INDICE




Introducción.

CAPITULO I
Descubrimiento y Exploración

CAPITULO II
Montañas

CAPITULO III
Sierra Negra — Bobalí — Ocaña

CAPITULO IV
Nevado del Tolima — Huila —Guanacas —El Puracé

CAPITULO V
Montañas de María — Torrá — Tatamá — Farallones de Cali — Baudó — Serranías de Panamá — EI Picacho — Chiriquí

CAPITULO VI
Los Llanos — Montes del Caquetá — Volcanes de lodo — Volcanes de Turbaco

CAPITULO VII
Los ríos — El Magdalena — El Cauca — El Patía — El Sumapaz — El Bogotá — El Salto de Tequendama — El Sogamoso — El Saravita— Laguna de Fúquene

CAPITULO VIII
El Cauca — El Nechí — El San Jorge — Río Viejo — Boca de Ceniza — Desembocadura del Magdalena— El Sinú — El Atrato — Río Sucio — El San Juan — El Truandó — El Napipí

CAPITULO IX
 El Orinoco — El Guaviare — El Atabapo — El Rionegro — Maipures — El Casanare — El Meta — El Chagres — El Bayano — El Tuira

CAPITULO X
Golfo de San Blas — Laguna de Chiriquí — Mareas — Golfo de San Miguel — El Mícay — El Izcuande — El Patía — El Patía — EL Telembí — El Tequendama  — Laguna de Guatavita — La Cocha ó Gran Lago Se los Mocoas — El clima

CAPITULO XI
Lluvias y enfermedades — Flora y fauna — Palmeras y helechos — Bambuseas y bejarias — Quina y guaco — El Curare — Orquídeas — Mamíferos — Aves — Saurios — Peces

CAPITULO XII
Etnografía — Los Guaymies — Costumbres — Los Cunas o Cuna — Catíos, Nutabes y Tahamies — Los Pijaos — Los Yareguies — Los Arhuacos — Los Motilones — Los Arhuacos — Los Goajiros — Raza y lengua

CAPITULO XIII
Los Goajiros — Ritos y ceremonias — Los Tunebos — Los Otomacos — Misiones — Los Salivas — Tribus salvajes — Záparos — Tribus salvajes — Migraciones — Maipures y Caribes — Tipos actuales — Pastusos — Antioqueños

CAPITULO XIV
Panameños — Poblaciones — San Agustín — Neiva, Purificación, El Guamo  — Ortega, El Chaparral, El Espinal y Girardot — Fusagasugá, Nemocón, Zipaquirá — Funza  — Bogotá — Caminos y ferrocarriles — Fómeque, Cáqueza y Los Llanos — Villavicencio y San Martín

CAPITULO XV
Girardot — Ibagué—Ambalema —Lérida — Honda — Mariquita —Villeta — Guaduas — Pacho —Nare — Río negro — Mariquita —Puerto Bérrio—Ferrocarril de Antioquia —Valle del Opón — Puerto Wilches — Tunja —Boyacá, Guateque, Pesca, Paipa, Duitama  —Sogamoso— SoatᗠCh

CAPITULO XVI
Málaga — Piedecuesta — Sube — Los Santos Ubate — Chiquinquirá — Caldas —Saboya— Villa de Leiva — Moniquirá- Puente Nacional — Vélez — Socorro — Charcalá — San Gil — Barichara — Zapatoca — Girón — Bucaramanga — Los Llanos — Concepción — Pamplona — Chinacot

CAPITULO XVII
Palmira, Buga, Tulúa, Roldanillo - Cartago  — Anserma —Pereira-- Manizales   — Marmato Supía- Riosucio – Pácora - Arma  — Aguadas — Sonsón — Abejorral —Santa Bárbara  — Sopetrán — San Jerónimo — Evéjico — Medellín  — Medellín— Envigado -Itagüí   — Santa R

CAPITULO XVIII
Sabanilla, Salgar Puerto Colombia y Santa Marta — Dibulla — Riohacha — Portete —Bahía Honda — Soldado — Valledupar y  San Juan de César — Codazzi  — Chiriguana — Cartagena — Burú — Bocagrande   — Islas de San Andrés y Providencia  — El Chocó —- Quibdo — U

CAPITULO IXX
Nóvita — Buenaventura  — Micay— Izcuandé — Gorgona - Almaguer   — El Patia — Castigo — Tuquerres — Pasto — Pasto — Barbacoas — Tumaco — Ipiales — Cabo Mangles — Caquetá — Boca del Toro — David, Pedregal. Cañofístola, Alanje, Bugabita  — Los Santos—Santiag

CAPITULO XX
Chagres – Matachín – Manazanillo   — Colón  — Istmo y canal de Panamá   — San Blas – Chepo  — Putricanti - Puerto escocés - Santa Maria - Cana   — El Darien – Yavisa – Pinogana – san Miguel

CAPITULO XXI
Proyectos de canales — San Pablo — Enfermedades  — Terrenos baldíos — Frutos y alimentos — Agricultura — Agricultura y Ganadería — Animales y Ganadería

CAPITULO XXII
Minas e Industria — Comercio exterior — Aduanas y movimiento mercantil — Vías de comunicaciones — Vapores y Ferrocarriles — Correos — Instrucción pública - Prensa — Criminalidad - Organización política

APENDICE
Apéndice
INTRODUCCION


 

Uno de los grandes monumentos de la activi­dad intelectual que este siglo de prodigioso desarrollo científico dejará á las generaciones veni­deras, es, sin duda, la incomparable Geografía universal con que Eliseo Reclus ha enrique­cido los modernos conocimientos. La obra de este sabio geógrafo, el de más encumbrada re­putación en el mundo, no es una simple enume­ración de imperios y de repúblicas, de montes y de ríos, de ciudades y de valles. No: ella, además de la descripción científica del suelo y de sus pro­ducciones, hecha con la fidelidad de la fotografía, pero con el elocuente colorido que ni aun la paleta más hábil puede imitar, comprende la historia general de las naciones y de los pueblos, en sus múltiples evoluciones al través de los siglos, magistralmente desarrollada en cortos pero vi­vidos cuadros, en los cuales, con acertadísimo criterio se persiguen las causas de engrandeci­miento ó decadencia, en relación con su origen, ó con el medio en que viven, ó con accidente¿ que aceleran ó entorpecen su marcha en la indefinida vía del progreso; el cuadro completo de la actividad humana en sus diferentes fases: intelectual, industrial y comercial; el exacto análisis del estado social de cada pueblo y de cada raza, con justísimas apreciaciones filosófi­cas sobre su importancia en el pasado y sobre el papel que en el porvenir le tocará desempe­ñar. En una palabra, es la más acabada descrip­ción geográfica de nuestro planeta, en la que cada detalle va acompañado de su respectivo an­tecedente geológico; con expresión de sus efectos sobre la planta, sobre el animal y sobre el hom­bre; y la más sabia descripción de las sociedades en su vida interna y en su vida de relación, tanto en la actualidad como en el pasado y en lo por­venir. No es extraño, pues, que el mundo cientí­fico haya recibido con aplauso y con veneración esta obra magistral de nuestro siglo, en la cual campean escrupuloso método filosófico, los más avanzados principios de la ciencia, la lógica en el criterio, la fidelidad en la descripción y exu­berante riqueza de datos auténticos de toda clase y de todos los pueblos del inundo; y todo escrito con ese estilo vivo y elocuente á la par que na­tural y sencillo, que parece ser patrimonio de esta familia de sabios.

De esta admirable obra que hace época en los anales científicos de la humanidad, la parte correspondiente á Colombia es la que, cediendo á instancias de cariñosa amistad, nos toca hoy el alto honor de presentar al público; honor que, por lo inmerecido, bien hubiéramos querido eludir.

Reclus vivió por algún tiempo bajo el hos­pitalario cielo de Colombia y conserva de nues­tra amada Patria grato recuerdo. De aquí el interés especial con que la ha estudiado, y la im­portancia que en su Geografía le da, mucho ma­yor que á las otras Repúblicas hispano-america­nas. Por eso, en la grande obra, la parte corres­pondiente á nuestra Patria ha sido trabajada, no solamente con poderosa capacidad científica, sino también bajo los dictados del corazón no menos grande del autor.

Guiado por el singular cariño que al país profesa, el sabio geógrafo ha permitido se haga la edición especial que hoy se presenta al público, encomendando la traducción y anotación de ella á su antiguo y eficaz colaborador señor D. Fran­cisco J. Vergara V., á quien también ha autori­zado plenamente para hacer las aclaraciones y rectificaciones necesarias; pues como es natural en labores de esta magnitud, y más en tratándose de países tan mal estudiados como ha sido el nuestro, no han podido menos que deslizarse ligeros errores ó puntos oscuros que no podían dejarse pasar inadvertidos; unos y otros, sin excepción, tomados de fuentes extrañas, de trabajos que en Europa merecen crédito y gozan de autoridad.

A nadie mejor que al señor Vergara y V. ha podido encomendar Reclus esta labor tan difícil como delicada. Nadie conoce mejor que él la geografía del país; pues no obstante ser tan joven, lleva más de veinte años de estar dedicado á su estudio con perseverante energía, y al de las ciencias que con ella se relacionan, habiendo logrado reunir durante este tiempo, bajo un mismo plan científico, los datos detallados de todos los puntos de la República. Fruto de tan largos desvelos y de labores tan asiduas es la nueva Geografía de Colombia, obra de poderoso aliento, que está publicando, y cuyo primer tomo, que es el que hasta ahora conoce el públi­co, ha sido recibido con los mayores aplausos, por nacionales y extranjeros.

El ilustre geógrafo francés principia su estu­dio sobre Colombia pintando á grandes rasgos, pero con vivísimos colores, lo que fue la conquista española, epopeya inaudita y sin antecedente en la historia del inundo; y, en seguida, relata la historia de la exploración de nuestro territo­rio desde la época de los Quesadas, de los Frede­mann, de los Speier y de los Belalcázar, hasta nuestros días, terminando con justísimas apre­ciaciones sobre la actual raza colombiana y su desarrollo en lo porvenir.

Con la pluma fácil y elocuente, que con tanta elegancia sabe manejar, describe los complica­dos accidentes del suelo: primero estudia cien­tíficamente nuestras cordilleras, con sus altísi­mas nevadas cumbres, sus picos volcánicos con penacho de humo y rojizos resplandores, sus escarpas, Sus vertientes y sus faldas, sus ricas y fértiles mesas, sus cuencas y sus valles y, por último, las inmensas, hermosas pampas orienta­les. Con no menos verdad y precisión describe Iuego nuestros ríos, sobresaliendo aquí las brillantes­

páginas dedicadas a la gran maravilla de Colombia: el Salto de Tequendama.

El más vivo interés despierta, en el capítulo dedicado á la climatología, el estudio de los vien­tos que, ora terribles y devastadores, azotan con frecuencia nuestras montañas, ora bajo la forma de brisas suaves y juguetonas refrescan la caldea­da atmósfera de nuestros valles ardientes, acumulando siempre en determinadas regiones los vapores atmosféricos que se resuelven luego en lluvia benéfica destinada á refrescar prados y siembras, ó en deshechas borrascas acompañadas de atronadora tempestad.

No menos importantes son las páginas dedicadas á nuestras producciones naturales, en las cuales se enumeran las singulares especies que caracterizan nuestra fauna y nuestra flora, tan ricas, tan variadas y tan dignas de estudio.

El capítulo de la Etnografía colombiana es sin duda, uno de los más notables de esta preciosa obra. En el se pone de manifiesto, no solamente la vasta erudición del autor, sino también su profunda versación en la oscura prehistoria del país. Con pluma maestra están escritas las monografías de las principales nacionalidades que en la época de la Conquista ocupaban el territorio de Colombia, y llaman la atención, sobre todo, las de los chibchas, los panches, los pijaos y los goajiros, no menos que la parte relativa á las migraciones prehistóricas, punto tan difícil de tratar por las profundas som­bras que lo velan. Termina describiendo con verdad y con maestría el carácter especial de los actuales pobladores de cada una de nuestras re­giones geográficas.

Los capítulos siguientes están dedicados á los núcleos de población, al comercio y á la indus­tria nacional y al estudio de nuestras vías de comunicación, en especial nuestras incipientes em­presas ferroviarias. En ellos se encierran abundantes y preciosos datos estadísticos que ponen de manifiesto el estado actual de cada uno de estos ramos, y los elementos de desarrollo con que cuenta el país.

Por la anterior breve reseña se puede juzgar del especial interés con que Reclus ha estu­diado a Colombia, y de la importancia que, para nosotros, tiene esta obra escrita por pluma maes­tra y de reconocida autoridad universal.

Por esto, el Gobierno de la República se apre­suró a ordenar la presente edición de la tra­ducción del trabajo de Reclus, anotada por quien fue su colaborador más asiduo en esa parte, para hacerla circular en el extranjero y popularizar allende los mares el conocimiento de las múltiples riquezas y de los elementos de trabajo con que al hombre laborioso y emprendedor convida nuestra amada Patria.

Y seguramente ella cumplirá su misión, satis­faciendo los patrióticos anhelos.

 

CÁRLOS CUERVO MÁRQUEZ.

 

ELISEO RECLUS
 

 

Al publicar en Colombia la traducción de un capítulo de la Geografía del renombrado geógrafo francés, parece muy natural encabezaría con una breve reseña de la vida y obras de quien ocupa lugar tan distinguido en la literatura científica del presente siglo; pero a fin de evitar confusiones hablaremos primero del hombre y luego de su obra.

Juan Santiago Eliseo Reclus: 65 años hace que este nombre se pronunció por vez primera en remota y humilde aldea de Francia, y hoy no existe en el mundo persona de mediana instrucción que ignore a quién pertenece. En ese tiempo el hombre ha cumplido su carrera en glorificación de Francia, puesto que representa un astro de primera magnitud en el cielo de la ciencia humana, y un maestro en el único len­guaje universal posible, el de la sabiduría. Es

Juan Santiago Eliseo miembro de una familia tan distinguida por su virtud como por su instrucción: todos sus hermanos dejan por heren­cia obras de positivo valor, y su padre era teólo­go y pastor protestante en Sainte-Foy-la-grande (Gironda), en donde el venerado maestro nació el 15 de Marzo de 1830.

Aún niño entró Eliseo al colegio, pasando luego a estudiar teología en la facultad teológi­ca de Montauban, que sólo abandonó, concluidas sus tareas, para ir a perfeccionar sus conocimien­tos filosóficos en la Universidad de Berlín: allí tuvo como profesor al célebre Carl Ritter, hecho que, sin duda, influyó en su vocación ó sea en abandonar la exégesis por la ciencia de la tierra que tanto debe a sus tareas. Brillantes fueron sus estudios: a la ciencia físico-matematica y filosófica reunía el conocimiento de. las lenguas clasicas, y cuando volvió a Francia con semejan­te bagaje apenas contaba 22 años. En su patria se distinguió pronto por su ardiente republica­nismo y su amor a la libertad, lo cual motivó su expatriación a raíz del golpe de Estado del 2 de Diciembre de 1852. Obligado a viajar por tal causa, visitó sucesivamente a Inglaterra, Irlanda, los Estados Unidos, la América central y la Nue­va Granada en donde residió algún tiempo. EN 1857 regresó a Francia con su caudal científico tan aumentado, que todos reconocieron en él un sabio, a pesar de su corta edad: fuele confiada la redacción de la Revue de deux mondes de la Tour du monde y otros periódicos científicos, en todos los cuales publicó numerosos ar­tículos que causaron sensación. Por entonces estalló la guerra de secesión americana, y el pú­blico europeo, mal informado, no creía en la justicia de la causa que defendía Lincoln; pero. Eliseo cambió por entero esa opinión con sus estudios sobre la guerra y la esclavitud en los Estados Unidos. Terminada la lucha, el Ministro americano en París ofreció generosamente a Re­clus, como testimonio de la gratitud nacional, una fuerte suma de dinero que él rehúsa cortés pero enérgicamente, a pesar de su pobreza, que casi rayaba en miseria: "Combatía por el triun­fo de la libertad y del derecho, y no por el lu­cro personal."

A tan hermoso triunfo moral, reunió otro de no menos valía en el campo científico: las Guide Joanne que se imprimían para el uso de los viajeros, no pasaban de ser aridas y fastidiosas cuando no amaneradas listas de nombres. Tomó su redacción a su cargo y por la exactitud de los datos, la precisión de los detalles, la ciencia de los hechos históricos, y el brillo y encanto del estilo convirtiólos de repente en narracio­nes tan solicitadas como amenas é instructivas. Entre ellas figuraron: Guía del viajero en Londres (1860), Londres Ilustrado (1862), Guía para la exposición de 1862, Las ciudades de veraneo del Mediterraneo y los Alpes marítimos (1864), obra de un mérito indiscutible, y Nice, Cannas, menton y San Remo (187O); y a la par de estos libros publicaba otros de no menor valía:

El Mississipi, Viaje de la Sierra Nevada de Santa Marta (1861), La colonización del Brasil, his­toria de un arroyo (1864), bella como un dia­mante, la magistral introducción al Dicciona­rio de las Comunas francesas (1864), y La Tie­rra, descripción de los fenómenos de la vida del globo (1867-1868), obra que cimentó la fama de Reclus, tanto en Francia como en el extranjero, y le abrió las puertas de la Sociedad de Geogra­fía de París, que lo llamó a formar parte de su Junta central directiva.

Es Reclus ardiente adalid de la libertad, y, por tanto, no podía permanecer extraño a la lucha política que agitó los últimos días del nuevo imperio, por lo cual, y casi en seguida de su ma­trimonio, se afilió en la Internacional, en que por entonces figuraron todos los grandes adversarios de la tiranía y el despotismo. Poco des­pués estallaba la guerra franco-alemana, y cuan­do los prusianos sitiaron a París, Reclus se alistó (Septiembre de 1870), sin aceptar grado ninguno y como simple soldado, en la guardia nacional, y no como quiera, sino que, a pesar de tener esposa y dos hijos, pidió se le incorporase en uno de los batallones de marcha. Nada satisfe­cho con la quietud a que se condenaba esa guar­dia, pidió su pase al Cuerpo de aeronautas de Nadar, que servía sin ración, vivaqueaba en malas condiciones en la Plaza de San Pedro, y cuyos miembros corrían continuos riesgos y pe­ligros en sus diarias ascensiones: en ese cuerpo nunca desmintió su celo, y cuando se le quería disminuir las fatigas, manifestaba a su jefe que el tiempo que le dejara libre lo iría a pasar en las murallas.

Tan luego como estalló la revolución del 18 de Marzo de 1871, publicó en El grito del Pue­blo un manifiesto en que, a la vez que desaprobaba con energía la conducta del Gobierno, pedía la conciliación de los partidos, censuraba toda efusión de sangre, y concluía así: "Entre republicanos, entre ciudadanos franceses, los litigios se deciden en las urnas y no con el cañón ó el fu­sil" Por la marcha misma de los acontecimientos se vio Reclus incorporado en las filas de eso que se ha llamado La Comuna, limitandose, como siempre, a cumplir con su deber. El 5 de Abril de 1871 por la mañana, como fuese en reconoci­miento con otros guardias nacionales a la mese­ta de Chatillon, los soldados de Versalles logra­ron envolver el destacamento y cayó prisionero Eliseo, quien en el acto fue trasladado a Brest, por vía de precaución. Allí pasó siete meses, emplean­do el tiempo en dar lecciones de matematicas a sus compañeros de prisión, hasta el 15 de Noviembre, en que compareció en Saint Germain ante el 7º Consejo de Guerra que, sin considera­ción a sus cualidades, le condenó a ser deportado a Nueva Caledonia.

Por fortuna, el siglo XIX se informa en otras ideas, y el mundo sabio se conmovió al ver tratado como criminal ordinario a un hombre de alma grande y generosa, y cuya pluma había dejado ya honda huella en la ciencia moderna. En especial tomó el duelo la libre Inglaterra y varios de sus hijos mas ilustres, entre otros. Darwin, Williamson y lord Amberley, dirigieron en Diciembre siguiente al Poder Ejecutivo fran­cés una calurosa petición que terminaba así: "Nos atrevemos a pensar que la vida de un hombre tal como Eliseo Reclus, que ha prestado a  la causa de las letras científicas grandes servi­cios por todos reconocidos, promete para el fu­turo mayores Servicios a la misma causa, por cuanto su vigoroso espíritu ha alcanzado plena madurez; por lo cual creernos que su vida pertenezca no sólo al país que le vio nacer, sino al mundo entero. Por esto, con reducir así al silencio a tal hombre, que no otra cosa significa en­viarle a vegetar lejos de los centros civilizados, sólo conseguirá la Francia mutilarse a sí misma aminorando su legítima influencia en el mundo." Inglaterra leyó, sin duda, en lo futuro, y por ella posee hoy Francia la obra con que mas puede envanecerse: la noble protesta fue escuchada, y el 4 de Enero de 1872 el Presidente Thiers conmutó la pena impuesta por el Consejo de Guerra por la de simple destierro.

Por este motivo pasó entonces Reclus a la alta Italia, junto con su familia, continuando allí sin demora sus trabajos científicos: a la vez publicó (1872) los Fenómenos terrestres, compendio de su grande obra La Tierra, con el objeto de poner al alcance de los desheredados lo que en aquélla sólo estaba al de los afortunados: la obra primitivas por el lujo de la edición, valía $ 12 el ejemplar; la nueva, que contiene íntegra la doctrina de aquélla, se vendió a $ 0.80 centavos. Es así como las musas pueden civilizarse, y, por lo mismo, confiamos ver en próximo día un resumen de la Geografía que siguió a aquélla. En Febrero de 1874 perdió Reclus a la joven esposa que con su ternura dulcificaba su destierro, por lo cual pasó a Suiza, estableciéndose en uno de esos lindos, rientes y tranquilos pueblecitos que se reflejan en las azules ondas del Leman, en Clarens. Allí emprendió su obra capital, la obra que satisface la promesa de los sabios ingleses, la gran geo­grafía universal que, con inusitado lujo, princi­pió a imprimirse en París el 8 de Mayo de 1875, y con regularidad matemática continúa aún, pues si bien el trabajo del autor esta concluido, el del Editor llegara hasta fines del presente año, salvo que Reclus consienta en redondear su obra con una historia crítica de la ciencia de la tierra, anhelada por todos. Un poco antes, en 1880, publicó otro libro, la Historia de una montaña, que hace digna pareja a la Historia de un arroyo, y ese mismo año el Gobierno francés levantó su destierro; pero el hombre de 65 no había cambiado, y manifestó no volvería a su Pa­tria hasta el día en que igual gracia no se exten­diera a todos los desterrados por causa de la Comuna; por eso, hasta ocho años después, no fran­queó la próxima frontera yendo a vivir en Sevres' en las cercanías de Versalles, antes de lo cual efectuó diversos viajes a distintos países, entre otros, al Canadá y los Estados Unidos en 1889, a fin de recoger personalmente datos para su Geografía: ese año pensaba también volver a Colombia y visitar a Bogota, lo cual no pudo verificar a causa de su misma obra que le obligó a apresurar su regreso a Europa. En los últimos años tampoco ha olvidado la prensa; muchos artículos tan notables como los primeros han aparecido en los periódicos y revistas científicas, siendo a la vez valioso y asiduo colaborador del Diccionario geográfico de Vivien-Saint Martin, otra vasta enciclopedia para la cual ha escrito paginas hermosas, en especial sobre puntos rela­tivos al Nuevo Mundo. El pasado invierno quebrantó un tanto al ilustre anciano, quien actualmente viaja por Argelia con la mira de recobrar la salud. Por fortuna para la ciencia universal, Reclus ha conservado la vida hasta concluir una obra que, en defecto suyo, nadie habría osado terminar, y Dios mediante, aún vivirá largos años, que serán de gloria para la misma causa. De sobra esta advertir que todos los trabajos de Reclus han merecido el honor de alcanzar varias ediciones y muchas traducciones.

Veamos ahora al escritor. Desde hace años cuando por diversas causas consagré mis ocios a estudiar el suelo de Colombia, al recoger libros y documentos sobre tal materia, en uno de ellos encontré el nombre de Reclus. Era el Viaje a la Sierra Nevada de Santa Marta, y su lectura produjo en mi animo sensación especialísima. Estaba acostumbrado a encontrar en todos los escritores extranjeros, aun en los mas serios, pa­ginas negras sobre Colombia, y por vez prime­ra hallaba una voz de aliento y simpatía para mi Patria, una defensa de ella ante el mundo civilizado que tan mal la trataba, creyéndola habitada por salvajes. Ese libro concluye asía "Algunos meses después estaba en Europa, y al volver a mi verdadera Patria, me parecía pisaba la tierra del destierro." Desde el fondo de mi alma di las gracias a quien tal concepto escribía y fue para mi desde entonces motivo de singular afecto. En esa época muy escasos datos pude ad­quirir sobre Reclus, quien no fue apreciado ni comprendido en la región de Colombia en donde quiso hacer nueva patria, consagrándose a la colonización de una de sus secciones mas valiosas. Después la lectura de La Tierra aumentó no. mi cariño, pero sí mi admiración por el geógrafo que algunos años mas tarde me honraba con especial y benévola amistad, hasta el punto de elevarme a la categoría de colaborador! Yo que nada sé, vine a encontrar mi nombre en la Nueva Geografía" universal, sin títulos para ello, salvo el de un inmenso amor a la tierra natal.

En el epílogo de aquel mismo libro se lee: Nueva Granada..... es preciso abogar por un país tan bello, tan admirablemente provisto de todas las riquezas de la tierra.! Antes millares de españoles afrontaron la muerte por ir a conquistar ese mundo que Colón les hizo surgir del seno de las aguas como otro planeta maridado al nuestro; al presente hay mas indiferencia por la Nueva Granada que hace tres siglos, y, sin embargo, eso El Dorado no sólo es país de oro, que también lo es de la felicidad para quienes saben apreciar la libertad. En nuestra vieja Europa las vi­vaces tradiciones de los tiempos barbaros y de la Edad Media reinan todavía, y desde el fondo de, sus tumbas los muertos gobiernan a los vivos  no podemos dar un paso sin violar la propiedad ajena, y por la fuerza misma de las cosas compra­mos la felicidad a expensas del prójimo.....  todo nos envuelve como repliegues de un río infernal: hasta los que se creen libres moran en una prisión estrecha en la que apenas pueden moverse y en donde su pensamiento se marchita antes de florecer, Allá abajo, en la joven república americana, no hay convidados desgraciados al gran banquete; la tierra fecunda alimenta generosamente  todos sus hijos, el aire de libertad hinche todos los pechos. Quizás en medio de esa joven naturaleza los hombres también rejuvenezcan; quizás los ciclos de la historia no seguirán siempre, como animales en traílla, su círculo acostumbrado."

Y en otro lugar, hablando de los pescadores del Delta magdalenense y de una conversación con ellos, dice: "Me fue preciso discurrir horas enteras. hablar de Madrid, París, Londres; de industria, ciencias y artes. Esos ávidos interrogadores me es­cuchaban con alegría y, yo mismo, feliz por hallar auditorio tan benévolo, olvidé el olor acre del pescado y el humo sofocante de la hoguera para en­tregarme por completo al placer de enseñar a esos seres ignorantes lo poco que sabía. El mas joven de los pescadores, el que me escuchaba con mayor interés, había oído, no sé dónde, hablar de Atenas, y me interrumpía a menudo para hablarme de esa ciudad... Qué cosa tan extraña como ese eco lejano de Grecia sobre los médanos de la Atlántida! Al presente, los pescadores americanos hablan de esa gloria 2,000 años después como si aún fuera la mayor del mundo."

Así, pues, ¿ qué colombiano no vera un her­mano en el egregio geógrafo francés? ¿cual no le consagrara un cariño tan vivo como el que él ha mostrado por nuestra querida Patria?

Dicho esta que Reclus estudió teología y su padre esperaba convertirle en consumado exégeta. ¿Cómo se formó ó despertó su genio geográfico? ¿Cómo olvidó la teología? El mismo va a decírnoslo. Cuando su expatriación de 1852, visitó entre otras comarcas, la verde Erin, también tierra céltica, y allí "un día reposaba en la cima de un collado que domina los rápidos del Shannon' cuyas rocas oscilan bajo la presión de las aguas que luego se abisman en un negro desfiladero sombreado por los árboles, y acaban por desapa­recer a la vista en un brusco recodo. Acostado en la pradera, al lado de las ruinas de un muro que fue castillo un tiempo y las humildes yerbecillas demolieron piedra a piedra, gozaba placidamente con la vida inmensa de las cosas, manifes­tada con el juego de la luz y de las sombras; con el aleteo de los árboles y el murmullo de las ondas que se estrellan contra las piedras. Fue allí, en ese sitio gracioso, en donde concebí la idea de narrar los fenómenos de la vida de la tierra, y, sin demora, borrajee en mi cartera el plan de mi obra (La Tierra)." Los rayos oblicuos de un sol de otoño doraron esas primeras páginas de un libro inmortal,-el testamento geográfico del siglo, y "hacían oscilar sobre ellas la azulosa sombra de un arbusto que mecía el viento."
Desde entonces Reclus no cesó de trabajar en su obra en las diversas comarcas a donde lo con­dujeron los azares de la vida y el amor a los viajes. Además, "puedo decirlo con el sentimiento del deber cumplido: para guardar la nitidez de mi vista y la probidad de mi pensa­miento, he recorrido el mundo como hombre libre, he contemplado la naturaleza con mirada a la vez cándida y altiva  acordándome que la antigua Freya era al mismo tiempo la diosa de la Tierra y la de la Libertad." Y en otra parte: He tenido la felicidad de ver con mis ojos y de estudiar personalmente casi todas las grandes escenas de destrucción y renovación del globo: lurtes y movimientos de las heleras; aparición de fuentes y pérdida de ríos, cataratas, inunda­ciones, deshielos, erupciones volcánicas, hundimientos de estratas y acantilados, formación de islotes y bancos de arena, trombas, huracanes y tempestades. No solo a los libros, sino también a la tierra misma me he dirigido para obtener el conocimiento de la tierra. Después de largas investigaciones entre el polvo de las bibliotecas, tornaba siempre a la fuente viva y refrescaba mi espíritu con el estudio directo de los fenómenos. Las curvas de los arroyos, los granos de arena de los médanos y las ondulaciones de la playa no me han enseñado menos que los mean­dros de los grandes ríos, la poderosa mole de los montes y la inmensa superficie del océano." Y ha podido agregar que del mismo modo ha estudiado al hombre, en el estado salvaje, ó en el acervo de las grandes capitales.

Misterios del destino! Todavía, después de esa intención, Reclus quiso quedarse como colono en la Sierra Nevada, y una imprevista catástrofe le obligó a retornar a Europa: después, una cau­sa desconocida, la Comuna, amenaza ahogar su pluma, y la pluma de sus hermanos los sabios le salva del abismo. Ya no era posible vacilar. Entonces emprende Reclus escribir su Geografía para dar cuenta "del medio primitivo y del medio cambiante, de la tierra y de los hombres." La empresa era ardua y atrevida, no hay duda, pero también "la gota del vapor que brilla un instante en el espacio, refleja sobre su molécula, casi imperceptible, el universo que la rodea con toda su inmensidad."

Cuanto al plan de la obra de Reclus, merece bien de la ciencia por haber osado romper con los amanerados sistemas que impedían su progreso. "La geografía convencional," como él llama con justicia ese falso método, no ocupa en su libro sino un lugar muy secundario, para prestar atención mayor al paisaje y a los hombres. Empero no es posible hacer ni siquiera somero análisis, en pocas líneas, de esa obra ca­pital, única, en cuyos 21 volúmenes vive y palpi­ta la humanidad; de ese inmenso trabajo que ha merecido la universal aprobación, puesto que, excepción hecha de ciertos defectos imposibles de evitar en una obra humana, no tendrá equi­valente en muchos años. Resumiendo puede de­cirse que la "Nueva Geografía Universal" cons­ta de una serie de discursos sobre las diversas comarcas de la tierra. En ella encanta y admira la profundidad de los juicios, la originalidad de las definiciones y deducciones, la poderosa analogía, la belleza de las descripciones, en fin, la unidad que reina en el conjunto. Parece, por la manera como se pintan los países y se exponen los hechos, que se trata de comarcas nuevas que el autor ha descubierto, consagrando igual atención al pasado, al presente y al por­venir. Asombra, en verdad, cómo un hombre solo ha podido escribir ese libro en el que, con admirable sencillez, desborda a raudales la eru­dición, y Reclus puede decir con legítimo orgu­llo: Exegi monumentum.

Y no es lo menos apreciable en ese libro: no puede leerse sino en el idioma original, porque el inimitable estilo de Reclus no puede traducir­se sin quitarle el brillo que le da su pluma; pero a fin de que el lector se forme siquiera idea de las descripciones de esa Geografía cuyas partes guardan casi perfecta proporción, vamos a copiar algunos trozos.

El invierno en Siberia. Un silencio profundo pesa sobre el espacio; todo parece dormido; los musgos y las yerbas están cubiertos por la nieve y aprisionados por el hielo; los animales yacen entorpecidos en sus madrigueras; los ríos de­tienen su carrera y, lo mismo que las riveras desaparecen bajo un albo cendal. La tierra, con blancura deslumbradora, ocupa el centro del paisaje, haciéndose gris vista de lejos, y no presenta un solo objeto sobre el cual pueda detenerse la mirada. El único contraste visible con esa me­drosa inmensidad se halla en el inalterable azul sobre el cual camina un sol que sólo se levanta algunos grados sobre el horizonte.....Con ní­tido contorno, sin esa rusiente aureola que de ordinario lo envuelve cuando toca el horizon­te.....Por la noche, cuando la aurora boreal no extiende por el cielo sus cortinajes multico­lores y estalla en haces de cohetes silenciosos las estrellas y la luz zodiacal brillan con singulares destellos...... sólo el cuervo se aventura en el aire con un vuelo perezoso, débiI, dejando tras sí una ligera huella de vapor.......  

"La estepa. Casi en todas sus partes, la estepa se muestra como un espacio desnudo que deja deslizar la vista sobre el terreno plano hasta la curva con que la tierra se hunde bajo el hori­zonte. Y sin embargo, la mayor parte de las es­tepas no son horizontales desarrollan su super­ficie en anchas olas, regulares como las del mar de los trópicos al soplo del alisio; pero la gene­ral uniformidad de los matices impide reconocer esos pliegues, causando admiración ver de repente caravanas enteras que desaparecen en esas depresiones como si el cielo las hubiese devora­do. La falta de objetos que puedan compararse hace que se produzcan singulares equivocaciones un montículo de 50 metros de altura parece una soberbia montaña. Por la mañana, cuando la refracción de los rayos luminosos contribuye a aumentar la magnitud de los objetos, una águila posada en el suelo parece un camello, un matorral toma el aspecto de un árbol    Des­pués de la primavera que cubre de flores la es­tepa.... el viento marchita las plantas cuyos despojos marchitos saltan por millares y millo­nes de un modo extraño; impulsados por el hu­racán, esos corredores de la estepa" luchan con velocidad rasando el suelo, y se golpean con furia dando saltos de muchos metros; diríase que son seres vivos que se entregan a una ca­rrera fantástica."

"Él Altai: la ondulada superficie de tierra roja que se encuentra en El Altai y comunica a todo el paisaje el aspecto de un brasero inmen­so; las mesas de arcilla descolorida ó gris que semejan un océano de lodo coagulado; las regiones menos tristes en donde aquí y allá se levan­tan algunas protuberancias rocosas; los desier­tos en donde el viento impele los médanos cual si fuesen olas gigantescas....todo forma un conjunto monótono, pero tanto mas grandioso. Cuanto mas sencillas son sus líneas. En esas di­latadas mesas......las caravanas viajan durante días y semanas enteras, y la naturaleza se presenta de un mismo modo a la vista en su inmu­table tristeza y en su majestad."

"Él Rann de Catch; extraño y vasto suelo que no es tierra ni mar...los animales evitan con cuidado esa llanura sin agua y sin verdura....­ El Rann es la región del espejísmo; el menor objeto dejado en el suelo, una piedra, un esqueleto de camello, se ve a leguas enteras de distancia, y no con su forma real sino con perfiles fantásticos......La estación lluviosa cambia el aspecto de la llanura que el mar cubre uni­formemente con una capa líquida de un metro de espesor. Las caravanas pueden cruzar el Rann en todo tiempo; pero el viaje no se hace de día; el calor y la reverberación del sol sobre las aguas o' la arena, y las ilusiones del espejismo acaban por enloquecer hombres y animales; los guías deslumbrados no pueden distinguir la exacta posición del sol en el inmenso resplandor del espacio, y pronto la caravana giraría en su sitio, siendo la muerte inevitable."

Con lo citado darnos una brevísima idea do lo que es la Geografía de Reclus, obra editada con gran lujo y que encierra centenares de laminas y millares de mapas que facilitan la lectura y completan el texto de un modo admira­ble. Lastima, sí, que por esas mismas condiciones, su precio suba a $ 150 en oro, lo cual impide puedan adquirirla el común de los lectores.

 

Bogota, Marzo 15 de 1893.

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