COLOMBIA PACIFICO
TOMO II
Pablo Leyva (ed.)
© Derechos Reservados de Autor

35.  LA RELACION CHOCO-ANTIOQUIA
żUN CASO DE COLONIALISMO INTERNO?

  

PETER WADE
Department of Geography and Institute of Latin American Studies
University of Liverpool

Texto propuesto por Alexander Cifuentes.

MANUEL MARIA PAZ. PLAZA DE BARBACOAS.
Acuarela de la Comisión Corográfica.
Fotografía Oscar Monsalve.

 

La relación Antioquia - Chocó se ha convertido en uno de los factores más poderosos en la determinación del proceso de desarrollo del departamento del Chocó. La proximidad de una región negra, subdesarrollada y rica en recursos naturales, con otra región no negra, desarrollada y en busca de la expansión económica ha engendrado una serie de relaciones regionales y raciales que han marcado fuertemente el destino del Chocó, así como el de Antioquia. Sin embargo, la relación Antioquia ­Chocó es solamente la forma más reciente de la relación Chocó - Resto del País, que ha existido desde principios de la época colonial.

En este ensayo, empiezo con el fondo histórico en el cual se desarrollaron las relaciones contemporáneas entre el Chocó y Antioquia. Se enfoca la sociedad quibdoseña en este análisis y de ahí se procede hacia una caracterización más general de la economía del Chocó. Luego, se examinan dos contextos específicos de la relación Antioquia - Chocó, a saber, el Urabá chocoano y los migrantes chocoanos a Medellín. En conclusión, hago un resumen del concepto de colonialismo interno para ver hasta qué punto se presta para un análisis de la situación del Choco.    

 

El fondo histórico 

Para entender las relaciones que existen entre el Chocó y Antioquia, o, más generalmente, el interior del país, es preciso remontarse a la época colonial y seguir las fortunas del Chocó como región periférica y aislada hasta hoy. 

Se puede empezar con la época colonial a fines del siglo XVIII. Lo que existía era una sociedad netamente esclavista, creada y mantenida con el propósito único de saquear la riqueza aurífera de la región (1) . Según el censo de 1778, la población se conformaba así: blancos, el 2%; indios, el 37%; libres, el 22%; y esclavos, el 39% (Pérez Ayala 1952). Los blancos eran una pequeña minoría integrada por mineros, oficiales administrativos y algunos pocos sacerdotes. La mayoría de los dueños de las minas vivían fuera de la región, muchos en Popayán. Los indígenas vivían apartados de los pueblos de la sociedad colonial, pero su fuerza de trabajo se explotaba en la construcción de la vivienda, los acueductos y las canoas y en el cultivo de los alimentos para los campamentos mineros. Los esclavos trabajaban en la minería y en el cultivo de los alimentos en grandes cuadrillas, el 90% de ellos en cuadrillas de más de 30 esclavos (Sharp 1976). 

Los libres, principalmente negros y mulatos, estaban poco integrados a la sociedad colonial. No había mucha demanda para la mano de obra libre y aunque los libres cultivaban cosechas que se vendían a los pueblos y campamentos mineros, estos vínculos comerciales no significaban un alto grado de integración. En un informe al rey en 1801, Carlos de Ciaurriz, escribió: 

“La situación de lo interior de estas montañas [del Chocó] no tiene otro recurso que el de las vegas que hay distantes unas de otras en la longitud de los ríos; en ellas residen precisamente dispersos los mulatos, zambos y negros libres de dichos partidos para cultivar y subsistir (...) y haciendo comercio, proporcionando a sus cosechas con los mineros y los pueblos y con las gentes de otros ríos”. (citado en ortega 1954:276). 

Con todo, el Chocó nunca avanzó más allá de ser “una frontera minera de las márgenes de los centros del comercio, educación y autoridad que se desarrollaban en la Nueva Granada” (Sharp 1976: 3). En su Relación del Chocó de 1780, Juan Jiménez Donoso comentó que “el comercio interior.., es muy corto... solamente el oro, única materia comerciable que hay, y con ella se proveen de cuanto han menester, estando por esta razón ricos los lugares circunvecinos y miserables los del Chocó” (citado en Ortega 1954: 224). Visitando el Chocó en 1820, el francés Mollien se sorprendió al ver que el oro se encontraba doquiera, pero que “en medio de toda esta riqueza, el hombre es pobre y miserable” (1824: 304). Igualmente, el viajero inglés Charles Cochrane, encontró que Nóvita era “un pueblo miserable”, calificando a Quibdó también como “un lugar miserable” (1825: II, 417, 441). 

La razón de esta miseria no se tiene que buscar muy lejos. En 1851, Mario Espinosa describió cómo los mineros blancos que vivían en el Chocó no hacían sino “zambullirse, buzos codiciosos en aquel mar de calor, de humedad y de plaga... para amontonar a todo trance y a toda carrera con el trabajo del esclavo, fuertes riquezas, para ir luego a disfrutarlas a otra parte... sin dejar en (el Chocó) un monumento de piedad, ni una muestra de civilización” (citado en Velásquez 1983: 54). Para la sociedad colonial, el Chocó se veía como una región inhóspita, peligrosa, salvaje y destinado a ser poblado solamente por indígenas y negros, vistos igualmente como “primitivos” y “salvajes”, mientras la población blanca utilizaba la región y a su gente para la extracción de los recursos naturales. 

Después de la Independencia y la emancipación de los esclavos hubo cambios radicales, pero también continuidad estructural. El régimen esclavista se empezó a desintegrar desde las vísperas de la Independencia. Ya en 1808 la población esclava había disminuido al 20% del total debido, en parte, a la retirada de esclavos ante la caída de la producción aurífera (Sharp 1976: cap. 10; Colmenares 1979: 87). Mientras tanto, la población libre había aumentado hasta conformar el 61% del total, más por el crecimiento natural de la población que por los casos de manumisión (Sharp 1976: 199, Wade 1989a). Con el colapso total de la esclavitud, la población blanca se retiró en su mayor parte, afrontaba problemas insuperables de mano de obra. La población negra ya no quería trabajar para ellos, una actitud comprendida por los blancos como simple “pereza”. Aún antes de 1851, Cochrane había observado que los negros libres eran “demasiado perezosos para trabajar y se contentaban con procurar una suficiencia de plátanos y maíz para subsistir” (1825,11, 420). Otro viajero norteamericano dijo: “Los negros continuaron sacando oro por su propia cuenta en s puntos más favorables y donde se requiere escasa labor, con el único fin de atender a sus diarias necesidades; pero como éstas son pequeñas y es aún menos su ambición, se entregaron a la pereza que los caracteriza” (White, citado en Restrepo 1979: 82). Brisson, el explorador francés, comentó en 1895 que “hay escasez de brazos: cada negro tiene su minita donde trabaja algunos días de la semana... prefiere ganar poco pero ser libre y trabajar por su cuenta” (1895- 151).  

Ante esta situación, los blancos no podían seguir trabajando como antes, pero no se retiraron del todo. Se mantenían en los centros urbanos, desempeñando actividades fundamentalmente mercantiles. Brisson nos describe cómo “en las arcas de hierro se amontonan el oro y el platino que cambian los negociantes a los negros que vienen cada sábado y domingo a comprar desde los ríos lejanos” (1895: 128). Para ese entonces, “los antioqueños introducen ganado, marranos, fríjoles, papas y cebollas” (1895: 129). 

Para poder comerciar, se necesitaban rutas de entrada y salida. En la época colonial ya existían caminos que vinculaban Nóvita con Cartago y Anserma, y Bagadó con el Chamí (Risaralda). Por vías fluviales (con arrastraderos) Bebará y Beté negociaban con Santa Fe de Antioquia; Sipí se comunicaba con el Naranjal (Valle); y del bajo San Juan se llegaba al Cauca por el río Dagua. Quibdó tenía salida por el Atrato, salvo entre 1698 y 1789, cuando el tráfico fue prohibido; y finalmente, había rutas marítimas que conectaban la costa chocoana con Panamá, Lima y Guayaquil (Velásquez 1983, Ortega 1954: 224). Terminada la época esclavista, algunas de estas rutas de comunicación cayeron en desuso y el comercio se hacía principalmente a través del Atrato con Cartagena, aunque, como hemos visto, los antioqueños ya introducían productos agrícolas que venían del sur de Antioquia en recuas de mulas. 

El Chocó ha sido y sigue siendo una región sumamente aislada, pero el oro, como el agua de sus ríos, siempre ha encontrado salida, mientras que los artículos importa­dos han penetrado para facilitar la extracción del metal, como medios de intercambio. El control de este comercio ha estado a través del tiempo principalmente en manos de una minoría no negra que mantenía vínculos con el interior del país o con la costa Atlántica. Debido a su control cuasi monopolista sobre el comercio, esta minoría podía explotar la región y su población negra sin mayor problema, y se permitía un estilo de vida lujoso.

 

Quibdó en el siglo veinte 

Podemos entender mejor la situación del Chocó en los primeros decenios del siglo veinte al reconstruir, un poco, la sociedad quibdoseña de aquella época. Este cuadro recuerdo se basa en entrevistas con el doctor Félix Arenas, ingeniero de minas y exalcalde de Quibdó; el doctor César Rivas Lara, escritor y catedrático de la Universidad Tecnológica del Chocó; Miguel A. Caicedo, poeta y escritor chocoano; Emilio Bechara comerciante de ascendencia siria y Judith Ferrer, descendiente de la familia Ferrer que en una época representó la flor de la élite blanca de Quibdó. (2)  

En aquella época, Quibdó era un pueblo mediano, vinculado más que todo a Cartagena, de donde venían muchos artículos importados, incluso, desde Europa. Socialmente había dos grandes categorías: los blancos y los negros. 

La élite blanca estaba formada por los descendientes de las antiguas familias coloniales y los inmigrantes del Cauca y Antioquia. Desde 1915, los turcos, inmigrantes siriolibaneses, llegaron a controlar gran parte del comercio quibdoseño. Esta élite blanca era fundamentalmente comercial, aunque también poseía tierras mineras. Vivían en la Carrera Primera, que daba al Atrato, y tenían grandes casas de madera con sus negocios en la primera planta y sus habitaciones arriba. Había también blancos y algunos mestizos, venidos de afuera, que no alcanzaban la posición social de la élite blanca: empleados públicos y comerciantes de un estatus mediano. 

La población negra tenía su propia “élite”, la cual con base en la minería, la agricultura y el pequeño comercio había adquirido cierta posición social que le permitió mandar sus hijos a estudiar a Cartagena y Medellín. (3)  

“Los Valencia, los Londoño, los Mayo, etc.... 
eran legítimos chocoanos, negros, de 
ascendencia africana, y lograron su posición por la 
educación y porque amasaron pequeñas fortunas 
con trabajo, con minería, con agricultura 
y con comercio también” (Félix Arenas).

La mayoría de la población negra era pobre: estibadores, sirvientas, artesanos, mineros, agricultores y trabajadores en las pequeñas industrias manufactureras de hielo, fideos, gaseosas, jabón y espermas; la educación para esta clase de personas era casi nula. Existía una Escuela Modelo en 1929 y la Iglesia se encargaba de la educación de algunos (Gutiérrez 1929), pero los colegios buenos estaban reservados principalmente a los blancos: la Presentación, colegio femenino fundado en 1912 por monjas y el colegio Carrasquilla para hombres, fundado en 1915. En fotografías de alumnos de ambos colegios en 1929, se aprecian una o dos caras negras, pero ambos colegios eran exclusivos y la matrícula era costosa.    

Aunque se pueden distinguir de modo preliminar las dos categorías, blancos y negros, la realidad era más compleja (4). Existía el mestizaje en diferentes formas. Hombres de la élite blanca tenían hijos con mujeres negras de clase social baja, aunque muchas veces no reconocían la paternidad. Cuando la reconocieron, los apellidos de la élite se iban difundiendo entre las masas negras. Los hombres blancos y mestizos de posición más baja en la escala social también engendraban hijos con mujeres negras, y eran menos recelosos en reconocer su prole. Los turcos buscaban a sus esposas entre las mujeres blancas de la clase alta, pero también reconocían los hijos tenidos con otras mujeres. En lo referente a la élite negra, Félix Arenas cuenta que era un grupo “cerrado contra el blanco” y que “no lo mezcló nadie nunca”. Sin embargo en épocas posteriores a los años 1940 se dada el hecho de que algunos de los negros más acomodados, que salían a estudiar al interior, terminaban casándose con gente blanca o mestiza, aumentando así la categoría de mulatos. No se puede descartar la posibilidad de que el mismo proceso ya existiera en el Chocó en los primeros decenios del siglo XX. 

Además del mestizaje físico, había una interacción social que cruzaba las barreras sociales. Por ejemplo: 

“Entre la élite blanca y los demás ha sido 
perfectamente común el compadrazgo... 
se daba mucho que la persona le pedía al 
acomodado que le cargara su hijo” (Felix Arenas). 

Los procesos del mestizaje lógicamente dieron lugar a una categoría mulata como grupo distinto. El censo de 1918 registró el 24% de la población del municipio de Quibdó como “mezclado”. Muchos eran personas de condiciones sociales humildes, pero un numero apreciable podía aprovechar la posición del padre para luego adquirir un estatus social más alto que la mayoría. En efecto, así se formó lo que César Rivas denomina “una mulatocracia” que ocupaba una posición intermedia entre los blancos y los negros (5) . Según Rivas, este grupo no se identificaba con los negros sino con los blancos, quienes, sin embargo, lo rechazaban. 

Quibdó en aquella época era una sociedad compleja, compuesta de diferentes categorías de gentes y grupos sociales. Sin embargo, un hecho queda relativamente claro: la mayoría de la gente negra ocupaba una posición social baja y la élite blanca controlaba el comercio y la política. Por más que hubiera una “élite” negra y unos mulatos acomodados, un pequeño núcleo blanco tenía un control cuasimonopolista sobre el manejo mercantil y político de Quibdó y la región circundante. “En Quibdó no había ley, no había elecciones; la gente no participaba en nada y los blancos tomaban las decisiones a su propia conveniencia” (Miguel Caicedo). 

Sobre esta base histórica sobrevinieron sucesos importantes que rompieron con las estructuras viejas. Desde 1939 aproximadamente, los negros chocoanos, ya dota­dos con mayores niveles de educación, empezaron a presionar contra el control político de la élite blanca. Bajo la dirección de Diego Luis Córdoba y su partido Acción Democrática, políticos negros ganaron el apoyo de las masas y ganaron puestos en el concejo de Quibdó. Las escuelas exclusivas tuvieron que abrir sus puertas a todas las clases sociales, incrementando la formación de gente negra educada. Paulatinamente, los negros ganaron la dirección de la maquinaria política de la región. Cuando en 1949 la intendencia se convirtió en departamento, la burocracia regional se amplió, dando más espacio a la creciente clase administrativa negra (Rivas Lara 1986, Cuesta Moreno 1986, Caicedo 1977). Al mismo tiempo, el Chocó se independizó de Antioquia en términos electorales y del Cauca en términos jurídicos, rompiendo la dependencia administrativa y política que antes había caracterizado las relaciones entre el Chocó y el interior del país (Rivas Lara 1986: 347, Rivas Lara 1974: 17, Velásquez 1983: 91). Frente a estos cambios, la élite blanca empezó a desintegrarse y a salir de la región. El golpe final, que culminó el proceso, fue en 1966 cuando un incendio terminó con mucho de lo que quedaba de los negocios de la élite negra. La época en la cual, según Judith Ferrer, “cada cual conocía su lugar” había pasado para siempre.    

MANUEL MARIA PAZ. VISTA DE UNA CALLE DE QUIBDO.
Acuarela de la Comisión Corográfica.
Fotografía Oscar Monsalve.

 

Sin embargo, algunos se mantenían firmes a pesar de los cambios radicales; en primer nivel, el control político del departamento no rendía grandes beneficios económicos. El Chocó tiene un presupuesto minúsculo y han surgido diferentes grupos políticos que según un abogado chocoano se mantienen en “guerras fraticidas... por apoderarse de la tajada más grande del ponqué burocrático” (Cuesta Moreno 1986: 70). La debilidad de la administración chocoana se refleja en la situación de algunos pueblos chocoanos localizados en los límites del departamento con Antioquia. Por ejemplo, en el periódico chocoano El Presente (no. 125, febrero - marzo 1983), un joven de Riosucio, pueblo al norte del Chocó, alega que los antioqueños pretenden obtener varias poblaciones chocoanas ubicadas cerca de la frontera con Antioquia. Parece que esta pretensión se estaba realizando por medio del suministro de servicios públicos, a estas poblaciones, como el nombramiento de maestros, enfermeras, policías, etc. En vista del abandono de estas localidades por la administración chocoana, los antioqueños encontraban un campo abierto. En otro caso, Yépez (1986) informa que algunos habitantes de Boca de Opogadó (municipio de Bojayá) se pasaron al otro lado del Atrato, y fundaron un pueblo en el municipio antioqueño de Vigía del Fuerte donde podían reclamar los servicios públicos de un departamento más rico (6) . En este sentido, el Chocó como región negra sigue empobrecido a tal punto que no puede defender bien sus límites territoriales. 

En segundo lugar, es notable que la nueva élite política tiene una marcada participación de los mulatos. Los puestos más altos están ocupados por mulatos y mestizos. Ha habido, únicamente, un gobernador negro, Ramón Mosquera (1966-68). Es así como a pesar de todo se mantiene una cierta estratificación de color. 

Finalmente, es importante anotar que mientras iba saliendo la vieja élite blanca, iba entrando otra población no negra, los antioqueños. Estos siempre habían estado presentes como parte de la población blanca residente en los pequeños centros urbanos del Chocó, pero desde la apertura de la carretera Quibdó-Medellín en 1946 (Gómez 1980), su flujo aumentó (7) . Ellos han logrado mantener el control sobre el comercio lo que antes ejercía la vieja élite blanca. Conforman un grupo étnico que convive con la gente chocoana, pero que tiende a relacionarse socialmente entre sí (Córdoba 1983, Wade 1983, 1984). Son personas que vienen, generalmente, como colonos comerciales y con aspiraciones materiales. Gracias a su experiencia y tradición comerciales, a sus vínculos con el interior del país, al acceso al capital en algunos casos y a la cooperación mutua del grupo étnico, los antioqueños se han podido establecer, fuertemente, en el sector comercial de Quibdó y en otros pueblos del Chocó. En este sentido, entonces, no ha habido una ruptura fundamental con las estructuras económicas del pasado. Aunque los blancos tienden ahora a ser de origen más plebeyo, reduciendo así la relación jerárquica entre blanco y negro, el grupo blanco sigue ocupando una posición importante como intermediario en las redes comerciales que vinculan la región con el resto del país.

 

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1. Confrontar con Sharp 1976, West 1952, 1957, Colmenares 1979, Velásquez 1983 y Córdoba 1983 para estudios sobre el Chocó. Véase también Whitten y Friedemann (1974). (Regresar a 1)

2 Confrontar con Caicedo 1977, Varela 1983, Cuesta 1986 y Córdoba 1983. (Regresar a 2)

3 Córdoba (1983:53), nota en la que ya a principios del siglo XIX “algunos negros se habían convertido en ricos mineros”. (Regresar a 3)

4 Aquí no se trata de la posición de los negros indígenas. Véase Córdoba 1983, Friedemann 1977. (Regresar a 4)

5 En los años 1820, el viajero francés, Gaspar Mollien, observó que “los mulatos son la clase patricia” (1824:307) (Regresar a 5)

6 Vale la pena anotar que todos los territorios del margen oriental del bajo Atrato, así como los del lado oriental del Golfo de Urabá, pertenecían al Chocó, como parte del Cauca, hasta 1905 cuando fueron asignados a Antioquia (Parsons 1967). (Regresar a 6)

7 El número de antioqueños en el Chocó creció de 5.924 (3.3%) en 1951 hasta 9.218 (4.5%) en 1973. (Regresar a 7)