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39. LA VIVIENDA RURAL EN EL
CHOCO
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GILMA MOSQUERA
Arquitecta
Profesora Titular
Universidad del Valle
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Por medio de un
conjunto de observaciones sistemáticas y de investigaciones realizadas, en numerosos
poblados del Chocó y del extenso municipio de Buenaventura, se pudo constatar la amplia
difusión territorial de varios fenómenos muy particulares que atañen al poblamiento y a
las características del sistema urbano-residencial en la región del Pacífico, las
cuales se manifiestan con gran fuerza en los asentamientos campesinos que se esparcen en
los ríos y playas del litoral. Unos de esos fenómenos habían sido señalados por el
geógrafo Ernesto Guhl (1949 - 1967), los antropólogos Roberto Pineda, Virginia
Gutiérrez (1950 - 1968 - 1976) y Nina de Friedemann (1974), los registramos entre la
bahía Cupica y el cabo Corrientes, en la parte baja y media del San Juan y en el área de
influencia de Buenaventura; y los estudiamos detalladamente en la Bahía Solano y en la
comarca central del río Atrato.
Este texto presenta los resultados más
relevantes de las investigaciones sobre los caseríos y la vivienda e integra un conjunto
de diagnóstico y evaluaciones, que fueron hechas por los moradores de unas aldeas
típicas en el transcurso de varias experiencias colectivas de planeamiento y diseño
urbanístico y arquitectónico. Igualmente, se refiere a unas posibilidades de
mejoramiento de la calidad de vida que considera tanto las particularidades del medio
social y natural de la región, como las perspectivas que proporcionan las leyes relativas
a la descentralización, la autonomía de los municipios y las funciones transferidas a
los gobiernos locales, en 1986, y la participación de las comunidades en los procesos de
planificación y ejecución de obras.
El sistema aldeano
Antecedentes
Tanto las numerosas fuentes documentales
consultadas, como nuestros propios estudios en la región, permiten identificar dos ciclos
históricos en el proceso de poblamiento de la vertiente del Pacífico colombiano. No se
sabe cuándo se inició el primero, que en términos de cultura se puede llamar
indoamericano, o amerindio si se prefiere; sobre su desenlace, puede asegurarse que la
intrusión militar española de fines del siglo XVI precipitó su declinación. El
segundo, que calificamos como afroamericano, se articula con la penetración hispánica,
toma impulso en el siglo XVII y se fortalece en el XVIII, pero adquiere su máxima
expresión demográfica y territorial desde fines del XIX.
En el último ciclo, considerando tanto la
magnitud, extensión, volúmenes y ritmos del poblamiento, como la configuración de los
asentamientos humanos y sus nexos con los ciclos económicos, es imprescindible distinguir
dos etapas en la trayectoria histórica de la provincia del Chocó, una vinculada a la
minería y otra articulada a la colonización agraria.
Una fase inicial de economía extractiva
de aluviones auríferos, mediante el primitivo mazamorreo con bateas en los ríos o las
rudimentarias minas de canalones en los sedimentos ribereños. Esta etapa, enmarcada por
el régimen colonial español y sus consecuencias, perdura durante más de dos siglos; se
inicia a fines del siglo XVI, culmina hacia fines del XVIII y entra en crisis a mediados
del XIX con la abolición de la esclavitud.
Al principio fue una empresa militar, la llamada
Conquista del Chocó, que en definitiva no lograron en 1540 las expediciones
de conquistadores españoles, ni tampoco en el transcurso del siglo XVI; sino que la
alcanzaron -parcialmente- hacia 1650-1680, unas abigarradas tropas de milicias civiles que
incluían criollos, montañeses, mestizos y mulatos, procedentes de las cordilleras,
Cauca, Pasto, Popayán, Cali, Buga o Cartago. Esta conquista tardía se inscribe en la
búsqueda de unas bases de economía extractiva de saqueo y en un período caracterizado
por una escasa demografía, factores que explican varias peculiaridades del
poblamiento.
Es así como la contada población (más bien,
mano de obra) se concentra en los lugares de explotación de los recursos y se conforman
unos asentamientos insulares rodeados por inmensos territorios; unos despoblados, otros de
muy baja densidad humana; todos permanecen sin dominar ni administrar, unos se quedan sin
explorar. La extensión de las zonas ocupadas se limitaba a los distritos mineros más
accesibles o, potencialmente, más promisorios y rentables.
En estos lugares el poblamiento es
territorialmente reducido e intensivo. Los núcleos bajo administración colonial nunca
alcanzan, en la jerarquía establecida por la Corona, las categorías máximas de ciudad o
de villa. Son Reales o Pueblos de indios y los principales
asentamientos se califican como pueblos: pueblo de Nóvita, pueblo de Quibdó, puerto de
La Buena Ventura. Al terminarse la ocupación española, desde El Raposo hasta el Atrato
Bajo, no se había conformado más de una docena de caseríos, algunos de ellos tan
endebles e inútiles, que desaparecieron en la etapa siguiente.
La fase de colonización popular agraria
y de minería independiente, extensiva y pacífica, fue impulsada primero por cimarrones y
luego por libertos y manumisos. Se asoma en el último periodo colonial, progresa en el
siglo XIX, prospera después de la manumisión; alcanza su pleno desarrollo territorial a
principios del siglo XX; y sigue conservando actualmente su dinámica y su vigencia,
aunque está interferida y mermada parcialmente por los efectos de la tendencia nacional
generalizada a la urbanización.
Con la
manumisión, la recuperación demográfica y un marcado crecimiento de las fuerzas
productivas que auspician la necesidad de tierras nuevas, esta segunda etapa concluye con
el surgimiento de numerosas colonias agrícolas espontáneas que se riegan en toda la
región; siguiendo las huellas y el ejemplo precedente de los cimarrones. Libertos y
manumisos se lanzan en múltiples exploraciones y, por medio de la pacífica conquista de
las selvas, fundan miles de pequeñas estancias
ribereñas de cultivo de maíz, caña, coco, arroz, yuca o plátano. Sintetizando, donde
fracasó la empresa militar del soldado español en busca de oro, tres siglos más tarde,
fu exitosa la labor del colono negro.
Por su misma dinámica interna este proceso
culmina con la superación de la mera producción para autoabastecimiento y la obtención
de excedentes comerciables; a su vez, la búsqueda de comercialización del plusproducto
lleva a la fundación de pequeños centros de acopio. Así nacen, en menos de un siglo
(más o menos entre 1870 y 1940), centenas de localidades nuevas a lo largo del litoral,
alrededor de Buenaventura, en las riberas del Baudó, en todo el curso del San Juan y del
Atrato, igual que en toda la franja caucana o nariñense del litoral Pacífico,
generalizándose un tipo genuino de asentamiento residencial colectivo: el asentamiento
aldeano.
De tal modo que
con este fenómeno la región presenta una peculiaridad notable en el panorama nacional de
la colonización de baldíos del periodo 1850-1940: la verdadera conquista territorial de
la provincia del Chocó y su colonización son de carácter endógeno y no exógeno. Obra
genuina de los grupos humanos arraigados en la región con anterioridad, actúa por
expansión progresiva de sus dos principales segmentos étnicos, los aborígenes -cunas en
el Darién, emberas y noanamas, en el centro y sur, chamis en el occidente- y más que
todo los vástagos de los esclavos africanos. Desde luego, la especificidad del
poblamiento se expresa en forma proporcional a la fuerza demográfica de cada grupo
étnico; en no pocos casos, el proceso conduce a la convivencia de colonias biétnicas y a
una formación cultural sincrética nueva, que incorporan y solidarizan los aportes de
ambas vertientes.
Las aldeas
Como se vio, la primera etapa de ocupación de
la vertiente del Pacífico se caracteriza por la escasez del poblamiento territorial y la
obligada concentración demográfica de la masa laboral en unos pocos Reales de Minas,
privilegiados tanto por su accesibilidad como por su óptima producción aurífera. Por el
contrario, con un movimiento demográfico invertido, la etapa siguiente produjo una
prodigiosa expansión del poblamiento territorial, mediante la máxima dispersión de la
población y el surgimiento de numerosos asentamientos agrarios. Hoy en día, este último
modelo persiste y sigue dando vida a un sistema de pequeños centros rurales de tipo
aldeano, articulado al dinámico proceso de colonización agraria que continúa
involucrando a la producción de subsistencia a estrechas fajas a lo largo de los ríos y
las costas.
Actualmente, en medio de la selva y azotados por
las persistentes e intensas lluvias propias del clima tropical superhúmedo, se
desarrollan un sinnúmero de aldeas fluviales y marítimas. Abundan en los municipios
costeros del Chocó y en las cuencas de los ríos Atrato, San Juan y Baudó; empleando
mapas, fotografías aéreas del IGAC y observaciones directas identificamos más de 150
núcleos. Varios caseríos de los municipios antioqueños de Murindó y Vigía del Fuerte
se ubican a orillas del río Atrato y de su afluente el Murrí. En el Valle del Cauca,
cerca de 90 asentamientos se concentran en el inmenso municipio de Buenaventura,
principalmente a orillas de los ríos Raposo, Cajambre, Yurumanguí, Anchicayá, Dagua y
Naya. En el departamento del Cauca los pequeños centros rurales se encuentran en los
ríos Micay, Timbiquí y Guapí; un sencillo chequeo cartográfico indica unos 70 núcleos
ubicados en los municipios de López, Timbiquí y Guapi. En Nariño se esparcen en los
municipios de Iscuandé, el Charco, Mosquera, San José, Barbacoas, Tumaco y Payán; por
lo menos 100 caseríos se localizan en las riberas de los ríos Patía, Telembí,
Iscuandé, Mira y Mataje.
De modo que este fenómeno de poblamiento
nucleado en aldeas integra a treinta municipios que reúnen más de 400 asentamientos, con
una población total que sobrepasa los 300.000 habitantes. Esta población, censada como
rural, llega a ser con frecuencia el 90% de la población total del municipio.
El desmonte de baldíos genera un asentamiento
disperso en los cultivos y un conjunto de caseríos lineales, que resultan de la
transformación progresiva de la parcela productiva inicial, aislada en el monte. La
evolución de la producción agrícola y el incremento geográfico promueven el
asentamiento asociado o nucleado, que pronto se transforma en vecindario y más tarde se
convierte en centro veredal o comarcal con una cierta complejidad económica y social. El
ascenso del poblado puede culminar con su constitución en cabecera de una nueva
jurisdicción municipal; sin embargo, por diversos motivos, muchos núcleos incipientes
desaparecen o se estancan, mientras otros van surgiendo, fenómeno que permite afirmar la
vigencia de estos patrones. De esta manera se ha conformado un sistema urbano-residencial
anfibio, constituido esencialmente por pequeños centros rurales, que raramente aglutinan
más de 2.000 personas, y por caseríos que albergan de 10 a 100 familias. Los de mayor
tamaño físico y demográfico actúan como cabeceras municipales aunque casi nunca
alcanzan 5.000 habitantes. En el contexto de la región se destacan las ciudades de
Tumaco, Quibdó y Buenaventura, polos de atracción intrarregional, que alcanzaron un
máximo desarrollo urbano y cuya población oscila entre 50.000 y 200.000 personas.
Algunas particularidades socio-económicas
Las comunidades negras que habitan en las aldeas
se encuentran en una fase de transición entre la economía de tipo doméstico y la
economía mercantil simple. Analizándolas se reconocen, sin mayor esfuerzo, rasgos de las
comunidades domésticas agrícolas y de las comunidades rurales o de vecinos.
Perduran
tanto el uso colectivo o rotatorio de las tierras de labranza, los bosques y las aguas,
como el acceso a ellos por medio de la herencia a través de un ancestro focal, la
donación o el usufructo. El colono accede al solar residencial del poblado de manera
similar y construye su casa sin preocuparse por la titulación del predio. En la mayoría
de los casos el fundador, sus descendientes o el inspector de policía, ceden
gratuitamente los solares, excepcionalmente los venden por sumas muy moderadas - se paga
el derecho y no la propiedad -, y es rarísima la especulación con las tierras.
Igualmente, la vivienda tiene un valor de uso, se presta fácilmente a un familiar
conocido, y en muy pocas ocasiones las familias alquilan casas o cuartos a funcionarios o
comerciantes que se radican transitoriamente en un poblado y no están interesados en
construir una vivienda.
La
familia produce casi exclusivamente para su mantenimiento y reproducción; sin embargo,
por medio de la venta de excedentes agrícolas y de productos provenientes de la
recolección (caza, pesca, frutas silvestres), ha establecido con la economía monetaria
nexos que obedecen ante todo a la necesidad de adquirir elementos procesados,
herramientas, telas y vestidos. Esos vínculos con la sociedad dominante y el modo de
producción capitalista, cada vez más estrechos, transforman paulatinamente las
relaciones de propiedad y de trabajo de tipo doméstico.
Con
mucha frecuencia existen múltiples relaciones de parentesco entre las diversas familias
que explotan un frente común de colonización de extensión reducida; en las aldeas, la
comunidad se estructura y organiza alrededor de lazos de parentesco, compadrazgo y
amistad.
Muy a menudo en las etapas iniciales de su
conformación, predomina el apellido de los fundadores y sólo en una fase posterior
surgen nuevos apellidos por medio de la exogamia.
Lo anterior incide en las relaciones
laborales basadas en la solidaridad y el trabajo en común para los desmontes, rozas y
siembras, las cosechas, la deforestación o la pesca colectiva con atarrayas. Usualmente
el producto de las labores colectivas se reparte entre la familia extensa,
muchas veces el pago de jornales, por concepto de trabajo en las parcelas, se hace con
parte de la cosecha o se retribuye con trabajo. Así se mantienen costumbres, como la
cesión-cambio, la retribución de favores y el intercambio de productos (Yuri
Semionov, 1978).
Por otra parte, el predominio de esta clase de
relaciones sociales y de producción, consolida la unidad cultural de la región la cual
se manifiesta en una gran homogeneidad social de las colectividades locales. En las aldeas
más pequeñas la diferenciación social es imperceptible o nula, la mayoría de los
habitantes son colonos que dependen económicamente de unos ingresos cíclicos bastante
inestables y variables según la abundancia o escasez de las cosechas y la oscilación de
la demanda de productos agrícolas y maderas en los centros urbanos consumidores. Una baja
proporción de maestros de primaria y secundaria, de funcionarios estatales de menor
categoría y de comerciantes e intermediarios de la producción agrícola y maderera,
muchas veces provenientes de otras regiones del país, aportan el elemento principal de
diferenciación socio-laboral y económica. Algunos nativos poseen unas misérrimas
tiendas o graneros pero son, ante todo, cultivadores que tratan de mejorar sus contados
recursos monetarios y que fracasan, con frecuencia, en este propósito; otros se dedican a
la extracción de maderas o se vinculan momentáneamente a cargos oficiales muy
subalternos (inspector de policía, promotora de salud, maestra...) pero con ingresos
fijos que mejoran temporalmente su situación económica.
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