma continua de este juego de relaciones, que implica la asistencia obligatoria a determinados lugares en donde se representan diferentes roles del papel que cada quien desempeña. Para una clase acostumbrada a ser el centro de atención, a ser el modelo de la sociedad, cada momento de la vida cotidiana se convierte en un importante ceremonial: cómo comes, qué comes, cómo te vistes, dónde compras tu ropa, cómo te ríes, cómo miras, qué muebles tienes en tu casa, todo esto tiene como fin primordial dejar por fuera a quienes no son del grupo.

 

SEGUIR AL SIGUIENTE CAPÍTULO  

REGRESAR AL ÍNDICE