- IX -
Llegada a San Blas - datos sobre aquellos indígenas - Partida para
el Golfo del Darién y entrada al río Atrato - Descripción del
clima, producciones, animales e insectos que se encuentran en el
río Atrato - Llegada a la capital del Chocó, noticias sobre los
republicanos y viaje hasta Nóvita - Otras noticias que me hacen
extender el viaje hasta la bahía de Buenaventura - Arribo al océano
Pacífico: Encuentro con Cochrane - Travesía de los Andes y peligros
que hay en ella - Llegada al Valle del Cauca y encuentro con los
republicanos - Paso del Quindío y camino hasta Santafé de
Bogotá.
(De la página 203 a la página 247)
Con viento favorable partí de Providencia y en tres días llegué
a la costa de San Blas, habitada por indios que nos acogieron muy
bien. Fue aquí donde por primera vez vi a los naturales de América
meridional, que se encuentran en el mismo estado en el que se
hallaban antes del descubrimiento del Nuevo Mundo. Los españoles
jamás los han podido domar y los dejan vivir en sus bosques y
montañas bajo el dominio de sus caciques. Estos indios no son muy
altos, pero sí bien formados y de buena complexión, tienen una
frente muy pequeña y cubierta de cabellos hasta las cejas, ojos
pequeños y separados de la nariz, que es afilada, pequeña e
inclinada hacia el labio superior, la cara ancha, las orejas
grandes, los cabellos muy negros, finos y desgreñados, los miembros
bien formados, los pies pequeños, el cuerpo todo liso, sin vello y
del color del cobre. Van completamente desnudos y sólo ocultan en
un saquillo las partes genitales; las mujeres se cubren con un
pequeño delantal cuadrado del tamaño de una hoja de papel.
Mirándolos atentamente se ve en ellos un no sé qué de fantástico,
de desconfiado, de estúpido; y son sumamente indolentes pues pasan
los días enteros sin moverse. Parece que no tienen ambiciones y que
desean más bien ser tenidos por fuertes que probar que son
valerosos. Los caciques son los jefes de sus pueblos y su autoridad
se ejerce principalmente en la guerra y en las expediciones contra
los enemigos. Estos indios tienen un odio tan grande a los
españoles que no les perdonan la vida dondequiera que los
encuentren. Habitan en cabañas cubiertas de palma, de forma
redonda, con una sola puerta y levantadas del suelo cerca de 5 pies
para librarse de las serpientes y de los tigres, suben a ellas por
medio de una pequeña escalera de mano que retiran desde dentro. El
piso está formado por muchas cañas muy gruesas en forma de vigas,
que sostienen otras aplastadas y clavadas con un pedacito de
madera, como si fueran mesas. Las paredes están tejidas con gruesas
lianas partidas por la mitad. En el interior no hay ninguna
separación y todos duermen sobre esteras hechas de hierba; a las
cuales dan diversos colores. Se alimentan de la pesca y de la caza
y cultivan el banano, la mandioca y la yuca. No tienen ningún
mobiliario y se sientan sobre sus esteras o sobre sus talones; su
comida ordinariamente es carne o pescado, asados en asadores de una
madera muy dura llamada aracu, esto es madera de hierro. Tienen
ollas de barro mal trabajadas y la calabaza
(1)
les
proporciona el resto de los utensilios familiares. Las muchachas
ylos jóvenes van completamente desnudos y son únicamente los
casados los que llevan el saquillo y el delantal. Se pintan todos y
se hacen jeroglíficos
(2)
de varios colores en el
cuerpo para aparecer más hermosos, y las mujeres llevan collares de
vidrio, de piedras y de conchas, en el cuello, en los brazos, en
los muslos y en las piernas. Les gusta fumar y beber licores
fuertes. Muchos de ellos vinieron a bordo y estuvieron todo el día,
y a la hora de comer, sin haber sido invitados, vinieron a hacernos
compañía y comieron de todo. Por curiosidad fui a ver sus cabañas y
me ofrecieron pescado fresco y bananos, que comí junto con ellos;
regalé algunos espejitos y observé que todos tenían gran curiosidad
de mirarse en ellos y que cada uno hubiera querido tener el suyo.
Seguimos costeando estas islas y llegamos al golfo del Darién,
donde casi siempre llueve y donde los rayos del sol, cuando se
muestran, hieren con tanta fuerza, que es facilísimo sufrir una
insolación que te hace subir fiebre y te pone en peligro la vida.
Llegados a la bahía de Candelaria, donde está la boca principal del
río Atrato, me presenté a la vigía, al mando de un oficial con
varios indios de los que han sido ya reducidos por los españoles
(3)
. Le presenté mi pasaporte y le regalé
un barrilito de ron y él se apresuró a buscarme dos piraguas de
indios para remontar el río. En efecto zarpé con dos de estas
especies de barcas puntiagudas y ovaladas en el fondo, hechas de un
solo trozo de madera de unos doce palmos de largo. En la parte de
atrás de la piragua se hicieron con leños encorvados algunos arcos
unidos entre sí por medio de lianas, que componen un tejido que se
cubre con una hoja anchísima llamada ranchera, que nace cerca de
tierra sólida y que permanece verde sus buenos veinte días sin
romperse nunca. Con diez de ellas quedó cubierta toda la casucha y
para que el agua no me molestase se pusieron en el fondo de la
piragua varios trozos de madera, sobre los cuales se extendió un
entablado de cañas de guadua, la cual está cubierta de espinas muy
largas y espesas y gruesas como un árbol. Estas cañas, una vez que
se les han quitado las espinas, se aplastan y se hacen tablas, con
varias rendijas es verdad pero muy sólidas. La piragua va dirigida
por un indio, que está en la punta de atrás, con un canalete (que
es una especie de espátula ancha que sirve de timón) mientras que
adelante van dos con unas varas largas en cuyo extremo hay una
especie de horqueta, que llaman palancas, y que van apoyando contra
las ramas de los árboles, los arbustos, las hierbas, las orillas y
contra todo lo que pueden, haciendo una gran fuerza con el pecho
para ir contra la corriente del río Atrato, más grande que nuestro
Po y cubierto de horribles bosques y selvas, cuyos únicos
habitantes son los animales feroces. Las crecientes del río van
dejando a una distancia grande de' él continuos pantanos, valles y
lagos muy grandes. En la otra piragua iban también tres indios y
una cabaña semejante, en la que iba en pequeños baúles el resto de
las mercancías que debía vender. La navegación de este río es
horrible durante todo el año porque casi siempre llueve y
torrencialmente, con truenos estrepitosos y continuos rayos, que
son la música de estas regiones. El temporal arrecia siempre hacia
la tarde y al despuntar el día, y en las horas más calurosas el sol
rompe las nubes y cae sobre estos lugares pantanosos y anegados por
todas partes y heridos apenas por el sol, cuyos rayos
perpendiculares vienen a morir sobre el terreno lodoso y sobre
aguas en su mayor parte estancadas. Se siente un calor excesivo y
por la cantidad de vapores que se elevan se forman en seguida nubes
que, no pudiendo sobrepasar las altas cimas de las vecinas montañas
de los Andes por la fuerza de los vientos que aquí reinan, recaen
en continuas lluvias, que se pueden bien parangonar a aquellas que
caen estrepitosamente entre nosotros en cualquier día de verano.
Además de la lluvia es también grande el tormento de los insectos.
Las playas del mar, de los ríos, de los lagos, están negras de
pequeños animalitos que cambian de existencia y de piel en menos de
una hora para tomar alas, largas patas y un aguijón que es una
bomba aspirante para succionar la sangre, por cuya causa, una vez
que con su picadura han perforado la piel, viene un escozor
insoportable que obliga a rascarse, lo que, repetido
frecuentemente, por la malignidad del aire y la falta de limpieza
de las uñas degenera en lesiones. Hay también numerosísimos
enjambres de mosquitos, producidos por la gran humedad y el calor,
que son molestísimos porque se meten hasta en los ojos. Se agregan
a estos otros mosquitos matutinos y vespertinos pequeñísimos que,
unos sólo por la mañana, otros sólo por la tarde, te atormentan de
un modo insufrible. Están también los zancudos que fastidian
continuamente día y noche a los oídos con su zumbido y pican por
todas partes con sus largos aguijones; de estos los hay negros,
cenizos y verdes. Hay también el rodador
(4)
, especie
de mosca grande que se alimenta de sangre y que no deja de picarte
continuamente por todas partes hasta que se sacia de sangre. De
estas vuela durante el día una cantidad igual a la de nuestras
moscas. Los chinches voladores son fetidísimos, lo mismo que las
cucarachas. Hay las avispas que, colgadas de los árboles a guisa de
saquitos de arena, se arrojan furibundas sobre quien no sepa
alejarse. No faltan los tábanos y un mosco peludo y negro que al
picar deja un humor, que engendra inmediatamente un gusano el cual
al crecer se cubre de pelos y si no se le mata rápidamente produce
la gangrena. Además de estos insectos están las niguas que se
introducen en los pies y una especie de murciélago que por la noche
succiona la sangre de la punta de los pies y de las manos
(5)
y si el individuo no se despierta llega
a desangrarlo. A la incomodidad de todos estos insectos se agrega
también la imposibilidad de dar un paso en tierra y el temor de
dormir en las barcas cerca de las orillas, siempre pantanosas y
llenas de hierbas muy altas, entre las cuales se esconden culebras
venenosas y caimanes, que son numerosísimos por estas partes.
Tantos males venían en parte compensados con la contemplación de
las grandes y admirables obras de la naturaleza, la cantidad de
árboles y palmas que se encuentran a cada paso y la infinidad de
animales que con su vista causan terror o placer, pero siempre
sorpresa. Aquí nace el cedro amarillo, facilísimo para trabajar, el
castaño salvaje, el cumare, bastante grueso y muy apto para hacer
rápidamente una piragua, el mercurio
(6)
, que es
un nogal grande cuya pulpa es muy agradable, con hojas cenicientas
y acuminadas, el pardillo gris con venas negras
(7)
, el paraguatán rojo, cuyo tronco sirve
para tintura. Allí finalmente la palma de coco, la de abanico, la
de cera que se encuentra siempre en los lugares más húmedos. Su
fruto es oblongo y de pulpa amarillosa y de sus cogollos se hace
grande uso entre los indios para tejer las redes. La pequeña píritu
(8)
toda espinosa se encuentra en medio de
ellas, con una fruta de sabor igual al de la uva. El moriche, más
alta y más gruesa y de espinas más gruesas; la carora con fruto de
dura corteza de pulpa amarilla, tierna y dulcísima, y que tiene en
medio una fruta muy delicada. La palma real, la más bella de todas,
tiene un fruto semejante al de la carora. Sobre toda otra planta se
eleva la palma de seje
(9)
, cuyas frutas serian
enteramente iguales a la oliva, si su corteza no fuera demasiado
dura: los indios extraen de ella aceite para ungirse. Más baja
crece la palma xivana, casi sin tronco, con una fruta semejante a
nuestras nueces. Se encuentra finalmente el acayú, que es
completamente negro y duro y semejante al guayacán
(10)
. Por todas partes se encuentran cañas
maravillosas entre las que lleva la primacía la guadua, ya nombrada
y toda espinosa, la carapaca y la púa, de las que se sirven los
indios para sus instrumentos de viento. A estas se contraponen los
arbustos, la chirimoya de agradable fruta
(11)
, el
jobo con una nuez cuya carne tiene un sabor de azúcar, el mamey,
con su gruesa fruta color café que se come con cuchara, y el caruto
(12)
todo ceniciento cuyas pomas son
agradabilísimas. Descuella entre todos el altísimo carimiri con sus
frutas oblongas y pequeñas semejantes a nuestros granos de uva. Sin
embargo en medio de tanta variedad de frutos delicadísimos debe
procederse con cautela en gustarlos, ya que algunos de ellos
producen semillas mortales. El
mepe con sus ramas olorosas y
sus frutas venenosas de una gran fragancia, el jucurio de fruta
amarilla que produce fiebre, y muchos otros deben evitarse con gran
precaución.
Aquí nace también el arroz silvestre entre negro y rojizo. No
sirve para el uso humano pero nutre a una cantidad de aves que
habitan estos lugares solitarios. Entre todas descuellan por su
belleza los loros, especie de papagayos grandes como gallinas, de
hermosísimas plumas, de las cuales se sirven los idios para
adornarse. Van en bandadas chillando por el aire y los hay de
varios colores, rojos, verdes, azules y son todos buenos para
comer. En copiosas bandadas se encuentran los papagayos de vivos
colores, verdes, amarillos y rojos. Como entre nosotros los
ansarones y no más grandes que ellos, andan las pequeñas cotorras
completamente verdes. Muchos loros
(13)
son
capaces de formar palabras humanas, son de color verde menos las
alas y la cola que son de rojo mezclado con verde. Aquí se
encuentran también el cardenal
(14)
, el
turpial
(15)
y las garzas
(16)
todas
blancas y de altísimas zancas. Allí vive también el pagué
(17)
con su cresta rizada en la cabeza, a
guisa de la de nuestras gallinas; son de varios colores pero más
comúnmente negros. También hay ocas reales, semejantes a las
nuestras, que siempre viven en el agua, como también los
patos
(18)
, semejantes a nuestros ánades, y la
paloma de río que pone sus huevos en la arena, tan agradables como
los de la gallina. A esta especie se asemeja mucho el corocori
(19)
, llamado también gallineta de monte.
Hay muchas guacharacas
(20)
, especie de ocas de
varios dolores; hay abundancia de pavas
(21)
, casi
iguales a nuestros pavos reales, con la diferencia de que las
hembras son negras y los machos rojizos, y que no tienen en la cola
plumas tan largas yhermosas. A todos estos pájaros, que a su placer
se clavan en el agua, saltan entre las ramas, lanzan su vuelo a
través de las lagunas y de los bosques, hace una óptima compañía la
gran cantidad de kovatas
(22)
, simios negros y
rojos que chillan en el fondo de los grandes bosques manifestando
así sus cínicos amores. Los lujuriosos micos
(23)
, que
con la cola se envuelven en las ramas y se lanzan de un árbol a
otro. La gran familia de los araguatos
(24)
, del
tamaño de un perro, con la cola larga y barba de pelo rojizo,
buenos para comer y cuya cabeza rasurada parece la de un capuchino
(25)
. El hermoso catarro
(26)
, macaco blanco y negro aterciopelado,
curiosísimo, que corre a ver las barcas que pasan por los ríos, y
una infinidad de pequeños simios de variados colores. Hay también
ratones de bosque que viven en los árboles y son más grandes que un
gato y buenos para comer. La iguana, anfibio que se encuentra
también en los árboles, y la araña migala
(27)
del
tamaño de un plato, peluda y que devora hasta pequeños pájaros. No
faltan los escorpiones venenosos, los cienpiés, la serpiente
voladora, muchas víboras y serpientes de tamaño extraordinario,
entre ellas la cascabel pintada de negro y rojo más gruesa que un
brazo, la culebra de dos cabezas
(28)
, por
el parecido que tiene su cola con una cabeza, toda color ceniza, y
el boa de color verde oscuro que parece una viga. En las espesas
selvas hay tigres, el vajapuri
(29)
,
especie de león de un color entre gris y rojizo. También se
encuentra allí el tigre negro que se ve cerca de los ríos, los que
tiene dificultad en pasar a nado; el oso gris de cuya grasa se
untan los indios para restaurarse de la fatiga; los jabalíes corren
por todas partes, y el pecarí
(30)
, muy bueno para
comer pero con una bolsa de almizcle sobre el lomo, que hay que
cortar inmediatamente si no se quiere que impregne la carne de
putrefacción. La danta
(31)
, del tamaño de un
asno y que los indios cazan con mucha frecuencia, así como ciervos
muy pequeños de sólo dos cuernos. El río Atrato da además de
grandes caimanes e infinidad de tortugas, muchos peces, entre los
cuales el mayor es el manatí
(31 bis)
, muy agradable.
Hay también una cierta anguila llamada
temblador porque al
tocarla con la mano o con una vara te hace sentir una sacudida
semejante a la que produce la máquina eléctrica
(32)
. Por la noche, además de los gruñidos
de los osos, de los tigres y de los simios, se deja sentir el
desagradable grito del animal cuadrúpedo perezoso
(33)
. Tiene la cabeza parecida a la de un
cordero, con piernas sumamente cortas de color gris, lanudo, y
siempre con los ojos llorosos, el cual para mover una pata emite un
lamento que inspira tal compasión que las fieras más hambrientas se
alejan y le tienen lástima; para subir a un árbol necesita varios
días y no lo abandona mientras haya alguna fruta. Cuando se le ha
acabado el alimento, para descender más rápidamente se deja caer de
golpe a tierra. Es también desagradable el pájaro tujudío, que en
su continuo chillar parece pronunciar aquellas sílabas, lo mismo
que el cabracuca y el itotoco
(34)
este es un pájaro no
muy grande que muge como una vaca. Cualquiera puede imaginar cual
será el clima de este país casi todo inundado y cubierto de grandes
y espesas selvas, encerrado entre dos ramas de la cordillera, cuyas
aguas todas recaen sobre él, de modo que en la estación de lluvias
generales crecen los ríos, salen de sus lechos y lo inundan todo
como un mar, por lo que las fieras se ven obligadas a huir y a
refugiarse en las partes más elevadas.
Por tal motivo la naturaleza aparece aquí avara en producir
algunas de las plantas tan útiles en estos climas corno el banano,
el maíz, el casabe
(35)
, el ñame, las
patatas y otras diversas plantaciones, por lo que los habitantes
están en la más grande miseria, ya que ven que el pescado apenas
sacado del agua se pudre, que la carne todavía palpitante se
corrompe y que el pan apenas se enfría se enmohece. Aquí todo se
compra y se vende a precio de oro, sea el alimento, el vestido o
cualquiera otra cosa necesaria. Este clima es tan diabólico que
ninguno escapa a las fiebres cotidianas o tercianas, pútridas o
pestilenciales, al vómito negro, a la lepra, a las obstrucciones
del hígado, a las insolaciones, al pián
(36)
, que
hace caer a pedazos los miembros gangrenados. En resumen se puede
concluir que en este país el cielo y la tierra han declarado la
guerra al hombre, obstinado en establecerse allí por la avidez
inextinguible del oro que se encuentra por todas partes en esta
región. Los montes lo encierran en sus flancos, lo llevan los
arroyos, las arenas de los ríos corren mezcladas con el polvo de
oro y con muy justa razón algunos escritores la han distinguido con
el nombre de tierra de oro. Pero la mayor parte de los que buscan
aquí enriquecerse, las más de las veces Vienen a quedar sepultados
con sus riquezas y llevan una vida siempre enfermiza, y hasta los
hijos que nacen de ellos parece que nacen con fiebre.
Durante siete días continuos remontamos este río sin descubrir
nunca ninguna casa ni lugar a donde descender. Al octavo día
llegamos a una segunda vigía formada por un oficial y varios
soldados, que habitaban en una barraca de cañas de guadua a una
altura de diez pies del suelo, y se servían para hacer candela de
una madera resinosa parecida a nuestro pino, que quemaba despacio y
daba mucha luz. Aquí descansamos un día para dar respiro a los
fatigados indios que habían trabajado continuamente con sus
palancas contra la impetuosa corriente, sin que fueran obstáculo
para ellos ni las lluvias torrenciales ni las picaduras de tantos
insectos como cubren estos lugares. El medio que usan para
defenderse de ellos es ungirse con el aceite de cierta palma y
frotarse las articulaciones con grasa de oso para adquirir mayor
fuerza. Su paciencia en estas difíciles navegaciones es
sorprendente y lo que más debe considerarse es la fatiga de estos
hombres al manejar sus palancas para impulsar adelante las
piraguas. Ninguno de nuestros marineros podría resistir tanto
tiempo en un trabajo tan penoso, mucho más si se considera el poco
alimenta que toman en las largas jornadas, que consiste solo en
algún banano y carne seca al sol, asada sobre las brasas; Las
cortas noches les conceden poco reposo, pero el suficiente para
emprender de nuevo a la mañana siguiente su fatiga con igual
esfuerzo; y ciertamente que yo no había visto jamás hombres que
pudieran resistir tantos días una navegación que es de las más
laboriosas. Casi dos días empleamos para llegar desde la segunda
vigía al fuerte, colocado a la orilla izquierda, en una situación
un poco elevada, compuesto de un parapeto hecho de árboles gruesos
detrás de los cuáles hay unos cañones de grueso calibre parte en
plataforma y parte con abrazadera. Puede contener más de mil
hombres, pero los cuarteles hechos de caña de guadua no son sino
para trescientas personas. Su forma es irregular y sigue las varias
inflexiones del terreno. Un promontorio que se eleva en la mitad
sirve de reducto, sobre el cual cuatro piezas de artillería cubren
las baterías bajas ya indicadas. Por la parte de tierra el fuerte
está defendido por un gran foso con buenas empalizadas y un alto
parapeto. El terreno pantanoso y lleno de agua impide que pueda ser
tomado por esta parte y solo se puede atacar por el pie de las
baterías que defienden el río ya que en este lugar la metralla pasa
hasta la otra orilla. Antes de llegar a este fuerte el terreno se
eleva un poco más y en algunos lugares pudimos tomar tierra y
encender fuego para comer, ya que hasta entonces nos habíamos visto
obligados a hacerlo en las mismas piraguas. Los indios se sirven
del pedernal y de maderas podridas y secas, como nosotros usamos de
la yesca, para hacer fuego. Desde lejos empiezan a verse, de una
parte los Andes, que se extienden hasta el istmo de Panamá, y de la
otra, una rama de los mismos Andes, que separa esta provincia de la
de Antioquia. Una sola casa encontramos entre la vigía y el fuerte,
colocado también este sobre altas vigas para protegerse de las
aguas del río, que en tiempo de lluvias son más abundantes y se
elevan a una gran altura.
Para ir del fuerte a la capital empleamos cuatro días; aquí el
terreno se eleva bastante en algunos sitios y en las pequeñas
colinas que dan a la orilla del río, de trecho en trecho se
encontraba alguna cabaña elevada del suelo y colocada sobre vigas.
Me contaban que después de las crecientes ordinarias del invierno
debajo de las mismas casas se recogía el polvo de oro mezclado con
arena, lo mismo que en las diversas playas, pero en muy pequeña
cantidad. Aquí empiezan a desaparecer los numerosos insectos que
infestaban estos lugares y el terreno ya no es pantanoso, pero no
hay caminos de ninguna clase y todos habitan sobre las orillas de
los varios ríos tributarios que llevan sus aguas al Atrato, por lo
cual siempre se va de un lugar a otro en canoa y no de otra manera.
La capital de estas vastas provincias, llamadas del Chocó y Citará
(37)
, está colocada en una orilla frente a
la desembocadura del río Quibdó. La población está compuesta de
indios, de negros y de criollos americanos. Los primeros en gran
parte están reducidos a algunas cabañas redondas, elevadas del
suelo, que forman los suburbios de la ciudad; son útiles únicamente
para la navegación del río y para nada más; ningún vestido los
cubre, excepto una pequeña camisa para los hombres y una falda para
las mujeres, que les llega hasta la rodilla. Se adornan con
collares de vidrio y se pintan el cuerpo, y su color es como negro
de hollín, y no tienen tan buena complexión como los de San Blas
sobre la costa del Darién, ya citados. Los negros hacen el oficio
de domésticos y en las varias habitaciones situadas a lo largo de
la orilla del río son los trabajadores del oro, ya que solo ellos
son capaces de resistir las grandes fatigas, las aguas continuas,
el clima perverso y pútrido de estas regiones; están totalmente
desnudos. Los hombres llevan solamente un saquito en el que
esconden las partes vergonzosas y las mujeres una pequeña falda
formada por dos pañuelos unidos que se amarran sobre la cintura y
llegan más arriba de la rodilla. Cuando van a la ciudad los hombres
se ponen un par de calzoncillos cortos, blancos y muy anchos. Los
criollos son en su mayor parte propietarios de los diversos
terrenos, en los que han hecho levantar arrabales de negros y allí
los hacen trabajar para sacar el polvo de oro que se encuentra
mezclado con la tierra. Algunos son artesanos mediocres y la otra
parte se dedica al comercio, que se hace con el interior de la
provincia del Cauca y con Cartagena. Pero la dificultad de
atravesar los Andes, por los cuales solo pueden pasar mulas tres
meses en el año y esto con gran trabajo y con el peligro de caer en
los precipicios que se encuentran a cada paso, hace que con el
Cauca sea poco el comercio que se hace y solo de géneros
comestibles que toman la vía de Cali. Pero por la parte de
Cartagena era menos dispendioso y complicado el comercio, ya que
pequeños barcos salían de aquella ciudad, se introducían en el
Atrato y, suprimida la arboladura, entre varios indios conducían a
palanca el barco hasta el fuerte, o en la bahía de la Candelaria
cargaban en pequeñas barcas sus mercancías y comestibles y los
transportaban hasta la capital. A este lugar se llevaban telas,
paños y todo lo que es necesario para vestir a la población de
criollos americanos, ya que para los negros y para los indios se
necesita muy poca cosa. Aquí también se trae todo lo que sirve para
las artes mecánicas y en general los comestibles, como bizcocho,
harina, arroz, frijoles, carnes saladas y secas de toda clase,
pescado salado, y en cambio se recibe el polvo de oro, que no puede
transportarse fuera de la provincia sino acuñado en doblones,
pagando el 20% al gobierno, que por causa de la mezcla y liga que
le pone gana otro tanto, por lo que en realidad saca el 40%. Las
fundiciones están en Antioquia, en Popayán y en Santafé de Bogotá.
Por consiguiente el negociante debía entregar al Gobernador del
Chocó todas las libras de oro que hubiese recabado en pago de sus
mercancías y se le pagaban otras tantas monedas, reteniendo el 20%
y enviando a las fundiciones el polvo recibido. Había pena de
galeras y de pérdida del polvo para quien fuese sorprendido
sacándolo fuera de la provincia del Chocó. Si los indios naturales
de estas regiones son tan débiles que son incapaces de trabajar en
las minas, cualquiera puede imaginarse lo que serán los criollos
americanos aquí establecidos. Solo la avidez del oro los ha traído
desde el interior del país y de los puertos marítimos para venir
aquí a conducir una vida de las más miserables que se puedan
imaginar. El color amarillento y los abultados vientres que tienen
indican claramente que las fiebres, la hidropesía, el estreñimiento
jamás los abandonan. Hombres y mujeres están siempre enfermos y en
este infeliz estado poco pueden cuidar de sus intereses y es
necesario que se confíen, las más de las veces, en los jefes de los
negros para él trabajo de las minas, que se hace en forma diversa
del de otras partes de América, ya que durante varios meses se
emplean en sacar tierra del pie de alguna colina o montaña,
amontonándola como pilas de pan de azúcar, todas en línea.
Terminada esta primera operación se abre al pie de estas pilas un
pequeño canal y se procura hacer correr agua, desviándola de algún
río, poniendo el máximo cuidado en que esta corra con rapidez, a
cuyo objeto le dan mucho declive. Entonces los negros con azadones
hacen caer poco a poco la tierra en el arroyo. Esta es arrastrada
por la corriente y quedan en el fondo solo los objetos más pesados
como el oro y la grava. Una vez que el pequeño canal está lleno de
ellos, con unos platos de madera agujereados arrojan a la otra
orilla la grava bien lavada, de modo que en el fondo queda
únicamente la arena mezclada con oro. Entonces con platos ovalados
de madera recogen esas arenas y se van al río, que está siempre
cerca a lavarlas, de modo que, revolviéndolas continuamente con una
mano, la corriente se lleva la arena y en el fondo del plato queda
neto y limpio el verdadero polvo de oro, finísimo y sin necesidad
de depurarlo, y muy semejante por la forma a gruesos granos de
arena. Ponen gran cuidado en tener los platos siempre a flor de
agua para que la operación dé buen resultado. En otros lugares
hombres y mujeres se amarran una piedra grande a las espaldas para
poder descender al fondo más rápidamente y se meten entre los ríos
con sus platos de madera, toman un poco de arena, vienen después
fuera del agua y la van revolviendo con una mano para que la
corriente se vaya llevando la arena y quede en el fondo del plato,
como más pesado que es, el polvo de oro lúcido y sin mácula. Como
casi siempre llueve en esta extensa provincia, no se preocupan por
la intemperie al ejecutar los trabajos indicados y por ésto los
negros son los únicos que pueden soportarlos sin ningún perjuicio,
porque se ve que son fuertes y robustos, mientras el resto de la
población solo presenta hombres débiles y siempre enfermos. Cuando
los habitantes salen por la ciudad llevan zapatones con gruesas
suelas de madera, con los que van a una altura de seis dedos sobre
el suelo. Van vestidos de paño, con pequeños gabanes al estilo de
los peregrinos, y siempre con paraguas. Pero todas sus precauciones
no los preservan durante el año de las fiebres y las más de las
veces terminan su vida miserablemente, en medio del oro, del que
aprovechan después sus herederos. Las casas están todas fabricadas
con caña de guadua y revocadas de yeso y cal, todas blanqueadas,
por lo que parecen verdaderas murallas. Están cubiertas de palmas y
los pisos son todos de la misma caña partida por la mitad y en
esterilla. La población de la ciudad será de unas tres mil almas,
pero la de los negros esparcidos a lo largo de los ríos y lagos
ascenderá a más de cinco mil y un poco menos serán los indios
esparcidos en varios caseríos a lo largo de los diferentes ríos que
bañan por todas partes esta región. Estos caseríos se llaman Murrí,
San Miguel, Bebará, Beté, Lloró, Tadó y Bagadó
(38)
y allí cultivan algún banano, ñame,
maíz y casabe, pues están situados en lugares elevados, donde
abundan menos los minerales que en otras partes y por consiguiente
el terreno es más apto para el cultivo.
Al presentarme al gobernador español con mi pasaporte del cónsul
de Jamaica y con la lista de las mercancías que quería vender en
aquella ciudad, me acogió muy bien, porque había tenido la
previsión de enviarle una caja de vino de Bordeaux, una de
aguardiente de Ginebra, un barrilito de ron, cuatro jamones de
Holanda, dos medios barriles de bizcocho blanquísimo y uno de flor
de harina, suplicándole que aceptara ese pequeño regalo. Me
permitió vender mis mercancías, que consistían en paños, telas,
pañuelos, medias, sedas, hilos, agujas, tijeras, cuchillos,
espejos, zapatos. Aquí no pude averiguar sino muy poco de lo que me
exigía mi misión y únicamente pude descubrir qué Bolívar había
ganado una batalla en la provincia de Tunja, por lo que se decía
que marchaba, aun más, que ya había llegado a Santafé de
Bogotá.
Pero estas cosas apenas se decían al oído, tanto era el temor
que tenían de la crueldad de los españoles. Se sabía además que
todas las tropas de la provincia se habían hecho marchar sobre los
Andes, por donde pude conjeturar que el ejército de Bolívar trataba
de acercarse a ellos, y por consiguiente me decidí a avanzar más
adelante, con la excusa de vender mis mercancías. Hacía ocho días
que estaba en aquella ciudad y había vendido mucho y con un
provecho muy superior a mi expectativa. Sin embargo pedí pasar a
Nóvita
(39)
, ciudad colocada sobre el río Tamaná,
rica por la gran cantidad de polvo de oro que lleva este río, en
una situación más elevada que Citará, y antigua capital del Chocó.
Obtuve el pasaporte y, habiendo embarcado el resto de mis
mercancías, remonté durante cuatro días en dos canoas el río
Quibdó, a lo largo del cual se encuentran de tanto en tanto algunas
cabañas al menos para descansar durante la noche. A la mañana del
quinto día llegamos temprano a la Bodega de San Pablo
(40)
, donde, cargados los baúles a
espaldas de los indios, me puse en camino a pie y atravesé en menos
de dos horas este istmo, que sería posible cortar para comunicar el
Quibdó con el río San Juan, el cual desemboca en el Océano
Pacifico, y así unir mediante estos dos ríos los dos mares, a
saber, el Atlántico y el Pacífico.
Entonces se podría seguramente con un pequeño barco de vapor
pasar en ocho días de un océano a otro. El istmo está formado de
pequeñas colinas no muy altas y el camino por gruesos árboles
colocados unos al lado del otro, ya que por las grandes lluvias
sería imposible a causa del fango mantener expedito el paso.
Habiendo llegado a la bodega de San Juan, que está a la orilla
derecha del río del mismo nombre, tomé otras canoas y, después de
embarcar todo, descendí por el río San Juan, tan grande como el
Atrato, y a la izquierda entré al célebre río Tamaná, no muy
profundo, y lo remonté un día y una noche entera hasta la bodega de
Nóvita. Del istmo hasta esta ciudad todo el terreno es muy elevado
y por todas partes hay montañas muy altas. La misma Nóvita está
colocada sobre un cerro y a sus espaldas se eleva una montaña cuya
cima se confunde con las nubes. Esta ciudad es más grande que
Citará pero las casas están construidas de igual manera. La
población de criollos americanos es un poquito mayor y gozan de
mejor salud, aunque la diferencia de posición es poca. Aquí también
hay negros que trabajan recogiendo polvo de oro, que es
suministrado en abundancia por el río Tamaná. Los indios, reunidos
en pequeños caseríos, habitan en la bodega de Santa Ana, en Juntas,
en San Agustín, así como en la bodega de San Pablo y en la de San
Juan
(41)
. En esta parte son más robustos y
mucho más inteligentes. Una vez llegado a la ciudad regalé al
comandante paño para vestirse y tela para camisas y comencé a
vender mis mercancías. Fue aquí donde, habiéndome hospedado en casa
de una rica viuda que había perdido su esposo en la última
revolución a manos de los españoles, la encontré de tal manera
encarnizada contra ellos que no veía el momento de que fueran
arrojados de la provincia. Después de conocer bien y sondear a esta
señora sin descubrirme, mostré vivo deseo de tener noticias de los
sucesos de la guerra; ella no dejaba de informarme día a día de
cuanto con la mayor cautela se podía llegar a saber en la región y
un sobrino suyo venia de tertulia todas las tardes y comentaba los
sucesos, que entonces parecían funestos para los españoles, ya que
se decía que Bolívar estaba en Santafé, que un ejército había
llegado hasta Ibagué, que tenía orden de invadir las provincias de
Popayán y de Antioquia y pasar a la del Chocó; finalmente que por
mar la flota de lord Cochrane batía la costa de la bahía de San
Buenaventura. Convencido de la exactitud de las noticias que
circulaban sobre las tropas republicanas, pensé pedir pasaporte
para ir a Cali, ya que me hallaba cada vez más cerca de ella y que
en mi corta travesía de mar entre el San Juan y Buenaventura tenía
esperanza de encontrar la flota de lord Cochrane, que pertenecía a
las repúblicas confederadas de Buenos Aires y Chile. Embarcadas
pues las pocas mercancías que me quedaban, descendí por el río
Tamaná y después por el San Juan y en dos días llegué a la vigía,
de donde, después de presentar mi pasaporte, continué el viaje y
al tercer día estaba en las aguas saladas del océano
Pacifico. Navegaba en una gran canoa con seis indios, que a fuerza
de remos me debían conducir a la bahía de Buenaventura. El viento
era contrario y por esto tenían que hacer una fuerza enorme para
avanzar. Durante la noche se levantó de la parte de tierra un poco
de viento y entonces, habiendo puesto una especie de estera que
usan como vela, navegamos bastante bien pero nos alejamos de
tierra. No estábamos lejos de las islas llamadas Las Negritas, que
están cerca de Buenaventura, cuando se levantó el sol e iluminó el
horizonte. Mirando en torno vimos Las Negritas y la bahía, pero
detrás de nosotros, y no muy lejos, navegaba un barco de guerra.
Los indios despavoridos querían lanzarse a tierra para salvarse,
pero yo los disuadí diciendo que era un barco mercante. No tardamos
mucho en sentir un disparo de cañón y una bala nos cayó a poca
distancia. Entonces los indios me reprocharon por no haber querido
escuchar su consejo pues se consideraban perdidos. Los animé y los
hice navegar hacia el barco de guerra que nos llamaba a la
obediencia. Aunque había izado una bandera española, reconocí sin
embargo, al subir a bordo, por sus uniformes a los marinos de
nuestra república y, habiendo bajado al camarote con el capitán y
después de haberme cerciorado de que no me engañaba, le revelé en
parte mi misión, suplicándole que me condujera al almirante. En
efecto volvimos la proa hacia Panamá y antes de que terminara el
día encontramos la flota, que venia por aquella parte. Estaba
compuesta por una fragata, cuatro corbetas y muchos bricks.
Conducido por el capitán a bordo ante el almirante, le presenté mis
credenciales, que llevaba cocidas a un par de zapatos, y una vez
que fui reconocido, fui tratado con mucha distinción, pero me
aseguró que no podía hacer ninguna operación ni entretenerse en
ningún ataque sobre Panamá, ya que Aury tardaría mucho en obrar
sobre Porto Belo y en marchar de allí rápidamente sobre aquella
ciudad para unirse con él, que se veía obligado a dirigirse
inmediatamente al
Perú, donde había dejado al general en
jefe San Martín
(42)
avanzando con todo el
ejército sobre Lima; y como no podía saber cual sería el resultado
de aquella campaña, no quería alejarse demasiado del teatro de la
guerra. Me dijo también que había hecho una carrera hasta Panamá,
deteniéndose algún tiempo en las cercanías de Buenaventura para ver
si era posible obtener noticias de los progresos de Bolívar, pero
que hasta entonces sus investigaciones habían sido infructuosas. Yo
por mi parte no dejé de ponerlo al corriente de cuanto se decía y,
habiendo comprendido que con ellos mi misión no podía tener ningún
efecto, le rogué que me dejara de nuevo en tierra para tratar de
reunirme con Bolívar en la Nueva Granada.
El almirante me indicó que él se dirigía a Guayaquil para tratar
de sublevar aquellas provincias, muy al alcance de las operaciones
de San Martín y de Bolívar, si se confirmaba su entrada a Santafé
de Bogotá. Habiéndonos acercado a tierra me fue restituida la
piragua con los indios en las cercanías del cabo Corrientes. Les
hice creer a los indios que los barcos de los insurgentes no
querían que fuese a Buenaventura, por lo que trataría de regresar a
Nóvita para ver si de allí podía pasar a Cali; pero ellos me
dijeron que era más corto el camino si tomaba el río San Agustín y
atravesaba por allí los Andes. Me atuve gustoso a este aviso y,
habiendo entrado por el río San Juan. empleamos un día para llegar
a la vigía; El terreno aquí es muy parecido al de la desembocadura
del río Atrato y los insectos se dejan sentir bastante. Al oficial
de la vigía le conté que habíamos sido detenidos por barcos
insurgentes que no permitieron que nos dirigiéramos a Buenaventura,
lugar al que ellos se dirigían desde Panamá, ciudad que habían
estado cañoneando inútilmente durante algunos días. Le pedí
entonces el favor de darme visado el pasaporte para San Agustín,
pues pensaba pasar de allí a Cali, y después de regalarle un pedazo
de paño y varios pañuelos accedió a mi solicitud. En menos de dos
días llegamos a San Agustín, ya que no había dejado de halagar a
mis indios con promesas de una recompensa, que hice efectiva a mi
llegada. Este lugar es gobernado por un corregidor y hay muchos
indios reunidos en varios caseríos. La población parece más bien un
campamento por la cantidad de barracas que hay. Una vez allí, le
regalé en primer lugar al corregidor tela, muselina y unos pañuelos
y obtuve inmediatamente el permiso de seguir adelante, es más, él
mismo me buscó los indios que debían servirme como bestias de carga
para el transporte de mi persona y de las mercancías. Me detuve un
día para preparar mis baúles para el paso de la gran cordillera,
que iba a realizar por un punto por donde no pasan sino hombres y
por donde ni siquiera los marranos pueden trasladarse a la
provincia de Popayán, porque se precipitan por los despeñaderos y
barrancos, que son espantosos. Se recogieron pues hojas de las
mismas que en el Atrato habían servido para cubrir las canoas y se
amarraron bien a los baúles por medio de bejucos y encima se colocó
una cubierta de palmas de abanico, para que el agua corriera por
los lados. Debajo de esta cubierta se pusieron una frazada de lana
y una piel de oso bien dobladas, para que la carga fuese protegida
de las continuas lluvias que caen en aquellas altísimas montañas;
aquel era además el único lecho que podíamos tener en aquellos
despeñaderos y por aquellas selvas. Preparados así los baúles y
cubiertos, se les amarraron algunas cortezas de árboles, de manera
que dos pasaran por debajo de los brazos de los indios que debían
llevarlos y la tercera sobre la frente. Así, armados con un bastón,
que por una parte tiene una punta para apoyarse y por otra una
lanza para defenderse de las fieras; emprenden ellos, con un peso a
veces hasta de doscientas o trescientas libras, el paso de estos
montes, en el cual se emplean semanas enteras sin encontrar nunca
una sola cabaña. Tres indios llevaban los baúles, el cuarto una
silla, que se coloca a las espaldas como un baúl, sobre la que se
sienta de espaldas el que quiere pasar estos montes, y no hay
peligro de que el indio, ágil, fuerte y esbelto, te deje caer
nunca. Un quinto indio llevaba una enorme cesta parecida a la que
acostumbran llevar nuestros panaderos, tapada con hojas y defendida
por encima por una cubierta de palmas. En ella se conservaban las
provisiones necesarias para todos nosotros, esto es, bizcocho
fabricado de maíz, arroz, tasajo (que es carne secada al sol) y
chocolate, con dos botellas de aguardiente que me dio de regalo el
corregidor. Se llevaba también una pequeña olla y varias totumas
que debían servir de platos y vasos. Muy temprano nos embarcamos
todos en una canoa grande y empleamos todo el día para llegar al
lugar donde se empieza a subir la montaña. En esta jornada pude
admirar la destreza de los indios en manejar sus canoas por en
medio de las grandes piedras y de las cascadas de agua, que a veces
son de dos pies de altura y que alcanzan la altura de un hombre.
Ellos se arrojan al agua y, tirando la canoa de piedra en piedra y
de roca en roca, la pasan por sobre las cascadas; con gran sorpresa
mía vi a una india, sola, en una pequeña canoa arrastrada con
vehemencia por la corriente, que con una notable agilidad evitaba
con presteza por medio de su canalete, ora esta ora aquella piedra,
y que al llegar a la cascada dejaba caer su frágil leño en medio de
ella y lo sabía dirigir tan bien y tener en tal equilibrio, que no
había peligro de que se volcara. Cuando descendimos a tierra no vi
otra cosa que un espeso bosque y en vano buscaba por donde estaba
el camino. Los indios me indicaron un sendero que más bien parecía
para fieras que para hombres. Inmediatamente se construyó una
pequeña cabaña, con dos horquetas clavadas en tierra a la altura de
un hombre, a las que se les acomodaba un palo atravesado y a estos
se amarraban otros varios que iban a terminar en declive hasta
tierra. Se entretejían con lianas y se cubrían con hojas que de
propósito se habían llevado desde San Agustín y que iban enrolladas
como pliegos de papel y amarradas a los baúles, de modo que nuestra
cabaña, un poco más ancha que el tamaño de un hombre y tan larga
que pudiera ser ocupada por seis personas para dormir, quedaba muy
bien cubierta con veinte hojas. En la parte superior se ponían
algunas ramas de árboles para que el viento no se las llevara y al
frente se encendía un gran fuego del mismo tamaño de la cabaña, que
ellos llaman
ranchería. Los dos lados que formaban como dos
triángulos estaban trancados con los baúles y provisiones y por
dentro con palos que se apoyaban en la tierra. En torno a ellos se
practicaban con la pica un pequeño surco para que las aguas lluvias
no entrasen a la cabaña. Al frente colocaban hojas a manera de
alero al estilo de nuestras casas, de manera que también el fuego
quedaba a cubierto. Se me dijo que esto era necesario para mantener
alejados a los tigres que abundaban allí y para ver las serpientes
que se pudieran acercar; por esta causa cada uno de los indios
vigilaba por turno y también para mantener siempre el fuego,
necesario para calentarnos en aquellas montañas, cuyas máximas
alturas están cubiertas de nieve perpetua, aunque no están situadas
sino a sólo cuatro grados de distancia del ecuador. Se hizo una
sopa de arroz, se asó un poco de tasajo y extendidas las pieles de
oso, con un pedazo de madera como almohada, nos cubrimos con
nuestras mantas de lana. Al rayar el alba (lo que para nosotros
ocurrió muy tarde por las espesas selvas que impedían la luz) nos
levantamos para tomar un chocolate y asar la carne que habíamos de
comer a mitad de camino. Enrolladas después las hojas, guardadas
las mantas y las pieles y cargados los hombres, iniciamos el
camino, mientras que el indio propietario de la piragua descendía
con ella a San Agustín. No quise sentarme en la silla pareciéndome
que mis piernas, mi juventud y mi agilidad podían ser suficientes
para seguir el paso de los indios, cada uno de los cuales llevaba
casi trescientas libras de peso a la espalda, pero estaba muy
engañado comparándome con aquellos hombres y, aunque no llevaba
sino un sable y dos pistolas bien resguardadas a causa de la lluvia
que ya empezaba cuando nos pusimos en camino, sin embargo no pude
seguirlos y a veces iba yo al pie de un monte cuando ellos ya me
estaban esperando en la cima. El aspecto de estos lugares es
completamente sorprendente e imposible de describir; sin embargo de
la mejor manera posible me propongo dar una idea, para hacer
comprender lo incómodo que es para nosotros europeos cruzar
aquellos montes, que para los naturales del país son travesía sin
importancia. Se presentan montañas sumamente empinadas que parecen
más bien muros cubiertos de frondosos y espesos árboles llenos de
espinas; no se encuentran caminos sino muchos y pequeños senderos,
hechos todos por el paso de las fieras y si no se tuviese a los
indios por guías no se darían cien pasos sin desviarse del camino
recto. Para subir hasta las cimas había que valerse de las raíces
de los árboles y agarrarse bien con la mano a ellas, porque muchas
veces no había donde afirmar el pie en el terreno resbaloso. A
veces había que confiarse a árboles espinosos por no haber otro
apoyo mejor y por no haber posibilidad de dar la vuelta por otra
parte, tan espesas eran las lianas que estorbaban el paso. Al subir
a la cima nos encontramos con una pequeña llanura cubierta de
selvas negras llenas de aguas estancadas y de un terreno tan
cenagoso que te entierras en el fango hasta la cabeza. Para evitar
este peligro era necesario, unas veces caminar sobre largos árboles
que habían caído por sí mismos y otras pasar bajo las ramas de los
que estorbaban el camino. Pero apenas se habían sobrepasado estos
tropiezos, cuando se presentaba una montaña más alta
y
abrupta que la precedente, por cuyos flancos había
necesidad de pasar teniendo debajo de los pies horribles
precipicios, de modo que no te atreverías a moverte sin antes
haberte asegurado con las manos de algún espino, rama o arbusto.
Después de haber trepado con gran dificultad a la cima, se te
presenta un nuevo monte más alto y las aguas que caen de él forman
en la cima que está debajo una especie de laguna, en la que quedas
sumergido a veces hasta el pecho en aguas frigidísimas, que te
hacen helar el sudor de que vas cubierto por la fatiga. Aunque
jadeantes y cansados es necesario atravesar también aquel monte, y
el temor de los barrancos y precipicios no debe asustarte, pues de
lo contrario jamás se atrevería uno a afianzar el pie en los
pequeños escalones hechos en la roca pura, a los que es necesario
agarrarse no sólo con las uñas y con las manos sino aun con el
pecho y las rodillas para no resbalar a los profundos abismos, en
los que no se puede fijar la vista sin sentir vértigo. Se diría que
una vez llegados a lo alto se habría finalmente de descender, pero
era bien al contrario; un monte más elevado y rocoso se presentaba
delante; se renovaban pues los despeñaderos, barrancos y
precipicios, y puede decirse con toda razón que casi siempre hay
necesidad de andar a gatas. Son también pavorosos los diversos
boquerones que es necesario pasar, en los cuales, una vez que
llegan a ellos los cargueros o sea los indios que van con la carga,
gritan a todo pulmón para ver si alguno viene por aquellos
estrechos pasadizos o tajos, formados por las aguas en medio de las
montañas, por los cuales apenas puede pasar un hombre. Si no
responde nadie se emprende la travesía del estrecho cañón, en el
cual la luz es un resplandor que apenas permite ver las paredes,
que unas veces son de piedra y otras de gruesa arcilla, y darse
cuenta con espanto de las enormes piedras y montones de tierra, que
penden sobre vuestra cabeza, separados del cuerpo de la montaña por
grandes grietas, las cuales parece que están para caer y castigar
vuestra temeridad. Por la tarde tenía fiebre, quizá por la fatiga
del pecho en la subida, por la continua lluvia y por el sudor
helado a causa de las aguas frías en que era necesario meterse;
también se enfermó el que llevaba las provisiones.
Por la noche casi no pude dormir por el fuerte dolor de cabeza y
a la mañana siguiente fue necesario continuar la marcha a pesar de
estar enfermo.
Al que llevaba la silla, que entonces me hubiera servido mucho,
le dimos las provisiones y por fuerza me tocó caminar a pie; pero
no había hecho sino dos horas de marcha cuando falto de fuerzas caí
desvanecido en medio de un pantano; los indios me levantaron y
recobré un poco de ánimo bebiendo aguardiente. Sin embargo a cada
paso me parecía que me daban un martillazo sobre la cabeza.
Finalmente hacia el medio día no pude más y como estábamos en la
cima de un monte, plantamos allí nuestra acostumbrada ranchería, me
metí desnudo entre la piel y las cobijas y esperé a que se secasen
al fuego la camisa y los vestidos. Mientras se hacía esto fui presa
de un sueño tan agradable que sólo me desperté a la mañana
siguiente, libre del dolor de cabeza pero débil y extenuado. Sin
embargo pude seguir mi camino y ya no me quedaba otro remedio en
aquellos lugares solitarios que sufrir, aguantar y ver de superar
el mal, ya que no es posible encontrar quien te alivie pues no hay
por allí sino bestias feroces, a cuyos aullidos hacen eco las
oscuras selvas y los altos montes. Se ven las zarpas de las fieras
impresas en el fango y con frecuencia hasta las ves huir delante de
ti. Pocos pájaros se atreven a hacer aquí sus nidos, todo es horror
y soledad, y las únicas flores que se ven son las amarillas de la
planta del frailejón. Numerosas matas y arbustos nacen en medio de
los frondosos y apretados árboles, que son muy gruesos y de una
altura prodigiosa, y que hacen tan oscuras y espesas las selvas que
con dificultad penetra a través de ellos la luz del día. Ellos
cubren por todas partes las altísimas montañas de los Andes, menos
en las cimas más elevadas, en las cuales se ve una naturaleza
muerta, estéril para producir plantas, y más arriba todavía los
encanecidos montes de nieve eterna arrojan un frío excesivo sobre
el viajero y los huracanes que soplan de cuando en cuando arrastran
por los horribles precipicios a los entumecidos viandantes que
tienen la desgracia de encontrarse en aquellas vetas cuando los
páramos están enfurecidos.
Los indios suelen conocer los tiempos propicios para pasarlos,
pero con frecuencia se engañan y vienen a ser víctimas de su
audacia. Nuestras montañas de los Alpes en comparación con los
Andes son otros tantos pigmeos y la naturaleza se muestra sobre
manera colosal en la osatura del Nuevo Mundo, así como en sus
producciones y en los grandes ríos que lo bañan por todas partes.
Seis días seguidos estuvimos subiendo continuamente los escarpados
montes que no tienen faldas y que uno después de otro se suceden a
guisa de escalones de una inmensa escalera, bien al contrario de lo
que sucede en nuestras montañas. Se me ocurría pues que,
traspasadas tantas y tantas crestas tan elevadas sin descender
jamás, se me debía presentar una pendiente demasiado larga y
empinada que me llevase a las llanuras del Cauca, pero fue todo lo
contrario, porque habiendo llegado a un lugar que llaman el
Boquerón, vi a mis pies el hermoso valle en medio del cual serpeaba
el río Cauca y se descubrían varias poblaciones y ciudades. ¡ La
vista era hermosa! Y en pocas horas, por una rápida bajada que me
obligaba a sostenerme de árbol en árbol y a veces a dejarme caer de
una raíz a otra, me encontré en una amena y sonriente llanura donde
al fin se podía ver el cielo, que limpio de nubes me calentaba con
sus rayos solares.
Me parecía haber llegado al paraíso terrenal, tanto era lo que
había sufrido en el paso de aquellas cordilleras a causa de las
continuas lluvias, que no permitían ver jamás el sol, y de las
continuas fatigas que ni siquiera eran aliviadas por un hermoso
paisaje, ya que a causa de los espesos bosques apenas se podía
divisar a pocos pasos al que iba delante de ti por aquellos
senderos. Por consiguiente era hermoso ver las manadas de bueyes,
caballos y ovejas que pastaban en los magníficos prados ornados de
flores y de verdura. Las casas de campo esparcidas aquí y allá y
los diversos árboles frutales que se encontraban Cerca de ellas,
que daban una idea del buen cultivo de aquellos terrenos, los
cuales, aunque en un llano, están a una gran altura sobre el nivel
del mar. El clima allí es cálido y en materia de árboles y de
frutas se ven muchas de las producciones de las Antillas.
Los habitantes son de raza indígena y española y por
consiguiente de color un poco oscuro, pero buenos, afables,
laboriosos y muy amantes de la libertad. Llegados a Cajamarca
(43)
, que es un pequeño caserío, recibí la
noticia de que las armas republicanas a órdenes del general Valdés
habían llegado a Cartago, al otro lado del Cauca. Que las tropas
españolas al mando de Morales
(43 bis)
se habían
retirado a Cali y que la vanguardia de los republicanos comandada
por el coronel Murgueitio estaba ya en Roldanillo. Pasé la noche en
este caserío, pagué a los indios, que se regresaron inmediatamente
a San Agustín, y tomé caballos para dirigirme con un guía hacia
Roldanillo; atravesé algunas pequeñas colinas desde las cuales,
mirando a la izquierda, se ven confundirse con las nubes las
crestas de los montes que había pasado y a la derecha se extendía
con variado y bello aspecto el hermoso valle, o sea el "valle del
Cauca". Antes de caer la tarde estuve en la ciudad, que se hallaba
toda en gloria y de fiesta por la llegada del ejército libertador.
Pedí ser presentado al coronel comandante, a quien hice conocer mi
condición y le mostré mis credenciales escondidas en una bota. Fui
admitido y obtuve un pase y una escolta de caballería para ir hasta
Cartago, a donde llegué al día siguiente y donde fui recibido con
mucha cordialidad por el general Valdés. En esta ciudad me mandé
hacer inmediatamente dos uniformes y me presenté vestido según mi
grado, deteniéndome dos días para descansar de la travesía de los
Andes y renovar fuerzas para efectuar el paso del páramo del
Quindío, cuyas cimas están cubiertas de nieve durante todo el año y
que es uno de los más altos de la Tierra Firme. Aun cuando en la
época en que no llueve puedan pasar por él las mulas, aún con ellas
se emplean por lo menos quince días, mientras que a pie tenía la
esperanza de pasarlo en ocho. En efecto tomé algunos cargueros, que
son criollos que sirven como en el Chocó de bestias de carga, con
un pequeño baúl, una silla y las provisiones, y con sólo dos indios
me dispuse a pasar este páramo de una altura de casi tres mil
toesas, cuando el paso del Mont Cenis no es sino de 1060.
Le dejé las pocas mercancías que me quedaban al alcalde y me
puse en camino, y durante cinco días continuos no hice sino subir
terribles y escarpadas montañas cubiertas de espesas selvas, menos
una que llaman calva, la cual por estar toda cubierta de grandes
hierbas y sin un árbol, por lo que no se puede uno defender de los
ardientes rayos del sol que aquí hieren casi perpendicularmente, la
pasamos de noche a la luz de la luna. El sexto día estábamos casi
en la cima, donde un frío agudísimo nos hacia a todos castañear los
dientes. No valieron el fuego y ni siquiera los licores para
calentarnos, y sin embargo estábamos en la zona tórrida a sólo
cuatro grados del ecuador. De aquí se debe deducir que no es tanto
la vecindad al ecuador, cuanto la diversa elevación del terreno, la
que hace helados lugares que por los antiguos eran considerados
siempre cálidos por su posición; y me confirmé más en ello en el
rápido descenso de este páramo por el lado de Ibagué, ya que en un
día pasé de un gran frío a una temperatura media y por la tarde me
encontré en un lugar donde el calor era excesivo. El séptimo día se
me presentaron a la vista las hermosas llanuras de la provincia de
Mariquita y al medio día estaba ya en la ciudad de Ibagué
(44)
, célebre por sus minas de cobre
amarillo y su artesanía en este metal. Atravesé el páramo del
Quindío sin lluvia, acampando siempre al raso y cubriéndonos con
las acostumbradas hojas, aunque de tanto en tanto se encuentran
unas cabañas llamadas tambos
(45)
, que sirven para
alojar a los que atraviesan estos lugares con sus mulas cargadas de
mercancías. Sin embargo no hay nadie en ellos y no son más que
cobertizos de hojas de palma, esto cuando los palos que sostienen
la cubierta están entrelazados con palmas o bejucos, que es lo
mismo que estar bajo un mal pórtico. En este paso corté la cola de
una serpiente negra y amarilla de un tamaño descomunal, que me
dijeron era un boa, el cual estaba enroscado en un árbol sin que se
le pudiera ver la cabeza que tenía escondida entre las hojas, pero
fue tanto el estruendo que este reptil hizo en el bosque que todos
nos dimos a la fuga. También matamos muchas serpientes durante el
viaje y me pareció que eran casi tan abundantes como en las
cordilleras del Chocó. Las aguas de estos páramos son siempre
fresquísimas, límpidas y buenas. En Ibagué descansé el resto del
día y a la mañana siguiente, con buenos caballos para mí y para mi
equipaje y con un guía, atravesé las grandes llanuras, donde no se
encuentra un solo árbol para defenderse del ardiente calor del sol,
que hiere obstinadamente con sus rayos y que produce un calor
insoportable. Por la tarde vine a dormir al caserío de Piedras; a
la mañana siguiente, al rayar el alba, me puse nuevamente en camino
y pasé el río Magdalena frente a Guataquí
(46)
. En
esta ciudad cambié de caballo y seguí hasta Rioseco
(47)
; al día siguiente, siempre a través
de variadas y amenas colinas, pasé por Tocaima
(48)
donde cambié de caballos, y llegué al
Portillo
(49)
y por la tarde a Anapoima
(50)
. Al día siguiente, por una dilatada
falda de una montaña, llegué a La Mesa
(51)
ciudad
grande situada en un lugar delicioso y elevado y muy dedicada al
comercio. Proseguí con buenos caballos y a través de pequeñas
montañas hasta Tena
(52)
, población situada
al pie del monte de este nombre, por donde deben pasar los que, por
el río Magdalena, vienen de Mompós
(53)
y
Honda a Santafé de Bogotá. De aquí se empieza, aun cuando se está
ya en un terreno muy elevado, a subir continuamente hasta
Serrezuela, y cuando creí descender de esta montaña, me encontré
por el contrario en una vasta llanura, en la que me detuve en la
pequeña población de Bogotá desde donde en lontananza se divisaba
la capital, situada en la falda de altísimas montañas. Apenas
amaneció, montando a caballo, proseguí mi marcha y al medio día
estaba en Santafé de Bogotá, en el palacio real, habitado antes por
el Virrey español y ahora residencia del Vice-Presidente de la
República de Colombia, Francisco de Paula Santander, general de
división, condecorado con la Orden de los Libertadores de Venezuela
y de Cundinamarca y con la Cruz de Boyacá.
N. B. Resulta del pasaporte español y del que obtuvo del coronel
republicano Cancino, en Cartago, para Santafé, contraseñado, para
el regreso, en Bogotá, por el mismo Santander.
|
(1)
|
Es el nombre español de la zucca: "calabaza".
|
|
(2)
|
Véase F. Ratzel, Las razas humanas, vol. 1, p. 572-578, donde
habla de los tatuajes y de la costumbre y significado de pintarse
el cuerpo que tienen los indios de la América Central y
Meridional.
|
|
(3)
|
E. Reclus, en su Geografía Universal, vol. XV, p. 275, resume
toda la historia de la navegación del Atrato, desde Fidalgo (1793),
pero no menciona a Codazzi.
Véanse también:
a) la nota 12 al vol. 2 del Viaje a la República de Colombia de
Mollien (1828) -traducción italiana Milano, Sonzogno, 1825, p.
594-597- donde aparecen las observaciones de un inglés, que ha
querido permanecer anónimo, sobre los modos de abrir una
comunicación fluvial entre el Mar de las Antillas y el gran Océano
a través de los ríos Atrato y San Juan;
b) la nota 161. p. 550-552 de Süd-Amerikanische Studien de H.
Schumacher.
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(4)
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¿Es la mosca brava o carnicera?
"Otra mosca hay más terrible todavía, la cual suele agujerear la
piel de las personas o animales y debajo del pellejo nace un gusano
peludo que a medida que crece da dolores agudos, hinchándose la
parte, sin muestra ninguna de abertura". (Resumen, p. 233)
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(5)
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Se trata quizá del temido vampiro.
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¿Será el Mercurialis peaennis? [los nombres de plantas y
animales que menciona Codazzi en seguida, han sido transcritos del
original italiano por Longhena en tal forma que resultan nombres a
veces imposibles de identificar. Nota del traductor].
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(7)
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Quercus caris.
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Es una variedad de palma,
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El Resumen repite que es una palma.
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Guajacum sanctum o guajacum officinale.
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Annona Humboldtiana.
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Genipa americana.
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Loros o papagayos (psittacus).
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Cardinalis virginianus, o Paroaria dominicana (pinzón
dominicano), o uno de los del grupo de los Tanagra.
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Icterus Iamaicali.
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Garza blanca o real (adea).
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Pipra rupicola, ¿o gallito de monte? [Creemos que se trata del
paují de copete, craxalector. Nota del traductor].
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Platalea aiaia (del grupo de las espátulas) o aves del grupo de
los ánades: pato real, pato carretero.
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Gallito de monte (psophia crepitans).
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(20)
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Guacharaca (parra qua), familia de las Penélopes.
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Pava de monte (penelope cumanensis), o pavo real (pavo
cristatus), o pavo (meleagris gallo-pavo).
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Quizá la simia belzebuth, de la que hay una especie con el
vientre rojizo.
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(23)
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Macacos o micos del género Salcis.
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Simia ursina.
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Es el capuchino o simia chiropotes, que no debe confundirse con
el anterior.
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Pertenece al género de los Lagothriz...
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(27)
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Ragno uccellatore, o Mygale. Codazzi la llama araña
peluda.
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Culebra de dos cabezas.
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(29)
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¿El jaguar? [¿o el canaguaro? Nota del traductor].
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La váquira del género porcino.
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(31)
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Del género tapir.
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| (31 bis)
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Quizá este pez, del que el nombre aquí indicado debe ser un
nombre local, pertenezca a una variedad de los Carassini,
frecuentes en las aguas de la América Central y Meridional, que se
asemejan a las truchas, lo que justificaría el calificativo que le
da de "assai saporito". [Longhena transcribe Macciti, creemos que
se trata del manatí y así lo hemos puesto en el texto. Nota del
traductor].
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(32)
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Es el gimnoto o anguila eléctrica (electro phorus electricus),
cuyas descargas eléctricas son más fuertes que las del
torpedo.
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Es la pereza de que habla el Resumen. Pertenece al orden de los
desdentados.
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(34)
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No hemos podido identificarlos; son muchos los pájaros que
reciben el nombre por su canto. ¿El itotocho será quizás el
tucano?
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(35)
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Es el pan hecho con yuca amarga.
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(36)
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Hay una enfermedad que tiene gran semejanza clínica con la
sífilis y que se conoce con este nombre. Es común en las Indias
Occidentales y en la América del Sur, y se manifiesta por pequeñas
manchas rojas alrededor de una mayor que está al centro; cada una
de tales manchas viene a convertirse en un tubérculo que parece una
excrecencia vegetal. Parece que es provocada por la picadura de un
insecto. Esta enfermedad ataca principalmente a los niños. Con
otros nombres aparece en el África, en la Malasia y en otras
partes.
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(37)
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Es una pequeña ciudad que ahora se llama Quibdó. En este
centro de esta región rica en minerales termina también la
navegación.
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En el mapa de Codazzi no figura sino Beté, abajo de Zitará y a
la izquierda del río.
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Otro mercado de oro. Como Quibdó es una ciudad con cabañas
lacustres. Se le dan 8.000 habitantes.Está situada sobre la orilla
izquierda del río Tamaná, afluente del San Juan por la banda
izquierda.
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(40)
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Es un pequeño centro donde termina la navegación del Quibdó y
el punto más vecino al San Juan; la pequeña población está sobre la
orilla derecha del río del mismo nombre.
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(41)
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De estas bodegas (posadas) Codazzi, en su mapa "Itinerario
dalle foci del S. Juan a Bogotá", indica la de Santa Ana, cerca de
la orilla derecha de un afluente del San Agustín, tributario del
San Juan por la banda izquierda.
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(42)
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También aquí Codazzi anticipa los acontecimientos y comete
errores en materia de fechas y de sucesos. Estamos en la segunda
mitad de 1819. Por aquel tiempo San Martín, quien con la victoria
de Maipó (5 de abril de 1818) había ya librado completamente a
Chile de los españoles, se había dirigido, con tropas chilenas
agregadas, hacia el Perú (5 de febrero de 1819). Entre tanto
Cochrane, con su flotilla, devastaba en 1819 las costas del Perú.
La empresa de Lima fue en 1820, precisamente un año después del
viaje de Codazzi por el Atrato.
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(43)
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Cajamarca es el nombre de un caserío que quedaba entre San
Agustín y Roldanillo
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(43 bis)
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F. Tomás Morales (1781-1844), español, de humilde origen. Desde
1804 estaba en Venezuela y de 1810 a 1822 participó en todos los
hechos de armas que se desarrollaron en Venezuela, pero de la parte
de España contra los insurgentes. Sucedió en el comando del
ejército a Latorre. Conquistó a Maracaibo (1822), pero no logró
conservarla y se vio obligado a capitular
[Está errado Codazzi, pues por estas fechas no hay ningún Morales
al frente de las tropas realistas en el Valle del Cauca. Nota del
traductor]..
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(44)
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Hoy es capital del departamento del Tolima, del cual hace parte
también la antigua ciudad de Mariquita, que en tiempo de Codazzi
era la que daba el nombre a toda la provincia.
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(45)
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Tambo equivale a posada o parador.
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(46)
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Guataquí, a la orilla izquierda del Magdalena.
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(47)
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Afluente del Magdalena por la banda derecha, más abajo del río
Bogotá.
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(48)
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Tocaima, sobre la margen derecha del río Bogotá, estación del
ferrocarril Bogotá-Girardot.
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(49)
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Queda más cerca de Tocaima que de Anapoima.
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(50)
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Anapoima, también estación de la mencionada vía férrea al
Magdalena.
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(51)
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Hoy La Mesa.
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(52)
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A mitad de camino entre La Mesa y Bogotá. En los mapas
actuales no figura [sic].
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(53)
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Mompós, importante puerto de escala en el Magdalena, entre
Honda y las bocas.
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