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44. CULTURA DEL
LITORAL PACIFICO
TODOS LOS MUNDOS SON REALES
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ALFREDO VANIN
Proyecto Biopacífico
ln Memoriam María Romero, mi madre
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QUEBRADA LA C0NCEPCI0N.
RIO NAYA.
Fotografía Diego Arango.
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Alguna vez escribí que la imaginación de un
pueblo trabaja con los mismos materiales de su historia, Sigo creyendo que, en el fondo,
sus búsquedas creativas tienen mucho que ver con las implicaciones históricas que han
enmascarado o reorientado las motivaciones y valores primigenios de un pueblo, que fue
desarraigado y tuvo que construir una cultura a partir de su memoria y su contacto con
otros pueblos, con otro hábitat y en condiciones humanas nada edificantes, donde
confluyeron la prepotencia de unos, la producción forzosa y la rebeldía de otros. Hablo
del Pacifico colombiano y sus largas noches de expoliación, marginalidad y creatividad.
Por las rutas
saladas
El encuentro de Balboa con el Mar del Sur (como
se le llamó entonces), el 25 de septiembre de 1513, no fue una coincidencia como sí lo
había sido el encuentro de Colón con el continente americano, Vasco Núñez de Balboa
había oído mencionar, por boca de los atormentados indígenas de Castilla del Oro y
Nueva Andalucía, donde había iniciado sus tropelías, un mar donde los barcos españoles
flotarían y de pueblos que sí tenían oro y riquezas. Balboa, además, tenía su cabeza
en peligro ante la corona española por el asesinato de Nicueza y decidió lanzarse al
descubrimiento que le haría perdonar sus faltas, remontando la serranía del
istmo del actual Panamá.
Pascual de Andagoya
sería el
primero en oír hablar del reino del Virú (o Perú), sin que hubiera
podido emprender su conquista, una tarea que le correspondería a Francisco Pizarro y a
Diego de Almagro desde la recién fundada Panamá.
El descubrimiento
del Pacífico para los europeos representó, entonces, tres aspectos
esenciales: se pudo completar el mapamundi, sirvió como puerta de entrada al imperio
incaico y se incorporó el oro del Pacífico a la economía colonial.
Los españoles, desde Colón hasta los que
llegaron en las dos primeras décadas del siglo XVI, estaban convencidos que encontrarían
el Mar Oriental. Después del desengaño de Colón, los conquistadores siguieron
embelesados con la idea de encontrar un paso que los llevara a las Indias Orientales, en
busca de las especias que el cierre del Mediterráneo, por turcos y venecianos, les
habían negado a las potencias europeas de entonces. Hernán Cortés quiso encontrar ese
paso en el actual México, y Pizarro en Centroamérica. Cuando Magallanes pasó por el
famoso estrecho, en 1520, y navegó hacia el norte hasta la altura del Ecuador, se
convenció de que no existía en los alrededores otro mar distinto al que había
descubierto Balboa. Su cronista de a bordo, Antonio Pigafetta, escribió en su diario que
habían navegado durante muchos días por un mar calmo y pacífico. De allí surgió su
nombre definitivo.
Si bien la riqueza del Atrato
había sido descubierta antes, el sur se convirtió rápidamente en un enclave poblacional
y productivo de grandes dimensiones locales. Al descubrirse la gran riqueza en manos de
indígenas de la costa de Nariño, el asentamiento colonial minero-esclavista empezó a
crecer a un ritmo acelerado. Surgieron así las minimetrópolis tropicales del
oro, cuyos nombres sonoros remiten ahora a la decadencia, la mala suerte y el
olvido: Santa María de las Barbacoas, Santa Bárbara de Iscuandé, Santa Bárbara de
Timbiquí, Raposo, Nóvita y otras de menor cuantía.
El comercio por el Pacífico no tuvo mayor
importancia durante la Colonia, dada la supremacía del Atlántico, limitándose a surtir
los enclaves mineros. Pero cabe destacar la importancia estratégica que asumió, tanto
así que las fundaciones de los principales puertos del Pacífico suramericano fueron
declaradas en menos de 30 años, como: Panamá (Pedrarias, 1519), Guayaquil (Sebastián de
Belalcázar, 1535), El Callao (1537), Buenaventura (Pascual de Andagoya, 1540) y
Valparaíso (Pedro de Valdivia, 1544).
La explotación del oro marcó la vida y el
sentido inicial del poblamiento colonial del Pacífico, cuyo eje fundamental era la
producción minero-esclavista, centrada en los Reales de Minas administrados desde la
ciudad de Popayán. Al principio, los indígenas aportaron la mano de obra, siendo
reemplazados después por los africanos, que empezaron a llegar al Pacífico a mediados
del siglo XVII, importados del Sudán, Congo y Angola, entre los que se destacaban las
culturas Yoruba, Carabalí, Bantú y Fanti-Ashanti.
Las guerras de independencia, la
prohibición de la trata de negros (cuyo comercio había comenzado formalmente para
América en 1518) y el
cimarronaje, fueron minando paulatinamente el modo de
producción basado en la esclavitud, hasta recibir el golpe de gracia con la promulgación
de la Ley de Abolición, en 1851, por el gobierno de José Hilario López. Los negros,
entonces, se dispersaron por las rutas que ya conocían los primeros libres, en tres
direcciones principales: hacia la parte central del valle geográfico del Cauca, hacia la
zona media del río Atrato (vertiente Atlántico), y hacia las zonas costeras de los
departamentos de Nariño, Cauca, Valle y Chocó. En este repoblamiento, el desplazamiento
del indígena fue consumado, quien acorralado y diezmado por la colonización española
había empezado a refugiarse en las partes altas de los ríos, aislándose y
deculturizándose, con su rica manifestación humana. Sólo ahora empieza a reponerse
junto con el negro, de los desastres de la colonización.
Tumacos,
waunanas, chocóes, barbacoas, telembíes, guapíes, sindaguas, cunas y emberacatíos son
los grupos indígenas más mencionados en los estudios históricos. Algunos (como los
tumacos) habían desaparecido ya a la llegada de los españoles. Otros dieron origen a
grupos actuales y otros perviven aún. Con ellos, pese a las malas relaciones impuestas
por el coloniaje, el negro aprendería a vivir en un nuevo hábitat y de ellos tomaría
muchos elementos para construir su vida cotidiana y su imaginario, además de la
influencia forzosa de los elementos culturales españoles. De todas maneras, la
transculturación y la retención fueron selectivas en muchos casos e incidieron más en
aquellos elementos que tenían mayor importancia para la supervivencia y la conservación
de la integridad del grupo, física y socialmente.
Los refugios y
sus aportaciones
Las naciones negras fueron mezcladas y
confundidas desde las mismas factorías negreras en costas africanas y en los puertos de
desembarque y distribución, el caso de Cartagena para la Nueva Granada, destacándose,
sin embargo, la predominancia de algunas culturas sobre otras como la yoruba y la bantú,
entre las implantadas en el Nuevo Mundo..
Las formas de esa implantación y los modos
particulares de producción impuestos, determinaron el rumbo de la transculturación del
negro.
Los cabildos y palenques tuvieron una gran
importancia en la Costa Caribe, no así en el Pacífico donde fueron menos consistentes.
Además, los cabildos de la costa Atlántica permitieron afianzar los lazos de los
diferentes grupos sirviendo, al igual que los palenques después, para defender el legado
cultural y determinar elementos de supervivencia étnica en medio de la turbulenta y
deshumanizadora esclavitud. Las santerías y músicas cubanas, brasileras y haitianas, por
ejemplo, son producto de una gran retención cultural, como lo pueden ser para el
Pacífico las manifestaciones musicales y danzas, el sentido religioso, la cocina, las
tecnologías creadas o adaptadas y, sobre todo, el modo de encarar la vida y transmitir
los conocimientos consolidados de generación en generación. To do esto se logró a
partir de la convivencia de amos y esclavos, de negros e indígenas, de negros esclavos y
de negros libres, lo que determinó el ritmo cultural del Pacífico y el paso de hombres
indispensables para la economía colonial, a marginados durante la República, siendo, sin
embargo, acorralados en su nuevo territorio, con sus riquezas explotadas de manera
irracional, acentuando la pobreza y la carencia de medios en que los dejó su nueva
situación, aunque a todas luces, preferible a la esclavitud.
Se impuso la economía de supervivencia, en
contradicción con la explotación industrial del oro y el platino, desde comienzos de
este siglo, y luego de la madera y la pesca, por parte de compañías transnacionales y
nacionales, debido a las concesiones otorgadas por el Estado, sin contar con quienes
habían habitado allí desde antes de los españoles y con quienes hicieron, también,
habitable una tierra inhóspita a la que se le ha echado mano a lo largo y
ancho de su territorio. No es extraño que el artículo transitorio 55 de la Nueva
Constitución hable de territorios baldíos, si fueron considerados así desde la Ley 2 de
1959. El Estado, a su vez, permitió contradicciones peligrosas al crear los Resguardos
Indígenas y dejar por fuera los beneficios de la tierra jurídicamente protegida a los
grupos negros. Situación que debe replantearse ahora, con la reglamentación del
artículo transitorio, teniendo en cuenta que el mismo Estado que lo prohíja concede de
nuevo el territorio a una compañía minera ruso colombiana, llamada Cosminas, en
el río Timbiquí, en un doble juego de intereses.
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JAIBANA. COMUNIDAD DE LA LERMA. RIO SAN
JUAN
Fotografía Diego Arango
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Todos los mundos son reales
El mosaico étnico del
Pacífico con sus, aproximadamente, ochocientos mil habitantes y sus mil trescientos
kilómetros de longitud, está conformado por una mayoría negra, que convive con
indígenas emberas y waunanas, mestizos y blancos, cuyas situaciones difieren de un grupo
a otro, según el acceso a los medios o capitales de trabajo y producción. De todos
modos, la gran mayoría de ellos sufre las consecuencias
de las incongruentes políticas estatales de desarrollo, la carencia de servicios
públicos y la arremetida periódica de los desastres naturales.
Deben recordarse también las diferencias que en
materia de música, danza y dialecto han existido entre el sur y el norte del Pacífico,
debido principalmente a la incomunicación impuesta por la Colonia entre las dos zonas, de
seguro, para evitar levantamientos y cimarronajes, lo cual, unido a la artificial
división territorial, exacerbó ciertos nacionalismos y localismos en cada
subregión y subzona. Estas diferencias no ocurren, por ejemplo, en muchos elementos de
las prácticas mortuorias, la tradición oral como subsistema comunicativo y de memoria
colectiva y la actitud y valores comunitarios.
En la selva húmeda frente al mar se dio una
cultura maravillosa, cerrada en sí misma, de grandes tradiciones, llena de simbolismos,
en la que los mundos diferentes se complementan y se rigen: el mundo ahistórico y el
mundo histórico, la realidad y su mojiganga o representación, la sombra y el cuerpo, la
vida, el nacimiento y la muerte. Subsiste una gran expresión, marginada y vulnerable,
rica en propuestas de acción real y simbólica sobre el mundo, sin amenazarlo con la
destrucción. Y la historia, aunque poco conocida de la manera en que Occidente conoce,
está allí nutriendo los goces, las imaginaciones y los descalabros.
En el Primer Festival del Currulao en Tumaco
(diciembre de 1987), pude observar una comparsa en la que un capataz azotaba a una
cuadrilla de esclavos. En los rostros se representaba el temor y el descontento. La
rebelión estaba lejos, pero la ira comenzaba.
Recordé luego que,
en las celebraciones del
Día de Reyes, en algunos pueblos de la costa caucana
se acostumbraba formar la comparsa de Negritos. Los hombres se vestían con
pantalones cortos deshilachados y las mujeres con bayetas que rememoraban viejos tiempos.
Se pintaban el cuerpo con carbón y la boca de rojo, como para resaltar la negrura, y se
cruzaban la espalda y el pecho con tintes vegetales rojos, para indicar los malos tratos
recibidos. Portaban escopetas hechizas, machetes y azadones, en actitud a veces sumisa y a
veces amenazante. El canto que entonaban durante el recorrido por las calles era el famoso
Aunque mi amo me mate / a la mina no voy. Un capataz de cuadrilla venía tras
ellos con un látigo pero, en cada parada de la comparsa, los esclavos volvían las armas
contra él y lo amenazaban, al igual que contra los que presenciaban la comparsa, quienes
eran conminados a dar algún real. Y el drama recomenzaba luego. Se trataba,
claramente, de una representación de esclavos que se fugaban y eran capturados de
nuevo.
Muchas danzas reviven la vida en los canalones y
barracones de la esclavitud, al igual que los rituales del enamoramiento y el trabajo
cotidiano. El baile se entronca en la historia y la vida, recrea una simbología patética
y casi ritual, sublimadora de la existencia.
Los instrumentos y ritmos del Sur recuerdan
ciertos sonidos de marea, de cadencia de lluvias, de cantos de pájaros, de fugas
desmesuradas en busca de la libertad o de reconcentración en el espacio social interno,
donde también se es libre, sometido a las leyes del grupo, que premia o castiga
socialmente. Por algo, uno de los aires musicales se llama juga. El currulao,
cuya significación parece ser la de baile rápido, es un romance de salón
que no transgrede ninguna cortesía, así la pareja muestre un aire de indiferencia y
desdén antes de la conquista danzarina. Porque la mujer no debe entregarse fácilmente,
según los viejos códigos. Debe esperar hasta que el hombre muestre el plante
que tiene.
En el Norte, los
clarinetes, redoblantes y platillos sustituyen a la marimba, los cununos y los bombos. Los
aires se llaman jota, contradanza, abozao y otros. Pero en un punto se encuentran: en la
rumba, un aire musical que se toca en ambas subregiones con flauta, redoblante y platillo,
en las zonas media y alta de los ríos.
En la danza, como en toda
representación teatral , el mundo nace y muere allí, lo externo y lo interno se
compenetran, la ficción y la realidad
se
desvanecen sus fronteras, lo mismo que el ayer y el ahora.
La tradición oral con sus relatos, coplas y
décimas, con un alto sincretismo europeo y africano, permitió ejercer la venganza
simbólica contra la dominación: religión, esclavitud, explotación y deshumanización.
Por eso en los relatos los reyes carecen de poder y la ironía y la posibilidad de vencer
las adversidades y coronar las empresas, permanecen latentes. El triunfo del débil, pero
inteligente y astuto, sobre el poderoso, malandrín y tirano; el ascenso del pobre digno y
el descenso del rico atropellador, son elementos que evidencian la revancha contra un
mundo injusto. El negro le otorgo a la décima glosada y a la copla españolas su ritmo y
su color, su ámbito social y su lenguaje. Fue cautivado por los relatos caballerescos
europeos, porque él, también, provenía de tribus guerreras y el griot africano seguía
siendo el portador de la memoria colectiva. Las recreaciones de la tradición oral crean
un corpus lúdico y normativo al mismo tiempo.
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MERCADO PUERTO MERIZALDE.
Fotografía Diego Arango
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Tres mundos
pueblan los relatos y la concepción del imaginario del Pacífico:
Ei inundo de aquí. Es el
mundo de la Conciencia, la historia y la leyenda. En este mundo todos debemos observar
unas normas éticas, ser leales a los demás y no sacar partido de los otros. El trabajó
es una actividad de subsistencia; el ascenso económico solo es aprobado sin murmuraciones
cuando es concedido por algún don o virtud, por fuerzas sobrenaturales benignas.
El mundo de arriba. Es un mundo lleno de
designios y, más que de milagros como en la religión católica aunque trabaje con sus
divinidades, es un mundo de poderes, al igual que en el Panteón Africano, cuyas
divinidades tuvieron que ser enmascaradas para, luego, traslucirse en las apropiaciones
culturales de santos, Como San Antonio, San Pacho y La Virgen del Carmen.
El mundo de abajo. Es un submundo
primitivo, a veces identificado con regiones de monte y agua, de donde surgen
las visiones malignas y los maleficios.
Los tres mundos se comunican, para eso están
los cantos, la música, la danza y los sueños. Los santos y las ánimas de los muertos
sirven, a la vez, de intermediarios. Cada mundo posee sus propias manifestaciones. Así,
por ejemplo, en el mundo de aquí están los hombres nacidos y por nacer y, en parte, las
ánimas que rondan y protegen. En el de arriba están dios, los santos, los angelitos y
las ánimas de adultos que fueron al cielo. En especial los santos Como San Antonio, que
pasea mucho por la tierra, y La Virgen del Carmen, patrona de pescadores y navegantes, son
celebrados en su fecha con navegaciones en canoas festoneadas y arrullados después en las
casas. En el inundo de abajo habitan las Sirenas, las Buenas Viejas, los Juan Osos, los
Sebastián de las Gracias, el Duende, el Riviel, la Tunda, la Madrediagua y el Diablo y
tantas visiones y personajes de los relatos que recogen lo que existe pero no se ve o,
sólo, es posible de ser visto) por los que pueden. Pero del mundo de arriba bajan los
santos en figura de hombres a trabajar en éste, y del de abajo surgen los príncipes y
animales encantados para convertirse en hombres. A su vez, los hombres, por algún
encantamiento, pueden irse a vivir con las sirenas o convertirse en angelitos si mueren
siendo niños y los padres evitan llorarlos. Los velorios de adultos, con sus cantos de
alabao al comienzo y al final de las nueve noches, sirven para acompañar el ánima del
difunto para que su tránsito al otro mundo no sea penoso. Alguna vez una señora me
explicó que sí no cantaran los grillos y chicharras en la noche, se escucharían los
gritos de los condenados. El decimero Benildo Castillo, de Tumaco, en su décima El
Letardo, hizo un viaje maravilloso por los diferentes sitios de arriba. En
Santa María del Sesé me contaron que la procesión de viernes santo con sus velas
encendidas, seguía viéndose en la loma de la iglesia muchos días después por los
mismos que habían participado en ella.
Los tres mundos, que son uno, y todos son
reales, no son tan dilatados en la concepción de los relatos. El mundo queda reducido a
una pequeña extensión donde hay, digamos, varias dimensiones del existir.
Así, por ejemplo, por más que los personajes viajen a lejuras sin tregua, gastando
zapaticos de oro o de hierro, con el auxilio de animales fantásticos, del viento, del sol
o de la luna, para regresar no tienen que hacer siempre el mismo viaje: caen en la misma
dimensión de donde partieron. Al parecer, el viaje es simplemente un ejercicio para
iniciarse en la otra dimensión. Así lo evidencia, por ejemplo, el relato El
Príncipe Tulicio, informado por José Montaño Ruiz, en el río Guají, en 1977.
El
ámbito es cerrado y socialmente vulnerable para quienes lo habitan. De allí que se
busque la protección de los santos como de los muertos. Se busca la riqueza, pero no
tanto por el afán de comprar cuanto se antoje, sino por la virtud o el don que existe
detrás de su entrega. Así sean unos pocos reales, el hombre o La mujer sienten que
están protegidos si siempre encuentran o les pinta el oro. Ese metal no es para
gente de mala voluntad, es para quien tenga la piedra que lo haga accesible, entregada por
alguien de arriba. Si llega a tenerse en cantidad, servirá obviamente para comprar muchas
cosas, pero el prestigio radicará menos en la riqueza, que en la virtud que lo acompaña.
Igual sucede o sucedía con el pescador que siempre consigue buena pesca.
La vida da y quita. Las mareas regulan su ritmo.
El ocio reparador es un compás de espera en una región que no se afana por acumular
bienes ni depredar el medio.
Del agua y del monte
pueden surgir también dones especiales, que si son entregados en forma indirecta por
alguien de arriba no son censurables, como sí lo son cuando los otorga el diablo mediante
pautos (pactos) del
alma por la riqueza. Recordemos al siniestro
buque Maravelí, cuya proa arriba a las orillas para llamar a lista a los
empautados.
Entre tanto, por
los senderos oscuros del monte y del agua trajinan los espíritus indígenas, que otorgan
a los jaibanás el poder de curar o de hacer maleficios, al igual que los curanderos
negros.
Las canoas pintadas y bautizadas con sus
enrevesados nombres, los balcones de algunas casas ribereñas, los pasos o
saltaderos de la orilla, limpios y rematados con cruces de hojas, parecen
ejercer una metáfora del río, una impronta humana en la densidad de la selva
circundante, para que los viajeros no se extravíen y los malos espíritus sigan de largo.
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