TOMO IV
Geografía humana de Colombia
Región Andina Central

Volumen III
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(CONTINUACIÓN CAPÍTULO ZENUES)

En las dos primeras décadas de la presente centuria, estos indígenas habitaban lugares bajos, cerca de los arroyos y destinaban para los cultivos las zonas altas. La mayor parte del territorio estaba cubierta de bosques, los caseríos eran pocos y la población reducida. Cada familia poseía extensiones de terreno suficiente para sembrar los productos agrícolas utilizando la técnica de roza y quema, dejando descansar posteriormente la tierra cultivada por espacio de 10 años. La pérdida paulatina de las tierras del resguardo ha reducido el tamaño de las parcelas; el promedio actual por familia es de dos hectáreas. en las cuales tienen su vivienda y el terreno para cosechar. A pesar de que siguen conservando la misma técnica de cultivo, el período de barbecho se ha reducido a un año y en muchos casos es inexistente.

La adecuación del terreno para la labranza se inicia con el “macaneo” o tumba de monte, seguida de la quema con la colaboración de vecinos y amigos. Finalmente se hace la “despalitada” o limpieza de basura y palos para iniciar los cultivos cuando llegan las lluvias en los meses de marzo y abril. El dueño de cada finca está obligado a dar el desayuno, el almuerzo y la chicha durante el tiempo que dure el trabajo. Antiguamente, al final de la jornada diaria se tocaba cumbia, se bebía chicha y aún ebrios iniciaban la labor en la mañana hasta la una de la tarde, sólo regresaban a sus hogares cuando se hubiera terminado la adecuación de la parcela respectiva.

En el mismo terreno se siembra la yuca, el maíz y el ñame, y en otro la batata y el fríjol. El maíz es el primero en sembrarse, dejando una distancia de un metro entre cada mata. Posteriormente vendrán la yuca y el ñame. Este es el último dentro del ciclo de cultivo, debido no solo a que necesita más agua para germinar, si no por ser un bejuco que se enreda en el tallo del maíz y la yuca. A pesar de que la tierra ha perdido fertilidad, se recogen dos cosechas de maíz en el año. Terminada la primera en agosto se inicia la segunda, que consiste en la limpieza y pica de monte pero no se quema el terreno. Esta última cosecha se recoge en octubre, la yuca y el ñame demoran para dar frutos trece y diez meses respectivamente. Las labores de limpieza y recolección se contratan en la actualidad con vecinos y parientes quienes reciben la alimentación y algún dinero. Cada jefe de hogar almacena los productos en pañoles o bodegas y la distribuye para el consumo familiar durante el año. Parte de la misma se guarda como semilla para empezar el ciclo nuevamente y otro se destina a la venta de los centros de comercio locales como son Tuchín y San Andrés.

En las fincas recuperadas existe tanto el cultivo familiar descrito anteriormente como los colectivos de trabajo, en éstos cada familia aporta parte de su tierra y la mano de obra. Generalmente se solicitan créditos a las instituciones financieras locales. Para atender las responsabilidades del caso se nombra una junta administradora, la cual se encarga de organizar las labores respectivas y vender la cosecha. Las ganancias son repartidas posteriormente entre las familias participantes. Debido a los riesgos de la pérdida de las cosechas por los largos veranos o las plagas últimamente los colectivos de trabajo se orientan en un alto porcentaje hacia la ganadería. Esta actividad ha venido tomando auge en los últimos años ya que los créditos son más fáciles de adquirir y las ganancias son mayores.

La caza era una actividad cotidiana a principios del presente siglo, el venado, el armadillo, el ñeque, el saíno, el ponche y la guacharaca entre otros, complementaba la dieta alimenticia. Hoy en día la tala de bosques para convertirlos en potreros ha hecho que desaparezcan estas especies. Para abastecerse de carne, en los distintos caseríos, matan cerdos criados domésticamente y reses compradas dentro de la misma región. La venta se anuncia tocando un cacho de vaca y los vecinos acuden inclusive de los poblados cercanos. La pesca se realizaba en la ciénaga de Chimá, esta era considerada una de las actividades más importantes. Actualmente esta zona baja se encuentra ocupada por los negros, mulatos y mestizos, los indígenas no tienen acceso a ella. El pescado se sigue consumiendo a través del intercambio comercial en el mercado de Tuchín. Son los negros del municipio de Momil quienes proveen de este producto diariamente a los indígenas.

La crianza y engorde de animales domésticos como las gallinas, pavos, patos y cerdos están destinados al comercio tanto dentro como fuera del caserío. El consumo familiar está reservado a las celebraciones importantes como los bautizos, matrimonios y mortuorias. La venta de estos animales sólo se realiza en casos de necesidad, ya sea por enfermedad o muerte de un familiar, o en épocas de hambrunas por las malas cosechas. Es común cuando una mujer empieza un embarazo, iniciar la crianza de gallinas o pavos para conseguir dinero con qué pagar a la comadrona o comprar lo necesario para su futuro hijo.

Organización y división del trabajo

La división del trabajo se organiza a partir de las diferencias de sexo y de edad. Desde que el pequeño nace se educa en las labores que posteriormente deberá desempeñar. Las mujeres atienden los niños, cocinan, lavan la ropa, fabrican las artesanías y participan en las faenas agrícolas como la limpieza de los cultivos y la recolección de los productos. Los hombres se encargan de las faenas agrícolas como la adecuación del terreno y la atención de todo el ciclo productivo, construyen las viviendas y los pozos para almacenar el agua durante el invierno, hacen las cercas, limpian los caminos y producen artesanías en el tiempo disponible. La recolección de la leña y la cargada de agua desde los pozos hasta las viviendas es realizada por ambos sexos, en esta faena participan también los niños.

Tanto los hombres como las mujeres pueden desempeñar los oficios de médicos tradicionales o “curiosos” y el de cacique o capitanes. Generalmente la atención de los partos es labor femenina a pesar de que también existen parteros. El trabajo comunitario era la forma más frecuente antiguamente para realizar las faenas del campo. A partir de la llegada de los terratenientes a esta región se fue imponiendo el pago del jornal diario entre los mismos indígenas. Sin embargo; perviven hoy en día algunos trabajos colectivos organizados generalmente por el cabildo. Para la realización de éstos cada individuo debe llevar sus propias herramientas.

Los trabajos colectivos que aún se conservan son:

Las precarias condiciones económicas en que viven los indígenas del resguardo por la falta de tierras, asistencia técnica y créditos, ha obligado cada vez más a la población masculina a vender su fuerza de trabajo como jornaleros en las haciendas ganaderas vecinas o en otros municipios como Planeta Rica, Sahagún y Caucasia, y en los últimos años en la zona bananera de la región de Urabá en el departamento de Antioquia.

Generalmente estas salidas se realizan luego de haber terminado la etapa de la siembra de su propia cosecha. Durante este período, las mujeres son las responsables no sólo del mantenimiento de los cultivos sino del sostenimiento de la familia. La artesanía es durante este tiempo la fuente principal de ingresos para cubrir los gastos necesarios. Los hombres regresan nuevamente en la fase de recolección de la cosecha, trayendo el dinero que pudieron ahorrar durante el tiempo que estuvieron fuera. Debido a la lucha emprendida por la comunidad para la recuperación de sus tierras, los hacendados ya no emplean la mano de obra indígena, por tanto las migraciones se dan a otras regiones del país o inclusive hacia Venezuela.

Tecnología y artes industriales

Las artesanías de fibras vegetales como el sombrero, las esteras, los canastos, las carteras y las alfombras entre otros, son una tradición muy antigua de los zenúes, uno de los ejes principales de su economía.

El sombrero “vueltiao” siempre ha sido parte del atuendo masculino de este grupo étnico desde épocas precolombinas, según se puede observar en algunas de las piezas del museo de oro del banco de la República de Santafé de Bogotá. Antiguamente sólo se producían para el uso, pero debido a la pérdida de la tierra los indígenas intensificaron su producción orientándola exclusivamente a la venta. El uso de este sombrero se extiende por toda la costa atlántica colombiana y aún en el interior del país. Desde niños, tanto los hombres como las mujeres son inducidos en el arte de trenzar, la madre, en la mayoría de los casos es la transmisora de esta tradición y muchos de los familiares viven exclusivamente de esta actividad fabricando este producto desde la mañana hasta el anochecer; esto ha generado y acentuado la división del trabajo, la especialización regional ha presionado a los indígenas a ser más creativos en sus diseños llamados “pintas”.

El material con el que se produce el sombrero es la caña flecha (gynerium sagitatum) de la cual se extrae la fibra sometiéndola luego a un proceso de secado, división del material en el tamaño deseado, limpieza y teñida. La consecución de la caña flecha o palma es cada vez más difícil dentro del resguardo debido a escasez de tierra para su cultivo, por tanto ésta es traída de otras regiones como el San Jorge y el Bajo Cauca. Dentro del resguardo existen dos caseríos que se especializan en su producción intercambiando esta materia prima por maíz, yuca y ñame con los demás poblados. En algunas oportunidades no media el dinero en la transacción sino que se intercambia directamente palma por alimentos.

Para la fabricación del sombrero se necesita palma blanca y negra. Estos colores se logran sometiendo la fibra a un proceso de limpieza y teñido con sustancias vegetales y minerales como savia de algunas plantas, frutas y tierras especiales. La belleza y firmeza del color al igual que el tamaño en el cual se encuentra dividida la palma son parte fundamental para obtener un óptimo producto. La calidad del sombrero no es uniforme dentro del resguardo. Los caseríos del barrio Pinchorroy (Tuchín y Vidales) son los que trenzan el sombrero más fino y bonito debido a que la fibra es dividida en secciones muy delgadas, los colores muy intensos y el trenzado muy cuidadoso. Trenzar un sombrero puede demorar entre cinco y ocho días a una sola persona, dependiendo de la destreza y el tiempo que pueda dedicar a esta labor. El tejido se efectúa intercalando manualmente pares de palmas blancas y negras de derecha a izquierda y viceversa dividiendo en porciones ambos colores.

Las “pintas” o diseños se logran al superponer el negro sobre el blanco. La calidad del sombrero también depende del número de pares de palmas con que se haya elaborado; mientras más pares tenga, más difícil es su confección y por tanto su precio se incrementa. Los sombreros en el mercado local llevan el nombre del número de pares de palma: quinciano (15 pares), dieciocho, veintiuno o veintitrés.

No en todos los casos un mismo artesano elabora todo el producto. Al interior de la familia también se da la división del trabajo. La madre o los adultos se encargan de trenzar las “pintas” que es la parte más compleja y laboriosa y el resto de la trenza la tejen los demás miembros del grupo familiar. También se da el caso de especializarse en la producción de una de las partes del sombrero para venderla a otros artesanos; esto es debido a la necesidad de obtener dinero diariamente para comprar alimentos.

Vivienda - Comunidad Indígena de “Cerro-Bomba”. “Resguardo de San Andrés de Sotavento” 

Las “pintas” además de que le dan la vistosidad al sombrero son elementos de identidad de los distintos caseríos. Es muy frecuente encontrar la repetición de una “pinta” en los sombreros de un mismo poblado. Así entonces tanto los mismos indígenas como los compradores diferencian su procedencia. Lo anterior no niega la circulación de estos diseños por toda el área del resguardo, por el contrario, cuando una mujer se casa con un individuo de otro caserío, esta llevará las “pintas” aprendidas con su madre a las demás mujeres. Sin embargo, subsiste la identificación con el lugar de procedencia. La fuente de inspiración de los diseños proviene en su gran mayoría del medio natural que los rodea. La abstracción de flores, plantas, animales y astros quedan plasmados en una gran variedad de dibujos geométricos cuyos nombres revelan en la mayoría de los casos el motivo de donde se toman. Algunos de ellos son: mariposa, mariposa blanca, la araña, ojo del gallo, flor de la cocorilla, flor del limón, granito de arroz, estrella, lucero, “pinta” de la cabrilla entre otros. Los objetos manufacturados son también representados en las “pintas”, entre ellos figuran el jet, la huella del tractor, la escalera, botoncito y crucecita. Esta gran variedad de diseños deja traslucir la dinámica de cambio en esta sociedad. Así como se representa la mata de Matamba estrechamente relacionada con el mundo religioso, la huella del conejo, figura principal de los cuentos tradicionales, también aparecen la huella del tractor y el jet, elementos tecnológicos de la sociedad mayor que llegan a la comunidad y son apropiados desde el punto de vista estético.

 

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