INDICE





CAPÍTULO I
Los primeros años — Sus estudios en Lugo — Voluntario del ejército italiano — Hechos de armas — Deja la vida militar.

CAPÍTULO II
En Constantinopla: de aquí va por varios países al báltico y después a Ho­landa — Va a América del Norte — A sueldo, combate a favor de los in­surgentes en el mar de las Antillas — (Sus Memorias) — Precioso conte­nido de estas — Regresa a Italia — En soci

CAPÍTULO III
Regresa a América — 24 de mayo de 1826 — Comandante de artillería — Jefe de Estado Mayor — Se ocupa en la geografía estadística y en el Atlas de Venezuela — A París.

CAPÍTULO IV
La obra geográfica y cartográfica sobre la República de Venezuela.

CAPÍTULO V
Funda la Colonia Tobar — Gobierna la provincia de Barinas.

CAPÍTULO VI
De la República de Venezuela a la de Colombia — Comandante de la Escuela Militar — Iniciación de sus actividades en Colombia —La cuestión del Canal — Su muerte.

CAPÍTULO VII
Memorias Póstumas de Constante Ferrari y de Agustín Codazzi.

CAPÍTULO VIII
Juicio sobre Agustín Codazzi.

CAPÍTULO IX
Llegada a San Blas — datos sobre aquellos indígenas — Partida para el Golfo del Darién y entrada al río Atrato — Descripción del clima, producciones, animales e insectos que se encuentran en el río Atrato — Llegada a la capital del Chocó, noticias sobre l

CAPÍTULO X
Llegada a Santafé de Bogotá y acogida que tuve — Continuación de la campaña de Bolívar después de la toma de Angostura — Expedición de Morillo a Margarita y sorpresa de Calabozo — Bolívar derrotado cerca de Valencia y refugiado en los llanos — Su atrevida

CAPÍTULO XI
Estado de Providencia a mi regreso y de las fuerzas listas para partir, expedición de Ferrari al desaguadero del río San Juan en Nicaragua. Partida de la división para el Chocó. Rendición en Candelaria de una flotilla española. marcha por el Atrato y derr

CAPÍTULO XII
Viaje del general Aury a Santafé por el Magdalena — Descripción del cli­ma, usos y costumbres de estos habitantes, producciones, animales, etc., de estos lugares — Promulgación del armisticio y estado de las fuerzas armadas — Llegada de Bolívar a Santafé

CAPÍTULO XIII
Climas, usos y costumbres de los indios mosquitos y nuestra permanencia entre ellos —Llegada a Providencia y a Cartagena — Capitulación de aquella plaza — Se me confía una expedición para apoderarnos de Omoa y del castillo de San Felipe — Partida en un pe

CAPÍTULO XIV
Llegada a Santo Tomás y su descripción — Partida para la Valija — Comercio en Comayagua y Jamaica — Partida para el Chocó y riesgo corrido — Arribo a la Valija y expedición de mercancías a Trujillo — Pérdida de las mismas — Nuevo comercio en cl golfo Dulc

APÉNDICE
- VIII -
 
 

Juicio sobre Agustín Codazzi.

Queremos en este breve capitulo -el último- esbozar el retrato del hombre a quien se han tributado tantos honores en este primer centenario de su muerte.

Seguramente no añadiré nada a lo que ya se ha escrito, pero lo que he dicho -su mente, su corazón, su nobleza de sentimien­tos, su cultura, la obra realizada, los resultados de su trabajo de cuarenta años- no está recogido sino que se halla disperso, distribuido a lo largo de capítulos y páginas, por lo cual no se­ria inoportuno reunirlo a fin de que su figura de estudioso se­rio y concienzudo, de hombre que hizo progresar los conocimien­tos geográficos y cartográficos, que ilustró países no bien cono­cidos y en parte desconocidos, aparezca íntegra, sin sombras y sin incertezas.

Creemos que como soldado Agustín Codazzi cumplió plena­mente con su deber, sin que nos conste que se haya vanagloria­do de ello. Quizá para él la vida militar fue escuela, en donde adquirió habilidades que le sirvieron después y en donde hizo experiencias que le fueron útiles.

El terreno y su conformación, el arte de representarlo sim­bólicamente, tienen para un soldado grande importancia, y él aprendió a apreciar este valor desde cuando, siendo un joven­zuelo, fue recibido como voluntario en el ejército napoleónico. Lo que entonces adquirió lo acrecentó con su propio estudio y lo llevó a una fineza y perfección completamente modernas.

Nadie podrá afirmar que careciese de coraje; en mar, en tierra, en sus viajes; en las batallas, durante las tempestades, en tierras inhospitalarias, en medio de los peligros de ríos ilímites, en los riesgos afrontados, se mostró siempre como un hom­bre que no conocía el temor, que no se arredraba, que no volvía atrás; arriesgó siempre su vida en las dificultades, sin contem­placiones ni dudas.

Fue, pues, bueno y valeroso soldado, pronto a la obediencia, dispuesto a todas las misiones, sin pretensiones y sin subterfu­gios, desinteresado en materia de grados y de estipendios; pa­recía que la vida militar, que había abrazado voluntariamente y que le agradaba, fuera para él suficiente recompensa con sus riesgos y con su variedad.

No podemos decir que fue un viajero; viajó y vio gran par­te de Europa y más de América; pero no viajó para descubrir sino para estudiar; viajó no para señalar a los hombres tierras nuevas -tanto más que el ochocientos no se prestaba para ta­les actividades en América- sino para dar a las tierras, im­perfecta o mal conocidas, una figura que correspondiera a la realidad. Si no fuese demasiado ambiciosa la comparación -y demasiado honorable para nuestro biógrafo- Codazzi puede aproximarse más a Alejandro Humboldt, con quien tuvo rela­ciones de amistad admirativa, que a los muchos que antes de él se esparcieron por todas partes -en donde quiera que habla algo desconocido- para hacerlas conocer de los demás.

En cambio fue geógrafo con profunda disposición para la Geografía. Conocer una región no vista antes era para él como una fiesta. Llevaba en la sangre la necesidad de ver tierras nue­vas, las cuales mientras más variadas y lejanas eran de las que había visto y conocía, tanto más excitaban su vista y su mente.

Para él las tierras no eran un simple sucederse de superfi­cies planas y ásperas, interrumpidas por valles, que se exten­dían o terminaban en el mar, que siempre habían sido así, sino que ofrecían en sí mismas las causas de su variedad y estaban sujetas a mutaciones; el elemento sólido y el elemento líquido, y la atmósfera que está sobre ellos, con sus infinitos fenómenos, hablan experimentado y continuaban experimentando violentos choques que los modificaban y perturbaban. Además en aque­llas tierras, que parecían inmóviles e inmutables, bullía, en to­das y cada una de sus más remotas partes, una vida ilimitada, vida que era hermoso conocer, y que era necesario estudiar.

Y es así como él, inexperto en tales estudios, agrega la biogeografía a su fervor de investigador.

¡ Cuántos períodos sobre los vegetales y los animales -de los más grandes a los más pequeños- podríamos seleccionar entre los capítulos de sus "Memorias"!

Pero es el hombre el que atrae su pasión de geógrafo; el hombre que, viviendo en una determinada región, la modifica y es modificado por ella; el hombre que, si ahora vive en una tie­rra, ha vivido también en ella en el pasado, pero cuyo pasado, muchas veces mejor que el presente, ha quedado sepultado y quizá en muchos lugares permanecerá siempre sepultado, pri­vándonos de la alegría de conocer cuanto hubo de grande y rico en elevadas manifestaciones.

Pero el hombre no tiene en todas partes los mismos carac­teres, ni la misma civilización, y hé aquí que Codazzi procla­ma el gran principio de la igualdad de derechos de todos ,los hombres.

La antropogeografía es el capitulo que más le llama la atención a Codazzi, porque la antropogeografía es disciplina completa, porque a ella le dan magnífica contribución otras nu­merosas ciencias, todas las que acrecientan la capacidad del hom­bre y su riqueza: la agricultura, la economía, la estadística, la hidráulica y la ingeniería (¿ no fue acaso Codazzi ingeniero en Venezuela y no ha sido señalado como tal?).

Pero no es ahora cuando el hombre ha ocupado aquellas tierras; ha vivido en ellas durante siglos, y por consiguiente tie­ne una historia; y Codazzi no ha olvidado la historia, la histo­ria lejana -y emprende excavaciones y saca a luz signos de artes y de creencias antiguas- y la historia reciente, que se desenvuelve entre dos principios eternos, la sujeción y la li­bertad.

Por consiguiente también la historia se mezclará en sus obras en noble compañía con la geografía.

Pero todo esto no puede representarse sólo con la palabra; se necesita un retrato, una representación, aunque sea pura­mente simbólica. Y hé aquí que Codazzi se hace cartógrafo y cartógrafo de valor.

La cartografía de las dos vastas naciones, Venezuela y Co­lombia o Nueva Granada, le debe profundo reconocimiento. Si desde hace un siglo estas tierras aparecen con una representa­ción más cercana a la realidad, si de ellas hay atlas y mapas que indican todas sus características, ello es mérito de Codazzi.

Y para él los mapas tienen una gran capacidad de repre­sentación; en ellos pueden mostrarse de modo sintético y claro todos los fenómenos: el suelo y sus variedades, los ríos y los ca­minos, las ciudades y la vida dispersa, los cultivos, las riquezas, los cambios.

Además Codazzi, fuera de los símbolos acostumbrados y adoptados ya en su tiempo, creó otros para poder representar cada hecho, cada realidad física y humana.

Se valió también de cartogramas, distribuidos oportuna­mente en planos, que permiten una fácil comparación de los va­rios fenómenos y el parangón, dentro del mismo fenómeno, de los varios accidentes; así la altura de los montes, la longitud de los ríos, la población absoluta y relativa, el área de las tie­rras, aparecen en cifras, o en líneas, o en cuadrados, o en rec­tángulos, con letras, con números.

Diversos son también los símbolos corrientes que emplea y hay una gran variedad de colores para indicar la multiplicidad de los fenómenos estudiados.

Por consiguiente puede considerarse a A. Codazzi como un geógrafo sabio y un cartógrafo de valor; y a tal conocimiento y habilidad ha llegado, no por enseñanza de otros sino por un asiduo estudio, por la experiencia adquirida día a día, por una laboriosidad no común e incansable.

Hay todavía otro aspecto de Codazzi que no quiero dejar en la sombra, el aspecto más digno de ser honrado, porque sur­ge de su carácter recto y de su espíritu equilibrado y noble.

Nació en Romagna, en Lugo; y en Lugo de Romagna no eran entonces desconocidos ciertos sentimientos y ciertas aspi­raciones; también en Romagna y en Lugo la palabra libertad no era entonces una palabra oscura y poco apreciada, y el esfuer­zo de algunos pueblos por la independencia no era movimiento que careciera de admiradores.

 Además Codazzi había combatido con Napoleón, y los ejér­citos napoleónicos, aunque combatían para crear un gran im­perio, donde quiera que iban llevaban ideas nuevas y abatían las viejas ideas. Los viajes le habían dado también ánimo abier­to, por el contacto con tantas gentes diversas y con tantas aspi­raciones.

¿ Y acaso no combatió también en América al lado de los "In­surgentes" contra los españoles, y no buscaban estos Insurgentes la libertad y la independencia contra una España absolutista y opresora?

Codazzi fue pues siempre partidario de aquellos presiden­tes y de aquellos gobiernos que regían los nuevos Estados suje­tos a una carta constitucional y no siguiendo su propia voluntad y muchas veces su propio capricho. Combatió a favor de repú­blicas libres contra las tiranías. Y ni siquiera los hombres gran­des y superiores a su medio tuvieron su apoyo; por el contrario su palabra se elevaba áspera para condenarlos, si más que dado­res de libertad eran creadores de poderes personales.

¿Acaso no dudó en arrojar por la borda 20 años de honrados servicios, más que cincuentenario, ya cansado y con una familia numerosa, para dirigirse a una nueva tierra y recomenzar una nueva vida, con tal de no inclinarse ante un Presidente que ha­bía hecho pedazos la Constitución?

Y cuando era funcionario de la República venezolana, no dudó en estigmatizar en forma sangrienta a las autoridades provinciales y cantonales que, traicionando su deber y desconocien­do todo sentido de humanidad, oprimían fiscalmente y esclavi­zaban a la mísera población. Entonces su palabra resonó clara y severa. Aún para los indígenas tuvo expresiones de conmise­ración y de piedad fraternal. No sé si profesaría alguna religión, ciertamente había en él un noble sentimiento de humanidad que lo hacía condenar a quien olvidara los lazos que, según él, de­bían unir a todos los seres sobre la tierra.

Tal era el científico, tal era el hombre; y Lugo cumple un deber de nobleza tributándole este honor póstumo de publicar su obra juvenil.

Lugo, que ha tenido tantos hijos ilustres, desde Giuseppe Compagnoni, patriota, hasta Luigi Cicognani y Luis Capucci, exploradores, y Francesco Baracca, nobilísimo mártir, une a ellos hoy a Agustín Codazzi. Y cuando este volumen vea la luz -qué será antes de que termine 1959- que la administración del co­mún coloque una corona de laurel en la pequeña casa del Viale Mazzini. Quizá aquel día de toda la Emilia y del vecino Polé­sine concurrirán otras sombras: Pietro Sacconi y Vitorio Bot­tego, Giovanni Miani y Romolo Gessi, Pellegrmno Matteucci y Gustavo Bianchi y Gherardo Monarí harán cortejo a la memoria de Agustín Codazzi ante la casa en donde nació; y quizá de la vecina Massalombarda venga también la sombra de Constante Ferrari -ya no enfadado- para pedir perdón y alegrarse con el amigo.

 

 

Captura de las islas frente al istmo - Descripción de Santa Catalina y de la vieja Providencia, clima y producciones - Fortificaciones construi­das - Un huracán arroja sobre la costa todos los navíos - Horribles consecuencias Expedición de Mc Gregor a Porto Belo - Partida de Providencia y toma de San Felipe y de Isabel en el Golfo Dulce - Botín recogido y captura de un brick de guerra - Aviso a la Valija y partida para la Isla de Cuba - Captura de varios barcos de guerra y arribo a Jamaica - Mi destinación a la costa firme - Amenaza de Aury frente a Porto Belo y regreso a la vieja Providencia.

(De la página 177 a la página 202)

 

 Con poco trabajo nos adueñamos de todas las islas (1) , por­que a nuestra llegada los pocos españoles que allí estaban habían emprendido la huida, de modo que sin disparar un tiro nos hicimos dueños de la isla de Providencia y de Santa Catalina, se­parada de aquella por un pequeño brazo de mar, las cuales en­tre las dos forman un puerto grande, profundo y hermoso, con posiciones aptas para fortificarse. Antiguamente los españoles tenían allí un puesto militar que servía de prisión a todos los que eran considerados delincuentes por el gobierno de Panamá. Fue de aquí, luego. de haberlas conquistado, de donde el famoso jefe filibustero Morgan (2) , después Gobernador de Jamaica, sacó los espías y guías para penetrar a Panamá, fue de aquí de donde envió su vanguardia a tomar el fuerte de Chagres, fue de aquí de donde partió para introducirse por el río que lleva el mismo nombre hasta Cruces, de donde pasó a la antigua ciudad de Panamá a la que tomó y saqueó. A lo lejos se ve un escollo que tiene la forma de una cabeza y los habitantes dicen que es la de Morgan.

Los fuertes que los españoles tenían allí habían sido de­molidos y apenas se reconocían los cimientos cubiertos de plan­tas, de espinas y de espesa selva. El terreno es montañoso, con pocos caminos, o mejor senderos, cuyos flancos bordea un ar­busto que llaman en inglés cocksbergh, a causa de las espi­nas apareadas que tienen a lo largo de los ramos, semejantes a las espuelas que tienen los gallos. Hay nidos de ciertas hor­migas de la misma especie de las nuestras, que tiran un poco al rosado, las cuales con solo que el transeúnte mueva una ho­ja, se precipitan a millares sobre él y penetran hasta la piel mordiendo con tanta fuerza que quedan allí muertas. El do­lor que produce su mordedura y la inflamación que causan hacen que un hombre en estos bosques no pueda resistir una hora sin morir de espasmo y de dolor. Estos animales eran nues­tros mejores aliados y los mejores centinelas, ya que así estába­mos seguros de que el enemigo se vería obligado a presentarse por los pequeños canales, pues no podría atacarnos por la es­palda a través de los bosques y de los montes. Varios ríos co­rren en esta isla y llevan siempre un agua cristalina y buena. Había establecidas allí muchas habitaciones de colonos, la ma­yor parte ingleses, con una gran cantidad de negros que culti­vaban el café, el algodón, el azúcar, el maíz, el tabaco, el bana­no, la mandioca, la yuca (3) , el ñame (4) , las patatas, el anón, el mango (5) , la piña, la papaya, el tamarindo, el pimiento (6) , las naranjas, las sandías, el ají, el coco; encuéntranse también la palma de abanico, el guayacán, el manzanillo, el mangle y las lia­nas, especie de plantas parásitas que se enredan en torno a los árboles, salen por encima de la copa y caen perpendicularmente a tierra, donde arraigan y se enredan a otras ramas y aun se en­tretejen transversalmente, de manera que los bosques parecen entrelazados por estas plantas, que los hacen impenetrables, pues hay algunas que tienen tres palmos de grueso. De ellas se sirven para hacer las casas y las más pequeñas, o su corteza, sirven para cualquier cosa, pues son muy fuertes y hacen muy bien las veces de cuerdas. Las habitaciones parecen pequeñas pobla­ciones formadas de cabañas entretejidas con aquellas lianas para que el aire entre por todas partes y cubiertas de paja que es la hierba llamada chinca, que crece espesa y más alta que un hombre y medio, y es semejante a nuestra avena. Sin embargo no produce ninguna espiga (7) y cuando está todavía verde es muy del gusto de los caballos que con ella, sin necesidad de avena, se mantienen bien gruesos y robustos. El mobiliario de las casas de los negros consiste en una cama, formada por cuatro horquetas clavadas en tierra sobre las cuales se colocan dos palos que sostienen otros muchos en forma de parrilla amarrados con liana, encima se coloca un colchón de hojas de banano secas amarradas entre sí, cubierto por encima con una estera que completa el lecho.

Un banquillo de leño y varias totumas (8) , que son una especie de calabaza que produce un árbol de ese nombre. Hacen un fogón en medio de la pieza formado por dos o tres piedras y el humo sale por donde puede, ya que las paredes son una especie de tejido de cesta. Las casas de los patronos se elevan en medio de las cabañas de los negros y son todas de manera bastante bien construidas, con puertas y ventanas, sillas y un scibot (9) .Que es una especie de credencia sobre la cual hay una gran cantidad de vasos de todos los tamaños, botellas de licores fuertes, azucareras y limonadas siempre listas, de modo que apenas se entra en su casa lo conducen a uno inmediatamente al scibot y es necesario beber con el patrón. Esta costumbre viene de los colonos ingleses, grandes amigos de los licores espirituosos, que hacen de ellos un uso inmoderado a pesar de estar en climas tan ardientes. Los colonos son en su mayor parte criollos de Jamaica y mucha gente de color. Tienen sus mujeres según la costumbre de las Antillas, es decir como mancebas, porque así lo exigen las circunstancias. El aire es sano y salu­dable y el clima bastante cálido si no fuera refrescado por la continua brisa marina.

En los bosques se encuentra una gran cantidad de tórtolas y palomas salvajes, así como la iguana, especie de lagartija grande. Estas son tan agradables que las llaman las gallinas de Providencia, pues se pueden comparar con ellas por el co­lor y sabor de su carne. Los peces son abundantes en los alre­dedores de los vecinos escollos, que rodean por completo a Pro­videncia y Catalina. Se extienden por varias leguas en todos los sentidos de modo que de noche no hay peligro de ser sor­prendidos jamás por el enemigo.

Estas islas eran ciertamente para nosotros los mejores puestos de avanzada y los más aptos para el espionaje que hu­biéramos podido desear. La entrada al puerto es estrechísima y se necesita de un hombre bien práctico o del piloto de la isla para tomarla, de lo contrario se corre el peligro de chocar contra los escollos que apenas se alcanzan a ver a flor de agua; en el lugar por donde deben pasar los barcos, que queda del la­do de la isla Catalina, se fabricó un fuerte al que dimos el nom­bre de Libertad y que tenía cerca una batería llamada la Na­cional; frente al fuerte, sobre la punta más avanzada de la isla Providencia, se levantó un reducto llamado la Muerte y más arriba el fuerte Inexpugnable, sobre la cresta de un monte de­trás del cual había un campamento del mismo nombre. Hacia el sudeste de la isla había otro campo llamado el Americano con buenos reductos y fortificaciones y entre los dos se puso otra batería llamado el Rayo, con el reducto del Relámpago que defendía el camino de tierra. Yo fui el encargado de los tra­bajos de las varias fortificaciones y también mi compañero se ocupó en la terminación de las mismas sin ahorrar celo, actividad ni fatigas. Una gran cantidad de negros habitantes de las islas trabajaba junto con todos los soldados y oficiales, de modo que en poco tiempo donde antes había bosques se vie­ron reductos, baterías y fortificaciones con cañones de grueso calibre (10) .

Entre tanto tuvimos noticia del campamento de asilo for­mado por el general Lallemand (11) , en la isla del Galveston en el golfo de Méjico, por lo que Aury envió inmediatamente un barco con despachos para el general invitándolo a que con todos aquellos valientes sé uniera a él, pues de buen grado y a justo título le daría un comando de tropas de tierra, para que obra­ran conjuntamente en la liberación de la Nueva Granada; pero el general Lallemand que tenía un plan muy distinto, no qui­so aceptar .;. tuvo pues que abandonar aquel lugar y sacrificar a los infelices que estaban con él. Mientras que en Providencia todo era movimiento y trabajo para hacer de ella un lugar de defensa y una plaza fuerte, un terrible huracán vino a poner­nos en la más triste situación, En una noche fueron arrancadas todas las anclas y los barcos sin defensa fueron arrojados con­tra la costa, algunos hasta a cincuenta pasos de la playa. El mar aterraba con su mugir y las olas llegaron hasta un punto que jamás hablan alcanzado. Una lluvia torrencial y continua acompañada de truenos y de continuos relámpagos hacía aún más pavorosa la intemperie. Muchas barracas fueron echadas a tierra por el viento, muchos árboles arrancados, y algunas de las fortificaciones comenzadas quedaron arruinadas. El viento y la lluvia duraron 12 días seguidos, por lo cual las llanuras inferiores se convirtieron en valles, los ríos inundaron los cam­pos y por la abundancia del agua y el ímpetu del viento era imposible salir al aire libre. Pero los efectos de este terrible golpe no se limitaron a esto. Quedamos reducidos al extremo por una epidemia que sobrevino, causada por el mismo huracán y por la gran humedad, motivo por el cual, habiendo caído to­dos enfermos uno en pos de otro en pocos días, no teníamos quien nos socorriera con medicinas, las que se habían perdido en los barcos o habían sido arruinadas por las aguas saladas, ni quien nos prestara ningún servicio, porque estábamos todos moribundos y los habitantes estaban en la misma situación. Efectivamente escaseaban los víveres y en vez de los que nos habían enviado de Jamaica en 3 barcos, no vimos arribar sino a unos pocos hombres salvados del naufragio, porque el hura­cán los había sorprendido a poca distancia y se habían hundido.

El hambre, la enfermedad, la humedad, la falta de aten­ción, nos hacían morir como moscas. No había quien recogiese los muertos ni quien los enterrase. Estábamos todos en un es­tado general de abandono y los pocos que tenían valor para despreciar el mal e ir a buscar con qué sustentarse, era imposi­ble que repartieran con sus compañeros lo que habían encontra­do. Hasta las hierbas que comíamos cocidas sin sal, eran causa de litigios y disgustos y un día por un puñado de ellas arrojé so­bre el fuego a un amigo que me las había arrebatado, tanto pue­de hacer perder el hambre, a un hombre oprimido por la enfer­medad, cualquier sentimiento de amistad y de humanidad. Ade­más de las fiebres pútridas que nos hacían perder el sentido y caer en la apoplejía, nos atacaba la fiebre amarilla pestilen­cial. Se agregaba a ellas el mal del pian, que se declaraba externamente como una especie de gangrena lenta y superficial que hacía caer los miembros a pedazos y sin dolor. Las lesiones en las piernas eran comunes y casi todos presentábamos llagas que en seguida engendraban gusanos. A veces al cicatrizar de­masiado pronto gangrenaban las vísceras y, cuando el enfer­mo se creía restablecido, lo atacaba una fiebre inflamatoria que lo reducía a la muerte. A todos estos males se agregaba una cantidad de animales, que parecía que por causa de la estación se hubieran congregado todos en la isla.

Una especie de escarabajo del color de la chinche y de olor desagradable llamado cucaracha (12) o ravets, andaba por todas partes y día y noche se encontraban en tal cantidad que no se podía dormir porque caían de todas partes sobre la cara. Los es­corpiones anidaban en las camas, hechas de hojas de banano y cubiertas de esteras como las de los negros, lo mismo que el ciem­piés amarillo y gris, venenosos ambos y asquerosos. El remedio contra las picaduras del primero era aplastarlo sobre la herida, pues sus entrañas servían de contraveneno. Las picaduras del otro se curaban bañando la parte herida con aguardiente, pero no se escapaba a la fiebre. Los sapos y los ratones entraban por todas partes y llenaban las piezas, junto con los crappes (13) , parecidos a gruesos cangrejos de una especie ya conocida; gira­ban por todas partes durante la noche chillando y lamentándose como si fueran hombres. Las arañas de cuerpo enorme, unas pe­ludas, otras rojizas y todas venenosas, cubrían en un momento todas las pajas que servían de lecho y con sus telas ocupaban to­da la casa. Las hormigas rojizas y de cuerpo pequeño andaban por todas partes y no se podía salvar un poco de azúcar sino dentro de vasos rodeados de agua. Los piojos de bosque pareci­dos a una hormiga blanca, que formaban sus nidos en las casas y en los árboles a la manera de las avispas, destruían en un mo­mento la ropa blanca. Se agregaban las niguas (14) , pequeñísi­mo e imperceptible insecto que se introduce en los dedos de los pies y de las manos, y especialmente debajo de las uñas, donde se acomodan y forman un receptáculo que en dos días crece del tamaño de un garbanzo, si no se la saca en seguida, pues pro­crean otros tantos insectos que se difunden por toda la carne y pronto la reducen a gangrena, motivo por el cual con frecuen­cia ocurre que se deben cortar los pies y las mismas piernas; los negros las conocen bien y cuando alguno sufre de ellas, se apre­suran a sacarlas con un palillo aplicando a la parte ceniza caliente de tabaco (14-bis) . Atormentados en tal forma por el cli­ma, las enfermedades y los insectos, el hambre y los trabajos, parecíamos otros tantos cadáveres ambulantes, y yo había per­dido hasta la vista, tanta era la debilidad que me habla asalta­do, y si mi compañero no me hubiera quitado las armas, quizá en la desesperación hubiera atentado contra mi existencia. Recobré la vista después de pocos días, me bajaron un poco las fiebres y comencé a recuperarme, al mismo tiempo que mi com­pañero, atacado finalmente por la enfermedad general, se metía en el lecho con los más terribles síntomas.

Pero la fuerza de su contextura le hizo superar el mal y yo le ayudé socorriéndolo con lo que en aquellos momentos pude y supe procurarme. Finalmente entró al puerto un barco carga­do de víveres, pero los pocos marineros que se sentían más fuer­tes que los demás, cansados de sufrir y perdida toda esperan­za en sus barcos que yacían sobre la costa, lo asaltaron duran­te la noche y huyeron en él, junto con la guardia que estaba en la batería de la Muerte. Fue entonces cuando me tocó, convales­ciente aún, ir de guardia a aquel lugar, donde estuve varios meses y donde no había más que 4 hombres, que lo mismo que yo eran presa diariamente de la fiebre. A pesar de ello se trabajaba durante el día haciendo cartuchos y por la noche vi­gilando y pescando en los escollos vecinos para procurarse así un buen alimento. El compañero venía con frecuencia, a una se­ñal convenida, a la batería para tomar parte en las abundan­tes comidas compuestas de un poco de pescado asado, porque yo temía que si se lo mandaba se lo comieran sus compañeros, tanta era el hambre que atormentaba a todos. Llegó final­mente otro barco cargado de tasajo (15) , que son filetes de carne de vaca seca al sol, las cuales amarradas en haces y seguramente muy viejas, estaban duras como un leño; sin embargo bien golpeadas contra las piedras y cocinadas en agua, o sobre las brasas, eran para nosotros un plato delicadísimo. Poco a poco se recobraron las fuerzas y se empezó a trabajar indistin­tamente por todos para desvarar los barcos arrojados por el agua a la costa; parecía imposible que sin las máquinas y apa­rejos necesarios el general Aury hubiera podido mover aque­llas moles. En efecto el capitán de un brick de guerra inglés que llegó a nuestro puerto juzgó imposible hacerlo sin los ele­mentos de maniobra aptos para tal operación. Sin embargo los conocimientos de Aury, su firmeza en la resolución tomada, su coraje en ejecutarla, su ejemplo en el trabajo, hicieron que por medio de una argana clavada en tierra se pudieran levantar dos pequeños barcos. Colocados estos a los lados del barco mayor, sirvieron de apoyo para levantarlo y lanzarlo a aguas más profundas. Pero no fue posible levantar los otros, arruina­dos totalmente, lanzados completamente a tierra y en pésimo estado. Los tres que se pudieron aprovechar fueron reparados de la mejor manera posible y ocupados por los pocos marinos que habían quedado, ya que la mayor parte había desertado hu­yendo en pequeñas canoas y arrojándose sobre la costa [de tie­rra firme] habitada por indios.

En este interim llegó en un barco el general Mac Gregor (16) , el cual dijo que había traído de Londres un convoy de barcos mercantes con 800 soldados y oficiales ingleses y canti­dad de armas y municiones, que tenía en la isla de San Andrés, donde nosotros manteníamos una guarnición. Y al enterarse de que en Providencia estaba el general Aury, había venido expre­samente para combinar con él una operación sobre el istmo, cu­yo objeto era apoderarse de Porto Belo (17) , marchar de allí sobre Panamá, y enarbolar en aquella ciudad el estandarte de la república de Nueva Granada. Ya había reunido un pequeño congreso de emigrados, a cuya cabeza estaba un cierto Torres (18) de Cartagena. Este plan [... (18-bis) ] para enarbolar la bandera de Buenos Aires para que, dueños del istmo, pudiéra­mos más bien obrar de acuerdo con Lord Cochrane y con el general San Martín, que por el mar del sur se acercaban a Li­ma, capital del Perú. Fue gratísima a Aury la inesperada lle­gada de Mac Gregor y acordaron hacer la operación juntos, pero Aury necesitaba todavía un mes para poder salir del puer­to, por el mal estado en que se hallaban sus barcos. Prometió Mac. Gregor esperarlo y entre tanto regresó a San Andrés. Llegado allí reunió un pequeño congreso, que no quiso aceptar la dila­ción, y se decidió partir inmediatamente. En efecto, sin tener mayores detalles, supimos que todas las fuerzas de este general se hablan hecho a la vela para Porto Belo. Es indescriptible el disgusto que tuvo nuestro jefe, pues de hecho su posición em­peoraba de día en día. Le faltaban hombres porque las enfer­medades, el hambre y la deserción habían reducido el número a sólo 300, casi todos convalescientes. Estaba desprovisto de ví­veres por haber tenido la desgracia de perder los 3 barcos que el Ministro le había enviado desde Jamaica. Por último, habien­do tenido conocimiento en aquel establecimiento inglés de nues­tro miserable estado, por informe que llevó un brick de guerra que había venido a Providencia, ocurrió que el Ministro no en­contraba ya quien le facilitase medios para proseguir sus ope­raciones, y, lejos de Buenos Aires, no sabía cómo obtener soco­rros para una expedición casi aniquilada y perdida.

Si los españoles hubieran venido entonces a atacarnos se­guramente nos hubieran destruido, porque teníamos pocas mu­niciones y apenas podíamos sostener las armas en la mano, pero quizá creyeron que no seríamos capaces de reponemos y que nos veríamos obligados a desbandamos como la tropa del gene­ral Lallemand. Por esto Aury no cesaba de acelerar los trabajos y la reparación de los barcos, de modo que lo mejor que se pudo quedaron en estado de volver al mar. Una orden del día dispu­so la salida y se embarcaron 120 hombres entre soldados y ofi­ciales con poco más de 100 marineros, dejando en la isla 60 personas, casi todas enfermas y llenas de llagas. El valeroso coronel Hirving, que se había distinguido en Amelia, encontró la muerte en Providencia. El teniente coronel Faiquere quedó como gobernador de la isla y el teniente coronel Garbans co­mo comandante de la tropa. Navegábamos con viento de popa cuando encontramos un barco inglés que hacía parte de los transportes del general Mac Gregor, por el que supimos que este había desembarcado felizmente en Porto Belo y que, des­pués de un combate de algunas horas, había quedado dueño de los tres fuertes que defienden la ciudad y el puerto; que en vez de marchar inmediatamente con sus tropas victoriosas so­bre Panamá se había detenido ocho días en la ciudad conquis­tada, de la que habían huido todos los habitantes, por lo que los soldados se habían entregado al saqueo y a la embriaguez. Los oficiales que los comandaban eran en su mayor parte jóvenes inexpertos, que habían comprado los grados en Londres, pero que eran incapaces de frenar la insubordinación. Su de­mora en moverse, la poca subordinación que reinaba, dieron tiempo al general español Santa Cruz para sorprenderlos du­rante la noche y hacer una carnicería, obligando a los pocos que estaban en los fuertes a rendirse como prisioneros de gue­rra. Mac Gregor debió su salvación a que sabía nadar, pues se arrojó al mar. y alcanzó un barco inglés, y fue así el único que pudo huir de aquella horrible catástrofe. La noticia desagradó mucho a todos y especialmente a Aury, quien sabia que tenía que actuar sobre el istmo y que se vería obligado a com­batir con gente ensoberbecida por el completo éxito que había tenido sobre Mac Gregor. Continuamos nuestra navegación ale­jados de las aguas de Honduras y cerca del golfo de este nom­bre un viento horrible nos rompió los dos árboles de gavia. El Comodoro Parker quería reparar en el Puerto de La Valija, establecimiento inglés sobre la costa de Yucatán, pero Aury se opuso vivamente diciendo que todos sus hombres desertarían y que se vería obligado a vender el barco para repararlo. En efecto creo que no tenía un centavo, así que nos acercamos a una isla desierta llamada El Triángulo (19) , cubierta de espe­sos bosques, donde se cortaron los árboles necesarios y en po­cos días, sin ningún gasto, estuvimos listos. Entre tanto, cada uno se ocupaba en la pesca y trataba de cazar tortugas que ve­nían a depositar hasta 200 huevos cada una en aquella playa. Era necesario ser muy listos para que no corrieran al agua; en­tonces se las capturaba y se les ponía patas arriba; como no podían ya huir nos servían de plato delicado y pude observar que su carne cortada en pedazos pequeños todavía palpitaba des­pués de 24 horas. Habiendo partido de aquella isla andábamos a la vela sin un plan fijo, cuando una de nuestras goletas cap­turó una barqueta de vela latina con los dos hombres que la conducían, los cuales fueron llevados ante el general. Sometidos a interrogatorio dijeron que eran del río San Felipe, que lle­vaban zarzaparrilla a La Valija (20) ; y habiéndoseles averi­guado por las fuerzas españolas que había en aquel río y por la posición del mismo, se decidió en seguida apoderarnos de él. Este río desemboca en el fondo del golfo de Honduras (21) , después de atravesar altas montañas cubiertas de bosques im­penetrables. La vigía que se encuentra en la desembocadura es­taba compuesta de un cañón de a seis con 30 soldados (tienen el nombre de vigía las avanzadas que están en la desembocadu­ra y a lo largo de los ríos). Nos acercamos hasta el cabo Tres Puntas, donde anclamos, y de allí fue despachado un ayudante de campo de Aury con una compañía formada por 3 oficiales, un tambor y 16 hombres. Debía antes de sorprender el puesto (quizá.., debía ir adelante para sorprender el puesto) avanza­do, pero por la fuerza de la corriente y no conocer muy bien la posición, se encontró frente a la vigía cuando el sol ya estaba alto. Los enemigos empezaron a cañonearlo; echó pie a tierra y a través del bosque les salió por la espalda, de modo que, de­jando el cañón, huyeron en sus piraguas para llevar la noticia al fuerte, distante 25 millas. Fuimos enviados en seguida el com­pañero y yo, con otra compañía bajo mi mando, en refuerzo de la precedente y al día siguiente llegó el general con toda la di­visión. La dividió en tres columnas de 2 compañías cada una y les dio el comando a los jefes de cuerpo Ferrari, Vals y Marce­lin; sumaban en total 120 hombres. Nos metimos por este rápi­do río, tan ancho como la mitad del Po, encajonado entre mon­tañas sobre las que señorean antiguas selvas, en cuyas ramas juegan los macacos y los monos, que parecían correr todos a ver nuestras barcas maniobradas por soldados vestidos de rojo y sobre las que campeaban banderas ondeantes.

Manadas de papagayos pasaban sobre el río, que por su situación es majestuoso. En algunos lugares corre por entre altas rocas de pura piedra que parecen hechas artificialmente y que esconden en la parte inferior amplias grutas en las que el agua murmura. La fuerza con que se precipita la corriente es tan impetuosa que, habiendo salido por la mañana, sólo por la tarde llegamos a mitad del camino, donde terminan las monta­ñas doblándose a derecha e izquierda y abren un lecho más an­che, que de tanto en tanto da lugar a pequeñas isletas, en torno a las cuales se expande el río y forma un amplio valle, cuyo sue­lo pantanoso está cubierto de altas hierbas que impiden saltar a tierra. Los dos españoles prisioneros eran nuestros guías y pensábamos antes de amanecer atacar el fuerte, a cuya presen­cia no llegamos sino a las siete de la mañana. Examinada con el anteojo la posición por el general, que había avanzado en su canoa, hizo saber a sus soldados que el lugar para saltar a tierra era al pie de una batería que se descubría a simple vista bastante bien. En efecto, dadas las instrucciones y puestas to­das las barcas en batalla a una cierta distancia unas de otras, al sonido de los tambores y de la música y con los gritos de ¡ Hu­rra! nos dirijimos contra el castillo y contra el reducto, armado de 12 piezas de artillería de a 24, que nos hacían un fuego bas­tante vivo pero ineficaz por la poca experiencia de los cañone­ros. La fuerza de la corriente del agua, el cansancio de los marineros que remaban, el temor del peligro y el hambre que los dejaba sin fuerzas, hizo que durante dos horas estuviéra­mos bajo un fuego de los más vivos que se puedan dar. Final­mente los pequeños cañones que llevábamos a la proa de las barcas comenzaron a hacer fuego y, habiéndome adelantado yo con la mía sobre el flanco del reducto, hice también una descarga con tal suceso que los enemigos se dieron a la fuga y abandonaron el reducto. Mi compañero y yo fuimos de los pri­meros en entrar y unidas nuestras escasas fuerzas arrastra­mos hasta una altura un cañón para hacer fuego contra el cas­tillo, que al momento se rindió. Sin interrupción emprendimos la persecución de los fugitivos y fue alcanzado un buen número de ellos. El lugar fue entregado al saqueo y los soldados, ham­brientos desde hacía mucho tiempo, encontraron con qué saciarse. Al amparo del castillo había dos goletas inglesas cargadas de añil y de cincuenta mil piastras de algodón en rama, que debían llevar a la vigía (22) para que un barco de guerra que había en la plaza de Omoa los transportase a Cádiz. Esto era el monto total de las contribuciones de la capitanía de Guatemala, que debía pasar al tesoro real y que el gobernador, haciendo un buen negocio de acuerdo con el comandante del brick de gue­rra, mandaba en géneros para realizarlos en Cádiz. Pero el plan le falló y, habiendo sabido además que en la ciudad de Isabela, distante 12 leguas, en el golfo Dulce, estaba el resto de la carga en la aduana real, el general Aury hizo descargar inmediatamente las dos goletas y envió con ellas a Ferrari, a cuyas órdenes estaba yo con 2 compañías, con un total de 40 hombres (23) . Dicha ciudad se encuentra a la orilla derecha del grande y profundo lago, el cual recibe una gran cantidad de ríos que hacen que sus aguas sean muy dulces, y es el lugar a donde llegan las mulas de carga que transportan las mercade­rías por tierra a Guatemala. Su población será de unas 2.000 almas y a dos días de camino hay una ciudad que puede poner en armas a un millar de hombres. Desplegamos las velas al caer el sol y antes del amanecer estábamos en Isabela, pero el terror nos había precedido y los fugitivos de San Felipe ha­bían inducido a los de Isabela (24) , a abandonar el lugar. No encontramos sino a un solo hombre, quien nos dijo que el gober­nador había partido durante la noche con muchas mulas carga­das de dinero, por lo cual, habiendo tomado 5 caballos que en­contramos allí, me puse a perseguirlo por la vía de Guatema­la con cuatro valientes compañeros, pero como a medio día no lo habíamos alcanzado, me decidí a retroceder, reconociendo al mismo tiempo los alrededores del lugar. Mientras tanto mi compañero había hecho cargar todo lo que había en la aduana y, como quedaba todavía algo, escribió al general que esperaría el regreso de una goleta para cargar el resto y regresar. Tuvi­mos pues que quedarnos aquí tres días sin posibilidad de atra­vesar el golfo por falta de embarcación y si los españoles hu­bieran sido un poco más atrevidos hubiéramos estado perdi­dos. Finalmente llegó la goleta, se embarcó todo y cuando lle­gamos a San Felipe el general partió con todo el resto y dejó nuestra columna en esta plaza por 4 días. Al quinto nos vino la orden de retirarnos y Ferrari hizo volar una parte del cas­tillo, clavar los cañones y destrozar los orejones de los mis­mos, quemar todos los afustes, arrojar al agua las municiones que no se podían transportar y destruir totalmente el reducto. Teníamos una gran cantidad de prisioneros militares que fue­ron distribuidos entre nuestros tres barcos, que iban bien car­gados con 1.800 balas de añil. Con este pingüe botín nos enca­minamos a La Valija, habiendo perdido un solo hombre por enfermedad, el viejo comodoro Packer, que fue sepultado en el lugar de la vigía. Lo remplazó en el comando Boyer, nativo de Burdeos, hombre experimentado y quien en un combate había salido con un muslo destrozado. Estábamos todavía en el golfo de Honduras cuando nos encontramos con el brick de guerra espa­ñol que venía a recoger la carga. Verlo y reconocerlo fue una sola cosa, entonces enarbolamos la bandera inglesa para que se acercara a nosotros sin sospecha, pero apenas estuvo a una dis­tancia que no le permitía ya huir, enarbolamos la bandera de Buenos Aires y con repetidas descargas y con un fuego vivo nos acercábamos para abordarlo, cuando sorprendido y confuso, e incapaz de defenderse, se rindió. Era tan hermoso y ligero este barco que el general quiso montarlo y le dio el nombre de Marte y los prisioneros se repartieron entre los cuatro barcos, con los cuales entramos al puerto de La Valija, donde fuimos muy bien recibidos por el gobernador inglés. Esta nación ha obtenido permiso de España para establecer en la costa de Yu­catán, en este lugar, un establecimiento para aserrar los in­mensos bosques de caoba (25) y de otras maderas menos pre­ciosas.

Allí tienen dos barcos de guerra y 500 hombres de guar­nición. La Valija está toda construida de madera y en piedra no hay sino la escollera que protege al pequeño pero profundo y seguro puerto. Los habitantes son en su mayoría gentes de co­lar y se encuentran pocos blancos. En este establecimiento hay muchos almacenes de toda clase de mercancías, de modo que con el tiempo puede llegar a ser de alguna importancia. Allí hici­mos buenas provisiones y la fortuna, que empezaba a sonreírnos, nos procuró también muchos reclutas, de los que teníamos necesidad para vigilar a los prisioneros. Zarpamos de La Valija y ya habíamos pasado el cabo San Antonio y veníamos por el canal de Bahama (26) , cuando en las cercanías de La Habana encontramos un brick del Rey que iba a Veracruz a llevar muni­ciones de guerra. Marchaba a la cabeza de todos el Marte, don­de iba Aury, el cual, habiendo visto el barco, hizo disparar un cañonazo y desplegó la bandera española. La construcción del navío y las señales de guerra, que habíamos encontrado, nos die­ron a conocer como españoles, pero cuando nos acercamos nos quitamos la máscara y en menos de lo que se dice nos hicimos dueños de él. A este barco se le dio el nombre de Tribuno. Se di­vidieron de nuevo los prisioneros, y el número era tan grande que dejamos en tierra a más de 100 en una pequeña isla desier­ta de Las Lucayas, conservando con nosotros a los oficiales y a aquellos marineros que eran criollos o de otra nación, o a quie­nes parecía no disgustar la causa de la independencia. Después de recorrer el canal (27) y al llegar al cabo Tiburón encontramos otro brick de guerra que iba a Cartagena. Le hicimos las señales, a las que no sólo respondió sino que se acercó, de modo que pudo darse cuenta del engaño y prepararse para el combate que duró pocas horas, porque el brick Marte lo abordó e hizo en él una carnicería; yo también salté con los otros y me introduje en la cámara, donde un pobre viejo encadenado pedía que le perdo­naran la vida diciendo que era patriota. Lo salvé del furor de los marineros y lo conduje al general, quien lo acogió muy bien.

Por la correspondencia que llevaba este brick para Cádiz des­cubrimos que Bolívar marchaba sobre la Nueva Granada con un fuerte ejército y que aquel viejo había sido enviado de la cárcel de Santafe por razones políticas, para que terminara sus días en la de Ceuta. Se llamaba Ibáñez y por los sucesos poste­riores se verá quien era. A este brick se le dio el nombre de Es­partano e inmediatamente se le envió a las costas de Cartagena para ver si con sus señales podía engañar a algún otro barco de aquel apostadero. Así que provisto de buen equipaje se hizo a la vela para cumplir su destino. Nosotros regresamos a Ja­maica donde, habiendo entrado al puerto de Kingston, descendió el general a tierra con su estado mayor y allí acordaron con el ministro Cortés de Madariaga enviar un oficial a la costa fir­me para conocer el estado de los negocios internos y los progre­sos de Bolívar, el cual, según las cartas interceptadas, parecía que marchaba sobre la Nueva Granada, o bien para llegar hasta el Océano Pacifico y concertar con Lord Cochrane un plan para atacar al mismo tiempo él a Panamá y nosotros a Porto Belo. El oficial destinado para aquella misión fui yo y recibí todas las instrucciones necesarias. Vestido de paisano partí en una goleta inglesa con algunas mercancías y provisto de un pasa­porte del cónsul español residente en Jamaica. Me hice a la vela con toda la división, que antes de volver a Providencia se presentó delante de Porto Belo y por medio de un prisionero enviado a tierra hizo saber al general Santa Cruz que en Ja­maica habíamos tenido noticia del mal trato que diariamente recibían los soldados de Mac Gregor, pues estaban pereciendo to­dos por los trabajos y fatigas, y que« si no cambiaba de método y no los trataba en adelante con más humanidad, estaba resuel­to a mandarle las cabezas de un mayor número de prisioneros, que estaban en su poder por las capturas hechas en San Felipe e Isabela y en los tres bricks del Rey. Santa Cruz respondió al soldado pero se supo luégo que los trataba con más humanidad y que los había cambiado de las prisiones en las que estaban con el agua a las rodillas. Después de esta carrera a Porto Belo re­gresarnos a Providencia y no se demoró mucho en agregárse­nos el Espartano, que había tomado frente a Santa Marta un brick goleta al que puso el nombre de Neptuno. Esta afortu­nada expedición fue nuestra suerte, porque los negociantes in­gleses vinieron a comprar el añil y del valor de este, y de 50.000 escudos capturados en dinero, se dio al gobierno la mi­tad y el resto fue repartido entre la división y los empleados, dividiéndolo en partes de a 150 escudos. Según los grados se señalaron cierto número de partes, de modo que yo como capi­tán recibí seis partes y mi compañero como mayor ocho y así respectivamente.

Fui nombrado mayor graduado de artillería y despachado en la goleta inglesa a cumplir mi importante misión.

N. B. Resulta de la hoja de servicio y del titulo de mayor graduado de artillería, fechado a primero de agosto de 1819, y del pasaporte del cónsul español en Jamaica para el Chocó, f e­chado a 10 de julio de 1819.

 

 

(1)  Todas estas islas surgen en el Mar Caribe entre los 810 y 820 de longitud occidental y los 120 y 140 de latitud norte, frente a las costas de Nicaragua. Santa Catalina está al oeste de la Vieja Providencia, hoy San Luis de Providencia, San Andrés al S.-SE., y todavía más al S. Man­gle Grande.
En 1915 Vieja Providencia y San Andrés fueron cedidas por Nicara­gua a los Estados Unidos; hoy son de la República de Panamá [sic]. [Está equivocado el profesor Mario Longhena. Por Real Cédula del 80 de noviembre de 1803 el archipiélago de San Andrés y Providencia y la Costa de Mosquitia pasaron de la jurisdicción de la Capitanía General de Gua­temala a la del virreinato de Santa Fe y provincia de Cartagena. Al sobre­venir la independencia siguieron la suerte de dicha provincia y pasaron a pertenecer a la actual república de Colombia, de cuyo territorio forma par­te hoy el archipiélago de San Andrés y Providencia. Jamás, ni Nicaragua, ni menos Colombia, han cedido las islas de San Andrés y Providencia a los Estados Unidos. Tampoco Panamá ha pretendido soberanía sobre dicho archipiélago. Nota del traductor].
(2) Es el famoso Enrique Morgan (1685-1688), quien en pocos años y a la cabeza de una escuadrilla de naves ligeras, realizó terribles gestas piratescas en estos mares, devastando y saqueando a Cuba, Puerto Príncipe, Portobelo y Maracaibo. Su última empresa, la más grandiosa, fue la de apoderarse por asalto de Ranchería, cerca de Cartagena de Indias, apo­derarse de la isla de Santa Catalina y tomar a Panamá, a la que saqueó e hizo incendiar (1671). En 1674, en un viaje a Londres, fue nombrado por Carlos II gobernador de Jamaica (v. Exquemeling, Buccaneers of America, 1864).
(3) La yuca, planta monocotiledónea, cuyas raíces son utilizadas por los indígenas como alimento (es la harina que se saca de la raíz tostada) y cuyas fibras sirven para fabricar cuerdas.
(4) Tal es el nombre que se da a algunos tubérculos (rizomas carno­sos) de varias especies de Dios corea, que se cultivan mucho en los países tropicales. La especie más común es la Dioscorea alata.
(5) Mangifera domestica o Mangifera indica.
(6) Es el Capiscum annum, según Codazzi. Pero como la palabra pimienta o pimiento sirve para indicar cualquier clase de especias, también son diversas las plantas que las producen. La principal es la Pimenta of­ficinalis, una mirtácea de la América Central y de las Indias Occidentales, siempre verde.
(7)  Ciertamente no pertenece a la familia de la avena. En su resumen Codazzi no da ninguna referencia sobre la Chinca, pero cita un vegetal que llama Chica, al que no identifica.
(8) La calabaza es denominada en italiano zucca.
(9) Nombre de origen desconocido pero del que es inútil buscar de que lengua ha sido tomado, ya que Codazzi da el significado.
(10) Véase el mapa de la isla de Vieja Providencia trazado por Co­dazzi.
(11) No hay rastros de este episodio en las biografías de Lallemand, a quien, como ya se dijo (cap. 5, nota 7), se atribuye la fundación de un campo de asilo en Texas, el cual puede ser este al que alude Codazzi en la isla de Galveston, destruido por los españoles a fines de 1818.
(12) Es probablemente la cucaracha descrita por Codazzi en la p. 226 de su Resumen: "Este animal es fétido y vuela principalmente de noche, alimentándose de toda clase de comestibles que encuentra".
(13) Es el nombre alemán Krabbe un poco modificado.
(14) Es una especie de pulga penetrante (Rhynchoprion penetrans), que se encuentra entre los paralelos 290 sur y 800 norte.
v. Brehm, Vida de los animales, vol. 6, p. 455-456. Reclus (El Canal de Panamá) denomina a las niguas ¡pulex penetrans. Dice que la hembra, para depositar sus huevos, penetra profundamente en la carne del pie, y de preferencia bajo las uñas, y produce llagas purulentas.
(14-bis) ­Reclus-"El canal de Panamá",- menciona además los jejenes, maringoas, zancudos de largas patas, alúas, tábanos, congos (tábanos gran­des y negros), bravos y rodadores, feroces carniceros.
(15) Esta palabra aparece notablemente modificada en el original don­de se lee tassan. Se trata del tasajo, que se prepara desde México hasta el Perú y Chile, y que consiste en tiras de carne largas y delgadas puestas a secar al sol y espolvoreadas con harina de maíz o curadas con sal.
(16) T. Gregorio Mac Gregor fue un escocés que se estableció en 1811 en Venezuela; primero como ayudante de Miranda y luego como general de caballería participó en las primeras campañas de la independencia. Ven­cido Miranda pasó a la Nueva Granada con Bolívar y estuvo con él hasta 1816, año en que regresó a Europa. Volvió a Caracas y fue incorporado como general de división. Es famosa su retirada a través de los llanos. Murió en 1845.
(17) Pequeña ensenada en la República de Panamá, al NE. de Colón, cerca de Punta Manzanilla.
(18) No puede tratarse de aquel Camilo Torres, abogado colombiano, que fue el organizador de las instituciones inmediatamente después de la rebelión contra España. Habría contradicción en las fechas, pues los acon­tecimientos que narra Codazzi son de 1818 y Torres fue fusilado en 1816. Quizá sea un general Torres [sic, Latorre] que fue sustituido en 1822 por F. T. Morales en el mando del ejército realista de Venezuela.
[Carece de toda verosimilitud esta suposición de Longhena. Este es uno de los casos en que el relato de Codazzi ofrece nombres y detalles que no corresponden a los hechos históricos. Nota del traductor].
(18-bis) [Parece que aquí se omitió en la edición italiana que estamos utilizando, algún renglón del original manuscrito de Codazzi, pues la fra­se, tal como está, resulta poco clara].
(19) Solo a lo largo del Golfo de Campeche surgen algunos escollos llamados "Arrecifes triángulos", porque aparecen dispuestos en triángulo. En algunos mapas se distingue el West Triangle del East Triangle. En otra parte no aparecen ni islas ni escollos con tal nombre o dispuestos en tal forma.
(20) Es Bélice capital de Hondura Británica, que desde 1850 depen­de de Inglaterra.
(21) El San Felipe de que habla Codazzi es el estrecho brazo de mar que une al golfo Dulce, profunda ensenada del golfo de Honduras, con el mar. El nombre le viene de la localidad de San Felipe situada en su basa interna a la izquierda.
(22) Situada, como lo muestra el mapa de Codazzi, a la derecha del río, no a la orilla del mar sino hacia el interior.
(23) Véase el excelente mapa de Codazzi "Carta della baia de Hon­duras, etc.", que se reproduce y anexa a este volumen.
(24) Hoy Izabal, sobre el golfo Dulce.
(25) Acajú o acayú, madera que produce una especie de Swietenia (S. Mahagoni, S. Multijuga), o sea la caoba, que se distingue según su proveniencia.
(26) Es el Canal de Florida o el Nuevo Canal de Bahamas.
(27) La pequeña flota de Aury del Golfo de Honduras por el Canal de Yucatán y por los dos canales de Bahamas, el nuevo y él viejo, rodea la isla de Cuba y arriba después a Jamaica por el Paso de Barlovento.

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