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VIII -
Juicio sobre Agustín Codazzi.
Queremos en este breve capitulo -el último- esbozar el retrato
del hombre a quien se han tributado tantos honores en este primer
centenario de su muerte.
Seguramente no añadiré nada a lo que ya se ha escrito, pero lo
que he dicho -su mente, su corazón, su nobleza de sentimientos, su
cultura, la obra realizada, los resultados de su trabajo de
cuarenta años- no está recogido sino que se halla disperso,
distribuido a lo largo de capítulos y páginas, por lo cual no
seria inoportuno reunirlo a fin de que su figura de estudioso
serio y concienzudo, de hombre que hizo progresar los
conocimientos geográficos y cartográficos, que ilustró países no
bien conocidos y en parte desconocidos, aparezca íntegra, sin
sombras y sin incertezas.
Creemos que como soldado Agustín Codazzi cumplió plenamente con
su deber, sin que nos conste que se haya vanagloriado de ello.
Quizá para él la vida militar fue escuela, en donde adquirió
habilidades que le sirvieron después y en donde hizo experiencias
que le fueron útiles.
El terreno y su conformación, el arte de representarlo
simbólicamente, tienen para un soldado grande importancia, y él
aprendió a apreciar este valor desde cuando, siendo un jovenzuelo,
fue recibido como voluntario en el ejército napoleónico. Lo que
entonces adquirió lo acrecentó con su propio estudio y lo llevó a
una fineza y perfección completamente modernas.
Nadie podrá afirmar que careciese de coraje; en mar, en tierra,
en sus viajes; en las batallas, durante las tempestades, en tierras
inhospitalarias, en medio de los peligros de ríos ilímites, en los
riesgos afrontados, se mostró siempre como un hombre que no
conocía el temor, que no se arredraba, que no volvía atrás;
arriesgó siempre su vida en las dificultades, sin contemplaciones
ni dudas.
Fue, pues, bueno y valeroso soldado, pronto a la obediencia,
dispuesto a todas las misiones, sin pretensiones y sin
subterfugios, desinteresado en materia de grados y de estipendios;
parecía que la vida militar, que había abrazado voluntariamente y
que le agradaba, fuera para él suficiente recompensa con sus
riesgos y con su variedad.
No podemos decir que fue un viajero; viajó y vio gran parte de
Europa y más de América; pero no viajó para descubrir sino para
estudiar; viajó no para señalar a los hombres tierras nuevas -tanto
más que el ochocientos no se prestaba para tales actividades en
América- sino para dar a las tierras, imperfecta o mal conocidas,
una figura que correspondiera a la realidad. Si no fuese demasiado
ambiciosa la comparación -y demasiado honorable para nuestro
biógrafo- Codazzi puede aproximarse más a Alejandro Humboldt, con
quien tuvo relaciones de amistad admirativa, que a los muchos que
antes de él se esparcieron por todas partes -en donde quiera que
habla algo desconocido- para hacerlas conocer de los demás.
En cambio fue geógrafo con profunda disposición para la
Geografía. Conocer una región no vista antes era para él como una
fiesta. Llevaba en la sangre la necesidad de ver tierras nuevas,
las cuales mientras más variadas y lejanas eran de las que había
visto y conocía, tanto más excitaban su vista y su mente.
Para él las tierras no eran un simple sucederse de superficies
planas y ásperas, interrumpidas por valles, que se extendían o
terminaban en el mar, que siempre habían sido así, sino que
ofrecían en sí mismas las causas de su variedad y estaban sujetas a
mutaciones; el elemento sólido y el elemento líquido, y la
atmósfera que está sobre ellos, con sus infinitos fenómenos, hablan
experimentado y continuaban experimentando violentos choques que
los modificaban y perturbaban. Además en aquellas tierras, que
parecían inmóviles e inmutables, bullía, en todas y cada una de
sus más remotas partes, una vida ilimitada, vida que era hermoso
conocer, y que era necesario estudiar.
Y es así como él, inexperto en tales estudios, agrega la
biogeografía a su fervor de investigador.
¡ Cuántos períodos sobre los vegetales y los animales -de los
más grandes a los más pequeños- podríamos seleccionar entre los
capítulos de sus "Memorias"!
Pero es el hombre el que atrae su pasión de geógrafo; el hombre
que, viviendo en una determinada región, la modifica y es
modificado por ella; el hombre que, si ahora vive en una tierra,
ha vivido también en ella en el pasado, pero cuyo pasado, muchas
veces mejor que el presente, ha quedado sepultado y quizá en muchos
lugares permanecerá siempre sepultado, privándonos de la alegría
de conocer cuanto hubo de grande y rico en elevadas
manifestaciones.
Pero el hombre no tiene en todas partes los mismos caracteres,
ni la misma civilización, y hé aquí que Codazzi proclama el gran
principio de la igualdad de derechos de todos ,los hombres.
La antropogeografía es el capitulo que más le llama la atención
a Codazzi, porque la antropogeografía es disciplina completa,
porque a ella le dan magnífica contribución otras numerosas
ciencias, todas las que acrecientan la capacidad del hombre y su
riqueza: la agricultura, la economía, la estadística, la hidráulica
y la ingeniería (¿ no fue acaso Codazzi ingeniero en Venezuela y no
ha sido señalado como tal?).
Pero no es ahora cuando el hombre ha ocupado aquellas tierras;
ha vivido en ellas durante siglos, y por consiguiente tiene una
historia; y Codazzi no ha olvidado la historia, la historia lejana
-y emprende excavaciones y saca a luz signos de artes y de
creencias antiguas- y la historia reciente, que se desenvuelve
entre dos principios eternos, la sujeción y la libertad.
Por consiguiente también la historia se mezclará en sus obras en
noble compañía con la geografía.
Pero todo esto no puede representarse sólo con la palabra; se
necesita un retrato, una representación, aunque sea puramente
simbólica. Y hé aquí que Codazzi se hace cartógrafo y cartógrafo de
valor.
La cartografía de las dos vastas naciones, Venezuela y Colombia
o Nueva Granada, le debe profundo reconocimiento. Si desde hace un
siglo estas tierras aparecen con una representación más cercana a
la realidad, si de ellas hay atlas y mapas que indican todas sus
características, ello es mérito de Codazzi.
Y para él los mapas tienen una gran capacidad de
representación; en ellos pueden mostrarse de modo sintético y
claro todos los fenómenos: el suelo y sus variedades, los ríos y
los caminos, las ciudades y la vida dispersa, los cultivos, las
riquezas, los cambios.
Además Codazzi, fuera de los símbolos acostumbrados y adoptados
ya en su tiempo, creó otros para poder representar cada hecho, cada
realidad física y humana.
Se valió también de cartogramas, distribuidos oportunamente en
planos, que permiten una fácil comparación de los varios fenómenos
y el parangón, dentro del mismo fenómeno, de los varios accidentes;
así la altura de los montes, la longitud de los ríos, la población
absoluta y relativa, el área de las tierras, aparecen en cifras, o
en líneas, o en cuadrados, o en rectángulos, con letras, con
números.
Diversos son también los símbolos corrientes que emplea y hay
una gran variedad de colores para indicar la multiplicidad de los
fenómenos estudiados.
Por consiguiente puede considerarse a A. Codazzi como un
geógrafo sabio y un cartógrafo de valor; y a tal conocimiento y
habilidad ha llegado, no por enseñanza de otros sino por un asiduo
estudio, por la experiencia adquirida día a día, por una
laboriosidad no común e incansable.
Hay todavía otro aspecto de Codazzi que no quiero dejar en la
sombra, el aspecto más digno de ser honrado, porque surge de su
carácter recto y de su espíritu equilibrado y noble.
Nació en Romagna, en Lugo; y en Lugo de Romagna no eran entonces
desconocidos ciertos sentimientos y ciertas aspiraciones; también
en Romagna y en Lugo la palabra libertad no era entonces una
palabra oscura y poco apreciada, y el esfuerzo de algunos pueblos
por la independencia no era movimiento que careciera de
admiradores.
Además Codazzi había combatido con Napoleón, y los ejércitos
napoleónicos, aunque combatían para crear un gran imperio, donde
quiera que iban llevaban ideas nuevas y abatían las viejas ideas.
Los viajes le habían dado también ánimo abierto, por el contacto
con tantas gentes diversas y con tantas aspiraciones.
¿ Y acaso no combatió también en América al lado de los
"Insurgentes" contra los españoles, y no buscaban estos
Insurgentes la libertad y la independencia contra una España
absolutista y opresora?
Codazzi fue pues siempre partidario de aquellos presidentes y
de aquellos gobiernos que regían los nuevos Estados sujetos a una
carta constitucional y no siguiendo su propia voluntad y muchas
veces su propio capricho. Combatió a favor de repúblicas libres
contra las tiranías. Y ni siquiera los hombres grandes y
superiores a su medio tuvieron su apoyo; por el contrario su
palabra se elevaba áspera para condenarlos, si más que dadores de
libertad eran creadores de poderes personales.
¿Acaso no dudó en arrojar por la borda 20 años de honrados
servicios, más que cincuentenario, ya cansado y con una familia
numerosa, para dirigirse a una nueva tierra y recomenzar una nueva
vida, con tal de no inclinarse ante un Presidente que había hecho
pedazos la Constitución?
Y cuando era funcionario de la República venezolana, no dudó en
estigmatizar en forma sangrienta a las autoridades provinciales y
cantonales que, traicionando su deber y desconociendo todo sentido
de humanidad, oprimían fiscalmente y esclavizaban a la mísera
población. Entonces su palabra resonó clara y severa. Aún para los
indígenas tuvo expresiones de conmiseración y de piedad fraternal.
No sé si profesaría alguna religión, ciertamente había en él un
noble sentimiento de humanidad que lo hacía condenar a quien
olvidara los lazos que, según él, debían unir a todos los seres
sobre la tierra.
Tal era el científico, tal era el hombre; y Lugo cumple un deber
de nobleza tributándole este honor póstumo de publicar su obra
juvenil.
Lugo, que ha tenido tantos hijos ilustres, desde Giuseppe
Compagnoni, patriota, hasta Luigi Cicognani y Luis Capucci,
exploradores, y Francesco Baracca, nobilísimo mártir, une a ellos
hoy a Agustín Codazzi. Y cuando este volumen vea la luz -qué será
antes de que termine 1959- que la administración del común coloque
una corona de laurel en la pequeña casa del Viale Mazzini. Quizá
aquel día de toda la Emilia y del vecino Polésine concurrirán
otras sombras: Pietro Sacconi y Vitorio Bottego, Giovanni Miani y
Romolo Gessi, Pellegrmno Matteucci y Gustavo Bianchi y Gherardo
Monarí harán cortejo a la memoria de Agustín Codazzi ante la casa
en donde nació; y quizá de la vecina Massalombarda venga también la
sombra de Constante Ferrari -ya no enfadado- para pedir perdón y
alegrarse con el amigo.
Captura de las islas frente al istmo
- Descripción de Santa Catalina y de la vieja Providencia, clima y
producciones - Fortificaciones construidas - Un huracán arroja
sobre la costa todos los navíos - Horribles consecuencias
Expedición de Mc Gregor a Porto Belo - Partida de Providencia y
toma de San Felipe y de Isabel en el Golfo Dulce - Botín recogido y
captura de un brick de guerra - Aviso a la Valija y partida para la
Isla de Cuba - Captura de varios barcos de guerra y arribo a
Jamaica - Mi destinación a la costa firme - Amenaza de Aury frente
a Porto Belo y regreso a la vieja Providencia.
(De la página 177 a la página 202)
Con poco trabajo nos adueñamos de todas las islas
(1)
, porque a nuestra llegada los pocos
españoles que allí estaban habían emprendido la huida, de modo que
sin disparar un tiro nos hicimos dueños de la isla de Providencia y
de Santa Catalina, separada de aquella por un pequeño brazo de
mar, las cuales entre las dos forman un puerto grande, profundo y
hermoso, con posiciones aptas para fortificarse. Antiguamente los
españoles tenían allí un puesto militar que servía de prisión a
todos los que eran considerados delincuentes por el gobierno de
Panamá. Fue de aquí, luego. de haberlas conquistado, de donde el
famoso jefe filibustero Morgan
(2)
, después Gobernador de
Jamaica, sacó los espías y guías para penetrar a Panamá, fue de
aquí de donde envió su vanguardia a tomar el fuerte de Chagres, fue
de aquí de donde partió para introducirse por el río que lleva el
mismo nombre hasta Cruces, de donde pasó a la antigua ciudad de
Panamá a la que tomó y saqueó. A lo lejos se ve un escollo que
tiene la forma de una cabeza y los habitantes dicen que es la de
Morgan.
Los fuertes que los españoles tenían allí habían sido demolidos
y apenas se reconocían los cimientos cubiertos de plantas, de
espinas y de espesa selva. El terreno es montañoso, con pocos
caminos, o mejor senderos, cuyos flancos bordea un arbusto que
llaman en inglés cocksbergh, a causa de las espinas apareadas que
tienen a lo largo de los ramos, semejantes a las espuelas que
tienen los gallos. Hay nidos de ciertas hormigas de la misma
especie de las nuestras, que tiran un poco al rosado, las cuales
con solo que el transeúnte mueva una hoja, se precipitan a
millares sobre él y penetran hasta la piel mordiendo con tanta
fuerza que quedan allí muertas. El dolor que produce su mordedura
y la inflamación que causan hacen que un hombre en estos bosques no
pueda resistir una hora sin morir de espasmo y de dolor. Estos
animales eran nuestros mejores aliados y los mejores centinelas,
ya que así estábamos seguros de que el enemigo se vería obligado a
presentarse por los pequeños canales, pues no podría atacarnos por
la espalda a través de los bosques y de los montes. Varios ríos
corren en esta isla y llevan siempre un agua cristalina y buena.
Había establecidas allí muchas habitaciones de colonos, la mayor
parte ingleses, con una gran cantidad de negros que cultivaban el
café, el algodón, el azúcar, el maíz, el tabaco, el banano, la
mandioca, la yuca
(3)
, el ñame
(4)
, las patatas, el anón, el mango
(5)
, la piña, la papaya, el tamarindo, el
pimiento
(6)
, las naranjas, las sandías, el ají, el
coco; encuéntranse también la palma de abanico, el guayacán, el
manzanillo, el mangle y las lianas, especie de plantas parásitas
que se enredan en torno a los árboles, salen por encima de la copa
y caen perpendicularmente a tierra, donde arraigan y se enredan a
otras ramas y aun se entretejen transversalmente, de manera que
los bosques parecen entrelazados por estas plantas, que los hacen
impenetrables, pues hay algunas que tienen tres palmos de grueso.
De ellas se sirven para hacer las casas y las más pequeñas, o su
corteza, sirven para cualquier cosa, pues son muy fuertes y hacen
muy bien las veces de cuerdas. Las habitaciones parecen pequeñas
poblaciones formadas de cabañas entretejidas con aquellas lianas
para que el aire entre por todas partes y cubiertas de paja que es
la hierba llamada chinca, que crece espesa y más alta que un hombre
y medio, y es semejante a nuestra avena. Sin embargo no produce
ninguna espiga
(7)
y cuando está todavía verde es muy del
gusto de los caballos que con ella, sin necesidad de avena, se
mantienen bien gruesos y robustos. El mobiliario de las casas de
los negros consiste en una cama, formada por cuatro horquetas
clavadas en tierra sobre las cuales se colocan dos palos que
sostienen otros muchos en forma de parrilla amarrados con liana,
encima se coloca un colchón de hojas de banano secas amarradas
entre sí, cubierto por encima con una estera que completa el
lecho.
Un banquillo de leño y varias totumas
(8)
, que son
una especie de calabaza que produce un árbol de ese nombre. Hacen
un fogón en medio de la pieza formado por dos o tres piedras y el
humo sale por donde puede, ya que las paredes son una especie de
tejido de cesta. Las casas de los patronos se elevan en medio de
las cabañas de los negros y son todas de manera bastante bien
construidas, con puertas y ventanas, sillas y un
scibot
(9)
.Que es una especie de credencia
sobre la cual hay una gran cantidad de vasos de todos los tamaños,
botellas de licores fuertes, azucareras y limonadas siempre listas,
de modo que apenas se entra en su casa lo conducen a uno
inmediatamente al
scibot y es necesario beber con el patrón.
Esta costumbre viene de los colonos ingleses, grandes amigos de los
licores espirituosos, que hacen de ellos un uso inmoderado a pesar
de estar en climas tan ardientes. Los colonos son en su mayor parte
criollos de Jamaica y mucha gente de color. Tienen sus mujeres
según la costumbre de las Antillas, es decir como mancebas, porque
así lo exigen las circunstancias. El aire es sano y saludable y el
clima bastante cálido si no fuera refrescado por la continua brisa
marina.
En los bosques se encuentra una gran cantidad de tórtolas y
palomas salvajes, así como la iguana, especie de lagartija grande.
Estas son tan agradables que las llaman las gallinas de
Providencia, pues se pueden comparar con ellas por el color y
sabor de su carne. Los peces son abundantes en los alrededores de
los vecinos escollos, que rodean por completo a Providencia y
Catalina. Se extienden por varias leguas en todos los sentidos de
modo que de noche no hay peligro de ser sorprendidos jamás por el
enemigo.
Estas islas eran ciertamente para nosotros los mejores puestos
de avanzada y los más aptos para el espionaje que hubiéramos
podido desear. La entrada al puerto es estrechísima y se necesita
de un hombre bien práctico o del piloto de la isla para tomarla, de
lo contrario se corre el peligro de chocar contra los escollos que
apenas se alcanzan a ver a flor de agua; en el lugar por donde
deben pasar los barcos, que queda del lado de la isla Catalina, se
fabricó un fuerte al que dimos el nombre de Libertad y que tenía
cerca una batería llamada la Nacional; frente al fuerte, sobre la
punta más avanzada de la isla Providencia, se levantó un reducto
llamado la Muerte y más arriba el fuerte Inexpugnable, sobre la
cresta de un monte detrás del cual había un campamento del mismo
nombre. Hacia el sudeste de la isla había otro campo llamado el
Americano con buenos reductos y fortificaciones y entre los dos se
puso otra batería llamado el Rayo, con el reducto del Relámpago que
defendía el camino de tierra. Yo fui el encargado de los trabajos
de las varias fortificaciones y también mi compañero se ocupó en la
terminación de las mismas sin ahorrar celo, actividad ni fatigas.
Una gran cantidad de negros habitantes de las islas trabajaba junto
con todos los soldados y oficiales, de modo que en poco tiempo
donde antes había bosques se vieron reductos, baterías y
fortificaciones con cañones de grueso calibre
(10)
.
Entre tanto tuvimos noticia del campamento de asilo formado por
el general Lallemand
(11)
, en la isla del
Galveston en el golfo de Méjico, por lo que Aury envió
inmediatamente un barco con despachos para el general invitándolo a
que con todos aquellos valientes sé uniera a él, pues de buen grado
y a justo título le daría un comando de tropas de tierra, para que
obraran conjuntamente en la liberación de la Nueva Granada; pero
el general Lallemand que tenía un plan muy distinto, no quiso
aceptar .;. tuvo pues que abandonar aquel lugar y sacrificar a los
infelices que estaban con él. Mientras que en Providencia todo era
movimiento y trabajo para hacer de ella un lugar de defensa y una
plaza fuerte, un terrible huracán vino a ponernos en la más triste
situación, En una noche fueron arrancadas todas las anclas y los
barcos sin defensa fueron arrojados contra la costa, algunos hasta
a cincuenta pasos de la playa. El mar aterraba con su mugir y las
olas llegaron hasta un punto que jamás hablan alcanzado. Una lluvia
torrencial y continua acompañada de truenos y de continuos
relámpagos hacía aún más pavorosa la intemperie. Muchas barracas
fueron echadas a tierra por el viento, muchos árboles arrancados, y
algunas de las fortificaciones comenzadas quedaron arruinadas. El
viento y la lluvia duraron 12 días seguidos, por lo cual las
llanuras inferiores se convirtieron en valles, los ríos inundaron
los campos y por la abundancia del agua y el ímpetu del viento era
imposible salir al aire libre. Pero los efectos de este terrible
golpe no se limitaron a esto. Quedamos reducidos al extremo por una
epidemia que sobrevino, causada por el mismo huracán y por la gran
humedad, motivo por el cual, habiendo caído todos enfermos uno en
pos de otro en pocos días, no teníamos quien nos socorriera con
medicinas, las que se habían perdido en los barcos o habían sido
arruinadas por las aguas saladas, ni quien nos prestara ningún
servicio, porque estábamos todos moribundos y los habitantes
estaban en la misma situación. Efectivamente escaseaban los víveres
y en vez de los que nos habían enviado de Jamaica en 3 barcos, no
vimos arribar sino a unos pocos hombres salvados del naufragio,
porque el huracán los había sorprendido a poca distancia y se
habían hundido.
El hambre, la enfermedad, la humedad, la falta de atención, nos
hacían morir como moscas. No había quien recogiese los muertos ni
quien los enterrase. Estábamos todos en un estado general de
abandono y los pocos que tenían valor para despreciar el mal e ir a
buscar con qué sustentarse, era imposible que repartieran con sus
compañeros lo que habían encontrado. Hasta las hierbas que
comíamos cocidas sin sal, eran causa de litigios y disgustos y un
día por un puñado de ellas arrojé sobre el fuego a un amigo que me
las había arrebatado, tanto puede hacer perder el hambre, a un
hombre oprimido por la enfermedad, cualquier sentimiento de
amistad y de humanidad. Además de las fiebres pútridas que nos
hacían perder el sentido y caer en la apoplejía, nos atacaba la
fiebre amarilla pestilencial. Se agregaba a ellas el mal del pian,
que se declaraba externamente como una especie de gangrena lenta y
superficial que hacía caer los miembros a pedazos y sin dolor. Las
lesiones en las piernas eran comunes y casi todos presentábamos
llagas que en seguida engendraban gusanos. A veces al cicatrizar
demasiado pronto gangrenaban las vísceras y, cuando el enfermo se
creía restablecido, lo atacaba una fiebre inflamatoria que lo
reducía a la muerte. A todos estos males se agregaba una cantidad
de animales, que parecía que por causa de la estación se hubieran
congregado todos en la isla.
Una especie de escarabajo del color de la chinche y de olor
desagradable llamado cucaracha
(12)
o
ravets, andaba por todas partes y día y noche se encontraban en tal
cantidad que no se podía dormir porque caían de todas partes sobre
la cara. Los escorpiones anidaban en las camas, hechas de hojas de
banano y cubiertas de esteras como las de los negros, lo mismo que
el ciempiés amarillo y gris, venenosos ambos y asquerosos. El
remedio contra las picaduras del primero era aplastarlo sobre la
herida, pues sus entrañas servían de contraveneno. Las picaduras
del otro se curaban bañando la parte herida con aguardiente, pero
no se escapaba a la fiebre. Los sapos y los ratones entraban por
todas partes y llenaban las piezas, junto con los crappes
(13)
, parecidos a gruesos cangrejos de una
especie ya conocida; giraban por todas partes durante la noche
chillando y lamentándose como si fueran hombres. Las arañas de
cuerpo enorme, unas peludas, otras rojizas y todas venenosas,
cubrían en un momento todas las pajas que servían de lecho y con
sus telas ocupaban toda la casa. Las hormigas rojizas y de cuerpo
pequeño andaban por todas partes y no se podía salvar un poco de
azúcar sino dentro de vasos rodeados de agua. Los piojos de bosque
parecidos a una hormiga blanca, que formaban sus nidos en las
casas y en los árboles a la manera de las avispas, destruían en un
momento la ropa blanca. Se agregaban las niguas
(14)
, pequeñísimo e imperceptible insecto
que se introduce en los dedos de los pies y de las manos, y
especialmente debajo de las uñas, donde se acomodan y forman un
receptáculo que en dos días crece del tamaño de un garbanzo, si no
se la saca en seguida, pues procrean otros tantos insectos que se
difunden por toda la carne y pronto la reducen a gangrena, motivo
por el cual con frecuencia ocurre que se deben cortar los pies y
las mismas piernas; los negros las conocen bien y cuando alguno
sufre de ellas, se apresuran a sacarlas con un palillo aplicando a
la parte ceniza caliente de tabaco
(14-bis)
. Atormentados en tal forma por el
clima, las enfermedades y los insectos, el hambre y los trabajos,
parecíamos otros tantos cadáveres ambulantes, y yo había perdido
hasta la vista, tanta era la debilidad que me habla asaltado, y si
mi compañero no me hubiera quitado las armas, quizá en la
desesperación hubiera atentado contra mi existencia. Recobré la
vista después de pocos días, me bajaron un poco las fiebres y
comencé a recuperarme, al mismo tiempo que mi compañero, atacado
finalmente por la enfermedad general, se metía en el lecho con los
más terribles síntomas.
Pero la fuerza de su contextura le hizo superar el mal y yo le
ayudé socorriéndolo con lo que en aquellos momentos pude y supe
procurarme. Finalmente entró al puerto un barco cargado de
víveres, pero los pocos marineros que se sentían más fuertes que
los demás, cansados de sufrir y perdida toda esperanza en sus
barcos que yacían sobre la costa, lo asaltaron durante la noche y
huyeron en él, junto con la guardia que estaba en la batería de la
Muerte. Fue entonces cuando me tocó, convalesciente aún, ir de
guardia a aquel lugar, donde estuve varios meses y donde no había
más que 4 hombres, que lo mismo que yo eran presa diariamente de la
fiebre. A pesar de ello se trabajaba durante el día haciendo
cartuchos y por la noche vigilando y pescando en los escollos
vecinos para procurarse así un buen alimento. El compañero venía
con frecuencia, a una señal convenida, a la batería para tomar
parte en las abundantes comidas compuestas de un poco de pescado
asado, porque yo temía que si se lo mandaba se lo comieran sus
compañeros, tanta era el hambre que atormentaba a todos. Llegó
finalmente otro barco cargado de tasajo
(15)
, que
son filetes de carne de vaca seca al sol, las cuales amarradas en
haces y seguramente muy viejas, estaban duras como un leño; sin
embargo bien golpeadas contra las piedras y cocinadas en agua, o
sobre las brasas, eran para nosotros un plato delicadísimo. Poco a
poco se recobraron las fuerzas y se empezó a trabajar
indistintamente por todos para desvarar los barcos arrojados por
el agua a la costa; parecía imposible que sin las máquinas y
aparejos necesarios el general Aury hubiera podido mover aquellas
moles. En efecto el capitán de un brick de guerra inglés que llegó
a nuestro puerto juzgó imposible hacerlo sin los elementos de
maniobra aptos para tal operación. Sin embargo los conocimientos de
Aury, su firmeza en la resolución tomada, su coraje en ejecutarla,
su ejemplo en el trabajo, hicieron que por medio de una argana
clavada en tierra se pudieran levantar dos pequeños barcos.
Colocados estos a los lados del barco mayor, sirvieron de apoyo
para levantarlo y lanzarlo a aguas más profundas. Pero no fue
posible levantar los otros, arruinados totalmente, lanzados
completamente a tierra y en pésimo estado. Los tres que se pudieron
aprovechar fueron reparados de la mejor manera posible y ocupados
por los pocos marinos que habían quedado, ya que la mayor parte
había desertado huyendo en pequeñas canoas y arrojándose sobre la
costa [de tierra firme] habitada por indios.
En este interim llegó en un barco el general Mac Gregor
(16)
, el cual dijo que había traído de
Londres un convoy de barcos mercantes con 800 soldados y oficiales
ingleses y cantidad de armas y municiones, que tenía en la isla de
San Andrés, donde nosotros manteníamos una guarnición. Y al
enterarse de que en Providencia estaba el general Aury, había
venido expresamente para combinar con él una operación sobre el
istmo, cuyo objeto era apoderarse de Porto Belo
(17)
, marchar de allí sobre Panamá, y
enarbolar en aquella ciudad el estandarte de la república de Nueva
Granada. Ya había reunido un pequeño congreso de emigrados, a cuya
cabeza estaba un cierto Torres
(18)
de
Cartagena. Este plan [...
(18-bis)
] para enarbolar
la bandera de Buenos Aires para que, dueños del istmo, pudiéramos
más bien obrar de acuerdo con Lord Cochrane y con el general San
Martín, que por el mar del sur se acercaban a Lima, capital del
Perú. Fue gratísima a Aury la inesperada llegada de Mac Gregor y
acordaron hacer la operación juntos, pero Aury necesitaba todavía
un mes para poder salir del puerto, por el mal estado en que se
hallaban sus barcos. Prometió Mac. Gregor esperarlo y entre tanto
regresó a San Andrés. Llegado allí reunió un pequeño congreso, que
no quiso aceptar la dilación, y se decidió partir inmediatamente.
En efecto, sin tener mayores detalles, supimos que todas las
fuerzas de este general se hablan hecho a la vela para Porto Belo.
Es indescriptible el disgusto que tuvo nuestro jefe, pues de hecho
su posición empeoraba de día en día. Le faltaban hombres porque
las enfermedades, el hambre y la deserción habían reducido el
número a sólo 300, casi todos convalescientes. Estaba desprovisto
de víveres por haber tenido la desgracia de perder los 3 barcos
que el Ministro le había enviado desde Jamaica. Por último,
habiendo tenido conocimiento en aquel establecimiento inglés de
nuestro miserable estado, por informe que llevó un brick de guerra
que había venido a Providencia, ocurrió que el Ministro no
encontraba ya quien le facilitase medios para proseguir sus
operaciones, y, lejos de Buenos Aires, no sabía cómo obtener
socorros para una expedición casi aniquilada y perdida.
Si los españoles hubieran venido entonces a atacarnos
seguramente nos hubieran destruido, porque teníamos pocas
municiones y apenas podíamos sostener las armas en la mano, pero
quizá creyeron que no seríamos capaces de reponemos y que nos
veríamos obligados a desbandamos como la tropa del general
Lallemand. Por esto Aury no cesaba de acelerar los trabajos y la
reparación de los barcos, de modo que lo mejor que se pudo quedaron
en estado de volver al mar. Una orden del día dispuso la salida y
se embarcaron 120 hombres entre soldados y oficiales con poco más
de 100 marineros, dejando en la isla 60 personas, casi todas
enfermas y llenas de llagas. El valeroso coronel Hirving, que se
había distinguido en Amelia, encontró la muerte en Providencia. El
teniente coronel Faiquere quedó como gobernador de la isla y el
teniente coronel Garbans como comandante de la tropa. Navegábamos
con viento de popa cuando encontramos un barco inglés que hacía
parte de los transportes del general Mac Gregor, por el que supimos
que este había desembarcado felizmente en Porto Belo y que,
después de un combate de algunas horas, había quedado dueño de los
tres fuertes que defienden la ciudad y el puerto; que en vez de
marchar inmediatamente con sus tropas victoriosas sobre Panamá se
había detenido ocho días en la ciudad conquistada, de la que
habían huido todos los habitantes, por lo que los soldados se
habían entregado al saqueo y a la embriaguez. Los oficiales que los
comandaban eran en su mayor parte jóvenes inexpertos, que habían
comprado los grados en Londres, pero que eran incapaces de frenar
la insubordinación. Su demora en moverse, la poca subordinación
que reinaba, dieron tiempo al general español Santa Cruz para
sorprenderlos durante la noche y hacer una carnicería, obligando a
los pocos que estaban en los fuertes a rendirse como prisioneros de
guerra. Mac Gregor debió su salvación a que sabía nadar, pues se
arrojó al mar. y alcanzó un barco inglés, y fue así el único que
pudo huir de aquella horrible catástrofe. La noticia desagradó
mucho a todos y especialmente a Aury, quien sabia que tenía que
actuar sobre el istmo y que se vería obligado a combatir con gente
ensoberbecida por el completo éxito que había tenido sobre Mac
Gregor. Continuamos nuestra navegación alejados de las aguas de
Honduras y cerca del golfo de este nombre un viento horrible nos
rompió los dos árboles de gavia. El Comodoro Parker quería reparar
en el Puerto de La Valija, establecimiento inglés sobre la costa de
Yucatán, pero Aury se opuso vivamente diciendo que todos sus
hombres desertarían y que se vería obligado a vender el barco para
repararlo. En efecto creo que no tenía un centavo, así que nos
acercamos a una isla desierta llamada El Triángulo
(19)
, cubierta de espesos bosques, donde
se cortaron los árboles necesarios y en pocos días, sin ningún
gasto, estuvimos listos. Entre tanto, cada uno se ocupaba en la
pesca y trataba de cazar tortugas que venían a depositar hasta 200
huevos cada una en aquella playa. Era necesario ser muy listos para
que no corrieran al agua; entonces se las capturaba y se les ponía
patas arriba; como no podían ya huir nos servían de plato delicado
y pude observar que su carne cortada en pedazos pequeños todavía
palpitaba después de 24 horas. Habiendo partido de aquella isla
andábamos a la vela sin un plan fijo, cuando una de nuestras
goletas capturó una barqueta de vela latina con los dos hombres
que la conducían, los cuales fueron llevados ante el general.
Sometidos a interrogatorio dijeron que eran del río San Felipe, que
llevaban zarzaparrilla a La Valija
(20)
; y
habiéndoseles averiguado por las fuerzas españolas que había en
aquel río y por la posición del mismo, se decidió en seguida
apoderarnos de él. Este río desemboca en el fondo del golfo de
Honduras
(21)
, después de atravesar altas montañas
cubiertas de bosques impenetrables. La vigía que se encuentra en
la desembocadura estaba compuesta de un cañón de a seis con 30
soldados (tienen el nombre de vigía las avanzadas que están en la
desembocadura y a lo largo de los ríos). Nos acercamos hasta el
cabo Tres Puntas, donde anclamos, y de allí fue despachado un
ayudante de campo de Aury con una compañía formada por 3 oficiales,
un tambor y 16 hombres. Debía antes de sorprender el puesto
(quizá.., debía ir adelante para sorprender el puesto) avanzado,
pero por la fuerza de la corriente y no conocer muy bien la
posición, se encontró frente a la vigía cuando el sol ya estaba
alto. Los enemigos empezaron a cañonearlo; echó pie a tierra y a
través del bosque les salió por la espalda, de modo que, dejando
el cañón, huyeron en sus piraguas para llevar la noticia al fuerte,
distante 25 millas. Fuimos enviados en seguida el compañero y yo,
con otra compañía bajo mi mando, en refuerzo de la precedente y al
día siguiente llegó el general con toda la división. La dividió en
tres columnas de 2 compañías cada una y les dio el comando a los
jefes de cuerpo Ferrari, Vals y Marcelin; sumaban en total 120
hombres. Nos metimos por este rápido río, tan ancho como la mitad
del Po, encajonado entre montañas sobre las que señorean antiguas
selvas, en cuyas ramas juegan los macacos y los monos, que parecían
correr todos a ver nuestras barcas maniobradas por soldados
vestidos de rojo y sobre las que campeaban banderas ondeantes.
Manadas de papagayos pasaban sobre el río, que por su situación
es majestuoso. En algunos lugares corre por entre altas rocas de
pura piedra que parecen hechas artificialmente y que esconden en la
parte inferior amplias grutas en las que el agua murmura. La fuerza
con que se precipita la corriente es tan impetuosa que, habiendo
salido por la mañana, sólo por la tarde llegamos a mitad del
camino, donde terminan las montañas doblándose a derecha e
izquierda y abren un lecho más anche, que de tanto en tanto da
lugar a pequeñas isletas, en torno a las cuales se expande el río y
forma un amplio valle, cuyo suelo pantanoso está cubierto de altas
hierbas que impiden saltar a tierra. Los dos españoles prisioneros
eran nuestros guías y pensábamos antes de amanecer atacar el
fuerte, a cuya presencia no llegamos sino a las siete de la
mañana. Examinada con el anteojo la posición por el general, que
había avanzado en su canoa, hizo saber a sus soldados que el lugar
para saltar a tierra era al pie de una batería que se descubría a
simple vista bastante bien. En efecto, dadas las instrucciones y
puestas todas las barcas en batalla a una cierta distancia unas de
otras, al sonido de los tambores y de la música y con los gritos de
¡ Hurra! nos dirijimos contra el castillo y contra el reducto,
armado de 12 piezas de artillería de a 24, que nos hacían un fuego
bastante vivo pero ineficaz por la poca experiencia de los
cañoneros. La fuerza de la corriente del agua, el cansancio de los
marineros que remaban, el temor del peligro y el hambre que los
dejaba sin fuerzas, hizo que durante dos horas estuviéramos bajo
un fuego de los más vivos que se puedan dar. Finalmente los
pequeños cañones que llevábamos a la proa de las barcas comenzaron
a hacer fuego y, habiéndome adelantado yo con la mía sobre el
flanco del reducto, hice también una descarga con tal suceso que
los enemigos se dieron a la fuga y abandonaron el reducto. Mi
compañero y yo fuimos de los primeros en entrar y unidas nuestras
escasas fuerzas arrastramos hasta una altura un cañón para hacer
fuego contra el castillo, que al momento se rindió. Sin
interrupción emprendimos la persecución de los fugitivos y fue
alcanzado un buen número de ellos. El lugar fue entregado al saqueo
y los soldados, hambrientos desde hacía mucho tiempo, encontraron
con qué saciarse. Al amparo del castillo había dos goletas inglesas
cargadas de añil y de cincuenta mil piastras de algodón en rama,
que debían llevar a la vigía
(22)
para que un barco de
guerra que había en la plaza de Omoa los transportase a Cádiz. Esto
era el monto total de las contribuciones de la capitanía de
Guatemala, que debía pasar al tesoro real y que el gobernador,
haciendo un buen negocio de acuerdo con el comandante del brick de
guerra, mandaba en géneros para realizarlos en Cádiz. Pero el plan
le falló y, habiendo sabido además que en la ciudad de Isabela,
distante 12 leguas, en el golfo Dulce, estaba el resto de la carga
en la aduana real, el general Aury hizo descargar inmediatamente
las dos goletas y envió con ellas a Ferrari, a cuyas órdenes estaba
yo con 2 compañías, con un total de 40 hombres
(23)
. Dicha ciudad se encuentra a la
orilla derecha del grande y profundo lago, el cual recibe una gran
cantidad de ríos que hacen que sus aguas sean muy dulces, y es el
lugar a donde llegan las mulas de carga que transportan las
mercaderías por tierra a Guatemala. Su población será de unas
2.000 almas y a dos días de camino hay una ciudad que puede poner
en armas a un millar de hombres. Desplegamos las velas al caer el
sol y antes del amanecer estábamos en Isabela, pero el terror nos
había precedido y los fugitivos de San Felipe habían inducido a
los de Isabela
(24)
, a
abandonar el lugar. No encontramos sino a un solo hombre, quien nos
dijo que el gobernador había partido durante la noche con muchas
mulas cargadas de dinero, por lo cual, habiendo tomado 5 caballos
que encontramos allí, me puse a perseguirlo por la vía de
Guatemala con cuatro valientes compañeros, pero como a medio día
no lo habíamos alcanzado, me decidí a retroceder, reconociendo al
mismo tiempo los alrededores del lugar. Mientras tanto mi compañero
había hecho cargar todo lo que había en la aduana y, como quedaba
todavía algo, escribió al general que esperaría el regreso de una
goleta para cargar el resto y regresar. Tuvimos pues que quedarnos
aquí tres días sin posibilidad de atravesar el golfo por falta de
embarcación y si los españoles hubieran sido un poco más atrevidos
hubiéramos estado perdidos. Finalmente llegó la goleta, se embarcó
todo y cuando llegamos a San Felipe el general partió con todo el
resto y dejó nuestra columna en esta plaza por 4 días. Al quinto
nos vino la orden de retirarnos y Ferrari hizo volar una parte del
castillo, clavar los cañones y destrozar los orejones de los
mismos, quemar todos los afustes, arrojar al agua las municiones
que no se podían transportar y destruir totalmente el reducto.
Teníamos una gran cantidad de prisioneros militares que fueron
distribuidos entre nuestros tres barcos, que iban bien cargados
con 1.800 balas de añil. Con este pingüe botín nos encaminamos a
La Valija, habiendo perdido un solo hombre por enfermedad, el viejo
comodoro Packer, que fue sepultado en el lugar de la vigía. Lo
remplazó en el comando Boyer, nativo de Burdeos, hombre
experimentado y quien en un combate había salido con un muslo
destrozado. Estábamos todavía en el golfo de Honduras cuando nos
encontramos con el brick de guerra español que venía a recoger la
carga. Verlo y reconocerlo fue una sola cosa, entonces enarbolamos
la bandera inglesa para que se acercara a nosotros sin sospecha,
pero apenas estuvo a una distancia que no le permitía ya huir,
enarbolamos la bandera de Buenos Aires y con repetidas descargas y
con un fuego vivo nos acercábamos para abordarlo, cuando
sorprendido y confuso, e incapaz de defenderse, se rindió. Era tan
hermoso y ligero este barco que el general quiso montarlo y le dio
el nombre de Marte y los prisioneros se repartieron entre los
cuatro barcos, con los cuales entramos al puerto de La Valija,
donde fuimos muy bien recibidos por el gobernador inglés. Esta
nación ha obtenido permiso de España para establecer en la costa de
Yucatán, en este lugar, un establecimiento para aserrar los
inmensos bosques de caoba
(25)
y de otras maderas
menos preciosas.
Allí tienen dos barcos de guerra y 500 hombres de guarnición.
La Valija está toda construida de madera y en piedra no hay sino la
escollera que protege al pequeño pero profundo y seguro puerto. Los
habitantes son en su mayoría gentes de colar y se encuentran pocos
blancos. En este establecimiento hay muchos almacenes de toda clase
de mercancías, de modo que con el tiempo puede llegar a ser de
alguna importancia. Allí hicimos buenas provisiones y la fortuna,
que empezaba a sonreírnos, nos procuró también muchos reclutas, de
los que teníamos necesidad para vigilar a los prisioneros. Zarpamos
de La Valija y ya habíamos pasado el cabo San Antonio y veníamos
por el canal de Bahama
(26)
, cuando en las
cercanías de La Habana encontramos un brick del Rey que iba a
Veracruz a llevar municiones de guerra. Marchaba a la cabeza de
todos el Marte, donde iba Aury, el cual, habiendo visto el barco,
hizo disparar un cañonazo y desplegó la bandera española. La
construcción del navío y las señales de guerra, que habíamos
encontrado, nos dieron a conocer como españoles, pero cuando nos
acercamos nos quitamos la máscara y en menos de lo que se dice nos
hicimos dueños de él. A este barco se le dio el nombre de Tribuno.
Se dividieron de nuevo los prisioneros, y el número era tan grande
que dejamos en tierra a más de 100 en una pequeña isla desierta de
Las Lucayas, conservando con nosotros a los oficiales y a aquellos
marineros que eran criollos o de otra nación, o a quienes parecía
no disgustar la causa de la independencia. Después de recorrer el
canal
(27)
y al llegar al cabo Tiburón
encontramos otro brick de guerra que iba a Cartagena. Le hicimos
las señales, a las que no sólo respondió sino que se acercó, de
modo que pudo darse cuenta del engaño y prepararse para el combate
que duró pocas horas, porque el brick Marte lo abordó e hizo en él
una carnicería; yo también salté con los otros y me introduje en la
cámara, donde un pobre viejo encadenado pedía que le perdonaran la
vida diciendo que era patriota. Lo salvé del furor de los marineros
y lo conduje al general, quien lo acogió muy bien.
Por la correspondencia que llevaba este brick para Cádiz
descubrimos que Bolívar marchaba sobre la Nueva Granada con un
fuerte ejército y que aquel viejo había sido enviado de la cárcel
de Santafe por razones políticas, para que terminara sus días en la
de Ceuta. Se llamaba Ibáñez y por los sucesos posteriores se verá
quien era. A este brick se le dio el nombre de Espartano e
inmediatamente se le envió a las costas de Cartagena para ver si
con sus señales podía engañar a algún otro barco de aquel
apostadero. Así que provisto de buen equipaje se hizo a la vela
para cumplir su destino. Nosotros regresamos a Jamaica donde,
habiendo entrado al puerto de Kingston, descendió el general a
tierra con su estado mayor y allí acordaron con el ministro Cortés
de Madariaga enviar un oficial a la costa firme para conocer el
estado de los negocios internos y los progresos de Bolívar, el
cual, según las cartas interceptadas, parecía que marchaba sobre la
Nueva Granada, o bien para llegar hasta el Océano Pacifico y
concertar con Lord Cochrane un plan para atacar al mismo tiempo él
a Panamá y nosotros a Porto Belo. El oficial destinado para aquella
misión fui yo y recibí todas las instrucciones necesarias. Vestido
de paisano partí en una goleta inglesa con algunas mercancías y
provisto de un pasaporte del cónsul español residente en Jamaica.
Me hice a la vela con toda la división, que antes de volver a
Providencia se presentó delante de Porto Belo y por medio de un
prisionero enviado a tierra hizo saber al general Santa Cruz que en
Jamaica habíamos tenido noticia del mal trato que diariamente
recibían los soldados de Mac Gregor, pues estaban pereciendo todos
por los trabajos y fatigas, y que« si no cambiaba de método y no
los trataba en adelante con más humanidad, estaba resuelto a
mandarle las cabezas de un mayor número de prisioneros, que estaban
en su poder por las capturas hechas en San Felipe e Isabela y en
los tres bricks del Rey. Santa Cruz respondió al soldado pero se
supo luégo que los trataba con más humanidad y que los había
cambiado de las prisiones en las que estaban con el agua a las
rodillas. Después de esta carrera a Porto Belo regresarnos a
Providencia y no se demoró mucho en agregársenos el Espartano, que
había tomado frente a Santa Marta un brick goleta al que puso el
nombre de Neptuno. Esta afortunada expedición fue nuestra suerte,
porque los negociantes ingleses vinieron a comprar el añil y del
valor de este, y de 50.000 escudos capturados en dinero, se dio al
gobierno la mitad y el resto fue repartido entre la división y los
empleados, dividiéndolo en partes de a 150 escudos. Según los
grados se señalaron cierto número de partes, de modo que yo como
capitán recibí seis partes y mi compañero como mayor ocho y así
respectivamente.
Fui nombrado mayor graduado de artillería y despachado en la
goleta inglesa a cumplir mi importante misión.
N. B. Resulta de la hoja de servicio y del titulo de mayor
graduado de artillería, fechado a primero de agosto de 1819, y del
pasaporte del cónsul español en Jamaica para el Chocó, f echado a
10 de julio de 1819.
|
(1)
|
Todas estas islas surgen en el Mar Caribe entre los 810 y 820
de longitud occidental y los 120 y 140 de latitud norte, frente a
las costas de Nicaragua. Santa Catalina está al oeste de la Vieja
Providencia, hoy San Luis de Providencia, San Andrés al S.-SE., y
todavía más al S. Mangle Grande.
En 1915 Vieja Providencia y San Andrés fueron cedidas por
Nicaragua a los Estados Unidos; hoy son de la República de Panamá
[sic]. [Está equivocado el profesor Mario Longhena. Por Real Cédula
del 80 de noviembre de 1803 el archipiélago de San Andrés y
Providencia y la Costa de Mosquitia pasaron de la jurisdicción de
la Capitanía General de Guatemala a la del virreinato de Santa Fe
y provincia de Cartagena. Al sobrevenir la independencia siguieron
la suerte de dicha provincia y pasaron a pertenecer a la actual
república de Colombia, de cuyo territorio forma parte hoy el
archipiélago de San Andrés y Providencia. Jamás, ni Nicaragua, ni
menos Colombia, han cedido las islas de San Andrés y Providencia a
los Estados Unidos. Tampoco Panamá ha pretendido soberanía sobre
dicho archipiélago. Nota del traductor].
|
|
(2)
|
Es el famoso Enrique Morgan (1685-1688), quien en pocos años y
a la cabeza de una escuadrilla de naves ligeras, realizó terribles
gestas piratescas en estos mares, devastando y saqueando a Cuba,
Puerto Príncipe, Portobelo y Maracaibo. Su última empresa, la más
grandiosa, fue la de apoderarse por asalto de Ranchería, cerca de
Cartagena de Indias, apoderarse de la isla de Santa Catalina y
tomar a Panamá, a la que saqueó e hizo incendiar (1671). En 1674,
en un viaje a Londres, fue nombrado por Carlos II gobernador de
Jamaica (v. Exquemeling, Buccaneers of America, 1864).
|
|
(3)
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La yuca, planta monocotiledónea, cuyas raíces son utilizadas
por los indígenas como alimento (es la harina que se saca de la
raíz tostada) y cuyas fibras sirven para fabricar cuerdas.
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(4)
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Tal es el nombre que se da a algunos tubérculos (rizomas
carnosos) de varias especies de
Dios corea, que se cultivan
mucho en los países tropicales. La especie más común es la
Dioscorea alata.
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(5)
|
Mangifera domestica o
Mangifera indica.
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(6)
|
Es el
Capiscum annum, según Codazzi. Pero como la
palabra pimienta o pimiento sirve para indicar cualquier clase de
especias, también son diversas las plantas que las producen. La
principal es la
Pimenta officinalis, una mirtácea de la
América Central y de las Indias Occidentales, siempre verde.
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|
(7)
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Ciertamente no pertenece a la familia de la avena. En su
resumen Codazzi no da ninguna referencia sobre la Chinca, pero cita
un vegetal que llama Chica, al que no identifica.
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(8)
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La calabaza es denominada en italiano zucca.
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(9)
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Nombre de origen desconocido pero del que es inútil buscar de
que lengua ha sido tomado, ya que Codazzi da el significado.
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(10)
|
Véase el mapa de la isla de Vieja Providencia trazado por
Codazzi.
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|
(11)
|
No hay rastros de este episodio en las biografías de Lallemand,
a quien, como ya se dijo (cap. 5, nota 7), se atribuye la fundación
de un campo de asilo en Texas, el cual puede ser este al que alude
Codazzi en la isla de Galveston, destruido por los españoles a
fines de 1818.
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(12)
|
Es probablemente la cucaracha descrita por Codazzi en la p. 226
de su Resumen: "Este animal es fétido y vuela principalmente de
noche, alimentándose de toda clase de comestibles que
encuentra".
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(13)
|
Es el nombre alemán Krabbe un poco modificado.
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(14)
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Es una especie de pulga penetrante
(Rhynchoprion
penetrans), que se encuentra entre los paralelos 290 sur y 800
norte.
v. Brehm, Vida de los animales, vol. 6, p. 455-456. Reclus
(El
Canal de Panamá) denomina a las niguas
¡pulex penetrans.
Dice que la hembra, para depositar sus huevos, penetra
profundamente en la carne del pie, y de preferencia bajo las uñas,
y produce llagas purulentas.
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(14-bis)
|
Reclus-"El canal de Panamá",- menciona además los jejenes,
maringoas, zancudos de largas patas, alúas, tábanos, congos
(tábanos grandes y negros), bravos y rodadores, feroces
carniceros.
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|
(15)
|
Esta palabra aparece notablemente modificada en el original
donde se lee tassan. Se trata del tasajo, que se prepara desde
México hasta el Perú y Chile, y que consiste en tiras de carne
largas y delgadas puestas a secar al sol y espolvoreadas con harina
de maíz o curadas con sal.
|
|
(16)
|
T. Gregorio Mac Gregor fue un escocés que se estableció en 1811
en Venezuela; primero como ayudante de Miranda y luego como general
de caballería participó en las primeras campañas de la
independencia. Vencido Miranda pasó a la Nueva Granada con Bolívar
y estuvo con él hasta 1816, año en que regresó a Europa. Volvió a
Caracas y fue incorporado como general de división. Es famosa su
retirada a través de los llanos. Murió en 1845.
|
|
(17)
|
Pequeña ensenada en la República de Panamá, al NE. de Colón,
cerca de Punta Manzanilla.
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|
(18)
|
No puede tratarse de aquel Camilo Torres, abogado colombiano,
que fue el organizador de las instituciones inmediatamente después
de la rebelión contra España. Habría contradicción en las fechas,
pues los acontecimientos que narra Codazzi son de 1818 y Torres
fue fusilado en 1816. Quizá sea un general Torres [sic, Latorre]
que fue sustituido en 1822 por F. T. Morales en el mando del
ejército realista de Venezuela.
[Carece de toda verosimilitud esta suposición de Longhena. Este es
uno de los casos en que el relato de Codazzi ofrece nombres y
detalles que no corresponden a los hechos históricos. Nota del
traductor].
|
|
(18-bis)
|
[Parece que aquí se omitió en la edición italiana que estamos
utilizando, algún renglón del original manuscrito de Codazzi, pues
la frase, tal como está, resulta poco clara].
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(19)
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Solo a lo largo del Golfo de Campeche surgen algunos escollos
llamados "Arrecifes triángulos", porque aparecen dispuestos en
triángulo. En algunos mapas se distingue el West Triangle del East
Triangle. En otra parte no aparecen ni islas ni escollos con tal
nombre o dispuestos en tal forma.
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(20)
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Es Bélice capital de Hondura Británica, que desde 1850 depende
de Inglaterra.
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(21)
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El San Felipe de que habla Codazzi es el estrecho brazo de mar
que une al golfo Dulce, profunda ensenada del golfo de Honduras,
con el mar. El nombre le viene de la localidad de San Felipe
situada en su basa interna a la izquierda.
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(22)
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Situada, como lo muestra el mapa de Codazzi, a la derecha del
río, no a la orilla del mar sino hacia el interior.
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(23)
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Véase el excelente mapa de Codazzi "Carta della baia de
Honduras, etc.", que se reproduce y anexa a este volumen.
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| (24)
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Hoy Izabal, sobre el golfo Dulce.
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(25)
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Acajú o acayú, madera que produce una especie de
Swietenia
(S. Mahagoni, S. Multijuga), o sea la caoba, que se distingue
según su proveniencia.
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(26)
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Es el Canal de Florida o el Nuevo Canal de Bahamas.
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|
(27)
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La pequeña flota de Aury del Golfo de Honduras por el Canal de
Yucatán y por los dos canales de Bahamas, el nuevo y él viejo,
rodea la isla de Cuba y arriba después a Jamaica por el Paso de
Barlovento. |