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34. EL CANAL DE PANAMA Y SUS PERIPECIAS
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EDUARDO LEMAITRE
Historiador
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Fotografía Diego Arango
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Lo imposible es poco
La idea de excavar un canal
que uniese el Pacífico con el Atlántico, nació casi desde el mismo día en que Balboa
descubrió el mar del Sur. ¡Estaban tan cerca! Veinte leguas apenas separaban a los dos
mares. Pero también, desde ese día, los propios conquistadores españoles empezaron a
discutir sobre la posibilidad de la obra. Pascual de Andagoya, por ejemplo, dictaminó de
modo tajante, que con todo el oro del mundo no se saldría con ello. Pero
López de Gómara, hombre por lo que se ve más audaz, se atrevió a decirle al rey:
dadme quien lo quiera hacer, que hacer, se puede; no falte ánimo, que no faltará
dinero, y las Indias, donde se ha de hacer, lo dan. Y añadió esta frase
calderoniana: para un Rey de Castilla, lo imposible es poco.
Pero el emperador Carlos V, que estaba muy
ocupado con sus guerras en Europa, se hizo el sordo; y luego Felipe II, rey por sobre todo
prudente, no queriendo meterse en camisa de once varas, le puso al asunto un sello
religioso, como para que sus súbditos no volvieran a molestarlo con el utópico proyecto:
el hombre no debe separar lo que Dios ha unido, dijo, y con esta cita de San
Mateo se quitó de ruidos y no se volvió a hablar más del canal, durante dos
siglos.
Pero el asunto se alborotó de nuevo ya a fines
del siglo XVIII, bajo Carlos III, monarca progresista, cuando unos cañones, fabricados en
Manila en el siglo XVI, fueron hallados en Veracruz, y se comprobó documentalmente que
Hernán Cortés los había transportado de un océano a otro a través del istmo de
Tehuantepec, aprovechándose de los ríos que lo cruzan. ¿Cómo no admitir la posibilidad
de abrir un canal? Para mayor sorpresa, vino por esos años a América el barón de
Humboldt y, después de estudiar el problema, concluyó admitiendo la factibilidad de
abrir no una, sino varias vías acuáticas, a través de nueve estrechuras ístmicas que
iban desde la Patagonia hasta los ríos Misisipí-Misuri y Peace-Columbia. Una de ellas
era, lógicamente, la de Panamá.
La protección del Istmo
No fue, empero, sino ya en la época de Bolívar
y de la Gran Colombia cuando la cuestión canalera comenzó a situarse en
terreno más práctico. Muchas propuestas le llovieron al Libertador al respecto; mas,
como él pensaba siempre en grande, creyó que lo mejor era construir el canal
directamente por el Estado con un empréstito inglés. Y en esas se hallaba, cuando lo
sorprendió la muerte. Pero ya desde entonces varios exploradores; un sueco, dos
norteamericanos y un británico habían señalado como ruta ideal la que partiendo de la
bahía de Panamá y aprovechándose de las aguas del río Chagres, llegase a la bahía de
Limón sobre el Caribe o sea, aproximadamente, donde hoy se encuentra la ciudad de
Colón.
Después de muerto Bolívar el proyecto del
canal interoceánico por Panamá siguió dando vueltas y revueltas; y ya, disuelta la
Gran Colombia, muchos fueron los que pretendieron obtener concesiones de la
Nueva Granada para construirlo. Pero ni las propuestas eran suficientemente serias ni la
rivalidad, ya creciente, entre los Estados Unidos e Inglaterra en el Caribe iba a permitir
que algo se concretase al respecto. Inglaterra sobre todo buscaba afanosamente los medios
para apoderarse del istmo. Y como entonces Estados Unidos no había mostrado aún sus
afiladas garras, al menos en forma descarada, el gobierno de la Nueva Granada temeroso de
los ingleses y sabiéndose débil para defender al istmo, se puso bajo la protección de
los Estados Unidos, país con el cual firmó un tratado, el llamado Mallarino-Bidlack de
1846, mediante el cual se le concedían ciertas prerrogativas a los norteamericanos para
cruzar por el istmo. Por su parte, los Estados Unidos se comprometían a garantizar -dice
el documento- positiva y eficazmente la neutralidad del mencionado istmo, con la
mira de que, en ningún tiempo, sea interrumpido ni embarazado el libre tránsito de uno a
otro mar; y por consiguiente, se garantizan de la misma manera los derechos de soberanía
y propiedad que la Nueva Granada tiene y posee sobre dicho territorio.
Lo que no se pudieron imaginar nunca los
granadinos de entonces era cómo esa misma cláusula, que los obligaba a no interrumpir el
tráfico por el istmo, era la que iban a utilizar los mismos Estados Unidos, para impedir
que los dueños de este acudieran a sofocar el movimiento separatista de 1903 el cual
daría nacimiento a la actual República de Panamá. Es decir que los norteamericanos
herirían a Colombia, nombre que tomó la Nueva Granada desde 1863, con la misma espada
que ésta les había entregado para que la defendiesen de terceros. Muy pocos casos de
perfidia igual se han dado en la historia del mundo.
Llegan los
franceses
Pero mientras tanto, la
integridad del territorio quedó asegurada. Los Estados Unidos, además, habían celebrado
con Inglaterra otro convenio en 1850, el Tratado Clayton-Bulwer mediante el cual habían
aplazado la solución de sus rivalidades en el Caribe comprometiéndose, tanto una nación
como la otra, a no asumir ningún dominio sobre parte alguna de la América Central; a no
sostener ningún predominio o fortificaciones sobre cualquier canal que allí se
construyese; a no aprovecharse -para ventaja de ninguna de ellas- de cualquier alianza que
tuviesen con cualquier Estado por donde pudiese construirse un canal. En resumen, por este
convenio Inglaterra renunciaba a sus pretensiones sobre Nicaragua y la Costa Mosquitia por
donde andaba rondando con la misma finalidad canalera y, desde luego, sobre Panamá; pero
Estados Unidos tampoco podría valerse de su reciente tratado con la Nueva Granada para
hacer un canal por Panamá que sólo a ellos los beneficiara.
Y fue al amparo de esta especie de triángulo de
neutralidad y garantías, como vinieron a cumplirse dos hechos de gran repercusión en la
vida de la que ya iba a llamarse definitivamente Colombia. El primero, la construcción
del ferrocarril transístmico (1850-1855) que dio vida a la decaída Panamá y señaló
mediante estudios técnicos más precisos, aunque aún incompletos, la zona por donde
eventualmente podría cruzar un canal. Y, en segundo lugar, estuvo la concesión que el
gobierno de Colombia le otorgó en 1878 a un sobrino de Napoleón, llamado Napoleón
Bonaparte Wyse, para excavar a través del istmo panameño mediante ciertos requisitos y
prerrogativas recíprocas, una de las cuales era la posibilidad para el concesionario de
transferir su privilegio a una compañía anónima de carácter universal, que para el
efecto debería constituirse.
Ya para entonces, no sólo el mismo Bonaparte
Wyse sino otras muchas exploraciones habían recorrido aquella región colombiana y
habían recomendado varias alternativas dentro del istmo para ejecutar la obra; pero un
congreso geográfico reunido para el efecto en París en 1879 escogió finalmente la ruta
de la bahía de Panamá a la bahía de Limón y, además, recomendó que el canal se
hiciese a nivel y no con exclusas ni túneles y, en fin, propuso que fuese Femando de
Lesseps quien se encargase de promover y dirigir la obra.
En efecto, De Lesseps (que no era ingeniero pero
sí un promotor dinámico, doblado o, mejor aún, triplicado de financista hábil y de
diplomático encantador) se hallaba entonces en el ápice de su gloria. Acababa de
realizar el sueño faraónico de abrir el canal de Suez, era un héroe para todas las
naciones y, desde luego, mucho más para los franceses quienes lo llamaban con orgullo
El Gran Francés. Y aunque tenía ya setenta años y el gobierno de Napoléon
III (de cuya esposa la emperatriz Eugenia era primo segundo por comunidad de sangre
española y malagueña) había caído a raíz de la guerra franco-prusiana, el hombre se
dejó tentar deslumbrado por la perspectiva de lograr por su esfuerzo la unión de todos
tos mares del mundo. Aceptó sin vacilaciones. Formó una gran sociedad anónima que se
denominó Compagnie Universelle du Canal Interoceánique de Panamá; le
compró a Bonaparte Wyse la concesión colombiana y sin contar con el capital suficiente,
ni tener los planos completos de la obra, pero seguro de conseguir por el camino grandes
empréstitos gracias a su prestigio personal y venciendo todos los obstáculos como los
había vencido en los arenales de Suez, el Gran Francés se lanzó a la
ejecución de la obra y en su entusiasmo inicial durante su primer viaje al istmo en 1880
para inaugurar los trabajos, declaró paladinamente que nuestro trabajo aquí sería
bastante menos difícil que en el desierto de Suez.
Ay! No sabía Femando de Lesseps que las lluvias
torrenciales en el istmo panameño eran capaces de paralizar esos trabajos durante meses
enteros cada año. No sospechaba la calidad resbalosa y derrumbadiza de la greda que
ocultaba el famoso cerro de Culebra por donde el canal tendría que pasar. No tenía
noticia, sino aproximada, de los estragos que las avenidas sorpresivas y torrentosas del
río Chagres eran capaces de producir por donde quiera que pasaban. Desconocía la
devastadora mortalidad que la fiebre amarilla produciría en las filas de sus trabajadores
y, en especial, de los ingenieros y directores europeos de la empresa que irían cayendo,
uno tras otro, víctimas de la terrible enfermedad con la consiguiente desmoralización
del personal sobreviviente. Parecía ignorar que las condiciones políticas de Francia,
después de Sudán y de la caída de Napoleón III, eran completamente distintas a las que
imperaban en su época dorada de Suez. No se había dado cabal cuenta de que a los grandes
banqueros de otros días, sobre quienes él antes ejercía su personal influencia, había
sucedido la banca, un nuevo sistema financiero anónimo e incontrolable, que
especulaba con los ahorros de la petite bourgoisie y con la que era preciso
tratar a través de intermediarios y comisionistas no siempre escrupulosos. Creía poder
contrarrestar el natural recelo con que los Estados Unidos e Inglaterra verían a los
franceses acercarse al istmo panameño, así fuera bajo la inocente apariencia de una
compañía comercial. En fin, como si fuera poco, insistía obsesivamente -y quizás con
razón- en que el Canal, si había de ser negocio rentable, debería ser construido a
nivel del mar sin exclusas, lo que obviamente exigía un esfuerzo mayor.
El resultado de todo este
cúmulo de equivocaciones y empecinamientos fue que, al cabo de cinco años de trabajos ya
la compañía francesa estaba en grandes apuros financieros y que, a pesar de todas las
gestiones que De Lesseps hizo para salvar su empresa del desastre, el público perdió
confianza en ella. Y no sólo esto, sino que en su angustia por obtener más y más dinero
con qué adelantar los trabajos la compañía, desde luego sin conocimiento de su máximo
promotor, incurrió en una serie de pecados, por decir lo menos, como el haber sobornado
o, mejor dicho, haberse visto obligada a sobornar, por medio de ciertos intermediarios, al
ministro de Finanzas Mr. Baihaut y a muchos otros personajes de la política francesa, con
cuya colaboración necesitaba contar para el lanzamiento de cierto empréstito con bonos
de lotería. Empréstito que, sobra decirlo, no tuvo éxito. Todo lo cual trajo como
consecuencia la quiebra de la compañía declarada oficialmente el 4 de febrero de 1889; y
un formidable y tempestuoso escándalo, que estremeció a Francia en los años
subsiguientes y hasta 1893, cuando los políticos enemigos del gobierno descubrieron los
trapicheos de la empresa con el ministro de Finanzas y con diputados venales. Este fue el
famoso episodio que en la historia de Francia se conoce como el affaire
Panamá que casi da en tierra con la recién nacida República francesa y que tuvo
como acto final la condena a prisión De Lesspes y de su hijo Carlos, el ministro venal y
de otros muchos personajes, entre los cuales el ingeniero Gustavo Eiffel, constructor de
la celebérrima Tour dEiffel de París.
¿Panamá o Nicaragua?
Mientras todos estos acontecimientos se
desarrollaban en París, un profundo desaliento fue invadiendo a los colombianos todos,
pero principalmente a los panameños, que veían así desvanecerse el sueño de su canal,
del cual su vida dependía. Algo, sin embargo, aparecía claro en medio de todo aquel
desencanto: que sólo una nación poderosa y actuando sin ánimo de lucro podría dar
remate a las costosísimas obras del canal, que habían quedado adelantadas apenas en una
tercera parte de los franceses. Y esa nación no podía ser sino los Estados Unidos.
Por desgracia, el Tío Sam no parecía
interesado en meterse en aquel horrible, complicado y nauseabundo nido de víboras en que
parecían haberse convertido Panamá, su ruta y su empresa canalera. Para aquellos años,
la imagen que de Panamá tenían los norteamericanos se identificaba con la corrupción,
la malaria, la fiebre amarilla y, lo que es peor, con obstáculos insuperables de orden
legal y técnico que habían sido capaces de derrotar aún al mismo realizador del canal
de Suez. No obstante, en ese país no se dejaba de pensar en la necesidad de un canal por
Centroamérica pero sus preferencias estaban -como siempre lo habían estado- por la vía
de Nicaragua. Luego, se reforzaron más.
Así, hasta que sobrevino la guerra de Cuba
contra España en 1898. En esa ocasión, los norteamericanos se dieron cuenta cabal de la
importancia estratégica de contar con un canal que les permitiera reunir rápidamente sus
dos flotas en un momento de peligro. Y el tema del canal resurgió enseguida como una
preocupación nacional. No se hablaba de otra cosa. Con el aditamento de que, en 1901, fue
asesinado el presidente Mackinley y llegó al poder el vicepresidente Teodoro Roosevelt,
hombre agresivo, arrogante, empujador y jingoist que ya se había hecho famoso
por haber proclamado, como útil para su nación, una política basada en cierto proverbio
africano que dice: anda despacio y lleva contigo un buen garrote, que así irás
lejos. Era la política del big stick.
Y Roosevelt decidió hacer el canal; y su primer
impulso fue construirlo a través de Nicaragua. Sin embargo, no faltaron los que se
preguntaban ¿por qué no entrar en arreglos con Colombia, comprar luego los elementos
utilizables de los franceses y completar el trabajo ya adelantado por éstos en la cintura
de Panamá?
Sobrevino entonces una verdadera batalla de
opinión cuyo desenlace vino, al fin, a ser verdaderamente novelesco. Y el protagonista
principal de esta novela fue Philippe Bunau-Varilla, un ingeniero francés, tan sagaz como
hábil intrigante, que en su juventud había trabajado con de Lesseps en Panamá donde
había llegado a ser, durante un tiempo, director encargado de todas las obras. Para
Bunau-Varilla la cuestión del canal panameño se había convertido en una verdadera
obsesión en la que participan, en confusa mezcla, sentimientos patrióticos e intereses
económicos de carácter personal. Y así, mientras en Francia ya pocos se acordaban de
aquel gigante que había quedado insepulto desde hacía más de diez años en el istmo
colombiano, él, Bunau-Varilla, resolvió tomar por su cuenta, como agente oficioso, los
intereses de la fracasada Compañía Universal, que, mientras tanto, se había convertido
en otra sociedad llamada Nueva Compañía Universal del Canal de Panamá, pero
cuyos verdaderos propósitos no eran otros que tratar de vender, lo mejor posible, los
restos del pavoroso naufragio de su antecesora. Bunau-Varilla entró en acción.
¡Y con que oportunidad! Pues
por aquellos días, el Congreso de los Estados Unidos luego de numerosos estudios,
comisiones, expediciones e informes, debería decidirse por una ruta u otra: Panamá o
Nicaragua. A decir verdad, los argumentos en favor de esta o aquel vía se contrapesaban,
pero era indudable que en el Congreso de Washington existía una fuerte y vieja
querencia por la vía de Nicaragua. No obstante, el recursivo francés no se
arredró. Después de desplegar una infatigable campaña por todo el territorio de los
Estados Unidos dando conferencias, publicando folletos y tocando a la puerta de todos los
personajes influyentes del país, terminó por asestarle un golpe mortal a la vía
nicaragüense y ni siquiera con un puñal sino con un papelito. En efecto, la víspera de
la votación le hizo llegar a cada uno de los senadores y representantes una estampilla de
correos de Nicaragua, de reciente emisión, en donde aparecía nada menos que el volcán
Momotombo, coronado de un penacho de humo y fuego, en plena erupción. Debajo, el astuto
Varilla se limitó a escribir esta leyenda: un testigo oficial de la actividad
volcánica en Nicaragua.
No se necesitó más. El fiel de la balanza se
inclinó acto seguido y, obviamente, lo hizo en favor de la ruta por Panamá. Más no de
cualquier modo pues los norteamericanos con toda su facha de niños ingenuos, no son menos
astutos que los franceses. Y aquella decisión del Congreso que llevó el nombre de
Ley Spooner se hizo a modo de compromiso entre los partidarios de una y otra
vía y en forma condicionada, a saber: se autorizaba al presidente de los Estados Unidos
para negociar con Colombia un tratado satisfactorio, a fin de proseguir las
obras del canal por el istmo de Panamá; pero si esto no se conseguía del todo o las
condiciones exigidas por Colombia no eran satisfactorias, el presidente
quedaba automáticamente autorizado a proceder por la ruta de Nicaragua, país con el cual
ya había un convenio firmado para el efecto. Aquello era, para decirlo claramente, una
especie de extorsión pues la disyuntiva en que se colocaba a Colombia no tenía
escapatoria: o se sometía a las exigencias de los Estados Unidos o se perdía el canal.
Fue lo que en aquellos días dio en llamarse el humbug, o sea, la
patraña de Nicaragua.
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DOCORDO. BAJO RIO SANJUAN
Fotografía Diego Arango.
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El Tratado con
Colombia
Entonces vino el largo y doloroso proceso del
tratado entre los Estados Unidos y Colombia para hacer el canal por Panamá, mejor
conocido en la historia de estos países con el nombre de Tratado Herrán-Hay.
Cuyas discusiones, que duraron más de dos años, o sea entre fines de 1900 y 1903, fueron
adelantadas en las más difíciles circunstancias por parte de Colombia, pues aparte de la
amenaza que sobre este país se cernía de perder el canal en favor de Nicaragua, sucedió
que los colombianos, en aquellos momentos, y como era muy frecuente por aquellas calendas
en toda Hispanoamérica, estaban en plena guerra civil (!una guerra civil que duró Mil
Días¡). Y, como era obvio, todo cuanto el gobierno conservador concedía o no concedía
a los Estados Unidos era objetado por los liberales alzados en armas y, en ningún
momento, éstos fueron lo suficientemente sensatos para escuchar los llamados que el
gobierno les hacía tendientes a formar un frente común, así fuera en el simple campo
diplomático, para negociar de común acuerdo aquel asunto tan trascendental con los
norteamericanos. Es cierto que el gobierno colombiano de aquella época era ineficaz,
vacilante y estaba presidido por un anciano de casi 80 años, don José Manuel Marroquín;
pero no lo fue menos que al líder principal de los revolucionarios parecía no
importarle que el canal se hiciera por Nicaragua porque -decía en carta de respuesta al
negociador colombiano que insistía en llamarlo a ponerse de acuerdo con él- las
potencias europeas correrán a hacer otro canal en Panamá, pero no a la inversa....
Por donde se concluye que, entre todas las locuras y desatinos que las naciones
hispanoamericanas han cometido en sus tristes relaciones con sus vecinos de allende el
río Bravo, quizá, esta de Panamá, sea la más torpe entre todas y debe servir de
ejemplo a las generaciones venideras.
El resultado de aquella situación fue que la
Secretaría de Estado de Washington, ocupaba en aquellos días por John Hay, jugó con
liberales y conservadores como un gato con dos ratones y terminó por obtener un tratado
en cuya virtud se salvaba el canal para Colombia, pero la soberanía colombiana quedaba
maltratada pues la zona por donde éste debería cruzar quedaría en manos norteamericanas
prácticamente a perpetuidad, toda vez que, aunque la concesión era por noventa y nueve
años, su prórroga por periodos iguales, quedaba a opción exclusiva de los Estados
Unidos.
Pero el Senado de Colombia después de
tempestuosos debates negó rotundamente este tratado, por unanimidad, el día 12 de agosto
de 1903. Aunque brutal y, a la larga, inconveniente para el país, pues esa improbación
fomentaría viejos resabios separatistas de ciertos círculos oligárquicos panameños, no
cabe duda de que aquella negativa y aquel gesto altivo de los senadores colombianos
salvaron la dignidad del país y -¿por qué no decirlo?- de todos los pueblos
latinoamericanos.
I took Panamá
Lo que vino después fue casi
un paso de comedia pues para que tuviera éxito la conjura separatista panameña -dirigida
principal y paradójicamente por colombianos no istmeños, pero allí residenciados de
tiempo atrás- no se necesitaba sino que Estados Unidos le diera su apoyo interponiendo
sus naves de guerra entre el istmo y la parte continental del país, toda vez que las
comunicaciones entre una u otra parte de este no podían, entonces, hacerse sino por mar.
Y para que ese apoyo se consiguiera se confabulaban numerosas circunstancias
concomitantes. Ante todo, la decisión tomada ya de modo irrevocable por el presidente
Roosevelt de hacer el canal por Panamá por las buenas o por las malas; luego venía el
interés económico de la Nueva Compañía del Canal de Panamá que aspiraba a venderle a
Estados Unidos, por cuarenta millones de dólares, la parte de la obra realizada por De
Lesseps en el istmo, y finalmente estaba el incansable, el pertinaz, el tozudo y obsesivo
Bunau-Varilla, quien, a la vez, se encargó de hacer los contactos con los separatistas
panameños así como de proveerlos de los fondos necesarios y de mantener informado al
secretario Hay y, aun, al mismo presidente Roosevelt de lo que se estaba fraguando en el
istmo, de modo que éstos procedieran a darle a los panameños la protección necesaria,
pero sin comprometerse oficialmente para nada.
Efectivamente así se cumplió. El 3 de
noviembre, víspera de elecciones generales en Estados Unidos, los panameños se
declararon independientes de Colombia, y Estados Unidos no sólo impidió que el ejército
colombiano recuperase el territorio istmeño, violando así de modo inaudito el tratado
con Colombia de 1846, que precisamente los obligaba a proteger la soberanía de Colombia
sobre el territorio del istmo, sino que, con velocidad indecente, reconocieron a Panamá
como nación soberana e independiente apenas tres días después de nacida cuando en
Bogotá no tenían aún noticia de lo que allí había ocurrido. Pero ahí mismo los
próceres panameños que habían tramado la conspiración separatista pagaron
su pecado y cayeron en su propia trampa. Pues Bunau-Varilla, astutamente, les hizo creer
que si no lo nombraban a él ministro plenipotenciario en Washington para negociar un
tratado sobre el canal todo se perdería para ellos, pues Estados Unidos les retiraría su
protección y los colombianos los invadirían y recuperarían el istmo. Por cuyo sistema,
aquel extranjero que nada tenía que ver con Panamá ni en manera alguna representaba los
verdaderos intereses de la nueva nación, tuvo la avilantez y cometió el crimen
histórico de firmar a nombre de los panameños, un tratado en el que le cedía a los
norteamericanos la zona del canal a perpetuidad, para que éstos actuaran
allí como si fuesen soberanos.
Ese fue el tratado
de 1903 que permitió a Roosevelt construir el canal y decir más tarde aquello de I
took Panamá que pasó a la historia como el acto de fuerza más brutal de su
gobierno imperialista; y el mismo, también, a que el general Omar Torrijos, con toda
razón, aludió cierta vez diciendo de él que fue el tratado que nosotros no
firmamos. Pero también fue el que los senadores de los Estados Unidos, haciéndose
cómplices de la infame tramoya, aprobaron entusiásticamente en 1903, pese a que uno de
sus colegas, avergonzado, se levantó para decirles: este es un tratado que nosotros
hemos firmado con nosotros mismos.
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