COLOMBIA PACIFICO
TOMO II
Pablo Leyva (ed.)
© Derechos Reservados de Autor

36. CENTINELA DE DOS OCEANOS: URABA
(1900-1940)
(1)

 

CLAUDIA STEINER
Profesora
Departamento de Historia
Investigadora Centro de Estudios Sociales, CES,
Facultad de Ciencias Humanas
Universidad Nacional de Colombia

ISTMINA
Fotografía Diego Arango

 

Las fronteras que aparecen en los mapas son por lo general caprichosas. Las líneas oscuras que dividen los departamentos difícilmente podrían reflejar la historia de las regiones y de sus habitantes, que por exceso de guerras, violencia y pobreza, se han visto obligados desde el siglo pasado a desarrollar una característica habilidad para recorrer el país de un lado al otro. 

Es el caso de Urabá, en donde a pesar de las actuales diferencias económicas entre los dos lados del golfo, la historia del “Urabá chocoano” y la del “Urabá antioqueño” han estado siempre unidas por una permanente relación entre sus habitantes a través del mar, sus ríos y selvas. 

En los primeros años del presente siglo, Urabá tenía muy poco que ver con el interior del país. En efecto, para sus habitantes este nombre identificaba al golfo y a las poblaciones cercanas a los ríos que desembocaban en el Atrato hasta Mutatá. De hecho, incluso en épocas precolombinas, tal como se anota en los informes arqueológicos, se deduce hoy en día una continuidad cultural aborigen desde Acandí, en las costas de Urabá, hasta Chigorodó y Mutatá. (Informe, 1953).  

Si bien, como consecuencia de la Guerra de los Mil Días, una cantidad considerable de campesinos de Bolívar y del Sinú habían salido de sus tierras devastadas en dirección hacia el golfo de Urabá, fueron pocos los que llegaron del interior. Para aquellos que se habían atrevido a entrar a la región, la experiencia no había sido del todo positiva. Conviene recordar lo sucedido a un grupo de patriotas colombianos que intentaron, después de la separación de Panamá, entrar nuevamente en este territorio, por entonces en manos de Estados Unidos. 

..... tres expediciones, compuestas de tres mil valientes patriotas colombianos al mando de los generales Daniel Ortiz, Juan C. Ramírez y José D. Monsalve, lograron desembocar, en diciembre de 1903 y enero de 1904, en los puertos de Acandí y Titumate, sobre el golfo de Urabá, y procedieron animosos a abrir un camino o trocha que los condujera a Colón, por regiones pantanosas e insalubres, donde sucumbieron tales expedicionarios, víctimas de las enfermedades y las plagas. Las desoladas aguas que bañan la costa de San Blas recibieron los cadáveres de miles de esos abnegados colombianos. . .“ (Otero, 1926:50). 

De igual manera, la participación de los indios cholos de Panamá, durante la Guerra de los Mil Días, había sido ampliamente demeritada por la prensa del interior. Tanto por el desconocimiento de su historia como de su cultura, las formas que tomó el apoyo de esta comunidad al partido liberal fueron presentadas en el interior como actos de barbarie y salvajismo. Posteriormente cuando los jefes de los partidos pactaron la paz en las ciudades, el dirigente de los cholos, Victoriano Lorenzo, quien no había participado en los últimos actos de guerra de su comunidad, fue fusilado en 1903. (Jaramillo, 1991: 98-100).

 

Urabá visto desde Antioquia 

Pisisí era el centro urbano donde se desarrollaba el comercio y desde allí partían los barcos hacia Cartagena y Quibdó. Ni los indios cuna de Caimán Nuevo, ni sus pobladores provenientes de las islas de Barú, de Bolívar, del Chocó, ni del Sinú se imaginaban que, algún día, Pisisí se llamaría Turbo, ni que los barcos que traían las mercancías de Cartagena serían remplazados por camiones y buses procedentes de Medellín. 

Mientras tanto, en el interior del país se buscaba la forma de acercarse al golfo. Acercamiento que para Antioquia adquiría un significado particular: con la segregación y posterior creación del departamento de Caldas, en 1905 el gobierno nacional anexó en compensación a Antioquia la banda oriental del golfo. En las múltiples divisiones, creaciones de estados independientes y guerras civiles del siglo pasado, a través de diversos decretos, Turbo le había pertenecido ya una vez a Antioquia, así como también al Cauca y al Chocó. 

Ante la imposibilidad de Antioquia de tener una presencia efectiva en el golfo, el gobierno departamental creó la Provincia de Urabá, cuya capital hasta 1911 fue Frontino. Este municipio del noroccidente antioqueño funcionaba, desde entonces, como la “punta de lanza” de la colonización antioqueña hacia Urabá, a través de la cual se esperaba que el departamento se hiciera cargo de las inmensas riquezas que, según los promotores de la colonización, aguardaban a los antioqueños una vez cruzaran las exuberantes selvas y los caudalosos ríos que los separaban de la tierra prometida. Pocos colonos se atrevieron a lanzarse a tan incierta empresa, que por otro lado significó el inicio del desplazamiento de los indígenas habitantes de las zonas de Frontino y Dabeiba, quienes sí se vieron obligados a marchar hacia el Sinú, Chocó y Urabá. 

Las discusiones en el departamento giraban en torno a las propuestas que diferentes ingenieros antioqueños presentaron al gobierno y que tenían que ver, principalmente, con la decisión de construir un ferrocarril o una carretera. Para la construcción del ferrocarril del Darién, que cruzaría las llanuras del río León, el gobierno firmó un contrato con Henry D. Granger. Un norteamericano, “...mezcla selecta de las razas latina y sajona...”, según “El Colono de Occidente”, quien había llegado por primera vez al país en 1890, trabajando en una expedición de ingenieros en las minas del alto Andágueda. Por el fracaso de esa empresa, volvió a su país para regresar luego a explorar placeres auríferos en los ríos de Urabá, habiendo denunciado cerca de 200 minas de oro. Sin embargo, el proyecto del ferrocarril del Darién nunca llegó a realizarse, tanto por sus costos, como por la dificultad de realizar la obra debido a las inmensas barreras geográficas que separaban a Medellín de Turbo. Los esfuerzos se concentraron, entonces, con mayor o menor intensidad, dependiendo de las políticas y de las finanzas departamentales, en la construcción de una carretera que, finalmente, llegó a la costa en 1956. 

La preocupación antioqueña por llegar a Urabá no tenía, sin embargo, mayor eco en la vida del golfo. Finalmente eran muy pocos los habitantes de la región que tenían algún contacto con Medellín. Solamente algunos funcionarios enviados por el gobierno departamental y que, generalmente, aceptaban vivir allí porque el desempleo en la capital los obligaba a desplazarse a tierras que, a pesar de la propaganda sostenida por algunos periódicos, seguían siendo para los del interior inhóspitas y peligrosas, representando más un castigo que un lugar para vivir. Ejemplo de esto lo presenta el diario “El Antioqueño”, en un editorial sobre seguridad pública en el país, (febrero de 1905), en el cual planteaba como solución al problema, enviar a los vagos y a los ladrones a territorios lejanos, como Casanare, San Martín, San Andrés y el Chocó. En el caso de Antioquia, “... se destinarán las personas ociosas y malas a la región del Atrato, si se realiza el proyecto de abrir allí camino, desmontar y poblar...” 

En ocasiones, algún diario aceptaba que, a pesar dé los esfuerzos del gobierno por convencer a los campesinos acerca de los beneficios de la colonización, esta era una empresa difícil para los antioqueños. Generalmente se hacía referencia a las dificultades de la “raza antioqueña” para adaptarse en tierras habitadas por otras “razas”. En un diario de Frontino en 1905 se decía: “... Convenido: que la raza blanca no puede vivir con salud en los terrenos bajos, húmedos y plagosos, y que sólo puede existir allí la raza negra ocupando los ríos navegables, transitando en sus canoas las aguas como caminos... 

La percepción de la región del Atrato como “territorio lejano” es acorde con la imagen de frontera interna que tenía Antioquia sobre Urabá. Es así como en el departamento, Urabá, ya desde esta época, sería visto de manera ambigua. De un lado, como la despensa de futuras riquezas una vez que el “elemento antioqueño” se apropiara de ella y la llevara, bajo la tutela espiritual de este pueblo colonizador, por el camino seguro del desarrollo. Del otro, representaba el lugar lejano, donde podía enviarse todo lo que pudiera alterar el funcionamiento de ese centro de orden y tradición que debería ser Medellín.  

El gobierno departamental, por tanto, insistía en la necesidad de que pobladores antioqueños comenzaran a ocupar estas tierras. La colonización se presentaba como el llamado de una nueva gesta conquistadora, la cual finalmente acometería exitosamente los propósitos no alcanzados por los españoles, al tiempo que se constituía en un acto de patriotismo. Es por esto por lo que don J. H. White recomendaba en un diario de Frontino en 1905 que, “... debe tenerse muy presente que el Chocó vale más que Panamá, por las inmensas riquezas que guarda su privilegiado suelo. En el Chocó todo es fabuloso; sus bosques están cuajados de las más valiosas resinas, de maderas inapreciables, de tagua, de tintes de todas clases; el algodón y la caña de azúcar crecen allí de un modo verdaderamente increíble (...) Es un campo inmenso para todas las industrias, es el porvenir de Colombia.” 

Al argumentar el patriotismo de la colonización, varias razones se esgrimían al respecto. La de más peso indicaba que la región del Darién, después de la secesión de Panamá, tan sólo un par de años antes, se había convertido en la frontera que había que defender contra los yanquis invasores. Esta defensa de la soberanía se sustentaba, por lo general, con noticias sobre posibles invasiones al territorio patrio. El fantasma de la codicia yanqui aparecía con fuerza en todos los discursos sobre la colonización. Había que evitar a toda costa que los usurpadores se apropiaran también del Chocó. 

El Chocó sin embargo, a pesar de lo que pudiera pensarse en el interior, asumía de manera inequívoca su condición colombiana. En los diarios de Quibdó se hacía énfasis en que, no obstante el “abandono y el maltrato” por parte del interior, este departamento se erigía al lado del “vecino traidor”, como la orgullosa frontera colombiana. Durante varios años el diario “Ecos Republicanos”, publicado en Quibdó, traía el siguiente recuadro en su primera página: 

El Chocó reemplaza a Panamá en todo sentido, menos en que jamás será traidor a la patria. Y la desidia (sic) del gobierno nos dejará morir pero, ˇantes la tumba que dejar de cubrirnos con el pabellón glorioso de la Patria Colombiana! 

 

La vida en el golfo 

Fotografía Diego Arango

 

Pero si los chocoanos consideraban que el reconocimiento de su orgullo patrio por parte del gobierno nacional era escaso, el del departamento de Antioquia lo veían como inexistente, por decir lo menos. De hecho, en el discurso antioqueño de la colonización, al tiempo que se desconocía la historia de la región, se excluía a sus habitantes de cualquier participación en el anhelado desarrollo. Esta situación sería, durante las primeras décadas del siglo, la causa principal de los conflictos que se vivieron en la región, los cuales no se manifestarían de manera violenta sino hasta la época de la violencia partidista. Sin embargo, durante este periodo es posible observar algunas formas de resistencia a la colonización antioqueña que tienen que ver entre otras, con el rechazo de los valores del interior, la reafirmación de identidades étnicas a través de la política y el comercio, al tiempo que se mantuvieron actividades que, de vieja data, estaban por fuera del control estatal. 

Este discurso generaba en los habitantes del golfo un soterrado rechazo hacia lo que, desde entonces, ya percibían como una expansión antioqueña en su territorio. En octubre de 1907, el intendente del Chocó viajó desde Quibdó a Titumate, acompañado por el señor Carlos Ferrer. Este último escribió una serie de artículos para el diario “El Chocó”, relatando la experiencia. De su paso por Turbo comentó: 

“... Nos detuvimos, aunque por muy pocos momentos, en los caseríos ribereños del Guayabal, Curvaradó y Riosucio, así como también en la población de Turbo que está situada en el fondo de la bahía de Pisisí, caseríos que hacen hoy parte del departamento de Antioquia, y fue más que desagradable la impresión que recibió el Sr. intendente viendo la decadencia de estos poblados y la desmoralización que de ellos se ha apoderado,(...), debido a la larga distancia que los separa de los centros administrativos del departamento a que hoy pertenecen y las ningunas vías de comunicación, las notas oficiales llegan a su poder cada dos o tres meses y eso cuando no se pierden. (...)”. 

En efecto, las gestiones municipales se veían permanentemente entorpecidas por la lejanía de la administración central. El correo se hacía por vía marítima o fluvial desde Cartagena y una carta se demoraba dos meses desde Bogotá. A pesar de que las comunicaciones y el comercio se realizaban a través de Cartagena y de que sus habitantes se desplazaban a esa capital o hacia Montería, las actividades administrativas dependían de Medellín.  

A pesar de lo que pudiera pensarse en Medellín, la región del Atrato tenía una vida propia, ciertamente desconocida por el interior. Y mientras ésta transcurría en el golfo, en Antioquia se hacían planes para “conquistar” las tierras del Atrato y fundar una ciudad que se llamaría “Ciudad Reyes”, la cual se ubicaría a cinco kilómetros de Turbo. En la celebración llevada a cabo el día de la fundación de la provincia de Urabá, el juez primero del Circuito, Dr. Tomás María Silva, anunciando la esperada visita algún día, de naves de naciones amigas, dijo: 

"... Ya me imagino que surge populosa y floreciente de este movimiento apenas iniciado, la futura Ciudad Reyes con sus edificios artísticamente decorados, sus altas torres, sus elevados faros; rodeada de jardines, retratándose como Nápoles, en la superficie de las aguas del Atlántico y adormecida al cadencioso ritmo de las olas...” 

Estos planes y diseños, que poco tenían que ver con el paisaje de Urabá ni con sus habitantes, no alteraban mayormente el poblamiento de la región. Mientras en el interior del departamento se llevaban a cabo las campañas de colonización y se hacían esfuerzos por diseñar el Urabá “antioqueñizado” y “civilizado” que sería la “redención de Antioquia”, la región continuaba configurándose con pobladores procedentes del Chocó, de la costa Atlántica y de los valles del Sinú. 

Con respecto al Chocó, sin embargo, no se podría decir que se iniciaba un proceso de desplazamiento hacia la parte antioqueña del golfo. La relación entre las dos costas existía desde la colonia y la navegación de un lado al otro del golfo era permanente. Igual se podría decir de las comunidades cuna de Caimán Nuevo y de Unguía, para quienes las selvas de las costas del golfo, tanto de su parte oriental como occidental, constituían el Darién que habían habitado desde antes de la Conquista española (2) . Durante los primeros años de existencia de la Pro­vincia de Urabá, la prefectura eclesiástica tenía su sede en Quibdó y, por tanto, en materias religiosas los habitantes de Urabá dependían del Chocó. En Turbo exis­tían algunas escuelas que daban educación primaria. Si los estudiantes poseían medios para continuar su educación, el bachillerato lo seguían en el “Instituto del Sinú”, en Montería, regido por el conocido educador Jaime Exbrayat, o bien estudiaban en Cartagena. Los padres carmelitas también habían fundado una escuela especial para los indios llamada Riogrande. 

Procedentes de Lorica llegaron también, en aquellos años, algunas familias sirio-libanesas que se dedicaron al comercio y a la ganadería. Los almacenes y las casas de comercio de Turbo y Quibdó se vinculaban, por lo general, con los apellidos de estos pobladores. Los sirio-libaneses fueron junto con un grupo de alemanes, que intentaron sembrar banano para exportación en Turbo - intento que fracasó en 1914-, los primeros empresarios de la región. La industria azucarera que estableció la familia Abuchar en la margen occidental del golfo con el nombre de Ingenio Sautatá, es recordada como uno de los principales estímulos para el desarrollo chocoano durante las primeras décadas del siglo. Este ingenio fue desmontado en 1946, siendo su fracaso la frustración de muchos trabajadores procedentes tanto del Chocó como de Bolívar. (Valencia, 1983:31-35). Políticamente, las familias sirio-libanesas fueron importantes representantes del partido conservador en una región que siempre se ha definido como liberal. Esto lo explican por su llegada al país durante un gobierno conservador al cual, consideraban, le debían agradecimiento y lealtad. 

 

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1. Este trabajo forma parte de una investigación más amplia sobre la historia de Urabá en el presente siglo, la cual ha sido financiada en parte por el Fondo para la Promoción de la Investigación y la Tecnología del Banco de la República. Las referencias sin mención bibliográfica corresponden a personas entrevistadas en Urabá, Córdoba y Cartagena desde 1988 hasta el presente año. Han sido igualmente importantes los aportes del profesor Jaime Arocha. (Regresar a 1)

2. En un oficio enviado en 1875 al señor Director de la Oficina de Estadística nacional por el jefe municipal del Atrato en el Estado soberano del Cauca, refiriéndose a la región del Darién y á sus habitantes, se lee: “... Si el gobierno nacional mirara con algo de fraternidad esta tribu votando anualmente en el presupuesto una partida para reducirlos completamente a la vida civil es seguro que tendrá en los cunas un centinela avanzado en los océanos Atlántico y Pacífico  (Anuario, 1875:149). (Regresar a 2)