|
38.
LA COSTA BRAVA
CATASTROFES NATURALES, VULNERABILIDAD Y DESASTRES EN LA COSTA DEL PACIFICO
GUSTAVO WILCHES-CHAUX
Fundación para la Comunicación Popular, FUNCOP
HANS JURGEN MEYER
ANDRES VELASQUEZ
Observatorio Sismológico del Suroccidente, OSSO Universidad del Valle
 |
Sea mentira o sea verdad
se abra la tierra
y se vuelva a cerrar
que el que lo está oyendo
lo vuelva a contar.
Alfredo Vanín
(Letanía del Pacífico)
|
|
Fotografía Diego Arango.
|
|
El explorador francés Jacques Cousteau anotaba
la paradoja de que a un planeta cuyas tres cuartas partes están cubiertas de agua, se le
de el nombre de Tierra.
Nosotros nos encontramos con una paradoja
similar: a la región de Colombia en donde los cambios de la naturaleza se expresan con
mayor contundencia, en donde los terremotos, los tsunamis, las tempestades eléctricas, la
violencia desbordada de los ríos y los incendios, entre otros fenómenos, constituyen
realidades casi cotidianas, le damos el nombre de Costa Pacífica.
En las páginas siguientes, vamos a intentar
escrutar la dinámica de la naturaleza en esta porción del planeta que, para los efectos
de este artículo, hemos preferido denominar Costa Brava.
Esa bravura se traduce, a veces, en
pérdidas económicas y víctimas humanas, como veremos, no por causas
naturales, sino por la creciente vulnerabilidad de las comunidades que la
habitan; una situación que surge del atraso económico y de la pérdida de la capacidad
de autorregulación de los ecosistemas, debida al acelerado deterioro de la naturaleza
como consecuencia de la acción humana.
Como lo anotamos al final del texto, la
destrucción de la costa Pacífica y el incremento de los llamados desastres
naturales, sólo se podrán detener si somos capaces de comprender y respetar el
sentido y la dinámica de sus ecosistemas y la cosmovisión de sus gentes.
Terremotos
En Guangüí
me fue relatado que, de acuerdo con la
costumbre emberá, a una joven, cuando tuvo la menarquía,
la recluyeron en un pequeño recinto dentro de la casa, pero
los padres la encerraron mucho tiempo y empezó a engordar
hasta que del peso el piso de la casa se rompió y en la tierra se
fue enterrando hasta que quedó en una cueva en las
profundidades. Allí está acostada con los brazos extendidos;
en ocasiones llega un ratón y le muerde la mano, entonces ella
mueve algún dedo y la tierra tiembla.
... se
cuenta que el mundo tiembla porque Karagabí que
tiene la tierra en una mano la pasa a la otra para descansar.
Mauricio Pardo Rojas
(Conceptos cosmológicos de los Emberá)
Sí. El país avanza. De manera lenta, pero
inexorable. (Inexorable: Que no se deja vencer de los ruegos, según el
diccionario).
En realidad, todo el continente avanza. Toda
América del Sur: unos cuantos centímetros anuales. Hacia el occidente. Hacia el océano
Pacífico. O mejor: sobre el océano Pacífico. Sobre el trozo de corteza terrestre que le
sirve de fondo al océano Pacífico.
Porque la corteza de la tierra no es, como
erróneamente nos enseñaban en la escuela, como la cáscara que envuelve una naranja. No:
la cáscara de la naranja es una piel más o menos uniforme, continua. La corteza de la
tierra, en cambio, es un conjunto de placas fracturadas, que flotan y navegan y chocan y
rozan de manera violenta unas contra otras, sobre el manto, la capa de material fundido
del interior del planeta.
Sobre esas placas flotantes, están los
continentes: América del Norte, América del Sur, el Asia, el Africa, la India, las
Filipinas, la Antártida, Australia...
Sobre esas placas
también se encuentran el mar Caribe y el océano Pacífico.
El centro del Atlántico se extiende sobre la
fractura que separa la placa Suramericana de la placa del Africa: una cordillera o
dorsal submarina que atraviesa longitudinalmente, de Sur a Norte, la corteza
de la tierra, como esas fracturas/suturas que simultáneamente separan y
juntan los huesos del cráneo. Una gigantesca grieta por donde aflora magma, de manera
continua y permanente, desde las profundidades del planeta.
Hace 250 millones de años todos los continentes
formaban una sola masa, Pangea (en Latín: toda la Tierra), que
comenzó a partirse por esa cordillera centro-oceánica que atraviesa el Atlántico. Se
inició la Deriva Continental. El proceso continúa: dentro de 150 millones de
años habrá desaparecido Centroamérica, ese cordón umbilical que une a Norteamérica
con Suramérica. El oriente del Africa se habrá escindido del centro del continente a lo
largo del Nilo. Se habrá cerrado el golfo Pérsico. El Atlántico cada vez será más
ancho y el Pacífico más estrecho. La placa Suramericana habrá continuado montando a la
fuerza sobre el fondo del océano Pacífico. En concreto, sobre la placa de Nazca, la
porción del fondo del océano que choca directamente contra Suramérica.
Donde la placa de Nazca y la placa de la
Antártida colindan con la placa del Pacífico, se abre otra dorsal submarina, que empuja
a las dos primeras en dirección al Oriente (más de seis centímetros al año) contra la
placa Suramericana que avanza en dirección contraria; y la placa del Pacífico hacia el
Occidente, contra la placa indo-australiana y el oriente del Asia. Las placas oceánicas
se consumen bajo los continentes.
Por la cresta continua de la cordillera
sumergida del Pacífico, fluyen, también, gases y lava de manera permanente. A pesar de
la oscuridad, la profundidad y las altas presiones existen allí especies animales,
vegetales y bacterias, adaptadas a un medio que parecería imposible para la existencia de
la vida. Como no alcanza a llegar luz, las plantas han aprendido a reemplazar la energía
solar por energía derivada de los compuestos de hidrógeno y azufre que afloran de las
grietas. La fotosíntesis es sustituida por la quimiosíntesis.
A todo lo largo de las líneas de choque entre
las placas, se forman profundas fosas oceánicas. El material de la placa que se sumerge
bajo el continente se refunde con el manto de la tierra en la llamada Zona de
Wadati- Benioff.
El fenómeno se extiende a casi todo lo largo de
un anillo, que asciende por la costa occidental de América del Sur, América Central y
Norteamérica; sigue el curso de las Aleutianas, en Alaska, y desciende por el Japón, el
Extremo Oriente, las Filipinas e Indonesia, hasta el Pacífico Sur, donde se encuentra
nuevamente, al norte de la Antártida, con el continente Suramericano. Ese anillo se
conoce como Cinturón de Fuego del Pacífico: 360 grados sobre los cuales se
ha localizado el mayor número de terremotos del planeta. De hecho, uno de los terremotos
de mayor magnitud que se han registrado en la historia (8.9 grados en la escala de
Richter), ocurrió en 1906 sobre el Cinturón de Fuego del Pacífico: mas
precisamente, frente a los límites entre el Ecuador y Colombia, no lejos de Tumaco. Fue,
además, uno de los más largos terremotos conocidos.
La placa de Nazca
choca contra la placa Suramericana sobre una línea a unos 150 kilómetros al occidente de
la costa de Colombia. Bajo la costa Pacífica, en el llamado Andén del
Pacífico, la corteza de la tierra está cruzada de sur a norte por fracturas y
discontinuidades: fallas geológicas, resultado local de los enormes esfuerzos
presentes en la deriva de los continentes y de las colisiones entre placas. Cuando las
tensiones entre los trozos de corteza que interaccionan a lo largo de una falla llegan al
máximo, se produce una ruptura súbita y violenta: un terremoto.
Maremotos
Cuando esa ruptura sucede
bajo el fondo del océano, surge un maremoto. La agitación repentina del fondo del mar
produce olas gigantes, cuya altura se incrementa al acercarse a la costa. Cuando llegan a
ella, barren cuanto encuentran a su paso. El fenómeno se designa con una palabra
japonesa, tsunami, que quiere decir, gran ola en el puerto. De hecho los
japoneses han sido, quizás, las principales víctimas de los tsunamis y quienes mejor los
conocen.
Los pobladores del Pacífico colombiano los
llaman ola negra, ola de visita o, simplemente, la
ola. En 1906 la ola destruyó a San Juan de la Costa. Testigos de
tsunamis afirman que, en el primer sacudón, el agua retrocede mar adentro,
toma impulso y se devuelve embravecida contra la playa. Quizás hoy no se encuentre en la
costa Pacífica ni una sola población que no haya renacido, por lo menos una vez, de la
destrucción total, debido a un terremoto, un tsunami, un incendio o cualquier otra
catástrofe.
En la región del río San Juan los indios
cholos creen en Tachajone, el dios civilizador que gobierna el mundo, y lo invocan en sus
necesidades para que se aplaquen los terremotos, los incendios y las lluvias.
Pero el movimiento
de la tierra es inexorable y no se deja vencer de los ruegos.
El medio ambiente, en cambio, suele poner en
manos de las comunidades los elementos necesarios para su adaptación y supervivencia. La
vivienda tradicional de la costa, con paredes de madera y techo en palma, es ideal para
zonas de terremoto: flexible, donde se requiere que las casas se muevan al ritmo de la
tierra y, además liviana, lo cual aminora los riesgos de la licuefacción (el
fenómeno por el cual algunos suelos materialmente se licúan cuando son sacudidos por un
sismo).
Lamentablemente, en especial en los núcleos
urbanos más importantes del Pacífico, la casa de madera está siendo desplazada por
edificaciones de concreto y ladrillo. Por múltiples razones: paradójicamente, en tierras
donde supuestamente existen unos de los bosques más diversos y tupidos del planeta, la
madera fina es cada vez más cara y más escasa. La tala ha sido implacable
(casi hasta la extinción) con las buenas maderas. Si la madera no es óptima o si no se
ha inmunizado o cortado en la época adecuada, la casa es incapaz de resistir por mucho
tiempo las condiciones del medio. Por otra parte, no son muchos ya los artesanos que
conocen las técnicas de construcción apropiadas.
Incendios
Los incendios son también culpables de la
sustitución de las casas tradicionales: el miedo al terremoto no puede tanto como el
miedo al fuego, frente al cual, las casas de ladrillo y concreto son menos
vulnerables.
Quibdó, El Charco, Guapí, Roberto Payán: en
alguna medida, todas las poblaciones de la costa han sido alguna vez víctimas de
devastadores incendios. Pocos meses antes de escribir esto, se quemó la mayor parte de
Bocas de Satinga, el mayor puerto maderero de Nariño.
Pese a eso, no existen en los núcleos urbanos
de la costa, sobre todo en los pequeños, medios adecuados ni suficientes para prevenir y
combatir el fuego: ni equipos de bomberos, ni hidrantes que funcionen, ni una cultura para
evitar los incendios.
El
Niño
Yo conversé
con la luna
hablé con todos los muertos
llegué donde estaba el rayo
el relámpago y el trueno.
Benildo Castillo
(Décimas del Pacífico)
Cuando el tiempo era más regular y predecible,
en medio de lo más agudo de la época de lluvias, que en el suroccidente de Colombia va
normalmente de septiembre a junio, promediando diciembre se presentaba, casi
religiosamente, una corta temporada de buen tiempo, que los viejos conocían,
por su coincidencia con la Navidad, como el verano del Niño, en comparación
con esa temporada oficial de verano que iba, indefectiblemente, de principios
de julio a mediados de septiembre.
Ese episodio anual de menor
importancia, es una pieza del complejo rompecabezas del clima que los meteorólogos no han
podido todavía armar del todo; el fenómeno de El Niño, el cual está
asociado a cambios climáticos a los cuales la ciencia les pretende encontrar posibles
cuasiperiodicidades, pero que, las más de las veces, son tan caóticos y drásticos, que
se les atribuye incluso responsabilidad en el derrumbamiento de la cultura preincaica de
Chimú, que floreció en cercanías de lo que hoy es Trujillo, en la costa peruana.
Para entender qué es el fenómeno de El
Niño, comencemos por describir someramente cómo es en épocas normales la
interacción entre los vientos y el mar en el Pacífico tropical.
|
 |
|
|
|
|
Los vientos alisios soplan
normalmente de oriente a occidente, desde una zona de alta presión atmosférica sobre
América del Sur, hacia una zona de baja presión sobre Indonesia. A su paso, empujan la
capa de agua superficial y cálida del océano Pacífico hacia las costas de Indonesia, en
donde se acumulan y provocan un ligero incremento del nivel del mar. Bajo la superficie,
se forma una contracorriente de aguas más frías en dirección Occidente-Oriente, que
aflora a la superficie en la costa Suramericana, cargada de plancton en suspensión y de
nutrientes, lo cual propicia la abundancia de peces. A principios del siglo pasado,
Alexander von Humboldt pensó que se trataba de una corriente que traía hacia la región
ecuatorial aguas de la Antártida y en honor a su nombre se bautizó, como Corriente
de Humboldt. Hoy se sabe que las aguas frías de la corriente, más que correr de
Sur a Norte, afloran a la superficie, por el proceso descrito, desde las capas profundas
del océano. El fenómeno se conoce como Corriente del Perú y a este debió
ese país la hoy amenazada prosperidad de su industria pesquera y su producción de
salitre a partir de las aves guaneras.
Por causas que todavía no puede explicar
completamente la ciencia, cada cierto tiempo la zona de baja presión de Indonesia se
traslada hacia el centro del Pacífico, lo cual altera la dirección y la fuerza de los
vientos, que comienzan a soplar de occidente a oriente. En consecuencia, la dirección de
la corriente superficial de agua cálida del océano también se invierte, y en lugar de
agua fría, se comienza a acumular frente a las costas suramericanas un agua entre uno y
cuatro grados Celsius por encima de la temperatura normal. Esto produce, como efecto
inmediato, que el agua carezca de nutrientes, lo cual provoca la migración o la muerte
masiva de aves y peces y el consecuente desastre para las industrias pesqueras y guaneras.
En 1972-73 y en 1982-83, el Perú padeció consecuencias económicas catastróficas como
resultado de El Niño.
Pero los efectos de esta ligera alteración de la
temperatura del Pacífico van mucho más lejos: en 1982-83 fuertes vendavales y tormentas
azotaron al Perú y al Ecuador, produjeron deslizamientos e inundaciones, destruyeron
obras de infraestructura y poblaciones enteras y dejaron miles de víctimas humanas. Casi
un tercio del territorio ecuatoriano quedó inundado en estos años. Simultáneamente, y
por el mismo fenómeno, en Africa y Australia se registraron agudas sequías, a raíz de
las cuales se presentaron además grandes incendios; huracanes azotaron a Hawai, en
algunas regiones se duplicó la velocidad de los vientos; fuertes lluvias cayeron sobre
Estados Unidos, Brasil y China.
Los científicos llaman al fenómeno El
Niño - Oscilación Sureña y lo reconocen como una alteración global del clima de
la tierra. Pese a que la costa Pacífica colombiana no es la más damnificada, también se
registran sus efectos: alteración del régimen de lluvias, incremento del nivel del mar,
disminución de la pesca y cuando el fenómeno coincide con uno de los frecuentes
períodos de viento y oleaje, puede destruir poblaciones, como ocurrió en 1982 con
Bocagrande y Ladrilleros.
Algunos investigadores se atreven a especular
sobre posibles relaciones entre fenómenos geológicos y sísmicos, producto de la
tectónica de placas, y el fenómeno de El Niño. ¿Podría, por ejemplo, un
incremento de la actividad volcánica en la dorsal del Pacífico, provocar el
desplazamiento del sistema de baja presión que desencadena esa alteración global del
clima?
Lo cierto y seguro, como decíamos atrás, es
que mientras más destructiva sea la actividad humana sobre los ecosistemas costeros,
mayor será la vulnerabilidad de las comunidades asentadas sobre el Andén del
Pacífico a fenómenos de origen natural, como los terremotos, los tsunamis,
las
inundaciones, los vientos fuertes, las tempestades eléctricas y la erosión de las
riberas por la fuerza de los ríos, o a fenómenos de origen directa o indirectamente
humano, como la erosión y los incendios o algo que está lamentablemente presente en los
ríos del Pacífico, la reducción alarmante de la pesca de agua dulce por utilización de
técnicas destructoras de los recursos del medio.
Destrucción de
los ecosistemas
La Ensenada es una pequeña población costera
de Nariño, una península no lejos de la bocana del río Guapí. Cuando el
terremoto-maremoto del 79, el nivel de lo que en La Ensenada podríamos llamar
suelo, descendió - al igual que en otros lugares de la costa - un poco más
de un metro. El mar poco a poco ha ido ganándole terreno a las viviendas, empujando la
arena bajo las casas construidas sobre pilotes de mangle, obligando a los pobladores a
arrinconarse sobre el lomo de la península o sobre la orilla opuesta. Los únicos sitios
de la península que se encuentran protegidos, están donde los manglares no han sido
diezmados.
La costa del Ecuador sobre el
Pacífico fue fuertemente azotada en 1982 por la corriente de El Niño. En
este momento, diez años después, se agudizan los síntomas de un retomo del fenómeno.
Cualquiera que sea la intensidad intrínseca del mismo, en la década pasada ha ocurrido
en la costa del Ecuador un proceso que puede hacer mucho más graves sus efectos: los
manglares han sido sistemáticamente destruidos para construir estanques para el cultivo
de camarón en cautiverio. Las costas están quedando desprotegidas, desnudas. Los
mecanismos naturales de autoregulación de los ecosistemas costeros han perdido su
capacidad de absorber los vientos, el golpe de las olas y los fuertes aguaceros; efectos
destructivos de El Niño.
En la costa colombiana, también, avanza la
destrucción de bosques y manglares y la perturbación de canales y esteros. Un ejemplo
dramático de intervención de consecuencias a largo plazo todavía imprevisibles, lo
constituye el llamado Canal Naranjo, abierto hace unos quince años en la
provincia costera, con el fin de trasladar madera a flote entre el ría Patía y el
Sanquianga. Cuando se construyó, no se pensó que más allá de constituir una mera
fístula para comunicar dos vías de agua, a través del canal se desviaría una gran
parte del agua del Patía, debido a que la embocadura de éste último es ligeramente más
alta que el nivel de la salida del canal con el Sanquianga. El canal Naranjo, que en sus
inicios no superaba el metro y medio de ancho, es hoy todo un río de fabricación humana:
ha provocado que se dupliquen el ancho y el caudal del Sanquianga, el cual ha arrasado
varios caseríos y constituye una amenaza para Bocas de Satinga. Nadie ha evaluado
todavía los efectos de esta obra de ingeniería involuntaria sobre el delta
del Patía; pero lo cierto es que mientras más intervenga el ser humano de manera
irresponsable sobre la naturaleza, más vulnerables serán nuestras comunidades frente a
los cambios del ambiente, como los maremotos, los tsunamis y los efectos de El
Niño.
Lo más lamentable es que mundialmente se se ha
comprobado que del costo de un árbol tropical en en los mercados internacionales,
escasamente un diez por ciento se queda en el país de origen; seguramente, menos en manos
de los habitantes de la región en donde ha sido talado: un precio demasiado bajo para
vender nuestra capacidad de convivir con los ecosistemas.
Regresar al
índice
Continuar con el
capítulo
|