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Continuación
del capitulo 32.
En las minas se hallaban empleos disponibles y los salarios eran, a menudo, de un peso
diario
(27)
; pero pocos negros libres
mostraban deseos de trabajar en las minas de sus antiguos patronos
(28)
. Aunque los
libres hacían algún trabajo de minería, solo unos cuantos podían ser calificados de
mazamorreros, o sea, explotadores independientes. El término se usaba, generalmente, para
designar a explotadores de minas que trabajaban de tiempo completo en territorios que les
habían sido asignados. En la provincia de Citará (una de las
provincias del Chocó), donde habitaban 814 hombres negros libres en
1782
(29)
, solo existían 188 mazamorreros
(30)
y algunos de
estos eran, sin lugar a dudas, españoles. Algunos hombres libres intentaron la
agricultura comercial, instalándose cerca de las minas y de los poblados, para
vender el maíz y los plátanos a los supervisores de las grandes cuadrillas de esclavos
(31)
. A menudo, sin embargo este tipo de trabajador
no era bienvenido entre las comunidades españolas y mineras, ya que estas temían que los
libres ejercieran una influencia corruptora sobre los esclavos
que habían permanecido en la esclavitud
(32)
.
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MANUEL MARIA PAZ. VISTA DEL RIO SAN JUAN.
Acuarela de la Comisión Corográfica.
Fotografía Oscar Monsalve.
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Muchos de los
libres se reunieron con los esclavos fugados, los llamados negros cimarrones procedentes
tanto del Chocó como de regiones vecinas del Valle del Cauca y de Antioquia, y se
retiraron a sitios muy difíciles de alcanzar en las montañas, cerca de las cabeceras de
los ríos y de numerosas corrientes de agua, que atraviesan todo el Chocó formando
meandros. Allí establecieron comunidades, que se abastecían por medio de una agricultura
muy primitiva y realizaban, también, trabajos de minería
suficientes para proporcionarles lo necesario básicamente
(33)
.
Ciertamente, una
de las más serias desventajas que encaraban los libres era su virtual imposibilidad de
recibir cualquier tipo de educación formal. Esto les impedía ocupar cualquier tipo de
posición que requiriera un cierto grado de alfabetismo (como por ejemplo la de empleado
del régimen español). No era necesaria una política deliberada por parte de los
españoles para privar de la educación a los negros (aunque es preciso que se sospeche
que algo había de esto), puesto que en Latinoamérica, las mismas escuelas para todos
eran muy escasas. En efecto, ningún tipo de escuela existió en el Chocó hasta finales del siglo XVIII y cuando se creó fue exclusiva y
específicamente para los indígenas
(34)
. Pocos negros podían costear los gastos de
enviar a un hijo a una escuela situada por fuera de la provincia, como sí lo hacían la
mayor parte de los blancos. Y finalmente, las instituciones de alto nivel educativo eran
exclusivamente para los blancos, así que la posibilidad de recibir entrenamiento y
educación para alcanzar un título de doctor, abogado o escribano, les estaba
prácticamente impedida. La mayor parte de los estatutos de las universidades
sólo permitían la entrada a los descendientes puros de españoles
(35)
y la
Corona española misma miraba con ceño desaprobador el ingreso de negros a las
universidades. El 23 de junio de 1765, por ejemplo, cuando llegaron a España los informes
de que algunos mulatos y negros habían sido matriculados en la Universidad de Santo
Tomás en Santa Fe de Bogotá, el Rey ordenó inmediatamente al rector
terminar con esas admisiones
(36)
.
Una de las pocas
ocupaciones de prestigio abiertas a los mulatos o negros libres era la de formar parte de
las milicias coloniales. En el siglo XVIII los negros podían ingresar a la milicia con la
aprobación de la Corona, pero formaban regimientos segregados, excepto en tiempos de
emergencias muy terribles. Por el año de 1761 existía una compañía
de mulatos libres en Nóvita (capital del Chocó)
(37)
y en 1774, el virrey ordenó
al gobernador del Chocó formar otra de mulatos en Quibdó
(38)
. La Corona no
siempre aprobó la formación de milicias de color en el Chocó, sin embargo, en 1779, por
ejemplo, el gobernador Manuel de Entrena requirió permiso para establecer varias
compañías de milicia urbana que incluían mulatos; a fin de favorecer su petición el
gobernador mencionó el gran aumento de las cuadrillas de
esclavos y el peligro siempre presente de una invasión de los indígenas cuna
(39)
. El virrey de la Nueva Granada negó el pedido
al gobernador De Entrena, mencionando que había un problema dual al permitir que se
alistaran negros en las milicias del Chocó. En primer lugar, el virrey explicaba que los
negros se necesitaban en las minas para garantizar la continua producción de oro; y en
segundo lugar, aunque hubiera una necesidad de unidades militares, los negros no eran
personas confiables y algunos temían que, una vez armados,
pudieran convertirse en líderes de las rebeliones de su propio partido
(40)
. Aunque las unidades militares existentes en el
Chocó contenían negros libres, esta participación nunca tuvo importancia.
No obstante el ingreso en la milicia no
dependía del color de la piel, éste sí era un factor decisivo para llegar al rango de
oficial. Un hombre con ancestro negro rara vez avanzaba en el rango y si lo hacía, sólo
podía lograrlo en los regimientos de mulatos. Aun en estas
compañías, la mayor parte de los oficiales eran blancos
(41)
. Sin embargo, un mulato libre, Juan Antonio de
Lasprilla, fue designado capitán y comandante de la Compañía de Mulatos Libres de
Nóvita en 1761. El gobernador Ponce de León, quien hizo este nombramiento (que dependía
para su aprobación de Santa Fe de Bogotá), le garantizó al virrey que Lasprilla poseía
un carácter honorable, una tez clara y prometía que el mulato no derivaría de este
nombramiento ningún tipo de privilegios especiales o de fueros, ni ninguna
distinción diferente de la de portar un bastón de mando lo cual, según
decía el gobernador en su carta al virrey, era muy admirado en la región...
(42)
Los censos que se
conocen informan de la presencia de un gran número de negros libres en el Chocó, pero no
incluyen un considerable número de cimarrones que, obviamente, no podían ser censados,.
Los negros a menudo sacaron ventajas de las revueltas para escaparse de su servidumbre y
se congregaron en sitios inaccesibles para cualquier intento español de recapturarlos;
estos esclavos fugados o cimarrones representaban una amenaza real para la prosperidad de
la región pues regresaban a las minas de los españoles y a los villorrios en grupos que,
periódicamente, llevaban a cabo ataques inesperados con robos, asesinatos y violaciones; y también, incendiaban, robaban mujeres y destruían
muchas de las cosas que encontraban
(43)
. Usualmente, los
cimarrones se retiraban antes de llegar las fuerzas militares enviadas para combatirlos y,
en verdad, nunca fueron realmente eliminados. En el comienzo del siglo XIX, por ejemplo,
los esclavos del Chocó, Barbacoas y el Valle del Cauca formaron un palenque (comunidad
cimarrona) localizado, justamente, al sur del Chocó. Las expediciones organizadas contra
este palenque sólo encontraron casas desiertas y los negros se adentraron aún más
profundamente en la selva donde nunca fue posible capturarlos. Una correría emprendida
por el gobernador del Micay, en 1819, obtuvo algún éxito al capturar, finalmente, a unos
pocos cimarrones y de esta manera logró suspender sus invasiones inesperadas a la
región. Pero el gobernador admitió que lo más seguro era que
se presentarían nuevos problemas
(44)
.
El número de los
cimarrones en el Chocó es imposible de calcular porque nadie trató de hacer una
estadística al respecto, sin embargo, debieron haber sido un problema vejatorio y
continuo, puesto que las cartas enviadas por los propietarios y los documentos oficiales
escritos del Chocó, a través de todo el siglo XVIII, enumeran los gastos que
representaba el intento de recapturar algún negro fugado,
mencionándose también a aquellos que escapaban de las cuadrillas de esclavos
(45)
.
Ciertamente, la compra de la libertad o la huida
del trabajo forzado de la cuadrilla de esclavos eran formas de resistencia negra y
podían, obviamente, representar para el dueño de las inversiones de capital muy serios
problemas para sus ganancias en la mina; pero no eran estos, justamente, los problemas que
los españoles más temían; la amenaza real era la agresión negra. La docilidad no es
una palabra que se pueda usar con certeza para describir a los negros en Latinoamérica, y
los españoles conocían, por experiencia en todas las Américas, la oposición física de
los africanos y de sus descendientes. Por lo tanto, las insurrecciones de esclavos, que se
presentaban periódicamente en el Chocó, eran hechos esperados, aunque es especialmente
significativo que ocurrieran justo en esta región particular del imperio español. Los
negros por todas partes se resistían a la esclavitud pero rara vez tenían la oportunidad
legal de escapar a la servidumbre como sí la tenían en el Chocó. Había una fuerte
corriente de negros capaces, de sangre joven, que compraban su propia libertad. Las
revueltas armadas, por otra parte, eran un crimen serio que todos conocían y cualquier
tipo de rebelión grande estaba condenada a fracasar en últimas y a conducir a la muerte
de sus impulsores. Los españoles querían el oro del Chocó y ningún esclavo ni grupo de
esclavos podría evitarles que continuaran explotando a los hombres y los metales. Pero
significativamente, las confrontaciones ocurrían una y otra vez y demostraban,
claramente, las frustraciones y la impaciencia ante su cautiverio y servidumbre.
Como era de
esperarse, muchos negros esclavos reaccionaban al maltrato con actos menores de
obstrucción y sabotaje y, algunas veces, explotaban su odio en violencia extrema. En
1788, por ejemplo, un esclavo en el pueblo de Bebará golpeó a muerte a su ama con una
masa, luego huyó de la casa en busca de un hacha con la cual retornó para cortar un
pedazo a su víctima. Una investigación demostró claramente que el esclavo había
recibido un tratamiento injustificadamente cruel por parte de su ama antes de cometer su
asesinato. Ella, en efecto, lo había sobrecargado con el trabajo de la mina; lo azotaba
continuamente en forma tal, que el doctor que le examinó la espalda la describió como
una sola llaga abierta ulcerada. Pero aún más, ella había torturado al esclavo
colocándole aceite hirviendo y salsa de ají ardiente sobre sus genitales. Los oficiales
españoles convinieron en que, a pesar de no haber actuado en defensa de su vida (que era
quizás la única justificación legal de su acto), el ama se había comportado de manera
que había provocado su asesinato. Una discusión ulterior, sin embargo, convenció a los
oficiales de que la pena de muerte debería ser ordenada con el objeto de servir de
escarmiento y para desalentar cualquier acto similar por parte de la gran población de
esclavos, que podía poner en peligro la vida de los habitantes blancos de la región. Las
autoridades ordenaron, entonces, que el asesino fuera colgado y su brazo derecho cortado y
colocado en un lugar visible en la plaza central de Bebará, como
una lección para que los esclavos no fueran a golpear y a maltratar a sus amos
(46)
.
Cuando sólo uno o
dos esclavos se rebelaban y permanecían en el área, los españoles los capturaban fácilmente y les infligían duras penalidades - usualmente la
muerte por ahorcamiento
(47)
. Pero debido a que sólo pocos españoles
residían realmente en la región, las insurrecciones mayores eran mucho más difíciles
de manejar. Afortunadamente, para los propietarios de las minas del Chocó, estas
confrontaciones fueron escasas y cuando ocurrieron, siempre fue posible obtener ayuda
disponible de las provincias españolas vecinas. El primer altercado grave ocurrió en
1684, cuando los esclavos se unieron a los indígenas rebeldes del Chocó
y fueron derrotados, finalmente, por tropas enviadas desde el Valle del Cauca
(48)
. La revuelta de
esclavos más grande ocurrida en la región tuvo lugar en 1728, cerca del pueblo de Tadó.
Cuarenta negros esclavos, que habían sido severamente maltratados por su supervisor, se
reunieron y asesinaron al malvado español. Su odio no se sació con ese simple acto de
venganza e inmediatamente fueron a sublevar a las poblaciones de negros en las áreas
vecinas; mataron a otros catorce españoles y alistaron más seguidores. Los españoles
habitantes de Tadó estaban aterrorizados de que los esclavos pudieran llegar a atacar al
pueblo mismo y se sentían verdaderamente indefensos. Pero en lugar de hacer un asalto
directo al pueblo de Tadó, los negros se distribuyeron e intentaron sublevar a esclavos
de otras cuadrillas en el Chocó para aumentar su rebelión de masas. Los negros tenían
pocas armas y, obviamente, creían que su gran fuerza de salvación y efectividad se
hallaba en su número. Pero esta táctica les salió como un tiro por la
culata puesto que el salvaje estallido de la rebelión terminó por convertirse en
pura habladuría y finalmente en inactividad, que dio a los españoles el tiempo
suficiente para enviar refuerzos militares a la región. El gobernador de Popayán,
temeroso de que se organizara una revuelta de esclavos y se extendiera al Valle del Cauca,
inmediatamente envió una expedición armada a Tadó. La paz fue restaurada en el área
cuando el comandante militar de la expedición española, el teniente Julián Tres
Palacios Mier, engañó a cuatro líderes rebeldes, llevándolos a rendirse para luego
ejecutarlos. El teniente Tres Palacios estuvo muy acertado en la forma como resolvió la
rebelión. En efecto, al suprimir a los líderes, los negros restantes, aunque eran una
masa numérica significativa, se sintieron perdidos y sin poder, al carecer de dirigentes
y así fue como la mayor parte de ellos regresaron sumisamente a poder de sus dueños.
Algunos, sin embargo, permanecieron escondidos, como cimarrones en los arroyos de la
selva, pero ya, en estas condiciones, no representaban ningún
problema ni amenaza para la dominación española
(49)
.
En 1728, la idea
de oponer una resistencia violenta encontró bastantes seguidores entre los esclavos.
Cierto número de ellos ya tenía experiencia en actos rebeldes contra sus amos; y sus
cuadrillas, a todo lo largo del Chocó, sabían cómo era la situación en el caso de una
revuelta. No obstante las efectivas medidas tomadas por el teniente Tres Palacios para
terminar la revuelta, se mantuvo muy alta la tensión en la zona. En 1737, el gobernador
del Chocó concluyó que la situación había llegado una vez más al nivel explosivo y
denunció que se preparaba una revuelta masiva. Como resultado de sus sospechas, ordenó
al teniente gobernador de Nóvita hacer una recolección de todas las armas que se
encontraban en posesión de los esclavos. El teniente gobernador cumplió con sus
instrucciones y él mismo comandó a los propietarios de esclavos, en su propio distrito,
para reunir todas las herramientas al final de cada día, con la
amenaza de que si no lo hacían sufrirían una multa de mil pesos
(50)
. Estas medidas parecían combinar el sentido
común con la medicina preventiva, pero representaban dificultades para los propietarios de esclavos e iban contra los procedimientos
tradicionales de la región
(51)
. Las órdenes del
gobernador demostraron claramente que los oficiales militares del Chocó estaban temerosos
acerca de la creciente cantidad de población negra y de su insatisfacción.
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índice
Continuar con el
capítulo
27. AHNC, Minas del Cauca 5,
ff. 314-320 (1730), AHNC, Minas I (Parte 2), f. 100 (1773). (Regresar a 27)
28. AHNC, Negros y Esclavos del
Cauca 2, ff. 414-415 (1785): AHNC, Poblaciones del Cauca 2, ff. 116-118 (1803). (Regresar a 28)
29. AHNC, Censos de varios
Departamentos 6, f. 377 (1782). (Regresar a 29)
30. AHNC, Minas 3 (Parte I),
ff. 38-39 (1780-1781). (Regresar a 30)
31 Un
balance de las cuentas de la mina del propietario Francisco de Rivas para los años
1752-1765. ACC, sig. 10362, ff. 55-90. La lista de consumo de maíz y plátano algunas
veces fue comprada a negros libres. (Regresar a 31).
32. AHNC,
Minas del Cauca 5, 284-285 (1804).
(Regresar a 32)
33.
AHNC, Negros y Esclavos del Cauca 2, ff. 414-415 (1785); AHNC, Poblaciones del Cauca 2,
ff. 116-118 (1803). (Regresar a 33)
34. AHNC,
Visitas del Cauca 5, ff. 277-278 (1808).
(Regresar a 34)
35.
La regla del Colegio Real y Seminario de San Carlos en Cartagena, 29 de Diciembre de 1786,
Konetzke (ed.), Colección, 3: 622-623; ver además Juan B. Quiros El contenido
laboral en los códigos negros americanos, Revista mexicana de Sociología 5, No. 4
(1943): 475. (Regresar a 35)
36.
Carta de Carlos III al Rector de la Universidad de Santo Tomás en Santafé de Bogotá, 23
de junio de 1765, Madrid, Konetzke (ed.), Colección, 3:331-332.
(Regresar
a 36)
37. AHNC, Virreyes 16, ff.
169-171 (1761).
(Regresar a 37)
38. AHNC, Milicias y Marinas
30, ff. 633-634 (1777). (Regresar a 38)
39. AHNC, Virreyes 9, f. 40
(1779); AHNC, Milicias y Marinas 52, ff. 478-479 (1782).
(Regresar a
39)
40. AHNC, Virreyes 9 ff. 4-6
(1782).
(Regresar a 40)
41. AHNC, Virreyes 16, ff.
169-171, 173-175 (1761).
(Regresar a 41)
42. AHNC,
Caciques e Indios 67, f. 766 (1761). (Regresar a 42)
43. AHNC, Miscelánea 100, ff. 365-366 (1767); AHNC, Negros y Esclavos del
Cauca 3, ff. 963-964 (1802-1803); AHNC, Juicios Criminales 134, ff. 195-223 (1802).
(Regresar a 43)
44. AHNC, Minas 3 (Parte2), ff.
315-318 (1812) 439-441 (1819).
(Regresar a 44)
45. Ver por ejemplo AHNC, Minas del Cauca 5, f. 298 (1726); AHNC,
Miscelánea 130, f. 634 (1741); AHNC, Milicias y Marinas 116, ff. 253-254
(1788); AHNC, Esclavos 1, f. 500
(1789).
(Regresar a 45)
46. AHNC, Negros y Esclavos del
Cauca 1, ff. 511-561 (1788-1789).
(Regresar a 46)
47. Ibid.; AHNC, Juicios
Criminales 133, ff. 223-224 (1802); AHNC, Juicios Criminales 134, ff. 195-223 (1802). (Regresar a 47)
48. AHNC, Caciques e Indios 23,
ff. 849-853 (1686; AHNC, Minas del Cauca 6, f. 649 (1702)).
(Regresar a
48)
49. AHNC, Reales Cédulas 9,
ff. 225-228 (1733).
(Regresar a 49)
50.
Norman Maiklejohn, The Observance of negro Slave Legislation in Colonial Nueva
Granada (Ph. D. diss., Columbia University, 1969), p. 87. (Regresar
a 50)
51.
Aunque las leyes españolas prohibían claramente la posesión de armas para los esclavos,
necesariamente esta proscripción fue aplicada con laxitud (ver Meiklejohn, Negro
Slave Legislation, pp. 82-87). En el Chocó, cuando los suministros de alimentos se
constituyeron en un problema mayor, fue común la práctica de designar algunos miembros
de la cuadrilla como cazadores, provistos con armas, y asignados a la tarea de buscar
provisiones frescas con la cacería. La colección de herramientas de la minería en el
Chocó tuyo como finalidad en la vida diaria estas actividades.
(Regresar
a 51)
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