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4.
CONCLUSIONES
Como quizá se ha podido vislumbrar a
través del texto, la aparición de lugares como Paraíso tiene un sentido
específico; éste es el de recrear las relaciones sociales, refrendar la pertenencia a un
determinado grupo social y adquirir conciencia de su identidad colectiva e individual. En
el caso específico de los lugares que podríamos llamar de la clase alta el sentido se
amplia a proteger los bienes y salvaguardar la privacidad frente a los distintos sectores
de la sociedad. Sin embargo podemos encontrarle a estos espacios un sentido más
simbólico que el de obedecer a lo que podríamos describir en pocas palabras como un
instinto de protección de los bienes de una clase específica, y es lo que
realmente los califica como lugares simbólicos, es decir, el de ayudar a los individuos a
adquirir un prestigio que les permita consolidar su posición dentro del entorno social.
Así es como en estos lugares se crean y se desarrollan comportamientos rituales, que a la
larga determinarán el aseguramiento de la distinción de clase. Estos comportamientos, a
saber, las maneras al comer, el lenguaje que se utiliza en las conversaciones, las formas
de vestir e incluso la apariencia estética de las personas son rituales que permiten, no
sólo sentirse parte de una clase social sino ser visto, aparecer, como parte de ella.
Estos comportamientos se convierten en claves públicas de pertenencia a un estrato
económico y social culto, donde el consumo ostentoso, en el caso de Paraíso
se consolida como uno de los medios a través de los cuales se le asegura al individuo su
posición.
Lugares como este restaurante tienen todos casi
el mismo proceso de desarrollo y transformación; comienzan a ser reconocidos gracias a
que, entre otros factores, son frecuentados por grupos de poder dentro de la sociedad, a
éstos los siguen aquellas personas que por distintas razones son consideradas parte del
jet-set de la sociedad (mujeres hermosas, gente de los medios), por ello el
lugar se pone de moda, se convierte en un lugar al que es imprescindible asistir, en pocas
palabras, y como lo he mencionado antes, se da un rápido boom, y aquí es
donde el lugar comienza a ser invadido por la clase media emergente que al lograr su
cometido no consigue más que desplazar a los primeros (las clases privilegiadas) a nuevos
lugares que sufrirán el mismo nacimiento y muerte súbitos.
Es sorprendente ver cómo estos espacios
singulares reproducen el movimiento social y ritual de la ciudad a pequeña escala
(recordemos a Hegel: la parte es el todo y el todo es la parte). En su afán por mantener
su identidad, la clase alta huye hacia las montañas o hacia el norte a conseguir una
nueva vivienda, en donde pueden siempre conseguir la diferencia con respecto a las demás
clases sociales. Por el contrario la clase media, por decirlo de una forma un poco
caricaturesca, tiene menos personalidad. Mientras las clases altas buscan la identidad a
partir de la diferencia (intelectual,- económica, espacial), la clase media busca la
identificación con esa clase que se convierte en su objetivo y su sueño, es decir
olvidar las propias particularidades para imitar otras consideradas como mejores o más
convenientes.
Tal vez la razón por la cual estas condiciones
de vida y rituales del ocio son consideradas, como dije, mejores, es por esa equivalencia
que se le da con frecuencia al ser con el tener, cobrando una vital importancia la
apariencia ante los demás especialmente en la clase media y en la clase alta.
Los rituales a los que me refiero implican un
comportarse en sociedad, en un ceremonial que indica quién sí es o quién no
es bien. Quién está por dentro o por fuera. Quién es de
tradición o quién es un emergente. La identidad social frente al
grupo que se pertenece o al cual se quiere pertenecer es algo que hay que elaborar y
re-elaborar, día a día, pues el sentido de estos lugares y de estos rituales es el de ir
a validar ante los demás que todavía se es, que no se ha dejado de
ser. No se puede adquirir un lugar y mantenerlo sin hacerse partícipe de una
forma continua de este juego de relaciones, que implica la asistencia obligatoria a
determinados lugares en donde se representan diferentes roles del papel que cada quien
desempeña. Para una clase acostumbrada a ser el centro de atención, a ser el modelo de
la sociedad, cada momento de la vida cotidiana se convierte en un importante ceremonial:
cómo comes, qué comes, cómo te vistes, dónde compras tu ropa, cómo te ríes, cómo
miras, qué muebles tienes en tu casa, todo esto tiene como fin primordial dejar por fuera
a quienes no son del grupo.
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