TOMO IV
Geografía humana de Colombia
Región Andina Central

Volumen III
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(CONTINUACIÓN CAPÍTULO INGA Y KAMSA)

 

En efecto, la lucha con la naturaleza era cotidiana, los instrumentos para enfrentarla desconocidos, teniendo que aceptar los tratamientos y estrategias de los indígenas para enfrentar estas calamidades. Aguado menciona los nuches, mordeduras de serpientes, las sabandijas. Pero también cómo incluso del cielo llegaban las enfermedades:

“la constelación del cielo no les era nada favorable a los nuestros, porque dejado aparte los corruptos aires y vapores que en la tierra influían y engendraban, causadores de muchas enfermedades y malhumor, caían unos aguaceros que por particular influencia del cielo y exhalaciones de la tierra, de las gotas de agua se engendraban en las carnes un género de gusanos extraño, los cuales se criaban en las carnes de los hombres...” (Aguado, 1956:  225) Énfasis nuestro.

Posiblemente también se encontraron con los que en el siglo XVII, reseña Fray Juan de Santa Gertrudis, interpretando, igual que en el caso anterior, estas plagas y enfermedades a partir de sus conceptos de salud y enfermedad: zancudos, mosquitos llamados rodadores, nigüas, las arañas llamadas coyas y de otras especies, gusanos verdes, la plaga de cien pies. Igualmente refiere que los españoles debieron seguir los tratamientos y medidas preventivas de los indígenas contra estas plantas. Al desconocimiento del potencial agresivo del medio, de la fauna y la flora, se agregaba la ignorancia sobre su potencial como fuente de alimentación Escaseaba tanto la comida, en la expedición de Jiménez de Quesada.

“Que en el dicho camino y descubrimiento además de los dichos trabajos y peligros, se padeció por todos en general tanta hambre, que se comieron los caballos que traían y hierbas Ponzoñosas y lagartos y murciélagos y ratones y otras tantas cosas semejantes” (cita en Friede, 1982:42)

Llegando incluso a comportamientos extremos según los mismos expedicionarios, donde aquellas categorías, que luego van a aplicar sobre los indígenas, forman parte de su propia experiencia, como es el caso del canibalismo:

"...hubo hombres que por conservar su vida procuraban con diligencia ver y saber si acaso se quedaba algún hombre muerto, a cuyo cuerpo acudían y cortaban y tomaban de él lo que les parecía con lo cual oculta y escondidamente guisándola y aderezándola al fuego, comían sin ningún asco ni pavor sus propias carnes, y hubo y les sobrevino tiempo en que considerando la canina hambre que entre los españoles había, miraba cada uno por su persona temiendo que el hombre no fuese causa de recibir por manos de sus propios compañeros la muerte” (Aguado, 1956:225).

Se sumaban a estas penas la hostilidad de las poblaciones de la región. Penas que consideraron compensadas los españoles al llegar a tierras más amables por el clima, el paisaje y la gente, pero sobre todo por el botín que representaban el oro en sus diferentes calidades y las piedras preciosas cuya reunión y repartición final se hizo tal como había sido convenido inicialmente, al organizarse la expedición. (Friede, 1982). Para reunir este botín, la relación de los españoles con los pobladores nativos siguió el patrón de la dominación del terror, conducta espoleada por el hallazgo de riquezas.

“Todos los otros españoles, por imitar a su buen capitán y porque no saben otra cosa sino despedazar aquellas gentes, hicieron lo mesmo, atormentando con diversos y fieros tormentos cada uno al cacique y señor del pueblo o pueblos que tenian encomendados, estándoles sirviéndoles dichos señores con todas sus gentes y dándoles oro, esmeraldas cuanto podían y tenían. Y solo los atormentaban porque les diesen más oro y piedras de lo que les daban. Y así quemaron y despedazaron aquella tierra.” (Casas, 1985:135)

Y aun cuando ya les habían entregado lo que los conquistadores querían, y se habían sometido al “servicio” de los españoles:

“Otra vez, viniendo a servir mucha cantidad de gente a los españoles y estando sirviendo con la humildad e simplicidad que suelen, seguros, vino el capitán una noche a la ciudad donde los indios servían, y mandó que a todos aquellos indios los metiesen a espada, estando dellos durmiendo y dellos cenando y descansando de los trabajos del dia. Esto hizo porque le pareció que era bien hacer aquel estrago para entrañar su temor en todas las gentes de aquella tierra".

“Después de las muertes y estragos de las guerras, ponen, como es dicho, las gentes en la horrible servidumbre arriba dicha, y encomiendan a los diablos a uno docientos e a otro trecientos indios. El diablo comendero dizque hace llamar cien indios ante sí: luego vienen como unos corderos; venidos, hace cortar las cabezas a treinta o cuarenta dellos e diz a los otros: “Los mismo os tengo de hacer si no me servós bien o si os vais sin mi licencia” (Casas, 1985; 136).

Para estos pueblos el oro no tenía el valor que los españoles e ortorgaban, estaba integrado  al culto religioso, Constituyendo la mayoría de las piezas ofrendas, pequeñas figuras con distintas representaciones de hombres, mujeres con niños, animales, escenas de la vida política y social de los muiscas, que, mediante convenciones, facilitaban agradecer o pedir un favor (Plazas, 1987). En la misma forma que los incas, estas producciones de oro iban destinadas a permitir que aquel de quien venía la vida: el sol, recibiera las ofrendas que cerraban el ciclo, permitiendo que uno nuevo surgiera, mediante la mediación de los sacerdotes y sus rituales, como el célebre de la laguna de Guatavita. Sí, los españoles habían encontrado un Dorado:

"... a tiempo que la luz del sol tenía/ espacio de dos horas solamente/ para dar conclusión a su jornada;/ cuyos rayos herían los buhos.../ y de ellos resultaban resplandores/ de láminas de piezas de oro fin o,/ pendientes de las puertas, y tan juntas, / que siendo de los vientos meneadas,/ daban unas en otras, y formaban/ retinte de sabor a los oídos” (Castellanos, 1955:231)

Pero su fantasía les hacía creer que habría otro, más abundante, más deslumbrador, más apabullante por su tamaño y esplendor, por lo cual las expediciones continuaron, detrás de los pueblos que aparecían en los relatos que los indígenas les contaban con gusto para hacerlos salir de su territorio. Del grupo de conquistadores que arribaron a la altiplanicie de Cundinamarca y Boyacá, se desprendió Hernán Pérez de Quesada, llegando hasta el Valle de Sibundoy.

“(Montalvo) había visto las noticias que los indios del Papamene y Anoques les habían dado, de que adelante de aquella mala tierra había infinitas gentes que poseían gran cantidad de oro y planta, y en el reino había en este tiempo gran numero de gente, y todos en él no se podían sustentar sin notable daño de los naturales, fue fácilmente Hernán Pérez determinado de juntar gente e ir en demanda de las tierras que el capitán Montalvo le decía...” (Aguado, 1956:378).

Aunque iban cegados por la búsqueda de El Dorado, las experiencias de la primera parte de la expedición se revivían con las nuevas luchas y dificultades, además de los inconvenientes que los mismos expedicionarios se creaban. Llegaron estos expedicionarios a

"... un pueblo que llaman el Guazabara, por haber los naturales de él salido de mano armada al capitán Maldonado que iba en la vanguardia con cierta gente española, con los cuales tuvieron una reñida guazabara en que los indios fueron desbaratados.

Para salir de él e ir adelante fue necesario enviar a hacer puentes para pasar unas ciénagas que por delante tenían, en las cuales, con el puro trabajo de los españoles se hicieron veinticuatro puentes, bien largos de madera; y por ahorrar del trabajo que en hacer los puentes se había de pasar, y los que adelante la fortuna les prometía y ofrecía, quisiera Hernán Pérez volverse atrás de este pueblo, pero todos le aconsejaban lo contrario, a causa de que toda la tierra que atrás dejaban era de raras poblaciones, y esas quedaban tan destruidas y arruinadas, que se creía no hallarían en ellas ningún género de comida con qué poder salir a lo raso, y perecerían todos de hambre, en el camino; y así le fue forzoso pasar por adelante con su descubrimiento por aquellas montañas, por las cuales se hallaban tan pocas poblaciones de indios, y esas tan pequeñas, que cuando un pueblezuelo o lugarejo de hasta cuatro casas o bohíos, les parecían que hallaban algún suntuoso pueblo; pero de ríos caudaloso topaban en gran abundancia, que los ponían en harto trabajo, y así cada día iba Hernán Pérez perdiendo de su gente así españoles como indios y caballos...” (Aguado, 1956: 381-2)

Hasta que llegaron a la región del piedemonte selvático, habitado por el pueblo Mocoa, hastiados de las penalidades, que se incrementaban porque existía la posibilidad de que llegara un dardo de una cerbatana escondida entre la maraña de la selva y ser envenenado o atrapado para ser canibalizado:

“caminó Hernán Pérez algunos días sin saber la derrota que llevaba, y pasando por unos bohíos llamados Mocoa do hallaron alguna comida, fueron a  parar a una loma alta ... (de donde envió al capitán) Maldonado que fuese a descubrir si había algún camino por do salir de aquellas montañas”.

Maldonado caminó tres días sin saber por do iba, al cabo de los cuales atravesando la cordillera y cumbre de la sierra, dio en un valle de cabañas y mucha poblacion, llamado Sibundoy. Era este Valle de los términos de la villa de Pasto, de la gobernación de Popayán... El capitán Maldonado no conociendo la tierra, volvió con mucho contento a dar aviso a Hernán Pérez, el cual luego se movió con toda su gente a entrar en el Valle de Sibundoy con pérdida de muchos soldados, que los indios le habían muerto en la loma do había estado alojado, los cuales eran indios caníbales y tan atrevidos y desvergonzados, que el día que los españoles levantaron sus toldos de aquel alojamiento les tomaron los indios seis soldados a manos, delante de toda la más gente, sin que se pudiese remediar por ser la tierra tan doblada y montuosa, y allí incontinente los hicieron pedazos y se los llevaron cargados para comer. En veinte lengua que de la loma dicha hasta el Valle de Sibundoy había, por la maleza del camino perecieron muchos españoles y caballos”. (Aguado, 1956:385).

Por fin Maldonado, que iba al frente;

"...entró en el Valle ya tarde y llegó a unos bohíos donde había harto maíz y otras raíces y legumbres que comer, en los cuales se alojó, y era tanta el hambre que llevaban, que españoles, indios y caballos, en toda la noche no entendieron sino en comer, que no se veían hartos según la canina hambre que traían” (Aguado, 1956;386).

Valle que ya pertenecía a la jurisdicción de Quito y había entrado en el proceso de reparticiones.

Las experiencias de estas dos expediciones nacidas en la búsqueda de El Dorado, reconstruyen la experiencia del salvaje para los españoles de la conquista. Saliendo Ampudia y Añasco del “reino y monarquía de los ingas y el de Montezuma”, atravesando por “las behetrías, pobres y mal puestas” del actual altiplano nariñense, llegan al Valle de Sibundoy, de interés para los españoles por contar con minas de oro y gente de guerra, rápidamente convertida en gente de paz, que iba a trabajar en estas minas.

Hernán Pérez, por su parte se encuentra más directamente con “los bárbaros indios sin ley, ni rey, ni asiento, las fieras caníbales, “los primeros moradores de estas indias” en tierras que no desmerecían de sus habitantes, según ellos. Tierras, que como las gentes que la habitaban, eran engañosas, inaccesibles, hostiles, infranqueables, desconocidas, generadoras de malos humores y que junto con el cielo enfermaban a los españoles, en razón de su “mala constelación”. Y donde los tigres y los caimanes son tan “desvergonzados y atrevidos” como los que les mandan las flechas envenenadas con plantas o los despedazan  “y cargan para comer”

Evalúan ambos, la riqueza de las poblaciones por donde pasan, “maleza de tierras y de gentes”, “miseria de la tierra”, “agria y doblada, era muy estéril y falta de comida”, “sin minas de oro que hasta agora se  hayan descubierto”, en buena tierra, de buen temple, y abundoso maíz, y otros mantenimientos con minas de oro”, como segundo descriptor. Siempre está presente la existencia y localización de minas de oro, y más generalmente se enuncian o enumeran los cultivos disponibles.

“La de Sigundoy (...) abundante de todo género de comida y ricos de oro que lo poseen y lo traen en joyas ay minas de oro y los naturales las labraban (simancas 1559-60, citado en Zajec, 1989:41)

en los quillacinga se da mucho maíz y tienen las frutas que estotros; salvo los naturales de la laguna que éstos ni tienen árboles ni siembran en aquella parte maíz, por ser tan fría la tierra” (Cieza, 1941:103).

Pero notan también:

“las costumbres de estos indios Quillacingas ni Pastos, no conforman unos con otros, porque los pastos no comen carne humana cuando pelean con los españoles o con ellos mismos. Las armas que tienen son piedras en las manos y palos a manera de cayados y algunos tienen lanzas mal hechas y pocas y es gente de poco ánimo. Los indios de lustre y principales se tratan de algo bien; la demás gente es de ruines cataduras y peores gestos, así ellos como sus mujeres, y muy sucios todos; gente simple y de poca malicia. Así ellos como todos los demás que se han pasado son tan poco asquerosos, que cuando se expulgan se comen los piojos como si fuesen piñones, y los vasos en que comen y ollas donde guisan sus manjares no están mucho tiempo en los lavar y limpiar. No tienen creencias ni se les han visto idolos, salvo que ellos creen que después de muertos han de tornar a vivir en otras partes alegres y muy deleitosas para ellos. (Cieza, 1941:101-2).

En cuanto a sus vestidos:

“Los quillacingas también se ponen maures para cubrir sus vergüenzas, como los pastos, y luego se ponen una manta de algodón cosida, ancha y abierta por los lados. Las mujeres traen unas mantas pequeñas, con que también se cubren, y otra encima que les cubre las espaldas y les caen sobre los pechos, y junto a pescuezo dan ciertos puntos en ella.” (Cieza, 1941: 102).

Otro era el interés de la valoración de las Casas, al hacer rápida referencia a los Pastos:

“a las gentes de allí siguen otras que son muchas, llamadas Pastos; ni comen carne humana, ni ofrecen sacrificios de hombres ni por memoria se siente cosa que huela al pecado nefando” (citado en Uribe, 1975:41).

Pero sin embargo, he aquí que para este último descriptor, el ser moral, eventos descritos que no habían detectado otros cronistas, muestran una imagen de barbarie para esta población del altiplano nariñense:

“... y como son bárbaros, cuanto se les ha enseñado en diez años, se pierde en diez días; de más que estos dían vacan en mil vicios que son unos taquies que ellos llaman, que son unos bailes generales a donde hacen juntar todo el pueblo a que baile en la plaza con grandes tinajas con cerveza (sic) que es el vino con que ellos se emborrachan y es ordinario entre ellos, en ausencia de los sacerdotes evangélicos, ocuparse en esto y dura cada baile dos días y tres sin dormir y en este tiempo adoran ídolos y hacen otras muchas ofrendas al demonio, estando borrachos se matan unos a otros y hacen torpezas indignas de decir a V. Alteza, porque el padre ni guarda honestidad con la hija, ni el hermano con la hermana y así hace incestos espantosos... (Fray Jeronimo de Escobar, finales del siglo XVI, citado en Uribe, 1975:42-3)

Dicha impresión es reforzada cuando se informan sobre las costumbres funerarias y tratos con el demonio:

“los quillacingas hablan con el demonio no tienen templo ni creencia. Cuando se mueren hacen las sepulturas grandes y muy hondas dentro de ellas meten su haber que no es mucho. Y si son señores principales les echan dentro con ellos algunas de sus mujeres y otras indias de servicio (...) los comarcanos que están a la redonda cada uno al que ya es muerto, de sus indios y mujeres dos o tres, y llévanlos donde está hecha la sepultura y junto a ella les dan mucho vino hecho de maíz; tanto, que los embriagan; y viéndolos sin sentido, los meten en las sepulturas para que tenga compañía el muerto. De manera que ninguno de aquellos bárbaros muere que no lleve de veinte personas arriba en su compañía; y sin esta gente meten en las sepulturas muchos cántaros de su vino o brebaje y otras comidas (...) y pregunté porqué tenían tan mala costumbre (...) y alcancé que el demonio les aparece (según ellos dicen) espantable y temeroso, y les hace entender que han de tornar a resucitar en un gran reino que él tiene aparejado para ellos y para ir con más autoridad echan los indios y indias en las sepulturas.” (Cieza, 1941: 102-3).

Las raíces de la interpretación

Los procesos de evaluación de los conquistadores construían una América a medida que se sucedían las experiencias de conquista, pacificación y colonia. Le daban sentido a una expedición en la cual o se sucumbía o se encontraban espléndidas ciudades de oro y riquezas, así tuvieran que morir nativos y españoles. Y posteriormente, a un proyecto de colonización.

Los grupos de conquistadores que llegaron al Valle de Sibundoy practicaron hasta el cansancio acciones que llevaron a que los mismos españoles pertenecientes a la Iglesia los calificaran de Demonios. Unos y otros recibieron respuestas a sus estrategias de dominación que variaban desde la rendición a causa el terror hasta la oposición franca que podía incluir el “canibalismo”. De sus expectativas, de sus propias respuestas a este medio físico y social, y de las respuestas de los indígenas a los españoles surgieron elementos para establecer las categorías que se iban a aplicar sobre los nativos de estas tierras.

¿Pero, quiénes eran los españoles? La dinámica de la sociedad española de esa época, había preparado el terreno para que surgiera su propia escoria, la cual conformaba la mayoría de la población migrante al nuevo mundo. Muchos de estos hombres cargaban en su pasado con transgresiones al orden social, que la sociedad en que vivían había penalizado: criminales y ladrones que veían como única forma de esquivar un futuro castigado por la cárcel, entrar en esta aventura que en nada se diferenciaba de la suerte que a los locos les daban en esa epoca, cuya suerte está plasmada en el cuadro de Jerónimo Bosch “las naves de los locos” (Foucault, 1976). De ahí que uno de los principales descriptores era el que las poblaciones pudieran proporcionar oro, piedras preciosas, mantas finas, todo aquello que les daría una oportunidad de reinsertarse a su sociedad en mejores condiciones.

En la valoración de este mundo diferente, las poblaciones que más se alejaban del estilo de vida conocido por los conquistadores, las que desde este punto tenían los comportamientos más incomprensibles, aberrantes, o agresivos, eran las más salvajes. Aquellas situaciones en las cuales los españoles veían que su mundo era llevado al límite -atravesar, por ejemplo, esa endemoniada geografía-, eran calificadas como salvajes, lo que las parecía originar también y qué no decir de aquellos que allí vivían.

Ni poblados, ni viviendas, ni armas, ni comidas, ni hábitos de mesa, ni siquiera figuras elegantes, con ostentación de riqueza y nobleza, como las de la nobleza española o por lo menos las del reino del Perú, veían los españoles en estos poblados quillacinga. La situación podía ser tan dramática que incluso las condiciones de la conquista obligaban a hacer puentes “con el puro trabajo de los españoles”, lo cual no correspondía a las prácticas de un hombre de armas.

La empresa de la conquista, generaba para los españoles un espacio de terror, un espacio de la muerte, en el cual volvían a sus mentes imágenes y vivencias de la cultura popular de la España del siglo XVI, a la cual se hallaban ligados por su historia y su cultura, especialmente aquellas que se internaban en la genealogía del mal, trazada por el demonio. Las formas de resistencia de los indígenas, desde la huída hasta el canibalismo, pasando por el chavianismo, son interpretados con respecto a este marco de referencia.

Para encontrar las raíces de la interpretación de los modos de vida salvajes y demoniacos que los sacerdotes y españoles, en general, veían en los indígenas, basta hojear el libro del Malleus Maleficarum, escrito coincidencialmente a finales del siglo XVI, por Sprenger y Kramer, dos sacerdotes dominicos. Este libro contiene un espejo de la atormentada imaginación alucinada de Europa sobre Europa, el cual fue uno de los utilizados para mirar la América. Tanto allí como acá, los estragos fueron enormes sobre las poblaciones, bajo el estatuto de la demonología y su materialización en la Inquisición, de modo que cada conquistador se tomó en inquisidor infligiendo castigos y torturas, propias de ella, pero sin fórmula de juicio.

Se parte, en este libro, de que la obra de Dios es perfecta y solo él puede modificarla en su sustancia. El demonio es el que, por ofender a Dios, cambia la forma para engañar a los hombres, y atraerlos a su reino. El demonio, y los que a él se unen, no tienen poder para CREAR, cualidad exclusiva de Dios. Pero pueden ilusionar desde el exterior:

“...en lo que concierne al método de la transformación mágica se puede preguntar todavía lo siguiente: se encuentran los demonios en el interior de los cuerpos y las cabezas? Han de ser contemplados estos seres como poseídos? De qué manera pueden realizarse sin detrimento de las potencias y de las fuerzas internas que una imagen pueda pasar de una potencia interna a otra? Ha de ser llamada milagrosa esta operación o no? Frente a la primera cuestión se debe distinguir en la ilusión mágica, porque se dan varias ilusiones sobre los sentidos externos solos, y en ocasiones desde los sentidos internos hasta los externos. En el primer caso, la ilusión puede tener lugar sin que los demonios vengan a ocuparse de las potencias externas, sino que por la sola ilusión exterior, cuando el demonio quiere ocultar el cuerpo de alguno interponiendo otro cuerpo o por algún medio, cuando él mismo asume otros cuerpos y lo interpone ante la mirada. En segundo caso, por el contrario, es necesario que haya un principio, ocupación de la cabeza y las potencias y esto se prueba por autoridad y la razón. No se puede optar que dos espíritus creados pueden existir en un mismo y único lugar. Ahora bien, el alma se encuentra en cada una de las partes del cuerpo... el ángel se encuentra allí donde actúa... todos los ángeles (buenos o malos) por su virtud natural, que supera todo poder corporal, son capaces de realizar cambios en nuestros cuerpos... aunque en nuestra alma sea posible únicamente habitar a aquel que es nuestro creador, empero con la permisión de Dios, los demonios pueden introducirse en nuestro cuerpo.” (Sprenger y Kramer, 1975:273).

Lo cual permite al demonio, a partir de las imágenes de la memoria, construir falsas realidades ante los ojos o los sentidos.

“de la misma manera que mediante sus impresiones son alcanzados los órganos, las potencias internas son igualmente alcanzadas; como se ha dicho pueden retirar de las imágenes puestas en reserva una potencia ligada a un órgano, así de la memoria ligada a la parte posterior de la cabeza sacar la imagen de un caballo, mover esta imagen hasta el centro de la cabeza y estimular donde se encuentra la célula de la potencia imaginativa y finalmente hasta el sentido común cuya sede es la parte anterior de la cabeza, haciendo que la criatura afectada vea un caballo o se sienta un caballo” (Sprenger y Kramer 1975:274).

De ahí que todo aquello que les hiciera recordar la alquimia o astrología o cualquier cosa que enunciara transformaciones era clasificado como obra de las enseñanzas del diablo. Tal era el caso cuando se referían a los chamanes, a sus obras o a lo que se decía de ellos:

“pero de tantas, una me parece/ indigna de quedar en el tintero; /y es que afirmarse por induditable/ indios ladinos y de buen ingenio/ haber entre los grandes hechiceros! algunos de los cuales se covierten/ en leones y tigres cuando quieren,/ y hacen los efectos que los otros/ que suelen devorar carnes humanas” (Castellanos citado en Hernández, 1958).

En el nuevo mundo, desde muy temprano, los españoles identificaron a los chamanes, como aquellos herejes que mantenían este contacto con los demonios, similar al que en Europa las brujas tenían con el demonio. (Casas, /1552/1985) y hay que anotar que hacia 1583 había dominicos como misioneros en el Valle de Sibundoy. (Seijás, 1969:74). Un ejemplo de esta percepción lo provee Aguado.

“el más anciano y grave habla con el mohán lo que quiere tratar con el demonio o saber de él y los demás que allí están le dan a este anciano sus preguntas, el cual las da y dice todas al mohán, que está escondido y el mohán hace allí sus conjuros y ceremonias y da a entender a los circunstantes que habla con el Demonio, del cual comúnmente pretendían saber éstos bárbaros si será el año de muchas aguas, y si los cristianos o españoles están bien con ellos, y si se han de salir o ir de la tierra, o qué remedio tendrán para echarlos de ella, y las más de las veces les da el Demonio las respuestas de suerte que no las entienden, y estén dudosos en sus interpretaciones como él lo suele hacer” (Aguado, 1956:106).

Igualmente Simón, habla de un papel similar de los chamanes, entre los muzos, los natagaima, los pijaos, los indios al oriente de Anserma, entre los cuales se decía incluso que veían al Demonio como un cabrán, “al cual dejaban dos mozas doncellas del mejor parecer que para tener concúbito con ellas” (1957:56), tal y como ocurría en los aquelarres de la baja edad media (Caro, 1987).

El chamán, corno la bruja, hace pacto con el demonio para obtener poder, a cambio del cual entrega su alma. Sus instrumentos tienen poder en la medida en que el diablo esté presente en ellos -alucinógenos, cemíes, etc. Los alucinógenos involucrados, según los españoles, en el pacto con el demonio, jugaron un importante papel precisamente por sus efectos, en la construcción del chamán-demonio. Incluso los españoles llegaron a ser víctimas de la brugmansia sp. de la región del altiplano, como parte de la resistencia nativa. Cómo veían esta relación los españoles, nos lo describe Aguado:

“Están acostumbrados a tomar yopo y tabaco, y la primera es una semilla o pepita de un árbol, y el segundo es cierta hoja que guardan, ancha, larga y vellosa, y éstas fuman, a veces por la boca y otras veces por la nariz, hasta que se embriagan y quedan privados de su juicio, y así se adormecen mientras el diablo en sus sueños les muestra todas las vanidades y corrupciones que quiere que vean, y que ellos toman por verdaderas revelaciones y en las cuales creen aunque se les diga que morirán. Esta costumbre de tomar yopa y tabaco es general en el Reino Nuevo y, según entiendo, en buena parte de las Indias, y mucho más que cualquiera otra ocupación, porque es el instrumento y los medios de que se vale el diablo porque, como ya dije, con el humo que los indios sacan de estas cosas se embriagan y quedan privados dc sus facultades naturales, y de este modo el Malo les hace creer fácilmente en ídolos y seguir otras creencias falsas, según desea” (1956:599)

Percepción que nace del efecto de la belladona y el veleño, enteógenos utilizados por las brujas, para tener contacto con el demonio, o para realizar sus viajes sobre sus caballos (escobas) (Harner, 1972).

Lo que impacientaba y desesperaba a los religiosos era la poca firmeza de las conversiones, Los jefes y las poblaciones persistían en sus errores, de lo cual se queja también el Obispo Peña Montenegro en Quito, porque a pesar de 135 años de catequización, ésta no daba resultados (citado en Taussig, 1978:376). Los sacerdotes locales frecuentemente se encontraban con situaciones como la siguiente:

“aquella noche, a pesar de ser cristianos y de haber recibido el Santo Bautismo, convocaron al demonio y lo llamaron en sus ritos y ceremonias, y se le quejaron e que los españoles habían ido a convertirlos y que los sacerdotes los habían privado de yopo... y así toda la noche estuvieron el cacique y los indios que estaban con él tomando yopa hasta que vieron al diablo y le hablaron, tomando la yopa molida de una concha de caracol hecha de hueso de puma ... y así siguieron hasta el alba, el cacique había dejado las mujeres aparte, con mucha comida y bebida, y aquella noche no las dejaban unirse con sus maridos, diciendo que las hembras no podían entrar en la casa... (porque) el diablo iba a predecir todos los sucesos buenos y malos, las enfermedades o muertes que tendrían los indios, sus mujeres y sus hijos, según declarara el líquido inmundo que les manaba de las narices por las que tornaban la yopa, y que observaban en ciertos espejitos (Pedro Guillén de Arce, sacerdote local entre los Tuneho, 1643, citado en Reichel Dolmatoff, 1978:27)

Esta percepción de los chamanes, sumada al hecho que alrededor de ellos se generaron fuertes movimientos de resistencia en las tierras bajas llevó a que fueran perseguidos ampliamente, aunque, como se verá adelante, sólo se habían percibido parte de sus estrategias de resistencia por parte de los españoles.

 

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