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INDICE
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LAS ANTILLAS FRANCESAS
Desarrollo
del derecho del mar en la esfera de tensión entre la integración europea y
caribeña.
Wolf-Dietrich Sahr
Las dos islas del Caribe Oriental, Guadalupe y Martinica se
convirtieron, en 1946, en Departamentos de Ultramar de la República
Francesa y por lo tanto en partes integrales de su madre patria.
Esta decisión jurídica estatal cimentó la unión de estas antiguas
colonias con la lejana metrópoli europea y casi no les dejó
posibilidades políticas para integrarse en su propia región
caribeña. Sin embargo desde finales de los años 70 la creciente
influencia de los Estados Unidos en el Caribe Oriental y la
integración regional de los jóvenes estados anglófonos en esta
zona, hacen que la orientación unilateral hacia Europa parezca
inadecuada. Esta situación motivó al gobierno francés a prestar una
mayor atención a los vecinos caribeños de sus dos Departamentos de
Ultramar. También los problemas de la población local, desde hace
mucho tiempo descuidados, parecen tener desde entonces una mayor
atención, no obstante que su solución sigue subordinada a los
intereses geoestratégicos de Francia.
Con el ejemplo de la política francesa de derecho del mar se
puede comprobar la primacía de los pensamientos geoestratégicos.
Las negociaciones sobre la Tercera Convención de las Naciones
Unidas sobre el Derecho del Mar y su conclusión en 1982 en Jamaica
obligaron a Francia a crear nuevas bases jurídicas para el área
marina de las Antillas Francesas y negociar nuevas fronteras
marítimas con sus vecinos.
El camino hacia la integración con
Europa
En el Departamento de Ultramar de Martinica viven 329.000
habitantes sobre una superficie de 1.080 km2 (1986). En el
Departamento de Guadalupe son 334.000 habitantes que se reparten
sobre dos regiones: una meridional, que abarca el «Continent» de
Basse-Terre y Grand Terre (1.525 km2) así como las islas Marie
Galante (152 km2), La Désirade (18 km2) y las Iles des Saintes (15
km2), y una septentrional que se ubica sobre el Banco de Anguilla y
que consiste en la isla de St. Barthelemy (25 km2) y la parte norte
de la isla de St. Martin (52 km2) (véase Doumenge/Monnier 1989).
Con base en el nuevo derecho del mar, Francia reclama para todas
estas islas una zona económica exclusiva con un total de 171.000
km2 (véase Reyss 1986).
Con la Ley de Departamentos del 19 de marzo de 1946, todas las
leyes de Francia tienen vigencia en las Antillas Francesas, y
corresponde al deseo de muchos intelectuales caribeños, que a
través de la política de asimilación esperaban mejoras económicas
para la población isleña. Desgraciadamente este deseo sólo se
cumplió lentamente y pronto predominaron las desventajas del
distanciamiento cultural y social (véase Guérin 1956). Esto llevó a
que la Constitución de 1958, en su artículo 73, permitiese leyes
especiales para los Departamentos de Ultramar que reglamentan las
necesidades de las islas (véase Levallois 1986). En las
conversaciones legislativas pudieron participar de manera
consultiva los parlamentos departamentales (Conseil Général). La
política de descentralización de los años 80 introdujo con las
leyes del 2 de marzo de 1982, del 31 de diciembre de 1982 y del 2
de agosto de 1984 nuevos parlamentos regionales (Conseil Régional),
los cuales en todas las decisiones referentes a las regiones,
incluyendo la política exterior, obtuvieron del derecho de voz
(véase Marin 1989). Como Martinica y Guadalupe son al mismo tiempo
departamentos y regiones independientes, este proceso llevó a una
duplicación innecesaria de las instituciones democráticas en un
Conseil Général y un Conseil Régional. Esto dificulta la eficiencia
de la participación más que mejorarla (véase Eluther 1989).
A través del artículo 227 del Tratado de Roma, Martinica y
Guadalupe también forman parte de la Comunidad Europea desde 1957.
Esto fue confirmado por medio del «Arret Han- sen» de la Corte
Suprema Europea de 1978 (véase Van Eeuwen 1989). Como regiones
estructuralmente en desventaja, ambas se aprovechan del Fondo
Regional Europeo (FEDER) y desde 1989 del «Programme d'options
spécifiques a l'éloignement et a l'insularité des départements
francais d'outre-mer» (P0SEID0M), un programa especial que tiene
como fin una mejor integración de esta parte de «Europa» (véase De
Goutte 1990).
Por causa de múltiples esfuerzos la situación de la vida en las
Antillas Francesas ha mejorado considerablemente durante los
últimos 45 años. El PIB per cápita es tres veces más alto que en
las islas vecinas (Guadalupe: FFr 25.840, Martinica FFr 30.830; St.
Lucia FFr 8.080; Dominica FFr 7.390; todas estas cifras de 1986,
según Chane-Tune 1988). Una intensiva política estatal de
subvenciones con amplios sueldos de funcionarios, subsidios
exorbitantes para la infraestructura y monumentales gastos
sociales, ocultan sin embargo la crisis económica estructural que
se esconde detrás de todo esto y que ya ha adquirido formas
dramáticas (véase De Miras 1987). Una agricultura improductiva, un
alto desempleo y escasa interdependencia económica a nivel regional
generaron una economía general que no puede sobrevivir sin
subsidios (véase Blérard 1986; Mathieu 1988). La integración
económica forzada por el proceso de la unificación europea aumentó
la dependencia estructural de las islas con relación a la
Metrópoli. Los habitantes, como parte de una sociedad
subvencionada, experimentan una crisis de identidad en la cual no
se pueden sentir como sujetos económicos autónomos ni tampoco como
verdaderos antillanos. La garantía de cierto bienestar se paga a
través de daños sicológicos. Esto dificulta una identidad cultural
y también una integración a la región caribeña (véase Glissant
1981).
Cuerpos extraños
en la región caribeña
En París no existió hasta principios de los años ochenta un
interés especial regional por el Caribe. La política francesa
siempre ha sido definida con base en pensamientos geoestratégicos
de dimensiones mundiales (véase Passalacqua Christian 1976). Por lo
tanto, las relaciones con los colindantes territorios británicos y
holandeses eran escasas. La independencia de Dominica (1978), St.
Lucia (1979), Antigua & Barbuda (1981) y St. Kitts
& Nevis (1983) y la creciente integración de estos estados
en la OECS (Organisation of Eastern Caribbean States) (véase Lewis
1988), como también la reactivación del Mercado Común Caribeño
(CARICOM) (véase Parris 1986), obligaron a Francia a desarrollar
ciertas reflexiones políticas de forma más «caribeña».
El gobierno francés gustosamente destaca las relaciones
especiales con la comunidad de estados francófonos, para justificar
sus consideraciones de influencia política. Por lo tanto, Martinica
y Guadalupe son consideradas como puestos avanzados de habla
francesa en una región anglófona. Por esta razón, Francia reforzó a
principios de los años ochenta primero los contactos con los
estados creolófonos St. Lucia y Dominica. En St. Lucia se instaló
una embajada para el Caribe Oriental y en 1987 se firmó con ambas
islas un convenio cultural y de cooperación. Desde fines de 1988 un
convenio semejante existe también con los anglófonos St. Kitts y
Nevis. Hacia Antigua & Barbuda, que tradicionalmente tienen
fuertes nexos con los Estados Unidos, por razones políticas las
relaciones son mucho más reservadas. También con las colonias
británicas de Montserrat y Anguilla y con las Antillas Holandesas
sólo existen escasos contactos políticos. Estos vecinos únicamente
pueden cultivar sus relaciones políticas con el exterior a través
de sus metrópolis y tampoco son partes integrales de la Comunidad
Europea (véase De Goutte 1990). Mucho más intensa es a su vez la
cooperación con la potencia mediana caribeña de Venezuela (véase
Aguilera 1988).
Debido a sus estándares de vida más elevados -subvencionados,
Martinica y Guadalupe son presentadas por Francia como muestras
positivas de una exitosa política francesa en la región. A pesar de
sus escasas interdependencias formales-económicas, ambos
Départements ejercen en el sector informal una gran atracción sobre
la gente de los estados vecinos más pobres. Entre Anguilla y St.
Martin, Dominica y Guadalupe, como también entre Martinica y St.
Lucia, existe en la población un sinnúmero de entretejimientos
intensivos. Sin embargo, le cuesta trabajo a Francia hacer creer, a
nivel político, su nueva política de apertura. La integración del
Mercado Europeo ha despertado muchas nuevas angustias. Los
gobiernos caribeños temen que por la CE tengan desventajas
económicas. Por esta razón las Antillas Francesas como única parte
integral de la Comunidad, son consideradas políticamente como un
cuerpo extraño en el espacio caribeño. Para la población esto
significa, a pesar de su bienestar subvencionado, cierto
aislamiento político y cultural en su propia región.
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