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(CONTINUACIÓN CAPÍTULO INGA Y KAMSA)
ETNOCIENCIA CHAMANISMO
Cuando los chamanes del valle de Sibundoy se presentan ante extraños, se definen como sabios de ciencia natural. Esta afirmación es hoy ya una realidad atestiguada por etnólogos, biólogos, botánicos y médicos del mundo entero.
La perplejidad que han despertado los Sibundoy, por el conocimiento de las propiedades curativas, tóxicas, psicotrópicas y alimenticias de más de doscientos sesenta y dos plantas, amén de sus preparaciones, deja de ser asombroso tan pronto como el conocimiento botánico se enmarca en la esfera de la cultura, la cual hace comprensible este aserto. La habilidad cultural de los símbolos ha consistido en construír un modo de apropiación del mundo en el tiempo y lugar adecuado dentro del complejo de sociedades indígenas precolombinas y su prestigio, en haber podido mantenerlo, en lo fundamental hasta el presente.
Lo que aquí vamos a observar en detalle, es el funcionamiento de este complejo cultural dentro del marco de la perspectiva de las relaciones multiétnicas y cómo a partir de allí, podemos comprender los fundamentos de su filosofía, su cosmogonía, la botánica, la agricultura, como un modelo propio de visión y acción sobre el mundo. Los sistemas de clasificación de las plantas, la estructura del pensamiento filosófico, el dominio de los ciclos del mundo natural, el uso y función del yagé, la numerología, la concepción del cuerpo humano y el papel que éste juega en el cosmos y en la historia, forman una totalidad coherente que es vivida y pensada por los Sibundoy como tal.
EL CHAMÁN Y EL MUNDO
C
uando se le pregunta a un chamán Sibundoy en qué consiste conocer el mundo o cómo se conoce, la respuesta invariable es: a través del yagé. Pero no es la simple ingestión de este enteógeno lo que conduce a la experiencia trascendental de la aprehensión de la esencia del mundo; junto con ella existe un proceso de entrenamiento complejo y variado para poder manejar el contenido de la experiencia y descifrar el sentido de ella. Un curaca Sibundoy nos decía: el yagé es una fuerza que tiene poder, voluntad y conocimiento; con él podemos ir a las estrellas, entrar en las plantas, en las montañas, en el espíritu de las otras personas, conocer su deseo de hacer el bien o el mal, descifrar el futuro de nuestra vida o la de otros, ver las enfermedades u curarlas. Con él podemos ir hasta el cielo o el infierno.
El mundo de los Sibundoy entonces parte del dominio sobre las plantas y vuelve invariablemente a ellas, cualquiera que sea la esfera social en donde comencemos nuestra indagación sobre su cultura. Desde el nacimiento hasta la muerte, las plantas son las reveladoras del trasfondo filosófico, sus marcas y su camino. Las plantas humanizadas penetran el mundo para determinar el destino, para contrarrestarlo o, muchas veces, para permitir el paso del alma de un difunto al otro mundo y señalarle su ruta definitiva. En otro momento, para alejar influencias nefastas sobre los niños o para ponerse en contacto con el mundo esencial de la cultura.
Esta insistencia sobre el dominio y manipulación de las fuerzas vegetales encuentra su razón de ser en las actividades que sostienen la supervivencia de este grupo ante sí, para sí y para los otros. La sociedad Sibundoy se estructura sobre dos mecanismos que se retro-alimentan: por un lado, la producción agrícola y por el otro, el intercambio de valores y productos. Tanto Kamsá como Inga están inmersos en estos dos mecanismos y ellos por sí solos no pueden dar cuenta de la forma de adaptación y asimilación de la naturaleza, si a la vez no se les conecta con toda una red de sociedades que a su vez están engranadas en un complejo comercial e institucional, sirviendo como puente entre las culturas de tierras altas y las de tierras bajas.
Aquí es necesario insistir una vez más en la especialización económica: los Kamsá son fundamentalmente sedentarios y agricultores, los Ingano son comerciantes y distribuyen las cosechas y los bienes y valores culturales, que toman de aquí y de allá, en su largo trasegar por el país y fuera de él; los Kamsá, a su vez, asimilan y articulan los valores y productos que los Ingano recogen de otras culturas obrando como reproductores ampliados de la propia.
El dominio del chamanismo es un área privilegiada: en este universo anclan costumbres, creencias y ritos ancestrales de los indígenas de selva tropical húmeda. Sin duda los Inga han mantenido un importante papel en el mantenimiento y desarrollo de este dominio a través de sus alianzas con los grupos indígenas de las tierras bajas. Se puede subrayar que se mantuvo una jerarquía en la enseñanza y manejo ritual del chamanismo, estructura que se hace transparente hoy a través de la relación con los Siona.
Los Siona, grupo tukano occidental, son los maestros de los Inga y Kamsá; ellos se encargan de enseñarles el manejo del yagé, aunque los más ancianos chamanes Inga y Kamsá podrían hacerlo, se siguen las nociones establecidas en torno a los poderes chamánicos. También pueden actuar como mediadores los chamanes Inga de los grupos quechua - hablantes que se asentaron cerca a los grupos tukano occidentales de esta región amazónica. Es indudable que los Sibundoy consideran a los Siona como chamanes más poderosos y diestros, hecho que de suyo es así, con lo cual se respetan relaciones interétnicas que son vitales para el funcionamiento y enlace de redes y complejos culturales, los cuales en su totalidad permiten el funcionamiento de las partes.
Hacerse chamán Inga o Kamsá es un ejercicio inacabable, que conduce siempre a expectativas fantásticas y a posibilidades infinitas. Pero, también es un ejercicio que exige las más duras privaciones y la construcción de estrategias siempre nuevas para poder vivir en medios ecológicos desconocidos, con gentes que hablan otras lenguas, y que tienen otras normas y costumbres y de las cuales ni siquiera se sospecha cuáles son sus poderes y qué pueden querer de uno.
Pero lo más importante del aprendizaje es la capacidad de articular los múltiples y diferentes conocimientos adquiridos, de saberlos contextualizar, de producir series rituales intelegibles para los participantes de turno y distinguir frente a estos saberes y estas puestas en marcha del poder, su propia identidad como individuo y como chamán de un grupo.
Hay, en esta indivualidad del saber y del poder, intentos de formalización al punto que un chamán Ingano, don Sebastián, refiere:
Para aprender a conocer el mundo de las plantas y del poder hay que gastarse toda la vida. Eso no es fácil, hay que pasar por tres etapas: paciencia, conciencia y ciencia. Lo primero es aguantar por muchísimo tiempo la ocasión de iniciarse. Hay que pasar por tratos muy duros. Los taitas que enseñan lo dejan a uno días y a veces semanas durmiendo a la intemperie en ajeno. Lo dejan a uno soportar tormentas de lluvia y rayos por mucho tiempo. Lo hacen ir a lugares casi inaccesibles, caminar jornadas interminables, desvelarse noches y noches sin tomar yagé, todo para saber cuánta fuerza de voluntad y deseo de aprender tiene uno. Si uno se muestra débil o se le quiebra la voluntad, nunca empieza el verdadero camino. Y eso que es lo más fácil. Después, para tener conciencia, hay que tomar mucho y distintas clases de yagé. Eso es pa´guapos. Uno ve cosas horribles y dura horas viéndolas y esas pintas (1) se dan cada rato. El mundo tiene lo malo. Hay que luchar con todas las fuerzas de lo malo. Lo hacen vomitar, llorar, desesperarse y es uno sólo el que tiene que mostrar coraje, porque si no, es a uno al que le sale, el taita ayuda a calmarlo, pero eso lo debilita a uno ante él. Hay que aprender viviendo, sintiendo, hasta la misma muerte de uno. Cuando uno ha visto lo malo y sentido las pintas más linditas y puede tener toda esa calma y saber, empieza la ciencia.
Esto no termina nunca. Hay que conocer y conocer por las pintas todas las cosas, tomar poder para curar, para defenderse, para evitar desgracias, para conocer el futuro, volver a unir la gente que ya no se quiere, asegurando a tanta gente las cosechas, la cacería, la suerte. ¡Tantas planticas que hay para todas esas cosas! Sembrarlas, cuidarlas con esmero como si fueran hijos de uno, pa`que crezcan y se vuelvan convenientes. Hoy, con tanta maldad que hay en el mundo, con lo violenta que se ha vuelto la gente, cada vez viene más gente enferma por la envidia de otras que le hacen capacho y muchas hechicerías. Gente de Tumaco, de Pasto, de Cali, de Bogotá, de la costa, hasta extranjeros. Si no fuera por el yagé, por el poder tan grande que tiene, como indios con las patas peladas ya nos habrían acabado. Pero nos necesitan, saben de nuestro poder. Cómo será éste, que yo he viajado en la chuma a Nueva York, donde está la gente más poderosa, pero también la más mezquina; en lugar de repartir, quieren más y más. Cómo serán de ricos, que yo veía en las pintas que los edificios son de oro, los cubiertos, los tenedores, hasta les ponen oro en los dientes a los perros. Todo ese conocimiento de la gente que hay en el mundo, de cómo son, de los sentimientos de lo bueno y lo malo, de las envidias y los hechiceros, de las plantas medicinales y de las planticas sabias, eso, entre más yagé toma uno, se da cuenta que nunca se acaba. Pero sí se sabe más, uno se va de aquí incompleto en la ciencia, pero se puede ir completo con los sentimientos. Siendo honrado, sincero, amado de verdad, sintiendo horror y miedo. Cumpliendo el destino de uno, sin esconder ningún afecto. Todo eso se aprende con yagé. (Pinzón, 1988:38-40).
Deviniendo hombre yagé
El
aprendizaje chamánico se inicia muy temprano. Don Manuel, un chamán del valle
de Sibundoy, cuyo conocimiento proviene también de una multitud de viajes, como los Ingano, decía: Hay dos maneras de volverse un yagecero. La primera es por la sangre, cuando uno tiene la sangre india se facilita, pues uno alcanza poderes que vienen de la gente de antigua. La otra, es para cualquier persona que tenga el deseo y el buen corazón de aprender, aunque también hay gente con mal corazón que aprende para la hechicería. Pero esta gente que no es de la sangre, nunca puede aprender lo de un indígena. Uno les enseña, lo hace de buena fé, sabe que puede costar mucho trabajo. Pero también sabe que se pueden torcer fácilmente, cuando comienzan a recibir la platica, entonces se vuelven ambiciosos y engañan a la gente. Empiezan a leer libros de magia negra, y entonces hacen pactos con el demonio. Eso ya no es un saber natural. Lo de nosotros es ciencia natural, nosotros no aprendemos nada en libros. Yo vengo de una familia donde casi todos hemos sido taitas, pero fíjese que a mí no me enseñó mi papá. A mí me enseñó mi abuelo, Angel el flautero. Pero mi papá ya me había marcado el destino. Cuando yo nací lo primero que me dieron fue tres gotas de yagé. A la gente le decimos que es por el Espíritu Santo, por el Padre y por el Hijo, pero en realidad es por el yagé de sol, luego por el de la luna y al final por el del tigre. Así la sangre entonces comienza a pintarse.
Uno ya viene preparado para ser sensible a la música, a la belleza, porque el conocimiento de nosotros es curar por la belleza. Ud. ve por ahí en la calle la gente ordinaria, esa gente cree que una piedra es una piedra, el agua, el agua, y un árbol, un árbol. Pero la realidad es diferente. Todas las cosas tienen pintas, y hay que saber entrar en cada una. Cuando mi abuelo empezó a enseñarme, me dijo que lo primero que había que aprender es a ser un buen flautero. Hay que aprender a cantar, a tocar música. El taita que no sabe cantar, o tocar música, no es un verdadero taita. Pero la música no es para oírla como hacen Uds. en la radio o en la grabadora. Ella es fuerza, ella se esconde en todas las cosas que hay en el mundo. Todas las cosas tienen música y color, cada una distinta. Eso lo supe cuando tomé por primera vez yagé con mi abuelo. Era un yagé especial, que se prepara con los bejucos del yagé del sol, la charupanga, y se le echan flores de andaquí. Eso es para poder viajar por la sangre de uno, porque es cuando el yagé entra en la sangre que uno comienza el viaje. Es como si uno recorriera todo lo que ha pasado en la gente de antigua, todas las hermosas cosas que se han podido recoger en esa sangre. Entonces, lo que yo ví fue la gente del sol. Eran hombres pequeñitos dorados como el oro, con coronas de plumas de aves, con hermosos collares de miles de brillantes colores. Pero no como los colores del día o de las películas. Son los verdaderos colores naturales los que están por dentro de todas las cosas. Los hombrecitos traían flautas y tambores como en un carnaval que celebramos nosotros. Cada hombrecito tocaba una melodía distinta pero todas las melodías estaban acompañadas, no era un ruido, y cuando llegaban a la tierra, cada hombrecito se metía en cada objeto, en las piedras, en los animales, en todas las planticas que tengo sembradas en el jardín. Algunos hombres tocaban más fuerte y más hermoso que otros. Ellos entraron en los bejucos del yagé y otros volaron hacia las estrellas, hacia el sol, la luna, y el cielo se pintaba de colores, y sonaba una bella música que cambiaba y cambiaba, iba de pinta en pinta. Yo sentía que mi cuerpo era un instrumento de música, de él salía toda la claridad del mundo, y yo cantaba y cantaba y a medida que cantaba, los ríos, las piedras, las flores, la tierra se pintaban de colores y se volvían música. Yo me sentía feliz, cada vez más feliz, mi abuelo me tarareaba al oído y como cantando me preguntaba si estaba viendo cosas lindas, yo le decía que sí y él se puso a cantar conmigo y así duramos como tres horas pintando todo lo que por allí pasaba. Eran cosas muy linditas, no se puede imaginar.
Al otro día, mi abuelo me dijo que esa era la ciencia natural, y que sentirse feliz de ver la belleza del mundo y de poder crearla con el canto de uno, con el soplo de uno, esa es la fuerza de curar. Hay que curar por la felicidad, por la belleza, y ese es el bien. Por eso yo respeto tanto las planticas que tengo en el jardín, porque ellas me enseñaron a cantar y a curar. Pero recoger esas plantas ha sido lo mas difícil de mi vida. Uno las ve ahí, y las pisa, pero no sabe todas las cosas que ellas pueden hacer: parar el tiempo, devolverlo, quitar el dolor, alejar la brujería. Es que sólo con la felicidad se puede luchar contra el mal.
Varias veces le preguntamos a don Manuel cómo establecía las diferencias entre los distintos tipos de yagé, y otras tantas daba respuestas evasivas o respondía dentro de la lógica con que se le preguntaba. Por ejemplo, se le preguntaba si el yagé que hacía ver oro era porque la preparación daba un color amarillo porque el bejuco tenía ese color, o si era porque se trataba de una preparación especial que influía en las visiones. Él miró la botella que estaba sobre la mesa de consulta, y cuyo contenido, efectivamente, era de color amarillo. Se rió y dijo:
Ah! Caramba con estas preguntas! Sí, sí, se ve oro porque es amarillo. Se sonrió y añadió que el curi huasca no era solamente para ver pintas de oro sino más bien porque propiciaba tener suerte para conseguir el dinero y no malgastarlo. No era que uno se fuera a volver millonario sino que la conciencia del yagé podía penetrar en el tiempo y ver en el futuro. Así la persona lograba ver si iba a obtener ganancias con el dinero, y si no estaba obteniendo ganancias, para ver si esto se debía a problemas de envidia o brujería, o a la forma errónea como la gente administraba el dinero.
Parecía un poco contradictoria la explicación. Si se podía mirar al futuro con el yagé, éste estaba predestinado y qué sentido tenía entonces hacer modificaciones en la vida de la persona, si el destino lo iba a llevar allí. El fue muy claro al contestar: No es así, hay cosas en el futuro que no se pueden cambiar aunque se conozcan, pero hay otras que sí se pueden cambiar. Cuando uno viaja en el tiempo en el yagé, sobre todo al futuro, o lleva al espíritu de otra persona a que viaje en el tiempo, lo que uno examina es lo que esa persona ha pintado en su vida, y ella misma ve cómo será si continúa así. La conciencia del tiempo no es como la conciencia del tiempo en el reloj. Es una conciencia de para dónde va uno en el tiempo. Y esa conciencia es también sentimental, sensible, porque uno ve y siente quién es uno en el tiempo. Si uno es ambicioso, perezoso, dejado, incluso si espera uno obtenerlo todo de una, así, sin hacer nada. Estas cosas se pueden cambiar. Hay otras cosas que no se pueden cambiar, como la hora de la muerte. Cuando nosotros vemos en yagé a una persona que está grave, podemos ver la pintas de que a esa persona le llegó la hora de morir. Nosotros no luchamos contra eso, ni creamos falsas esperanzas en la familia. Simplemente les decimos: A este cristiano le llegó la hora de morir. Lo acompañamos a morir, dándole consejos de cómo enfrentar la muerte y lo hermoso que eso puede ser. Invitamos a la familia a que ayude, para que no lo asusten, para que no lo angustien.
El tiempo del reloj es distinto al tiempo de las pintas. En el tiempo de las pintas, uno puede viajar más allá de su propia vida y hablar con taitas que ya murieron porque cuando el espíritu de uno sale, al tomar yagé, uno entra por otros caminos, que no son caminos de tierra, son caminos de pintas. A veces, las cosas le llegan a uno por esos caminos, las situaciones, las personas. Otras veces uno va por esos caminos. Hay caminos que ya están hechos y que nos unen a todos los que somos indios. Son los caminos de la vida. Uno está unido a ellos por la sangre. Uno cuando sueña transita por estos caminos y estamos reunidos con personas que ya murieron o que están muy lejos, que nos dan mensaje o que nos anuncian cosas de las que van a pasar. Eso es el tiempo de los indios.
Nada de lo que uno sueña es vano, todo tiene un significado. Si una persona se va a morir uno lo puede ver en los sueños, puede saberlo. Si una persona se va a ofender con uno, uno también puede saberlo. Iguales cosas pasan con el yagé, sólo que es más fuerte. Puede ver el corazón de las personas, su pasado, su presente y su futuro. El yagecero es alguien que ha aprendido a ver las pintas despierto y a controlarlas. Hay indígenas que se asombran de las cosas que les pasan. Pero es que ya se les olvidó leer las señales de los sueños. Esas señales también están en las cosas afuera, pero sólo en ciertas cosas de poder. Los cantos de ciertos pájaros anuncian visitas o desgracias. El indio está atado a la sangre de sus ancestros y esa fuerza es la conciencia del tiempo. Lo que uno puede ver en los pensamientos, en los sueños, son esos lazos de sangre.
Por eso cuando uno se inicia en el yagé, lo que uno recorre son esos caminos. Otros, hay que inventarlos. A veces, es doloroso, pero cuando uno ya los inventa no quedan solamente en uno sino también en la sangre de los ancestros. Por ejemplo, antes teníamos caminos que nos permitían conectarnos con los animales y volvernos taita-tigre, taita-colibrí, taita-danta. Pero desde que nos bautizaron como cristianos, la sal del bautizo nos quitó esos poderes, porque así como Ud. ve que le echan sal a la carne para que se seque, así los caminos de la sangre que va a esos taitas-animales se secaron. Ahora solo podemos usar la fuerza espiritual del tigre, de la danta. Pero es que antes nosotros podíamos convertirnos en animales. Eso era parte del secreto del yagé.
Años más tarde se le preguntó en otra ocasión sobre las clasificaciones del yagé. El ya había nombrado varios tipos de yagé. Al pedirle que repitiera la lista de los que él se sabía, dijo: Yo conozco algunos, no a todos, conozco el inti-huasca que es el yagé el sol; el cuya-huasca, el yagé de la luna; el quinde-huasca el yagé del colibrí; está también el danta-huasca, que es el yagé de la danta; conozco el culebra-huasca, el yagé de culebra, el amaron-huasca del dragón; el curi-huasca, el yagé del oro; está el huaira-huasca, yage del aire; está el sacha-huasca, que es el yagé silvestre; está el ámbar que es el yagé transparente; conozco el cielo-huasca, el yagé con el que uno sube al cielo, también el cuco-huasca, que es con el que se ve todos los demonios y los monstruos y está el ánima-huasca, con el que uno puede ir al purgatorio.
Le preguntamos entonces:
¿Cómo se diferencian? Se rió y dijo: Por las pintas! Respondimos: O sea que no se puede antes de tomarlo saber qué yagé se va a consumir? Respondió: Sí, solamente si es el yagé remedio, el que sirve para purgar solamente. Ese no tiene pinta, no trae visiones. O en el yagé para iniciación como en el andaquí, porque a éstos uno les agrega borracheros igual que con el de la luna y el sol. Pero aún así es muy difícil saber las pintas de cada persona. Eso es de cada uno. Yo he tomado cantidades y cantidades de yagé, las pintas y las visiones nunca se acaban. Eso depende por qué camino coja uno en la chuma y después el taita le dice a uno, ese fue tal yagé. Hay otros yagé que no necesitan que le digan a uno cuál es, si uno va al cielo uno sabe cuál es. ¿Y se preparan distinto? Algunos taitas les agregan otras plantas a los yagés más fuertes que manejan. Pero lo más importante es entender que en el taita que ya se ha pintado la sangre, al soplar el yagé con su fuerza, lo transforma en yagé que va uno a vivir, que va uno a sentir.
Hay taitas que ya con mucha experiencia llegan a producir visiones en los otros. Pero no todo el viaje, sino para asustarlos, para que lo vean como tigre o culebra, para que sientan su poder. Pero yo no lo sé hacer. A mí me llegan las pintas. Ese es el misterio del yagé. Él viene y le da a uno lo que él quiere. A veces, cuando estoy con los pacientes, me doy cuenta que el propósito que cada uno trae puede hacer conveniente al espíritu del yagé y en algunas pintas uno podía ver quién les hizo la brujería, cómo, o por qué están sufriendo calamidades o por qué tienen mala suerte o por qué los dejó su mujer o por qué no los quiere la gente. Y luego pasar a ver tigres y serpientes, o incluso a sentirse morir.
Uno, como aprendiz, está expuesto a todo al comienzo y va recorriendo todos los caminos y las distintas pintas. Lo que sucede es que cada clase de yagé lo va llevando a adquirir poderes especiales. El tigre le enseña a uno a buscar rastros o a rastrear la brujería y está uno protegido por él cuando está viendo ese yagé. El tigre no deja que le pase a uno nada, él pelea con las fuerzas de otros taitas.
El quinde-huasca, para los de sangre india, los lleva a conocer las pintas de las plantas y las flores, uno habla con las pintas de las plantas porque esas pintas son gente y esa gente le revela a uno en la chuma (2) , secretos para curar. La gente del quinde se ve como gente con caras de pájaros y colores muy vivos y de pronto uno se puede sentir que vuela porque la gente del quinde le canta, le habla, con sonidos hermosos. O pueden ver las pintas de las flores que tienen distintas formas que están en movimiento. O le permite a uno, si está en una pinta peligrosa, salir muy rápido de allí, a la velocidad del colibrí. Cuando le pinta a uno la sangre, uno se vuelve muy rápido para observar a las otras personas y le afina el ojo para descubrir nuevas plantas. Pero cuando está ligado al borrachero hace otras cosas, como con el quinde-borrachero.
Con el culebra-huasca se ven cosas horrorosas, igual que con el cuco-huasca que se puede ir al infierno. Esto le prueba a uno la fortaleza y la astucia. Ese yagé es para vencer el miedo, para derrotarlo. Eso lo utilizan mucho los capacheros, los brujos. Eso yo no lo sé preparar, ni sé acomodarlo, ni siquiera sé cómo lo preparan. Con él se puede enloquecer a una persona.
Los yagés lo llevan a mostrarle todas las emociones, todos los sentimientos de los humanos. El yagé mismo tiene sentimientos, las plantas todas tienen sentimientos. Entonces esos caminos son de sangre, son caminos de sentimientos, caminos de crueldad, en donde uno sufre mucho en el viaje de las pintas.
Uno puede llorar, sufrir de espanto, sentirse Como un niño desprotegido o ver monstruos o simplemente atolondrarse o no ver nada. Y uno le echa la culpa al yagé o al taita. Es que en uno están esos sentimientos. Pero todos los sentimientos tienen sus contras. El yage simplemente a los caminos de la vida. A lo que hay en la vida. Desde lo más horrible hasta lo más hermoso. Y ahí es donde entra la voluntad. Uno puede volverse muy malo con el poder del yagé o aprender a curar. Para eso está lo hermoso también.
Hay Cosas que no se pueden contar pero que forman parte de uno, están en el soplo, en el canto. En el Soplo uno tiene la fuerza para acomodar o para sembrar. El aliento de uno es toda la fuerza Concentrada del yagé. En el aliento, cuando uno sopla, hay cosas invisibles pero secretas. Lo mismo que si Ud. chupa, uno puede sacar malas pintas de la gente. Si alguien está llevado por una mala chuma, uno primero lo chupa en la coronilla y la persona deja de ver las Cosas horribles que está viendo y después puede soplarle y hacerle ver cosas muy lindas.
Eso cualquiera no lo entiende, ¿cómo así que con chupar y soplar Ud. cura? No se puede ver, no se puede captar como un silbido. Sólo la persona que lo está haciendo, ve lo que hace. Es la fuerza de todos los antepasados en el soplo. Es la fuerza de todos los animales, las plantas y de sus sentimientos. El conocimiento es belleza
y eso lo que uno
pone a la gente. Pero ellos tienen que hacer su propio trabajo porque si no se quedan en solo las visiones de la noche en que estuvieron tomando yagé con uno. Uno le puede enseñar a la gente a ver, en yagé, a los otros y a verse a uno. Cuando uno es capaz de verse hacer la belleza, ya no piensa en nada malo, ya no piensa en destruir, ya no siente envidia.
Pero si ha sufrido antes, porque todos pasamos por el culebra-huasca, esos son los malos sentimientos, la envidia, la crueldad que también tiene poder. Y uno baja al infierno y se siente en el infierno. Y siente la desesperación y el dolor de estar allí y comprende mejor cuando alguien se siente así. Porque nosotros somos como las plantas. Hay gente que crece como rastrojo y daña la siembra. Pero hay otras plantas que por dentro y por fuera son hermosos. Y uno puede sentir esa belleza y crearla en su propio jardín.
El yagé es para eso, para ir avanzando, avanzando y avanzando en ver las cosas bellas, en ver las pinticas lindas. Y así uno mejora la suerte de las personas, cuando les da esa sensibilidad, cuando les muestra que el mundo es bello, que ellos también son hermosos. Entonces se puede llorar de felicidad. Y esa es la mejor medicina. Uno se podía volver planta o animal porque el secreto de cada uno de ellos estaba en que uno los sintiera y viera su pinta, y eso le dejaba conocimiento, enseñanzas distintas. Yo siempre les digo a los pacientes que se recojan, que hagan silencio cuando tomen el yagé, que crean en lo que les voy a dar, que no es mío, que es del yagé, que deben esperar lo mejor. El yagé sólo les muestra su vida, su camino y a cada quien se lo muestra de maneras distintas, cada quien lo entiende como vive su vida. Por eso nosotros le damos yagé a cualquier persona, negro, blanco o indio, o protestante o católico, o sin religión. El yagé sólo les muestra lo que les pasa, les abre el camino, la gente sabe que el indio les puede mostrar eso, que no necesita naipes, ni talismanes, ni magia de libros. Ellos van a ver y a sentir. Y saben que no hay engaño. La gente ve un mundo que nunca ha visto, tan fuerte, tan intenso. Saben que eso es lo que llevan adentro, y saben que eso es na tural, que son las plantas, y aprenden a respetar al mundo y a valorar la felicidad, así no tengan ni un centavo, así tengan que volver a comenzar todo en la vida.
El yagé es gente que está en las plantas y esa gente es como fueron las tribus antes. Ellos dejaron sus sentimientos en la sangre. Los Coreguaje, son taitas muy poderosos, porque han podido seguir la vida que llevaban antes. Y no destrozan las plantas, ni cazan los animales cuando no se necesita. Por eso ellos tienen tantas clases de yagé, porque avanzan en el conocimiento. Nosotros estamos más atados y tenemos menos clases de yage, conocemos mucho menos y los blancos no conocen nada, y se burlan del yagé y de los indios. Sólo cuando tienen un peligro grave vienen, o uno va donde ellos, vienen desconfiados y no creen y al otro día sí dicen, gracias, taita, gracias, Ud. muestra cosas muy lindas.
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1 Elaboraciones visuales desencadenadas por el consumo del yagé y construidas e interpretadas dentro del mundo simbólico Inga o Kamsá. Como una película los describen algunos informantes. (regresar 1)
2 Chuma se relaciona con el concepto de pinta, es el proceso en el cual ocurren las pintas.
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