COLOMBIA PACIFICO
TOMO II
Pablo Leyva (ed.)
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Continuación del capítulo 57

 

A partir de 1970 ocurrió lo que tanto se temía, disminuyeron las producciones madereras y con ellas los grandes aserraderos de Tumaco desaparecieron. Diversas razones pudieron haber influido en este desafortunado desenlace, pero las advertencias de West en 1957, así como los resultados de estudios efectuados (The Marag y Roche 1987), apuntan todas hacia el agotamiento del recurso. De acuerdo con el citado estudio, el 62,8% de los guandales de Nariño se encuentran en proceso de regeneración natural y el 24,1%, se estaba interviniendo por aquel entonces. Nuestras observaciones de campo indican que la mayoría de estos bosques han recibido intervenciones previas, durante al menos los últimos 20 a 50 años, lo que además se evidencia tanto por la inexistencia de árboles comerciales de más de 60 cm de diámetro, como por los bajos volúmenes por hectárea, comparados con los de los bosques primarios, especialmente, en cuanto se refiere a especies con mercado asegurado en el momento actual. La posibilidad anual calculada para los bosques de guandal se basa en los resultados preliminares de los estudios que viene adelantando la Universidad Nacional, Seccional Medellín, desde 1984 (Vásquez, 1987a, 1987b, 1988c, Cardona 1989). Con base en resultados parciales de los estudios anteriormente citados, The Marag y Roche (1987) estiman una posibilidad anual para el guandal de apenas 339.321 metros cúbicos y para todos los bosques accesibles de 455.614 metros cúbicos. Teniendo en cuenta que la extracción en 1986 fue de 324.573 metros cúbicos, se comprenderá la magnitud del problema y la dificultad de regresar a las producciones de los años sesenta y comienzos de los setenta; al menos si de rendimientos sostenidos se trata. Más aún, si como parece ser, el cálculo de la posibilidad anual no tuvo en cuenta las pérdidas de madera in situ debido a las dificultades de extracción, las más de las veces causadas por déficit de agua en los canales producto de la irregularidad climática de la región.  

En la Tabla 1 se aprecia cómo entre los años 1986-90, las producciones se han mantenido más o menos constantes, pero muy por debajo de las cifras de los años 1969 y 1970 en que virola (*) y sajo (Camnosperma panamemsis) sumaron 1’426.140 metros cúbicos y 1’151.561 metros cúbicos, respectivamente. Para los años subsiguientes, la producción se redujo a cerca de la mitad (Delgado y Vallejo 1976), hasta llegar a las cifras que presenta la Tabla 1.

 

Tabla 1.
Producción de maderas en los bosques de guandal de los departamentos de Nariño, Cauca y
Valle en metros cúbicos.

(Corponariño 1989a, Inderena, según Tibaquirá 1989a).

 

Año   Nariño

Cauca y Valle
del Cauca

Total (1)
1986  324.573 35.000 359.573
1987  393.204 36.187  429.391
1988 383.339 38.000  420.339
1989 307.550 (2)

(1) No incluye datos del Chocó, pero incluye otras maderas que no provienen del guandal aunque son minoritarias en participación.
(2) Corponariño: Fax del día 12/06/90. 

 

Hace pocos años se inició el ciclo de producción de palmito en la costa Pacífica colombiana, producto extraído de las yemas de la palma naidí (Euterpe oleracea). De acuerdo con Corponariño, (1989-b), en febrero de 1992 existían seis enlatadoras en su área jurisdiccional del Pacífico con permisos para explotar 39.155 ha. Esto significa la existencia de dos enlatadoras más con permisos por más de 7.000 ha con relación a 1989 (Corponariño 1989b). Según la misma Corporación, los naidizales existentes en la costa Pacífica de Nariño llegan a 100.000 ha. ¿Dónde estaban estos naidizales que nunca antes habían aparecido? La verdad es que los naidizales hacen parte de las 140.000 ha de bosques de guandal. Sólo por conveniencia aparecen hoy como una comunidad distinta. La explotación extractiva del naidí en poco se diferencia de la de otros productos que como la tagua, el caucho negro y el mangle ya desaparecieron de la economía regional y de la explotación maderera que declina. Nuevamente, aquí se han otorgado permisos para explotar un recurso sobre tierras de las que son poseedoras legítimas las comunidades negras, las cuales perciben por ello un pírrico beneficio. Por ser pertinente, debe dejarse establecido que no se puede hablar del manejo del “naidizal” por fuera de los bosques de guandal de los cuales forman parte de igual manera que los Sajales y los cuangariales.  

 

Algunas peculiaridades de las producciones forestales en los bosques de guandal 

Quizá lo más interesante y que hace peculiares los bosques inundables del litoral Pacífico colombiano, llamados guandales en los departamentos del Valle del Cauca, Cauca y Nariño y manguales en el bajo río San Juan, Chocó, es que habiendo sido explotados para la extracción de madera por más de 50 años, en algunas áreas continúan teniendo una cobertura vegetal, florística y estructuralmente semejante a la de los bosques no perturbados y siguen produciendo madera para las industrias forestales de la región así como todas las demás producciones. Y esto es peculiar porque no existe otro bosque natural en Colombia donde la producción forestal se haya mantenido después del paso de compañías madereras y el ulterior ingreso de los colonos por las vías construidas, tumbando y quemando con el fin de apropiarse de la tierra. Es una realidad que de las 500.000 ha o más que se destruyen cada año de bosque natural en Colombia, sólo en una mínima proporción han sido empleadas para la extracción de madera. El resto del componente biótico rinde su tributo en cenizas, las cuales apenas alcanzan para una magra producción agrícola de corta duración.  

Es indudable que los guandales y bosques similares del litoral Pacífico son los tipos de bosque que más madera han producido en el país tanto con destino al mercado interno como de exportación (Baracaldo 1976, Inderena - Reid Collins 1976). 

La razón por la cual el bosque se ha mantenido, posibilitando la permanencia de sus producciones, radica en la dificultad de transformar estas áreas en tierras agrícolas o ganaderas, tanto por razones de índole económica como ambiental dada su pobreza y condición edafohídrica, limitaciones descritas con propiedad desde 1958 por Manuel del Llano y con posterioridad por otros investigadores (Cortes 1981, Tosi 1978, Universidad Nacional 1990). 

Al estudiar las comunidades negras que habitan los bosques de guandal del litoral Pacífico colombiano, se descubre que allí no existe virtualmente el colono ni, por supuesto, las fincas ganaderas o agrícolas convencionales. La escasa agricultura está limitada a cultivos asociados y multiestratificados, inclusive con algunos componentes forestales (agro - silvicultura), exclusivamente en los diques de algunos ríos y, generalmente, de subsistencia. La ganadería reviste características aún más limitadas. Muchos de estos habitantes no podrían llamarse con propiedad agricultores y, puesto que su mayor actividad, ingresos y bienes los derivan de producciones silvícolas permanentes, debería denominárseles campesinos silvicultores. 

Intencionalmente los llamamos campesinos porque el único cambio que ha habido entre ellos y los recolectores que antaño recorrían las selvas y marismas extrayendo las semillas de tagua, sangrando los árboles de caucho negro o desnudando los mangles de su corteza, es que estos recolectores, los de madera, llamados corteros, al construir los canales de aprovechamiento, mantenerlos y emplearlos sucesivamente durante muchos años en la cosecha y extracción de la madera, conservando una cobertura forestal con potencial para regenerar el bosque original, demuestran que han realizado actos de “posesión” y mejoras que los harían los propietarios de las tierras o, cuando menos, poseedores de algunos de sus bienes de producción, lo cual permite llamarlos campesinos en el sentido sociológico del término. Esta es otra peculiaridad de la región que no hemos encontrado en las llamadas zonas de colonización o de frontera agrícola.  

 

Aunque ningún estudio ha cuantificado aún el aporte de proteína animal obtenido por los habitantes de los guandales del bosque, es una realidad que una considerable proporción de la que consumen proviene de la caza y de la pesca. Entre las especies más comunes y apetecidas se encuentran: zaino (Tayassu pecari), tatabra (Tayassu tajacu), conejo (Cuniculus paca), ratón (Proechimys semispinosus, Hoplomys gymnurus), venado (Mazama americana), perezosos (Choloepus hoffmanni, Bradypus variegatus), pava (Crax sp, Penelope sp), pato real o pato arisco (Cairina moschata), tortugaña (Chelydra serpentina), hicotea (Geomyda punctularia), tapacula (Kinosternon leucostomum) y otras especies de tortugas, cangrejos, jaibas y una gran variedad de peces de ríos, esteros y mar, y de aves (Prahl et al, 1990). La venta de pieles y carne de muchos de éstos y otros animales es, también, una de las pocas fuentes de ingresos monetarios en la región. 

Solamente la permanencia del bosque, así no sea en su condición primaria, con su refugio y fuentes de alimento, explica la subsistencia de la fauna en una zona por tanto tiempo explotada. Son también producciones forestales de importancia significativa las especies de árboles y palmas con que construyen sus viviendas, sus canoas, canaletes (remos), instrumentos musicales y muchos enseres domésticos. 

En los bosques se recolectan muchas frutas silvestres que como el carbonero (Hirtella carbonaria), la chigua (Zamia chigua), el guabo (Inga chocoensis) y varias especies de palmas balancean la dieta alimenticia de estas gentes o son fuente de aceite (Oenocarpus bataua y Oenocarpus mapora, entre otras palmas). Notable es el caso de la palma naidí de cuyo fruto se prepara una bebida; su cogollo, que es comestible, es ahora materia prima de industrias extractivas que lo enlatan y exportan. 

No obstante que no poseemos información adecuada, pareciera ser cierto que dados los bajísimos ingresos monetarios percibidos por sus habitantes (básicamente por ventas de madera y algunos productos agrícolas), una parte importante de su subsistencia depende de otras producciones forestales no monetizables ni aparentes en las estadísticas nacionales. 

Pero con todo lo importante que son las producciones anteriormente mencionadas, estos bosques albergan otros valores de importancia para todos los colombianos e incluso para la humanidad. Nos referimos aquí a su efecto regulador de los caudales que permiten que ellos puedan utilizarse como vías de comunicación durante todo el año, a la importancia de los ecosistemas edafohídricos costaneros (guandales, natales y manglares) en la productividad de las aguas y en su ictiofauna asociada a su importancia como reserva genética de toda suerte de plantas y animales cuyo valor para toda la humanidad no se alcanza a ponderar en la actualidad. Esto plantea la necesidad y justicia de que tanto el Estado como los organismos internacionales inviertan de manera más decidida en la región y concretamente en los bosques anegados del Pacífico colombiano. 

 

Sistemas de extracción de madera en los bosques de guandal 

Ya se había mencionado la ocurrencia de traslapes simultáneos de concesiones y permisos para la extracción de madera en los bosques de guandal. Esto se debe a que sólo por excepción las mismas empresas han acometido directamente el proceso de tala, transporte menor y aun mayor. En consecuencia, poco les interesa el origen de la troza que procesan; la concesión o permiso existe únicamente en el papel. Lo mismo puede afirmarse hoy para el naidí. 

En el pasado algunas empresas emplearon tecnologías avanzadas para el apeo y extracción: motosierras, winches flotantes, cables, etc. Hoy muchos de estos equipos deteriorados yacen herrumbrosos en las bocas de algunos ríos de la región. Testigos supérstites del error de considerar que una tecnología avanzada es mejor que una tecnología apropiada; pero aun en tales épocas la mayor producción provenía de los “corteros”, “tuqueros” o contratistas. Hacia 1974, el proyecto Inderena­ Reid Collins, citado por Delgado y Vallejo (1977), estimaba en 12.000 el número de corteros en toda la costa Pacífica, los cuales extraían el 99% de las trozas que llegaban a los aserríos. 

El sistema empleado por los campesinos silvicultores de los guandales es tecnológicamente primitivo: hacha, machete, palas, picas, palancas de madera, bejucos y el esfuerzo humano. The Marag y Roche (1987) describen en forma detallada sus rendimientos y costos. Básicamente consiste en la excavación de zanjas, de un metro de ancho y profundidades variables, las cuales llegan a medir hasta 5 km de longitud. Las trozas se ruedan sobre “carreteras”, formadas por dos hileras de trozas de pequeño diámetro, que pueden llegar a medir cientos de metros, para luego botarlas a las zanjas y evacuarlas a los ríos y esteros por flotación. Cuando las trozas llegan al río o estero, se ensambla una balsa con bejucos o cables y se transporta, a veces durante varios días, hasta el aserrío o el lugar de acopio de las empresas, donde estas trozas se venden a un precio promedio de $1.000 la troza (US$1,45), o se dan en pago de “avances”, con los cuales el campesino se ha alimentado y pagado el salario de quienes ocasionalmente le ayudan en la faena. Hay evidencias de zanjas que se han venido reutilizando durante décadas en diferentes ciclos de corta. Junto con el bosque en regeneración, un pequeño cultivo en el dique del río, la zanja, el rancho, las herramientas manuales de trabajo y el potro (canoa), constituyen con frecuencia el único patrimonio de las familias de campesinos silvicultores. Los comisariatos, con sus secuelas de explotación y abuso, no han sido extraños en la región. 

El que los sistemas mecanizados sean al menos seis veces más costosos que los sistemas manuales locales (The Marag y Roche 1987), explica el porqué han fracasado en la región; pero, además, según el mismo estudio, tie­nen un mayor impacto ambiental. 

A pesar del relativo éxito de los sistemas manuales de aprovechamiento y transporte, es un hecho que las condiciones materiales de vida de las comunidades de campesinos negros silvicultores dedicados a esta tarea son en extremo difíciles. Baste decir que su nivel de vida y su tecnología difieren poco de las existentes en el siglo XIX, cuando se dedicaban a la recolección de la tagua y el caucho negro, e inclusive a las que relatan los viajeros naturalistas del siglo XVIII. Del Llano (1958) considera neolítica su tecnología. Escasamente se reproducen como fuerza laboral mientras observan expectantes cómo se dan en concesión sus tierras y se agotan los recursos forestales que les han asegurado su precaria existencia. Alejados de todos los beneficios sociales, son sólo recolectores de materia prima de empresas transformadoras ineficientes que, junto con los intermediarios, se quedan con la mayor proporción del escaso valor agregado que logra la madera en la región, el cual nunca revierte a ella.  

 

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* Nombre con el que se comercializaban todas las miristicáceas en el litoral Pacífico. La especie más importante es cuángare (Otoba gracilipes) aunque también hay Virola spp. (Regresar a *)