INDICE





CAPÍTULO I
Los primeros años — Sus estudios en Lugo — Voluntario del ejército italiano — Hechos de armas — Deja la vida militar.

CAPÍTULO II
En Constantinopla: de aquí va por varios países al báltico y después a Ho­landa — Va a América del Norte — A sueldo, combate a favor de los in­surgentes en el mar de las Antillas — (Sus Memorias) — Precioso conte­nido de estas — Regresa a Italia — En soci

CAPÍTULO III
Regresa a América — 24 de mayo de 1826 — Comandante de artillería — Jefe de Estado Mayor — Se ocupa en la geografía estadística y en el Atlas de Venezuela — A París.

CAPÍTULO IV
La obra geográfica y cartográfica sobre la República de Venezuela.

CAPÍTULO V
Funda la Colonia Tobar — Gobierna la provincia de Barinas.

CAPÍTULO VI
De la República de Venezuela a la de Colombia — Comandante de la Escuela Militar — Iniciación de sus actividades en Colombia —La cuestión del Canal — Su muerte.

CAPÍTULO VII
Memorias Póstumas de Constante Ferrari y de Agustín Codazzi.

CAPÍTULO VIII
Juicio sobre Agustín Codazzi.

CAPÍTULO IX
Llegada a San Blas — datos sobre aquellos indígenas — Partida para el Golfo del Darién y entrada al río Atrato — Descripción del clima, producciones, animales e insectos que se encuentran en el río Atrato — Llegada a la capital del Chocó, noticias sobre l

CAPÍTULO X
Llegada a Santafé de Bogotá y acogida que tuve — Continuación de la campaña de Bolívar después de la toma de Angostura — Expedición de Morillo a Margarita y sorpresa de Calabozo — Bolívar derrotado cerca de Valencia y refugiado en los llanos — Su atrevida

CAPÍTULO XI
Estado de Providencia a mi regreso y de las fuerzas listas para partir, expedición de Ferrari al desaguadero del río San Juan en Nicaragua. Partida de la división para el Chocó. Rendición en Candelaria de una flotilla española. marcha por el Atrato y derr

CAPÍTULO XII
Viaje del general Aury a Santafé por el Magdalena — Descripción del cli­ma, usos y costumbres de estos habitantes, producciones, animales, etc., de estos lugares — Promulgación del armisticio y estado de las fuerzas armadas — Llegada de Bolívar a Santafé

CAPÍTULO XIII
Climas, usos y costumbres de los indios mosquitos y nuestra permanencia entre ellos —Llegada a Providencia y a Cartagena — Capitulación de aquella plaza — Se me confía una expedición para apoderarnos de Omoa y del castillo de San Felipe — Partida en un pe

CAPÍTULO XIV
Llegada a Santo Tomás y su descripción — Partida para la Valija — Comercio en Comayagua y Jamaica — Partida para el Chocó y riesgo corrido — Arribo a la Valija y expedición de mercancías a Trujillo — Pérdida de las mismas — Nuevo comercio en cl golfo Dulc

APÉNDICE
- IX -
 
 

Llegada a San Blas - datos sobre aquellos indígenas - Partida para el Golfo del Darién y entrada al río Atrato - Descripción del clima, producciones, animales e insectos que se encuentran en el río Atrato - Llegada a la capital del Chocó, noticias sobre los republicanos y viaje hasta Nóvita - Otras noticias que me hacen extender el viaje hasta la bahía de Buenaventura - Arribo al océano Pacífico: Encuentro con Cochrane - Travesía de los Andes y peligros que hay en ella - Llegada al Valle del Cauca y encuentro con los republicanos - Paso del Quindío y camino hasta Santafé de Bogotá.
 

 
(De la página 203 a la página 247)

Con viento favorable partí de Providencia y en tres días llegué a la costa de San Blas, habitada por indios que nos acogieron muy bien. Fue aquí donde por primera vez vi a los naturales de América meridional, que se encuentran en el mismo estado en el que se hallaban antes del descubrimiento del Nuevo Mundo. Los españoles jamás los han podido domar y los dejan vivir en sus bosques y montañas bajo el dominio de sus caciques. Estos indios no son muy altos, pero sí bien formados y de buena complexión, tienen una frente muy pequeña y cubierta de cabellos hasta las cejas, ojos pequeños y separados de la nariz, que es afilada, pequeña e inclinada hacia el labio superior, la cara ancha, las orejas grandes, los cabellos muy negros, finos y desgreñados, los miembros bien formados, los pies pequeños, el cuerpo todo liso, sin vello y del color del cobre. Van completamente desnudos y sólo ocultan en un saquillo las partes genitales; las mujeres se cubren con un pequeño delantal cuadrado del tamaño de una hoja de papel. Mirándolos atentamente se ve en ellos un no sé qué de fantástico, de desconfiado, de estúpido; y son sumamente indolentes pues pasan los días enteros sin moverse. Parece que no tienen ambiciones y que desean más bien ser tenidos por fuertes que probar que son valerosos. Los caciques son los jefes de sus pueblos y su autoridad se ejerce principalmente en la guerra y en las expediciones contra los enemigos. Estos indios tienen un odio tan grande a los españoles que no les perdonan la vida dondequiera que los encuentren. Habitan en cabañas cubiertas de palma, de forma redonda, con una sola puerta y levantadas del suelo cerca de 5 pies para librarse de las serpientes y de los tigres, suben a ellas por medio de una pequeña escalera de mano que retiran desde dentro. El piso está formado por muchas cañas muy gruesas en forma de vigas, que sostienen otras aplastadas y clavadas con un pedacito de madera, como si fueran mesas. Las paredes están tejidas con gruesas lianas partidas por la mitad. En el interior no hay ninguna separación y todos duermen sobre esteras hechas de hierba; a las cuales dan diversos colores. Se alimentan de la pesca y de la caza y cultivan el banano, la mandioca y la yuca. No tienen ningún mobiliario y se sientan sobre sus esteras o sobre sus talones; su comida ordinariamente es carne o pescado, asados en asadores de una madera muy dura llamada aracu, esto es madera de hierro. Tienen ollas de barro mal trabajadas y la calabaza (1) les proporciona el resto de los utensilios familiares. Las muchachas ylos jóvenes van completamente desnudos y son únicamente los casados los que llevan el saquillo y el delantal. Se pintan todos y se hacen jeroglíficos (2) de varios colores en el cuerpo para aparecer más hermosos, y las mujeres llevan collares de vidrio, de piedras y de conchas, en el cuello, en los brazos, en los muslos y en las piernas. Les gusta fumar y beber licores fuertes. Muchos de ellos vinieron a bordo y estuvieron todo el día, y a la hora de comer, sin haber sido invitados, vinieron a hacernos compañía y comieron de todo. Por curiosidad fui a ver sus cabañas y me ofrecieron pescado fresco y bananos, que comí junto con ellos; regalé algunos espejitos y observé que todos tenían gran curiosidad de mirarse en ellos y que cada uno hubiera querido tener el suyo. Seguimos costeando estas islas y llegamos al golfo del Darién, donde casi siempre llueve y donde los rayos del sol, cuando se muestran, hieren con tanta fuerza, que es facilísimo sufrir una insolación que te hace subir fiebre y te pone en peligro la vida. Llegados a la bahía de Candelaria, donde está la boca principal del río Atrato, me presenté a la vigía, al mando de un oficial con varios indios de los que han sido ya reducidos por los españoles (3) . Le presenté mi pasaporte y le regalé un barrilito de ron y él se apresuró a buscarme dos piraguas de indios para remontar el río. En efecto zarpé con dos de estas especies de barcas puntiagudas y ovaladas en el fondo, hechas de un solo trozo de madera de unos doce palmos de largo. En la parte de atrás de la piragua se hicieron con leños encorvados algunos arcos unidos entre sí por medio de lianas, que componen un tejido que se cubre con una hoja anchísima llamada ranchera, que nace cerca de tierra sólida y que permanece verde sus buenos veinte días sin romperse nunca. Con diez de ellas quedó cubierta toda la casucha y para que el agua no me molestase se pusieron en el fondo de la piragua varios trozos de madera, sobre los cuales se extendió un entablado de cañas de guadua, la cual está cubierta de espinas muy largas y espesas y gruesas como un árbol. Estas cañas, una vez que se les han quitado las espinas, se aplastan y se hacen tablas, con varias rendijas es verdad pero muy sólidas. La piragua va dirigida por un indio, que está en la punta de atrás, con un canalete (que es una especie de espátula ancha que sirve de timón) mientras que adelante van dos con unas varas largas en cuyo extremo hay una especie de horqueta, que llaman palancas, y que van apoyando contra las ramas de los árboles, los arbustos, las hierbas, las orillas y contra todo lo que pueden, haciendo una gran fuerza con el pecho para ir contra la corriente del río Atrato, más grande que nuestro Po y cubierto de horribles bosques y selvas, cuyos únicos habitantes son los animales feroces. Las crecientes del río van dejando a una distancia grande de' él continuos pantanos, valles y lagos muy grandes. En la otra piragua iban también tres indios y una cabaña semejante, en la que iba en pequeños baúles el resto de las mercancías que debía vender. La navegación de este río es horrible durante todo el año porque casi siempre llueve y torrencialmente, con truenos estrepitosos y continuos rayos, que son la música de estas regiones. El temporal arrecia siempre hacia la tarde y al despuntar el día, y en las horas más calurosas el sol rompe las nubes y cae sobre estos lugares pantanosos y anegados por todas partes y heridos apenas por el sol, cuyos rayos perpendiculares vienen a morir sobre el terreno lodoso y sobre aguas en su mayor parte estancadas. Se siente un calor excesivo y por la cantidad de vapores que se elevan se forman en seguida nubes que, no pudiendo sobrepasar las altas cimas de las vecinas montañas de los Andes por la fuerza de los vientos que aquí reinan, recaen en continuas lluvias, que se pueden bien parangonar a aquellas que caen estrepitosamente entre nosotros en cualquier día de verano. Además de la lluvia es también grande el tormento de los insectos. Las playas del mar, de los ríos, de los lagos, están negras de pequeños animalitos que cambian de existencia y de piel en menos de una hora para tomar alas, largas patas y un aguijón que es una bomba aspirante para succionar la sangre, por cuya causa, una vez que con su picadura han perforado la piel, viene un escozor insoportable que obliga a rascarse, lo que, repetido frecuentemente, por la malignidad del aire y la falta de limpieza de las uñas degenera en lesiones. Hay también numerosísimos enjambres de mosquitos, producidos por la gran humedad y el calor, que son molestísimos porque se meten hasta en los ojos. Se agregan a estos otros mosquitos matutinos y vespertinos pequeñísimos que, unos sólo por la mañana, otros sólo por la tarde, te atormentan de un modo insufrible. Están también los zancudos que fastidian continuamente día y noche a los oídos con su zumbido y pican por todas partes con sus largos aguijones; de estos los hay negros, cenizos y verdes. Hay también el rodador (4) , especie de mosca grande que se alimenta de sangre y que no deja de picarte continuamente por todas partes hasta que se sacia de sangre. De estas vuela durante el día una cantidad igual a la de nuestras moscas. Los chinches voladores son fetidísimos, lo mismo que las cucarachas. Hay las avispas que, colgadas de los árboles a guisa de saquitos de arena, se arrojan furibundas sobre quien no sepa alejarse. No faltan los tábanos y un mosco peludo y negro que al picar deja un humor, que engendra inmediatamente un gusano el cual al crecer se cubre de pelos y si no se le mata rápidamente produce la gangrena. Además de estos insectos están las niguas que se introducen en los pies y una especie de murciélago que por la noche succiona la sangre de la punta de los pies y de las manos (5) y si el individuo no se despierta llega a desangrarlo. A la incomodidad de todos estos insectos se agrega también la imposibilidad de dar un paso en tierra y el temor de dormir en las barcas cerca de las orillas, siempre pantanosas y llenas de hierbas muy altas, entre las cuales se esconden culebras venenosas y caimanes, que son numerosísimos por estas partes. Tantos males venían en parte compensados con la contemplación de las grandes y admirables obras de la naturaleza, la cantidad de árboles y palmas que se encuentran a cada paso y la infinidad de animales que con su vista causan terror o placer, pero siempre sorpresa. Aquí nace el cedro amarillo, facilísimo para trabajar, el castaño salvaje, el cumare, bastante grueso y muy apto para hacer rápidamente una piragua, el mercurio (6) , que es un nogal grande cuya pulpa es muy agradable, con hojas cenicientas y acuminadas, el pardillo gris con venas negras (7) , el paraguatán rojo, cuyo tronco sirve para tintura. Allí finalmente la palma de coco, la de abanico, la de cera que se encuentra siempre en los lugares más húmedos. Su fruto es oblongo y de pulpa amarillosa y de sus cogollos se hace grande uso entre los indios para tejer las redes. La pequeña píritu (8) toda espinosa se encuentra en medio de ellas, con una fruta de sabor igual al de la uva. El moriche, más alta y más gruesa y de espinas más gruesas; la carora con fruto de dura corteza de pulpa amarilla, tierna y dulcísima, y que tiene en medio una fruta muy delicada. La palma real, la más bella de todas, tiene un fruto semejante al de la carora. Sobre toda otra planta se eleva la palma de seje (9) , cuyas frutas serian enteramente iguales a la oliva, si su corteza no fuera demasiado dura: los indios extraen de ella aceite para ungirse. Más baja crece la palma xivana, casi sin tronco, con una fruta semejante a nuestras nueces. Se encuentra finalmente el acayú, que es completamente negro y duro y semejante al guayacán (10) . Por todas partes se encuentran cañas maravillosas entre las que lleva la primacía la guadua, ya nombrada y toda espinosa, la carapaca y la púa, de las que se sirven los indios para sus instrumentos de viento. A estas se contraponen los arbustos, la chirimoya de agradable fruta (11) , el jobo con una nuez cuya carne tiene un sabor de azúcar, el mamey, con su gruesa fruta color café que se come con cuchara, y el caruto (12) todo ceniciento cuyas pomas son agradabilísimas. Descuella entre todos el altísimo carimiri con sus frutas oblongas y pequeñas semejantes a nuestros granos de uva. Sin embargo en medio de tanta variedad de frutos delicadísimos debe procederse con cautela en gustarlos, ya que algunos de ellos producen semillas mortales. El mepe con sus ramas olorosas y sus frutas venenosas de una gran fragancia, el jucurio de fruta amarilla que produce fiebre, y muchos otros deben evitarse con gran precaución.

Aquí nace también el arroz silvestre entre negro y rojizo. No sirve para el uso humano pero nutre a una cantidad de aves que habitan estos lugares solitarios. Entre todas descuellan por su belleza los loros, especie de papagayos grandes como gallinas, de hermosísimas plumas, de las cuales se sirven los idios para adornarse. Van en bandadas chillando por el aire y los hay de varios colores, rojos, verdes, azules y son todos buenos para comer. En copiosas bandadas se encuentran los papagayos de vivos colores, verdes, amarillos y rojos. Como entre nosotros los ansarones y no más grandes que ellos, andan las pequeñas cotorras completamente verdes. Muchos loros (13) son capaces de formar palabras humanas, son de color verde menos las alas y la cola que son de rojo mezclado con verde. Aquí se encuentran también el cardenal (14) , el turpial (15) y las garzas (16) todas blancas y de altísimas zancas. Allí vive también el pagué (17) con su cresta rizada en la cabeza, a guisa de la de nuestras gallinas; son de varios colores pero más comúnmente negros. También hay ocas reales, semejantes a las nuestras, que siempre viven en el agua, como también los patos (18) , semejantes a nuestros ánades, y la paloma de río que pone sus huevos en la arena, tan agradables como los de la gallina. A esta especie se asemeja mucho el corocori (19) , llamado también gallineta de monte. Hay muchas guacharacas (20) , especie de ocas de varios dolores; hay abundancia de pavas (21) , casi iguales a nuestros pavos reales, con la diferencia de que las hembras son negras y los machos rojizos, y que no tienen en la cola plumas tan largas yhermosas. A todos estos pájaros, que a su placer se clavan en el agua, saltan entre las ramas, lanzan su vuelo a través de las lagunas y de los bosques, hace una óptima compañía la gran cantidad de kovatas (22) , simios negros y rojos que chillan en el fondo de los grandes bosques manifestando así sus cínicos amores. Los lujuriosos micos (23) , que con la cola se envuelven en las ramas y se lanzan de un árbol a otro. La gran familia de los araguatos (24) , del tamaño de un perro, con la cola larga y barba de pelo rojizo, buenos para comer y cuya cabeza rasurada parece la de un capuchino (25) . El hermoso catarro (26) , macaco blanco y negro aterciopelado, curiosísimo, que corre a ver las barcas que pasan por los ríos, y una infinidad de pequeños simios de variados colores. Hay también ratones de bosque que viven en los árboles y son más grandes que un gato y buenos para comer. La iguana, anfibio que se encuentra también en los árboles, y la araña migala (27) del tamaño de un plato, peluda y que devora hasta pequeños pájaros. No faltan los escorpiones venenosos, los cienpiés, la serpiente voladora, muchas víboras y serpientes de tamaño extraordinario, entre ellas la cascabel pintada de negro y rojo más gruesa que un brazo, la culebra de dos cabezas (28) , por el parecido que tiene su cola con una cabeza, toda color ceniza, y el boa de color verde oscuro que parece una viga. En las espesas selvas hay tigres, el vajapuri (29) , especie de león de un color entre gris y rojizo. También se encuentra allí el tigre negro que se ve cerca de los ríos, los que tiene dificultad en pasar a nado; el oso gris de cuya grasa se untan los indios para restaurarse de la fatiga; los jabalíes corren por todas partes, y el pecarí (30) , muy bueno para comer pero con una bolsa de almizcle sobre el lomo, que hay que cortar inmediatamente si no se quiere que impregne la carne de putrefacción. La danta (31) , del tamaño de un asno y que los indios cazan con mucha frecuencia, así como ciervos muy pequeños de sólo dos cuernos. El río Atrato da además de grandes caimanes e infinidad de tortugas, muchos peces, entre los cuales el mayor es el manatí (31 bis) , muy agradable. Hay también una cierta anguila llamada temblador porque al tocarla con la mano o con una vara te hace sentir una sacudida semejante a la que produce la máquina eléctrica (32) . Por la noche, además de los gruñidos de los osos, de los tigres y de los simios, se deja sentir el desagradable grito del animal cuadrúpedo perezoso (33) . Tiene la cabeza parecida a la de un cordero, con piernas sumamente cortas de color gris, lanudo, y siempre con los ojos llorosos, el cual para mover una pata emite un lamento que inspira tal compasión que las fieras más hambrientas se alejan y le tienen lástima; para subir a un árbol necesita varios días y no lo abandona mientras haya alguna fruta. Cuando se le ha acabado el alimento, para descender más rápidamente se deja caer de golpe a tierra. Es también desagradable el pájaro tujudío, que en su continuo chillar parece pronunciar aquellas sílabas, lo mismo que el cabracuca y el itotoco (34) este es un pájaro no muy grande que muge como una vaca. Cualquiera puede imaginar cual será el clima de este país casi todo inundado y cubierto de grandes y espesas selvas, encerrado entre dos ramas de la cordillera, cuyas aguas todas recaen sobre él, de modo que en la estación de lluvias generales crecen los ríos, salen de sus lechos y lo inundan todo como un mar, por lo que las fieras se ven obligadas a huir y a refugiarse en las partes más elevadas.

Por tal motivo la naturaleza aparece aquí avara en producir algunas de las plantas tan útiles en estos climas corno el banano, el maíz, el casabe (35) , el ñame, las patatas y otras diversas plantaciones, por lo que los habitantes están en la más grande miseria, ya que ven que el pescado apenas sacado del agua se pudre, que la carne todavía palpitante se corrompe y que el pan apenas se enfría se enmohece. Aquí todo se compra y se vende a precio de oro, sea el alimento, el vestido o cualquiera otra cosa necesaria. Este clima es tan diabólico que ninguno escapa a las fiebres cotidianas o tercianas, pútridas o pestilenciales, al vómito negro, a la lepra, a las obstrucciones del hígado, a las insolaciones, al pián (36) , que hace caer a pedazos los miembros gangrenados. En resumen se puede concluir que en este país el cielo y la tierra han declarado la guerra al hombre, obstinado en establecerse allí por la avidez inextinguible del oro que se encuentra por todas partes en esta región. Los montes lo encierran en sus flancos, lo llevan los arroyos, las arenas de los ríos corren mezcladas con el polvo de oro y con muy justa razón algunos escritores la han distinguido con el nombre de tierra de oro. Pero la mayor parte de los que buscan aquí enriquecerse, las más de las veces Vienen a quedar sepultados con sus riquezas y llevan una vida siempre enfermiza, y hasta los hijos que nacen de ellos parece que nacen con fiebre.

Durante siete días continuos remontamos este río sin descubrir nunca ninguna casa ni lugar a donde descender. Al octavo día llegamos a una segunda vigía formada por un oficial y varios soldados, que habitaban en una barraca de cañas de guadua a una altura de diez pies del suelo, y se servían para hacer candela de una madera resinosa parecida a nuestro pino, que quemaba despacio y daba mucha luz. Aquí descansamos un día para dar respiro a los fatigados indios que habían trabajado continuamente con sus palancas contra la impetuosa corriente, sin que fueran obstáculo para ellos ni las lluvias torrenciales ni las picaduras de tantos insectos como cubren estos lugares. El medio que usan para defenderse de ellos es ungirse con el aceite de cierta palma y frotarse las articulaciones con grasa de oso para adquirir mayor fuerza. Su paciencia en estas difíciles navegaciones es sorprendente y lo que más debe considerarse es la fatiga de estos hombres al manejar sus palancas para impulsar adelante las piraguas. Ninguno de nuestros marineros podría resistir tanto tiempo en un trabajo tan penoso, mucho más si se considera el poco alimenta que toman en las largas jornadas, que consiste solo en algún banano y carne seca al sol, asada sobre las brasas; Las cortas noches les conceden poco reposo, pero el suficiente para emprender de nuevo a la mañana siguiente su fatiga con igual esfuerzo; y ciertamente que yo no había visto jamás hombres que pudieran resistir tantos días una navegación que es de las más laboriosas. Casi dos días empleamos para llegar desde la segunda vigía al fuerte, colocado a la orilla izquierda, en una situación un poco elevada, compuesto de un parapeto hecho de árboles gruesos detrás de los cuáles hay unos cañones de grueso calibre parte en plataforma y parte con abrazadera. Puede contener más de mil hombres, pero los cuarteles hechos de caña de guadua no son sino para trescientas personas. Su forma es irregular y sigue las varias inflexiones del terreno. Un promontorio que se eleva en la mitad sirve de reducto, sobre el cual cuatro piezas de artillería cubren las baterías bajas ya indicadas. Por la parte de tierra el fuerte está defendido por un gran foso con buenas empalizadas y un alto parapeto. El terreno pantanoso y lleno de agua impide que pueda ser tomado por esta parte y solo se puede atacar por el pie de las baterías que defienden el río ya que en este lugar la metralla pasa hasta la otra orilla. Antes de llegar a este fuerte el terreno se eleva un poco más y en algunos lugares pudimos tomar tierra y encender fuego para comer, ya que hasta entonces nos habíamos visto obligados a hacerlo en las mismas piraguas. Los indios se sirven del pedernal y de maderas podridas y secas, como nosotros usamos de la yesca, para hacer fuego. Desde lejos empiezan a verse, de una parte los Andes, que se extienden hasta el istmo de Panamá, y de la otra, una rama de los mismos Andes, que separa esta provincia de la de Antioquia. Una sola casa encontramos entre la vigía y el fuerte, colocado también este sobre altas vigas para protegerse de las aguas del río, que en tiempo de lluvias son más abundantes y se elevan a una gran altura.

Para ir del fuerte a la capital empleamos cuatro días; aquí el terreno se eleva bastante en algunos sitios y en las pequeñas colinas que dan a la orilla del río, de trecho en trecho se encontraba alguna cabaña elevada del suelo y colocada sobre vigas. Me contaban que después de las crecientes ordinarias del invierno debajo de las mismas casas se recogía el polvo de oro mezclado con arena, lo mismo que en las diversas playas, pero en muy pequeña cantidad. Aquí empiezan a desaparecer los numerosos insectos que infestaban estos lugares y el terreno ya no es pantanoso, pero no hay caminos de ninguna clase y todos habitan sobre las orillas de los varios ríos tributarios que llevan sus aguas al Atrato, por lo cual siempre se va de un lugar a otro en canoa y no de otra manera. La capital de estas vastas provincias, llamadas del Chocó y Citará (37) , está colocada en una orilla frente a la desembocadura del río Quibdó. La población está compuesta de indios, de negros y de criollos americanos. Los primeros en gran parte están reducidos a algunas cabañas redondas, elevadas del suelo, que forman los suburbios de la ciudad; son útiles únicamente para la navegación del río y para nada más; ningún vestido los cubre, excepto una pequeña camisa para los hombres y una falda para las mujeres, que les llega hasta la rodilla. Se adornan con collares de vidrio y se pintan el cuerpo, y su color es como negro de hollín, y no tienen tan buena complexión como los de San Blas sobre la costa del Darién, ya citados. Los negros hacen el oficio de domésticos y en las varias habitaciones situadas a lo largo de la orilla del río son los trabajadores del oro, ya que solo ellos son capaces de resistir las grandes fatigas, las aguas continuas, el clima perverso y pútrido de estas regiones; están totalmente desnudos. Los hombres llevan solamente un saquito en el que esconden las partes vergonzosas y las mujeres una pequeña falda formada por dos pañuelos unidos que se amarran sobre la cintura y llegan más arriba de la rodilla. Cuando van a la ciudad los hombres se ponen un par de calzoncillos cortos, blancos y muy anchos. Los criollos son en su mayor parte propietarios de los diversos terrenos, en los que han hecho levantar arrabales de negros y allí los hacen trabajar para sacar el polvo de oro que se encuentra mezclado con la tierra. Algunos son artesanos mediocres y la otra parte se dedica al comercio, que se hace con el interior de la provincia del Cauca y con Cartagena. Pero la dificultad de atravesar los Andes, por los cuales solo pueden pasar mulas tres meses en el año y esto con gran trabajo y con el peligro de caer en los precipicios que se encuentran a cada paso, hace que con el Cauca sea poco el comercio que se hace y solo de géneros comestibles que toman la vía de Cali. Pero por la parte de Cartagena era menos dispendioso y complicado el comercio, ya que pequeños barcos salían de aquella ciudad, se introducían en el Atrato y, suprimida la arboladura, entre varios indios conducían a palanca el barco hasta el fuerte, o en la bahía de la Candelaria cargaban en pequeñas barcas sus mercancías y comestibles y los transportaban hasta la capital. A este lugar se llevaban telas, paños y todo lo que es necesario para vestir a la población de criollos americanos, ya que para los negros y para los indios se necesita muy poca cosa. Aquí también se trae todo lo que sirve para las artes mecánicas y en general los comestibles, como bizcocho, harina, arroz, frijoles, carnes saladas y secas de toda clase, pescado salado, y en cambio se recibe el polvo de oro, que no puede transportarse fuera de la provincia sino acuñado en doblones, pagando el 20% al gobierno, que por causa de la mezcla y liga que le pone gana otro tanto, por lo que en realidad saca el 40%. Las fundiciones están en Antioquia, en Popayán y en Santafé de Bogotá. Por consiguiente el negociante debía entregar al Gobernador del Chocó todas las libras de oro que hubiese recabado en pago de sus mercancías y se le pagaban otras tantas monedas, reteniendo el 20% y enviando a las fundiciones el polvo recibido. Había pena de galeras y de pérdida del polvo para quien fuese sorprendido sacándolo fuera de la provincia del Chocó. Si los indios naturales de estas regiones son tan débiles que son incapaces de trabajar en las minas, cualquiera puede imaginarse lo que serán los criollos americanos aquí establecidos. Solo la avidez del oro los ha traído desde el interior del país y de los puertos marítimos para venir aquí a conducir una vida de las más miserables que se puedan imaginar. El color amarillento y los abultados vientres que tienen indican claramente que las fiebres, la hidropesía, el estreñimiento jamás los abandonan. Hombres y mujeres están siempre enfermos y en este infeliz estado poco pueden cuidar de sus intereses y es necesario que se confíen, las más de las veces, en los jefes de los negros para él trabajo de las minas, que se hace en forma diversa del de otras partes de América, ya que durante varios meses se emplean en sacar tierra del pie de alguna colina o montaña, amontonándola como pilas de pan de azúcar, todas en línea. Terminada esta primera operación se abre al pie de estas pilas un pequeño canal y se procura hacer correr agua, desviándola de algún río, poniendo el máximo cuidado en que esta corra con rapidez, a cuyo objeto le dan mucho declive. Entonces los negros con azadones hacen caer poco a poco la tierra en el arroyo. Esta es arrastrada por la corriente y quedan en el fondo solo los objetos más pesados como el oro y la grava. Una vez que el pequeño canal está lleno de ellos, con unos platos de madera agujereados arrojan a la otra orilla la grava bien lavada, de modo que en el fondo queda únicamente la arena mezclada con oro. Entonces con platos ovalados de madera recogen esas arenas y se van al río, que está siempre cerca a lavarlas, de modo que, revolviéndolas continuamente con una mano, la corriente se lleva la arena y en el fondo del plato queda neto y limpio el verdadero polvo de oro, finísimo y sin necesidad de depurarlo, y muy semejante por la forma a gruesos granos de arena. Ponen gran cuidado en tener los platos siempre a flor de agua para que la operación dé buen resultado. En otros lugares hombres y mujeres se amarran una piedra grande a las espaldas para poder descender al fondo más rápidamente y se meten entre los ríos con sus platos de madera, toman un poco de arena, vienen después fuera del agua y la van revolviendo con una mano para que la corriente se vaya llevando la arena y quede en el fondo del plato, como más pesado que es, el polvo de oro lúcido y sin mácula. Como casi siempre llueve en esta extensa provincia, no se preocupan por la intemperie al ejecutar los trabajos indicados y por ésto los negros son los únicos que pueden soportarlos sin ningún perjuicio, porque se ve que son fuertes y robustos, mientras el resto de la población solo presenta hombres débiles y siempre enfermos. Cuando los habitantes salen por la ciudad llevan zapatones con gruesas suelas de madera, con los que van a una altura de seis dedos sobre el suelo. Van vestidos de paño, con pequeños gabanes al estilo de los peregrinos, y siempre con paraguas. Pero todas sus precauciones no los preservan durante el año de las fiebres y las más de las veces terminan su vida miserablemente, en medio del oro, del que aprovechan después sus herederos. Las casas están todas fabricadas con caña de guadua y revocadas de yeso y cal, todas blanqueadas, por lo que parecen verdaderas murallas. Están cubiertas de palmas y los pisos son todos de la misma caña partida por la mitad y en esterilla. La población de la ciudad será de unas tres mil almas, pero la de los negros esparcidos a lo largo de los ríos y lagos ascenderá a más de cinco mil y un poco menos serán los indios esparcidos en varios caseríos a lo largo de los diferentes ríos que bañan por todas partes esta región. Estos caseríos se llaman Murrí, San Miguel, Bebará, Beté, Lloró, Tadó y Bagadó (38) y allí cultivan algún banano, ñame, maíz y casabe, pues están situados en lugares elevados, donde abundan menos los minerales que en otras partes y por consiguiente el terreno es más apto para el cultivo.

Al presentarme al gobernador español con mi pasaporte del cónsul de Jamaica y con la lista de las mercancías que quería vender en aquella ciudad, me acogió muy bien, porque había tenido la previsión de enviarle una caja de vino de Bordeaux, una de aguardiente de Ginebra, un barrilito de ron, cuatro jamones de Holanda, dos medios barriles de bizcocho blanquísimo y uno de flor de harina, suplicándole que aceptara ese pequeño regalo. Me permitió vender mis mercancías, que consistían en paños, telas, pañuelos, medias, sedas, hilos, agujas, tijeras, cuchillos, espejos, zapatos. Aquí no pude averiguar sino muy poco de lo que me exigía mi misión y únicamente pude descubrir qué Bolívar había ganado una batalla en la provincia de Tunja, por lo que se decía que marchaba, aun más, que ya había llegado a Santafé de Bogotá.

Pero estas cosas apenas se decían al oído, tanto era el temor que tenían de la crueldad de los españoles. Se sabía además que todas las tropas de la provincia se habían hecho marchar sobre los Andes, por donde pude conjeturar que el ejército de Bolívar trataba de acercarse a ellos, y por consiguiente me decidí a avanzar más adelante, con la excusa de vender mis mercancías. Hacía ocho días que estaba en aquella ciudad y había vendido mucho y con un provecho muy superior a mi expectativa. Sin embargo pedí pasar a Nóvita (39) , ciudad colocada sobre el río Tamaná, rica por la gran cantidad de polvo de oro que lleva este río, en una situación más elevada que Citará, y antigua capital del Chocó. Obtuve el pasaporte y, habiendo embarcado el resto de mis mercancías, remonté durante cuatro días en dos canoas el río Quibdó, a lo largo del cual se encuentran de tanto en tanto algunas cabañas al menos para descansar durante la noche. A la mañana del quinto día llegamos temprano a la Bodega de San Pablo (40) , donde, cargados los baúles a espaldas de los indios, me puse en camino a pie y atravesé en menos de dos horas este istmo, que sería posible cortar para comunicar el Quibdó con el río San Juan, el cual desemboca en el Océano Pacifico, y así unir mediante estos dos ríos los dos mares, a saber, el Atlántico y el Pacífico.

Entonces se podría seguramente con un pequeño barco de vapor pasar en ocho días de un océano a otro. El istmo está formado de pequeñas colinas no muy altas y el camino por gruesos árboles colocados unos al lado del otro, ya que por las grandes lluvias sería imposible a causa del fango mantener expedito el paso. Habiendo llegado a la bodega de San Juan, que está a la orilla derecha del río del mismo nombre, tomé otras canoas y, después de embarcar todo, descendí por el río San Juan, tan grande como el Atrato, y a la izquierda entré al célebre río Tamaná, no muy profundo, y lo remonté un día y una noche entera hasta la bodega de Nóvita. Del istmo hasta esta ciudad todo el terreno es muy elevado y por todas partes hay montañas muy altas. La misma Nóvita está colocada sobre un cerro y a sus espaldas se eleva una montaña cuya cima se confunde con las nubes. Esta ciudad es más grande que Citará pero las casas están construidas de igual manera. La población de criollos americanos es un poquito mayor y gozan de mejor salud, aunque la diferencia de posición es poca. Aquí también hay negros que trabajan recogiendo polvo de oro, que es suministrado en abundancia por el río Tamaná. Los indios, reunidos en pequeños caseríos, habitan en la bodega de Santa Ana, en Juntas, en San Agustín, así como en la bodega de San Pablo y en la de San Juan (41) . En esta parte son más robustos y mucho más inteligentes. Una vez llegado a la ciudad regalé al comandante paño para vestirse y tela para camisas y comencé a vender mis mercancías. Fue aquí donde, habiéndome hospedado en casa de una rica viuda que había perdido su esposo en la última revolución a manos de los españoles, la encontré de tal manera encarnizada contra ellos que no veía el momento de que fueran arrojados de la provincia. Después de conocer bien y sondear a esta señora sin descubrirme, mostré vivo deseo de tener noticias de los sucesos de la guerra; ella no dejaba de informarme día a día de cuanto con la mayor cautela se podía llegar a saber en la región y un sobrino suyo venia de tertulia todas las tardes y comentaba los sucesos, que entonces parecían funestos para los españoles, ya que se decía que Bolívar estaba en Santafé, que un ejército había llegado hasta Ibagué, que tenía orden de invadir las provincias de Popayán y de Antioquia y pasar a la del Chocó; finalmente que por mar la flota de lord Cochrane batía la costa de la bahía de San Buenaventura. Convencido de la exactitud de las noticias que circulaban sobre las tropas republicanas, pensé pedir pasaporte para ir a Cali, ya que me hallaba cada vez más cerca de ella y que en mi corta travesía de mar entre el San Juan y Buenaventura tenía esperanza de encontrar la flota de lord Cochrane, que pertenecía a las repúblicas confederadas de Buenos Aires y Chile. Embarcadas pues las pocas mercancías que me quedaban, descendí por el río Tamaná y después por el San Juan y en dos días llegué a la vigía, de donde, después de presentar mi pasaporte, continué el viaje y al tercer día estaba en las aguas saladas del océano Pacifico. Navegaba en una gran canoa con seis indios, que a fuerza de remos me debían conducir a la bahía de Buenaventura. El viento era contrario y por esto tenían que hacer una fuerza enorme para avanzar. Durante la noche se levantó de la parte de tierra un poco de viento y entonces, habiendo puesto una especie de estera que usan como vela, navegamos bastante bien pero nos alejamos de tierra. No estábamos lejos de las islas llamadas Las Negritas, que están cerca de Buenaventura, cuando se levantó el sol e iluminó el horizonte. Mirando en torno vimos Las Negritas y la bahía, pero detrás de nosotros, y no muy lejos, navegaba un barco de guerra. Los indios despavoridos querían lanzarse a tierra para salvarse, pero yo los disuadí diciendo que era un barco mercante. No tardamos mucho en sentir un disparo de cañón y una bala nos cayó a poca distancia. Entonces los indios me reprocharon por no haber querido escuchar su consejo pues se consideraban perdidos. Los animé y los hice navegar hacia el barco de guerra que nos llamaba a la obediencia. Aunque había izado una bandera española, reconocí sin embargo, al subir a bordo, por sus uniformes a los marinos de nuestra república y, habiendo bajado al camarote con el capitán y después de haberme cerciorado de que no me engañaba, le revelé en parte mi misión, suplicándole que me condujera al almirante. En efecto volvimos la proa hacia Panamá y antes de que terminara el día encontramos la flota, que venia por aquella parte. Estaba compuesta por una fragata, cuatro corbetas y muchos bricks. Conducido por el capitán a bordo ante el almirante, le presenté mis credenciales, que llevaba cocidas a un par de zapatos, y una vez que fui reconocido, fui tratado con mucha distinción, pero me aseguró que no podía hacer ninguna operación ni entretenerse en ningún ataque sobre Panamá, ya que Aury tardaría mucho en obrar sobre Porto Belo y en marchar de allí rápidamente sobre aquella ciudad para unirse con él, que se veía obligado a dirigirse inmediatamente al Perú, donde había dejado al general en jefe San Martín (42) avanzando con todo el ejército sobre Lima; y como no podía saber cual sería el resultado de aquella campaña, no quería alejarse demasiado del teatro de la guerra. Me dijo también que había hecho una carrera hasta Panamá, deteniéndose algún tiempo en las cercanías de Buenaventura para ver si era posible obtener noticias de los progresos de Bolívar, pero que hasta entonces sus investigaciones habían sido infructuosas. Yo por mi parte no dejé de ponerlo al corriente de cuanto se decía y, habiendo comprendido que con ellos mi misión no podía tener ningún efecto, le rogué que me dejara de nuevo en tierra para tratar de reunirme con Bolívar en la Nueva Granada.

El almirante me indicó que él se dirigía a Guayaquil para tratar de sublevar aquellas provincias, muy al alcance de las operaciones de San Martín y de Bolívar, si se confirmaba su entrada a Santafé de Bogotá. Habiéndonos acercado a tierra me fue restituida la piragua con los indios en las cercanías del cabo Corrientes. Les hice creer a los indios que los barcos de los insurgentes no querían que fuese a Buenaventura, por lo que trataría de regresar a Nóvita para ver si de allí podía pasar a Cali; pero ellos me dijeron que era más corto el camino si tomaba el río San Agustín y atravesaba por allí los Andes. Me atuve gustoso a este aviso y, habiendo entrado por el río San Juan. empleamos un día para llegar a la vigía; El terreno aquí es muy parecido al de la desembocadura del río Atrato y los insectos se dejan sentir bastante. Al oficial de la vigía le conté que habíamos sido detenidos por barcos insurgentes que no permitieron que nos dirigiéramos a Buenaventura, lugar al que ellos se dirigían desde Panamá, ciudad que habían estado cañoneando inútilmente durante algunos días. Le pedí entonces el favor de darme visado el pasaporte para San Agustín, pues pensaba pasar de allí a Cali, y después de regalarle un pedazo de paño y varios pañuelos accedió a mi solicitud. En menos de dos días llegamos a San Agustín, ya que no había dejado de halagar a mis indios con promesas de una recompensa, que hice efectiva a mi llegada. Este lugar es gobernado por un corregidor y hay muchos indios reunidos en varios caseríos. La población parece más bien un campamento por la cantidad de barracas que hay. Una vez allí, le regalé en primer lugar al corregidor tela, muselina y unos pañuelos y obtuve inmediatamente el permiso de seguir adelante, es más, él mismo me buscó los indios que debían servirme como bestias de carga para el transporte de mi persona y de las mercancías. Me detuve un día para preparar mis baúles para el paso de la gran cordillera, que iba a realizar por un punto por donde no pasan sino hombres y por donde ni siquiera los marranos pueden trasladarse a la provincia de Popayán, porque se precipitan por los despeñaderos y barrancos, que son espantosos. Se recogieron pues hojas de las mismas que en el Atrato habían servido para cubrir las canoas y se amarraron bien a los baúles por medio de bejucos y encima se colocó una cubierta de palmas de abanico, para que el agua corriera por los lados. Debajo de esta cubierta se pusieron una frazada de lana y una piel de oso bien dobladas, para que la carga fuese protegida de las continuas lluvias que caen en aquellas altísimas montañas; aquel era además el único lecho que podíamos tener en aquellos despeñaderos y por aquellas selvas. Preparados así los baúles y cubiertos, se les amarraron algunas cortezas de árboles, de manera que dos pasaran por debajo de los brazos de los indios que debían llevarlos y la tercera sobre la frente. Así, armados con un bastón, que por una parte tiene una punta para apoyarse y por otra una lanza para defenderse de las fieras; emprenden ellos, con un peso a veces hasta de doscientas o trescientas libras, el paso de estos montes, en el cual se emplean semanas enteras sin encontrar nunca una sola cabaña. Tres indios llevaban los baúles, el cuarto una silla, que se coloca a las espaldas como un baúl, sobre la que se sienta de espaldas el que quiere pasar estos montes, y no hay peligro de que el indio, ágil, fuerte y esbelto, te deje caer nunca. Un quinto indio llevaba una enorme cesta parecida a la que acostumbran llevar nuestros panaderos, tapada con hojas y defendida por encima por una cubierta de palmas. En ella se conservaban las provisiones necesarias para todos nosotros, esto es, bizcocho fabricado de maíz, arroz, tasajo (que es carne secada al sol) y chocolate, con dos botellas de aguardiente que me dio de regalo el corregidor. Se llevaba también una pequeña olla y varias totumas que debían servir de platos y vasos. Muy temprano nos embarcamos todos en una canoa grande y empleamos todo el día para llegar al lugar donde se empieza a subir la montaña. En esta jornada pude admirar la destreza de los indios en manejar sus canoas por en medio de las grandes piedras y de las cascadas de agua, que a veces son de dos pies de altura y que alcanzan la altura de un hombre. Ellos se arrojan al agua y, tirando la canoa de piedra en piedra y de roca en roca, la pasan por sobre las cascadas; con gran sorpresa mía vi a una india, sola, en una pequeña canoa arrastrada con vehemencia por la corriente, que con una notable agilidad evitaba con presteza por medio de su canalete, ora esta ora aquella piedra, y que al llegar a la cascada dejaba caer su frágil leño en medio de ella y lo sabía dirigir tan bien y tener en tal equilibrio, que no había peligro de que se volcara. Cuando descendimos a tierra no vi otra cosa que un espeso bosque y en vano buscaba por donde estaba el camino. Los indios me indicaron un sendero que más bien parecía para fieras que para hombres. Inmediatamente se construyó una pequeña cabaña, con dos horquetas clavadas en tierra a la altura de un hombre, a las que se les acomodaba un palo atravesado y a estos se amarraban otros varios que iban a terminar en declive hasta tierra. Se entretejían con lianas y se cubrían con hojas que de propósito se habían llevado desde San Agustín y que iban enrolladas como pliegos de papel y amarradas a los baúles, de modo que nuestra cabaña, un poco más ancha que el tamaño de un hombre y tan larga que pudiera ser ocupada por seis personas para dormir, quedaba muy bien cubierta con veinte hojas. En la parte superior se ponían algunas ramas de árboles para que el viento no se las llevara y al frente se encendía un gran fuego del mismo tamaño de la cabaña, que ellos llaman ranchería. Los dos lados que formaban como dos triángulos estaban trancados con los baúles y provisiones y por dentro con palos que se apoyaban en la tierra. En torno a ellos se practicaban con la pica un pequeño surco para que las aguas lluvias no entrasen a la cabaña. Al frente colocaban hojas a manera de alero al estilo de nuestras casas, de manera que también el fuego quedaba a cubierto. Se me dijo que esto era necesario para mantener alejados a los tigres que abundaban allí y para ver las serpientes que se pudieran acercar; por esta causa cada uno de los indios vigilaba por turno y también para mantener siempre el fuego, necesario para calentarnos en aquellas montañas, cuyas máximas alturas están cubiertas de nieve perpetua, aunque no están situadas sino a sólo cuatro grados de distancia del ecuador. Se hizo una sopa de arroz, se asó un poco de tasajo y extendidas las pieles de oso, con un pedazo de madera como almohada, nos cubrimos con nuestras mantas de lana. Al rayar el alba (lo que para nosotros ocurrió muy tarde por las espesas selvas que impedían la luz) nos levantamos para tomar un chocolate y asar la carne que habíamos de comer a mitad de camino. Enrolladas después las hojas, guardadas las mantas y las pieles y cargados los hombres, iniciamos el camino, mientras que el indio propietario de la piragua descendía con ella a San Agustín. No quise sentarme en la silla pareciéndome que mis piernas, mi juventud y mi agilidad podían ser suficientes para seguir el paso de los indios, cada uno de los cuales llevaba casi trescientas libras de peso a la espalda, pero estaba muy engañado comparándome con aquellos hombres y, aunque no llevaba sino un sable y dos pistolas bien resguardadas a causa de la lluvia que ya empezaba cuando nos pusimos en camino, sin embargo no pude seguirlos y a veces iba yo al pie de un monte cuando ellos ya me estaban esperando en la cima. El aspecto de estos lugares es completamente sorprendente e imposible de describir; sin embargo de la mejor manera posible me propongo dar una idea, para hacer comprender lo incómodo que es para nosotros europeos cruzar aquellos montes, que para los naturales del país son travesía sin importancia. Se presentan montañas sumamente empinadas que parecen más bien muros cubiertos de frondosos y espesos árboles llenos de espinas; no se encuentran caminos sino muchos y pequeños senderos, hechos todos por el paso de las fieras y si no se tuviese a los indios por guías no se darían cien pasos sin desviarse del camino recto. Para subir hasta las cimas había que valerse de las raíces de los árboles y agarrarse bien con la mano a ellas, porque muchas veces no había donde afirmar el pie en el terreno resbaloso. A veces había que confiarse a árboles espinosos por no haber otro apoyo mejor y por no haber posibilidad de dar la vuelta por otra parte, tan espesas eran las lianas que estorbaban el paso. Al subir a la cima nos encontramos con una pequeña llanura cubierta de selvas negras llenas de aguas estancadas y de un terreno tan cenagoso que te entierras en el fango hasta la cabeza. Para evitar este peligro era necesario, unas veces caminar sobre largos árboles que habían caído por sí mismos y otras pasar bajo las ramas de los que estorbaban el camino. Pero apenas se habían sobrepasado estos tropiezos, cuando se presentaba una montaña más alta y abrupta que la precedente, por cuyos flancos había necesidad de pasar teniendo debajo de los pies horribles precipicios, de modo que no te atreverías a moverte sin antes haberte asegurado con las manos de algún espino, rama o arbusto. Después de haber trepado con gran dificultad a la cima, se te presenta un nuevo monte más alto y las aguas que caen de él forman en la cima que está debajo una especie de laguna, en la que quedas sumergido a veces hasta el pecho en aguas frigidísimas, que te hacen helar el sudor de que vas cubierto por la fatiga. Aunque jadeantes y cansados es necesario atravesar también aquel monte, y el temor de los barrancos y precipicios no debe asustarte, pues de lo contrario jamás se atrevería uno a afianzar el pie en los pequeños escalones hechos en la roca pura, a los que es necesario agarrarse no sólo con las uñas y con las manos sino aun con el pecho y las rodillas para no resbalar a los profundos abismos, en los que no se puede fijar la vista sin sentir vértigo. Se diría que una vez llegados a lo alto se habría finalmente de descender, pero era bien al contrario; un monte más elevado y rocoso se presentaba delante; se renovaban pues los despeñaderos, barrancos y precipicios, y puede decirse con toda razón que casi siempre hay necesidad de andar a gatas. Son también pavorosos los diversos boquerones que es necesario pasar, en los cuales, una vez que llegan a ellos los cargueros o sea los indios que van con la carga, gritan a todo pulmón para ver si alguno viene por aquellos estrechos pasadizos o tajos, formados por las aguas en medio de las montañas, por los cuales apenas puede pasar un hombre. Si no responde nadie se emprende la travesía del estrecho cañón, en el cual la luz es un resplandor que apenas permite ver las paredes, que unas veces son de piedra y otras de gruesa arcilla, y darse cuenta con espanto de las enormes piedras y montones de tierra, que penden sobre vuestra cabeza, separados del cuerpo de la montaña por grandes grietas, las cuales parece que están para caer y castigar vuestra temeridad. Por la tarde tenía fiebre, quizá por la fatiga del pecho en la subida, por la continua lluvia y por el sudor helado a causa de las aguas frías en que era necesario meterse; también se enfermó el que llevaba las provisiones.

Por la noche casi no pude dormir por el fuerte dolor de cabeza y a la mañana siguiente fue necesario continuar la marcha a pesar de estar enfermo.

Al que llevaba la silla, que entonces me hubiera servido mucho, le dimos las provisiones y por fuerza me tocó caminar a pie; pero no había hecho sino dos horas de marcha cuando falto de fuerzas caí desvanecido en medio de un pantano; los indios me levantaron y recobré un poco de ánimo bebiendo aguardiente. Sin embargo a cada paso me parecía que me daban un martillazo sobre la cabeza. Finalmente hacia el medio día no pude más y como estábamos en la cima de un monte, plantamos allí nuestra acostumbrada ranchería, me metí desnudo entre la piel y las cobijas y esperé a que se secasen al fuego la camisa y los vestidos. Mientras se hacía esto fui presa de un sueño tan agradable que sólo me desperté a la mañana siguiente, libre del dolor de cabeza pero débil y extenuado. Sin embargo pude seguir mi camino y ya no me quedaba otro remedio en aquellos lugares solitarios que sufrir, aguantar y ver de superar el mal, ya que no es posible encontrar quien te alivie pues no hay por allí sino bestias feroces, a cuyos aullidos hacen eco las oscuras selvas y los altos montes. Se ven las zarpas de las fieras impresas en el fango y con frecuencia hasta las ves huir delante de ti. Pocos pájaros se atreven a hacer aquí sus nidos, todo es horror y soledad, y las únicas flores que se ven son las amarillas de la planta del frailejón. Numerosas matas y arbustos nacen en medio de los frondosos y apretados árboles, que son muy gruesos y de una altura prodigiosa, y que hacen tan oscuras y espesas las selvas que con dificultad penetra a través de ellos la luz del día. Ellos cubren por todas partes las altísimas montañas de los Andes, menos en las cimas más elevadas, en las cuales se ve una naturaleza muerta, estéril para producir plantas, y más arriba todavía los encanecidos montes de nieve eterna arrojan un frío excesivo sobre el viajero y los huracanes que soplan de cuando en cuando arrastran por los horribles precipicios a los entumecidos viandantes que tienen la desgracia de encontrarse en aquellas vetas cuando los páramos están enfurecidos.

Los indios suelen conocer los tiempos propicios para pasarlos, pero con frecuencia se engañan y vienen a ser víctimas de su audacia. Nuestras montañas de los Alpes en comparación con los Andes son otros tantos pigmeos y la naturaleza se muestra sobre manera colosal en la osatura del Nuevo Mundo, así como en sus producciones y en los grandes ríos que lo bañan por todas partes. Seis días seguidos estuvimos subiendo continuamente los escarpados montes que no tienen faldas y que uno después de otro se suceden a guisa de escalones de una inmensa escalera, bien al contrario de lo que sucede en nuestras montañas. Se me ocurría pues que, traspasadas tantas y tantas crestas tan elevadas sin descender jamás, se me debía presentar una pendiente demasiado larga y empinada que me llevase a las llanuras del Cauca, pero fue todo lo contrario, porque habiendo llegado a un lugar que llaman el Boquerón, vi a mis pies el hermoso valle en medio del cual serpeaba el río Cauca y se descubrían varias poblaciones y ciudades. ¡ La vista era hermosa! Y en pocas horas, por una rápida bajada que me obligaba a sostenerme de árbol en árbol y a veces a dejarme caer de una raíz a otra, me encontré en una amena y sonriente llanura donde al fin se podía ver el cielo, que limpio de nubes me calentaba con sus rayos solares.

Me parecía haber llegado al paraíso terrenal, tanto era lo que había sufrido en el paso de aquellas cordilleras a causa de las continuas lluvias, que no permitían ver jamás el sol, y de las continuas fatigas que ni siquiera eran aliviadas por un hermoso paisaje, ya que a causa de los espesos bosques apenas se podía divisar a pocos pasos al que iba delante de ti por aquellos senderos. Por consiguiente era hermoso ver las manadas de bueyes, caballos y ovejas que pastaban en los magníficos prados ornados de flores y de verdura. Las casas de campo esparcidas aquí y allá y los diversos árboles frutales que se encontraban Cerca de ellas, que daban una idea del buen cultivo de aquellos terrenos, los cuales, aunque en un llano, están a una gran altura sobre el nivel del mar. El clima allí es cálido y en materia de árboles y de frutas se ven muchas de las producciones de las Antillas.

Los habitantes son de raza indígena y española y por consiguiente de color un poco oscuro, pero buenos, afables, laboriosos y muy amantes de la libertad. Llegados a Cajamarca (43) , que es un pequeño caserío, recibí la noticia de que las armas republicanas a órdenes del general Valdés habían llegado a Cartago, al otro lado del Cauca. Que las tropas españolas al mando de Morales (43 bis) se habían retirado a Cali y que la vanguardia de los republicanos comandada por el coronel Murgueitio estaba ya en Roldanillo. Pasé la noche en este caserío, pagué a los indios, que se regresaron inmediatamente a San Agustín, y tomé caballos para dirigirme con un guía hacia Roldanillo; atravesé algunas pequeñas colinas desde las cuales, mirando a la izquierda, se ven confundirse con las nubes las crestas de los montes que había pasado y a la derecha se extendía con variado y bello aspecto el hermoso valle, o sea el "valle del Cauca". Antes de caer la tarde estuve en la ciudad, que se hallaba toda en gloria y de fiesta por la llegada del ejército libertador. Pedí ser presentado al coronel comandante, a quien hice conocer mi condición y le mostré mis credenciales escondidas en una bota. Fui admitido y obtuve un pase y una escolta de caballería para ir hasta Cartago, a donde llegué al día siguiente y donde fui recibido con mucha cordialidad por el general Valdés. En esta ciudad me mandé hacer inmediatamente dos uniformes y me presenté vestido según mi grado, deteniéndome dos días para descansar de la travesía de los Andes y renovar fuerzas para efectuar el paso del páramo del Quindío, cuyas cimas están cubiertas de nieve durante todo el año y que es uno de los más altos de la Tierra Firme. Aun cuando en la época en que no llueve puedan pasar por él las mulas, aún con ellas se emplean por lo menos quince días, mientras que a pie tenía la esperanza de pasarlo en ocho. En efecto tomé algunos cargueros, que son criollos que sirven como en el Chocó de bestias de carga, con un pequeño baúl, una silla y las provisiones, y con sólo dos indios me dispuse a pasar este páramo de una altura de casi tres mil toesas, cuando el paso del Mont Cenis no es sino de 1060.

Le dejé las pocas mercancías que me quedaban al alcalde y me puse en camino, y durante cinco días continuos no hice sino subir terribles y escarpadas montañas cubiertas de espesas selvas, menos una que llaman calva, la cual por estar toda cubierta de grandes hierbas y sin un árbol, por lo que no se puede uno defender de los ardientes rayos del sol que aquí hieren casi perpendicularmente, la pasamos de noche a la luz de la luna. El sexto día estábamos casi en la cima, donde un frío agudísimo nos hacia a todos castañear los dientes. No valieron el fuego y ni siquiera los licores para calentarnos, y sin embargo estábamos en la zona tórrida a sólo cuatro grados del ecuador. De aquí se debe deducir que no es tanto la vecindad al ecuador, cuanto la diversa elevación del terreno, la que hace helados lugares que por los antiguos eran considerados siempre cálidos por su posición; y me confirmé más en ello en el rápido descenso de este páramo por el lado de Ibagué, ya que en un día pasé de un gran frío a una temperatura media y por la tarde me encontré en un lugar donde el calor era excesivo. El séptimo día se me presentaron a la vista las hermosas llanuras de la provincia de Mariquita y al medio día estaba ya en la ciudad de Ibagué (44) , célebre por sus minas de cobre amarillo y su artesanía en este metal. Atravesé el páramo del Quindío sin lluvia, acampando siempre al raso y cubriéndonos con las acostumbradas hojas, aunque de tanto en tanto se encuentran unas cabañas llamadas tambos (45) , que sirven para alojar a los que atraviesan estos lugares con sus mulas cargadas de mercancías. Sin embargo no hay nadie en ellos y no son más que cobertizos de hojas de palma, esto cuando los palos que sostienen la cubierta están entrelazados con palmas o bejucos, que es lo mismo que estar bajo un mal pórtico. En este paso corté la cola de una serpiente negra y amarilla de un tamaño descomunal, que me dijeron era un boa, el cual estaba enroscado en un árbol sin que se le pudiera ver la cabeza que tenía escondida entre las hojas, pero fue tanto el estruendo que este reptil hizo en el bosque que todos nos dimos a la fuga. También matamos muchas serpientes durante el viaje y me pareció que eran casi tan abundantes como en las cordilleras del Chocó. Las aguas de estos páramos son siempre fresquísimas, límpidas y buenas. En Ibagué descansé el resto del día y a la mañana siguiente, con buenos caballos para mí y para mi equipaje y con un guía, atravesé las grandes llanuras, donde no se encuentra un solo árbol para defenderse del ardiente calor del sol, que hiere obstinadamente con sus rayos y que produce un calor insoportable. Por la tarde vine a dormir al caserío de Piedras; a la mañana siguiente, al rayar el alba, me puse nuevamente en camino y pasé el río Magdalena frente a Guataquí (46) . En esta ciudad cambié de caballo y seguí hasta Rioseco (47) ; al día siguiente, siempre a través de variadas y amenas colinas, pasé por Tocaima (48) donde cambié de caballos, y llegué al Portillo (49) y por la tarde a Anapoima (50) . Al día siguiente, por una dilatada falda de una montaña, llegué a La Mesa (51) ciudad grande situada en un lugar delicioso y elevado y muy dedicada al comercio. Proseguí con buenos caballos y a través de pequeñas montañas hasta Tena (52) , población situada al pie del monte de este nombre, por donde deben pasar los que, por el río Magdalena, vienen de Mompós (53) y Honda a Santafé de Bogotá. De aquí se empieza, aun cuando se está ya en un terreno muy elevado, a subir continuamente hasta Serrezuela, y cuando creí descender de esta montaña, me encontré por el contrario en una vasta llanura, en la que me detuve en la pequeña población de Bogotá desde donde en lontananza se divisaba la capital, situada en la falda de altísimas montañas. Apenas amaneció, montando a caballo, proseguí mi marcha y al medio día estaba en Santafé de Bogotá, en el palacio real, habitado antes por el Virrey español y ahora residencia del Vice-Presidente de la República de Colombia, Francisco de Paula Santander, general de división, condecorado con la Orden de los Libertadores de Venezuela y de Cundinamarca y con la Cruz de Boyacá.

N. B. Resulta del pasaporte español y del que obtuvo del coronel republicano Cancino, en Cartago, para Santafé, contraseñado, para el regreso, en Bogotá, por el mismo Santander.

 

 

(1) Es el nombre español de la zucca: "calabaza".
(2) Véase F. Ratzel, Las razas humanas, vol. 1, p. 572-578, donde habla de los tatuajes y de la costumbre y significado de pintarse el cuerpo que tienen los indios de la América Central y Meridional.
(3) E. Reclus, en su Geografía Universal, vol. XV, p. 275, resume toda la historia de la navegación del Atrato, desde Fidalgo (1793), pero no menciona a Codazzi.
Véanse también:
a)    la nota 12 al vol. 2 del Viaje a la República de Colombia de Mollien (1828) -traducción italiana Milano, Sonzogno, 1825, p. 594-597- donde aparecen las observaciones de un inglés, que ha querido permanecer anóni­mo, sobre los modos de abrir una comunicación fluvial entre el Mar de las Antillas y el gran Océano a través de los ríos Atrato y San Juan;
b) la nota 161. p. 550-552 de Süd-Amerikanische Studien de H. Schumacher.
(4) ¿Es la mosca brava o carnicera?
"Otra mosca hay más terrible todavía, la cual suele agujerear la piel de las personas o animales y debajo del pellejo nace un gusano peludo que a medida que crece da dolores agudos, hinchándose la parte, sin mues­tra ninguna de abertura". (Resumen, p. 233)
(5)  Se trata quizá del temido vampiro.
(6) ¿Será el Mercurialis peaennis? [los nombres de plantas y animales que menciona Codazzi en seguida, han sido transcritos del original ita­liano por Longhena en tal forma que resultan nombres a veces imposibles de identificar. Nota del traductor].
(7) Quercus caris.
(8) Es una variedad de palma,
(9) El Resumen repite que es una palma.
(10) Guajacum sanctum o guajacum officinale.
(11) Annona Humboldtiana.
(12) Genipa americana.
(13) Loros o papagayos (psittacus).
(14) Cardinalis virginianus, o Paroaria dominicana (pinzón dominicano), o uno de los del grupo de los Tanagra.
(15) Icterus Iamaicali.
(16) Garza blanca o real (adea).
(17) Pipra rupicola, ¿o gallito de monte? [Creemos que se trata del paují de copete, craxalector. Nota del traductor].
(18) Platalea aiaia (del grupo de las espátulas) o aves del grupo de los ánades: pato real, pato carretero.
(19) Gallito de monte (psophia crepitans).
(20) Guacharaca (parra qua), familia de las Penélopes.
(21) Pava de monte (penelope cumanensis), o pavo real (pavo cristatus), o pavo (meleagris gallo-pavo).
(22) Quizá la simia belzebuth, de la que hay una especie con el vien­tre rojizo.
(23) Macacos o micos del género Salcis.
(24) Simia ursina.
(25) Es el capuchino o simia chiropotes, que no debe confundirse con el anterior.
(26) Pertenece al género de los Lagothriz...
(27) Ragno uccellatore, o Mygale. Codazzi la llama araña peluda.
(28) Culebra de dos cabezas.
(29) ¿El jaguar? [¿o el canaguaro? Nota del traductor].
(30) La váquira del género porcino.
(31) Del género tapir.
(31 bis) Quizá este pez, del que el nombre aquí indicado debe ser un nombre local, pertenezca a una variedad de los Carassini, frecuentes en las aguas de la América Central y Meridional, que se asemejan a las tru­chas, lo que justificaría el calificativo que le da de "assai saporito". [Lon­ghena transcribe Macciti, creemos que se trata del manatí y así lo hemos puesto en el texto. Nota del traductor].
(32) Es el gimnoto o anguila eléctrica (electro phorus electricus), cu­yas descargas eléctricas son más fuertes que las del torpedo.
(33) Es la pereza de que habla el Resumen. Pertenece al orden de los desdentados.
(34) No hemos podido identificarlos; son muchos los pájaros que re­ciben el nombre por su canto. ¿El itotocho será quizás el tucano?
(35) Es el pan hecho con yuca amarga.
(36) Hay una enfermedad que tiene gran semejanza clínica con la sífilis y que se conoce con este nombre. Es común en las Indias Occidenta­les y en la América del Sur, y se manifiesta por pequeñas manchas rojas alrededor de una mayor que está al centro; cada una de tales manchas viene a convertirse en un tubérculo que parece una excrecencia vegetal. Parece que es provocada por la picadura de un insecto. Esta enfermedad ataca principalmente a los niños. Con otros nombres aparece en el África, en la Malasia y en otras partes.
(37) Es una pequeña ciudad que ahora se llama Quibdó. En este cen­tro de esta región rica en minerales termina también la navegación.
(38) En el mapa de Codazzi no figura sino Beté, abajo de Zitará y a la izquierda del río.
(39) Otro mercado de oro. Como Quibdó es una ciudad con cabañas lacustres. Se le dan 8.000 habitantes.Está situada sobre la orilla izquierda del río Tamaná, afluente del San Juan por la banda izquierda.
(40) Es un pequeño centro donde termina la navegación del Quibdó y el punto más vecino al San Juan; la pequeña población está sobre la ori­lla derecha del río del mismo nombre.
(41) De estas bodegas (posadas) Codazzi, en su mapa "Itinerario dalle foci del S. Juan a Bogotá", indica la de Santa Ana, cerca de la orilla derecha de un afluente del San Agustín, tributario del San Juan por la banda izquierda.
(42) También aquí Codazzi anticipa los acontecimientos y comete erro­res en materia de fechas y de sucesos. Estamos en la segunda mitad de 1819. Por aquel tiempo San Martín, quien con la victoria de Maipó (5 de abril de 1818) había ya librado completamente a Chile de los españoles, se había dirigido, con tropas chilenas agregadas, hacia el Perú (5 de fe­brero de 1819). Entre tanto Cochrane, con su flotilla, devastaba en 1819 las costas del Perú. La empresa de Lima fue en 1820, precisamente un año después del via­je de Codazzi por el Atrato.
(43) Cajamarca es el nombre de un caserío que quedaba entre San Agustín y Roldanillo
(43 bis) F. Tomás Morales (1781-1844), español, de humilde origen. Desde 1804 estaba en Venezuela y de 1810 a 1822 participó en todos los hechos de armas que se desarrollaron en Venezuela, pero de la parte de España contra los insurgentes. Sucedió en el comando del ejército a La­torre. Conquistó a Maracaibo (1822), pero no logró conservarla y se vio obligado a capitular
[Está errado Codazzi, pues por estas fechas no hay ningún Morales al frente de las tropas realistas en el Valle del Cauca. Nota del traductor]..
(44) Hoy es capital del departamento del Tolima, del cual hace parte también la antigua ciudad de Mariquita, que en tiempo de Codazzi era la que daba el nombre a toda la provincia.
(45) Tambo equivale a posada o parador.
(46) Guataquí, a la orilla izquierda del Magdalena.
(47) Afluente del Magdalena por la banda derecha, más abajo del río Bogotá.
(48) Tocaima, sobre la margen derecha del río Bogotá, estación del ferrocarril Bogotá-Girardot.
(49) Queda más cerca de Tocaima que de Anapoima.
(50) Anapoima, también estación de la mencionada vía férrea al Mag­dalena.
(51) Hoy La Mesa.
(52) A mitad de camino entre La Mesa y Bogotá. En los mapas ac­tuales no figura [sic].
(53) Mompós, importante puerto de escala en el Magdalena, entre Honda y las bocas.

anterior | índice | siguiente