Diez años de descentralización. Resultados y Perspectivas.
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LA DESCENTRALIZACION DE LAS OBRAS PUBLICAS:

La panacea de la cofinanciación

Héctor-León Moncayo

* Director Ejecutivo del Instituto Latinoamericano de Servicios Legales Alternativos -ILSA-. Asesor Fundación Friedrich Ebert de Colombia -FESCOL

** Este ensayo fue preparado a principios de 1994, por lo tanto cuando se refiere al "gobierno actual" se trata del presidido por César Gaviria.

INTRODUCCION

El objeto del presente trabajo es analizar en qué medida, con qué criterios y en qué sentido ha venido avanzando el proceso de descentralización en el sector de Obras Públicas y Transporte. Esta denominación -Obras Públicas y Transporte- quizás no resulte del todo apropiada pues, como se verá más adelante, precisamente las reformas recientes reducen el sector al "transporte y la construcción de su infraestructura", eliminando otros componentes de lo que tradicionalmente se conocía como "obras públicas". La descentralización sectorial es sin duda un aspecto fundamental en el análisis global del proceso de descentralización en Colombia en el período posconstitución. Con la expedición de la ley sobre distribución de competencias y recursos (Ley 60 de 1993), que toca con el situado fiscal de salud y educación y con la participación de los municipios en los ingresos corrientes de la nación, puede decirse que concluye el proceso en lo que se refiere al llamado sector social. Se incorpora claramente a los departamentos (también los distritos) dentro del esquema global de la descentralización colombiana, asimilando los campos de la salud y la educación que anteriormente se consideraban dentro de la problemática sectorial y como tales habían sido objeto de leyes específicas, predominantemente de desconcentración.

Con esta misma ley, la municipalización -origen de toda la descentralización- asume claramente un énfasis "social", calificando de esta manera lo que en un principio aparecía como descentralización del gasto público en general. Como se recordará, tanto en la ley 12 del 86, como en la 77 del 87 se abría un abanico bastante amplio de posibles destinaciones de la participación de los municipios, con la única condición de privilegiar la "inversión" . Ahora la propia ley, si bien enuncia 16 áreas de inversión, establece como prioridad obligatoria, una vez más educación (30%), salud (25%), agua potable (20%), recreación y deporte (5%) quedando de libre asignación tan sólo un 20%. Además, se atribuye explícitamente a los municipios la responsabilidad de otorgar subsidios a la oferta y a la demanda, en educación y salud, y a la demanda en vivienda, servicios públicos domiciliarios, en el agro y en general a la población "vulnerable", dado que allí se establece también una prioridad en el gasto hacia educación y salud.

Así pues, solamente permanece, del enfoque inicial de la descentralización, la prioridad asignada en agua potable y saneamiento básico (que también puede considerarse social). Visto detenidamente, el cambio es radical; desde un enfoque de inversión en servicios públicos, a uno de gasto social interpretado como salud y educación, redefiniendo las nociones de inversión y funcionamiento. Aunque se admite como destinación posible del remanente de los recursos transferidos casi todas las inversiones previstas en las disposiciones originales de la descentralización, lo cierto es que la lógica del nuevo esquema, así como la limitación de los recursos transferidos (aunque se hayan aumentado ), obligan a plantear otras fórmulas, centralizadas, desconcentradas, o descentralizadas, para atender el amplio campo que queda descubierto.

Dicho de otra manera: El hecho de que lo fundamental del esquema de transferencias intergubernamentales haya quedado orientado hacia el sector social -entendido en esta acepción restringida- hace más importante consagrarse ahora al análisis de los otros sectores, que si bien se suelen interpretar en relación con el "desarrollo", no son menos importantes, en nuestra opinión, desde el punto de vista de lo social. En ellos la problemática de la descentralización tiene que ver ahora con los esquemas de cofinanciación-privatización y no con los de transferencias. Uno de estos sectores es precisamente el de obras públicas y transporte.

LA DESCENTRALIZACION SECTORIAL

Antecedentes

En el período preconstitución, el tema sectorial había sido tratado principalmente en términos de desconcentración de las entidades nacionales que efectuaban inversiones regionales y locales. Poco más o menos en el sentido de los primeros esfuerzos en educación y salud. Solamente en el caso de los municipios y de ciertas competencias que les habían sido atribuidas, por ejemplo en materia de caminos vecinales, se venía intentando definir un esquema de cofinanciación. Esto era evidente en la política señalada para el Fondo de Caminos Vecinales, y también para el DRI, en buena parte inspirados en el PNR de la época Barco.

Cabe recordar que en un principio los departamentos no aparecían como destinatarios del proceso descentralizador. Sin embargo, la discusión sobre la distribución por regiones del presupuesto nacional venía de tiempo atrás. Como se sabe, esta repartición era -y todavía es- un proceso de negociación política entre el ejecutivo y las élites regionales, mediada más por las organizaciones partidistas que por el Congreso mismo. En la distribución regional habría que incluir hasta los proyectos de interés nacional, como carreteras troncales, grandes hidroeléctricas, montaje de refinerías de petróleo, etc., que en el juego político electoral tienden a convertirse en banderas de "redención regional".

Aparte de otras consideraciones sobre el papel del Estado y las posibilidades de corrupción, este mecanismo revelaba dos dificultades principales:

1) La inexistencia dentro de la planeación, la presupuestación y la ejecución del gasto público, de una real articulación entre lo sectorial y lo territorial. En otras palabras, la prevalencia de un gran margen de arbitrariedad en la asignación de los recursos.

2) La existencia de un crónico desajuste entre presupuestación y ejecución que conlleva falta de transparencia en los procesos de inversión pública (imposibilidad de seguimiento) y proliferación de obras inconclusas (imposibilidad de evaluación de resultados).

Los efectos de esta irracionalidad estructural sobre el equilibrio fiscal son evidentes.

Las propuestas de desconcentración

Preocupados de esta irracionalidad y sólo adicionalmente de la descentralización o el desarrollo territorial, los dos gobiernos anteriores propusieron diversas alternativas de reorganización. Se trató de habilitar a los departamentos para hacer el seguimiento de las inversiones nacionales en su jurisdicción, asignándole un papel de cierta importancia a las corporaciones regionales de desarrollo. Complementariamente se intentó utilizar los Consejos Regionales de Planificación CORPES para viabilizar la participación de las entidades territoriales en la conformación del presupuesto Nacional.

Finalmente, con la expedición de la Ley 38, nuevo estatuto presupuestal, se introdujo la figura del "delegado presupuestal" dando énfasis en este caso a la cofinanciación o coinversión, que como su nombre lo indica significa participación del presupuesto nacional en obras que cuentan con aportes de las entidades territoriales, en especial los departamentos. En alguna medida se obligaba a las oficinas seccionales de los ministerios o institutos descentralizados a coordinar con las autoridades departamentales.

Los resultados no fueron halagadores. Las anteriores propuestas se basaban más que todo en la apertura de espacios de coordinación, no en mecanismos de real participación territorial, y tenían como objetivo incrementar la capacidad de control sobre el gasto público por parte del ejecutivo.

En síntesis, aparte de la descentralización sectorial que estaba implícita en la atribución de competencias a los municipios -cuyo paradigma estaba en el desmonte de INSFOPAL por lo que se refiere al sector de agua potable-, de la obligación de cofinanciar con los municipios para Fondos como el de Caminos Vecinales y del DRI, y de los procesos de reorganización en salud y educación, ahora concluídos, los sectores restantes han permanecido en relativa indefinición. Para ellos se había mantenido el esquema de descentralización funcional o sectorial de las reformas de 1968. Es cierto que, por ejemplo en obras públicas y transporte, tanto los municipios como los departamentos podían adelantar inversiones con sus recursos propios, pero se conservaba el implícito de que las obras más importantes deberían hacerse con cargo al presupuesto nacional y a través de las oficinas seccionales de las entidades respectivas. Es más, a pesar de las variantes introducidas por el mecanismo de cofinanciación, se admitía que programas como el DRI seguían siendo programas especiales orientados desde el centro para inducir transformaciones y crear condiciones de desarrollo económico y social, en el entendido de que las regiones destinatarias no estaban en capacidad de hacerlo bajo su propia espontaneidad y con sus propios recursos. Así, la infraestructura institucional de las entidades territoriales, especialmente en cuanto capacidad técnica y de gestión, se conservó en un bajo nivel (con pocas excepciones), dependiente de la iniciativa y acción de las instituciones nacionales. Vale anotar, eso sí, que en algunas de éstas la capacidad técnica y aún de gestión, ha sido incontrovertible, por ejemplo en Caminos Vecinales. Esto último permite anticipar una observación sobre las propuestas descentralizadoras actuales: Lo que ya era cierto, en agua potable y otros servicios de carácter municipal, es decir el escaso desarrollo institucional, lo es aún más en sectores como obras públicas y, transporte, por lo menos en lo que se refiere a los municipios, o su gran mayoría; con el agravante de que estas capacidades institucionales técnicas tampoco se pueden encontrar a nivel local en el ámbito privado. Reducir la cuestión aun problema de cofinanciación es perder de vista el conjunto de las funciones que han venido prestando ciertas instituciones.

EL SECTOR DEL TRANSPORTE

Redefinición del transporte

El eje de las transformaciones actuales ha sido la conversión del Ministerio de Obras Públicas y Transporte en un Ministerio de Transporte. Una transformación hasta cierto punto formal porque en la realidad las obras que no son de infraestructura de transporte han sido desde siempre adelantadas bajo la iniciativa de otras entidades, por ejemplo hidroeléctricas, torres y equipos de transmisión eléctrica, infraestructura de telecomunicaciones, proyectos de adecuación de tierras, edificios públicos, instalaciones deportivas, etc. sin contar acueductos y alcantarillados y otras "municipales". Entre lo que se abandona realmente con la reducción al "transporte", quizás sólo podríamos mencionar monumentos públicos y parques nacionales. Sin duda el cambio de nombre tiene más que todo un efecto simbólico -o subliminal- y es el de sugerir desde ya que la construcción de infraestructura (incluyendo la de transporte) nunca más se hará directamente por parte del Estado y que esta entidad sectorial (el ministerio), como otras, solamente se ocupará de fijar políticas y de la regulación. Esta observación sería innecesaria sino fuera porque revela una intención fundamental de la actual política. En los decretos y los proyectos de ley tal declaración de principios aparece una y otra vez, obsesivamente. El transporte, desde luego, es de por sí un ámbito bastante amplio y complejo. En términos sencillos podría definirse como el traslado de personas, animales o cosas de un punto a otro del espacio geográfico, utilizando cualquiera de los medios que la naturaleza y la técnica han puesto al alcance del hombre. No sólo forma parte del bienestar de la sociedad y de las posibilidades de ejercicio de la libertad, sino que en sentido económico ocupa un lugar privilegiado en la extensión del mercado, en la formación de los costos y por tanto en las condiciones de la acumulación de capital. Por definición es un asunto público, independientemente de que a la vez sea una esfera de inversión privada y de valorización del capital.

En principio hay, pues, que diferenciar entre transporte de carga y de pasajeros. Luego, diferenciar según el modo: carreteras, ferrocarril, fluvial, marítimo, aéreo, por ductos. Finalmente entre la infraestructura (vías en sentido amplio), los vehículos (también en sentido amplio) y la actividad transportadora propiamente dicha.

La política pública tiene entonces que ver con la infraestructura, la industria del transporte y la regulación de la operación misma (tránsito en sentido amplio). El objetivo general de esta política será entonces asegurar, para el sector, disponibilidad, acceso, economía, eficiencia, y eficacia, expresada esta última seguramente en velocidad, confiabilidad, y seguridad.

Ahora bien, como parte de una política de desarrollo, siempre se ha considerado como un instrumento privilegiado para mejorar las condiciones de la acumulación de capital. No debe extrañar, por lo tanto, que en Colombia como en casi todos los países haya sido objeto de la intervención directa del Estado y parte importante del gasto público, sobre todo cuando se considera que es una forma de remover los que se llamaban "obstáculos al desarrollo". Caso típico en el cual la inversión pública tenía que garantizar, por ejemplo, la construcción de la infraestructura, ante la ausencia de un sustituto por la vía del mercado que sólo podía venir en una etapa de crecimiento autosostenido. En Colombia fue un imperativo claro de la economía exportadora por lo que se refiere al río Magdalena o a la red ferroviaria, y, luego, de la integración nacional, en un país como éste de compleja orografía. Hasta hace poco era una opción programática indiscutible pese a que sus resultados no fueran satisfactorios; es esta opción precisamente la que se abandona con las propuestas actuales; no se trata por lo tanto de una simple reforma institucional o de una reestructuración del gasto público; la política de desarrollo cede su lugar, si acaso, a una simple política pública.

Situación actual del transporte en Colombia

No es posible aquí, ni necesario, presentar una historia del transporte en Colombia ni intentar su evaluación. Bástenos mencionar el panorama al que se ha llegado, como resultante, principalmente, de una actitud pasiva ante las fuerzas económicas y los intereses Políticos, hecho paradójico si se piensa en los postulados prevalecientes del intervencionismo de Estado. En términos concretos es un resultado de la irracionalidad en los procesos de inversión pública que se mencionaron antes.

En la actualidad, del total anual de la carga transportada en el país, un 51% aproximadamente se moviliza por carretera. Sin embargo, si se excluye lo correspondiente a ductos (petróleo y gas) que es un 35% y el carbón del Cerrejón que es prácticamente la totalidad del uso del ferrocarril, el transporte por carretera representaría un 95% del total. En el transporte de pasajeros la situación es igual. Por carretera se moviliza el 92%; por vía aérea 6%, y sólo el pequeño porcentaje restante por río o ferrocarril.

La realidad nos muestra entonces que, en Colombia, la política de transporte se ha venido transformando en "política de carreteras" y que el ministerio, no solamente se reduce a ella, por la vía de los hechos, sino que, como se verá más adelante, carece de control institucional sobre los otros modos (escasamente atiende el fluvial). Por ejemplo, en lo que se refiere al comercio exterior que es fundamentalmente marítimo, el control institucional corresponde a DIMAR que es una Dirección del Ministerio de Defensa. Es por eso que, a pesar de hablarse desde hace mucho tiempo de estrategias de transporte multimodal, es decir aquellas que aprovechan la complementariedad entre los modos de acuerdo con sus ventajas comparativas en cuanto eficiencia y costos, todo esfuerzo ha sido inútil. En realidad atenta contra la lógica espontánea de las fuerzas y los intereses creados. Las propuestas actuales, como se verá, no parecen invertir el sentido de dicha lógica, pues no tocan esa que debería ser la problemática fundamental para cualquier política.

Ahora bien, se ha venido diciendo que la cobertura de la red de carreteras en el país es casi total. Dicha afirmación puede y debe ser discutida no sea que volvamos a caer en las ilusiones del "sobredimensionamiento", de ingrata recordación. Sin embargo, aparte de ello, debe advertirse desde ya que de esa red sólo el 12% está pavimentada. La distribución del kilometraje según la clasificación habitual es la siguiente:

- Troncales 6.000

- Secundarias 38.000

- Penetración 58.000

De este kilometraje el MOPT, a través de Fondo Vial Nacional atendía la totalidad de las consideradas hasta ahora troncales y el 55% de las secundarias. A través del Fondo de Caminos Vecinales se atiende el 52% de las de penetración. Lo restante se reparte entre departamentos y municipios.

Los recursos con que cuenta el sector central para esta atención son los siguientes, por lo menos nominalmente:

-Del presupuesto Nacional

-De peajes y otras contraprestaciones

-De valorización

-De impuesto sobre los combustibles

-De crédito externo

Sobra anotar que la estrategia de financiación, en la práctica estuvo apoyada en el impuesto a los combustibles que dio origen a la constitución del Fondo Vial en 1967, y, por otra parte, en el crédito externo. En cuanto a la aplicación de estos recursos una somera evaluación nos muestra que históricamente la inversión tuvo un crecimiento importante en principios de los años 80 durante la vigencia del "Plan de Integración Nacional"; luego desciende para incrementarse otra vez del 86 al 89. A partir de este año comienza a disminuir otra vez en forma preocupante. El problema adicional consiste en que no todos estos recursos se destinan a construcción, conservación, rehabilitación o recuperación de la red física. Una parte va al servicio de la deuda y otra a funcionamiento. En su conjunto la inversión pública en el sector transporte tiene más o menos el mismo comportamiento y tal vez más acentuado hacia la baja si se tiene en cuenta que el fluvial (bastante poco significativo) y el férreo, entran en definitiva decadencia en este período. Quizá se registre un aumento durante los últimos dos años, pero atribuible a los costos de la reorganización en ferrocarriles y puertos.

Cabe anotar que los modos marítimo, aéreo y ductos prácticamente se autofinancian, de ahí que la dependencia de los recursos públicos se refiera fundamentalmente a los primeros mencionados. Finalmente una advertencia que resulta útil para reconsiderar los lugares comunes de los diagnósticos. En realidad el ministerio directamente sólo ha venido ejecutando obras de conservación y rehabilitación pues la construcción de vías como tal siempre se ha hecho por contrato. La conservación ha sido pues fundamentalmente la función de los 26 Distritos de Obras, distribuidos por todo el país. Recientemente, inclusive, aún esa labor de mantenimiento ha sido adelantada también por contrato con más o menos 300 microempresas asociativas. Si se añade a esta constatación la dinámica de la distribución regional del presupuesto que se comentó al principio, es fácil concluir que no ha existido una real estrategia en materia de infraestructura; aparte de algunas obras en las troncales, las cuales se contratan ( el ministerio, por cierto, tiene organizada la información por contratos y no por obras), la intervención pública se ha dispersado en acciones que se ejecutan bajo presiones.

El diagnóstico y las soluciones propuestas

El gobierno actual ha tenido, ciertamente, una política nítidamente expuesta y publicitada. No ha sido puesta en práctica en lo fundamental, pero sí es explícita, especialmente en los documentos del Ministerio, del DNP y del CONPES, y en el Plan Nacional de Desarrollo. Actualmente, se adelanta, por contrato con un consorcio de firmas consultoras, la elaboración de un Plan Maestro de Transporte.

 No obstante, independientemente de los resultados de este estudio, la política ya está definida; es muy simple y se basa en dos ejes principales: la reorganización institucional y el llamado Plan Vial de la apertura. El segundo es solamente la justificación de las obras que se piensan adelantar: algunas carreteras, la rehabilitación de ciertos tramos de las líneas férreas y un esfuerzo de recuperación del río Magdalena. El primero es, con mucho, el verdadero propósito de la política. Como quien dice: el problema, según el actual gobierno, es institucional.

No cabe duda que el diagnóstico está claramente marcado por la solución que se pretende ofrecer. Se insiste en que las dificultades del sector se han originado, de una parte, en la gran dependencia de la construcción de infraestructura de la capacidad de ejecución del Estado y en el exceso de su intervención, tanto en regulación (que como es usual se confunde con la tramitomanía) como en gestión directa; características que habrían inhibido la participación del sector privado. y de otra parte, en el acentuado centralismo existente.

Si este es el diagnóstico, la solución no puede ser otra que privatización, desregulación y descentralización, que son los axiomas del enfoque hoy en boga.

Algunas de las observaciones presentadas anteriormente servirían desde ya para cuestionar este diagnóstico, nada más que por el hecho de que hemos introducido elementos de juicio que allí, deliberadamente, no se tocan. Por ejemplo, cuando se recuerda que la construcción directa no es una de las características de nuestro ministerio. O cuando se abre el interrogante de si en las decisiones de inversión el problema está en el centralismo o más bien en la irracionalidad de la participacipación-presión regional. O, finalmente, cuando se revela que la característica institucional del sector está más que todo en la dispersión. Pero esto ha de ser objeto de otro ensayo. Por la pronto sólo una cosa debe quedar clara: En el diagnóstico no se analiza la relación del sector con el tipo de desarrollo económico que se ha traído -y la explicación de la perversa concentración en el sistema carretero- ni se identifican las necesidades actuales y las posibilidades de aprovechar a fondo los recursos del país. En suma, en el diagnóstico no se enfrenta el problema real del sector que es en buena parte la ausencia de planeación.

Ya para terminarse el presente gobierno, no tiene mucho sentido reiterar los programas concretos 91-94 o el plan vial al año 2000 que se incluye en el Plan de desarrollo. (El propósito es bastante obvio: otra vez concentrándose en carreteras, fortalecer los corredores que llevan a la Costa Atlántica y algunas transversales necesarias para ellos. En segundo lugar mejorar las vías a Buenaventura y Tumaco). Basta concretarse en el reordenamiento institucional que, siendo el eje de la política, es además objeto del presente trabajo.

LA REORGANIZACION INSTITUCIONAL

Antecedentes

Como se ha dicho, detrás del término reorganización institucional,

se esconde un cambio de opción programática que excluye la noción de planeación para el desarrollo, único terreno de real solución para los problemas planteados. Curiosamente, aún dentro de un modelo de apertura como el impuesto, este debería ser un ámbito privilegiado de intervención; pocos países en las condiciones actuales del nuestro decidirían una solución de mercado para el sector y sin embargo esa es la opción.

Dentro de la terminología de la reorganización institucional el   objetivo explícito del gobierno es redefinir las relaciones entre el Estado y los particulares, y dentro del Estado, entre los diferentes niveles territoriales. Al respecto se habían venido dando pasos importantes desde tiempo atrás.

1) El primero, ya mencionado, fue la decisión de adelantar las labores de conservación y aún de recuperación de carreteras, por contrato con microempresas asociativas. Esta decisión desplazó de su función principal a los Distritos de Obras. Esto significa que si era cierto que estas dependencias eran enormemente ineficientes, que ya no contaban con personal de campo verdaderamente adecuado y que en sus talleres se acumulaban equipos de los cuales no se tenía ni siquiera un registro preciso, en mal estado subutilizados, la política apuntaba a mantener el statu quo ofreciendo otra alternativa para el servicio que debía prestarse.

A pesar de que seguramente ya no hay posibilidad de replanteamiento, queda de todas maneras la inquietud de si no hubiese sido posible intentar una reforma de dichos Distritos, haciendo, mucho más rígido el control sobre los mismos, pero sobre todo alterando la lógica de la ejecución de las inversiones regionales y locales.

Al parecer la coordinación propuesta con las autoridades departamentales no tuvo ningún efecto positivo sobre su estructura y modos de gestión. Es más, en las nuevas circunstancias lógicamente el proceso de descomposición administrativa tenía que avanzar aceleradamente. A la fecha los distritos ya son verdaderamente un peso muerto. Las evaluaciones de la nueva modalidad son hasta ahora financieras e indican una mayor eficiencia, expresada en menores costos por kilómetro conservado o recuperado. Esto hasta cierto punto es algo obvio pues en la operación de los distritos hay un costo de planta de personal con un acumulado de prestaciones sociales y otros beneficios convencionales, además de otros costos fijos y de funcionamiento administrativo, lo cual no es válido para las empresas asociativas que fijan el monto de los contratos según mínimos costos. Sin embargo, no hay una evaluación consistente de los resultados en términos de calidad y durabilidad y sobre todo de rendimientos a escala, en relación con el hecho de que en muchas carreteras tendría que adelantarse una labor más de rehabilitación que de conservación.

2) El segundo -ya bastante comentado en el país- fue la liquidación de los Ferrocarriles Nacionales de Colombia y su reemplazo por tres empresas y donde, discutiblemente, la construcción de infraestructura sigue a cargo del Estado, mientras que la operación se deja al sector privado. Pasado ya algún tiempo, la evaluación no arroja resultados muy positivos: al tiempo que se incurre en el costo de la liquidación, especialmente en términos del personal licenciado, el esfuerzo de inversiones en la rehabilitación de vías es todavía demasiado modesto como para que posibilite un despegue de la inversión privada en la operación. Esto tiene dos consecuencias que vale la pena mencionar. En primer lugar, a medida que pasa el tiempo el ferrocarril va siendo desplazado definitivamente como opción de transporte, imposibilitando a la vez la formulación de estrategias multimodales. En segundo lugar, el costo del desmonte, se suma a los que  se habían asumido antes (EMPOS y ACUAS), a los que se siguen asumiendo (Puertos), ya los que vendrán en un futuro inmediato. Es un fenómeno preocupante que pone en cuestión las posibilidades de equilibrio fiscal de los próximos años.

3) El tercer paso ha sido la liquidación de Puertos de Colombia cuyas implicaciones inmediatas son similares a las comentadas antes. A pesar de que la aparición de terminales privados ya era un a hecho reconocido, la verdad es que la habilitación (e infraestructura) y la gestión de los puertos entendidos geográficamente va mucho más allá de dichos terminales. En este sentido preocupa la indefinición o lentitud en la conformación de las sociedades portuarias que supuestamente, dentro de un enfoque de descentralización, tendrían que contar con la iniciativa y los recursos de las entidades territoriales, ya sean municipios o departamentos. Como se sabe, la inversión privada en este caso depende en gran medida de las posibilidades concretas de exportación y su rentabilidad. Frente a un mercado mundial inestable y con graves restricciones como el actual, las decisiones de inversión en esta esfera son difíciles. No siempre se da el caso de un proyecto integrado como el del carbón del Cerrejón. Nuevamente aunque sea tarde, valdría la pena preguntarse si no existían otras alternativas de reestructuración del sistema portuario.

4) Finalmente, y aunque corre paralelo a la reforma del ministerio que se comentará enseguida, hay que mencionar la iniciativa de otorgar en concesión la construcción de vías, lógicamente dando la  posibilidad de que la empresa concesionaria, durante un tiempo explote económicamente su uso a través del cobro de peajes, tarifas u otras contraprestaciones. Esto desde luego implica algunas modificaciones y adecuaciones jurídico-legales e induce una transformación importante en el carácter de servicio público que se atribuye al transporte.

Una cosa es que el Estado abandone la ejecución directa de obras y como ha sido tradición en Colombia la operación directa del transporte, y otra es que la propia infraestructura sea objeto de explotación económica, sometiendo su desarrollo a una lógica de mercado. Implicaría un nuevo e importante dispositivo de regulación que tocaría no sólo con las especificaciones técnicas para garantizar adecuación y seguridad a las vías, sino también la atención prioritaria de claras necesidades de desarrollo, la prevención de efectos ambientales negativos, y, por supuesto, un marco aceptable  para la fijación de tarifas. Hasta ahora sin embargo, las modificaciones jurídicas marchan en otro sentido. En el estatuto de contratación que merece estudio aparte, se registra ya una modificación importante. Además de incluir la concesión para la construcción de Obras públicas como una modalidad especial del contrato estatal, se establece además que la iniciativa para concesionar pueda provenir de los mismos particulares. Esta precisión adicional revela la importancia del tema que se está sugiriendo. En realidad el sistema de concesiones como mecanismo de desarrollo de la infraestructura enfrenta el problema de la rentabilidad requerida. Admitir la iniciativa de los particulares, independiza relativamente este desarrollo de los planes trazados desde el Estado. En ese sentido habría que aceptar que la estrategia racional de desarrollo del sector coincide con la lógica impuesta por las rentabilidades relativas. y aparentemente es así si se tiene en cuenta que el mismo gobierno establece como prioridad ciertas troncales (pensando sólo en carreteras) y las define en buena parte por el elevado tráfico promedio y la mayor ponderación que tenga en éste el tráfico pesado, casos en los cuales es de esperarse una alta tasa de retorno para el posible inversionista. Aparte de que no parece conveniente que el Estado se prive, justamente, de lo que puede ser un modo de autofinanciamiento para el sector, la inquietud es esta: Si la estrategia fuere distinta, atendiendo mucho más a las necesidades de desarrollo económico y a las posibilidades de formulas multimodales, la conclusión deja de ser evidente.

Replanteamiento global

A pesar de que los pasos que se han dado constituyen, por decirlo así, "picas en Flandes", en términos del cambio de orientación de las políticas públicas en esta materia, es claro que debía adelantarse una transformación del marco normativo e institucional. El gobierno preparó entonces el proyecto de lo que hoy es la Ley 105 de diciembre de 1993 sobre el sector y el sistema nacional de transporte.

En este proyecto, y especialmente en su versión inicial, se establecía un marco conceptual e institucional que de alguna manera corresponde a lo que en nuestra opinión sería un verdadero reordenamiento, enfocado a la descentralización. Para empezar, una definición del sector y de lo que sería el Sistema Nacional de Transporte: Se ubica allí el carácter de servicio público que tiene el transporte y en consecuencia con ello la participación específica tanto de los particulares como del Estado en sus diferentes niveles territoriales; así mismo los principios que rigen su regulación y las autoridades competentes para definirla y para aplicarla.

En segundo lugar, lo referente a la infraestructura de transporte. Para el tema que nos ocupa, muy importante es la definición de la infraestructura nacional que comprendería:

-La red nacional de carreteras (se incluyen las especificaciones técnicas).

-Los ríos y canales navegables.

-Los puertos públicos marítimos de propiedad de la nación.

-Las líneas férreas de propiedad de la nación

La red de radio-ayudas de propiedad de la nación.

La red de oleoductos y poliductos de ECOPETROL.

Faros, boyas y otros elementos de transporte marítimo.

En el mismo orden de ideas se define la infraestructura departamental; igualmente la municipal y distrital.

Fácil es comprender que este marco resulta indispensable para llegar aun verdadero esquema de distribución de competencias y recursos en el sector. En lo que se refiere a competencias cabe resaltar que en este proyecto claramente se precisa lo correspondiente a departamentos y municipios y lo que es más importante, se trazan los lineamientos de un plan para el traspaso de dichas competencias cuando ellas se encuentren a cargo de la nación. Por otra parte, se preveía un esquema de distribución de los recursos. Precisamente, en la versión inicial se contemplaban, además de tarifas, peajes y de la valorización, algunas transferencias hacia las entidades territoriales para conservación y construcción de carreteras. Dichas transferencias desaparecieron del texto cuando se presentó el proyecto NO.100 en el cual se habla más bien de los recursos de cofinanciación del Fondo de Infraestructura Vial y Urbana (D. 2132). En todo caso, sí se plantean criterios de financiación.

Finalmente se tocan los aspectos de adecuación de las estructuras administrativas de las entidades territoriales, y de los planes territoriales de transporte. En síntesis, el proyecto, representaba una propuesta global de reordenamiento, discutible seguramente, pero válida como esfuerzo de reforma comprehensiva.

Una vez en el Congreso, la Comisión nombrada para el efecto,  hizo una serie de correcciones, algunas que contribuían a aclarar sus términos, otras, confunden los contenidos toda vez que expresan el resultado de presiones de grupos de parlamentarios. Como se dijo, la ley ya fue aprobada por el Congreso. Allí se incluyen ciertas "salvaguardas". Por ejemplo, cuando dice: "La Nación no podrá entregar responsabilidades sin la definición, apropiación o giro de los recursos necesarios". (Art. No.16)

De la Ley al Decreto. Nuevamente la vía ejecutiva

Sin embargo, como es de frecuente ocurrencia en el estilo colombiano, después de varias revisiones, el proyecto se empantanó en el Congreso. Para el gobierno la solución fue anticiparse, expidiendo el Decreto 2171, por el cual se reestructuró el Ministerio de Obras Públicas y Transporte, en diciembre de 1992, dentro del famoso paquete de "modernización del Estado". Como si hubiese renunciado a la ley para asegurar lo más importante por vía ejecutiva y buena parte de las dificultades y vacíos que ahora se observan dependen de este desenlace.

En principio este decreto debería considerarse como una simple  adecuación institucional. Igual que todos los demás de la modernización pues en el espíritu del artículo 20 de la Constitución se buscaba reestructurar la rama ejecutiva para ponerla en consonancia con la nueva distribución de recursos y competencias que, estando prevista en la misma Carta, debía desarrollarse legislativamente. El problema consiste en este caso (y tal vez en otros) en que la dicha reasignación de competencias, así como el replanteamiento en el enfoque, no estaba desarrollada. Es por eso que el decreto materializa la reasignación de funciones, la mayoría de las veces por exclusión.

Es decir, al definir las funciones del Ministerio se deja en la práctica un conjunto de ellas que tendrían que ser asumidas por las entidades territoriales. Al mismo tiempo, consagra implícitamente el nuevo enfoque de la política de transporte cuando delimita la nueva órbita de acción del Ministerio y sus nuevas entidades adscritas. Efectivamente hay una coherencia con los lineamientos expresados en el proyecto de ley -es más, algunos puntos que se encontraban en su versión inicial aparecieron en el decreto- sin embargo el hecho de que ese proyecto que se juzgaba necesario ( es decir su contenido se consideraba materia de ley) no hubiera agotado su trámite parlamentario, deja una duda: podía, el gobierno, pasarlo como decreto, o estaba rebasando el marco de las facultades de que disponía ?

 

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