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52.
MINERIA Y DESARROLLO MARGINAL
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MARIA CRISTINA ECHEVERRI
Historiadora
AUGUSTO GOMEZ
Antropólogo. Historiador.
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ALTO RIO NAYA
Fotografía Diego Arango
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Desde que se fundó la primera colonia
española en tierra firme, Santa María la Antigua del Darién, en el norte del territorio
del Chocó, se organizaron expediciones con el fin de pacificar la tierra y sacar el
mucho oro de sus minas, y reducir a los indios que estaban alzados y
huidos en las montañas y barbacoas: ... desde el primer descubrimiento de
esta Tierra Firme, ha sido esta provincia tan famosa y rica de oro de minas y joyas de
adorno de los indios naturales y perlas en su costa marítima y por un gran santuario
llamado Dabaybe, en
que dicen hay
grandísima suma de joyas de oro ofrecidas en él por indios de las provincias
circunvecinas y en sus enterramientos y sepulturas puestos, que no sin temor de que
parezca fabuloso se puede escribir, porque algunas sepulturas que los españoles abrieron
antiguamente, se dice que sacaron a diez y a doce mil pesos, por cuya razón ha sido
codiciada su población por muchos capitanes. (Mendoza, 1605; pp. 85,86).
Fueron ciertamente varias las solicitudes
elevadas por expedicionarios a la Corona con los propósitos ya señalados de pacificar la
región y de obtener la abundante riqueza aurífera: la del capitán Francisco Redondo y
la del capitán don Lucas de Avila fueron sin duda de las más importantes en virtud de
los ofrecimientos que éstos hicieron al Rey de fundar pueblos, establecer los puertos
necesarios en la Mar del Sur y del Norte, para permitir el ingreso de las
mercancías europeas y la salida de los productos de la tierra e introducir un
total de quinientos esclavos para con ellos descubrir minas de oro, todo esto a cargo de
los expedicionarios (Avila, 1574; pp. 57-66; Redondo, 1576; pp. 77-81).
Pero el acceso a los recursos de la región
sólo sería posible mucho más tarde para los españoles y sus descendientes, cuando
éstos lograron vencer la resistencia indígena y cuando alcanzaron un mayor conocimiento
y dominio del territorio. De hecho, la resistencia de los nativos precipitó la supresión
de la Gobernación del Chocó en 1595: los españoles carecían de los sistemas
tecnológicos adecuados para ese medio ambiente y la aspereza del terreno unida a los
sistemas de organización social aborígenes, (que les permitió oponer férrea
resistencia al avance del peninsular), mantuvo en la incertidumbre hasta la fijación de
una frontera provisoria (Barona, 1989: p. 32).
Las características naturales de la región, en
algunas partes baja y cenagosa, en otras acantilada, con selvas inmensas que sólo se
interrumpían con la cadena montañosa de los Andes y las serranías del Baudó y del
Darién, contribuyeron también a la conformación de esa frontera provisoria. La región
del Pacífico, una de las más húmedas del mundo, fue el espacio natural de los chocoes,
de los chanco, de los chilomas, toutumas e yngaraes, de los guarras, de los indios
chiquytos y cebanas, entre otros, que lograron adaptarse y crecer demográficamente
aprovechando uno de los ecosistemas más ricos del mundo en alimentos y recursos naturales
de toda clase. En el siglo XVI, más de la mitad de los pobladores de la región del
Pacífico colombiano habitaban en el territorio conocido como el Chocó, donde surgió
desde temprano la frontera bélica producto de los enfrentamientos entre españoles y
nativos, contexto en el cual fueron comunes las luchas de exterminio (español-chocoes),
los procesos de resistencia (español-noanamaes), el desarrollo de formas de dominación y
subordinación social tendientes a establecer procesos de aculturación
(español-yngaraes-toutumas), lo mismo que la coaligación de intereses de exterminio
entre el español y otros grupos que como los yngaraes se enfrentaban a los
chocoes.(Romoli, 1976; pp. 34, 35; citado por Barona, 1989; pp. 32-33).
En otras palabras, la explotación de los
recursos mineros imponía al español la necesidad de dominar a los nativos y someterlos
como fuerza de trabajo para la labor en los placeres. Sin embargo, los expedicionarios
europeos no lograron consolidar su dominio sobre los grupos aborígenes, entre otras
causas porque tampoco entendieron la estructura dispersa de los asentamientos de estos
grupos y, por el contrario, intentaron allí, sin éxito, fundaciones con base en
poblamientos nucleados lo cual, históricamente, explica, desde entonces, el fracaso de
este modelo de ocupación del territorio del Chocó y del Pacífico, hasta hoy.
En consecuencia, el proceso de incorporación de
los espacios mineros del Pacífico a la economía colonial significó la
desestructuración de las sociedades indígenas que allí habitaban, pero no su sujeción
como fuerza de trabajo, lo cual explica la vinculación más tarde, a los yacimientos de
la región, de piezas de esclavos bozales, muleques y mulecas de casta Mina,
Arara, Lucumí, Carabalí, Congo,
Mandinga, Chamba, Bambara, etc., (según las patentes
y las escrituras de compra y venta de esclavos del Archivo Central del Cauca, en
Popayán), que dieron lugar a las cuadrillas mineras.
Concluido ya el primer ciclo de producción
aurífera (1550-1630) que incorporó yacimientos de la región central del país (Tocaima,
Pamplona, etc.) de Antioquia (Cáceres, Zaragoza y Remedios) y de la Gobernación de
Popayán (Almaguer, Chisquío) y durante el cual se utilizó fundamentalmente fuerza de
trabajo indígena, surgió un segundo ciclo con base en la apertura de las fronteras
mineras del Pacífico, particularmente las de las provincias del Chocó, Raposo, Iscuandé
y Barbacoas, ciclo durante el cual se empleó casi exclusivamente mano de obra de origen
africano (Colmenares, 1991; p. 42). Los distritos mineros en referencia, junto con los del
área de Caloto (Los siete reales de minas de Quinamayú y otros),
constituyeron el eje de la economía minera durante el siglo XVIII y, a finales del
periodo colonial, producían más de la mitad del oro que se sacaba de la Nueva Granada
(Colmenares, 1986; p. 139).
La apertura de la
frontera minera del Chocó y la reactivación de los yacimientos de Caloto, a finales del
siglo XVII y comienzos del siglo XVIII, estimularon la formación de unidades
productivas, que combinaban la explotación ganadera tradicional con sembrados de caña,
trapiches y sementeras de abastecimiento para las minas. Estas no sólo procuraron un
mercado para los productos sino hasta el capital necesario para las nuevas inversiones y
la mano de obra indispensable para su explotación (Colmenares, 1986; p. 141).
Comúnmente,
los propietarios de los esclavos y minas del Pacífico, establecidos en Popayán y Cali,
se doblaban en terratenientes, cuando no en comerciantes de esclavos, lo cual
permitía que las haciendas se integraran más estrechamente a las necesidades de los
reales de minas. Este modelo de explotación minimizaba los gastos monetarios y
posibilitaba que un recurso tan costoso, como la mano de obra (esclava), se empleara
alternativamente en minas y haciendas (Colmenares, 1986; pp. 141, 142). Es decir, los
propietarios de minas del Chocó y del Pacífico eran a su vez grandes latifundistas en la
región del valle geográfico del Cauca y en la meseta del Pubenza. Esto les dio la
posibilidad de reubicar la fuerza de trabajo esclava, que originalmente se encontraba
asignada al laboreo en las minas, en las grandes haciendas en la zona del valle
geográfico.
En los informes de
comienzos del siglo XVIII se expresaba que en las vastas provincias del Chocó
(Zitará, Nóvita, Tatama y Raposo) se hallaban más de ciento nueve
negros de barra cuyo trabajo diario producía, cada uno, medio peso de oro
(y es lo menos) lo que anualmente produce más de tres millones y medio
de pesos de a 8 reales de plata, sin contar lo producido por la gente libre de
mulatos, mestizos, zambos e indios, dada la facilidad con que allí lo adquieren
siendo todas las tierras puros criaderos de oro, que jamás llegarán a aniquilarse aunque
se esté cansado sin cesar con multitud de mayor número de esclavos.... Tal era la
riqueza de oro extraída del Chocó, desde que se iniciara la explotación sistemática de
sus yacimientos a finales del siglo XVII y en el transcurso del siglo XVIII, que en el
año de 1706, por ejemplo, cuando sólo en el Chocó existían treinta negros (esclavos
de barra) se celebraron en Cartagena ferias por cuatro millones,
provenientes de la riqueza metalífera del Pacífico, sin contar siquiera la magnitud del
oro no amonedado (en polvo) que salía de contrabando por el paso del Atrato y del cual se
beneficiaban los extranjeros (ingleses y franceses):
El expresado río de Atrato aunque se ha intentado violarse en tiempos pasados
por los extranjeros distintas veces llevados de la codicia del tan afamado oro del Chocó
han sido rechazados por los naturales de los principales pueblos hasta donde llegaron a
internar en una ocasión con 300 hombres, pero hoy desde sus bocas donde fondean con sus
embarcaciones los tratantes logran buenamente hacer su negocio y sacan bastantes porciones
de oro así por medio de los naturales de allá que bajan, como por el de otros españoles
que desde las costas de Cartagena y Puertobelo se embarcan con ellos por prácticos y
conductores de piraguas río arriba que siendo prohibido con pena capital se ha hecho
traficable simuladamente por falta de Gobernador o Ministro de Celo, Rectitud, Desinterés
y Experiencia... (Tienda de Cuervo, 1734, folios 46, 47).
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PUERTO MERIZALDE
Fotogrfía Diego Arango
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Efectivamente, el comercio ilícito con
los extranjeros y la evasión por parte de los mineros del quinto real o
impuesto establecido a la producción minera, fueron fenómenos seculares durante este
ciclo minero del Pacífico (1680-1780), fluyendo así, la riqueza aurífera hacia otras
regiones donde propietarios de esclavos, minas y haciendas se hallaban establecidos
(Popayán, Cali, Cartago, etc. ) o hacia otros centros comerciales o administrativos
(Cartagena, Santafé de Bogotá), pero sobre todo hacia España, Inglaterra y Francia,
imperios que por entonces se disputaban el dominio mundial colonial. De esta manera lo que
había sucedido durante el primer auge minero del Pacífico y lo que sucedería durante el
segundo (aurífero y platinífero), de comienzos del siglo XX, fue, paradójicamente, el
empobrecimiento de la región como resultado de la explotación de su riqueza; en tanto su
población nativa fue diezmada y el oro extraído de los lechos de sus ríos no se tradujo
en bienestar de la fuerza de trabajo vinculada a la explotación (esclavos y libres
de varios colores), ni en la consolidación de los asentamientos que surgieron con
base en las unidades de cuadrillas de esclavos. Por el contrario, estos asentamientos
tenían una vida efímera, pues la dinámica misma de la explotación del oro en los
aluviones imponía el traslado de las cuadrillas a nuevos yacimientos con el fin de
mantener un equilibrio en la relación costobeneficio. La riqueza extraída del Pacífico
tampoco coadyuvó al surgimiento de otras actividades productivas en la región que
sirvieran en el largo plazo, y después de la crisis metalífera, como fuentes de trabajo
y de sustento de su población. La administración colonial no dejó una infraestructura
arquitectónica ni de vías que sirviera de base para la integración del Pacífico a los
centros de poder económico y político de la época, como Popayán y Cali, y mucho menos
con centros principales como Santafé de Bogotá y Quito.
El flujo de la
riqueza del Pacífico hacia otras regiones y continentes, característico de la economía
extractiva, (Domínguez, Gómez, 1990: p. 9), continuó hasta finales del siglo XVIII,
cuando los yacimientos superficiales del oro de aluvión se fueron agotando, siendo no
sólo menores las cantidades de oro obtenido por cada pieza de esclavo (rendimientos
decrecientes) sino, también, cada vez menor el kilataje o ley del precioso metal:
Para mantener un volumen dado de
producción global se requería introducir cada vez más esclavos, puesto que, con una
tecnología rudimentaria y sin ninguna innovación, era imposible aumentar la
productividad per cápita. Por otra parte, la continua introducción de esclavos sólo se
justificaba con la multiplicación de yacimientos nuevos, cuya riqueza superficial fuera
fácilmente explotable. Siendo decisiva la riqueza de los yacimientos, las explotaciones
auríferas tenían un límite de equilibrio entre esta riqueza y el número óptimo de
esclavos para explotarla. La tendencia en la cual se había alcanzado este límite se
había invertido ya en el Chocó hacia 1780. A partir de entonces los mineros prefirieron
trasladar y vender cuadrillas enteras de esclavos en Popayán. De allí podían ser
llevados a Caloto, en donde una mejor integración de haciendas y minas rebajaba los
costos de explotación, o emplearse en las haciendas (Colmenares, 1986, p.
151).
Frente a la crisis de la productividad de las
minas los miembros de las tradicionales cuadrillas de esclavos (y aun los libres de
varios colores) buscaron nuevas formas de subsistencia y reproducción, dentro de
una tendencia de manumisión creciente, ya que resultaba menos oneroso para los amos
otorgarle la libertad a sus esclavos que continuar sufragando los costos de su
mantenimiento. La pesca, la recolección de productos silvestres, la creación de
pequeños trapiches domésticos, lo mismo que el mantenimiento de platanales, además de
la actividad ya tradicional del mazamorreo en los yacimientos conocidos,
fueron las actividades económicas fundamentales hasta bien avanzado el siglo XIX, cuando
los episodios de auge de los precios internacionales de la tagua y del caucho incorporaron
nuevamente a los patrones de la economía extractiva a una porción de la población del
Chocó y, en general, del Pacífico. La efímera reactivación económica regional
producida por la demanda de los productos vegetales en referencia tampoco contribuyó a la
consolidación de los asentamientos humanos regionales y, más bien, la lectura de los
testimonios de la época dejan traslucir, de un lado, el establecimiento de relaciones de
endeude, características de la economía extractiva vigente a finales del
siglo XIX y en el transcurso de las primeras décadas del siglo XX, tanto en el Pacífico
como en otras regiones del país (Caquetá, Putumayo, Vaupes, etc.), y, de otro lado, un
intenso proceso de despoblamiento virtualmente asociado con esas relaciones de
endeude y, en general, con la dinámica de empobrecimiento inherente a la
economía extractiva:
La generalidad de los habitantes de esta
sección son labradores, quienes al concluir la labranza de una embarcación hasta de
cinco toneladas o un poco más, colectan entre sus vecinos la tagua, sabe Dios a costa de
cuantos sacrificios, hambres y compromisos para el futuro; se lanzan al mar con aparejos
que verdaderamente no prestan seguridad ninguna, soportan privaciones sinnúmero en su
largo viaje, venden en Panamá sus frutos y la embarcación la cambian a víveres para el
regreso, una escopeta, algo de pólvora, una caja de jabón, un galón de kerosene, algo
de manteca, un paquete de fósforos, su vestido, un traje para su esposa y una camisa para
algún chico, y quedan debiendo en Panamá porque no les alcanzó el producto llevado y se
comprometen a pagar en tagua el saldo; consiguen con sus compañeros el pasaje en otra
embarcación, pasaje que pagan con su trabajo; regresan y se lanzan con los elementos
traídos a labrar nuevamente, a colectar tagua y a cumplir con su trabajo, siempre con
privaciones y ahorcajadas los compromisos del viaje anterior.
Como tuve ocasión de venirme por las playas
pude informarme con todo el vecindario de las necesidades que hay en todo el litoral. En
dos años cumplidos que cuento de ausencia de toda esta región, ella se ha despoblado en
dos terceras partes, sin exageración alguna. Los pocos habitantes sobrevivieron por
milagro; son tan pocos que ninguna empresa podría ir adelante con tan escaso número. Por
consiguiente, el caucho, la tagua, etc., etc., son explotados en muy pequeña cantidad,
siendo hoy en su mayor parte las mujeres las que recogen estos frutos en las montañas.
Los labradores han emigrado a jurisdicción panameña en donde encuentran recursos en
abundancia y se les halaga con mayores garantías. El viajero que no venga provisto de
todo, lo pasará muy mal porque nada encontrará (Ramírez, 1909, folios 6,
7).
A comienzos del siglo XX se vivió un nuevo auge
de la minería en el Chocó, estrechamente relacionado con el crecimiento de la demanda de
materias primas por parte de la próspera industria europea y norteamericana. Durante este
segundo ciclo los tradicionales habitantes de la región y otros forasteros y
aventureros, atraídos por la posibilidad de hacer fortuna, se incorporaron a
las actividades extractivas en nuevos yacimientos. Se trataba en realidad de
los antiguos veneros que habían sido trabajados durante la Colonia, produciéndose en
consecuencia prolongados pleitos judiciales en torno a la posesión, propiedad y usufructo
del suelo, pero sobre todo del subsuelo, ya que los herederos de los antiguos propietarios
de minas volvieron sobre los títulos coloniales: cuando en virtud de la ley 19 de 1904,
las provincias del Atrato y San Juan se separaron del antiguo departamento del Cauca,
existían en Popayán 224 expedientes o títulos de minas del Chocó (Quevedo, 1910; folio
215).
Pero la reapertura de la frontera minera del
Chocó sólo fue posible y rentable mediante la incorporación de nuevas tecnologías que
demandaron, por supuesto, considerable inversión de capital. En consecuencia, los
herederos de los derechos coloniales sobre las minas, lo mismo que nativos y
buscadores de fortuna, pronto fueron desplazados por aquellas empresas que, generalmente
extranjeras y con suficiente capital, se vincularon al país con el fin de explotar
materias primas, y varias de ellas se interesaron en el oro y en el platino del Chocó:
The Frontino and Bolivia South American Gold Mining Company Ltd. (1907), The Colombian
Mine Corporation Company (1907), The Certegui Mining and Dredging (1907), The New Timbiqui
Gold Mine Limited (1910), Compañía Minera Alemana Colombiana (1912), Sociedad Francesa
de Minas de Oro del Dagua (1915), Pacific Metals Corporation (1917), Quito River Mining
& Dridging Company (1918), British Platinum and Gold Corporation (1919), etc.
(Echeverry, 1986; anexo).
Las empresas
extranjeras en referencia, entre otras, ingresaron con nueva tecnología a la vertiente
del Pacifico
, especialmente a los ríos
Condoto, Istmina, San Juan e Iró y mediante el dragado de éstos, obtuvieron apreciables
cantidades de oro y de platino, que en nada contribuyeron a la prosperidad de la región
ni del país. Por el contrario: el dragado de los ríos y el monopolio alcanzado allí por
la empresa Chocó Pacífico sobre la extracción de los metales, motivaron intensos
conflictos sociales. Esta empresa impidió a los nativos la navegación por
esos ríos y prohibió la explotación de los yacimientos en los mismos, prolongándose,
hasta décadas recientes, los conflictos en medio de transacciones ficticias de
nacionalización y de escandalosas quiebras. De esta manera, el
progreso, meta tan deseada desde finales del siglo XIX por empresarios,
estadistas y gobernantes y para cuyo logro el Estado otorgó generosas concesiones, no
llegó a la región del Pacífico: como había sucedido en el pasado colonial, durante el
segundo auge minero de las primeras décadas del siglo XX, la riqueza extraída no produjo
un crecimiento económico regional sostenido, ni mucho menos bienestar y, aún hoy, la
región continúa en su secular pobreza y aislamiento. En síntesis, la tradicional
pobreza de los habitantes de la región del Pacífico contrasta con la riqueza metalífera
que históricamente de allí se ha extraído y esta pobreza se explica, en la larga
duración, por el flujo de la riqueza hacia otras regiones y hacia otros países que se
han constituido en centros de poder financiero, tecnológico y político.
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COMUNIDAD DE SAN FRANCISCO. ALTO RIO NAYA
Fotografía Diego Arango
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